Impide Fuentes Indeseables


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by Tejji

domingo, 29 de julio de 2018

In praise of the simple life

by José María Pemán, Spanish poet (1897 - 1981)

Translated from the Spanish by Roberto Hope (revised August 16,2018)

Agitated life, mad frenzy
of unfettered ambition ...
how wrong does life appreciate
he who understands it this way!

This life is an icy wind
which goes on withering flowers;
don't water it with your sweats
nor till it with agitation;

this, life does not deserve:
since such a boundless ambition
is a plant which fails to blossom
in the gardens of our being.

Foolish he who strives and labors
arduously craving a fortune:
earn today´s bread... and let God
take care of what comes tomorrow!

Oh life simple and serene,
I want to hold tight to you,
since you are the only seed
which makes flowers blossom here.

A quiet and healthy conscience
is the treasure that I yearn for;
nothing do I expect or ask for
to get me through past tomorrow.

and so, if that day gives me something
even if little, perhaps,
it'll always seem to be more
than what I could have asked for.

I do not aspire to glory
nor senseless ambition moves me:
at the dawn of every morning,
the only things I ask God for:

are, a clean house where to lodge,
some fresh bread, to have to eat,
a good book, to have to read
and a Crucifix to pray;

he who exerts himself and worries,
nothing finds that can satiate him,
but the one who less requires
has more than he who has plenty.

Want to enjoy as much as I can
and, with wisdom and restraint,
nickel by nickel to spend
that treasure which is my life;

but I don't want ever to be
as he who amasses gold
but enjoys his treasure not
for the sake of hoarding more.

I want to enjoy without passion,
to await with no distress,
and suffer with resignation,
pass away in peacefulness,

and when my last day should come
I want to reflect and say:
"I lived as I would have lived
if I were to live again;

I lived as a pilgrim does
who, disregarding his pains,
goes by, picking up the flowers
that he can find in his way;

singing, I have left behind
the life that I have traversed;
asked for not much but got more
than the little I asked for;

if nobody envied me
in the mad and frenzied world,
in that world neither did I
envy anyone at all."

Honors, I do not pursue,
since life is a heartless tyrant
which bestows with honors now
him who dishonors tomorrow.

I don't want honors in titles,
live nurturing no ambitions
as this honor is one which
cannot be removed from me.

I have resolved to reject
all unfettered ambition,
and not to demand from life
what it cannot give to me.

I have resolved not to run
after possessions not sating:
I carry in my soul a treasure
I cannot afford to lose

and keep it, since I expect
that confident I shall die 
in carrying it unbroken
to the Lord, who gave it me.

lunes, 23 de julio de 2018

Masi


by Ignacio B. Anzoátegui (Argentine poet 1905-1978)


Translated from the Spanish by Roberto Hope (revised Aug 24, 2018)

What will become of me after you die?
what will be left of me when you are gone?
who shall I hug when the deep sorrow
shall transit the empty caverns of my soul?

I will know not then if the matter
is something real, or painted solitude,
if it's only a dream or a dark cloud 
what will remain, my love, when you are gone.

Left in an hourglass, the time will stay,
and a valise with all my water verses
and the paintings I made, in truth
only because with me, my love, you were.

And what part of me shall go with you
in so lasting a journey of the soul?
What weapons will the arsenals provide
for me to overcome my circumstance?

If you being here, struggling we two together,
my inmost being is haunted by these shadows,
what will become of me after you die?
what will be left of me when you are gone?

domingo, 22 de julio de 2018

¡El Respeto  Humano es una Esclavitud Cobarde y Desgraciada!



Sermón  del  Padre Ferreol Girardey, C.SS.R, escrito en el año del Señor 1915
Traducido del Inglés por Roberto Hope


El hombre naturalmente ama la libertad y detesta la esclavitud como un vergonzoso yugo. Es natural que el empleado deba obedecer a su patrón; el soldado a su oficial; el marinero a su capitán; el hijo a sus padres; el alumno a su profesor, pues en estos casos el yugo es honroso. También fue honroso para Régulo, el general romano, volver a Cartago y sufrir ahí penoso cautiverio y muerte por el bien de su patria. Pero no hay esclavitud más baja y desgraciada que aquélla de un hombre que regula su religión y su conducta conforme al capricho de otro hombre; que internamente aprueba lo que es correcto, pero carece del valor para llevarlo a cabo; que en su corazón condena lo que está mal, y sin embargo lo hace porque otros también lo hacen; que ve con claridad lo que es su deber, pero no se atreve a cumplirlo, no vaya a desagradar a sus alegres camaradas o a sufrir la desaprobación de aquéllos a cuyo favor aspira.

¿Dónde puede encontrarse un esclavo tan vil? ¡No entre los mahometanos o entre los judíos, sino entre los católicos! Algunos de ellos quizás me estén escuchando en este momento. "Podemos ciertamente," dice San Agustín "conformarnos al mundo en ciertas cuestiones y costumbres que no interfieran con nuestro deber; pero en los asuntos que conciernen a nuestros deberes para con Dios, Su Santa Iglesia, nuestra alma, nuestra salvación, nuestra eternidad, quien se deja esclavizar por sus leyes y máximas que estén en directa oposición al Evangelio, se exhibe a sí mismo no como hombre libre sino como un vil y cobarde esclavo." Esto es cierto más especialmente con respecto a aquéllos que por los méritos, sufrimientos y muerte de Jesucristo, han sido bautizados y hechos hijos de Dios y han sido "admitidos en la libertad de la gloria de los hijos de Dios" (Rom. 8. 21)

La libertad del hombre es un derecho y un privilegio irrenunciable, que el mismo Dios, el soberano Señor del universo, respeta y jamás infringe. Él ciertamente desea y nos manda servirle, pero no nos forza a hacerlo, pues desea que lo hagamos libremente. Él desea que vayamos al cielo, pero de manera libre. Nuestra libertad no es más que una participación en la Suya, pues hemos sido hechos a Su imagen. Aquél que se deja influenciar y guiar por el respeto humano, degrada y desgracia en él mismo la imagen de la libertad de Dios al someterse vergonzosamente a las opiniones y caprichos de sus semejantes. Y ¿quiénes son esas personas cuya desaprobación tanto teméis? ¡Igual que vosotros, no son nada, están hechas de polvo, son hojas llevadas por el viento, sujetas a esfumarse como una sombra, secarse como el pasto, habrán de morir tarde o temprano y volverse alimento para los gusanos! Además, considerad la ausencia de valor moral de las personas que vosotros tanto tratáis de agradar y ganar su aprobación o que tanto teméis desagradar. En sí mismas carecen de valor moral, sino que son vanas y despreciables, inmerecedoras de estima o de confianza; siendo sus pareceres y consejo en asuntos mundanos algo que vosotros consideráis carentes de valor!

