domingo, 14 de noviembre de 2021

Cristeros Parte II

Valor y Traición 

Los Antecedentes Históricos y la Historia de los Cristeros


por Gary Potter

Traducido del inglés por Roberto Hope, de artículo publicado por Gary Potter en

www./catholicism.org/valor-betrayal-cristeros.html


 Parte II

Introducción del autor a la Parte II: El México independiente, que vió la luz primera como una monarquía católica en 1821 pero pronto fue subvertido por las fuerzas del naturalismo organizado, apoyadas desde el otro lado de la frontera norte, habría de ser gobernado durante un siglo por una serie de regímenes republicanos, cada vez más hostiles a la fe que constituía la misma alma de la nación. Los regímenes iban y venían, muchas veces conforme a los dictados de los Estados Unidos, pero el pueblo de México, principalmente la mayoría que vivía de la tierra, permanecía constante en su catolicismo, la característica principal del cual era la devoción popular a la Madre de Dios, Nuestra Señora de Guadalupe.

La fidelidad del pueblo comenzó a ponerse a prueba como nunca antes, luego de la Revolución, la encarnación política de la falsa filosofía del liberalismo, se estableció, no ya simplemente como una fuerza del gobierno, sino como el gobierno mismo. En 1917, una nueva constitución fue adoptada. Muchas de sus disposiciones tenían el propósito de acabar con la influencia de la fe sobre la vida de la nación, para luego eliminar de plano a la iglesia en México. En julio de  1926, el gobierno, encabezado por Plutarco Elías Calles, tomó medidas para arrebatarle el control de la Iglesia a los obispos — para hacer "nacional" el catolicismo en México. Reaccionando a ello, los Obispos ordenaron suspender todo culto público durante un período indefinido.

Privados de la misa, mucha de la gente — campesinos que vivían de la tierra — se sublevaron. Su levantamiento en contra de un gobierno que había forzado a los obispos a actuar de manera tan drástica se volvió la Cristiada, la Rebelión de los Cristeros.

Verla comenzar con un incidente aquí y otro allá, verla extenderse conforme los incidentes se multiplicaban y el gobierno reaccionaba fusilando a tres católicos en un lugar y a treinta en otro, verla finalmente cómo se convirtió en una auténtica guerra religiosa (¿cómo llamarla de otra forma?) — eso sería interesante y hasta excitante, pero es imposible hacerlo en este espacio. Es tan imposible como será hacer una crónica de las campañas, el movimiento de tropas, las batallas — en una palabra, describir la acción militar — de esta guerra que duró tres años. Aquí podemos hablar solamente en términos muy generales, para tratar de describir el panorama entero, y para la mayor parte de eso nos apoyaremos en Jean Meyer.

De hecho, a menos de que digamos específicamente lo contrario, el lector puede presumir que todo lo que vea entre comillas de aquí en adelante está sacado de la obra de Meyer [eso es, puesto en español por mí de lo sacado por Gary Potter de la traducción inglesa de la obra, N. del T.]. Estamos apoyándonos en él de esta manera no solamente porque La Rebelión Cristera sea la historia más completa de la Cristiada. Es también porque cuando escribió el libro (La Cristiade en francés), Meyer era profesor de sociología en la Universidad de Perpignan en Francia. Además, por su propia admisión, cuando inició sus investigaciones él era 'hostil'´(palabra suya) a los Cristeros. Después de todo, él había simpatizado con los Rojos en la Guerra Civil Española. En otras palabras, Meyer no es ningún 'fanático de derecha.' Y más aún, la traducción de su obra al inglés fue publicada por Cambridge University Press, no exactamente un semillero de reaccionarios políticos.

Ultrajes

Estos datos acerca de Meyer y de su libro cobran importancia cuando nos dice, por ejemplo, que había oficiales de las tropas federales que "caían en sus tropas al grito de '¡Viva Satanás!'" o que con estas tropas: "No se tomaban prisioneros; los civiles que se tomaban como rehenes eran asesinados. La tortura era sistemática, y era usada no nada más para extraer información, sino para prolongar el sufrimiento, y obligar a los católicos a abjurar de su fe, pues la muerte no bastaba para persuadirles a que lo hicieran. Eran forzados a caminar, desolladas las plantas de sus pies, quemados, descuartizados vivos, colgados de los pulgares, estrangulados con garrote, electrocutados, chamuscados con soplete, sometidos al potro, se les vertía agua hirviendo dentro de las botas, los restiraban, los arrastraban atados a un caballo — eso era lo que les aguardaba a los que caían en manos de los Federales" 

Asimismo, por ser Meyer quien es, sabemos que no está inventando cuando describe otros actos de los Federales: "Los actos de sacrilegio estaban rodeados por una atmósfera de horror, iglesias eran desecradas por oficiales que entraban a ellas a caballo, pisoteaban las hostias bajo los cascos de sus caballos, usaban los altares como mesas de comedor y convertían el edificio en establo. Las estatuas de los santos eran usadas para práctica de tiro, y a las de la Virgen les quitaban las vestidura y los soldados se ponían a bailar con ellas. Los soldados se ponían vestimentas sacerdotales, comían hostias consagradas, y tomaban café con leche bebido del cáliz.

Reflexione usted sobre las abominables imágenes que Meyer pone ante nuestros ojos. No se detenga con el pensamiento de "¡No es de asombrarse que los Cristeros se hayan rebelado!" No, piense también en que muchos, si no todos, los soldados que hacían esos actos eran católicos, habrían estado bautizados, de niños habrían hecho su Primera Comunión. ¿Podremos imaginarnos el remordimiento que muchos habrán sentido? No hay duda de que algunos fueron llevados a cometer actos más bestiales en un esfuerzo por suprimir ese sentimiento. Por otra parte, podremos encontrar aquí una explicación de por qué un ejército, que en el papel era de 70,000, hombres, en la realidad sufríó 20,000 deserciones por año durante los tres años que duró la guerra.

Pasaremos pronto a considerar a los Cristeros, la clase de hombres que eran, por qué luchaban y para qué, pero ya que estamos hablando de números, es ahora un buen momento de tratar ciertas cuestiones que el lector podría preguntar, como ¿cuál era la extensión de la lucha?

Ya hemos dicho que para mayo de 1929, justo cuando la victoria se veía probable, y justo cuando los obispos y la Santa Sede la hicieron imposible, había 50,000 Cristeros en el campo. Grande que era ese número, no significa que eso fuera el número de los que lucharon. Sabemos eso porque 100,000 combatientes murieron en la guerra. De ese total, 40,000 eran Cristeros — no mucho menos que el número de norteamericanos que murieron en una década entera de la Guerra de Vietnam

El que hayan sido más federales que Cristeros los que murieron a pesar de sus ametralladoras, su artillería y sus aviones, todo de lo cual carecían los Cristeros, nos dice algo acerca de las habilidades de lucha de estos últimos, pero habremos de hablar de ello un poco más adelante.

¿Dónde tuvieron lugar la batallas? Hubo levantamientos de campesinos en casi todas partes del país salvo en el norte y, con excepción de unos cuantos lugares, el sur tropical. La verdadera guerra, sin embargo, se propagó principalmente en los estados del centro y occidente del país; Zacatecas, Durango, Guanajuato, Michoacán y, sobre todo, en Jalisco.

¿Y qué de los siniestros civiles? Imposible es de saber. Fuera de la estrategia del gobierno de 'reconcentrar la población', también ocurrieron epidemias y hambrunas que afectaron a los civiles. Sabemos que la población del pequeño estado de Colima cayó de 85,000 a 60,000 habitantes durante los tres años de lucha. También se produjo un gran número de refugiados permanentes. Medio millón de habitantes huyeron del campo y se establecieron en las ciudades, especialmente en la capital. Otro medio millón cruzó la frontera hacia los Estados Unidos. (Esto fue cuando las modernas comunidades de mexicanos en ciudades como Los Ángeles comenzaron de veras.)

¡Pobre México!

¿Y qué de los Estados Unidos en relación con la Cristiada? Hay un  antiguo dicho "¡Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos!" Traducido significa que después de 1821, regímenes específicos surgían o caían dependiendo de si los Estados Unidos los apoyaban o no, pero la Revolución, como tal, siempre ha sido respaldada por nosotros

En la época de La Cristiada, esa política estaba personificada en nuestro embajador, Dwight W. Morrow, pequeño de estatura y compacto de cuerpo; hablando espiritualmente, era un arquetípico 'WASP' (Blanco, Anglo-Sajón, Protestante). Durante el período de su cargo como embajador, su hija Anne se casó con la mayor celebridad de esa época, el aviador Charles Lindbergh. Dos meses después de que dejara México, fue electo al Senado de los Estados Unidos, pero murió antes de que pasara un año desde que ganara su senaduría.

Como caballero que era (según como lo entienden los WASPs), Morrow se habría sorprendido si fuera acusado de algo tan burdo como de anti-catolicismo ("Algunos de mis mejores amigos son católicos," podría honestamente haber contestado.) Su verdadera actitud quedó manifestada en un memorando que envió al Departamento de Estado en mayo de 1929 (el énfasis viene en el documento original):

"La situación comercial y financiera está en estos momentos en su peor condición; hay virtualmente un moratórium en lo que concierne al pago de las deudas. Es la opinión general entre los mexicanos de mejor clase de aquí que, a menos de que el gobierno mexicano sea capaz de exterminar a las depredadoras bandas de 'Cristeros' que infestan el campo de los alrededores, o que se llegue a algún tipo de acuerdo con la Iglesia mediante el cual los servicios religiosos puedan reanudarse, la posibilidad de volver a las condiciones normales es muy remota" 

Fuera de lo que está enfatizado, y la naturalidad con la que el embajador habla de 'exterminación,' la referencia a los 'mexicanos de mejor clase', en especial contrastado con las 'depredadoras bandas', dice muchísimo. En cuanto al énfasis, explica por qué los 'arreglos' — los términos convenidos entre la Iglesia y el Estado que permitieron la reanudación del culto público — serían publicados un mes más tarde. Ya estaba trabajándose en ellos en mayo. El fraseo final habría de ser de Morrow. Él dictó personalmente a un secretario, los documentos que fueron firmados por el Presidente Portes Gil y por Leopoldo Ruiz y Flores, Arzobispo de Morelia y Delegado Apostólico.

Le fue posible hacer eso, gracias a la amistad personal que formó con Calles, Para enterarse de los detalles del papel de Morrow en preparar los "arreglos" y el período entero de su embajada, consultar la obra de David Bailey. Para el presente artículo, dejaremos que sea Jean Meyer quien resuma en un párrafo todo lo que debemos conocer sobre Morrow:

"La amistad personal que había entre el Embajador Morrow y el Presidente Calles iba acompañada de una cercana colaboración política. Morrow, en su capacidad de diplomático, jugó un papel esencial en la resolución del conflicto religioso y, como financiero, ayudó a su camarada mexicano. Gracias a sus buenos oficios, el gobierno pudo comprar, directamente de los arsenales de los Estados Unidos, diezmil rifles Enfield, diez millones de rondas de municiones, y aviones que, con pilotos norteamericanos, tomaron parte en la batalla de Jiménez" [énfasis añadido].

¿Por 'el Pueblo'?

La referencia que hace Morrow a "mexicanos de la mejor clase" nos conduce a otro tema general. La Revolución siempre se hace pasar por que ella está del lado de la gran masa de la humanidad — incluyendo sobre todo a los pobres — contra los ricos. En México, por 75 años, se ha estado queriendo hacer creer que los Cristeros fueron, a sabiendas o no, instrumentos de los ricos de ese país; que esos ricos estaban al centro de la resistencia católica. Esta idea es absurda. Cuántos de los ricos han jamás estado unidos cercamente, realmente ceñidos, a la fe? Príncipes y nobles, sí, pero ¿los ricos? Aun en los días de Nuestro Señor ¿qué hombre rico, fuera de José de Arimatea, era amigo suyo? (No es de extrañarse que, conforme lo dice Él, puede ser tan difícil para ellos llegar al cielo.)

Y cuándo, realmente, ha estado la Revolución en contra de los ricos? (de Príncipes y Nobles, sí, pero, de los ricos? Piense usted en la carrera que hizo Armand Hammer.)

En México, durante el período 1926-1929, "Los ricos se pusieron del lado del gobierno y denunciaron a los Cristeros como 'los descamisados', 'los huarachudos', 'los miserables'. 

Destacando entre esos ricos, estaban los banqueros nacionales, que, sin duda, estaban entre los 'mexicanos de mejor clase'

Pastores desperdigados

¿Y, qué de los obispos mexicanos? Mucho de lo que debe decirse de ellos será reservado para más adelante, pero algo debemos mencionar en este momento.

Eran 38 los obispos que había en la época de la Cristiada. No más de siete la apoyaron. Uno de ellos, José de Jesús Manríquez y Zárate, de Huejutla, hasta soñaba con ir al campo a pelear con los Cristeros. (Luego de los 'acuerdos', Roma lo removió de su sede y pasó el resto de su vida totalmente retirado de los asuntos eclesiásticos, muriendo calladamente en la Ciudad de México en 1951.)

Doce obispos se oponían obstinadamente a la rebelión. Los otros 19 hicieron lo que siempre parece hacer la mayoría de los obispos en toda situación histórica. Se abstuvieron de tomar una postura firme. Levantaban el dedo para ver en qué dirección soplaba el viento. Todos ellos fueron deportados por orden del Presidente Calles en 1927. Treinta y cinco cumplieron la orden. Tres se quedaron en el país; dos de ellos escondidos en sus propias diócesis, y el tercero moviéndose de una a otra casa particular en la capital. Aquéllos que estaban en el exilio enviaron un mensaje de felicitación al Presidente Portes Gil luego de que sobrevivió la explosión de una bomba en Guanajuato el 10 de febrero de 1929.

