Impide Fuentes Indeseables


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by Tejji

lunes, 29 de abril de 2019

Spain Left to Chance


By José Antonio Primo de Rivera
Taken from Las Cadenas de Obligado
Translated from the Spanish by Roberto Hope

In very few parties is there a lack of a useful man. What there is no remedy for is the party system. We have seen this repeatedly in the succession of experiments which has been our lot to bear, and we will see it again in the next elections.

The experience — which on the other hand has done nothing but to confirm what reason had already announced — can be formulated with the exactitude of a law of mathematics. There is no possible politics, nor possible history nor possible homeland if every two years everything is put to revision motivated by some election.

The great historical architectures have been at least the work of a lifetime of a leader or a king. Most of the time they have been the work of an entire dynasty. In some other places, it has been that of a revolution which has imposed its principles and has stuck to them during forty or fifty years by the succession in power of men anointed by the right of the revolution itself. If it is not that way, all effort is useless, neither two nor five years is time enough to accomplish anything, and it is well known that popular impatience leans every two years or every five to change its posture. There is no time period without some discomfort, and the simple judgment of masses always tends to receive what is good of any period of time as a natural and free thing but to see what is bad a consequence of the ineptitude of the rulers. Rulers are never judged for what they have done but for what they have not done. This way, as there is no one in the world who is capable of doing everything that is imaginable, nobody is free from merciless criticism for everything he has not done.

This criticism of what is lacking, this crying for what remains is the best source for that set of fallacies, injustices, fabrications, called electoral propaganda. The most famous builders of nations would have not concluded their work if every two years or every three, in full effort, when it was still so difficult to glimpse their final outcome would have had to submit themselves to the irresponsible direction of all the demagogues in all the taverns in all the towns.

The suffrage system not only suffers all of the vices of demagogy, but it stimulates them. To gain votes it is necessary to excite the electors. Between one candidate and another, strifes to death are struck: each of the two has to increase the dose of the excitant posed by the rival. When the known reserves are exhausted, it becomes necessary to make use of new venoms not previously tested. There are political drugs such as nationalism, which maybe would never have appeared had they not have been required by some candidate, in an electoral trance, to flagellate the sensibility of the voting masses, perhaps already weakened by the abuse of other worn out drugs. 

There cannot be a single normal man that defends in good faith this diabolical system. Only hating the people can one wish to have a system which turns them into a field of experimentation for all the imbeciles, ambitious, frenzied, spongers, and phonies. On a guileless, tender popular mass, prone to credulity and rage, the storming of all the electoral scum, skilled at the game of torture and deception is allowed. Some candidates will come out triumphant, and others defeated, from the ones and the others little will be known until the next elections; but in their wake will remain, poisoning the souls, enormous stores of rancor without possible relief, because demagogues, in order to feed the rancor, inflame unrealizable appetites.

Why is it that the public sale of drugs or pornographic novels is not tolerated while this free market of political narcotics is tolerated? It is tolerated simply because a State which admits this system does not believe in itself nor in its proper justifying mission and to have the injustice of its existence be forgiven, has to simulate that its own existence is put at stake every two or three years. Our State, which will have the conscience of its great mission at the service of Spain´s eternal unity, will not let Spain be exposed to this turbid fate in the urns.

domingo, 21 de abril de 2019

Las fuerzas de Dios y de los sinDios


Por Gary Potter

Tomado de https://catholicism.org/forces-of-god-and-ungod.html
Traducido del imglés por Roberto Hope

En estos días oímos incesantememte que la nación está dividida, y de hecho lo está. Sin embargo, nunca oímos de la división que más importa en el largo plazo. No es la división entre conservadores y liberales (mucho menos entre los dos lados de una misma moneda que son los Republicanos y los Demócratas) o entre el capitalismo y el socialismo o entre los blancos y la gente de color. La más importante en nuestra sociedad es la que existe entre los bautizados y los no bautizados. Podemos hablar de estos dos bandos como las fuerzas de Dios y las fuerzas de los sinDios.