Pero cuando se trata de vuestra santa religión y vuestras obligaciones, de vuestra salvación eterna, vosotros teméis sus miradas desaprobatorias, su ruda e insensata mofa! Para quedar bien en la estimación de esos viles y despreciables hombres, traicionáis vuestra conciencia, ofendéis a Dios a quien debéis todo lo que sois y tenéis, escandalizáis a vuestro prójimo, perdéis vuestra salvación! ¿Por qué habréis de esforzaros tanto por agradar a esos individuos? ¿Qué han hecho ellos por vosotros? ¿Han ellos jamás, como Jesucristo Nuestro Señor, derramado su sangre y muerto por vosotros? ¿Habrán esas personas que vosotros tanto os esforzáis por agradar, cuya censura teméis tanto, libraros de ser condenados al infierno o rescataros de ahí luego de vuestra condenación? Y cuando cedéis así a sus pareceres y os esforzáis por complacerles en todo ¿ganáis de esa manera su aprecio y su estima? De ninguna manera, no importa lo que puedan deciros, ellos, en su fuero interno os vilipendiarán como hombre malo, vil y despreciable, carente de principios y de valentía. Todos, hasta los mismos malvados, no pueden dejar de apreciar y estimar la virtud en aquéllos que tienen el valor y la hombría para actuar de acuerdo con los dictados de su conciencia, y desprecian, desdeñan y desconfían, en el fondo de su corazón, a todos aquéllos que sucumben ante el respeto humano.

Se cuenta que el emperador Constancio Chlorus, padre de Constantino el Grande, que un día reunió a los miembros de su corte y oficiales de su ejército que fueran cristianos, y les ordenó, bajo pena de ser expulsados de su servicio y castigados severamente, que ofrecieran sacrificio a las deidades paganas. Algunos de ellos apostataron; el resto permaneció firme en su fe. Constancio premió a éstos últimos, pero expulsó de su servicio a los primeros, diciendo que no podía depositar confianza en aquéllos que, por una consideración mundana, fueran infieles a su Dios. Ciertamente, la experiencia demuestra que quien le es infiel a Dios, a sus deberes religiosos, no merece confianza, pues siempre será el vil esclavo de tantos amos o tiranos como haya personas cuya crítica y mofa él tema, o cuya aprobación él busque. "Aquél que trata de sacudirse el dulce yugo de Dios," dice San Juan Crisóstomo, "se ciñe otros yugos que son tan degradantes como intolerables."

Debemos imitar la grandeza de alma de San Pablo. No se preocupaba de las opiniones ni de la estimación humana, pues dijo; "Para mí es poca cosa ser juzgado por vos o por cualquier tribunal humano" (i Cor.4.3) No se avergonzaba ante los hombres de cumplir con su deber: "No me avergüenza el Evangelio" (Rom. i, 1.16). De manera semejante no deberíamos avergonzarnos de ir a Misa, de observar abstinencia en los días prescritos, de ir a confesarnos, de enviar a nuestros hijos a una buena escuela católica, de decorar nuestra casa con imágenes religiosas, de mantenernos alejados de diversiones peligrosas; en una palabra, de llevar la vida de un buen católico. ¿Por qué habremos de tenerle pavor a la crítica, a la mofa de hombres cuyos pareceres se oponen al Evangelio de Jesucristo, que no merecen nuestra estima y confianza? ¿Por qué hemos de avergonzarnos de llevar una buena vida cristiana, de cumplir nuestro deber, y de temer que se rían de nosotros individuos cuya conducta es una desgracia para la verdadera hombría? No actuemos como ellos "que dijeron a Dios apártate de nosotros y veían al Todopoderoso como si Él careciera de poder" (Job 22:17). Acatemos la admonición de nuestro Divino Salvador. "No temáis a aquéllos que matan el cuerpo pero que son impotentes para matar el alma; más bien temed a Aquél que puede destruir tanto al alma como al cuerpo en el infierno" (Mat. 10.28)

¿Qué ventaja tiene para vosotros el gozar del favor de hombres de mundo? ¿no será mejor buscar la estima de los virtuosos? ¿De los santos y de los ángeles? ¿Del mismo Dios? "tiene poca consecuencia," dice San Agustín, "que los hombres no me elogien, siempre que Dios lo haga; que los hombre me culpen, siempre que Dios no. Piensen lo que quieran de Agustín, siempre que mi conciencia no me acuse ante Dios." "Ya que Dios será mi juez," dice San Jerónimo, "no temo el juicio de los hombres." Si queréis ser esclavos, sed esclavos del Señor, cumplid Sus mandamientos, evitad el pecado, sed esclavos de Jesucristo quien amó y se entregó a la muerte más cruel y vergonzosa para salvaros, y procuraros felicidad sin fin. "Dejad que esta mente esté en vosotros, que estaba también en Jesucristo" (Fil. 2. 5), "quien, tomando la forma de sirviente, se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte (por nosotros), hasta la muerte en la cruz. "(Fil 2. 7, 8). Estemos firmemente persuadidos de que no podemos agradar y servir tanto al mundo como a Dios. "Si yo agradare a los hombres, no sería el sirviente de Cristo" (Gal. 1. 10)

Podemos entender el motivo que induce a un soldado a desertar en favor del enemigo, que un hombre inste a un hijo o hija a dejar la mansión paterna ¡Pero que, por el mundo, un católico traicione a su Dios, a su Iglesia, a su alma, en razón de la censura de algún hombre o conjunto de hombres innobles, es prácticamente nada menos que una infame apostasía! Dios es vuestro mayor Benefactor. ¿Qué más podría Él hacer por vosotros que no haya hecho ya, sea en el orden de lo natural o en el orden de la gracia? Dios os creó en preferencia a otros innumerables hombres que pudo haber creado si así lo hubiera querido. Os dio vuestra vida, vuestro cuerpo, sus cinco sentidos y su uso, y una alma inmortal con sus facultades. Él os ha dado vuestra salud y fortaleza, así como otros innumerables beneficios. Él os guarda con verdadero cuidado paternal, os preserva de muchos peligros y hace de todas las criaturas, tanto animadas como inanimadas, vuestras servidoras. "Y si estas cosas fueran poco, Yo añadiré cosas mucho más grandes en vosotros" (2 Reyes 12. 8). En el orden de la Gracia Él ha hecho cosas más grandes en vosotros. Por el bien de vosotros "Dios no escatimó a Su propio Hijo, sino que lo entregó" a los insultos, a los tormentos y a la muerte (Rom. 8. 32). Por vosotros, Dios Hijo, "se vació" tomando nuestra naturaleza humana, "tomando la forma de un esclavo." Por vosotros nació en la humildad, la pobreza y el sufrimiento, por vosotros llevó una vida en la oscuridad, el trabajo y la dureza y la adversidad; y finalmente, después de un ministerio laborioso, asolado por constante oposición y persecución, sufrió una muerte infame en la cruz, luego de sufrir los más atroces tormentos, padeciendo una tristeza inconcebible en Su alma y renunciando a Su honor al ser considerado un impostor y contado entre los criminales más viles. Por vuestro beneficio, Dios instituyó Su Iglesia y sus sacramentos, esas inagotables fuentes de gracia y de salvación que aplican Sus méritos a las almas de los hombres, las purifican y embellecen y las hacen merecedoras de la gloria eterna. "Y si estas cosas fueran pocas, Yo añadiré cosas más grandes en vosotros."

