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lunes, 15 de marzo de 2021

Al Papa Benedicto XVI

 Al Papa Benedicto XVI en su Nonagésimo Cumpleaños


por Martin Mosebach


Traducido al español por Roberto Hope, de una versión traducida del alemán al inglés por Stuart Chessman.

No debiera llamarse "culto a la personalidad" la adquisición de artículos devocionales que se ofrecen en venta a las hordas de peregrinos y turistas que rondan la Basílica de San Pedro en Roma: tarjetas postales y calendarios, tazas de café y telas de seda, platos y objetos de plástico de todo tipo, todos ellos llevando la imagen del felizmente reinante Papa actual ‒ y junto a ellos, los de los Papas Juan Pablo II, Juan XXIII, y hasta de Pablo VI. Sólo los de un papa no pueden encontrarse en ninguna de las tiendas de souvenirs ‒ y quiero decir ninguna, como si en esto se tratara de una conspiración. Para hallar una tarjeta postal con la imagen de Benedicto XVI se requiere la tenacidad de un detective privado. La Roma Imperial conoció la institución de damnatio memoriae: la extinción de la memoria de los enemigos de estado que habían sido condenados. Así pues, el Emperador Caracalla hizo que el nombre de su hermano Geta ‒ después de haberle asesinado, fuera eliminado con cincel de la inscripción contenida en el Arco de Triunfo de Septimio Severo. Parece como si los distribuidores de artículos devocionales, y probablemente también sus clientes (pues el comercio de rosarios también obedece las leyes de mercado de oferta y demanda), hubieran también impuesto la tan antigua damnatio memoriae en el predecesor del papa actual.

Es como si, en este nivel trivial, fuere a lograrse aquello que el propio Benedicto no se resolvió a hacer luego de su designación (intranquilizante para tanta gente, profundamente inexplicable, y hasta ahora no explicada) ‒ específicamente, hacerse invisible, entrar en un silencio ininterrumpido. Especialmente aquellos que acompañaron el pontificado de Benedicto XVI con amor y esperanza, no podían superar el hecho de que fue este mismo papa quien, con este paso dramático, puso en entredicho su gran labor de reforma de la Iglesia. Las generaciones futuras podrán hablar sin enojo y sin entusiasmo sobre este presumiblemente último capítulo de la vida de Benedicto XVI. La lejanía en el tiempo habrá de poner estos hechos en un mayor, aunque todavía impredecible orden. Para el contemporáneo que participa, sin embargo, este alejamiento todavía no se ha dado, porque permanece indefenso ante las consecuencias inmediatas de esta decisión. Hablar ahora de Benedicto XVI implica, en primer lugar, tratar de superar estos sentimientos de dolor y de decepción.

Cuantimás porque durante su reinado, este papa se dio a la tarea de sanar las grandes heridas que habían sido infligidas en el cuerpo visible de la Iglesia durante la era que sucedió al Concilio. El partido que se había formado en el Concilio contra la tradición veía las fórmulas comprometidas en que habían terminado los conflictos en muchos documentos conciliares solamente como etapas de una gran guerra por la futura estructura de la Iglesia. El "espíritu del Concilio" comenzó a emplearse en contra del texto literal de las decisiones del Concilio. De manera desastrosa, la implantación de los decretos del Concilio se vio envuelta en la revolución cultural de 1968, que se había desatado por todo el mundo. Ésta fue ciertamente obra de un espíritu ‒ sólo que de uno muy impuro. La subversión política de toda clase de autoridad, la vulgaridad estética, la demolición filosófica de la tradición, no solamente causaron estragos en las escuelas y universidades y envenenaron el ambiente público, sino que al mismo tiempo se posesionaron de amplios círculos dentro de la Iglesia. La desconfianza en la tradición, la supresión de la tradición, comenzó a esparcirse en nada menos que una entidad cuya esencia consiste enteramente en tradición ‒ tanto que puede uno decir que la Iglesia nada es sin la tradición. De modo que la batalla post-conciliar que había estallado en tantos lugares contra la tradición fue nada menos que un intento de suicidio de la Iglesia ‒ un proceso literalmente absurdo y nihilista.

Todos podemos recordar cómo obispos, profesores de teología, pastores y funcionarios de organizaciones católicas, proclamaban en un tono confiadamente victorioso, que con el Segundo Concilio Vaticano un nuevo Pentecostés había llegado a la Iglesia ‒ lo cual ninguno de aquellos famosos Concilios de la historia, que tan decisivamente habían formado el desarrollo de la fe, jamás había afirmado. Un "nuevo Pentecostés" significa nada menos que una nueva iluminación, posiblemente una que sobrepasara a aquélla recibida hace dos mil años; ¿Por qué no avanzar inmediatamente al "Tercer Testamento" tomado de Educación de la Raza Humana [2] de Gotthold Ephraim Lessing? En la perspectiva de esta gente, Vaticano II significó un romper con la Tradición como había existido hasta entonces, y este rompimiento era saludable. Quienquiera que escuchara esto podría llegar a creer que la religión católica no se había hallado realmente a sí misma hasta después del Vaticano II. Todas las generaciones anteriores ‒ a las cuales todos los que estamos aquí debemos nuestra fe ‒ supuestamente habían permanecido en el patio exterior de la inmadurez.

En justicia, debemos recordar que los papas trataron de oponerse a esto ‒ con voz débil y sobre todo sin la voluntad de intervenir en estas aberraciones con mano organizada como gobernantes de la Iglesia. Sólo unos cuantos heresiarcas individuales fueron disciplinados ‒ sólo aquellos que con su arrogante insolencia prácticamente forzaron su propia reprimenda. Pero la gran masa de los "neo-Pentecostales", irrestrictos y protegidos por extensas redes, pudieron seguir ejerciendo una tremenda influencia en la vida cotidiana de la Iglesia. Así, para observadores externos, la afirmación de que la Iglesia había roto con su pasado se hizo cada vez más probable. Cualquiera que confiara en sus ojos y oídos ya no podía convencerse de que ésta seguía siendo la Iglesia que había permanecido fiel por miles de años no obstante los cambios de épocas. Carl Schmitt, católico alemán erudito en derecho, ideó la siguiente rima burlona: "Que todo cambia enseña Heráclito; así también Pedro en lo eclesiástico" [3], Un ataque iconoclasta como en los peores años de la Reforma barrió por las iglesias; la "desmitologización del cristianismo" a la Bultmann se propagó en los seminarios: el final del celibato sacerdotal se celebraba como algo inminente; la instrucción religiosa fue en gran medida abandonada, hasta en Alemania, donde había sido altamente favorecida en este tema; los sacerdotes dejaron de usar la sotana; la lengua sagrada ‒ que la constitución litúrgica del Concilio había solemnemente confirmado [4] ‒ fue abandonada. Todo esto sucedía, así se dijo, en preparación para el futuro, ya que de otra manera los fieles no podrían ser retenidos en la Iglesia. La Jerarquía argüía como los propietarios de una tienda de departamentos que no quieren quedarse con mercancía y entonces la echan fuera a precios de desecho. Lamentablemente, la comparación no es exacta, pues la gente no estaba interesada en los productos descontados. Luego del "nuevo Pentecostés" comenzó un éxodo hacia afuera de la Iglesia, de los monasterios y de los seminarios. La Iglesia, promoviendo sin restricción su revolución, siguió perdiendo su atractivo y su capacidad de retener a los fieles.

Asemejaba al sastre desconcertado que, viendo un par de pantalones mal cortados, murmuraba "¡Ya los he recortado tres veces y siguen estando todavía demasiado cortos!". Se alega que el éxodo hacia afuera de la Iglesia habría sucedido también sin la revolución. Aceptemos condicionalmente por un momento este argumento. Si eso de veras hubiera sido el caso, sin embargo, la gran revolución para nada habría sido necesaria. Por el contrario, la grey que hubiera permanecido en la Iglesia habría podido perseverar en la fe bajo el "signo de contradicción" (Lucas 2:34). No hay un solo argumento a favor de la revolución post-conciliar; yo ciertamente no he encontrado hasta ahora uno solo.

El Papa Benedicto no pudo ni se habría permitido pensar de esa manera, aun cuando en sus horas solitarias pudo haber sido difícil para él defenderse contra un asalto de pensamientos tales. De ninguna manera quiso abandonar la imagen de la Iglesia como un organismo que sigue creciendo armoniosamente bajo la protección del Espíritu Santo. Con su conciencia histórica, le era claro que la historia no puede retroceder, que es imposible como también insensato, hacer que lo que ya ocurrió "des-ocurra". Hasta Dios, que perdona los pecados, no los vuelve "no ocurridos" sino que en el mejor de los casos deja que se vuelvan una felix culpa. Desde esta perspectiva, Benedicto no podía aceptar lo que los progresistas y los tradicionalistas expresaban por igual, y con la mejor de las razones, el que en la era post-conciliar efectivamente había ocurrido una ruptura decisiva con la Tradición; que la Iglesia después del Concilio ya no era la misma institución que la de antes. Eso habría significado que la Iglesia había dejado de estar bajo la protección del Espíritu Santo; consecuentemente había dejado de ser la Iglesia. Uno no puede imaginar al teólogo Joseph Ratzinger trabajando bajo una fe ingenua y formalista. Los giros y virajes de la historia eclesiástica le eran muy familiares. El que también en el pasado hubiera habido malos papas, teólogos despistados, y circunstancias cuestionables, nunca le estuvieron ocultas. Pero al contemplar la historia eclesiástica, se sentía animado por la indisputable impresión de que la Iglesia, en constante desarrollo, había una y otra vez superado las crisis, no simplemente desechando los acontecimientos errados sino hasta, de ser posible, haciéndolos fructíferos en las generaciones que les sucedieron.

Así pues, le pareció imperativo combatir la idea de que hubiera ocurrido tal ruptura ‒ aun cuando todas las apariencias parecían argumentar en ese sentido. Sus esfuerzos se dirigían a tratar de quitar de la mente de los hombres la afirmación de esa ruptura. Este intento tiene a su rededor un aire de positivismo legal [5], una desconsideración de los hechos. Por favor no entiendan esto como una ironía cuando cito en este contexto las famosas líneas del gran poeta absurdista Christian Morgenstern: "¡lo que no debe ser, no puede ser!" [6] La Iglesia nunca puede existir en contradicción consigo misma, con la tradición, con la revelación, con la doctrina de los Padres y con la totalidad de los Concilios. Esto ella no puede hacer, aun cuando parezca como si de veras lo ha hecho, es una falsa apariencia. Una hermenéutica más profunda siempre finalmente habrá de probar que la contradicción no era una real. Una inexhaustible confianza en la acción del Espíritu Santo está presente en esta actitud. Un cínico observador externo podría hablar de una "malicia santa." En todo caso, este punto de vista puede justificarse desde ambas perspectivas: la de la confianza en Dios y la del maquiavelismo. Pues una mirada a la historia eclesiástica mostrará que la continuación de la Iglesia siempre estuvo unida a una fe firme (o por lo menos a una ficción afirmada sin miedo) de que el Espíritu Santo ha guiado a la Iglesia en cada fase. Lo que el Papa Benedicto llama la "hermenéutica de la ruptura" ‒ sea ella afirmada por el lado tradicionalista o por el progresista ‒ era para él un ataque a la esencia de la Iglesia, que consiste en continuidad sin ruptura. Por lo tanto, siempre hablaba del concepto de una "hermenéutica de continuidad." Eso no era tanto un programa teológico ni un fundamento para tomar decisiones concretas sino un intento de ganarse a otros hacia una actitud de la mente ‒ la única de la cual la recuperación de la Iglesia podría surgir. Cuando finalmente, todos hubieran entendido que la Iglesia no produce ni puede descansar en rupturas o revoluciones, la jerarquía y los teólogos podrán por su propia voluntad encontrar un camino de retorno hacia un desarrollo armónico de la Tradición. 