No debemos pasar por alto que hay cristianos bautizados que son tibios en su práctica de la religión, o que no hacen esfuerzo alguno por practicarla. porque no es importante para ellos. Siendo el Universalismo la herejía dominante de nuestra época, muchos pueden suponer que estas almas están destinadas al Cielo junto con las que son santas, pero en realidad, el Señor reserva sus palabras más duras en la Sagrada Escritura para los tibios y los indiferentes. "Por cuanto son ustedes tibios, y ni calientes ni fríos, los vomitaré de mi boca" (Apocalipsis 3.16). En la política (no la política electoral sino en el sentido de ser el medio por el cual se gobierna la vida de una sociedad) estos bautizados  — estos ateos en la práctica  — no sirven de nada excepto para los sinDios, de los cuales son propiciadores.

El que los sinDios parezcan llevar la ventaja en estos días no es precisamente una ilusión. Después de todo, los frutos de su activismo  — el aborto legal, el divorcio sin justificación, el matrimonio homosexual legal y otros signos de la falsa noción de "progreso"  — abundan. Ya que ése es el caso, podemos preguntarnos por qué recurren cada vez más a la vigilancia total de la ciudadanía, como cuando la Agencia Nacional de Seguridad monitorea todas las llamadas telefónicas y correos electrónicos; y a limitar el discurso público, como cuando los que luchan por defender a la familia natural son etiquetados de "incitadores de odio," de "homófobos," y de "fascistas", y se les impide dar conferencias en los recintos universitarios. Si uno verdaderamente cree que uno y sus ideas son correctas al grado de ser inatacables ¿por qué recurrir a mecanismos de represión? ¿qué tan grave amenaza es para un gobierno la que puede plantear gente tan irrazonable que sostiene que un pueblerino que vivió en Palestina hace dos mil años es Dios?

De hecho, hay buenas razones para que los sinDios se sientan nerviosos aun cuando todavía sigan completando victoriosamente una nueva vuelta al circuito. Basta con que señalemos una. Y es que su laicismo significa su derrota final. Esto lo sabrían excepto que no son meramente ignorantes de las lecciones de la historia, sino que deliberadamente las rechazan. Todo lo que enseña el pasado está fuera de moda a su parecer.

En verdad, lo que la historia enseña es que las grandes civilizaciones que perduran y las sociedades estables que surgen de ellas tienen en su eje una religión. Eso fue así en la gran civilización greco-romana que fue el semillero de la civilización cristiana — en el Oriente al igual que en el Occidente — que siguió a la Encarnación y duró desde Constantino hasta la Ilustración con su racionalismo científico (y el liberalismo político que manó de ella) y está encarnado ahora en el globalismo laicista liberal de los sinDios.

No es necesario consultar la historia para discernir esta Verdad. El comunismo sinDios se hizo del poder en  Rusia en 1917, y en sólo setenta años — en el tiempo de vida de personas que aún viven y que lo vieron con sus propios ojos — se vino abajo.

No nos explayemos en eso de que, con el fin de probar su pretensión de que era posible crear una civilización duradera sin religión alguna, los soviéticos sinDios estaban dispuestos a ver perecer, o mandar a la muerte, a millones de hombres y mujeres, porque ellos, al igual que los globalistas laicistas sinDios, no los percibían como seres humanos, la cúspide de una Creación terrena, llena de significado y propósito divinos. Para los soviéticos sinDios no eran más que simples engranes en la maquinaria económica de un Plan Quinquenal u otro. Para los globalistas liberales laicistas, son simplemente consumidores.

Más que explayarnos en los horrores perpetrados por los Soviéticos sinDios, o desalentarnos  inquietándonos continuamente sobre los éxitos de los globalistas liberales laicistas, miremos hacia las actuales fuerzas de Dios e inspirémonos en ellas. Podemos, por ejemplo, considerar la maravillosa resurgencia del cristianismo en Rusia, una vez que el dominio de los soviéticos sinDios fue roto. El setenta porciento de los rusos de ahora han manifestado a los encuestadores, que son religiosos o muy religiosos. Noventa y cinco porciento afirma que apoyan y respetan a la Iglesia Ortodoxa Rusa. Más de 35,000 parroquias han sido abiertas en los años desde que Vladimir Putin llegó a la presidencia. Seis mil seminaristas están siendo preparados para ser ordenados. La ley rusa refleja el resurgimiento religioso ruso y lo alienta. En 2013, el Presidente Putin promulgó una ley que establece hasta tres años de prisión por ïnsultar los sentimientos de los creyentes católicos." Ese mismo día se promulgó otra ley que prohibe la "propaganda homosexual" en Rusia. Putin tambén ha firmado legislación que prohibe el aborto después de doce semanas de gestación y está trabajando con la Iglesia Ortodoxa Rusa hacia el día en que todo aborto será ilegal.