No contento con hacer esto por vosotros, Dios os llamó a la fe verdadera por el bautismo, por su amorosa dispensación, fuisteis educados por vuestros buenos padres en el conocimiento y la práctica de vuestra fe y os han apartado de las malas influencias, habéis muchas veces limpiado del pecado vuestras almas mediante el sacramento de la penitencia, en la sangre del Cordero Inmaculado, y hecho partícipes del Pan de los Ángeles en la Santa Eucarístía. Verdaderamente, Dios "no ha hecho nada igual en ninguna otra nación" (Ps 147. 9). Verdaderamente, es más fácil contar los granos de arena en la playa y las gotas de agua en el océano que los beneficios que Él ha prodigado en vosotros. Él además ha designado para conferir en vosotros aún mayores favores en el cielo, donde ha reservado para aquéllos que Le aman y Le sirven fielmente, una recompensa perfecta e interminable, diciendo a vosotros como a Abraham "Yo soy vuestra excedentemente grande recompensa" (Gen. 15. 1). ¿Qué más podría Dios hacer por vosotros? Pero ¿qué les dice a quienes ceden ante el respeto humano? "Oh Dios, yo sé todo esto, pero prefiero renunciar a Vos, yo renuncio al privilegio honorable e inapreciable de ser Vuestro hijo. Prefiero pertenecer al mundo, prefiero agradar a tal o cual compañero que a obedeceros" Luego clama: "¡No a Éste, sino a Barrabás!" "¡Asombraos de esto, cielos! Mi pueblo ha cometido dos males. Me han abandonado, la fuente de agua viva, y han cavado para ellos cisternas, cisternas rotas que no pueden contener agua... Pasad a las Islas de Cathln, y ved; y enviad a Cedar, y considerad diligentemente, y ved si ahí ha habido algo como esto" (Jer. 2. 12, 13, 10)

Vosotros ahora ponéis en vergüenza a Jesucristo volteándole la espalda; pero pronto habéis de oír de Sus labios estas terribles palabras: "Me habéis avergonzado a Mí y a Mis palabras, y yo me avergonzaré de vosotros, y yo os desconoceré cuando venga en Mi Majestad como vuestro Juez"


Por otra parte ¡qué admirable fue la conducta de Tobías! "Cuando todos acudieron a los vellocinos de oro que Jeroboam, rey de Israel, había hecho, Tobías huyó solo de la compañía de todos y fue a Jerusalén" (Tob. I. 5, 6). ¡Qué admirable también fue la conducta de los israelitas en Egipto. Ansiosos de escapar del peligro de caer ahí en la idolatría por razón del respeto humano, dijeron: "Vayamos (al desierto) y ofrezcamos sacrificio a nuestro Dios" (Exod. 5. 8). ¡Cuan edificante la conducta de los primeros Cristianos al sobreponerse al respeto humano! Antes que ceder al respeto humano, desdeñaron todo trato innecesario con paganos y herejes, y estaban dispuestos a sufrir confiscación, prisión, tormentos y muerte!; ¡antes que ceder ante el respeto humano! Y aquéllos que habían tenido el infortunio de apostatar, a fin de librarse de la pérdida de sus bienes y de los temibles tormentos, habían apostatado, fueron sometidos a largas y rigurosas penitencias antes de ser re-admitidos a la Iglesia y a la Santa Comunión! Y vosotros, sin estar expuestos a tormentos o a ningún peligro real o desventaja seria, sois tan débiles como para apostatar en la práctica a fin de agradar a hombres que no merecen estimación ni confianza, hombres que son los agentes de Satanás!

sábado, 21 de julio de 2018

Por qué soy monárquico


Por John Médaille

Tomado de http://distributistreview.com/why-i-am-a-monarchist/
del 18 de noviembre de 2010

Traducido del inglés por Roberto Hope

El anunciar que uno es monárquico es tomado con la misma actitud como si uno hubiera anunciado haberse unido a la Sociedad de la Tierra Plana o pregonado el geocentrismo o expresado la creencia de que el mundo tiene sólo 6,000 años de existir y que Dios plantó en él fósiles por mera diversión. Políticamente, el monarquismo tiene un prestigio sólo poco mejor que el fascismo pero ni siquiera cercanamente tan respetable como, por ejemplo, ser Amish. Por lo tanto, me conviene ir directo al grano y declarar muy claramente por qué soy monárquico. "soy monárquico porque soy democrático". O sea, creo que la voluntad de la gente, sus tradiciones y costumbres, su celo por su familia, por su comunidad y por su futuro debe determinar la forma de todo orden político. Y la monarquía es la forma más elevada de la democracia.

Ahora bien, la primera respuesta será probablemente: "Eso es lo que hace nuestra democracia y lo que la tiranía no hace," Pero me es claro, especialmente en nuestra democracia de estos últimos tiempos, que entroniza la voluntad de unas minorías resueltas y bien financiadas, que difumina las costumbres y las tradiciones de la gente, y que no tiene consideración por el futuro. Y un rey bien puede ser un tirano, pero eso es la excepción más que la regla. La tiranía es una degeneración de la monarquía real, y generalmente sucede solamente en tiempos degenerados, y aun entonces, el rey tiene que hablar en nombre de alguna fuerza superior distinta, como lo es un ejército fuerte o una oligarquía comercial. Un rey, en no menos grado que un presidente, debe tomar en consideración las fuerzas y los intereses de su reino. Pero un rey tiene la libertad de evaluar lo justo de los argumentos, en tanto que un presidente sólo tiene libertad para contar los votos. Y en tanto un presidente pudiera tratar de lograr persuadir, en última instancia, él mismo sólo puede ser persuadido por el poder, o sea, por quien sea que controle los votos, que muy probablemente serán aquéllos que controlan el dinero. Un rey también puede ser persuadido por el dinero o por el poder, pero siempre estará libre de persuadirse por la justicia. Y aun cuando el rey sea un tirano, será un tirano identificable; mucho peor es cuando la gente vive bajo una tiranía que no puede nombrar, un sistema en el que las formas de democracia sirven para ocultar la realidad de la tiranía. Y ésta, creo yo, es la situación presente en nuestros días.