Esa fecha es significativa porque el día anterior, un joven católico de nombre José León Toral —  que era miembro de la LNDLR — fue fusilado por un pelotón de ejecución por haber asesinado con éxito al Presidente Obregón el mes de julio anterior. (Sentenciada a cadena perpetua por su participación, estaba una extraordinaria religiosa, la Hermana Concepción Acevedo de la Llata, monja capuchina de clausura antes de que las leyes Calles cerraran los conventos del país, y conocida como 'La Madre Conchita', era la superiora de un pequeño grupo de religiosas que vivían en la clandestinidad en la Ciudad de México, donde también inspiró con su celo espiritual a muchos de los jóvenes rebeldes de la ACJM. Fue liberada de prisión a finales de 1940.)

Dividida como estaba, y con la mayoría de sus miembros sentados en la proverbial empalizada, no es de sorprenderse que la jerarquía eclesiástica de México tomara el rumbo que tomó luego de que la rebelión cristera comenzara. Adoptó su postura, como lo hizo, luego de dos reuniones en la Ciudad de México entre el Arzobispo Ruiz y Flores, unos cuantos otros obispos, y representantes de la LNDLR, la cual para entonces se arrogaba a sí misma la dirección de la rebelión. La primera reunión tuvo lugar el 26 de noviembre de 1926.

Los representantes de la liga comenzaron su presentación señalando lo obvio: la rebelión ya se había iniciado, los dados ya habían sido echados. Argumentaban que, si los obispos la condenaran, generarían un sentimiento popular en su contra, pero fueron más lejos. Pidieron que los obispos formaran las conciencias de los fieles, en la medida de lo posible, "en sentido de que el asunto [de la rebelión] es un acto de legítima defensa armada, lícita, laudable y meritoria." Además, pidieron a la jerarquía que proveyera de capellanes de campo a los Cristeros y, finalmente, que auspiciara un llamado a los católicos ricos para que aportaran fondos para que, por lo menos una vez en su vida, entendieran la obligación que tienen de contribuir"

El Arzobispo Ruiz y Flores respondió que él y sus hermanos obispos considerarían los puntos planteados por la LNDLR, y cuatro días más tarde tuvo lugar la segunda reunión. En esta ocasión, el Arzobispo concedió que es lícito recurrir a la fuerza cuando los intentos pacíficos de combatir la tiranía han fracasado. Sin embargo, en aspectos de apoyo práctico, se manifestó que los obispos carecían de facultades canónicas para asignar capellanes, aunque concederían permiso a sacerdotes para atender a los hombres en el campo de batalla. En lo tocante a la apelación financiera a los ricos, sus Excelencias consideraban que eso sería "peligroso, difícil, e imposible en la práctica." Ellos mismos, por supuesto, no podían proporcionar fondos algunos.

En resumen, la postura de los obispos era una que los dejaba técnicamente por encima de recurrir a las armas, en tanto que, al mismo tiempo, no simplemente se negaron a condenar la rebelión. Se podría decir de ellos que, a fuere quien fuere el que ganase la lucha, le deseaba lo mejor.

Financiamiento

Ya que acabamos de hablar de dinero, éste es el lugar lógico para informar que eso perduró como un problema para los Cristeros hasta el mero final. (Era necesario, después de todo, para comprar rifles y munición). Luego de que los obispos se negaron a apoyar, la LNDLR, recordando cuán exitoso había sido Eamon de Valera en juntar dinero entre los católicos americanos, para luchar contra los opresores de Irlanda, enviaron a un representante, René Capistrán Garza, a recabar fondos en los Estados Unidos. Algunos católicos ricos, incluyendo a William F. Buckley Sr., hombre cuya fortuna estaba basada en la tenencia de intereses petroleros en México, parecían en un principio estar inclinados a ayudar, pero eso nunca se materializó. Los Caballeros de Colón sí recabaron un millón de dólares, pero no para contribuir a la lucha. Todo ese dinero se dedicó a una campaña publicitaria para promover la libertad religiosa y la tolerancia, así en los Estados Unidos como en México. En cuanto a los obispos de los EEUU, ninguno se compadeció de los mexicanos como todos lo habían sido de de Valera. Muy característico fue el Cardenal O'Connel de Boston. Escuchó a Capistrán Garza, y luego le recomendó que sufriera pacientemente las pruebas que Dios estaba enviando. Hablando en una voz muy paternal, el prelado aconsejó adicionalmente al joven mexicano, que olvidara lo que estaba haciendo y se consiguiera un empleo. Le dijo que con gusto le proporcionaría una carta de presentación dirigida a los Caballeros de Colón del Estado de Massachussetts, que podrían ayudar a ese respecto. Uno de muchos obispos a quienes les solicitó, sí donó cien dólares.

El poco dinero que los Cristeros llegaban a tener no era colectado por la LNDLR, sino por ellos mismos de tres maneras principales: de un impuesto muy modesto que imponían en los territorios que ellos controlaban, y que muchas veces se perdonaba si amenazaba, por modesto que fuera, con producir miseria; del robo de fondos federales del gobierno, especialmente de trenes que transportaban dinero entre ciudades, y de secuestros, muchas veces de norteamericanos que trabajaban en minas propiedad de americanos, Nadie de los secuestrados por ellos fue jamás asesinado. Cuando una vez una compañía minera se rehusó a pagar rescate por un ingeniero que había sido secuestrado, los Cristeros se vieron forzados a mantenerlo durante meses, pasándolo de una unidad a otra. Este joven norteamericano, sin embargo, se ganó su sustento enseñando a sus captores cómo mantener y usar la subametralladora Thompson.

Brigadas femeninas

Hay otro aspecto de la Cristiada que merece ser comentado, especialmente después de que ya hemos mencionado a la Madre Conchita y también el constante problema que tenían los cristeros de conseguir munición y dinero para comprarla. Esto es hablar del papel que las mujeres tuvieron en la rebelión, especialmente aquéllas de las Brigadas Femeninas. Estas mujeres — eran unas 25,000 — admirablemente valientes, la mayoría de ellas solteras, entre las edades de 15 y 25 años, y comandadas por "generalas" ninguna de las cuales pasaba de los treinta años, y casi todas ellas eran campesinas o de clase trabajadora de las ciudades — merecen mucho más que las líneas que les dedicaremos. En realidad, merecen un libro. No existe uno ahora, y probablemente nunca se escribirá. Hay pocos registros de donde un autor pudiera documentarse, ya que las mujeres estaban demasiado ocupadas en sus tareas, para mantener alguna crónica, y ya no hay nadie a quien entrevistar, pues todas las principales dejaron esta vida hace muchos años. Podría haber algunas nietas con historias que contar, pero ¿cómo encontrarlas?

Como el lector podrá imaginarse del nombre con que se les designaba, estas auxiliares virtuales femeninas de los cristeros se organizaban siguiendo líneas militares. Cada brigada de 650 mujeres era comandada por una coronel que era asistida por una teniente coronel y cinco mayores, cada una teniendo subordinadas a ella a tenientes y sargentos, con cinco soldadas debajo de cada sargento. El principal servicio que prestaban era conseguir munición para quienes peleaban. En verdad, luego de que los Cristeros habían dado dinero dos veces a la LNDLR para comprar cartuchos sólo para ver que cada centavo se gastaba por la Liga para sufragar sus propios gastos, descansaron exclusivamente en las Brigadas Femeninas (excepto por lo que capturaban del enemigo). Lo que es extraordinario, es que las mujeres fueran capaces de operar en tan completo secreto que ninguna fue arrestada hasta marzo de 1929, para cuando ya llevaban casi dos años de existir. Uno puede suponer que el secreto pudo mantenerse, en parte, gracias a que ni una sola defección de sus filas se sabe que haya ocurrido.

Jean Meyer describe algunas de las actividades de las mujeres, empezando con su provisión de munición, "era nada más ni nada menos que una organización que durante dos años movilizaron a miles de mujeres día y noche para manejar un servicio de transportación entre las ciudades y los campos de batalla pues; de las capitales de los estados, las Brigadistas Femeninas llevaban la munición directamente a los Cristeros: salían de los pueblos escondiendo la munición en camiones de carga de carbón, cemento, o maíz. Luego, cuando los Cristeros no podían entrar en una aldea donde estaba la munición, era necesario salir a encontrarlos, sobre animales de carga, en canastas, o en los famosos chalecos [ropa interior que las mujeres diseñaban y cosían para llevar consigo los cartuchos]. Hacia el final de la guerra, las brigadas estaban trabajando a grande escala, enviando por tren cajas de municiones desde la Ciudad de México, con la complicidad de algunos de los empleados del ferrocarril, y disfrazando los embarques como carga pesada.

"Además de transportar pertrechos, las muchachas también transportaban Cristeros mismos: cuidaban de la seguridad de los oficiales de alto rango que se veían obligados a entrar a los pueblos o viajar. Además, algunas de ellas que poseían considerablemente más conocimiento científico que los campesinos, trabajaban como artesanas e instructoras, enseñando a los Cristeros a fabricar explosivos, hacer explotar trenes y manejar baterías y detonadores."

"Las brigadistas tomaban su misión militar con extrema seriedad, y no vacilaban en hacer recurso a la violencia, secuestro y ejecuciones, a fin de obtener rescate, proteger a los combatientes, y lidiar con los espías. Utilizando todo medio a su disposición, llegaban a organizar bailes en las aldeas para ganarse la confianza de los funcionarios [federales], atenuar sus sospechas, y conseguir información. Estas Judiths de tiempos recientes, dirigidas por Josefina de Alba, organizaron, con la ayuda de Andrés Nuño, el grupo de Acción Directa de las Brigadas Femeninas, y se distinguieron matando a cuchillo a un sacerdote cismático, Felipe Pérez, que era un espía del gobierno."

"El cuidado de los heridos escondidos en las aldeas o pueblos era responsabilidad de las brigadas, trabajando bajo la dirección, en su campo de competencia, del Dr. Rigoberto Rincón Fregoso, y también manejaban los rudimentarios hospitales de campo que habían sido instalados en Los Altos, Colima, y el sur de Jalisco, y el hospital clandestino en Guadalajara.

"Las brigadas también se ocupaban del suministro de alimentos a los Cristeros, pero en esta esfera, meramente ayudaban, y a veces coordinaban los esfuerzos de todos los campesinos que eran parientes o amigos de los Cristeros, que les suministraban comida directamente sin la intervención de las brigadas. Publicaban propaganda y manejaban una imprenta clandestina instalada cerca de Zapopan, y posteriormente en Tlaquepaque [se imprimía un periódico semanal, Glaudium]. Ellas parcialmente aseguraban el sistema político y militar de correo de los Cristeros, y ayudaban con su red de inteligencia." 

"Nunca se dejaba que una mujer trabajara en un mismo lugar y en el mismo tipo de actividad durante largo tiempo, una vez que hubieran alcanzado un cierto grado de responsabilidad: las oficiales de alto nivel cambiaban continuamente su identidad y su residencia. Todas las mujeres estaban llenas de un fervor apasionado por la causa."

¡Meyer cita a una de las mujeres oficiales que todavía vivía en 1967 y a quien pudo entrevistar "Yo estaba sobrecogida de gozo. Esa voluntad con la que todas trabajaban! ¡Ese silencio que todas mantenían!"

Habríamos deseado decir mucho más de las Brigadas de Mujeres, pero todavía nos quedan otros tres temas que tratar: Los Cristeros mismos, la clase de hombres que eran y lo que ellos veían estar luchando en pro, la traición de que fueron víctimas, y la horrible secuela de esa traición.

Cómo eran ellos

En cuanto a la clase de hombres que eran, lo que hay que dejar perfectamente en claro, es que eran católicos, cierto, y en su mayor parte de comportamiento moral en un grado muy impresionante, pero no eran monjes ni, mucho menos, ángeles.

Para comenzar, la bebida es, en todas partes, una diversión de los pobres, y los Cristeros no eran la excepción. Les gustaba su bebida al punto de que la mayoría de sus comandantes restringían la venta de alcohol donde fuera que tomaran algún pueblo, y a veces se prohibía enteramente. Aun la música se prohibía a veces. La razón de estas prohibiciones es fácil de entender. Como le dijo a Jean Meyer un viejo veterano en 1967: "Donde había música había vino, y el enemigo podría sorprendernos estando borrachos."

Meyer narra del General Manuel Michel y de su relación con sus hombres: "Michel tomaba acción pronta y severa contra los malhechores. Esta severidad, que contribuía a su popularidad, se extendía a temas de comportamiento social y económicos. No toleraba la bebida, el juego de apuestas o la prostitución, e insistía en que sus tropas rezaran el Rosario todos los días, No era necesario insistir en el Rosario, que era tan estimado por esos soldados, pero era más difícil poner un alto a su hábito de beber.

Luego estaba la cuestión de los Cristeros y las mujeres que no eran sus esposas. Con los federales, la práctica de la violación era "sistemática" (calificativo de Meyer). Entre los Cristeros, el castigo por violación — y del latrocinio — era la ejecución sumaria, y aparentemente tuvo que ser aplicado dos o tres veces durante la guerra. Tal era el fervor religioso de los hombres, sin embargo, que cuando tomaban un pueblo, las prostitutas locales eran muchas veces descubiertas en ello, y voluntariamente dejaban de venderse. Además, la mayor parte de los Cristeros eran hombres casados. No obstante, sucedía que alguno se descarriaba, especialmente cuando habían estado por mucho tiempo lejos de sus esposas. Los comandantes trataban de prevenir esto, aunque sólo por la fricción que podría causar con las poblaciones locales, pero eran realistas. Cuando los dirigentes de la comunidad en un pueblo se quejaron con un comandante, de las aventuras amorosas de algunos de sus hombres, el comandante respondió con un grado de exasperación: "Les traigo hombres, no maricas."

Estos hombres eran capaces de cruzar insultos muy groseros con el enemigo, fácil de hacerse en una guerra civil, donde todos los combatientes hablan el mismo idioma. En su libro, Meyer ilustra cómo eran estas interlocuciones, pero no debemos escandalizar con ellas a nuestros lectores. Basta decir que en respuesta a las blasfemias diabólicas de los federales, los Cristeros eran capaces de hacer una colorida réplica.