Muchos, incluyéndome a mí, quisieran que Moscú y Roma estuvieran unidos, pero una persona tendría que estar loca o ser un sinDios para creer que el mundo no está mejor con una vibrante Rusia Ortodoxa en lugar  de la URSS sinDios. En todo caso, el día de la unión no se acercará mientras las palabras más memorables que se han oído de Roma son "¿Quién soy yo para juzgar?" Además, el catolicismo ha tenido su propio resurgimiento en numerosos países, y esto a pesar de lo que exactamente esté pasando en el bando "progresista" en esos días. Este resurgimiento es notable, especialmente en la intersección de la política y la cultura y la religión en esos países.

Un ejemplo sobresaliente es Polonia. En 2016, los obispos de ese país, en una ceremonia a la que asistió, y en su participación orando, el Presidente Andrez Duda, proclamó solemnemente a Nuestro Señor Jesucristo como Rey de esa nación. Naturalmente, las leyes de Polonia reflejan su reinado. Su constitución prohibe el matrimonio del mismo sexo. Las compras en domingo están siendo eliminadas gradualmente y serán abolidas el año próximo cuando todos los negocios serán cerrados en el Sabbath. Contrariamente a ciertos reportes de noticias falsas, las fronteras de Polonia no están cerradas a la inmigración. El país recibe gente de todas las razas, siempre que los inmigrantes estén dispuestos a cumplir y proteger sus costumbres, tradiciones y cultura fundadas en el cristianismo católico.

Qué lástima que los polacos no hayan podido sacudirse de su enemistad histórica hacia Rusia. Esto pone a los dirigentes del Partido Ley y Justicia, que ahora ocupa el poder, en oposición a sus contrapartes de toda Europa: El primer ministro húngaro, Viktor Orban, que describe a su país como una "democracia cristiana;" Marine Le Pen, presidente del Frente Nacional de Francia, quien actualmente está apareciendo en las encuesta adelante del presidente globalsta Emmanuel Macron; el joven y dinámico Canciller de Austria, Sebastian Kurz; Matteo Salvini, de Italia, quizás la estrella más brillante de todo el creciente número de dirigentes nacionalistas y populistas del continente, y hasta Nigel Farage, de Inglaterra, quien acaba de formar un nuevo partido político, el Partido Brexit, para presentar candidatos para las elecciones del Parlamento Europeo del mes que entra — todos ellos expresan admiración por, y se ufanan de tener amistad con, Vladimir Putin.

Sea como fuere, todos ellos, junto con los polacos y otros, están conduciendo el continente, el corazón del cristianismo, hacia una Primavera Europea. Su florecimiento pleno será una gran victoria de la fuerzas de Dios sobre las de los sinDios.

sábado, 6 de abril de 2019

La Pascua es

por Lenora McWhorter
Traducido del inglés por Roberto Hope

La Pascua es el retorno de la primavera
Cuando renace la naturaleza 
Las plantas brotan, las aves cantan
Todo lo que vive vuelve a prosperar

La Pascua es sobre la Cruz en el Calvario
Donde Jesucristo fue crucificado
Cuando Él jamás conoció pecado
Por nosotros fue que sangró y murió a la Cruz clavado

La Pascua nos habla del amor de Dios
Y del sacrificio que Él mismo ofreció
De cómo Dios dio a su Hijo para que muriera
Y así del pecado la deuda pagada fuera 

La Pascua representa la Resurrección
Cuando el precio extremo Buen Jesus pagó 
Para que podamos empezar de nuevo
Todo por el Cristo que resucitó

Elevamos a Dios nuestra alabanza 
Y le damos gracias por así amarnos
Fue la muerte conquistada y la tumba derrotada
Y Jesús vivirá siempre por toda la eternidad

La Nueva Misa Cumple 50 Años


Tomado de https://mundabor.wordpress.com
Traducido del inglés por Roberto Hope

Esta deformación obscena, satánica de la Misa es fruto de la mentalidad — en sí misma obscena y satánica — que quiso renovar lo que había funcionado siempre tan bien hasta entonces; como si estuviéramos en la necesidad de una misa nueva como de un auto nuevo o un nuevo tostador.