Esta tesis requiere de una explicación más extensa, y la trataré en tres partes. Primero una crítica de la democracia electoral tal como existe en la realidad. Segundo, una exposición del sistema de gobierno monárquico, y finalmente, un examen de las instituciones americanas que, en épocas de dificultades, podrían evolucionar hacia formas más monárquicas (y por lo tanto más democráticas).

El dogma de la democracia.

La democracia moderna ha venido a significar, en preferencia a otras formas de gobierno posibles, una democracia electoral, donde los funcionarios del estado son elegidos mediante plebiscitos periódicos, determinados mediante voto secreto. Ésta no es la única forma posible, pero ha sido durante mucho tiempo la forma dominante, y se ha vuelto, en su uso ordinario, el único significado de la palabra democracia. En los últimos 100 años hemos conducido numerosas guerras para hacer al mundo "seguro" para esta forma de gobierno; es como si creyéramos que un nivel apropiado de conmoción y terror tornaría al ciudadano de Bagdad en buen Republicano o Demócrata, o convertiría a Afganistán en un suburbio de Seattle. Dado que esta democracia es algo por lo cual estamos dispuestos a matar o morir, ha adquirido el estatus de una religión, aun cuando sea una de carácter secular. Como toda religión, la democracia electoral tiene su sacramento central, su liturgia central y su dogma central; el sacramento es el voto secreto, la liturgia es la campaña electoral, y su dogma es que la elección representará la voluntad del pueblo.

Pero ¿es este dogma verdadero en sentido alguno? ¿Es verdaderamente captada la "voluntad del pueblo" con el 51% de los votos? Ciertamente, no todos votan. de manera que la voluntad de los que votan puede no ser la voluntad del pueblo. Pudiera uno responder que es la voluntad de la gente que se preocupó lo suficiente por votar. Sin embargo, eso hace caso omiso del hecho de que hay gente (como yo) que se preocupa lo suficiente como para no votar, gente que no considera aceptable partido alguno o, lo que es peor, que considera que ambos partidos son realimente el mismo, con diferencias cosméticas para el entretenimiento de las masas y la manipulación del público. Me sospecho que si hubiera opciones reales en la boleta, como, por ejemplo, un casillero que sirviera para marcar "Ninguno de los anteriores", la participación ciudadana sería mayor, y que esta última opción sería consistentemente la ganadora. Pero, en todo caso, no es cierto que la voluntad de una simple mayoría de los votantes pueda equipararse con la "voluntad del pueblo". Aun cuando uno equiparara el 51% de los votos con el 51% del pueblo, podremos preguntarnos si en realidad es un margen suficientemente amplio para sustentar cualquier decisión realmente importante, una que comprometa a todos a secundar medidas serias y obligatorias. Por ejemplo ¿debe permitirse al 51% a arrastrar al resto a una guerra? ¿O a una guerra continua contra la niñez como es el aborto? Ciertamente hay cuestiones que pueden ser decididas por una simple mayoría, pero los asuntos importantes no pueden caer dentro de esa categoría.

Hay todavía otro problema con el dogma de la representación porque, claramente, hay dos grupos que las elecciones no pueden sondear: los difuntos, y los aún por nacer, el pasado y el futuro. En una democracia electoral, los intereses de gente que está viva son los que predominan. Ahora bien, en cuanto al primer grupo, algunos afirman que no debemos estar obligados por un pasado que ya murió, y que nuestra libertad primera es la de liberarnos de nuestros padres. Por supuesto, hay una pizca de verdad en esta afirmación, la muerte ocurre por una razón. No obstante eso, la vida es más grande que el momento presente, y ninguna generación, independientemente de lo científica que sea, puede comprender la totalidad de la vida, ni puede discernir enteramente la forma correcta de vivir en el mundo. El mundo como está en un momento dado es el resultado de las decisiones y las acciones que constituyen su pasado. Las tradiciones que heredamos son la suma destilada de la sabiduría del pasado sobre cómo vivir en el mundo y unos con otros. Es, por supuesto, un conocimiento incompleto, y nuestra tarea es incrementarlo y pasarlo adelante. La tradición, por lo tanto, viene del pasado, pero está orientada hacia el futuro. Pero las democracias tienden a erosionar las tradiciones a través de complacer los deseos actuales; G.K. Chesterton se ha referido a la tradición como "la democracia de los muertos", y la democracia verdadera debe dar cabida a este bloque de votantes.

Abandonando el pasado, la democracia también abandona el futuro. Cargamos a los hijos con deudas que no pueden pagar, guerras que no pueden ganar, obligaciones que no pueden cumplir; permitimos que la infraestructura se deteriore y de esa manera debilitamos hasta la capacidad de ellos para ganarse la vida, Votamos en favor nuestro, altas pensiones que comienzan a temprana edad, hasta restringimos el número de hijos que procreamos, poniendo una carga aún más pesada sobre el resto.

Pero abandonando tanto el pasado como el futuro, la democracia abandona también la capacidad de representar el presente, porque sin la guía del pasado y el interés por el futuro, aun el momento presente pierde su realidad. El momento presente es siempre efímero, porque tan pronto como uno lo capta ya es historia. Sin la tradición y la orientación hacia el futuro, el momento presente se convierte en una especie de Alzheimer cultural, sin memoria ni dirección.

La liturgia de la democracia.

Y si el dogma es falso, la liturgia — o sea la campaña electoral — es de preocupar. Ciertamente, las elecciones son mercados con altísimos costos de entrada. Para contender por la nominación a la candidatura presidencial por un partido, un candidato pudiera tener que contar con US$50 millones en el bolsillo sólo para tener credibilidad. Esta cifra ni siquiera se aproximará a sus gastos totales; es sólo el enganche. No compra la elección, sólo compra la credibilidad, y sin esa credibilidad (o sea, dinero) uno ni siquiera será comentado en la prensa: Los gastos totales serán un múltiplo de ese enganche. Efectivamente, en las elecciones del 2008, los costos de campaña ascendieron a una cifra abrumadora de US$5.3 miles de millones, y eso fue nada más para las contiendas de carácter nacional. Hay muy pocas fuentes de dónde conseguir esa cantidad de dinero, y el proceso político debe forzosamente quedar dominado por esas fuentes. Las corporaciones y las organizaciones que proporcionan fondos para las elecciones lo hacen como una inversión, una de la cual esperan obtener un mayor rendimiento. Y lo obtienen en forma de subsidios, de leyes y reglamentaciones que les favorecen, de acceso a altos funcionarios, y de beneficios fiscales. Pudiera ser la mejor inversión que la mayor parte de los grandes negocios hace. Pero conduce directamente a la oligarquía, lo opuesto de la democracia, una república de comités de acción política, más que un sistema político del pueblo.