Dado su machismo, es de admirar cuán dóciles podían ser los Cristeros cuando se trataba de recibir órdenes de sus mujeres, especialmente de sus madres. Meyer narra casos de estas damas diciéndoles a sus hijos que interrumpieran su licencia y regresaran a pelear, y de otras enviando a sus hijos adolescentes (y en un caso, a un niño de doce años) al campo de batalla cuando sus hermanos mayores habían caído en la lucha. Las esposas se enorgullecían de las proezas de sus maridos Cristeros en el campo de batalla y ¡pobre del marido cuya mujer nunca hubiera oído hablar de su valentía!

El que estuvieran peleando cerca de su hogar era una de las cosas que les daban a los Cristeros una cierta ventaja en la guerra. Conocían el terreno. Por otro lado, existía el problema de las municiones que ya fue mencionado. Otro problema de los Cristeros era que no tenían artillería, excepto por piezas de su propia manufactura casera. Esto importaba mucho en pueblos donde siempre había iglesias y las iglesias siempre tenían campanarios. Los federales podían ocupar las torres de esos campanarios y mantenerse ahí mientras llegaban refuerzos. Unos cuantos cañonazos podrían haber derribado esas torres, pero los Cristeros carecían de ellos. A veces, con humo podían hacer salir a los federales, encendiendo hogueras de maleza en la base de la torre; pero eso tendía a ser costoso en vidas. Sus camaradas trataban de darle cubierta, pero el Cristero que tratara de encender alguna hoguera de éstas, era probable de ser alcanzado por el fuego de los federales disparando desde arriba.

Había un lado positivo en la inferioridad de armamento de los Cristeros. No solamente aprendieron a hacer que cada tiro contara; se hicieron extremadamente adeptos a luchar cuerpo a cuerpo, especialmente con el cuchillo. Como resultado de eso, pudo haber pocos federales que no temieran ser atrapados de cerca por un Cristero. En una época en que nuestros militares infligen la mayoría de las bajas, incluyendo "daño colateral" desde aeronaves a kilómetros de altura en el aire, la idea de un guerrero cristiano encajándole un cuchillo a un soldado enemigo cuyos ojos realmente puede ver, pudiera ser repugnante. Recordemos, sin embargo, que aun cuando 40,000 Cristeros murieron defendiendo su fe, muchos de los 60,000 federales que murieron lo fueron por ese medio primitivo.

Hombres de fe

Pero ¿qué puede decirse de la fe de los Cristeros? ¿Qué tan verdadera era? Que hayan luchado y muerto por ella en el número de los que lo hicieron debería ser respuesta suficiente, pero puede decirse mucho más. Para ello damos nuevamente la palestra a Jean Meyer.

Para entenderlo plenamente, debe darse a conocer que luego de que el gobierno expulsó a 400 sacerdotes extranjeros, 3,600 clérigos quedaron en México. Eso era a enero de 1927. Noventa de ellos fueron ejecutados antes de que los 'arreglos' llevaran la guerra a su término. La mayor parte del clero que quedaba, que vivía fuera de las ciudades se mudó a ellas. En los estados donde se peleó la guerra, había no más de 100 sacerdotes en todo el campo. Quince de ellos desafiaron a los obispos a fin de servir de capellanes de los Cristeros. Cinco sacerdotes tomaron las armas, dos de ellos llegando a generales, como hemos oído. Otros 25 ayudaron a la rebelión en la forma que pudieron. Mencionamos estos números para que quede claro, considerando cuántos combatientes había, y la extensión del territorio en donde operaban, que la frecuencia de la Misa y la vida sacramental ordinaria podemos dar por hecho que no estaban disponibles para la mayoría de los Cristeros las más de las veces.

Esto dice Meyer:

"El lenguaje de los Cristeros era aquél de la vieja España de San Juan de la Cruz y de Cervantes, su religión era la misma. Ni la prisión ni el exilio del clero evitaban la conducción del culto, por lo menos en forma simplificada. Muchas veces, cuando ya no había sacerdotes, un laico tomaba la dirección de la vida litúrgica, como lo hacía Cecilio E. Valtierra en Jalpa de Cánovas; leía cada mañana el Oficio Divino en presencia de los fieles, estas 'misas blancas' eran acompañadas de otras innovaciones, bajo la presión de las circunstancias. Cantar himnos y rezar el Rosario eran un acompañamiento a la vida cotidiana durante la marcha y en los campamentos; los Cristeros rezaban y cantaban, bien entrada la noche, y sus comandantes les apremiaban a que hicieran un verdadero acto de contrición antes de la batalla, y cargaban contra el enemigo cantando salmos y gritando "¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!" No podía ser de otro modo con estos hombres, que habían jurado ante Dios conquistar o morir. El gobierno les endilgaba el mote de CristoReyes o Cristeros, lo cual ha llegado a la posteridad, y enfatiza el elemento más esencial de todos — Cristo, viviendo en la Trinidad, y accesible a través de los sacramentos."

Dijimos en otra parte de este ensayo, que los Cristeros no eran los hombre que podían formar y dirigir un gobierno nacional. Eso no significa que carecieran de una visión social. Eran católicos, después de todo. Meyer habla de su visión:

"Durante este período de crisis y desorden económico, social y religioso, los Cristeros luchaban contra la degradación de la moral social que había tenido lugar desde 1910 — contra el vino, el juego de apuestas, y los 'escándalos en que se liaban mujeres', porque siempre significaban conflicto, violencia y la muerte de alguien, dentro de un campamento que debería estar unido contra el verdadero enemigo, pues éstas eran las plagas tradicionales en el mundo rural, y su erradicación significaba un paso hacia la perfección, la preparación del Reino. Cuando Acevedo [general Cristero] protestaba por el calificativo de revolucionario que se le estaba aplicando a él y afirmaba que el movimiento era el exacto 'opuesto  de una revolución,' estaba expresando ese deseo de reconstrucción de una sociedad que sería mejor que la anterior, e incomparablemente superior al caos prevalente en ese tiempo. Las dificultades de la existencia cotidiana que se habían multiplicado desde 1910, el desencadenamiento de la violencia oficial y privada, la desaparición de la paz y de ese mínimo de justicia que, en retrospectiva, hacía parecer el período de Porfirio Díaz como una Edad de Oro, la decadencia de ciertas instituciones, el bandidaje, la inseguridad, y la crisis económica  — todos estos factores habían dado a los campesinos una muy definitiva experiencia de desintegración social; y en consecuencia, los Cristeros estaban tratando de restablecer las relaciones de una buena vecindad, y restaurar los antiguos valores sociales al lugar honorable donde pertenecen. El sistema de gobierno adoptado por los Cristeros era dictado, por una parte, por el hecho de que el suyo era un ejército popular que vivía en unión con el pueblo y todavía menos capaz de tratarlo mal, porque estaba edificando el Reino de Cristo, y, por otra parte, era una reacción contra la anarquía social que estaba comenzando a ser la regla. No era conservadurismo ni revolución, sino reforma, en una época en la que los modelos tradicionales de comportamiento estaban en crisis, sin que otros hubieren surgido para tomar su lugar. La solución Cristera consistía en restablecer sólidamente el mundo rural sobre sus bases familiares y religiosas, sacando provecho del estado de exaltación mística que hace posible una nueva actitud moral y una nueva perfección; restauró, entre los campesinos, la esperanza de un futuro brillante para el país."

Aquí va algo más de la visión social del Cristero:

"Aun cuando la victoria de Cristo Rey, y su venida, estaban relacionadas con la vaga promesa de un mundo profano, ellos [los Cristeros] hacían hincapié sobre todo en la idea de un compromiso entre el pueblo mexicano y Dios, que en dos ocasiones le había conferido favores especiales a México, que dos veces había hecho de México su reino, enviándole a la virgen de Guadalupe y proclamando ahí el Reinado de Su Hijo [esto había sido hecho por los obispos en enero de 1914]. En el contexto de este compromiso colectivo, los males de México, en su posición especial ante los Estados Unidos (que amenazaban con tragárselo entero), derivaba de las faltas de los mexicanos, y el reconocimiento de esta falla, que se había desarrollado en la gente desde el siglo anterior, estaba relacionada con una tradición muy antigua. Hablar de la falta de obediencia al pacto establecido con Dios era hacer énfasis en la responsabilidad humana sobre los acontecimientos históricos. Los Cristeros estaban conscientes de ser una nación cristiana, el Reino de Dios, por el cual estaban derramando su sangre.

No eran revolucionarios

Los Cristeros pudieran no ser revolucionarios, pero estaban en rebelión. Esto hace surgir la pregunta que los católicos americanos no han tenido que encarar desde 1861: ¿Cuándo es permisible tomar las armas contra el gobierno? ¿Lo es alguna vez? Meyer describe cómo encararon esa pregunta: 

"Reconociendo la legitimidad de los poderes establecidos, ya que toda autoridad viene de Dios, y que sin la voluntad de Dios 'no se mueve una hoja', el Cristero estaba preparado para rendir al César lo que es del César, siempre y cuando no le hiciera la guerra a Dios. Desde el día en que el César se volvió Herodes, amenazando la salvación de los hombres, el César se privó de su legitimidad y, como Antíoco, debía ser combatido por los nuevos macabeos."

"En otras palabras, el gobierno era un asunto humano, el soberano era un hombre pecador como el resto de ellos, puesto ahí por Dios. Mientras no entre en conflicto con nuestra conciencia moral y con el honor de Dios, debe ser obedecido, ya que la Revolución solamente traerá a la cúspide nuevos amos tan pecadores y tan rabiosos como él. El estado no es nada más que una institución humana, sin carisma alguno. Esta convicción, que puede operar en un sentido conservador, ahora estaba operando en una dirección revolucionaria porque el César se había vuelto malo, había sido atacado por la insensatez de los grandes, era el político malo por excelencia."

"Calles, considerado como el Rex Iniquus, el tirano de que hablan Daniel, San Pablo, San Juan y los profetas de Israel, simplemente debía ser combatido, 'porque [aquí Meyer está citando a un Cristero] creo que es mejor morir luchando por Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe y toda su Familia, y no dar un solo paso en contra del Dios verdadero, aunque se enoje el demonio.'"

"La guerra, por lo tanto, era justa y los Cristeros estaban 'luchando la mejor de las batallas, en este mundo engañoso, algunos con armas, y otros ayudando de mil maneras a los defensores, quienes, dejándolo todo, se animaban a ello por sólo tres amores: su Dios, su patria, y su hogar.'"

(Los lectores podrán descubrir que las referencias que los Cristeros hacían a Nuestra Señora de Guadalupe son casi tan frecuentes como aquéllas a Cristo Rey. Es significativo que la bandera que ellos adoptaron era la bandera nacional, pero el águila devorando a la serpiente aparecía sólo en uno de los lados. Nuestra señora de Guadalupe aparecía en el otro. También, careciendo de uniformes, se distinguían de los campesinos no combatientes por un brazalete de color rojo y blanco — los colores de Nuestro Señor.

Finalmente, parece conveniente comparar a fe de los Cristeros con la de algunos otros.

"El gobierno hizo un gesto espléndido llamando a los rebeldes 'Cristeros', poniendo de esa manera a Cristo al centro de la insurrección, y dándole su sentido y significación. La persecución del sacerdote, una figura reverenciada, querida como dispensadora de los sacramentos, que hacía que viniera Cristo bajo la semblanza del pan y el vino, era resentida como una guerra diabólica contra Cristo mismo; el perseguidor era, por lo tanto, el mismo diablo. La interpretación del gobierno dio en el clavo y reveló las dimensiones verdaderas del problema; llevó mucho a demostrar que el cristianismo mexicano, lejos de estar deformado o ser superficial [como lo afirmaban los misioneros protestantes] estaba sólida y correctamente basado en Cristo, teniendo devoción a la Virgen María por Cristo y, en consecuencia, era sacramental y estaba orientado hacia la salvación, la vida eterna, y el Reino. Durante la guerra, era notable cómo los santos eran relegados a su lugar debido, en tanto que el deseo ardiente de alcanzar el cielo se hizo abiertamente manifiesto. El sacerdote se desvaneció detrás del escenario cuando el gran acontecimiento de la insurrección tuvo lugar.

Sin considerarse la Iglesia verdadera, los Cristeros tuvieron la oportunidad de meditar los textos sagrados; uno de sus favoritos era aquél del óbolo de la viuda. "En verdad os digo que esta pobre viuda ha ofrendado más que todos los que pusieron sus ofrendas, pues todos ellos ofrendaron lo que les sobraba, pero ella, en sus carencias, puso todo lo que tenía para vivir" (Marco 12; 43-4) Constantemente se referían a Santiago contra los ricos, a Daniel contra el tirano, y a los dichos en los evangelios contra los escribas y los fariseos, con quienes ellos asociaban a los católicos ricos.

"Uno puede imaginarse la brecha que separaba a las clases acomodadas (consideradas en conjunto) de estos campesinos que habían permanecido arraigados firmemente a la tradición, más o menos obscurecida, del antiguo cristianismo. Este último grupo nada entendía de las sociedades pro-moralización, de las sociedades pías y de las cooperativas de devoción organizadas por los primeros. La moral privada, que el rico admitía no aplicable a la política y a los negocios, y que reprochaba a la gente común por no poseer, era ajena a los campesinos, que eran capaces solamente de vivir una gran aventura que era tanto espiritual como temporal, una vasta peregrinación popular hacia el Reino de las Bienaventuranzas del Evangelio. En esa época, había casos de verdadera intoxicación entre los fieles como resultado de la contemplación de estas ceremonias que, estando prohibidas, eran ahora celebradas con una nueva profundidad. Cuando volvió la paz, fue en una atmósfera de delirio, de éxtasis, como celebraban sus profundamente veneradas ceremonias en las iglesias, que habían permanecido cerradas por demasiado tiempo.