Después de 50 años, los resultados del sabotaje están a la vista de todo mundo. La pérdida de lo sagrado de la misa creó una pérdida general del sentimiento religioso. Las payasadas infantiles que ocurren ahora han destruido el sentido de lo sagrado e — igual de importante — de la autoridad. Luego de 50 años, la mayoría de los católicos piensan que es normal que ellos decidan qué está bien y qué está mal de lo que la Iglesia cree. El sentido del pecado ha más bien desaparecido por completo, y reemplazado por un vago sentimiento de creer que Dios les perdonará todo y les dará un pase express al cielo porque aman.

Todo este desorden brota del sabotaje de la misa, y éste, por su parte, se originó de la voluntad de sabotear la Iglesia de Cristo. Francisco es un representante típico de esta era, aunque uno muy perverso. Él simplemente odia el catolicismo y la Iglesia, lo cual no le ha impedido vivir a costa de ella durante toda su condenada y desperdiciada vida.

No se equivoquen, no hubo inocencia en esto. Esto ha sido un sabotaje planificado, perpetrado por hombres perversos que odian todo lo que la Iglesia es y representa; muchos de ellos, por ser homosexuales o de hecho sodomitas; muchos otros, porque han perdido la fe, si alguna vez la tuvieron, y se sienten bien con una existencia cómoda del lado del mundo, con su conformismo, sus errores y sus prejuicios.

La Nueva Misa debe desaparecer, y ser recordada sólo por el atroz e impío acto de rebelión que ella constituye.

No es de sorprender que el Papa que suscribió esta perversidad haya sido canonizado por las fuerzas perversas que están detrás de este movimiento diabólico

Mundabor

lunes, 1 de abril de 2019

The Church at the Present Time


By Father Julio Meinvielle  (Argentinian priest, 1905- 1973)


Conference delivered by Father Meinvielle in Buenos Aires on August 3, 1968. After more than fifty years, It has not lost any of its actuality, and it is useful for us to be able to understand that the current crisis in the Church is not something new, but something that took off with Vatican Council II, though it must have been brewing a few decades before.


Transcribed and translated by Roberto Hope from a recording available in Spanish at https://adelantelafe.com/la-iglesia-la-actualidad-p-julio-meinvielle-conferencia-del-030868/ as well as at http://www.gloria.tv/media/Wzw1aE7TkLx and perhaps some other sites.


Our topic is: 'The Church at the Present Time.' Evidently, this is a topic of great significance in this time of confusion inside the Church. This confusion is already in the dialectics which has tried to enter the Church itself, between the Pre-Conciliar Church and the Post-Conciliar Church. To the Post-Conciliar Church, in the mind of those who call it so, the Pre-Conciliar Church is something that should never have existed. The Church had been wrong until now. With this, they are trying to liquidate and bury two thousand years of Christian history; two thousand years, with its richness of doctrine; its Fathers, its Doctors, Christ Himself. They are trying to liquidate the richness of the Sanctity of the Church, its holy martyrs, confessors, virgins; saints in married life, in all professions of life, which have sanctified her with their heroic virtues. They are trying to liquidate the works of charity and mercy which the Church has practiced in these two thousand years. They are trying to bury the artistic richness of the Church in its liturgy, in art, in architecture, in music.

This is why, ladies and gentlemen, it is necessary to examine the present moment in the Church. First,  in the plans of men, and then, in the plans of God. In the plans of God, I say, because Christ admonished us to look at the signs of the times, to learn from the parable of the fig tree: "when its branches are tender and new leaves grow, you will know that Summer is near." And today, when confusion is invading the Church in a sinister and somber way, something strange from God is about to happen. 

In the first place, ladies and gentlemen, to understand the present Church it is necessary to keep in mind the parable of the grain of mustard seed. Said Christ Himself: "The Kingdom of Heaven is like a grain of mustard seed, which a man took, and sowed in his field; though being it the smallest of all seeds, yet, when it grows, it is the largest of the garden plants and becomes a tree, so that the birds come and perch on its branches.” This is the Church of Christ. It was a seed, quite small, planted by Christ. But of all human institutions, it is the most sublime and glorious with the passing of the centuries. It is the bride of Christ.

The Church, in its life over the course of the centuries, goes carrying out that teaching of Saint John the Apostle to the seven churches of the apocalypse: to the church of Ephesus, to the church of Smyrna, to the church of Thyatira, to the church of Pergamon, to the church of Sardis, to the church of Philadephia and to the church of Laodicea. 