Y ¿por qué se necesita tanto dinero? porque las artes políticas en la democracia no son las de deliberación y de persuasión, las cuales son relativamente económicas, sino que son las artes de la manipulación y de la propaganda, las cuales son extremadamente costosas. Apelan casi nunca a la inteligencia, sino a la burda pasión y a la emoción; esto es porque en el camino hacia el poder en la democracia, la forma más segura de conseguir lealtad de los seguidores de uno, es exagerando las diferencias, convirtiéndolas en grandes "temas". Los candidatos deben hallar una manera de diferenciarse el uno del otro, aun (o especialmente) cuando estén fundamentalmente de acuerdo. Y mientras más irracional sea un tema, mejor será para fines de manipulación. Los problemas reales pueden ser objeto de argumentos reales, y los votantes pueden ser persuadidos por esos argumentos, lo cual erosionaría la devoción fanática que los políticos necesitan. Consecuentemente, es mejor debatir la cuestión de si Obama es mahometano en lugar de debatir si él comprende la mecánica de una crisis financiera; el primero es tema de un debate apasionado y carente de datos, pero el segundo requiere de conocimiento e inteligencia.

El verdadero camino al poder en una democracia es la creación del demoníaco "otro". Los del otro partido son pintados no como gente que con toda sinceridad parten de supuestos distintos y llegan a conclusiones diferentes, sino como destructores intencionales y satánicos del orden político y social. La razón es reemplazada por el temor, y si al "otro lado" siempre se le teme, la actuación propia en realidad no importa, no obstante cuan inepto un partido demuestre ser, siempre podrá apelar a que el otro partido es demoníaco. ciertamente, hay suposiciones y opiniones que pueden destruir a la sociedad, pero pocos son, de haberlos, los que sostienen sus opiniones con el propósito de destruir el orden social; más bien tienen una visión diferente, y con frecuencia errónea, de ese orden.

Esta tendencia satanizante se nota más claramente cuando la democracia es impuesta en naciones que alojan en su seno diversos elementos étnicos, culturales y religiosos. Aun cuando hay siempre una cierta tensión en tales sociedades, bajo el gobierno de reyes, imperios y hasta de dictaduras, encuentran una forma de vivir juntos en relativa paz. Pero con la llegada de la democracia electoral, cada grupo o tribu sataniza al otro, y el resultado es guerra civil, saneamiento étnico y genocidio. De hecho, el saneamiento étnico se ha convertido en el acto más elevado del orden democrático. No viene a mi mente una sola excepción a esta regla. Bueno, quizás sea Checoeslovaquia, cuyo divorcio fue, por lo menos, pacífico. Verdaderamente hemos hecho al mundo seguro para la democracia; desafortunadamente, hemos hecho a la democracia riesgosa para el mundo.

El sacramento de la democracia.

Con excepciones de menor importancia, la democracia se lleva a cabo en el espacio "sagrado" de la casilla de votar, la cual se asemeja a nada tanto como a un confesionario católico. Y, de hecho, es el lugar donde el votante, solo y aislado, confiesa su verdadera religión. Es, quizás, la expresión más elevada de la filosofía individualista del hombre moderno. Pero, ciertamente, no es la única forma de democracia, Hay formas deliberantes: la reunión de partidarios de una postura política, la asamblea popular, la asamblea de grupo. La diferencia principal es que el voto en estos sistemas es público, y se concede espacio para la deliberación y la persuasión. Es cierto que un grupo puede ser tanto o más irracional que un individuo aislado. No obstante eso, en un grupo siempre existe a posibilidad de que personas razonables y de temple, adiestradas en las artes de la retórica, sean capaces de persuadir a sus conciudadanos a tomar un curso de acción razonable, superando la tendencia natural de la democracia hacia la pasión y la irracionalidad.

¿Es democrática la democracia?

Cuando observamos nuestro orden político, podemos preguntarnos si verdaderamente esto es lo que realmente deseábamos; si la verdadera voluntad del pueblo está expresada en nuestras instituciones. Por raro que parezca, tanto los Republicanos como las Demócratas, los liberales y los conservadores, expresan serias dudas de que éste sea el caso. Ciertamente, éste puede ser el único punto en que los dos lados están de acuerdo; ambos concluyen que algo ha salido terriblemente mal.

Permítanme sugerir que la respuesta radica en el absolutismo moderno. Una cosa se conoce por sus límites propios; algo sin límites se convierte en su propio opuesto. Por lo tanto, la democracia, sacralizada y hecha absoluta, se convierte en su propio opuesto: una oligarquía del poder tenuemente disfrazada, que utiliza todas las artes de la propaganda para convencer al público de que sus votos valen. Hay precedentes para esto. El Imperio Romano de Occidente mantuvo la forma y los cargos republicanos. Cónsul, cuestor, edil, y tribuno permanecieron y se hacían campañas ardientemente contendidas y muy costosas para alcanzar estos cargos. el ejército marchaba bajo la bandera, no del emperador sino del "Senado y Pueblo de Roma". Pero, por supuesto, todo esto era una farsa: el verdadero poder radicaba en el emperador, en el ejército y en las clases de mercaderes y de terratenientes, cuyos intereses el emperador en gran medida representaba, en tanto que la plebe era comprada mediante el más grande estado benefactor que ha visto el mundo. Pero por lo menos, los romanos podían ver a su emperador, podían conocer su nombre, podían quererlo u odiarlo. A nosotros no se nos permite ver quiénes son nuestros verdaderos gobernantes, y nunca se nos permite nombrarlos. La farsa democrática encubre la realidad oligárquica.

Dicho todo esto, podría preguntarse, "¿Habrían sido mejor las cosas si hubiéramos permanecido bajo el Rey Jorge?" Después de todo, no parece haber favorecido mucho a los ingleses, que se parecen a nadie tanto como a los americanos." Esta afirmación, aunque seguramente ofenderá a mis amigos ingleses, contiene no obstante un núcleo de verdad, y es una pregunta que debe ser respondida. Pues en verdad, la noción de monarquía, para esa época había sufrido su propio período de absolutismo para también convertirse en su propio opuesto, y los reyes germanos de Inglaterra estaban ahí a pesar de los poderes oligárquicos. Para adquirir una idea verdadera de lo que es un reinado, tendremos que retroceder un poco, no sólo a la edad media, sino hasta tiempos tan remotos como los de Aristóteles. Y éste será el tema de una futura entrada.