"'Si voy a morir por Cristo, no necesito hacer mi confesión' contestó Aurelio Acevedo al Padre Correa, que estaba dándole consejo sobre el asunto. La gente, apartada de sus fuentes de sacramentos, estaba administrándose a sí misma el sacramento colectivo, ése del sacrificio sangriento. Humildemente deponiendo las armas cuando los sacerdotes les ordenaban hacerlo, y habiendo obtenido ninguna ventaja temporal, los Cristeros eran quizás la única gente que ha sido capaz de distinguir entre lo que es de Dios y lo que es del César."

La referencia a los Cristeros deponiendo las armas nos lleva cerca de nuestra conclusión, pero todavía tenemos que tratar el asunto de la traición que sufrieron, y de sus secuelas.

Traición al valor

Las razones por las que el gobierno y los obispos hayan querido llegar a un acuerdo se entienden fácilmente. Por el lado del gobierno, estaba la razón a la que aludía el Embajador Morrow en su memorando a Washington de mayo de 1929; por más que el gobierno lo hubiere tratado y, no obstante lo profundo de su anti-catolicismo, no había podido 'exterminar' a los Cristeros. Entre tanto, mientras más durara la guerra, más de los recursos de que difícilmente podía echar mano (o destinar al pago de las deudas con EEUU) se gastarían en ella.

Por el lado de los obispos, podían ver que comenzaban a aparecer señales inquietantes de que el prolongado cierre de las iglesias estaba obrando en detrimento de la fidelidad de muchos católicos, por lo menos entre la clase media. Roma también estaba preocupada por esto. Además, y quizás lo que más asustaba a los obispos, era que el catolicismo que seguía practicándose con verdadero fervor era siendo practicado por hombres — y hombres armados, por cierto — fuera de las estructuras oficiales de la Iglesia, lo que quiere decir, fuera de su control. No importa que los Cristeros estuvieran "fuera" porque los propios obispos habían desmantelado las estructuras cuando decidieron retirar sus obispos y cerrar las iglesias. Si estos hombres salieran ganando en el campo de batalla, no se puede decir lo que podría pasar. Hasta podría legar a haber un gobierno de católicos que se negara a seguir la dirección de ellos, no obstante cuán reverentes fueran con sus personas. ¿No sería eso como en los viejos tiempos del Real Patronato?

La Santa Sede compartía las inquietudes del obispado mexicano. Consecuentemente, hizo todo lo que pudo por facilitar las negociaciones entre la Iglesia y el Estado en México (o, más exactamente, entre los obispos en el exilio en los Estados Unidos y el Gobierno), una vez que el embajador Morrow, arquitecto de los 'arreglos,' los puso en marcha. En esto, nuevamente, el lector que se interese en los detalles de las negociaciones y el papel que jugó Morrow en ellas debe recurrir a David Bailey, así como a los textos de los documentos que Morrow dictó y que definían los 'arreglos'.

En cuanto a la Santa Sede, uno de sus primeras acciones fue cuando L'Osservatore Romano recordó a sus lectores el 8 de junio de 1928, que el Papa Pío XI nunca había dado su bendición a los Cristeros. Cierto que no lo había hecho, pero el diario omitió recordar que tampoco los condenó cuando comenzaron su lucha. ¿Cómo podría haberlo hecho cuando los obispos habían tomado la postura que tomaron en noviembre de 1926? Durante todo el siguiente año, después de la editorial de L'Osservatore Romano, el Vaticano estuvo en constante contacto con el Arzobispo Ruiz y Flores y a veces, por intermediarios, con el propio Embajador Morrow. Nada se hizo sin el consentimiento y la aprobación final del Vaticano.

Con respecto a los propios términos de los 'arreglos', sólo debemos saber que, por su parte, los obispos estuvieron de acuerdo con la reanudación del culto público. Por su parte, el Gobierno afirmó, aunque sólo verbalmente, que la Constitución de 1917, la ley suprema del país, se mantendría, pero que sus disposiciones anti-católicas ya no se harían cumplir. Eso es lo que el gobierno prometió. (Repitiendo, sólo verbalmente.)

En el campo de batalla, el pobre de Enrique Goroztieta pudo intuir lo que estaba pasando cuando las negociaciones entre la Iglesia y el Gobierno, dirigidas por los Estados Unidos, progresaban. En la mañana del día en que fue muerto, le dijo a un compañero de armas: "Nos están vendiendo, Manuelito."

Debe surgir la pregunta, si los Cristeros entendían la naturaleza de la Revolución contra la cual luchaban ¿por qué no los obispos? ¿Podrían realmente creer en la promesa del Gobierno?

Los documentos que forman parte de los 'arreglos' fueron firmados en la Ciudad de México el 21 de junio de 1929. El débil liderazgo de la LNDLR, habiendo ya protestado contra el acuerdo cuando todavía no estaba concluido, ahora se enfrentaba a la tarea de disolver lo que quedaba de su organización. En cuanto a los Cristeros, el General Jesús Degollado había enviado un desesperado telegrama de último minuto al Papa. "Angustiados dirigimos a Su Santidad implorando humildemente palabras nos guíen en presente situación y no olvide sus fieles hijos." El telegrama nunca fue contestado. 

Pero seamos claros,. La verdad desnuda es que el Vaticano y los obispos mexicanos, aun los que habían estado sentados en la empalizada o que se oponían a la rebelión armada, vieron valiosa la existencia de los Cristeros, vieron que fueron útiles. Como le escribió el Arzobispo Ruiz y Flores a un amigo en Washington en febrero de 1929: "La defensa armada ha tenido la gloria de ser una protesta viva y efectiva de mantener vigente la cuestión religiosa y, eso esperamos, de obligar al gobierno a buscar una solución." 

Ya los Cristeros no tenían mayor provecho, y los obispos no podían haber sido más insensibles con ellos. En palabras del Arzobispo Pascual al General Degollado, en una reunión que tuvieron ellos dos (Díaz fue nombrado Arzobispo de la Ciudad de México y Primado de la nación tan pronto como los 'arreglos' fueron firmados): "No sé y no estoy interesado en saber en qué condición va a quedar usted. Lo único que debo decirle es que debe deponer las armas. La bandera por la que ustedes han peleado ha dejado de existir ahora que se ha llegado a los 'arreglos.'" (Esas palabras no son como las haya jamás reportado Degollado. Esa es la forma como quedaron consignadas por el propio secretario del Arzobispo, el Padre José Romero Vargas.)

En enero de 1968, Jean Meyer entrevistó al anciano Cardenal Dávila Garibi. Como joven sacerdote, Su Eminencia había prestado sus servicios como secretario del Arzobispo de Guadalajara, uno de los dos prelados mexicanos que permanecieron escondidos en su propia diócesis durante la guerra. Lo que el Cardenal tuvo que decir fue más allá de lo insensible. Ni siquiera el calificativo de "cínico" le haría justicia.

"Los Cristeros fueron peores que la gente del Gobierno. ¡Qué desorden! ¡Y pensar que estuvieron cerca de tomar el gobierno! Por lo menos la Federación está formada de gente que está del lado del orden. Fue providencial el que haya habido Cristeros, y providencial que los Cristeros hayan dejado de existir"

Derrota por obediencia

¿Cómo dejaron de existir? La firma de los 'arreglos' fue traición bastante. La verdadera traición vino después, cuando el Arzobispo Ruiz y Flores, en su capacidad de Delegado Apostólico, formalizó lo que el Arzobispo Díaz le había dicho al General Degollado, ordenando a los Cristeros que depusieran las armas como una cuestión de obediencia religiosa. 

Parece no haber habido intención alguna por parte de los guerreros, de desconocer o desafiar la orden. Como lo atestigua un documento en los archivos de una parroquia de Jalisco, "obedecieron con la prontitud de un ángel y la simpleza de un niño." ¿Cuál fue para ellos el costo de su obediencia?

El 3 de julio, menos de dos semanas después de que se hubieran firmado los 'arreglos.' el Padre, General Pedroza fue muerto por un escuadrón de fusilamiento del gobierno. Él fue simplemente el primero de unos 5,000 Cristeros cazados y asesinados por el gobierno en los siguientes pocos años. Con unas cuantas excepciones, ninguno de los oficiales, de general para abajo hasta teniente, habría de sobrevivir, fuera de aquéllos que lograron huir hacia los Estados Unidos.

Para 1935, la persecución de la Iglesia por el gobierno ya era más severa que lo que jamás había sido. La mayor parte del país estaba sin sacerdotes. (Este es el ´período descrito por Graham Greene en su merecidamente celebrada obra El Poder y la Gloria.) En el culmen de la persecución, el gobierno anunció un programa de "Educación Socialista" dirigido a inculcar en todos los ciudadanos, no sólo en los niños, los principios de la Revolución. Los niños de escuela habrían de tener un tratamiento especial como parte de su formación socialista: educación sexual.

Esta vez, el gobierno había ido demasiado lejos. Sus adeptos de la clase media en las ciudades se encresparon ante el prospecto de ver a sus hijos expuestos al tipo de materiales que ahora están a la orden del día en las escuelas en los Estados Unidos (tanto públicas como católicas). El gobierno se echó para atrás (hasta cierto punto), pero no antes de que empezara una segunda rebelión Cristera en el campo.

Aun cuando pocos guerreros (incluyendo a algunos veteranos de la primera rebelión) habrían de seguir durante seis largos años, no tenía posibilidad de éxito. Para comenzar, los obispos no vacilaron esta vez. Anunciaron que excomulgarían a todo el que tomara las armas. El anunció no arredró a 7,500 nuevos Cristeros, quienes, además de sus demás acciones, asesinaron a cien de los maestros de escuela que trataban de corromper a sus hijos.

Sin embargo, no estaban para enfrentar la nueva maquinaria de guerra. Hombres de a caballo sin nada más que rifles y cuchillos tenían posibilidad, aun de victoria, diez años antes. Contra vehículos blindados, nuevos sistemas de comunicación y bombardeo pesado desde aeroplanos ¿qué posibilidades tenían esta vez? Ninguna

Hay familias mexicanas hoy en día, especialmente de clase media con miembros de recto pensamiento, que están divididos por los acontecimientos de 1926-29, igual como todavía hay americanos dispuestos a pelearse, y con razón, sobre lo que ocurrió entre nosotros entre 1861 y 1865 Pero el recuerdo entre los mexicanos es mucho más reciente.

Abajo de las clases medias y fuera de las clases trabajadoras que operan las fábricas propiedad de extranjeros, los huaraches y el calzón blanco de los campesinos labradores han sido reemplazados por pantalones de mezclilla y botas, y los hombres ahora manejan pickups en lugar de montar a caballo. Pero quien visita México, siempre y cuando sea un visitante casual, no nota división entre ellos. Ellos constituyen una clara mayoría de los que hacen peregrinaciones, a veces en decenas de miles, a los numerosos santuarios Marianos que, además del de la Villa de Guadalupe, abundan en el campo, y también a uno dedicado a Cristo Rey, edificado en la cima de un monte por el que nunca pasa la ruta frecuentada por el turista americano típico.

Muchos de estos hombre se han mudado con sus familias a los Estados Unidos en años recientes. (Los ricos y las clases medias no tienen motivo para hacerlo.) Esta migración no es vista por muchos como algo bueno y, en algunos aspectos, no lo es. Queda la posibilidad de que, mientras nuestra población nativa de católicos esté obcecada en extinguirse mediante el aborto y la contra-concepción al mismo paso, o a uno más rápido, que la de los protestantes, el único futuro que la iglesia puede esperar en Norteamérica puede depender de estos visitantes 

Que algunos de ellos sean nietos de Cristeros parece indicar, para hacer eco de lo que dice el Cardenal Gabini, que la Providencia esté posiblemente actuando una vez más.

1 En este punto es importante observar aquí que, por "Revolución" queremos decir la encarnación política de la falsa filosofía del liberalismo.

2 Esta metáfora describe el papel del Papa únicamente en el Imperio. En su mayor dignidad — ésa de Pontífice Romano — es el monarca soberano de toda la Iglesia Militante.

3 Una ironía, dado el hecho de que benito en español es un adjetivo que suele aplicarse a los monjes benedictinos.

4 Debe recordarse que los Cristeros pedían sacerdotes, y entre ellos estaban algunos. El salto retórico que Meyer hace con relación al "sacramento colectivo" a expensas del sacerdocio católico, le hace grave injusticia a los Cristeros.


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domingo, 31 de octubre de 2021

Cristeros

 Valor y Traición -- Los Antecedentes Históricos y la Historia de los Cristeros


Por Gary Potter

Traducido del inglés por Roberto Hope, de artículo publicado por Gary Potter en

www./catholicism.org/valor-betrayal-cristeros.html


1a Parte

Además de haber realmente alcanzado el poder en casi todo el mundo dos siglos después de haber estallado en Francia en 1789, la siempre creciente Revolución1 ha prosperado de distintas maneras. Quizás su mayor éxito sea el grado en que ha podido persuadir a la gran masa de la humanidad de que el movimiento es de ellos, una lucha de la mayoría por su liberación y por conseguir oportunidades, contra las elites que antiguamente las habían oprimido y que volverán a hacerlo a menos que se mantengan vigilantes. Sin duda el éxito de la Revolución a este respecto ayuda a explicar el hecho de que ahora haya adquirido un poder enorme casi en todas partes, aunque ya raras veces lo ejerce a su propio nombre. Hoy día suele presentarse con el nombre de "democracia."

Aun cuando su poder se extiende a casi todo el mundo, lo que más le importa a la propia Revolución es, primero que nada, que su poder se extienda a los territorios de aquellos países que en un tiempo constituyeron la Cristiandad. Su existencia surgió, después de todo, para derrocar las creencias, leyes, costumbres y prácticas que distinguían a la Cristiandad del resto del mundo. En lo que respecta a ese "resto del mundo," la mayor parte ya había sido colonizado o de alguna otra forma ya imitaba a los países de la Cristiandad, para cuando la Revolución suplantó las enseñanzas de la Fe con su propia falsa filosofía. Así, la transformación de la Cristiandad en el Occidente liberal, inevitablemente dio como resultado la hegemonía de la Revolución sobre las demás tierras de Asia, África y el resto del mundo.