First is the church of Ephesus, the church born impetuous, the church of the Apostles. Ephesus means that: impetus. Already, Paul the Apostle, in year 57 of our era, would write to the Romans, “How! Have you not heard the preaching of the word of Christ?” and he answers, “Certainly yes! Throughout the world. His voice has been spread, up to the confines of its proclamation." All the Roman world and the Greek and the barbarian had learned about the person of Christ.

After the church of Ephesus comes the church of the martyrs, when the great champions of the faith gave witness to Christ. It is the Church of Smyrna. Smyrna means grief. With the grief of their suffering, they bear witness of their knowledge that Christ is God. And the great Bishop Saint Ignatius, being taken in chains from Antioch to Rome toward the end of the first century, to be delivered to the beasts, can clamor “Oh, saving beasts which are prepared for me, when will you come? when will you be let loose? when will it be granted to you to feast on my flesh? I am wheat of Christ, I will be bitten by the fangs of the beasts to be turned into clean bread”. The splendor of the church of the martyrs lasted from Our Lord’s passion through year 300 of our era. It was great and glorious; not just because of the blood that was shed, but for the blood that was shed in honor of Jesus Christ, savior of men, Christ was the first martyr of the Christian faith, shedding the blood that saves humanity.

Next comes, ladies and gentlemen, the church of Pergamon and the church of Thyatira. The church of Pergamon is the church of the doctors, of the great doctors, and the church of Thyatira, the church of the Christian splendor, of the medieval splendor. The church of Constantine inaugurates the public recognition of the Church of Christ, and the two great powers on earth, the political and the religious, are joined together in harmonious unity for the construction of the Christian City. First, of Christian Europe, which will hear the evangelical voice of the Fathers and the Doctors; of Saint Irenaeus, of Saint Basil, of Saint John Chrysostom, of Saint Ambrose, and of the great Saint Augustine. Christian Europe which will live the greatness of the Christian City founded on the two powers. Christian City which will culminate in the splendor of the thirteenth century, the splendor of Christian politics, of Saint Louis, King of France, of the great pontiffs Gregory I, and Innocence III. Christian City which will culminate in the splendor of the Christian philosophy of Saint Thomas Aquinas. Christian City which will culminate in the splendor of the medieval art of Fra Angelico, of the Gothic cathedral. Christian City the praise of which has been made by Pontiff Leo XIII in his Immortale Dei, so that it stays firmly engraved, defying the foolishness of the progressivists who abominate Christendom. Says the great pontiff: “Christian Europe civilized the barbarian nations and made them replace their ferocity with docility; their superstition with Truth. It rejected victoriously the invasions of the Mohammedans, and kept the scepter of civilization, and has been accustomed to be the guide to the world on human activity, and teacher of the rest, and has graced the peoples with the true liberty in its varied forms, and very wisely has created numerous works to alleviate the misfortunes of men. That great benefit is due, without possible doubt or discussion, to the religion which backed the initiatives of such great undertakings and contributed in carrying them out. They would have endured certainly”, the pontiff goes on, “even to our day, these same benefits. If both powers had maintained their concord and with much more reason …. If they had embraced the authority, the magisterium and the orientations of the Church with greater loyalty and constancy; the words of Ivo de Chartres to the Roman Pontiff Pasqual II should be respected as a perpetual norm: ‘when the civil power and the priesthood live in good harmony. the world is well governed and the Church prospers and flourishes. But when they are in discord not only the small things do not prosper but also the great things themselves decay miserably.’ Christendom, in the harmony of the priesthood, which lasted over one thousand years. from the time of Constantine and Charlemagne to the Modern Revolution.” Revolution that has been undertaken by the enemies of the Church against the Christian order. Modern Revolution of the Renaissance and of the Reformation, when man no longer wants to adjust his life to the evangelical law, but only to that of pure reason and of nature. Revolution which reaches the sixteenth, seventeenth and eighteenth centuries. Revolution of man. Revolution for the exaltation of man against God. Humanism against Christocentrism. 

Then the modern revolution of liberal capitalism. The Church of Sardis. Sardis is the place where Croesus was born, the man famous for his riches and for the accumulation of gold in the pagan world. Modern revolution of liberal capitalism, where man no longer wants to adjust himself to the law of plain reason but to that of instinct, of the pure liberty, and of avarice. The accumulation of wealth, and then, the only preoccupation of man becomes accumulating wealth. He no longer fulfills that precept of the Lord: “Seek the kingdom of God and His justice and everything else will be given to you in addition.” What comes first now is the accumulation of capital and, as it is clear, the accumulation of capital in a minority of privileged men has to fall necessarily, in the opposite pole, on the accumulation of misery and ruin of the majority of people. The modern revolution of liberal capitalism has to produce and engender necessarily the third revolution. The communist revolution in which man, ridden of God, ridden of the sensitive enjoyment of liberalism, is adjusted to the slavery of the collective society.