John Medaille es instructor adjunto de teología en la Universidad de Dallas, y hombre de negocios radicado en Irving, Texas. Es el autor de "Toward a Truly Free Market: A Distributist Perspective on the Role of Government, Taxes, Health Care, Deficits and More (Hacia un Mercado Verdaderamente Libre: Una Perspectiva Distributista sobre el Papel del Gobierno, los Impuestos, los Déficits y Más) y de "The Vocation of Business: Social Justice in the Marketplace" (La Vocación de los Negocios: Justicia Social en el Mercado), y además fue editor de "Economic Liberty, A Profound Romanian Renaissance" (Libertad Económica: Un Renacimiento Rumano Profundo)  

domingo, 15 de julio de 2018

Why I am hardly democratic


by Vladimir Volkoff

(Continued)

Translated by Roberto Hope from the Spanish translation of
Pourquoi je suis moyennement démocrate. (éditions du Rocher, 2002)



Chapter XX


Because Democracy is rarely democratic.


Once more, I do not deny what there can be of seductive in the democratic idea but I don't see that actual democracy fulfills its promises.

As a way to designate rulers, it is exposed to all kinds of electoral trickery: on one side of the Atlantic, the voting ballots are interpreted fallaciously; on the other, the dead are cynically made to vote. The time when, on the other side of the Mediterranean, the voting urns were filled before proceeding to carry out referendums is not long past. Even where no such excesses happen, the electoral campaign system, subsidized, and influenced by the media, falsifies all the facts; as regards electoral promises, we have to ask ourselves how can they still make impression on the voters: «I am a politician and, as a politician, I have the prerogative of lying any time I feel like it» would proclaim, without compunction, Charles Peacock, Bill Clinton's friend..

In the realm of ethics, democracy turns out to be profoundly disappointing. It does not tolerate any theory, any other form of living, that is not its own. It affects tolerance but does not tolerate anything other than itself. When, in a country such as France, 15% of the voters have an attitude it condemns, democracy banishes them after having modified the electoral legislation so that they cannot have any representation. When in a country such as Austria or Italy, a condemned party gets close to achieving power by perfectly democratic ways, you have to hear the resounding cries of disparagement shouted! With all discretion, it drowns the liberty of thinking differently from it. And when it has to transgress its own diktats, it doesn't hesitate to do so. Witness the colonial ventures of France and Great Britain. More recently, the American task force in Somalia, and NATO's aggression against Yugoslavia prove that democracies are perfectly capable of committing war crimes in the name of the rights of man.

As a system of government, democracy mocks itself at every instant. Any manifestation in the streets that obstructs circulation, any blocking of routes, any civil servant strike which prevents my free transit, are all profoundly anti-democratic, not only because they infringe upon my rights as a citizen, but because they authorize minorities to annoy the majority. It would seem evident that, in a democracy worth its name, each individual should have the means to express himself without annoying his neighbor.

Add to this the various tricks to which parliaments resort, to refrain from consulting the nation on major matters (such as the relinquishing of sovereignty or of traditional moral values, or the armed aggressions without declaration of war, or the punishments to inflict on rapers or murderers of children) and you can see that, in actuality, democracy is often nothing more than a simulation of democracy.

Chapter XXI


What could make us become a little more democratic.

Let us recapitulate

I am hardly democratic because the democratic ideal is a bit too insistently hammered upon us; because I am not convinced of the infallible excellency of the democratic means to elect rulers; because it does not seem to me realistic that the same system should have the same virtues in all times and places; because of the lot of the minorities which the majorities tend to squash; because the «democracy» term itself does not seem to me to have too clear a meaning; because the notion of «people» in the name of which democracy wants to impose itself, also does not seem clear to me; because in our times, the qualities of democracy are declaimed rather than demonstrated; because democracy, as is being practiced in our age has all of the failings of the most obscurantist of religions but none of its virtues; because the philosophy of the rights of man seems to me to be considerably inferior to that of his duties; because democracy is grounded on a confusion between the common good and the whims of the public; because it ineluctably leads to diverse forms of totalitarianism; because it gives preference to the principle of quantity over the principle of quality: because by preaching equality, it is necessarily entropic; because striving to impose its Utopias, gladly resorts to terror; because it is not a form conforming to nature; because I find it deleterious in terms of culture and civilization; because it does not work except on condition that it is abundantly sprinkled with antidemocratic principles; because the current mass media prevent all types of citizens exercise independent judgment: because it is false to pretend that there is no alternative to democracy; because democracy tends to renege of itself every time it has a chance to do so.

I anticipate the question that will not be lacking: «What do you propose as an alternative?»

Answering it is not a topic for this modest work. On the other hand, I have expressed which are the regimes that command my sympathy. Here, I believe I have demonstrated quite well that humankind very often found ways of governing itself which in no sense were democratic and yet, have founded great civilizations. Otherwise, I know of no industrial or commercial business which is governed democratically. I have never heard an orchestra conductor consult the drummer or even the first violin about how to interpret a symphony, nor a chef submit to the majority opinion of his assistants — and much less to that of his patrons — over how to prepare a sauce. And I do not see why the fate itself of our communities, that is, our own, should abide by methods which in other parts have demonstrated to be perfectly inept.

I am also against the contemporary tendency to believe that if one is Christian, one has to be democratic, under the pretext that Christian principles and democratic principles corroborate themselves on some points. Of course, they coincide in the respect due to man, but in no way on the ideal structure of society. Believe me, if good God had been democratic He would have made that known to us.

«Then?» it is insisted upon me, «if we agree with you; if we get disgusted with democracy as is presented to us today, which regime should we adopt?»

On my part, I am willing to become a democrat if the system of Henry Ford were to be adopted strictly.

«I favor a democracy» he writes in his autobiography «which gives everyone the same chance of succeeding...» (up to here everyone is in agreement) «according to each one's capacity.» And it is there where all modern democracies back away because, without saying it openly, what they do not accept, is that not all have the same capacity, and they have a reason for this, because accepting it, means sticking the fingers into the gear-train of hierarchy. As regards accepting, that different successes come to crown different capacities is, worse still, recognizing that it is fitting to the «best» to walk ahead of the rest.

But Henry Ford goes farther «I am against» he continues undaunted «that one which pretends to confer to the number the authority which corresponds to merit».

Merit opposed to number! Authority sanctioning merit! It seems to me, Mr. Ford, that you are not speaking of democracy here. Is it not rather a definition of aristocracy that which you are giving us.

The difficulty, in our system, will consist, of course, in recognizing the merit to which authority will be conferred. In business, in commerce, it can be measured with relative ease on the basis of profits. The world of politics is a lot more complex.