El que la Revolución siempre haya buscado suplantar la Fe con sus propios principios ha llevado a muchos comentaristas cristianos a identificar a este o a aquel grupo u organización no cristianos como la verdadera fuerza o poder que está "detrás" del movimiento. Ningún hombre razonable puede dudar que las "fuerzas del naturalismo organizado", como las llamó el formidable Padre Dennis Fahey, han jugado su papel en la historia de los últimos dos siglos. Sin embargo, el punto de vista aquí — como también creemos que era el del Padre Fahey si lo hemos leído correctamente — es que el casi universal dominio de la Revolución hoy en día se debe más a nuestra naturaleza caída que a ninguna otra cosa. O sea, el hombre se ha inclinado siempre desde la Caída, a vivir conforme a su propia voluntad en vez de la de Dios. Empezando hace dos siglos, los hombres comenzaron finalmente a derrocar las instituciones políticas y sociales que acotaban esa inclinación. Durante algún tiempo, la Iglesia fue capaz de evitar que esa transformación se hiciera casi completa, de la misma manera como anteriormente había podido evitarla plenamente. En el Concilio Vaticano II, sin embargo, se repudió el que sus enseñanzas jugaran un papel o tuvieran influencia en los asuntos políticos. (Nos referimos a política en el sentido en que constituye el medio por el cual se regula la vida en sociedad). De entonces para acá, poco ha sido lo que a la Revolución se le ha interpuesto en su camino,

Decir que haya sido poco lo que se ha interpuesto en su camino no quiere decir que no haya sido nada. Aquí y alla, grupos e individuos luchan por mantener viva la idea del orden social cristiano. Su mera existencia impide al casi universal dominio de la Revolución volverse absoluto. Eso por una parte. Por la otra, manteniendo viva la idea ahora, también hace posible que el orden social cristiano sea revivido cuando Dios decida que la hora de restablecerlo ha llegado.

La labor de estos individuos y grupos ha sido gravosa, pues no es fácil mantenerse siempre en el lado perdedor de la historia. Las cosas pueden ser aún más descorazonantes para aquéllos que no están ocupados directamente en esa labor pero que la apoyan. ¿Llegará algún día un tiempo más luminoso? se preguntan.

Un Ejemplo Alentador

La historia que sigue puede darnos algún aliento. Es la historia — narrada de manera demasiado breve — de los Cristeros Mexicanos, campesinos católicos que no aceptaron que la Revolución fuera un movimiento suyo. Se levantaron en armas contra su propia nación; y por su misma lucha y muerte en el número en que lo hicieron, dieron el mentís — como lo hicieran los Vendeanos en Francia y los Carlistas en España — a la idea de que el enemigo le debe su exito pasado y presente a "el pueblo."

La historia de los Cristeros, empero, no es una de victoria. Eso no la hace menos inspiradora, sin embargo, pues si al final depusieron las armas, no fue realmente para rendirse a la Revolución contra la cual lucharon. Militarmente tuvieron éxitos brillantes, y el que ellos pudieran haber prevalecido finalmente en el campo de batalla era posible, y en mayo de 1929, hasta se veía probable. Sin embargo, carecían del apoyo que merecían. Esto no se refiere al apoyo popular, pues el de ellos fue un levantamiento genuinamente popular. Lo que faltaba, excepto al mero inicio (y que aun entonces no era de una naturaleza práctica) era el apoyo de los obispos de la Iglesia en México. Faltaba también el apoyo de la Santa Sede, que alguna vez había tronado contra el régimen de la Ciudad de México, pero eso había sido antes de llegar a un arreglo con el mismo gobierno, arreglo que fue fatal para los Cristeros. En lo que atañe a que los obispos y la Santa Sede hayan seguido el camino que siguieron, podría decirse que en vez de apoyar a los Cristeros, los campesinos-guerreros fueron traicionados por los mismos hombres por quienes ellos luchaban.

Y traicionados fueron. En última instancia, sin embargo, lucharon por ellos mismos, por sus familias por su forma de vida, por sus creencias. Si fueron compelidos a dejar de luchar no lejos de alcanzar la victoria, su causa no fue derrotada, y ciertamente no fue una causa perdida. Permanece viva en las mentes y corazones de muchos mexicanos que todavía creen como creyeron los Cristeros. Permanece viva de manera parecida a la que la causa de los Estados del Sur (la causa de una sociedad ordenada jerárquicamente y arraigada en la tierra, fiel a las costumbres y a las tradiciones, aferrándose al honor, y desdeñosa del pragmatismo político) no se ha perdido para muchos norteamericanos, aun cuando la guerra de secesión que se luchó para formar una nación independiente que encarnara esa causa cesó en 1865.

Como pasa con todo lo que tiene una escala épica, como es la historia de la Cristiada, lo que sucedió no puede entenderse sin una comprensión de los antecedentes historicos. (Los Cristeros, los hombres que se alzaron en la Cristiada, no se llamaban a sí mismos Cristeros, ni su lucha se llamaba la rebelión Cristera. La palabra "Cristero" fue acuñada y aplicada a ellos por sus enemigos, los Masónico-Socialistas que gobernaban México, por razón de su consigna y verdadero grito de guerra "¡Viva Cristo Rey!")

Fuentes

Antes de que veamos los antecedentes históricos, vienen al caso unas palabras concernientes a las fuentes. Existen en inglés crónicas confiables de La Cristiada: La más completa — de hecho la obra definitiva sobre el tema — es The Cristero Rebellion; The Mexican People Between Church and State, 1926-1929 , por Jean A. Meyer (Cambridge University Press, 1976) [N del Tr: en español se publicó como: La Cristiada:Guerra de los Cristeros. Ciudad de México: Siglo XXI Editores, 1978]. Otra obra que puede recomendarse es Viva Cristo Rey! The Cristero Rebellion and the Church-State Conflict in Mexico, por David C. Bailey (University of Texas Press, 1974).

Esos dos libros y algunas otras cosas, pero principalmente esos dos libros, son la fuente de la mayoría de los hechos que se narran aquí, aunque la interpretación de muchos datos nace de nuestro imperturbable punto de vista católico y de nuestras convicciones personales que emanan de él. Debe mencionarse de la obra de Bailey, sin embargo, que le atribuye a dos organizaciones una parte mucho mayor de la dirección o mando de la rebelión Cristera que la que ellas realmente ejercieron. (Las memorias escritas por algunos veteranos de las batallas, así como el libro de Meyer, lo dejan claro.) Esas organizaciones fueron la ACJM (Asociación Católica de la Juventud Mexicana) y, especialmente, la LNDLR (Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa.)

Es cierto que, en 1926, los hombres que formaban el núcleo de la LNDLR decidieron, habiéndose agotado otros medios, que no había manera de terminar la opresión de la Iglesia en México excepto mediante la insurrección armada contra el gobierno, con el objetivo final de reemplazarlo por uno católico. Sin embargo, para cuando la decisión fue tomada, ya habían ocurrido alzamientos campesinos en numerosas localidades, y aquí y allá habían comenzado a surgir paladines campesinos y estaban empezando a combinar esfuerzos. En otras palabras, el movimiento estaba en marcha. Los abogados, doctores, ingenieros, pequeños comerciantes e intelectuales de la clase media de la LNDLR tuvieron que correr como locos para ponerse al frente. Además, una vez que llegaban, simplemente sólo estaban ahí. Algunos habrían de pagar un alto precio por su "dirigencia" de los Cristeros, incluyendo el precio extremo, pero pocos jamás vieron acción en el terreno de combate. Los Cristeros en gran medida fueron sus propios mandos. Habrían seguido su lucha con o sin la LNDLR. De hecho, la siguieron. El último guerrero Cristero que murió en batalla cayó en 1941, doce años después de que la traición dejó totalmente impotente a la LNDLR y a la ACJM. (La LNDLR pronto se dispersó. La ACJM fue fundida en la organización juvenil oficial del episcopado).

Quiénes fueron

La verdadera naturaleza de la rebelión se ve por los hombres que al final se volvieron sus verdaderos dirigentes Como los campesinos de La Vendée en Francia, fueron comandados mayormente por otros campesinos y artesanos, que demostraron un don sorprendente para dirigir militarmente, especialmente en acciones de tipo guerrilla, los Cristeros hallaron su general más brillante, en un hombre que había sido vendedor viajero de productos farmacéuticos antes de que comenzara la insurgencia. Su nombre, aún honrado por los patriotas católicos de México, era Jesús Degollado Guízar. Dos de los más altos generales eran simples sacerdotes (ambos étnicamente indios) de parroquias rurales, los padres Aristeo Pedroza y José Reyes. Otros hombres sin experiencia militar ascendieron a puestos de mando en un ejército que tenía 50,000 hombres cuando parecía estar al borde del triunfo.

Unos pocos soldados profesionales habrían de pelear del lado de los Cristeros. El más ilustre, un artillero que fue hecho general en el ejército regular de México a la edad de 40 años, era Enrique Goroztieta. Por increíble que parezca, él era agnóstico, hasta masón. Por qué exactamente había dejado el ejército antes de que comenzara la revuelta y luego se unió a ella, no está claro. Era un hombre ambicioso y pudo haber soñado en una carrera militar exitosa que lo llevara a alcanzar el poder político. ¿Dejó el ejército regular porque su carrera ahí no lo estaba llevando en esa dirección? ¿Se imaginaría que una victoria cristera sí lo llevaría? Eso apenas si tiene importancia. Lo que sí la tiene es que su servicio con los Cristeros lo volvió católico y lo llevó a sufrir una muerte heróica.

Fue el comportamiento de sus hombres fuera del campo de batalla pero especialmente bajo fuego, lo que convirtió al militar profesional. Específicamente, el comandante estaba lleno de admiración por los hombres que él comandaba. Esto puede sacarse de numerosos comentarios que a lo largo del tiempo les daba a sus subordinados y a sus compañeros oficiales. ¿Qué hacía a los Cristeros ser los hombres que eran? Era su Fe, fue lo que él concluyó. Y, así, la abrigó él mismo.

Dejemos que Jean Meyer describa lo que Gorosztieta atestiguó cuando veía a los Cristeros en acción. "Soldados en huaraches y vestidos de algodón blanco, henchidos todavía del espíritu comunitario de su aldea, de su parcela, de sus proyectos privados [que] se mantenían firmes bajo el fuego, no titubeaban para responder a exigencias supremas, y frente a sus ojos cruzaron aquélla raya más allá de la cual uno ya no se ama a sí mismo, más allá de la cual uno ya no piensa en preservar su propia vida. Los veía levantarse y marchar calmadamente al combate, lanzarse machete en mano sobre las ametralladoras federales y escalar alturas en cuya cima los simples campesinos comienzan a parecernos grandes guerreros."

El 2 de junio de 1929, en una hacienda de Michoacán, separado de sus hombres, herido, enterado de que los obispos estaban vendiendo la causa, atrapado en una casa rodeada por tropas del gobierno, pero rehusando a rendirse, Goroztieta se lanzó fuera y murió con pistolas disparando en ambas manos, evidentemente determinado a llevarse consigo a tantos federales como le fuera posible.

Aun cuando la LNDLR le había conferido el título de "Jefe Supremo" de lo que llamaba la Guardia Nacional, debe enfatizarse que Goroztieta, no más que Jesús Degollado, que el Padre Pedroza, que el Padre Reyes o que nadie más, jamás fue visto por los Cristeros mismos como su Supremo Comandante o Dirigente. La rebelión no tuvo un Pancho Villa, un Emiliano Zapata o un caudillo. En el contexto de la historia de México esto era tan inusitado que el agregado militar de la embajada de los Estados Unidos, el Coronel Gordon Johnston, informó al Departamento de Guerra en Washington que esa era la característica más sobresaliente de la rebelión.

¿Podría habérsele ocurrido a Johnston, quien casi ciertamente era protestante (y probablemente masón si llegó a ser coronel en el ejército de los Estados Unidos en esa época), que los hombres, con Cristo Rey a la cabeza, no tenían necesidad de un solo dirigente humano a quién seguir?

Beato Miguel Pro

Decir que la rebelión no fue realmente encabezada por la LNDLR o la ACJM no es para menospreciar a los hombres de esas organizaciones. Ya hemos dicho que algunos de ellos pagaron, aun con su vida, su fidelidad a la Fe, y así lo hicieron otros por estar vinculados con ellos por parentesco o amistad. Consideremos el martirio del Padre Pro — muchos lectores habrán visto fotografías de su fusilamiento — muerto por un pelotón de fusilamiento en el cuartel de la policía en la Ciudad de México el 23 de noviembre de 1927.