Then we see, ladies and gentlemen, the process of degradation in which man is falling. From the supernatural, he falls into the naturalist city; from this, into the society of capitalism; from the economic society of capitalism into the society of communism. We then find ourselves today at the end of the third revolution, of capitalism and of communism. The last remains of capitalism are being liquidated, and we are entering resolutely into the slavery of the machine society, the technocratic society of perfect functioning in which each man will have his dose of work, his dose of pleasure, his dose of culture. And in the religious, in the cultural, in the political, in the economic realms, he will adjust himself to the functioning of a perfect clockwork. In the current society, man is being conditioned in all aspects, and especially in the psycho-technical aspect: a great function of brainwashing is being fulfilled through the communications media to make of man a simple robot who reacts automatically to the stimuli given to him, to level the thinking of man, the feelings of man, the machine society.  

Christendom, meaning to say the human world under Christ, will then be completely liquidated. The world will live a perfect society, with the perfection of a mechanism, but man will have been turned into a robot. He will go on calling himself free, but he will never have been so much enslaved.

So here, ladies and gentlemen, the development of the World. First, the Church flourishing; then, the Church subdued. But now, at this moment, the struggle which the enemies have undertaken against the Christian world, against Christendom, to create the naturalist society of the fifteenth, sixteenth and seventeenth centuries; to create the liberal city of the nineteenth century and the communist city of the twentieth century. Now the blows come against the Church from within the Church itself. This is the significance of the current  progressivism; of the progressivist Church, of what is happening with this phenomenon of the progressivist Church: the Church encouraged by the great theologians, the publicized theologians: the Congars, the Rahners, the Schillebeeckxs, the Hans Küngs; all those theologians who appear in the newspapers, publicized by the propaganda. In progressivism, there are also great cardinals, public figures: Cardinal Suenens of Lowain, Cardinal König of Vienna, Cardinal Bea, of course; the enemies of the Church, Freemasonry and Communism have entered inside the Church. and are committed to the destruction of the Church. In this task are implicated, I repeat again, high cardinals, high bishops, eminent priests, renowned theologians, and prominent laymen.

The struggle is carried out on all fronts and with all weapons; the intention is to liquidate the Church. On the doctrinal front, there is no Catholic truth that stands unquestioned these days.  It is being affirmed that sin no longer exists, that original sin does not exist, that Adam and Eve did not exist, and that man lives in a continuing evolution, from a primeval matter he is ascending to ever higher states of conscience and perfection. Teilhard de Chardin, the spokesman for this evolutionary progressivism is in fashion, as you all know. 

The teaching of Apostle Paul is denied in consequence: “From one man has sin entered the world; from one, Christ, enters grace and life”. In attacking original sin, all Catholic dogmas are attacked, since, if man is not born a sinner, if no sins come to the world, then no need is there for salvation. Christ is superfluous. There is no redeemer. Many theologians question the person of Christ, they question the Incarnation, they question the resurrection. With the famous theory of Bultmann, that everything is a myth, that the miracles are myths, the figures in Scripture are myths, the parables are myths, Christ’s resurrection is another myth, the adorable person of Christ is questioned, the Virgin Mother is questioned, she is dispossessed of her privileges, of her virginity, of her immaculate conception, of her glorious Ascension. And this, not from an isolated theologian, but from many theologians, and that teaching is later repeated in the seminaries, in the houses of formation. That teaching is repeated by the Dutch Catechism, by the French Catechism which was approved by a vote of 104 bishops against one.

Not being there sin, no reason is there for the sacraments, it is not then necessary to baptize children; the sacrament of forgiveness and penance is not necessary; and there are priests who advise people not to go to confession, that fornication is not a sin, that masturbation is not a sin. The Eucharist is questioned, transubstantiation, that is, the change of substance from that of bread to that of the body of Christ and the change of substance from that of wine to that of the blood of Christ. The Holy Mass is not the sacrifice of Christ but a liturgical dinner which gets ever closer to becoming a spectacle or a show. 