De estos pensamientos, habla una sabiduría casi del Lejano Oriente, una desconfianza, por razón de principio, de todas las manipulaciones, y la convicción de que decretos que se emitan desde un escritorio no pueden acabar con una crisis espiritual. "Les choses se font en ne les fasant pas" [7]. Ningún chino dijo eso sino el ministro de relaciones exteriores Talleyrand quien, después de todo, era obispo católico. "Las cosas logran hacerse no haciendo nada" ‒ esa es una experiencia cotidiana, todos pueden haberse topado con eso por lo menos una vez. Pero también es una percepción profunda del curso de la historia, en la cual grandes acontecimientos permanecen sin ser influidos por los planes de los hombres ‒ a pesar de cuán excitadamente los protagonistas políticos del tiempo presente puedan gesticular. Eso era lo que Benedicto, como Cardenal y Prefecto del la Congregación para la Doctrina de la Fe, ya había criticado a Pablo VI de su reforma de la Misa. En esto, el crecimiento orgánico, el desarrollo moldeado por la mano imperceptible del tiempo, había sido interrumpido mediante un acto burocrático, un "dictatus papae." Le parecía a él no sólo imposible, sino hasta prohibido, tratar, mediante otro dictado, de sanar esta herida que el ataque del Papa Pablo VI había infligido contra la tradición. Una transformación gradual del pensamiento, que procediera del modelo que Benedicto dio al mundo, habría de crear una perspectiva en la cual el retorno a la tradición procedería casi por sí solo. Él confiaba en el poder de las imágenes que surgían de sus apariciones en público, en las que, por ejemplo, empleaba el Canon Romano o distribuía la comunión en la lengua a fieles hincados de rodillas. Permitir que la Verdad actuara solamente por el "poder sutil" de la misma Verdad, como se declara en la Declaración Conciliar sobre la Libertad Religiosa [8] ‒ esta máxima correspondía tanto a su temperamento como a sus convicciones.

Una expresión característica de esta manera de proceder fue su cuidado de superar las muchas aberraciones en la liturgia que obscurecen el misterio eucarístico. Esperaba ser capaz de eliminar los abusos por medio de una "reforma de la reforma." "Reforma" ‒ bueno, esto es algo cuya justificación es enteramente comprensible. Todo mundo exige, después de todo, reformas continuas en lo económico, lo político y lo social. Cierto ¿no fue la "reforma de la reforma" casi una intensificación de esta palabra positiva, una expresión de la máxima ecclesia semper reformanda? ¿Y no era necesaria una evaluación y reconsideración de la fase ad experimentum por la cual había pasado la liturgia desde su modificación por Pablo VI? Los progresistas, sin embargo, no fueron engañados respecto a la inocuidad de esta iniciativa de reforma. Por más cautelosos que fueron los pasos del Cardenal y aún más los del Papa, los progresistas los percibieron como un peligro para los tres grandes objetivos de la revolución en la Misa (aun cuando los papas ya habían disputado todos los tres). Lo que Benedicto quería lograr sería un obstáculo en el camino de la desacralización, la protestantización, y la democratización antropomórfica del rito. !Qué luchas se desataron simplemente para eliminar los muchos errores de traducción del misal a las lenguas modernas! La filológicamente y absolutamente clara falsificación de las palabras institución, el bien conocido conflicto sobre las palabras pro multis de la consagración que aun con la mejor (y la peor) de las voluntades no puede equivaler a pro omnibus, todavía no se resuelve en Alemania [9]. Los mundos de habla inglesa y de lenguas romances ya se habían sometido, con mayor o menor rechinar de dientes, en tanto que para los alemanes, la teoría de la salvación universal, uno de los más apetitosos frutos de la era post-conciliar ¡estaba en peligro! El que por lo menos un tercio del Evangelio de San Mateo consista en proclamaciones de condenación eterna que tanto inducen a terror, que uno difícilmente pueda dormir después de leerlo era asunto indiferente para los propagandistas de la "nueva misericordia" ‒ a pesar del hecho de que habían justificado su lucha contra la Tradición para salvar la excesiva proliferación e incrustación históricas, y llegar a las fuentes del Jesús "auténtico."

Lo mismo sucedió con otra causa central de Benedicto ‒ una que realmente no tocaba la reforma de la Misa hecha por Pablo VI. Como se sabe bien, esa reforma no imponía un cambio en la dirección de la celebración. El erudito en liturgia Klaus Gamber, admirado por el Papa Benedicto, había presentado la prueba histórica de que en período alguno de la Iglesia se hubiera hecho el sacrificio de la Misa viendo hacia el pueblo en vez de viendo hacia el Oriente, junto con el pueblo, al Señor que volvía. Ya como Cardenal, el Papa Benedicto había señalado una y otra vez cuán marcadamente la Misa se había distorsionado y su significado obscurecido por razón de la falsa orientación del celebrante. Decía que la Misa celebrada viendo hacia el pueblo transmitía la impresión de que la congregación no se orienta hacia Dios sino que se celebra a sí misma. Esta correcta percepción, lo admito, nunca llegó a ser ni un documento vinculante de la Congregación para la Doctrina de la Fe ni una legislación papal. Aquí también, se suponía que la verdad habría de prevalecer mediante el "suave poder de la verdad" ‒ así apareció el gobierno del "Panzerkardinal" o el "Rottweiler de Dios" (o cualesquier otros cumplidos que la opinión pública soñó para Benedicto). Las consecuencias de los efectos de este "suave poder" son ahora visibles par todos. La única esperanza de la Curia presente, el Prefecto de la Congregación por el Culto Divino, Cardenal Sarah, que enseña y actúa en el espíritu de Benedicto, nada tiene en sus manos con qué volver realidad la misión que le fue legada por Benedicto. "Reforma de la Reforma" que siempre fue una frase hecha más que una política, está ahora vedada aun como frase. [10]

SIgue, pues, valiendo la pena preguntarse ¿cómo, hablando de manera realista, podría haberse visto la "reforma de la reforma"? En todo caso, el Papa Benedicto no pensó en poner en duda el uso del lenguaje vernáculo. Consideraba esto algo irreversible, aun cuando habría visto con buenos ojos la proliferación ocasional de la Misa en latín. Corregir la orientación incorrecta de la celebración de la Misa era muy importante para él, de igual manera la recepción de la comunión en la lengua (que tampoco había sido abolida en el misal de Pablo VI). Él favorecía el uso del Canon Romano ‒ tampoco prohibido ahora. Si además hubiera pensado en incluir en el nuevo misal las extremadamente importantes oraciones del ofertorio del rito tradicional, podría uno decir que la "reforma de la reforma" no era sino el retorno al misal post-conciliar de 1965, que el mismo Papa Pablo VI había promulgado antes de su reforma drástica de la Misa. Con respecto a la edición de 1966 del misal Schott [11], el Cardenal Secretario de Estado de esa época, Amieto Giovanni Cicognani, escribió específicamente: "La característica singular y el quid de esta nueva edición es la unión perfeccionada con la Constitución de la Liturgia Sagrada del Concilio." [12] ¿Qué llevó a Pablo VI a desconocer el misal que él mismo había promulgado, y poco tiempo después publicar un nuevo misal ‒ uno que ya dejaba de corresponder a la tarea que se había impuesto el Concilio? Esto está entre las grandes perplejidades de la historia reciente de la Iglesia.

Una cosa es cierta, si las cosas hubieran quedado como estaban en la versión de 1965, que aun cuando infligía muchos sacrificios sin sentido, dejaba intacto el rito en conjunto, la rebelión del gran Arzobispo Lefebvre jamás habría tenido lugar. Pero otra cosa es también cierta: que aun ahora, nada impide a un sacerdote incluir en su celebración de la Misa los componentes más importantes que podrían haberse previsto en la "reforma de la reforma": celebración ad orientem, comunión en la lengua, el Canon Romano, el uso ocasional del latín. Según los libros de la Iglesia, esto es posible aun ahora, aun cuando en una congregación particular se requiere de considerable valentía y autoridad para encontrar el camino de regreso a esta forma de culto sin el apoyo de Roma. Quiero decir que la "reforma de la reforma" no habría sido ningún tremendo logro, no habría devuelto muchos de los tesoros espirituales del antiguo rito. Pero ciertamente habría conducido a un cambio en la atmósfera ‒ habría permitido que el espíritu de adoración y del espacio sagrado surgieran nuevamente. Cuando un sacerdote en lo individual emprende esto en una sola parroquia y por su propia cuenta, se arriesga a entablar una lucha extenuante con su superior y a tener dificultades con su comité de liturgia. De esa manera, aquello que es posible y está permitido, rápidamente se vuelve prácticamente imposible. ¡Qué útil hubiera sido contar con un solo documento papal que recomendara la celebración ad orientem!

Aunque albergando (quizás inútiles) pensamientos sobre "qué hubiera pasado si ...," puede ser más apropiado recordar lo que habría sido aún más importante que elaborar en detalles litúrgicos. Quienquiera que haya tratado más exhaustivamente acerca de la gran crisis de la liturgia del Siglo XX sabe que no simplemente cayó del cielo ni se alzó del infierno. Más bien fueron acontecimientos que alcanzan el pasado lejano, que finalmente llevaron a la catástrofe: una actitud que, vista aisladamente, no parece a primera vista peligrosa, no puede entenderse como simplemente anti-litúrgica o anti-sacra, y puede encontrarse aun hora entre algunos amigos del rito tradicional. Uno pudiera llamarlo pensamiento jurídico-romano o pensamiento analítico escolástico mal entendido. En todo caso, es una manera de pensar y percibir totalmente ajena al primer milenio cristiano, que desarrolló el rito. Según esta perspectiva, algunas partes del rito son esenciales y otras son menos importantes. Para la mentalidad influida por esta teología de la misa, el concepto de "validez" es crítico. Es un concepto derivado del campo del derecho civil, que investiga los prerrequisitos que deben estar presentes para que un acto legal sea válido. Esta perspectiva necesariamente lleva a una reducción, un minimalismo formal que sólo se interesa en saber si existen los prerrequisitos mínimos para la validez de una Misa determinada.