Aun cuando él no era un miembro activo de la LNDLR, sus dos hermanos, Humberto y Roberto, sí lo eran. (Durante los meses que pasó en la clandestinidad en la Ciudad de México, el Beato Pro condujo una especie de bolsa de conferencistas para la Liga.) El 13 de noviembre de 1927 hubo un intento de asesinar al Gral. Álvaro Obregón. (Él y el presidente en turno, Plutarco Elías Calles, eran los dos personajes que dominaban la vida política de México en los años 20's, alternando el poder entre ellos en una diarquía que en algo se asemejaba al gobierno de los co-emperadores que se dió en el Imperio Romano.) Los disparos lanzados contra Obregón provenían de un auto prestado, cuya propiedad pudo con facilidad rastrearse a la LNDLR. Uno de los presuntos asesinos frustrados era un ingeniero electricista de 24 años, llamado Luis Segura Vilchis, miembro activo de la ACJM. Los dirigentes de la LNDLR y de la ACJM ignoraban totalmente lo que Vilchis y sus compañeros se habían propuesto hacer, pero cuando finalmente fue arrestado, la policía tendió una redada para prender a otros miembros de la ACJM y de la LNDLR. Prendidos en la redada cuando catearon la casa en donde vivían juntos, fueron Humberto y su hermano sacerdote. De ninguno se cree que haya tenido nada que ver con el intento de asesinato. Como ya se dijo, el Beato Miguel ni siquiera era miembro de la LNDLR. Eso no le importó al tirano Calles. Tal era lo profundo de su anti-catolicismo, que estaba seguro de que el Beato Miguel tenía que haber sido el autor intelectual del intento de asesinato contra Obregón. Así, ordenó entonces la ejecución sin juicio previo de Vilchis, de los dos hermanos Pro, y de una cuarta persona, Juan Tirado. La policía había estado buscando al Beato Pro durante meses, pero si lo hubieran encontrado antes del 13 de noviembre, su peor destino habría sido la expulsión del país. Fue el intento de asesinato de Obregón y la relación del Beato Miguel con la LNDLR a través de su hermano, lo que hizo que fuera fusilado.

Dirigencia

Hemos mostrado cómo los miembros de la LNDLR corrían un verdadero riesgo, aun cuando no anduvieran en los montes con los Cristeros. Debe decirse también — y debe ser obvio — que si los campesinos-guerreros hubieran prevalecido militarmente, ni su valor como guerreros ni la pureza de sus corazones como católicos los hubiera equipado para formar y encabezar un gobierno nacional.

¿Quién entre ellos hubiera siquiera estado interesado en intentarlo? Una conciencia limpia, no arredrarse en la lucha, amar a sus mujeres y a sus hijos, levantar sus cosechas y quizás tener algo de beber y fumarse un cigarro al final del día — tales habrían sido los intereses de los Cristeros cuando no eran guerreros. Hombres como esos, hombres serios, conocen sus límitaciones. Estos campesinos no eran como tantos de los americanos de ahora, a quienes se les ha enseñado desde niños que "Tú puedes ser lo que tú quieras" y que se vuelven amargamente resentidos, y muchas veces una amenaza, cuando aprenden la verdad.

Cuando en el curso de su rebelión, los Cristeros tomaban pueblos, luego regiones más extensas y eventualmente la totalidad de varios estados, no intentaron ellos mismos proveer el gobierno necesario para mantener los servicios básicos para los habitantes, como el mantener las escuelas abiertas, los alimentos disponibles, los transportes funcionando o cosas de ese tipo. Alistaban a otros para administrar lo necesario: sacerdotes simpatizantes, oficiales de bajo nivel que eran amigos, pequeños propietarios, profesores de escuela, empleados — esos hombres y otros como ellos — hombres con alguna educación o con preparación profesional. La formación de un gobierno nacional habría requerido hombres como los de la LNDLR.

Hay un punto más que asentar antes de pasar a los antecedentes históricos de la Cristiada.

Intenso Anti-Catolicismo

En algunos párrafos anteriores hemos hecho referencia al profundo anti-catolicismo del presidente Calles. El anti-catolicismo de que hablamos no es el tipo contra el cual la mayoría de nuestros lectores se topa en su vida cotidiana. Es el anti-catolicismo revelado por la Revolución (o "democracia") como inherente a ella, cuando insiste en que los hombres deben vivir conforme a su propia voluntad en vez de la de Dios, cual si Él no existiera. El anti-catolicismo de todos los días simplemente considera la Fe como algo malo o simplemente demasiado controladora de la vida de quienes nos adherimos a ella. La Revolución no ve la Fe como algo simplemente malo sino como algo expresamente antagónico a ella. Es antagónica a la Revolución, pero eso es irrelevante para el punto que queremos hacer. El revolucionario, cuando es leal a sí mismo, no simplemente rechaza la fe, la odia, desea destruirla. "Ecrazes l'infame" gritó Voltaire. "Aplastad a la infame" refiriéndose de esa manera a la Iglesia.

Para medir lo profundo del odio de la Revolución, para ver contra qué luchaban los Cristeros, aquí van algunas líneas extraídas de un discurso dado por uno de los generales del Gobierno, J.B. Vargas en el pueblo de Valparaíso, Zacatecas:

"El perverso clero, conformado por traidores a la patria, y recibiendo órdenes de un dirigente extranjero que siempre está conspirando para provocar la intervención extranjera en México a fin de asegurar su dominio y sus privilegios, es dañino porque su misión es la de embrutecer a la gente ignorante para explotarla y hacerla fanática al punto de la idiotez, y la engañan haciéndole creer que el clero es el representante de Dios, a fin de vivir a costa de las masas indolentes e iletradas, que es donde el Fraile ejerce su dominio. Basta con tener alguna idea de la terrible historia de la inquisición, para darse cuenta de que los frailes y las sotanas apestan a prostitución y a crimen."

En cuanto a Calles mismo, conviene tener una idea precisa de lo que lo motivaba, ya que él era la verdadera encarnación de la Revolución en México. (Efectivamente, luego de que Obregón hubiera sido eliminado, la referencia oficial a Calles se tornó en "Jefe Supremo de la Revolución.") El hombre fue descrito resumidamente por Ernest Lagarde, encargado de negocios en la Legación Francesa en la Ciudad de México en la época de la Cristiada. Según David Bailey, el embajador de los Estados Unidos, Dwight Morrow, "consideraba a Lagarde como el hombre mejor informado en el tema [de relaciones Iglesia-Estado] en México." Lagarde escribió acerca del Presidente de la República:

"Calles era un adversario violento y apasionado de la Iglesia Romana, no porque deseara evitar que ésta extendiera su influencia y poder, sino porque él había decidido extirpar la Fe Católica del territorio mexicano. Lo que era tan fundamental de su carácter consistía en que era un hombre de principios, poseído de una energía que no se detenía en la obstinación y la crueldad, y estaba dispuesta a atacar, no sólo personas sino también principios, y aun la institución misma, y estaba también dispuesto a que el sistema de gobierno que él apoyaba como resultado de sus convicciones filosóficas, condenara la misma existencia de la iglesia como algo económica y políticamente desastroso."

Algunos antecedentes

Ahora pasemos al antecedente histórico que prometimos presentar

Los americanos que no estén familiarizados con la historia de Europa y de su propio Hemisferio, excepto en términos muy generales, supondrán que cuando Hernán Cortés llegó a México en 1519 con su pequeña banda de compañeros conquistadores, era bajo la égida de la corona española. Eso así fue, pero había más que eso. El que el penacho de Moctezuma esté ahora en un museo de Viena y no en Madrid muestra el panorama completo. El soberano de Cortés era el Emperador Carlos V. Carlos gobernaba España, ya que esa tierra era parte del imperio, pero no fue hasta 1556 cuando el país se volviera una nación por separado como la conocemos ahora. Fue en 1556 cuando Carlos, deseando pasar los últimos años de su vida en un monasterio, dividió el imperio renunciando a la dignidad imperial. Su hermano Fernando asumió dicha dignidad. España y sus nuevos dominios en el Hemisferio Occidental, incluyendo México, fueron asignados a su hijo Felipe, conocido en la historia como Felipe II, un muy gran monarca por su propio derecho.

La teoría del Imperio era que la Iglesia y el Estado, Papa y Emperador, obrarían conjunta y armónicamente por la paz y la prosperidad, con el objeto de que sus súbditos pudieran permanecer tan cerca de Dios como fuera posible. Los escritores han tratado de describir esta armonía de diversas maneras. Por ejemplo, el Imperio ha sido comparado con un tren sobre su vía, la vía siendo la Iglesia y sus enseñanzas, la cual establece el curso del tren. Yo prefiero ver el Imperio como un barco. El Emperador estaría al timón. El Papa sería el vigía2 cuidando de que la nave no se aproximara a los arrecifes, y listo para lanzar una advertencia cuando él divisara uno. En toda la historia no se ha intentado un gobierno más ideal.

Desafortunadamente, varias veces a lo largo de los siglos, el Emperador o el Papa, uno u otro, trataron de actuar tanto de timoneles como de vigías, creando una tensión entre la Iglesia y el Estado. En ocasiones, la tensión se convertía en conflicto. A ese punto se llegó en 1527 cuando las tropas de Carlos V saquearon Roma (Carlos no tenía intención de que ocurriera un saqueo, y sus generales fueron incapaces de pararlo,)

Felipe II y los reyes de España que le sucedieron habrían de conocer épocas de tensión y de franco conflicto entre la Iglesia y el Estado, como había ocurrido y habría de ocurrir con varios otros emperadores. A final de cuentas, el estado fue el que habría de prevalecer en España, aun cuando no a tal grado extremo como en algunas otras naciones. España no era como Francia, con el desastre del galicanismo, o como el Imperio bajo José II. Mucho menos se asemejaba a Inglaterra, donde un monarca, Enrique VIII, simplemente se declaró Cabeza de la Iglesia de ese reino.

Todo esto nos es de interés porque, como resultado de ello, durante los tres siglos en que México fue español, la Iglesia en México estaba generalmente sometida a la Corona, aun cuando su situación no se presentara en esos términos. Más bien se presentaba que la Iglesia gozaba de la protección o del "patronazgo real" (término que realmente se usaba) de la Corona. Debe mencionarse que, por su parte, la Iglesia no hallaba su situación demasiado objetable, ya que el Real Patronato le garantizaba derechos de los cuales no goza en parte alguna del mundo en estos días. El rey podía, ciertamente, nombrar obispos, pero a ninguna secta se le permitía ejercer en púbico lo que era derecho exclusivo de la Iglesia hacer, hablando objetivamente: declarar qué enseñanza religiosa es Cristiana y qué otra no lo es. El tiempo llegaría cuando la Revolución en México, consciente de la historia pasada, pero ignorando la enorme diferencia entre la corona católica y el estado puramente laico y anti-religioso que ella estaba estableciendo, intentaría, primero, hacer a la Iglesia subordinada del estado, para luego de plano suprimirla.

Monarquía independiente

Ese intento no comenzó inmediatamente de que al país alcanzara su independencia de España en 1821. Eso fue porque los revolucionarios no estaban entonces al mando. De hecho, los hombres que encabezaron inicialmente el México independiente eran bastante conservadores y, casi todos ellos, monarquistas. Fue en la propia España donde los liberales llegaron al poder. Los mexicanos, con el apoyo de los obispos del país, buscaron la independencia precisamente por esa razón. Lográndola, cuando no encontraron algún príncipe extranjero que reinara sobre ellos, voltearon hacia un hombre de sus propias filas, Agustín de Iturbide, proclamándolo emperador. Así pues, el primer gobernante del México independiente fue un monarca católico. (Los libros de historia que llegan a mencionar este episodio, hablan de Agustín I — nombre que él tomó — declarándose a sí mismo emperador cual un segundo Bonaparte. Por el contrario, fue ungido canónicamente por el Obispo de Guadalajara,)

Debe recordarse en este punto que, en esa época, México era el doble del tamaño del que ha subsistido desde 1848: Texas, California y todo el resto de lo que en los Estados Unidos llamamos el 'Southwest' — todo eso era parte de México. El tener una monarquía católica ocupando gran parte de la América del Norte hacía incomodarse mucho a los protestantes que dominaban los Estados Unidos, una república liberal. Aun un México independiente que hubiera nacido como una república, pero una que fuera católica de carácter y no liberal, habría sido inaceptable para ellos. La visión católica de lo que debiera ser una sociedad era demasiado diferente de la de ellos. Con el tiempo, ellos habrían de actuar para eliminar la amenaza percibida de un poder católico que desafiara el suyo, arrebatando por la fuerza de las armas la mitad de México, y luego apuntalando la Revolución una vez que se hubiera instalado en lo que quedaba del país. Por lo pronto, maquinar la caída del Emperador Agustín era el primer punto del orden del día.

Traición masónica

Esto no fue difícil, dada la fragilidad que siempre ha caracterizado las instituciones de una nación cuando llega a su existencia por vez primera — y esto no fue menos para México que para otros. En 1823, Agustín viajó al exilio en Italia, y en México se proclamó una república. (Al año siguiente, creyendo poder seguir siendo útil al servicio de su país, e ignorante de que había sido sentenciado a muerte, Agustín regresó. Fue arrestado al llegar, y luego fusilado.) Fue entonces cuando el vecino de México al norte se pondría a trabajar en serio. Si el objetivo era socavar el país como nación católica; la antigua Catholic Encyclopedia de 1913 explica sucintamente cómo habría de comenzar la empresa:

"La masonería, promovida tan activamente por el primer embajador de los Estados Unidos, Joel R. Poinsett, comenzó a reducir gradualmente la lealtad que los gobernantes y el gobierno habían manifestado tener hacia la iglesia. Poco a poco, fueron promulgándose leyes contra la Iglesia, restringiendo sus derechos como, por ejemplo, en 1933, la exclusión del clero de las escuelas públicas, a pesar del hecho de que el presidente en esa época, Don Valentín Gómez Farías. exigía para el gobierno todos los privilegios del patronazgo real, con el poder de llenar sedes vacantes y otros beneficios eclesiásticos."

Aun con el riesgo de asignarle demasiado espacio a este bosquejo de antecedente histórico de La Cristiada, la referencia a la masonería que hace la enciclopedia apunta a la necesidad de hacer algunos comentarios sobre el papel que jugó en México esta fuerza particular del naturalismo organizado, especialmente porque, como dice claramente la referencia, éste ha sido un papel central.

Conceder esta centralidad parecería contradecir el pensamiento expresado al inicio: ése de que el éxito de la Revolución se debe más a nuestra propia naturaleza caída, que a las artimañas de este o aquel grupo u organización. Sin embargo, sí dejamos que las fuerzas del naturalismo organizado, incluyendo a la masonería, hayan tenido un papel importante que jugar en facilitar el avance de la Revolución. Eso en ninguna parte ha sido más visible que en México. Usualmente, la masonería puede entreverse tras los bastidores: En Francia en 1789, en la fundación de nuestra propia república liberal, y en Rusia en 1917. Por contra, en México ha estado al frente y al centro.