But, frankly, I am ever more certain that it is not in the voting urn.


Why I am hardly democratic


by Vladimir Volkoff

(Continued)

Translated by Roberto Hope from the Spanish translation of
Pourquoi je suis moyennement démocrate. (éditions du Rocher, 2002)



Chapter XVIII


.. and that it can no longer work, absolutely.


In the beauty of its original conception, which I have no reason to negate, democracy, stripping it off of its populist, egalitarian and moralizing, resonances, definitely comes to tell us that it is good that the members of a given group elect their leaders, and that it is good that their leaders fulfill the mandate conferred to them; that is, that they respect the opinion of their mandators. Up to here, there is nothing to criticize, except that the mandators of a different candidate may, perhaps, not be wrong.

We have read the reservations I have made respecting a collective opinion. But I could even get to admit that, to the extent that it could be considered to be the algebraic sum of the different individual opinions, not only its existence but also its legitimacy may be defended. Even the press has played a relatively honorable role in this matter, inasmuch as there have been organs that preach the contrary of one or the other. But alas, all this has changed, contemporary mass media have not only taken up the illusory concept of public opinion, but it has become a laughing matter. A quasi-unanimity advances automatically, thanks to the procedures to manipulate the information which, according to the experts, are resisted by not more than 7% of the population. But what is called public opinion can no longer be a sincere and independent judgment. The immense majority of the public becomes fully impregnated with the uniform thinking sung to it on a daily basis by the different information and disinformation organs (which differ in nothing other than their name, and which hammer more or less the same thing in unison).

This needs to be looked at carefully:
  • in an authoritarian regime, you must obey authority, and you can think whatever you wish;
  • in a totalitarian regime, you can actually disobey authority, but it is indispensable to think what the regime thinks;
  • in a regime of absolute democracy, you no longer can think anything but what the authority thinks, and consequently, the notions of obedience or disobedience turn out to have been overcome. Something like this is what George Orwell had in mind when he depicted how his hero loved his torturer.

If democracy is a matter of opinion, the democratic mass media have made any democratic whim impossible.

Chapter XIX


Because we can elect nevertheless.


Current propaganda tends to make us believe that humankind has no option but to chose between democracy, the source of all good, and totalitarianism, the source of all evil.

This is false.

You can, of course, adhere to the theory according to which, in the course of history, all peoples have suffered under disastrous regimes, until, finally, the United States of America conceived an ideal constitution under which the Egyptians, the Sumerians, the Greeks of the age of Pericles, the mandarins of China and the aborigines of Australia would have been much happier, and that now has to be imposed on all nations of the world, whether they want it or not.

You might as well display greater respect and curiosity, and note that to elect rulers, there are other ways which are not democratic. Please don't quote Churchill to me: «Democracy is the worst of regimes, excepting all the rest». The quip is a bit amusing, but it literally does not mean anything, A look at history is enough to see that other systems have been satisfactory.

Monarchy, more or less hereditary, opposite to democracy on the one side and to «tyranny» on the other (that is, to dictatorship), has been the most extended regime in the world over millennia. It was so popular, that the Hebrews themselves, despite the advice of their elders, demanded a king to «be like the rest of the world» (I Samuel, VIII:5). The importance of inheritance has frequently been decisive: in ancient Egypt, it was not enough to be a son of the pharaoh to aspire to reign, it was necessary to be a son of the pharaoh and of his sister. The United States strove considerably to make Hirohito, the 124th emperor of Japan, confess that he was not of a divine race. Albert Camus, scarcely suspect of being reactionary, defined true monarchists as «those who reconcile their true love for the people with their disgust for democratic forms».

Let's be specific: hereditary monarchy was not a way of electing rulers but rather a way to avoid having to elect the ruler, the first election having been made once and for all, be it by election among peers, be it by means of a singular combat, be it as a consequence of chance attributed to the divinity, and such election would perpetuate itself for two reasons: one, on the grounds that the presumed qualities of the chief would be inherited by his children; the other, proceeding from an elemental corroboration: the installation of a new chief always takes a lot of effort, costs money, and sometimes blood, that it is worthwhile saving.

Under the republic, the Romans elected two consuls who, in case of need, relinquished their place in favor of a single and temporary dictator who had to be a retired consul and who would designate one of the active consuls after casting lots among themselves.

Julius Caesar, patrician if there ever were any, let himself be dragged to power by the rabble, at the price of a civil war. After him, the Roman Empire resorted to the adoption system; that is, the designation of the chief by his predecessor. This system worked more or less well until the time it was replaced by the system of acclamation: the legions named then their favorite general, that way creating instability which finally lead the State to perdition.

In Poland, the elective monarchy was entirely in the hands of the nobility — to such a degree that the unfavorable vote of a single nobleman could make the election fail — and yet, it has known times of glory.

Various countries have lived under oligarchical systems which fulfilled their duty perfectly: not many complaints have been known in the Republics of Venice or of Genoa for having adopted such a system.

If the princedom gave deplorable results in Russia — as the country would find itself fractured every time a prince who wished to endow his descendants equitably died — Western fiefdom, with its organic articulations of feudal lords, vassals, and valvasors, put the foundation of the world in which we live.

Both under the «tyranny» as under the democracy, ancient Greeks used to designate close to a thousand of their magistrates casting lots, which had the merit of giving an opportunity to competence and virtue from time to time.

In all civilizations, voting has frequently been one of the ways of electing rulers, but it was ordinarily a vote reserved to peers, the tribe chiefs, the patriarchs, the warriors, who had demonstrated their worth. Hugh Capet was elevated to honors by lords who practically were his peers, and the emperor of the Holy Roman Empire used to be chosen by hereditary electors.

The Pope is elected by a College of Cardinals who in turn has been designated by the Pope and elected from among bishops also named by a Pope. We are far from universal suffrage here.

Dictators who have grabbed power after a civil war, or simply after a war, or an intrigue, or a coup d'etat. have not always done a bad job, especially when compared with Hitler, elected in the most democratic way there is.

Generally, the ruling classes are recruited by heredity or by cooptation, very often by marriage, but their functions differ depending on the countries. French aristocracy was originally linked to the land; the Russian almost exclusively by its service to the Zar. A Portuguese nobleman who no longer has the means to «live nobly» loses his nobility.

All authority supposes the consent of those who recognize it, even if not based on a democracy. «I am your chief, I must follow you», a French official used to say, unconsciously echoing Burke: «Those who pretend to guide should in great measure follow. They should conform their proposals to the taste and talent and the character of those over which they wish to command». A French ambassador would become ecstatic about the ease with which Catherine the Great made herself be obeyed. She laughed: «I find out what they want to do and then I order it to them.»