Bajo la influencia de esta manera de entenderse, se crearon desde un principio formas reductivas del rito, por ejemplo, la "Misa rezada." Podemos ciertamente quererla, pero no podemos olvidar que ella representa una imposibilidad conceptual para la Iglesia del primer milenio, que sigue viva en las varias iglesias ortodoxas. Se prescribe música coral para el celebrante ortodoxo aun cuando lo haga solo. Pues la liturgia mueve al hombre a la esfera de los ángeles, los ángeles que cantan. Y los hombres que cantan los cantos de los ángeles, el Sanctus y el Gloria, toman el lugar de los ángeles, como las liturgias orientales lo afirman expresamente. La Misa rezada se desarrolló cuando en monasterios varios sacerdotes celebraban al mismo tiempo en altares diferentes. Consideraciones prácticas fácilmente comprensibles buscaron evitar un caos musical. Pero uno sólo tiene que haber estado en la Iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalem para experimentar que en el mundo espiritual real del primer milenio, consideraciones prácticas carecían de legitimidad en cuestiones de opus Dei, de la liturgia. Los ortodoxos griegos, los coptos egipcios y los armenios cantan en diferentes altares, cada uno su propio canto, hasta que un ruido santo llena el espacio. Lo admito, eso puede confundir, quizás repeler a gente del norte en su búsqueda de interioridad y contemplación protestante ‒ especialmente cuando de alguna mezquita cercana, el llamado del muecín se mezcla en el conjunto. Lo que nos interesa aquí es que aun ante tales discordantes consecuencias, las liturgias orientales no podrían siquiera imaginarse una minimalización, una "reducción a lo esencial," la omisión de elementos que no conciernen a la consagración, etc.

Para resumir, la distinción esencial entre el pensamiento de la antigua iglesia y las concepciones latinas occidentales más recientes consiste en lo que se entiende de la consagración de las ofrendas. La antigua creencia cristiana entendía la liturgia entera, en todas sus partes, como "consagrante." La presencia de Cristo en la liturgia no se centra en estricto sentido solamente en las palabras de la consagración, sino que abarca en formas diferentes la liturgia entera hasta que experimenta su cúspide en la forma de la muerte sacrificial que se hace presente en la consagración.

Ciertamente, quien entiende la Misa de esta manera no piensa en reducción y aun menos en intervenciones arbitrarias pues, desde el inicio, la presencia de Cristo excluye todo arreglo y escenificación arbitrarios hechos por el hombre. Fue la nueva manera occidental de percibir el acto sagrado "real" como circunscrito a la consagración, que entregó la Misa a las garras de los planificadores. Pero la liturgia tiene esto en común con el arte, dentro de su esfera no hay distinción entre lo importante y lo no importante. Todas las partes de una pintura hecha por un maestro son de igual significación, de ninguna puede prescindirse. Baste con imaginarse respecto al cuadro de Santa Cecilia pintado por Rafael, el querer reconocer el valor de la cara y de las manos porque son "importantes," al tiempo que ignorar los instrumentos musicales que aparecen a los pies de ella por ser "no importantes"

Lo que es decisivo, sin embargo, es que el mundo latino alcanzó esta opinión contra las realidades de su propia liturgia, que hablaba enteramente otro lenguaje cada vez más incomprensible. No sólo la liturgia ortodoxa, sino también la romana consiste en un aumento gradual de la presencia del Señor, que culmina en la consagración. Pero esto no es precisamente en la forma de una división que separe las partes anteriores a la consagración, de las posteriores ‒ exactamente como la vida de Cristo no se separa de su clímax, la muerte sacrificial, sino que lleva lógicamente a élla. Cristo invocado y hecho presente es el tema de la liturgia latina desde sus primeros momentos, el lenguaje de sus símbolos no admite otra interpretación. La liturgia había tomado del ceremonial de la corte de los emperadores romanos el lenguaje simbólico por la presencia del soberano supremo: las velas que precedían al emperador, y el incensario. Donde sea que las velas y el incensario aparecen en la liturgia indican una nueva culminación de la presencia divina. El sacerdote mismo, al entrar en su función litúrgica, es un alter Christus, una parte de la gran obra de teúrgia, "Creación de Dios" [13], como ha sido llamada la liturgia. Él representa al Cristo del Domingo de Ramos que entra en forma festiva a Jerusalén, pero también al Cristo que vuelve al final de los tiempos, rodeado de símbolos de majestad. A la lectura del Evangelio, las velas de la procesión del Evangelio y la incensación del Evangelario así como del sacerdote que celebra, indican una vez más la presencia de Cristo en la enseñanza. Las lecturas no solamente son una "proclamación" sino, sobre todo, la creación de una presencia.

Luego las ofrendas, ocultas por el velo del cáliz, se llevan al altar y se reciben y se inciensan reverentemente. Las oraciones que se recitan en este momento puede entenderse que significan que estas ofrendas, aun cuando todavía no hayan sido consagradas; por la sola razón de haber sido apartadas, ya tienen el papel de representar a Cristo preparándose para su muerte sacrificial. Así, la comprensión litúrgica en el primer milenio interpretaba la remoción del velo que cubre el cáliz sobre el altar como una representación del momento en que Jesús fue despojado de sus vestiduras.


El ofertorio tradicional era una particular espina para los reformadores de la Misa. ¿Por qué estas oraciones, por qué estos signos de reverencia si las ofrendas ni siquiera han sido consagradas? Una teología de la Misa del segundo milenio se había colado secretamente, desde cuya perspectiva este ofertorio de repente se había vuelto incomprensible, un detalle que se venía arrastrando, que sólo producía bochorno. Ahora sólo valórese el espíritu de reverencia de, digamos, el Concilio de Trento. Había ajustado la liturgia pero, por supuesto, para nada se pensó en cambiar un rito litúrgico porque hubiera sido considerado teológicamente inconsistente.Pero cuando este ofertorio llegó a los escritorios del desafortunado siglo XX, pudo finalmente ser eliminado. Uno percibe la satisfacción del reformador, de haber eliminado de un plumazo la insensatez de milenios. Habría sido tan fácil, por otro lado, reconocer al ofertorio como una re-presentación ritual, si se hubiera echado una mirada al rito ortodoxo. Pero la arrogancia romana nos preservó de esas digresiones. Orgullosamente pasó por alto el hecho de que no se puede hacer una afirmación competente concerniente al rito romano, a menos que se tenga un ojo puesto en el rito ortodoxo. En él, el ofertorio se celebra de una manera mucho más festiva y detallada, precisamente porque se considera parte de la consagración. ¿Por qué nadie (en el tiempo de la reforma) se preguntó por qué la epiclesis, la invocación del Espíritu Santo en la consagración de las ofrendas, es parte del ofertorio en el rito romano? [14]

La decepción ante la traumática abdicación del pontificado de Benedicto es demasiado comprensible, pero atenta obscurecer una mirada serena a los acontecimientos. ¡Sólo imaginémonos qué habría sido la realidad litúrgica si el Papa Bergoglio hubiera sucedido inmediatamente a Juan Pablo II! Aun cuando la causa más preciada del Papa Benedicto, la "reforma de la reforma" haya fracasado, sigue él siendo un papa de la liturgia, posiblemente, y con suerte, el gran salvador de la liturgia. Su motu proprio verdaderamente mereció la designación de "de su propia voluntad." Pues nadie había en la Curia ‒ o si los había eran muy, muy pocos ‒ que.se hubiera puesto del lado del Papa en este asunto. Tanto el ala progresista, y lamentablemente también el ala "conservadora" (uno se ha acostumbrado a poner este calificativo entre comillas), imploraron al Papa Benedicto que no concediera al rito tradicional ninguna mayor libertad que las posibilidades que el Papa Juan Pablo II, contra su voluntad, ya había creado. El Papa Benedicto, que con todo su ser desconfiaba de las decisiones papales aisladas, se sobrepuso a sí mismo y habló con palabra autoritaria. Y luego, con las reglas de implementación de Summorum Pontificum, creó garantías, ancladas en la ley canónica, que aseguraban para el rito tradicional un lugar firme en la vida de la Iglesia. Eso todavía es sólo un primer paso, pero era una convicción de ese papa, cuya seriedad espiritual no puede ser negada, que el verdadero desarrollo de la conciencia litúrgica no puede ser decretado. Más bien, debe tener lugar en muchas almas, la fe en la tradición debe ser probada en muchas partes alrededor del mundo. Ahora le incumbe a cada individuo aprovechar las posibilidades abiertas por el Papa Benedicto. Contra una aplastante oposición abrió las compuertas. Ahora el agua tiene que fluir, y nadie que sostenga que la liturgia es un componente esencial de la Fe puede excusarse de esta tarea.

Que la liturgia contiene una clara señal de que la consagración ya ha comenzado en el punto del ofertorio queda así establecido. Pero la comprensión más profunda del proceso litúrgico casi ya se había perdido, que se fue capaz de desechar aquello que no se podía comprender, como si fuera una floritura sin significado alguno. ¡Debe haber sido un sentimiento exaltado, como miembro de una generación futura, el ser tan despreocupadamente capaz de bajarle los humos al papa más grande de la historia, San Gregorio Magno! Permítaseme citar aquí a un escritor ateo, el brillante estalinista Peter Hacks, quien dijo con respecto a la cuestión de adaptar el teatro clásico: "La mejor manera de adaptar el teatro clásico es entendiéndolo." Principio ya acatado en la literatura ‒ cuantimás ¿no debe ser así cuando se trata de la liturgia, el mayor tesoro que poseemos? Entre los mayores logros del Papa Benedicto está el dirigir la atención de la Iglesia una vez más hacia la Iglesia Ortodoxa. Sabía que todo el esfuerzo hacia el ecumenismo, por más que sea necesario, debe comenzar no con reuniones que llamen la atención con jerarcas orientales, sino con la restauración de la liturgia latina, que representa la conexión real entre las Iglesias Latina y Griega. Ahora, mientras tanto, nos hemos dado cuenta de que todas esas iniciativas fueron en vano ‒ especialmente porque no fue la muerte lo que las interrumpió, sino una capitulación antes de que se estuviera seguro de que  se habían creado realidades irreversibles.

La liturgia es la Iglesia ‒ cada Misa que se celebra con el espíritu tradicional es inconmensurablemente más importante que toda palabra de todo papa. Es el hilo rojo que debe pasar por la gloria y la miseria de la historia de la Iglesia; donde continúa, las fases de gobiernos papales arbitrarios se convertirán en notas al calce de la historia. ¿No sospechan los progresistas secretamente que sus esfuerzos serán en vano mientras sobreviva la memoria de la Iglesia acerca de sus fuentes de vida? Sólo percatémonos de cuántos son los lugares en el mundo donde se celebra el rito tradicional desde que se anunció el motu proprio; cuántos son los sacerdotes que sin pertenecer a las órdenes tradicionalistas han desde entonces aprendido a celebrar en el rito moderno, cuántos obispos han confirmado y ordenado en el rito antiguo. Alemania ‒ la tierra de donde tantos impulsos perjudiciales a la Iglesia han salido ‒ lamentablemente no puede listarse aquí en el primer lugar.