Para dar un ejemplo: Tan recientemente como en 1979, cuando el Papa Juan Pablo II visitó México en su primer viaje a cualquier lugar del extranjero como Sumo Pontífice, varias logias de todo el país pusieron anuncios de página completo en periódicos de la Ciudad de México, todas ellas a su propio nombre, protestando por la visita, y pronosticando consecuencias funestas.

Sea el que sea el alcance de su poder e influencia en los Estados Unidos, los masones de este país nunca han sido así de abiertos al mostrarse a sí mismos o de lo que esa organización se trata.

(Desde el punto de vista masónico, los acontecimientos ocurridos desde la primera visita del Papa a México han sido funestos. No solamente es ahora legal que los sacerdotes lleven puesto el alzacuellos en público, se les ha dado el derecho de votar. Todavía peor, el país tiene ahora a un católico practicante como presidente, Vicente Fox. Más aún, ha hecho constar que, en su juventud, él fue inspirado por historias del valor Cristero.)

Si la masonería empezó a ser una fuerza en la vida política de México tan pronto como el primer enviado de los Estados Unidos llegó al país, para los años 1920s era una fuerza mucho mayor. Esto fue reconocido por Emilio Portes Gil, escogido por Calles para ser su sucesor, cuando llegó a Presidente en 1929 y declaró: "En México, el Estado y la masonería se han vuelto una y la misma cosa en los años recientes."

Si así era el caso en el estado mexicano, era inevitable que fuera casi lo mismo en el ejército mexicano. Típico de sus oficiales fue el General Joaquín Amaro, Ministro de Guerra en la época de la Cristiada. Hubo una ocasión infame en sus años de ministro cuando sus colegas oficiales y masones le hicieron una fiesta en la Iglesia de San Joaquín en la Ciudad de México el día de su santo. La fiesta incluyó la actuación de una parodia sacrílega de la Santa Misa, con todo y champaña tomada en los cálices.

(No tan típico fue el que el General Amaro se hubiese convertido a la Fe Católica hacia el final de su vida. Algunos dirán ahora probablemente, que fue muy a propósito el que haya legado su muy extensa biblioteca de literatura anti-católica a los jesuitas.)

Protestantes americanos

Además de la masonería, aunque nunca en tanto grado, otra fuerza que activamente buscaba socavar México como país católico fue el protestantismo. Tuvo un éxito considerable, especialmente en el norte — la parte del país que tiene frontera con los Estados Unidos.

El norte es lo que algunos americanos se imaginan que es todo México: principalmente desértico y cálido. Antes de que la llegada del aire acondicionado hiciera posible para algunas poblaciones, como Monterrey, desarrollarse como grandes ciudades y centros manufactureros, el norte estaba escasamente poblado. No por coincidencia, los mexicanos se refieren a los dirigentes históricos de la Revolución de su país como "los hombres del norte" porque de ahí es de donde provenía la mayor parte de ellos, incluyendo a Obregón y a Calles. Estos fueron hombres que crecieron fuera del centro hispánico e indígena de México. Sus años formativos fueron pasados figurativa y literalmente más cerca de los Estados Unidos que del centro. Como consecuencia, muchas veces atribuían el "retraso" de su país al catolicismo. Veían el protestantismo del otro lado de la frontera como aquéllo que explicaba la riqueza y el progreso de los Estados Unidos.

Sin duda, hay algo de cierto en esa noción. Los católicos creen, o deberían creer, que hay algunas cosas más importantes que la de alcanzar riqueza. Adquirir virtudes es una de ellas. Los protestantes, especialmente si son de índole calvinista, ven la riqueza como un premio de Dios por su abstemia y su ética del trabajo, que ellos valoran como constituyentes de la virtud que verdaderamente cuenta. Esta diferencia en perspectiva entre los católicos y los protestantes produce estilos de vida diferentes. "El tiempo es dinero" es un aforisma norteamericano con raíces tan antiguas como la admonición de Benjamín Franklin de que "un centavo ahorrado es un centavo ganado". El tiempo no debe desperdiciarse. En los países católicos, especialmente los latinos de Europa y del Hemisferio Occidental, los hombre están dados a 'desperdiciar' el tiempo pasando largas horas en terrazas de cafés o en cantinas o en largas siestas. El protestante observará que ésta no es la forma de hacerse de dinero o de 'progresar'. Tenemos una observación nuestra: Es notable ver cuántos protestantes ricos eligen pasar sus vacaciones, o aun retirarse, en lugares como la Provenza o la Toscana o en Cuernavaca, para probar un poco de la vida que el despreciado católico disfruta todo el tiempo. Nunca se oye que alguno de ellos contrate a un arquitecto para que renueve la casa de una antigua granja en Kansas.

En todo caso, cuando los hombres del norte llegaron al poder a principios del siglo veinte, abrieron el país, como asunto de política, a la penetración protestante. Siendo ése el caso, los protestantes americanos en general apoyaban de todo corazón la Revolución en México. Como uno de ellos, S.G. Inman, del Comité de la Liga de Naciones Libres, lo habría de atestiguar ante un comité del Senado de los Estados Unidos en 1919: "Cuando comenzó la Revolución Mexicana, las iglesias protestantes se lanzaron a ella casi unánimemente, porque creían que el avance de la Revolución representaba lo que estas iglesias habían estado predicando a lo largo de los años, y que el triunfo de la Revolución significaba el triunfo del Evangelio. Había congregaciones enteras que, dirigidas por pastores, se pasaron de voluntarios al servicio del Ejército Revolucionario. Muchos pastores protestantes ocupan ahora puestos prominentes en el gobierno mexicano."

Para 1922, había 261 misioneros americanos colaborando con pastores protestantes mexicanos en 703 lugares de adoración, cuyas congregaciones en conjunto ascendían a 22,000 miembros. Para 1926, los metodistas operaban 200 escuelas en México. La YMCA estaba en todas partes. El Obispo Episcopaliano de México, Moisés Sáenz, era hermano del Secretario de Relaciones Exteriores, Aarón Sáenz. Esa relación en sí misma garantizaba que las misiones protestantes gozaran de cooperación gubernamental. Los protestantes también controlaban la Secretaría de Educación.

Descatolización

Jean Meyer narra la penetración protestante contra la creciente resistencia católica a la Revolución, resistencia que finalmente habría de producir la rebelión Cristera: "El proselitismo, siempre basado en los temas gemelos de la inmoralidad de los sacerdotes célibes y la rapacidad del alto clero, fue bastante efectiva en el norte y en las zonas despobladas de tierra caliente, pero en el resto del país produjo reacciones que muchas veces eran violentas, y que se hicieron cada vez más frecuentes después de 1926, conforme el protestantismo fue ganando fuerza. A los católicos les era evidente que el gobierno estaba colaborando cercanamente con las misiones yanquis, y que estaba obrando por la gran descatolización anhelada por Theodore Roosevelt como preludio para la anexión. Los políticos católicos habrían dado mucho por haber podido publicar este telegrama enviado por las iglesias episcopalianas de Toledo, Ohio, y de Taylor, Pennsylvania, al Presidente Obregón: "Millones de Norteamericanos están con usted y rezan por usted mientras usted lucha por soltar el yugo que la Iglesia Católica Romana ejerce sobre su gran nación."

De hecho, abrir el país a la penetración protestante y promover las sectas como cuestión de política empezó con el acceso de los hombres del norte al poder, pero ellos no eran los primeros en aspirar a la 'descatolización' de México. Ya no era el caso de que la Revolución en México hubiere empezado con ellos, no obstante que fue con ellos que se llamó a sí misma La Revolución. Ya hemos oído que la lealtad, tanto de los gobernantes como de los gobernados, hacia la Iglesia, comenzó a menguar — que fue llevado a que así sucediera — tan pronto como el primer enviado de los Estados Unidos hubiera llegado al país, poco tiempo después de que México hubiera alcanzado su independencia.

El paso de avance de la Revolución, y con ello el de la 'descatolización' que es la verdadera definición de lo que se busca, se aceleró en los años 1850s. Entre 1855 y 1857, cuando se adoptó una nueva constitución, se pusieron en vigor una serie de medidas promulgadas por el gobierno. Una exigía que la Iglesia se deshiciera de sus bienes raíces con excepción de las iglesias. Otra, requería el registro civil de los nacimientos, matrimonios y defunciones. Otra más, ponía los cementerios bajo el control del estado. Una rebelión apoyada por dirigentes católicos estalló contra la nueva constitución. La lucha entre los rebeldes y las fuerzas del gobierno duró tres años.

El gobierno de esa época estaba encabezado por Benito Juárez. Era considerado tan altamente en los Estados Unidos, que sigue siendo probablemente el único presidente de México que muchos americanos pueden nombrar. Desde Veracruz, la ciudad en la costa del Golfo donde estableció una capital temporal durante la guerra de 1858-60, expidió numerosos edictos, conocidos colectivamente en la historia de México como las Leyes de Reforma. El primero, decretó la separación absoluta de la Iglesia y el Estado. Otros, nacionalizaban todas las tierras de la Iglesia, prohibían a los funcionarios públicos asistir a celebraciones religiosas, hacían ilegal dar diezmo a la Iglesia, abolían las órdenes monásticas3; prohibían a las ordenes femeninas admitir novicias, hacían el matrimonio por la vía civil obligatorio, y legalizaban el divorcio.

Su ejército, suministrado abundantemente de armas por los Estados Unidos, finalmente prevaleció en el campo de batalla, y Juárez re-estableció la capital en la Ciudad de México. Los dirigentes conservadores, sin embargo, se rehusaron a conceder la derrota, y buscaron ayuda en Europa. Napoleón III, Emperador de Francia, estuvo dispuesto a proporcionarla.

Emperador Maximiliano

Los conservadores deseaban revivir la forma de gobierno que México había disfrutado cuando se hizo independiente: la monarquía. Buscaron un príncipe que los gobernase. Hallaron uno en un descendiente de Carlos V. Era el Archiduque Maximiliano de Habsburgo, cuya ambiciosa esposa, Carlota, era hija de Leopoldo, Rey de los Belgas.

Reticente, al principio, de aceptar la corona de México que se le proponía, ya que su aceptación implicaba deponer todos sus derechos en el Imperio Austro Húngaro, pero presionado por Carlota y, sobre todo, por Napoleón III, Maximiliano finalmente aceptó. Tantas insensateces sentimentales se han escrito sobre él, que convendría escribir unas cuantas líneas sobre la cruda realidad de este interludio en la historia de México.

Explicar el por qué Napoleón eligió involucrarse está más allá de nuestro alcance. (En parte, México le debía una gran cantidad de dinero a Francia; en parte, los franceses siempre han estado fascinados por el país.) Sin embargo, el esfuerzo de restablecer la monarquía en México 45 años después del primer intento no hubiera sido posible sin antes guarnecer el país con una muy grande fuerza expedicionaria de miles de hombres. Fue bajo su protección, que Maximiliano y Carlota llegaron a México en mayo de 1864, para reinar como el Emperador Maximiliano y la Emperatriz Carlota.

Si la salvaguarda de los derechos de Cristo como Rey de la Sociedad debe ser la ocupación primordial del gobierno, era ciertamente más probable que esos derechos no fueran ignorados por completo bajo Maximiliano que bajo Benito Juárez (o bajo cualquiera de los que le sucedieron como presidente). De este modo, indudablemente habría sido mejor para México y aun para el mundo, si la empresa de Napoleón y Maximiliano hubiera prosperado. Sin embargo, desde su inicio, estaba condenada al fracaso. Eso es porque Maximiliano simplemente no estaba a la altura de la situación. El hombre era un romántico, un soñador. Puede haber tenido buenas intenciones, pero casi nada hizo bien, excepto morir virilmente cuando el momento de ello llegó. La peor cosa que hizo en particular fue rehusarse a restituir a la Iglesia y a otros terratenientes todas las propiedades que Juárez les había expropiado con las leyes de Reforma. Es un hecho que la Iglesia había llegado a poseer quizás hasta un 50% de la tierra cultivable del país, y que eso podría haber sido demasiado pero, haciendo a un lado la cuestión de justicia, con su reticencia se distanció de los propios sectores que deberían haber constituido su base de poder. Era insensato decidir para nada en contra de la restitución, y no había razón de ello excepto que Maximiliano se imaginaba que esa postura le ganaría "el amor del pueblo," que él anhelaba.

Mientras tanto, Juárez nunca dejó el país. Estaba en el norte, siguiendo llamándose a sí mismo Presidente, y todavía reconocido como tal por el gobierno de los Estados Unidos. Más aún, luego de que cesó la Guerra entre los Estados en abril de 1865, Washington pudo proveerle de armas una vez más, al mismo tiempo que, por la vía diplomática, hacía saber a Francia y a otras potencias Europeas, que no estaba más contento en los años 1860s que cuatro décadas antes, con el prospecto de tener una monarquía católica por vecina.

Más Revolución

El resultado era virtualmente inevitable. Cuando Napoleón, sintiendo la presión de los Estados Unidos y previendo una guerra con Prusia, retiró sus tropas de México, Maximiliano se quedó solo para luchar contra los republicanos que habían comenzado a moverse hacia el Sur. Sin base sólida sobre la cual estabilizarse, gracias a su propia miopía, su trono estaba por derrumbarse. Despachó a Carlota a tratar de que consiguiera apoyo en las cortes de Europa, pero esa misión probó ser tan fútil como la suya propia cuando cabalgó al campo de batalla a tomar mando personal del mermado número de hombres que seguían siéndole leales y seguían luchando contra los juaristas equipados por los Estados Unidos.