If this is true, there is no authority which can be usurped for a long time, even when, for it to be legitimate the rulers do not depend on the whim of their subjects. Sometimes democracy guarantees this, but it also happens that it doesn't, at any rate, other systems do it as well as democracy.

(to be continued)

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domingo, 8 de julio de 2018

Why I am hardly democratic


by Vladimir Volkoff

(Continued)

Translated by Roberto Hope from the Spanish translation of
Pourquoi je suis moyennement démocrate. (éditions du Rocher, 2002)


Chapter XVI

For aesthetic reasons.

Certainly, the idea of democracy, this gloomy wasteland where 1=1=1=1 and so on to infinity, does not aesthetically seduce me.

I prefer more hierarchical, more colorful, more architectural structures.

But I just want to talk about the aesthetic balance of democracies as compared with other types of regimes.

Of course, I know quite well that those beautiful Greek temples were built in a period known as democratic, that there are far from negligible Swiss paintings and that the American skyscrapers could be considered works of art. But I cannot stop believing that art results from two things, on the one hand, it is a luxury and, on the other, it is a passionate search for truth. Now, modern democracy puritanically disapproves of luxury on the one hand and, on the other, considers that there is as much truth in democracy itself as humanity requires, with which it feels comfortable in the aesthetic domain.

Look at France, to which the Ancien Regime bequeathed the place Vendôme and the New one, Beaubourg; the Old one, the Palais-Royal; the New one, the Buren columns, the Old one. the Louvre, the New one, its pyramid. Compare the actions of the patrons of old and of the private «sponsors» or the public administrations of today.

Given that good taste, paraphrasing Descartes is the worst distributed thing in the world, it is also the least democratic.

Chapter XVII

Because democracy has never truly worked.

This assertion may sound surprising these days when it is commonly thought that it is the only viable system, but let us take a look at the great democracies in history.

Athenian democracy was based on slavery, each Athenian citizen had an average of about five slaves at his disposal. There was, certainly, equality among the citizens, but not among the inhabitants, since one-sixth of the population was the owner of the other five-sixths.

The Roman republic was not very democratic. The Senatus Populusque Romanus indicates that Rome conceived itself as a society of two rungs, the patricians and the plebeians, to which we must add a third one: the slaves, which by the third century had become so many that the plebeians were excused from working.

Certainly, Swiss democracy is the one which calls our admiration most, but it is a direct democracy, largely counterbalanced by the traditional structures of society, their cantons in particular. The Swiss who votes does it generally on matters of his incumbency and competence.

English democracy went through having been founded on the Carta Magna, exacted by force from John Lackland by the rebel barons somewhere around 1215. Its main articles guaranteed the rights of the fiefdoms and the privileges of the towns. Not until 1679, did habeas corpus begin to guarantee individual freedom. The progressive weakening of royal power was largely offset by a social structure, officially of two rungs — the House of Lords and the House of Commons — but in actuality, it had three rungs, the lords, the gentry that soon mixed with the high bourgeoisie, and the common people. On its part, the middle class was fractioned, from a social viewpoint, into three rungs: upper middle class, middle middle class, and lower middle class, with the upper classes at the top and the lower classes, in the plural, at the bottom. For as long as this backbone was maintained, Great Britain, in spite of the limits of its territory, remained a great nation, in which the notion of "gentleman", grounded, above everything, on a difference of race, then of class, then of culture, ensured the regulation of the ascending social flux.

In all this, monarchy used to play an essential symbolic role, though without true political responsibilities. When under pressure from the commons, kings began to make laws pell-mell, diluting in that manner the quality in the quantity, English society began to vacillate, with the results we all know. No matter that British legislation permitted the preservation of some great fortunes, which ensure a certain equilibrium in continuity for the country.

American democracy was founded by aristocrats like Jefferson and Hamilton, and it got pretty close to Washington being crowned king.

Since then, several factors, more social than political, have played a role in attenuating the defects of democracy:

  • the great families: for Americans, it is natural that presidents be close relatives of one another; that a president should nominate his brother to become a judge, that another one should appoint his wife to organize the public health services.
  • the great fortunes, for example, the major American embassies are systematically given out as political positions to those who have supported the electoral campaigns with their financing.
  • the great Ivy League universities: They form a traditional elite based on a common lifestyle, common convictions, and frequently marriages within that same group. 
  • the secret societies emanated from the large universities: their members share a good portion of political power.
  • the Protestant religious tradition, according to which all material success is perceived as a divine reward.
  • the unanimous respect of the Constitution as a sacred institution.
  • the election of the president by means of great electors.
  • the general acceptance of the different standards of living giving awe and respect to more or less notable professional successes, the salary of an employer, reaching up to five hundred times the salary of an employee.

And yet, it is true that the United States have made of democracy an absolute system which they intend to impose on all the world — a matter which, in turn, derives from a natural need for hegemony in a great nation, from a messianism inherited from the Puritans, and from the justified conviction that the spread of the democratic doctrine is good for the opening of new markets— though it must be noted, without mitigation of any kind, that the version of democracy that they destinate for export differs considerably from the domestic version.

In comparison, let´s see the history of the French democracy.

This one was, above anything, the exclusive work of the bourgeoisie. In the beginning, the so-called "lower" people did not benefit from it at all, serving only as cannon fodder for the armies of the Republic, then of the Empire, and then again of the Republic. As a consequence, and to the extent that the social ideas — which are not necessarily democratic — advanced undefeated, it became necessary to give up the censual suffrage, that aberration of greed, to make way to universal suffrage, that aberration of the intelligence. The properly popular forces boiled quietly since the French Revolution which, from their point of view, was crippled, and the bourgeoisie had no compunction in squashing them as soon as they showed their head, as in the Revolution of the Commoners in Paris. It could be seen clearly at the time of the Second World War and in the war in Algiers, that France was not reconciled with itself, which is not surprising, considering that France is the only country in the world that has a national holiday and a national anthem which celebrate division rather than union.

Meanwhile, in the span of two hundred years, the Constitution has been modified sixteen times, with its colonial adventures, one of the fundamental principles of democracy has been unabashedly violated, the sacrosanct «right of the peoples to self-determination», and not one statesman of consequence has come out of the urns. Democracy had confirmed some, such as Napoleon and De Gaulle, if you wish to consider them such, but not even one had accessed power by means of the electoral machine which, in France, has served for nothing other than distilling mediocrity, when not directly suppurating corruption.

I make no bones about it, I am «hardly» democratic and I, willingly, offer myself to remove the doubt. In Switzerland, I might, perhaps, have been passionately so, in the United States, somewhat, in France, never.


(to be continued)

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