¡Pero los católicos deben pensar universalmente! ¿Quién hubiera pensado hace veinte años que en San Pedro, en la Cathedra Petri, pudiera celebrarse una Misa pontificia en el rito antiguo? Admito que eso es poco, demasiado poco ‒ un pequeño fenómeno en la totalidad de la Iglesia en el mundo. No obstante, aunque viendo serenamente la gigantesca catástrofe que ha ocurrido en la Iglesia, no tenemos el derecho de darle poco valor a las excepciones del penoso gobierno. La totalidad de las demandas de los progresistas ha sido rota ‒ eso ha sido la obra del Papa Benedicto XVI. Y quien sea que lamente que el Papa Benedicto no haya hecho más por la buena causa, que haya usado su autoridad papal con demasiada moderación, que se pregunte con todo realismo quién de entre los cardenales que tenían una oportunidad real de convertirse en papa hubiera hecho más por el rito antiguo que lo que él hizo. Y el resultado de estas reflexiones sólo puede ser de gratitud a ese desafortunado papa, quien en los tiempos más difíciles hizo lo que estaba en su poder hacer. Y su memoria está asegurada, no evidente entre los sentimentaloides artículos devocionales que se venden en las tiendas para peregrinos alrededor de San Pedro. Pues siempre que tengamos la buena fortuna de participar en una Misa tradicional, tendremos que pensar en Benedicto XVI.


[1] Traducido del alemán al inglés por Stuart Chessman, con anotaciones por Peter Kwasniewski.

[2] Una obra de la Ilustración, publicada en 1780, que aseveraba un desarrollo o "educación" de la humanidad en tres fases sucesivas: el Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento y la Era Moderna.

4. “Alles fließt, lehrt Heraklit. / Der Felsen Petri, der fliesst mit.” Schmitt está aludiendo al conocido aforismo de W. Busch: “Einszweidrei, im Sauseschritt / Läuft die Zeit; wir laufen mit.” (Una, dos, tres, con doble rápidez corre el tiempo y nosotros pasamos también)

[4] Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, §36, §54, §101.

5. Etwas Dezisionistisches. “Decisionismo” es una filosofía del derecho que determina la validez de un acto o ley únicamente por el hecho de que haya sido la autoridad apropiada quien lo haya decidido. El origen de esto puede encontarse en el voluntarismo de Gullermo de Ockham y en la teoría politica de Tomás Hobbes; está formulada de la manera más clara por Carl Schmitt.

6. “Nicht sein kann, was nicht sein darf!”

7. En otra versión: La plupart des choses se font en ne les faisant pas (la mayor parte de las cosas logran hacerse no haciendo nada).

8. La frase que Mosebach tiene en mente es Dignitatis Humanae §1: nec aliter veritatem sese imponere nisi vi ipsius veritatis, quae suaviter simul ac fortiter mentibus illabitur. En la traducción [al inglés] del Prof. Michael Pakaluk [traducida por mí al español] "No hay otra manera de que la verdad se imponga excepto por la fuerza de la misma verdad, que penetra duicemente y a la vez fuertemente la mente humana."

9. Esto a pesar de la carta del Papa Benedicto XVI dirigida al Arzobispo Robert Zollitsch (y por su conducto a la Conferencia de Obispos Alemanes) explicando por qué pro multis debe ser traducido "para muchos" en todos los libros litúrgicos en lenguaje vernáculo.

10. Véase, por ejemplo, el Comunicado de Prensa del 7 de julio de 2016: "No se esperan nuevas directrices litúrgicas del próximo Adviento, como algunos incorrectamente han inferido de alguna palabras del Cardenal Sarah, y es mejor evitar usar la expresión "rerorma de la reforma" con referencia a la liturgia, dado que puede a veces dar lugar a error." El Papa Francisco hizo comentarios semejantes en una entrevista con el P. Antonio Spadaro, S.J. que fue publicada como prefacio de Nei tuo occhi e la mia parola (Rizzoli, 2016), una colección de sus principales conferencias y homilías como arzobispo de Buenos Aires.

11. El "Schott" es un muy conocido misal diario Alemán-Latín para uso de los fieles. Ha pasado por muchas ediciones.

12. Eigenart und Kernpunkt dieser Neubearbeitung ist der vollzogene Anschluß an die Liturgiekonstitution des Konzils. Esta afirmación en una carta dirigida al Abad de Beuron por el Cardenal Cicognani a nombre del Papa Pablo VI, fue luego impreso como prólogo del misal Schott antes de que se hubiera vuelto obsoleto por la marcha de los acontecimientos..

13. Gottesschöpfung, en el sentido que el sacerdote y la liturgia hacen que Dios se haga presente o aparezca.

14. Mosebach se refiere a esta oración del antiguo ofertorio: Veni, Sanctificator omnipotens aeterne Deus: et benedic hoc sacrifícium, tuo sancto nomini praeparatum (Venid, Santificador, omnipotente, eterno Dios, y bendecid este Sacrificio, preparado para honra de vuestro santo Nombre).


lunes, 29 de julio de 2019

El Hiperpapalismo y la Mutación Litúrgica. 2

El Hiperpapalismo y la Mutación Litúrgica.


Un planteamiento contra la misa Novus Ordo



Por Peter A. Kwasniewski

Tomado de: roratecaeli.

Traducido por Roberto Hope


 Parte 2

El peligro del Hiperpapalismo

Ese extraño escenario, que (hasta donde yo sé) nunca ha tenido lugar en Oriente, [7] es, trágicamente, lo que estamos enfrentando en Occidente. No hay forma de sostener que el Misal de Pablo VI sea una "forma" del Rito Romano. Es un rito nuevo y diferente que tiene alguna tenue conexión con el Rito Romano. Por esto es que Klaus Gamber lo llamó el "rito romano papal"
 

¿Debe esto preocuparnos? ¡Absolutamente!  Desde luego, si la liturgia fuera simplemente un servicio confeccionado por un grupo de personas y posteriormente hecho válido por el trazo de la pluma del papa, no debería importarnos porque, bajo esa perspectiva, la liturgia sería una simple construcción, una simple creación artística enteramente sujeta a nuestras teorías y caprichos, siempre y cuando las palabras intocables de la consagración se mantengan invioladas.[8] En las inquietantes palabras de Charles de Koninck, hablando del ansia constructivista de la filosofía moderna: "Todos los originales imitables habrán de presentarse ante el genio del hombre y ser reducidos a la condición de material operable," [9]
 

Esto jamás ha sido y jamás podrá ser la opinión de cristianos ortodoxos. Expresa un positivismo legal hiperpapalista neo-ultramontano que hace al Papa creador de tradición ex nihilo en vez de guardián de la continuidad cristiana de paradosis, o transmisión de lo que hemos recibido, como ha llegado realmente a nosotros, no como debería o podría o ´pudiera haber haber existido en un pasado lejano o como podría o pudiera existir en un futuro lejano. La perspectiva hiperpapalista, popular desde la época del Primer Concilio Vaticano, más o menos, transformó al Papa en "una combinación de oráculo de Delfos, super-estrella vagamundos, dinamo del desarrollo de doctrina y norma métrica de ortodoxia," [10] cuya mente y voluntad son, en y por sí mismas, siempre correctas, verdaderas, santas y laudables. Esta perspectiva acerca del papado se contradice no sólo con la enseñanza real del Vaticano I mismo, sino también y más obviamente, por los pecados, ofensas y negligencias de los papas post-conciliares. Bastará con citar sólo algunas palabras: Ostpolitik, Bugnini, Asís, Corán, Kasper, Maciel, McCarrick.[11]
 

La opinión sobre la liturgia que se deriva del hiperpapalismo — específicamente que la forma y contenido de la liturgia está sujeta totalmente a la voluntad del Papa — no es menos errónea. De la misma manera como recibimos la doctrina católica de nuestros ancestros, así recibimos nuestro culto, y en tanto podemos mejorar o aumentar nuestro culto incluso cuando nosotros exponemos la doctrina católica en sermones, catecismos, y tratados, no podemos modificarla en forma tal que deje de ser reconocible como la misma. Como diría San Vicente de Lérins, podemos tener perfectus, acrecentamiento, pero no permutatio, mutación. La tradición eclesiástica es aumentativa o aditiva: conforme se desarrolla nuestro culto, su significado se articula y manifiesta más claramente. El desarrollo litúrgico auténtico en la era del Espíritu Santo — o sea desde Pentecostés hasta la Parusía — es teleológica: alcanza una expresión más plena, más impactante, más adecuada de los misterios.

En pocas palabras, la liturgia se perfecciona con el tiempo y, a menos de que queramos decir que Nuestro Señor habló con falsedad cuando nos prometió permanecer siempre con Su Iglesia hasta el fin del mundo, o a menos de que queramos decir que el Espíritu Santo no dirigió a la Iglesia hacia la plenitud de la verdad sino que, por el contrario, la dejó extraviarse y confundirse seriamente durante siglos, no nos atreveremos a abolir o a alterar radicalmente la liturgia. Una abolición o alteración radical así, se pondría en contradicción con el significado que la Iglesia ha venido a entender y expresar en estos ritos, en toda su particularidad. [12] La expresión litúrgica de la fe no es, en otras palabras, como un juego de fichas prefabricadas Lego que pueda re-configurarse de infinitas maneras de acuerdo con las ideas o gustos de cada uno de los que juegan con ellos. Como el Credo que recitamos, es algo fijo y estable; y aun cuando podamos expandir el Credo (como el de Nicea fue expandido por el de Constantinopla), no podemos reducirlo ni abolirlo.
 

Diez años después del motu proprio Ecclesia Dei, el Cardenal Ratzinger hizo esta acertada observación en un discurso que dio a los obispos de Chile:


Es bueno aquí recordar lo que observó el Cardenal Newman, de que la Iglesia, a lo largo de su historia, jamás ha abolido o prohibido las formas litúrgicas ortodoxas, lo cual sería muy ajeno al Espíritu de la Iglesia. Una liturgia ortodoxa, o sea, una que exprese la verdadera fe, nunca es una compilación elaborada según los criterios pragmáticos de ceremonias diferentes, manejados de una manera positivista y arbitraria, hoy de una manera y mañana de otra. Las formas ortodoxas de un rito son realidades vivientes, nacidas del diálogo de amor entre la Iglesia y su Señor. Son expresiones de la vida de la Iglesia, en las cuales se destilan la fe, la oración, y la vida misma de generaciones enteras, y que hacen encarnar en formas específicas tanto la acción de Dios como la respuesta del hombre.[13]

¿Pudieran las leyes de la lógica y de la metafísica permitirnos invertir estos juicios de Newman y de Ratzinger? ¿Pudiéramos decir que, si una forma litúrgica ortodoxa es abolida o prohibida, entonces no puede ser la Iglesia quien lo hace sino más bien hombres de iglesia abusando de su autoridad? ¿Pudiéramos decir que una liturgia que representa una "compilación elaborada según los criterios pragmáticos ... manejados de una manera positivista y arbitraria no es, por esa razón, una liturgia ortodoxa? ¿Pudiéramos decir que cualquier liturgia que no "nace del diálogo de amor entre la Iglesia y su Señor," sino que más bien es confeccionada por expertos académicos y obispos avant garde en docenas de grupos de estudio dirigidos por un secretario con pareceres decididamente anti-tradicionalistas, no es una "realidad viviente," no es una "expresión de la vida de la Iglesia" que "destile la fe, la oración y la vida misma de generaciones enteras"? [14] ¿Pudiéramos decir, en fin, que esta nueva forma de culto, cualquiera otra cosa que pudiera ser, está muy lejos de ser una "encarnación de la acción de Dios y de la respuesta del hombre"?
 