Fue capturado en la ciudad de Querétaro el 15 de mayo de 1867, y ejecutado por un pelotón de fusilamiento el 19 de junio siguiente: Igual como lo hizo el Beato Padre Miguel Pro 60 años más tarde, dio la frente a sus ejecutores sin venda en los ojos ni la menor señal visible de miedo. (Hemos dicho que su muerte, si no otra cosa, fue acorde con su dignidad. En cuanto a Carlota, vivió en uno de los palacios de su familia en Bélgica, hundida en la locura, creyendo seguir siendo una emperatriz en funciones, hasta 1927.)

Así como nuestra guerra de 1861-65 determinó de una vez y para siempre si los Estados Unidos continuarían como una federación de estados soberanos, como era la intención de la mayoría de los Padres Fundadores, o como una nación unitaria con el poder político centralizado en Washington DC, de igual manera, la caída de Maximiliano determinó de una vez por todas si México habría de existir como una monarquía o como una república. Había todavía, sin embargo, cierta cuestión sobre qué clase de república habría de ser.

Eso no se determinó completamente en los años de la presidencia de Juárez, ni siquiera cuando, en 1873, su sucesor, Sebastián Lerdo de Tejada, incorporó las Leyes de Reforma a la Constitución. Ese año, y varias veces durante los siguientes cuatro, campesinos en una media docena de estados, alentados por el clero local, se rebelaron contra el gobierno. Luego, en 1877, el General Porfirio Díaz tomó el poder. De ninguna parte toleraba él desorden alguno; no en 1877 ni en cualquier otro momento durante los 34 años que gobernó México con mano de hierro.

Tolerancia Republicana

Díaz fue otro masón, y las restricciones anti católicas, para entonces ya incorporadas en la Constitución, permanecieron ahí. Sin embargo, él fue un dirigente digno de ser llamado estadista. Más al caso, con el propósito de mantener la estabilidad y el orden, seguía consistentemente una política de conciliación hacia la Iglesia. Eso significaba que muchas de las restricciones constitucionales simplemente no se hacían cumplir. Para los años 1890s, podían establecerse diócesis nuevas, y hasta había escuelas católicas en muchas partes del país. Además, luego de que el Papa León XIII publicara para todo el mundo su gran encíclica social, Rerum Novarum, quizás el documento papal individual más influyente de los pasados dos siglos, los dirigentes católicos de México, igual que en muchas otras partes, comenzaron a promover una reforma social. Porfirio Díaz les dio libertad de hacerlo, y eso en una cada vez mayor medida. 

No es éste el lugar para hacer una evaluación del catolicismo en México a la vuelta del siglo veinte, pero en 1903 se convocó a un congreso de fieles en Puebla. Fue seguido de otros congresos organizados en otras ciudades en 1904, 1905 y 1908. Se discutía la organización de sindicatos, el establecimiento de escuelas de agricultura, la mejora de la salud pública, las condiciones de vida de la extensa población indígena, se hizo campaña contra contratos de trabajo injustos y fraudulentos — todos éstos y muchos otros temas, fueron discutidos y debatidos en esos congresos.

Aquí, de nuevo, Díaz lo toleró. Lo que no permitía es que los católicos se hicieran activos como católicos en la política. No podía existir un partido católico (o un partido de cualquier otra coloración). Luego, en 1910 se levantó una revuelta contra él, dirigida por Francisco I. Madero, mejor descrito como una clase de Kerensky mexicano. En 1911, pocas semanas antes de que Díaz fuera derrocado y enviado al exilio, el Arzobispo de la Ciudad de México, temiendo que el viejo autoritario pudiera reunir católicos para la defensa de su régimen, convocó una reunión de dirigentes laicos que, de ahí, fundaron un Partido Católico Nacional.

El nuevo partido comenzó a florecer en dos estados, Jalisco y Zacatecas, y llegó a ganar control sobre las legislaturas. Aprobaron leyes que proveían de seguros de accidentes para trabajadores, que eximían de impuestos estatales y locales a las cooperativas de crédito, y que exigía que los patrones concedieran el día libre en domingos.

Un giro indecoroso

Madero era un liberal, pero personalmente era una persona decente. Dado todo lo que siguió, fue desafortunado el que hubiera sido derrocado y asesinado junto con su vicepresidente, por el General Victoriano Huerta en Febrero de 1913. Fue entonces cuando la Revolución, como La Revolución, verdaderamente tuvo su inicio en México.

Huerta fue pronto opuesto con éxito por otra facción de revolucionarios que se llamaban a sí mismos constitucionalistas. Su dirigente, un gobernador de estado de nombre Venustiano Carranza, estaba dispuesto a permitir a la iglesia ejercer algunos derechos, como seguir manteniendo su sistema escolar, pero fue superado en número, en la dirección de su grupo, por hombres determinados no simplemente a eliminar la influencia católica en la vida pública de México, sino a "librar" a los mexicanos aun de la práctica privada de la religión. Para mediados de 1914, los elementos radicales estaban confiscando edificios de iglesias y encarcelando o exiliando a obispos, sacerdotes y monjas. Sus actividades culminaron en 1917 con la promulgación de todavía otra constitución más.

Muchas de sus disposiciones estaban ideadas para eliminar a la Iglesia como fuerza en la vida de la nación y, en última instancia, eliminarla por completo. El Artículo 3° exigía que toda la educación primaria, fuera ella pública o privada, tuviera un carácter exclusivamente laico, el clero tenía prohibido establecer o dirigir escuelas primarias. El Artículo 5° hacía ilegales los votos monásticos, así como las órdenes monásticas. El artículo 24 impedía el culto público y cualquier otro tipo de acto público (como las procesiones) fuera de las iglesias. Esas iglesias y todas las edificaciones propiedad de la Iglesia (residencias de obispos; seminarios, conventos, hospitales, orfelinatos, etc.) fueron declarados propiedad del Estado por el Artículo 27. Todo eso era bastante malo, pero fue el Artículo 130 el que más importaba. Daba poder al gobierno federal de "ejercer en asuntos de culto religioso y disciplina externa tal intervención que la ley autorice." (¿Qué es lo que eso exactamente significaba? Cualquier cosa que al gobierno se le viniera en gana.)

El mismo artículo prohibía toda publicación que se considerara religiosa por su título, por su política, o "meramente por sus tendencias generales," que comentaran sobre asuntos públicos, declaraba a los clérigos ser miembros de una profesión y, por consiguiente, sujeta a reglamentación civil (a las legislaturas de los estados les daba la autoridad de determinar el número de clérigos que podían permitirse que ejercieran en sus estados), y muchas cosas más, incluyendo la negación de ser enjuiciados por un jurado por violaciones al Artículo 130.

La nueva constitución fue promulgada el 5 de febrero de 1917. La mayoría de los obispos del país estaban exilados en Estados Unidos en esa época. Desde ahí emitieron una protesta en abril pero no fue mucho lo que protestaron. Afirmando que también ellos deseaban que la democracia se estableciera en México, apelaron a la tolerancia para que la Iglesia pudiera ejercer su autoridad moral para asistir al gobierno "en su tarea de promover el bienestar nacional."

La protesta de Sus Excelencias no fue exactamente un llamado a la resistencia. En los años siguientes hasta mediados de los años 20s se vio, en palabras de David Bailey, "un constante crecimiento de la oposición católica a la Revolución." No puedo narrar aquí la crónica de los hechos, pero fue durante ese período que fueron fundadas tanto la ACJM como la LNDR. Para cuando estalló la rebelión Cristera, la LNDR ya tenía 800,000 miembros, lo cual suena impresionante hasta que uno se entera de que la mayoría era de clase media y, de hecho, mujeres. Estos miembros pensaron que tenían demasiado que perder, y se esfumaron como "oposición" tan pronto como comenzó la rebelión, y los dirigentes de la LNDR tuvieron que pasar a la clandestinidad.

Una Iglesia Nacional

La siguiente fecha importante para nosotros es el 21 de febrero de 1925. Era sábado. Poco antes de las ocho de la mañana de ese día, cien hombres armados que se hacían llamar "Caballeros de la Orden de Guadalupe" entraron a la Iglesia de la Soledad en un vecindario de clase trabajadora en la Ciudad de México. Pronto echaron fuera al pastor, a sus dos ayudantes, y a los fieles que habían ido a oír misa a esa hora. Pocos minutos después, un sacerdote de 73 años llamado Joaquín Pérez llegó escoltado por otro grupo armado, y se proclamó a sí mismo "Patriarca de la Iglesia Católica Mexicana." Pérez era un ex-masón que se había suspendido a sí mismo para servir en el Ejército Revolucionario. Pronto se le unió otro sacerdote, Manuel Monge, quien tenía una ficha policiaca en su España natal y que en ese tiempo vivía con una mujer.

Todo estaba quieto en La Soledad el domingo, pero cuando Monge se apareció en la iglesia para decir la misa de las once de la mañana del lunes, los feligreses lo agredieron. Huyó a la sacristía y estalló una revuelta general en la que participaron por lo menos mil personas. Fue necesaria la policía montada y los bomberos empleando mangueras de alta presión, para desbaratarla. Muchos feligreses fueron heridos y uno fue muerto.

Quién estaba verdaderamente detrás de los "Caballeros" se hizo obvio cuando el gobierno emitió un comunicado: "Los miembros de la Iglesia Mexicana [o sea, el grupúsculo de Pérez] no deben recurrir a métodos censurables para obtener lo que las autoridades están dispuestas a otorgarles, siempre que lo busquen de manera pacífica y cumplan con los requisitos de la ley." Más aún, luego de que Pérez y Monge fueron echados de la Soledad, Calles ordenó que se cerrara la iglesia y se convirtiera en biblioteca pública. A Pérez le asignaron otra iglesia ubicada más centralmente, una que había estado vacante durante un número de años.

Aun en su época, Benito Juárez había tenido correspondencia con obispos episcopalianos de los Estados Unidos, sondeándolos acerca de su disposición de establecer una Iglesia Nacional en México. Un par de veces más ha habido intentos reales de establecer tal tipo de entidad cismática, comparable con la así llamada Iglesia Patriótica que existe en la Republica Popular Comunista de China. De manera que el incidente de La Soledad no representaba una novedad, sino que eran los antecedentes inmediatos, a la luz de los cuales los católicos de México veían los acontecimientos que habrían de ocurrir en los meses siguientes. Por ejemplo, el culto católico fue efectivamente suprimido en Tabasco cuando el gobernador de ese estado ordenó que se hiciera cumplir una ley que ordenaba que todos los sacerdotes estuvieran casados y fueran mayores de 40 años para poder ejercer su ministerio. En Hidalgo, la legislatura limitó el número de sacerdotes en ese estado a sólo sesenta. Funcionarios del gobierno cerraron todos los seminarios y otras escuelas católicas en Jalisco y Colima. A finales de febrero de 1926, Calles envió un mensaje a todos los gobernadores de los estados, urgiéndoles que tomaran medidas inmediatas para hacer cumplir los artículos constitucionales sobre el tema religioso. En un discurso pocos días después, declaró: "Mientras yo sea Presidente de la República, la Constitución de 1917 va a ser obedecida." En abril, el Papa Pío XI ordenó oraciones públicas por México en las iglesias de Roma. En junio, dirigió una carta a la jerarquía mexicana urgiendo paciencia, pero también firmeza. Luego llegó el 2 de julio de 1926.

La Gota que Derramó el Vaso

Esto sucedió cuando el gobierno publicó un decreto con 33 artículos que habría de ser conocido como la Ley Calles. Su efecto fue exigir el cumplimiento uniforme en toda la nación, de todas las disposiciones anticatólicas contenidas en la Constitución, y estipulaba penas para los funcionarios públicos que omitieran hacer cumplir esa ley, así como para los particulares. Lo más preocupante para los obispos era una disposición que exigía que todos los pastores se registraran ante el gobierno. Claramente, el control episcopal sobre la Iglesia de México quedaba así amenazado. El gobierno se estaba preparando para arrogarse el poder de nombrar y remover sacerdotes.

¿Qué hacer? ¿Desafiar simplemente al gobierno y ordenarles a los sacerdotes no registrarse? Los obispos carecían de las agallas necesarias para eso. Pendiente de la aprobación del Vaticano, que pronto habría de llegar, decidieron tomar una acción sin precedente en nación alguna en toda la historia de la iglesia. Se anunció en una carta pastoral del 24 de julio, que los sacerdotes serían retirados de todas las iglesias del país; no habría culto público por un período indefinido. La carta hacía énfasis en que el país no estaba siendo puesto en interdicto. De todas maneras, el momento no podía ser más dramático. Como lo escribe David Bailey, el domingo 1° de agosto de 1926, el día en que surtió efectos la medida, "Por primera vez en más de cuatro siglos, ningún sacerdote subió al altar de iglesia alguna en México para decir la misa del domingo."

Algunos miembros del gabinete estaban seguros de que la Revolución había conseguido una gran victoria. Ya que ellos no eran creyentes, suponían que, con los sacramentos ya no fácilmente disponibles, los católicos dejarían de seguir siendo creyentes. Varios de ellos hacían diferentes predicciones acerca de cuántos católicos abandonarían la fe cada mes que la misa dejara de ser celebrada en iglesia alguna.

Los funcionarios estaban equivocados. Ciertamente, la gran mayoría de los católicos mexicanos, como la gran mayoría de los de cualquier país, pudieran no ser lo que se dice muy devotos. Mientras no fueran afectados personalmente, podrían hasta ver con indiferencia lo que estaba haciendo el gobierno. Para muchos, sin embargo, la situación cambió cuando, como en La Soledad, fue una cuestión de que su iglesia fuese cerrada y su sacerdote estar indisponible para oír confesiones, bautizar bebés, enterrar a los muertos y, por encima de todo, decir misa. En las ciudades y las poblaciones grandes, un fiel católico podría hallar misa en algún lado (usualmente en una casa particular). No era así en las aldeas y rancherías del campo y, al igual que los fieles de La Soledad, los católicos se sublevaron cuando su misa fue amenazada directamente; y así comenzó la rebelión Cristera, y se lucharía en el campo.

(Continuará)