Si, podemos decir todas estas cosas. Esto sólo demuestra la magnitud de nuestro problema. No podemos, de muchas partes doctas pegadas entre sí, armar un entero viviente. No se puede asignar una historia compleja, sutil, con siglos de formación a una "fabricación en sitio," con sólo desear que así sea, como tampoco puede uno producir mágicamente una nación llamada Esperance, patria de una raza de Esperantos, para la cual el Esperanto haya sido su lengua nativa durante siglos. La Misa Novus Ordo es como el Esperanto: una organización perfectamente racional de funciones de lenguaje, lengua materna de nadie, y careciente de toda historia o cultura, excepto aquélla de su comunidad internacional de especialistas. Mientras tanto, la verdaderamente bella, irregular y rica lengua latina con su incomparable canto gregoriano, fue hecha a un lado. Nunca se ha probado con mayor certitud, que los expertos son como los pozos — profundos en un punto, pero estrechos y obscuros — mientras que la tradición, patria del hombre común, es como un océano — irresolublemente vasto, incomparablemente profundo, temible, sublime, abundante en fecundidad y nutrimientos, incitando a viajes sin fin.
 

En su discurso ante el Parlamento Alemán en el Reichstag de Berlín el 22 de septiembre de 2011, el Papa Benedicto XVI distingue entre el mero éxito, que la técnica puede adquirir, y la sabiduría, que viene sólo de la asimilación de la tradición. El papa cita a San Agustín en su descripción de que un gobierno sin justicia es "una banda de ladrones altamente organizada," en la que el poder se separa del bien. El mismo juicio puede hacerse de Bugnini y el Consilium: reunieron mucha experiencia técnica, y su producto final fue aprobado por el poder del papa reinante; pero carecían — y de hecho, repudiaron — la sabiduría de la tradición, y de esa manera perdieron su derecho de manejar la sagrada liturgia de la Iglesia. A final de cuentas, el Consilium acabó siendo una banda de ladrones altamente organizada.
 

Sanando el Cuerpo Herido

Como lo ha dicho de manera elocuente el Obispo Athanasius Schneider, el Cuerpo Místico de Cristo en la Tierra está sufriendo de heridas auto-infligidas. ¿Cómo restañar esas heridas? ¿Pueden ser sanadas? La única manera de hacerlo es atacando la condición que las causa. Las heridas pueden ser vendadas pero no sanarán hasta que el cuerpo esté otra vez sano. Dado que la vida misma del Cuerpo Místico se expresa y se desarrolla en la liturgia, la salud no es posible hasta (y en el grado en que) la propia liturgia esté sana — cuando el santo sacrificio de la misa, las alabanzas del Oficio Divino, y todos los demás ritos sacramentales y litúrgicos sean como deben ser. ¿Y cómo deben ser? Como eran antes de que la pasión moderna por querer mejorarlo todo dominara las mentes del clero en el siglo veinte.
 

Romano Guardini, en su obra El Espíritu de la Liturgia, de 1918, habla de la importancia de recibir una liturgia objetiva, impersonal, estable de "la Iglesia." En la época en que la escribió, podía dar por hecho que todos sus lectores entenderían de lo que estaba hablando: cuando se va a misa u otra clase de liturgia, siempre se ve al clérigo llevando a cabo los ritos que se le han encomendado y determinado por la Iglesia. Si miramos a la Misa Novus Ordo, podemos ver que lo que nos dio Pablo VI ya no es algo objetivo, impersonal y estable, sino una mezcla artificiosa de elementos objetivos y subjetivos, una clase de fuerzas iguales pero opuestas, impersonales y personalizadas, una liturgia que no puede ser estable porque es prisionera de una opcionitis obligatoria y una inculturación invasiva. [15]

Uno no puede y no debe identificar un papa en particular con "la Iglesia." Pablo VI no es la Iglesia; ciertamente, ni Pío V ni Pío X son la Iglesia. El argumento de Guardini, que concuerda con las realidades de la historia y teología católica, tiene sentido solamente si "la Iglesia" significa el cuerpo de Cristo dotado del depósito de la fe y la plenitud del Espíritu Santo, preservando la Tradición con amor y transmitiéndola con autoridad. Obviamente existe una esfera dentro de la cual los papas pueden moverse, pero no puede extenderse a los miembros y órganos plenamente desarrollados del cuerpo litúrgico. Si llegan a tocar estas partes orgánicas, amputándolas o haciéndoles cirugía plástica, o reemplazándolas con miembros biónicos, su obra será ofensiva a Dios y al hombre, y estará condenada al fracaso.[16]
 

Una vez más, no se puede sobre-enfatizar que el método de reforma adoptado después del concilio, con sus supuestos y sus resultados, se deriva de la praxis de teología modernista como se la describe en la Encíclica Pascendi de Pío X. Este modernismo blando permea la litúrgica reformada y, además, inculca un desprecio inconsciente de la tradición entre los fieles que oran conforme a ella. Así como la gente que bebe del grifo agua contaminada o ingesta partículas de asbesto o pintura a base de plomo, sufre por la ingestión, sépalo o no, así el católico que recibe una lex orandi mutilada sufre de la falta de nutrición y de la presencia de sustancias extrañas.

Así, aun cuando la mayoría de los católicos de hoy en día están en un estado de ignorancia invencible con respecto a la reforma litúrgica, soportan pasivamente el vandalismo que sufre la tradición al rezar con ritos que están deficientes en la transmisión de ésta. Esta es la razón por la cual, cuando Dios concede a un católico la gracia de despertar ante los problemas de la reforma litúrgica, y la gracia de sufrir por causa de ellos, está pidiendo al mismo tiempo a ese mismo católico que vuelva y se reconcilie con la tradición mediante una entrega ejemplar para recuperar y utilizar la liturgia tradicional. El católico que se rehúsa a esa graciosa invitación cesa de ser un adepto pasivo y se vuelve un colaborador activo en la incoherencia y el colapso de la Iglesia Católica. Tal entrega al usus antiquor no tiene que implicar que jamás deba orar con los ritos reformados y deba exclusivamente orar con los ritos preconciliares. Sí implica, sin embargo, que pondría en peligro a su propia alma y dañaría el bien de la Iglesia si no acogiera la liturgia tradicional e hiciera progresar su causa tanto como fuera posible, si está en su poder hacerlo. 


La reforma no necesita una reforma, necesita repudio y arrepentimiento. No basta hacer a un lado los abusos o re-introducir elementos tradicionales atropelladamente — algo de incienso por acá, una casulla tradicional por allá, un introito hoy, ad orientem mañana. Eso sería como encimando vendajes en una herida gangrenada o tratar el cáncer con multivitaminas. No, se requiere de algo mucho más radical.


El relato del vellocino de oro en el Libro del Éxodo termina con un verso muy peculiar: Con frecuencia parafraseado en traducción, el verso realmente dice: "Y el Señor envió una plaga sobre el pueblo porque hicieron el vellocino que hizo Aarón" (Ex 32.35). Este verso ilumina una verdad acerca de la complicidad, aun cuando Aarón fue el responsable de darle forma al vellocino, el pueblo consintió con lo que hizo, y por lo tanto comparten la culpa. De manera semejante, los laicos que se adhieren al Novus Ordo que hizo Montini están, en mayor o menor grado, dando su aprobación a sus deficiencias. Ciertamente la gran mayoría no se da cuenta de que que existe una alternativa, pero tampoco los no creyentes que jamás han oído hablar de Cristo y no obstante, los no creyentes ciertamente sufren la carencia de las gracias que habrían recibido si fueran miembros del Cuerpo Místico. De forma semejante, la generalidad de los católicos sufren la carencia  de muchas cosas muy importantes de que los ha privado la reforma litúrgica. Cuando un seglar se percata de estas buenas cosas, tiene la obligación de buscarlas, obligación análoga a la del no creyente de buscar su membresía en la Iglesia. Pues ciertamente la misma Iglesia se halla en su forma más concentrada en la sacre liturgia.


Durante los últimos cincuenta años o más, ha habido voces que claman en el desierto acerca de les defectos y desviaciones de la reforma. No ha habido mucho de escusa por ignorancia por parte de los educados. Pero ahora estamos en una nueva fase de lo que Louis Bouyer se refirió en una ocasión como "la descomposición del catolicismo," específicamente el pontificado del Papa Francisco, que ha tenido el efecto de las sirenas que alarmaban de los ataques aéreos alemanes en Londres, alertando a los ciudadanos para que corrieran a buscar refugio y esconderse en un lugar seguro. La Iglesia está siendo bombardeada por muchos de sus dirigentes y debemos también correr a buscar refugio y escondernos en un lugar seguro — la doctrina, la moral y la liturgia tradicional de la Iglesia Católica, la cual ningún hombre, ni siquiera un papa puede con derecho quitarnos. Esa es la razón por la cual este pontificado es verdaderamente un momento de gracia, un momento para despertar, un momento para reconocer lo que hemos hecho con el legado que hemos recibido, de arrepentirnos de nuestra estupidez, y de tomar la acción pertinente.


Conclusión
El error fundamental del hombre moderno es su concepción de sí mismo de ser tan diferente de lo que el hombre ha sido en otros períodos de su vida que se considera incapaz de someterse con humildad a la tradición. Por suscribirse a este error, el católico moderno se otorga a sí mismo un 'pase' para zafarse del legado común de la Iglesia creando sus propias peculiares estructuras que siempre adulan su ego y satisfacen sus pasiones. Su jactanciosa indiferencia, que por cierto no es otra cosa que una carencia de conocimiento de sí mismo apuntalada por un andamiaje de eslóganes, que con el tiempo se vuelve un estado de enajenación y aislamiento ocasionado por indulgir habitualmente en una concupiscencia desordenada. Convencernos de nuestra inmutable naturaleza humana, caída pero redimida, requiere de un esfuerzo sostenido de control de uno mismo, meditación silenciosa y sometimiento a la oración ritual — en otras palabras, exactamente lo que la Liturgia Latina Tradicional nos provee con abundancia. Así, nos enfrentamos a la paradoja inevitable de que la Misa Novus Ordo, a pesar de haber sido creada para el hombre moderno, no se enfrenta a su vanidad e Hybris, en tanto que la antigua liturgia, tan remota ciertamente en su origen y desarrollo, provoca en los hombres modernos a confrontarse con Dios a través de su régimen disciplinado de oración, gesto, canto y símbolo. Su misma densidad, opacidad e indiferencia solemne provocan una respuesta en aquellos que están hastiados del entretenimiento y de la educación.[17]


Los jóvenes hoy en día pueden estar confundidos acerca de muchas cosas. Pero aquéllos que deseen ser católicos serios tienen clara una cosa: no hay futuro para un una religión futurista que desde ahora se ve pasada de moda y aburrida. Esto es por lo que quieren la antigua, bella, coherente liturgia de la Iglesia. En un mundo donde nada parece ser cierto, esta liturgia es una roca estable, de hecho una montaña coronada con un templo, sobre la cual uno debe construir su vida espiritual, su vida social y su vida familiar. Es una roca en el desierto de la cual siempre fluyen frescas aguas espirituales.


Vista histórica y teológicamente, la así llamada 'Forma Ordinaria de la Misa' es el indulto, la excepción que ha sido permitida que ocupe territorio que en derecho es propiedad de otra. La así llamada 'Forma Extraordinaria' es, en realidad, la costumbre ininterrumpida que jamás fue abrogada y nunca podría ser abrogada. La una es una advenediza con un tenue agarre en su estatus; la otra es un rito inmemorial, con un firme dominio sobre nuestra lealtad. Qué privilegio, qué bendición que hayamos sido conducidos por la inescrutable Providencia hacia el conocimiento y el amor de este tesoro inestimable, gracias a ningún mérito de nuestra parte, sino solamente 'para la alabanza de Su gloria' (Efesus 1:12). "A Él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús, por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén."(Efesus 3:21).

Gracias por su amable atención


Notas:
[1] “Ich bin überzeugt, daß die Kirchenkrise, die wir heute erleben, weitgehend auf dem Zerfall der Liturgie beruht.” Milestones, Memoirs 1927–1977 (San Francisco: Ignatius Press, 1998), 148.
[2] Mi crítica es más fundamental que la cuestión de los "abusos litúrgicos", pero de hecho esos abusos siguen ocurriendo en gran número hoy en día y en una amplia distribución por todo el mundo católico. Muchos abusos recientemente documentados se describen en el artículo “The ‘Other’ Abuse Crisis in the Catholic Church that No One is Talking About,” publicado en el sitio de Internet Medim el 29 de febrero de 2019.
[3] Tal opcionalismo está en perfecta concordancia con, por una parte, el pluralismo religioso de Abu Dhabi, por el cual nos enteramos de que Dios todo el tiempo ha querido que hayan muchas religiones, y por otro lado, con el movimiento homosexual/transsexual que hace de la actividad sexual un asunto de preferencias personales y de inclinación subjetiva. La reforma litúrgica pavimentó el camino para el triunfo de estas ideologías antinaturales e irracionales entre los católicos.
[4] So pena de que alguien me acuse de exagerar el problema, podemos leer en un artículo publicado en el National Catholic Register intitulado “St. Paul VI’s ‘Missale Romanum’ Turns 50”  (El Missale Romanum de San Pablo VI cumple 50 años), una perfecta expresión de la mentalidad que aquí estoy criticando: "Las partes opcionales expandidas de la misa que se mencionan en el Missale Romanum también han permitido mayor latitud en la celebración de la liturgia.  El Padre Samuel Martin ... dijo al Register que las variaciones de la anáfora le permiten adaptar la liturgia a las necesidades de sus parroquias, 'Por ejemplo, utilizo la Plegaria Eucarística N° 2 entre semana' dijo 'La N° 3 para funerales y casamientos, y la N° 1 para los fines de semana... ' A pesar de la diversidad, dijo el Padre Martin que la continuidad entre la Misa y el rico patrimonio de fe y de tradición de la Iglesia se deja ver, especialmente cuando reza la Primera Plegaria Eucarística, el canon de la misa.  'Algunas personas se excitan y disfrutan oír el canon' dijo 'Les gusta oír todos esos nombres de los antiguos santos y mártires de la Iglesia. Esa es una de las veces que retenemos continuidad — estas oraciones han sido rezadas por siglos, y va a haber alguien ante el altar de la iglesia de San Juan o de Cristo Rey que estará rezando estas mismas oraciones en los próximos siglos."  Observen las palabras utilizadas: ' se excitan y disfrutan... ' Esa es una de las veces que retenemos continuidad' — ¿en comparación con otras veces en que no la retenemos? difícilmente podríamos inventar una insensatez tal. Es como si el catolicismo de ahora estuviera atrapado en las páginas de Calvin & Hobbes o Dilbert
[5] Ver del Padre Zuhlsdorf en http://wdtprs.com/blog/2019/01/wdtprs-2nd-sunday-after-epiphany-liturgical-unicorn/: “Aun cuando los padres conciliares del Vaticano II dijeron que en la reforma litúrgica que ellos mandaron, nada debiera cambiarse que no fuera verdaderamente para el bien del pueblo y que los cambios debían fluir orgánicamente de lo que venía de antes (SC 23), el re-fraseo, el re-acomodo, la transformación y la creación al mayoreo de nuevas oraciones fue de una magnitud de grado tectónico. El Misal Romano tradicional tiene 1,182 oraciones, de las cuales el 36% llegó al nuevo misal y de ésas, la mitad fue alterada. Solamente el 17% de las oraciones permaneció sin cambio. Además, muchas fueron movidas a otras temporadas del año." ¿Significa esto que el 83% de las oraciones eran defectuosas o necesitadas de actualizarse? El hombre verdaderamente religioso nunca piensa de esta manera, es el proceso de pensamiento de una persona irreligiosa.
[6] Un aspecto moral de esta cuestión es cómo "gastamos" nuestros recursos personales. Siguiendo el principio de nihil operi Dei praeponatur, deberíamos dar lo mejor de nosotros y de nuestro día a Dios en la liturgia, como en una época lo hacían los sacerdotes y los religiosos (y lo siguen haciendo si se adhieren a los ritos tradicionales). En vez de eso, el hombre post-conciliar ha reservado para sí mismo el grueso de su tiempo, de su trabajo, de su energía en un frenesí de activismo antropocéntrico o, francamente, para una perezosa auto-indulgencia, que priva a Dios del sacrificio que le debemos por derecho divino.
[7] Con excepción de los maronitas que tontamente dieron vuelta a sus altares y a sus sacerdotes.
[8] De hecho, realmente ni siquiera estas palabras quedaron invioladas por Pablo VI, quien quitó la frase mysterium fidei de la fórmula que se sigue sobre el cáliz, y la hizo un fragmento aislado al cual los fieles responden con una así llamada 'aclamación memorial' — una falsa invención con sabor protestante.
[9] Charles de Koninck, On the Primacy of the Common Good; (Sobre la Primacía del bien Común) véase la  página 79 de  la versión en línea del texto en inglés.
[10] “Cuándo despertarán los católicos para ver el desbarajuste que ha hecho el Papa Francisco?”
[11] El Padre Hunwicke ha comentado en forma experta sobre estas cosas..
[12] La abolición por el Papa San Pío V de las Secuencias que habían sido incorporadas a la liturgia romana en época relativamente reciente está en un plano totalmente diferente de los cambios radicales introducido en los 1960s y 1970s.
[13] Joseph Ratzinger, "Diez años del Motu Proprio Ecclesia Dei," dictada el 24 de octubre de 1998 en el Palacio Ergrife en Roma. Ratzinger continúa: "Esos ritos pueden morir, si aquéllos que los han usado en una época en particular desaparecieran, o si la situación de esa misma gente cambiara. La autoridad de la Iglesia tiene la facultad de definir y limitar el uso de esos ritos en situaciones históricas diferentes, pero nunca los prohíbe pura y simplemente! Así, el concilio ordenó una reforma de los libros litúrgicos, pero no prohibió los libros anteriores". Por cierto, sigo preguntándome por qué este discurso, que contiene una abundancia de reflexiones sobre la liturgia, fue omitido del Tomo XI de la Colección de Obras de Ratzinger, editado por el Cardenal Müller y publicado en inglés por Ignatius Press. Es una omisión peculiar, como cualquiera puede darse cuenta si estudia el texto, que está disponible en línea. Uno observa, además, el énfasis que Ratzinger pone en "el diálogo de amor entre la Iglesia y su Señor." Éste es lenguaje de novia, de esposa; no es homosexual. El vicio de sodomía invierte y pervierte la eclesiología desde sus cimientos; por lo tanto no puede dejar de invertir y pervertir la liturgia, que es eclesiología en movimiento, la palabra hecha carne.
[14] "En los tiempos confusos que estamos viviendo, toda la competencia y sabiduría teológica científica de aquél que debe hacer los las decisiones finales me parecen de importancia vital. Por ejemplo, creo que las cosas se habrían desarrollado de otra manera en la Reforma Litúrgica si las de los expertos no hubieran sido la última palabra, sino que, además de ellos, una sabiduría capaz de reconocer los límites de un simple "enfoque erudito lo hubiera juzgado" Benedicto XVI al Cardenal  Müller. https://rorate-caeli.blogspot.com/2018/01/for-record-benedict-xvis-letter-to.html#more.
[15] Quizás la causa más poderosa de la naturaleza atomizadora y desestabilizadora de los nuevos ritos es su vernaculización polimorfa en cientos de lenguas modernas. Esto, en y por sí mismo le ha dado el golpe de muerte al Rito Romano como tal,con deferencia a la fantasía de la 'hermenéutica de continuidad"  de Liturgium Authenticam. Sea lo que fuere el caso de las liturgias orientales, la sagrada liturgia es latina, y su latinidad, después de 1600 años no es un mero accidente, sino una propiedad de su ser. No puede haber un rito latino en lengua vernácula más que pueda haber un rito bizantino sin las letanías, el pan con levadura, y "las puertas! las puertas!"
[16] Podríamos parafrasear para nuestros propósitos el anuncio de Southwest Airlines: "Una liturgia sin corazón es sólo una máquina!
[17] Como lo he argumentado en mi libro Noble Beauty, Transcendent Holiness, especialmente en el capítulo 1.


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martes, 16 de julio de 2019

El Hiperpapalismo y la Mutación Litúrgica. 1

El Hiperpapalismo y la Mutación Litúrgica.

Un planteamiento contra la misa Novus Ordo



Por Peter A. Kwasniewski

Tomado de: roratecaeli.
Traducido por Roberto Hope

Parte I


Hace poco más de cincuenta años, ocurrió uno de los más cruciales y funestos acontecimientos de la historia de la Iglesia Católica — la promulgación de la Misa del Nuevo Orden, o Novus Ordo Missae, por Pablo VI en su Constitución Apostólica Missale Romanum del 3 de abril de 1969. Medio siglo después, es muy común oír a los clérigos conservadores decir algo como lo siguiente: "La reforma de la liturgia no es lo que impulsó la crisis post-conciliar en la Iglesia; más bien fue un relativismo doctrinal y moral lo que llevó a un caos litúrgico. La liturgia está hecha una ruina porque la doctrina y la moral están hechas una ruina. Puesto de manera coloquial, no se culpe al automóvil, cúlpese al chofer borracho. La Misa del Nuevo Orden y, además, todos los ritos sacramentales reformados: las bendiciones, los exorcismos, la Liturgia de las Horas — todo está bien en sí mismo, y si lo tratamos con la actitud apropiada y seguimos las 'mejores prácticas' podremos llevar una vida litúrgica verdaderamente católica, quitando las aberraciones doctrinales y morales que todos justamente condenamos. En otras palabras, podemos repicar y andar en la procesión. Novus es lo que hacemos, Vetus es como lo hacemos,

A mí me parece esto un caso de ingenuidad severa. Es fama que Joseph Ratzinger comentó que "la crisis que estamos experimentando en la Iglesia en estos días es debida en gran medida a la desintegración de la liturgia." [1] Y esta nueva crisis se deriva directamente de varias características problemáticas de la propia reforma litúrgica, y de los resultados que se han producido de ella.


El Costo de un Repentino Cambio Importante

El simple hecho de que, después de más de un milenio de estabilidad en la forma litúrgica, hayan ocurrido cambios repentinos e importantes en todos los aspectos de la liturgia, transmitió un mensaje: "Aun las cosas más importantes del catolicismo — las cosas que parecían ser permanentes y sólidas como una roca — pueden cambiar en cualquier momento siempre y cuando el Papa así lo desee."

Así es, la liturgia siempre se ha desarrollado lentamente y en aspectos pequeños, pero nunca en toda la historia del cristianismo oriental u occidental ha habido nada que remotamente se compare con la cantidad y calidad de los cambios que se vieron más o menos entre el 1963 y el 1973. Esto, en y por sí mismo, y muy independientemente de que pudiera  mantenerse que algunos de esos cambios hayan sido buenos o malos, tuvo un efecto desestabilizador catastrófico en la mentalidad de los católicos. Unos abandonaron la Iglesia para siempre, escandalizados, desmoralizados, desilusionados. Otros se mordieron los labios y aguantaron toda clase de insensateces. Otros más se quitaron el hábito (de manera figurada) y acogieron toda clase de experimentación litúrgica, de pluralismo y de subjetivismo con descabellado abandono. Todos los católicos fueron lastimados profundamente — un daño que es acumulativo y duradero como las heridas profundas que afectan a familias por generaciones, o como los defectos genéticos que se transmiten a la descendencia. Debido a la velocidad y escala de los cambios, la reforma litúrgica desató turbulencia, confusión y anarquía. Una fractura u herida se introdujo en el Cuerpo Místico, que no sólo no ha sanado, sino que se pone peor con cada década que pasa.

Nuestra facultad de razonar, mirando a través de los lentes de la filosofía, la psicología y la sociología, nos dice que un cambio colosal en la manera como los católicos rinden culto puede tener un, y sólo un, significado — específicamente, que lo que veníamos haciendo anteriormente era defectuoso, incorrecto, y hasta desagradable a Dios. Esto, de hecho, sigue siendo la postura de aquéllos que se oponen a la liturgia latina: ellos la consideran una forma inherentemente mala de culto, y no tienen miramientos para decirlo públicamente. Creo que los que amamos el Rito Romano clásico les debemos la cortesía de total transparencia, reconociendo con el mismo candor, que consideramos que el Novus Ordo es una forma inherentemente desarreglada de culto.

He oído a no pocas personas decir: "Ya dejamos atrás la temporada boba y ahora, décadas después, estamos alcanzando el correcto equilibrio. El Novus Ordo ya ha sido aceptado por la mayoría de los católicos, y llegó para quedarse, en tanto que los males del caótico post-Concilio han sido dejados atrás por un clero más joven y con mejor preparación teológica."

Esto es un hablar ingenuo y candoroso. Nada puede estar bien en el Cuerpo de Cristo en tanto la liturgia predominante de la Iglesia Occidental exista en un estado de ruptura ideológica, arqueologística, y cargada de innovaciones con respecto a la tradición latina que fue desenvolviéndose durante los primeros dos milenios del cristianismo. No se trata de "alcanzar el correcto equilibrio" — esa es una manera de hablar Newtoniana. Se trata de la diferencia entre un organismo y un mecanismo. No es sólo que la ruptura haya tenido lugar; es que estamos viviendo en un estado de ruptura. Es como la diferencia entre la Revolución Francesa, que tuvo lugar durante cierto número de años en el pasado, y el liberalismo y el laicismo, que nos ha perseguido y perjudicado desde entonces.

Algunos pudieran objetar: Si cambiamos de nuevo al culto tradicional católico romano ahora en 2019 ¿no seríamos culpables del mismo crimen, infligiendo un cambio repentino y trascendente en el Pueblo de Dios? ¿No tendrá esto también el efecto desestabilizador, de confusión y de anarquía? Mi respuesta es que los dos casos son enteramente diferentes. No niego que la grandeza de la liturgia católica heredada era obscurecida o marginada de mucha maneras antes del Concilio, y que el Movimiento Litúrgico original tenía unas propuestas legítimas para restaurar la grandeza, tales como la de privilegiar la misa cantada sobre la misa recitada, y alentar a los fieles a cantar las respuestas en la Misa. Sin embargo, la violencia infligida en la liturgia con las reformas de Pío XII y especialmente con las de Pablo VI, marcaron una transición de un estado de salud a uno de enfermedad, de uno de riqueza a uno de pobreza. Conforme la liturgia romana auténtica se re-descubra y se re-introduzca, pasaremos de dolencia a bienestar, de penuria a abundancia. Ambas transiciones sólo pueden calificarse como cambios enormes,  pero uno de ellos fracturó y lastimó, en tanto que el otro une y sana. El movimiento tradicional desea, en imitación de Cristo, "buscar y salvar aquello que se perdió." Por incómodo y difícil que pudiera ser para algunos, la recuperación de la tradición católica es saludable, inevitable, necesaria para la paz en la Iglesia, y hasta, diría yo, para su salvación.

¿Sobre qué base hago yo tan aventuradas afirmaciones? Dado que mi tiempo es limitado y estos son temas gigantescos, enfocaré mi crítica de hoy a tres áreas problemáticas — los males de la arbitrariedad, el hecho del contenido diluido y vuelto soso, y los peligros del hiperpapalismo  — para luego hablar de lo que podemos hacer para sanar el cuerpo lastimado.


Los Males de la Arbitrariedad

Todas las tradiciones litúrgicas, conforme se desarrollaron bajo la influencia del Espíritu Santo, adquirieron una fijeza de lenguaje y de ritual. Cual haya sido la improvisación una característica de la liturgia cristiana inicial, rápidamente cedió lugar, por obvias razones teológicas y pastorales, a formas definitivas expresadas en lenguaje sagrado, transmitido de generación en generación y venerado como la personificación de la sabiduría apostólica y patrística. Lea la historia de todo rito litúrgico y verá que no hay excepción a esta regla. 

La decisión, por lo tanto, de re-introducir una amplia latitud y variedad de opciones en la neo-liturgia romana fue un golpe dirigido contra la práctica y la conciencia tradicional de la liturgia, un golpe contra la oración pública, formal, objetiva de la Iglesia, y una confirmación del voluntarioso y del liberalismo modernos. [3]  En otras palabras, no desafió la arrogancia del hombre moderno, sino que capituló con sus proclividades. No es solamente una liturgia ideada para el "hombre moderno," visto como objeto exótico de evangelización que tiene poco en común con sus predecesores, es también una liturgia para la modernidad, permeada de los principios de Modernismo que fueron condenados por San Pío X en la Encíclica Pascendi Dominici Gregis. Estos principios condenados incluyen los siguientes: que la religión es primariamente un asunto de sentimiento individual, una intuición del corazón, una efusión inmanente o "necesidad" de lo divino; que cada época debe descubrir por sí misma el significado de la religión, lo cual reflejará la evolución en la conciencia del hombre; que la idea de doctrinas, reglas de comportamiento, y acciones litúrgicas fijas y estables no puede conciliarse con el progreso de la ciencia y de la filosofía; que lo milagroso y lo sobrenatural tiene que ser expurgado o, al menos, des-enfatizado; que el propósito de la Sagrada Escritura es provocar nuevas experiencias en nosotros de ser tocados por Dios, y que el propósito de los sacramentos es recordarnos de una cosmovisión ética y animar una conciencia de nuestro valor personal. Estos principios no sólo son diferentes de los principios del catolicismo sino que se oponen a él.

¿Cómo se representa el voluntarismo litúrgico en la práctica? En lunes puede uno rezar la Plegaria Eucarística II, porque el lunes es un día ajetreado; en martes tomemos la Plegaria Eucarística III,  a manera de que podamos mencionar en voz alta un par de santos conmemorados opcionalmente; en miércoles ¿por qué no nos la jugamos con la avant garde Plegaria Eucarística IV?, y si a uno le da por eso, en jueves podríamos ir con el viejo Canon Romano, que posee un raro encanto en sí mismo. 

De esta manera, la liturgia reformada eleva la voluntad y los sentimientos arbitrarios del celebrante al nivel de principio de culto público. Digo 'arbitrario' en el sentido estricto de la palabra, cualesquiera que puedan ser sus buenas o malas razones para elegir esta o aquella opción, no dejan de venir de él, y en ese grado socava la liturgia como obra de Dios y de la Iglesia, cuyo humilde ministro está el sacerdote llamado a ser. La paradoja surge de una lex orandi que obliga a quien la usa a desvincularse de una ley de movimiento y de dicción que le exige no obligarse a actuar o hablar de una o de otra manera,  que lo compele a ejercer una libertad inapropiada, en un campo en el que el alma y el cuerpo deben estar sujetos más obviamente a su Señor Celestial. [4]

En el Este Cristiano, los días en que se usan las diferentes anáforas están labrados en roca, no hay opciones. La misma práctica predominaba en Occidente: no obstante la variante regional particular de la liturgia latina que uno estuviese usando, siempre regía una regla de culto fija que todos los creyentes, lo mismo el clero que los fieles, habían recibido con reverencia de la tradición. De esta manera reflejaba la doctrina de la fe, recibida de Cristo, de los Apóstoles y de la Iglesia, no fabricada ni modificada para acomodarse a la conveniencia, los caprichos, o las teorías de persona, lugar o época alguna.

Así pues, de la misma manera como aceptamos de Nuestro Señor Jesucristo que tomar otra pareja cuando el cónyuge sigue vivo es adulterio, y de San Pablo, que los adúlteros no pueden sin culpa acercarse al Santísimo Sacramento ni heredar el reino de los cielos, también aceptamos que el Sacrificio de la Cruz nos fue transmitido en el misterio de la Sagrada Eucaristía, y que los apóstoles fueron los primeros sacerdotes, ordenados para perpetuar este misterio. No tenemos más razón para reverenciar el matrimonio o el don de la vida humana que la que tenemos de reverenciar la Eucaristía o la Misa de la cual es el centro; puesto en sentido opuesto, alguien que considere la liturgia como un artificio humano al que podemos hacerle remiendos en el taller, tarde o temprano va a tratar la moral como una construcción social que podemos manipular a voluntad. En este sentido, Amoris Laetitia del Papa Francisco es perfectamente consistente con el Missale Romanum de Pablo VI; y la abolición de la pena de muerte es consistente con la abolición de los exorcismos en el rito del bautismo.

Para aquéllos que tengan ojos para ver y oídos para oír, durante el último medio siglo, la Divina Providencia ha estado poniendo delante de nosotros la prueba más dramática jamás dada en la historia de la iglesia, de la verdad del axioma lex orandi, lex credendi, lex vivendi. El curso de nuestra oración no puede sino afectar el curso de nuestra doctrina, y el curso de nuestra doctrina necesariamente se derramará al campo de nuestro comportamiento. No es por nada que los profetas del antiguo Israel comparaban la idolatría y la violación del templo con la fornicación y el adulterio. Un cambio masivo en la lex orandi anunció al mundo la posibilidad, y de hecho la probabilidad de un cambio en la lex credendi, seguida de un cambio masivo en la lex vivendi.


Contenido Diluido y Vuelto Soso.

Además, está el hecho notorio de que mucho del contenido del nuevo misal sólo puede describirse como doctrina, música y ceremonial diluidos y, en comparación con el antiguo, como plato ligero, como el de una barra de ensaladas limitada.

La obra de Lauren Pristas ha demostrado con penoso detalle que las Colectas del misal fueron reescritas para atenuar o aun eliminar elementos dogmáticos, morales y ascéticos que se consideraban de mal gusto para el "hombre moderno", y para inculcar nuevos principios más al día. Así, las referencias al ayuno, a las mortificaciones del cuerpo, al desprecio del mundo, fueron eliminadas y reemplazadas con generalidades inofensivas. Es como si los reformadores, quizás cansados de la creciente des-armonía entre la tradición y la modernidad, hayan querido reemplazar el ayuno y la abstinencia literal con un ayuno metafórico del banquete del ceremonial católico y una abstinencia de la carne de las oraciones tradicionales.

Considérese por un momento esta sorprendente estadística: de 1832 oraciones en el Misal Romano tradicional, el 36% pasó al nuevo misal, y la mitad de éstas fueron alteradas después. El resultado es que sólo el 17% de las antiguas oraciones permanecieron intactas del misal de 1962 al de 1969. [5] Cómo puede esto ser considerado aceptable por cualquier conciencia católica está más allá de lo que yo alcanzo a comprender.

Lo que el Profesor Pristas demostró en lo concerniente a las Colectas de los domingos en los Tiempos de los Propios puede y ha sido demostrado con respecto a toda otra área de la liturgia. Uno podría ver el ciclo de los Evangelios en el usus antiquor, en las cuales tenemos homilías de San Gregorio el Grande y otros del primer milenio, da fe de su gran antigüedad y universalidad. Este ciclo nos fue quitado por los reformadores, para ser reemplazado con algo de su propia cosecha. El prefacio de los apóstoles fue transformado de un texto deprecatorio a un texto declarativo: en tanto que antes la Iglesia rogaba que el Señor, por intercesión de los Apóstoles, no desertara a su iglesia, ahora ella presume arrogantemente que Él no lo hará, independientemente de cuán mal se comporten sus pastores. El rito del bautismo, y por cierto, los ritos de todos los sacramentos, fueron modificados casi más allá de lo reconocible. Y la lista sigue. A todas partes donde uno mire, vemos la tradición suprimida, el desarrollo rechazado, lo novedoso buscado con alborozo. Cómo puede alguien, confrontado con este Everest de evidencia, argüir que no ha habido una ruptura.

Nuestro mundo está obsesionado con esto de poca grasa, aquello de bajas calorías; Pablo VI previendo aparentemente el Zeitgeist, nos dio una dieta litúrgica de poca grasa y bajas calorías. Casi todo cambio significativo en la liturgia fue en la dirección de simplificar, suprimir, abreviar, amputar. 

Pero Dios Todopoderoso piensa de una manera muy diferente acerca del tipo de culto que debemos darle y el tipo de sustento que Él quiere proporcionarnos. En el libro de Ezequiel nos dice: "Los sacerdotes y levitas ... han de acercárseme, para atenderme, y se levantarán ante mí para ofrecerme la manteca y la sangre" (Eze 44:15). En el Levítico sucintamente Omnis adeps, Domini erit (Lev 3:16), “toda la manteca es del Señor” Deo optimo maximo, “Para Dios lo más bueno, lo más grande" nada debe ofrecerse excepto lo que es más grande y mejor. El Salmista dice: "Que se acuerde de todas tus ofrendas, y que todo el holocausto quemado se haga manteca,° holocaustum tuum pingue fiat (Salmo 19:4), y nuevamente en el libro de Daniel: "Como en el holocausto de carneros y de terneros y de miles de corderos cebados, así sea hecho ante tu vista nuestro sacrificio en este día, para que te sea agradable (Dan 3:40). Cuando damos a Dios el mejor de los sacrificios, nos alimenta con lo mejor de Sí mismo: "Y los alimentó con la grasa de trigo, y los sació con la miel de la roca" (Salmo 80:17) un salmo que proporciona el Introito de la Misa de Corpus Christi: "Cibavit eos ex ádipe frumenti."  Uno de los grandes salmos cantados en los laudes lo pone de la mejor manera: Sicut adipe et pinguedine repleatur anima mea, et labiis exultationis laudabit os meum "Mi alma quedará saciada de manteca y tuétano, y mi boca te alabará con júbilo en los labios. (Salmo  63:6)

La manteca del sacrificio no es sólo Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo de María, quien es el mejor y más grande don de Dios, son también nuestros esfuerzos inspirados por Dios y unidos a Cristo, la plenitud de nuestras oraciones y alabanzas, bellas artes y artes serviles, nuestros movimientos físicos y nuestras elevaciones espirituales. El desarrollo de los ritos tradicionales litúrgicos de Oriente y de Occidente es el don más especial otorgado a la Iglesia por la Divina Providencia, porque Él lo amerita, lo demanda, y se deleita en la ofrenda más preciosa que los hombres podemos hacerle, y Él por lo tanto nos proporciona el sacrificio — no sólo de los nudos elementos del pan y el vino, sino del ricamente vestido, regiamente adornado, simbólicamente denso acto de culto que Él causó que apareciera en medio de Su templo a través de una larga historia de concentración y refinamiento cultural. Éste es el holocausto entero. Nuestros ritos litúrgicos deberían ciertamente ser como "miles de corderos cebados." [6]

Cuando la vemos con cariño y con piedad, hallamos que lo que la tradición nos ha dado es mucho mejor que todo lo que hubiéramos podido proponer por nosotros mismos, sin importar cuántos "expertos" pudiéramos reunir en un comité y cuánto músculo papal pudiéramos poner detrás de ello. 

El Oficio Divino — digamos los Laudes y Vísperas — proporciona un ejemplo irrefutable de la magnificencia más que humana de una forma lentamente madurada de cantar las altas alabanzas a Dios. Los versos ondulantes de los salmos, cantados en los ocho tonos gregorianos con sus terminaciones que varían sutilmente, las preciosas antífonas que los enmarcan, la gentil edificación hasta un capítulo, un himno, un versículo, la antífona Benedictus o Magnificat, el cántico del Evangelio, y las oraciones finales... Nada que pudiéramos jamás inventar sentados alrededor de una mesa sería capaz de compararse con ello en su musicalidad cautivadora, su coherencia estructural, lo acertado de su contenido, su saturación bíblica, y su integración con la misa. Y obsérvese que ni siquiera he comenzado a hablar de la indescriptible riqueza de los innumerables arreglos polifónicos del Oficio, la Misa y los textos devocionales de toda descripción, la sublime arquitectura de los edificios construidos para albergar estos rituales y reverberar con su música, los frescos, las esculturas y los vitrales que los llenan de compañeros silenciosos, y narrativas silenciosas; las innumerables vestimentas, vasijas, y accesorios hechos para el altar del sacrificio, donde el Rey y Centro de todos los Corazones reina victorioso en su cruz.

La liturgia latina asimiló y absorbió la riqueza intelectual y artística que encontró en su curso triunfal por el mundo, dominando toda cultura con su propia atractiva gravitas. La reforma litúrgica, por el contrario, a nombre de la accesibilidad y adaptabilidad a las varias culturas, indonesia o polinesia, californiana o nebraskana, despojó a la liturgia de su vestimenta propia, de sus ornamentos, y de sus símbolos de autoridad, y la dejó desnuda como una esclava, expuesta a cualquier agenda para ponerla a su servicio. Bien pudiéramos llamar a esto un ejercicio de exculturación, ya que su resultado no fue un enriquecimiento ni una renovación, sino una destitución, una evacuación. En palabras del profeta Jeremías: "¿Puede una doncella olvidar sus ornamentos, o una novia su vestido? Sin embargo, mi pueblo me ha olvidado por días sin número" (Jer 2:32). Cualesquiera que hayan sido los problemas antes del Concilio, cuando esta sala de culto público fue barrida y puesta racionalmente en orden, fue infestada con siete demonios peores que el primero (cf. Mateo 12:43-45).

Tales maniobras representan nada menos que un asalto frontal contra la verdad de la tradición cristiana y su confiabilidad para hombres de toda condición y época. Habría sido diferente si el misal romano hubiera sido aumentado con algunos nuevos propios para nuevos santos, o lecturas feriadas para el Advierto. pero los reformadores desmantelaron y re-configuraron la totalidad del misal, del breviario, del Rituale, y del Pontificale, reteniendo, re-escribiendo o descartando material ad libitum de conformidad con sus opiniones teológicas privadas. El extremado uso de parches y remiendos, o la re-configuración de viejos textos en oraciones nuevas, se volvió un deporte desafiante de la muerte, al cual los reformadores se abandonaron con alborozo.

Considerando las nuevas lecturas, las nuevas antífonas,  el uso de la Oración Eucarística distinta del Canon Romano, etc. la divergencia entre el rito clásico y el moderno es tan grande que es posible celebrar la Misa del Nuevo Orden de una manera que comprendería sólo un 10% de coincidencia con respecto a la del rito antiguo.

Hagamos por un momento este experimento de reflexión: Imaginemos la Liturgia Divina de San Juan Crisóstomo como nuestro punto de partida. Ahora, eliminemos la mayor parte de las letanías; sustituyamos una anáfora recién compuesta (con sólo las palabras de la consagración quedando igual); cambiemos la kontakia, la prokeimena, la troparia, y las lecturas; reduzcamos grandemente las oraciones sacerdotales, las incensaciones, y los signos de reverencia y, ya que estamos en eso, demos el cáliz y la cuchara a los laicos, para que puedan comer como adultos.

¿Podría alguien en sus cinco sentidos decir que ésta sigue siendo la Divina Liturgia Bizantina, en sentido significativo alguno del término? Sí, podría ser "válido," pero sería un rito diferente, una liturgia diferente. Sólo por si acaso, digamos que también eliminamos el iconostasis, le damos vuelta al sacerdote, le quitamos alguna de su vestimenta y la reemplazamos con una fea, y reemplazamos todos los tonos comunes de los cantos ordinarios con nuevas melodías que recuerdan a la de las comedias musicales de Broadway o a canciones de protesta anti-Vietnam. Así, no sólo tendríamos un rito diferente, sino una experiencia enteramente distinta. No es el mismo fenómeno; no es la misma idea (en el sentido en que el Cardenal Newman da a la palabra "idea"); no es una expresión de la misma cosmovisión; ciertamente no es la misma religión, ya que religión es la virtud por la cual damos culto a Dios con palabras, acciones y signos exteriores.

(Continuará)

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