This is the situation of the Church. And, so that you don’t think that I am exaggerating, on March 31, 1967, the New York Times reported in this way some of the errors that circulate in the Church nowadays: “Many Dutch theologians hold that the perpetual virginity of Mary is a myth; it is more modern to believe, it is said, that Christ was the Son of Mary and Joseph. The Dominican theologian Edward Schillebeeckx, peritus in the Second Vatican Council, proposes that Christ’s resurrection cannot be the physical recomposition of His body, but a kind of spiritual manifestation, it pleases more to believe that the Resurrection has been the impact of the personality of Christ over His disciples and of His presence in the hearts of Christians.” Of course, in negating so fundamental a dogma as Saint Paul says: “If we do not believe that Christ resurrected, vain is our faith.” What do we believe in, then? Dutch theologians reject original sin as an inherited spiritual stigma, and they say that it has to be seen instead as a symbolic expression of the fact that humanity is sinning and that the world is imperfect. For these reasons, it is that these thinkers question the need of baptism for children. “To say that a human being is condemned or is born condemned is nonsense”, adds lay theologian Daniel de Lange, Secretary of the Ecumenical Center of Holland. "Heaven and Hell", says Dominican Theologian Willem Van der Mark, “this does not worry us at all.”

At the same time, ladies and gentlemen, that doctrine is questioned, the fundamental dogmas of the Church, the corruption of customs is encouraged. Up to now, chastity, virginity, were an adornment of the Catholic Church; priests’ celibacy, virginity in the women religious. All this is now questioned. And you see priests mobilizing for the suppression of celibacy, and women religious mobilizing to introduce sexual topics in their convents. And now Freud enters the Church as a holy father and regulates the sexual doctrine of seminarians, religious and clerics. There is the famous case in Cuernavaca, of an entire Benedictine monastery where Freud’s psychoanalysis was allowed to enter; of course. all that was finished and Le Mercier ended up getting married and having the marriage ceremony held in Cuernavaca itself.

It is affirmed that what matters now is love. Love is the raison d’etre of life, of marriage, Well, what love? Any love, especially that which is most imperious, the purely carnal love. If the reason of being of marriage is love, anti-conception is then justified, since conception is a burden and a strain. Divorce is then justified since, after some time has passed, couples can cease to love each other. Homosexuality is justified since there are men who cannot find love in women but in other men, and there are women who cannot find love but in other women. And this, which seems to be nothing but a whimsical idea, has been taught publicly by a Dominican, Father Pauwels, who has broadcasted it in Lowain through radio and television. And someone gets to say this which I am now about to read textually, taken from Il Borghese review of April 20, 1967: “Today, a new attitude is necessary, even though it has not yet been accepted by the Church. I believe that many theologians and many faithful would wish to advance one step further. True, this new doctrine has not been officially approved, its supporters want to accept and assist homosexuals, as is with all other human beings, in their initiative to live well, as well the ones as the others. I would like to propose to adult homosexuals, as a kind of ideal, to set and attain in their lives a relationship of stable friendship, take care one of the other, assume one the responsibility of the other, in the economic plane and in social life, and also attain a union of sentiments, and also, since it is about men and not of creatures of pure spirit, express those sentiments in the erotic and sexual plane in a manner that is congenial to them.” And you know there has been a case in Holland, of a public celebration in a church, of the union of two homosexuals. The photograph has been published by the Le Figaro daily of Paris. 

One gets stupefied in hearing that a theologian, invoking theology — theology is used for anything these days, except for putting us in communication with God —, can utter these aberrations, and utter them publicly, without anyone calling him to account. This as to what refers to sexual corruption.

There is also social corruption. It is here where another Holy Father has been introduced in the Church: Karl Marx, doctor of the Church’s social doctrine, invoked by revolutionary priests and bishops who, as standard bearers, have Camilo Torres, Che Guevara, Fidel Castro, Mao Tse Tung. And this, you can read in the newspapers every day. Revolutionary movements of priests and bishops in Brazil, Uruguay, Chile, in our own Argentina, in all of Latin America. There is also the famous bishop, Helder Camara. Famous also was there one here; better not to name him. 

The most horrifying case of these all is the case of a  French Dominican, Father Chardonnay, of Montpellier, who gets to state that, today, there are no things of faith nor are there things of God. What is important now is that the Church give herself to the masses, to melt with the masses, and work for the liberation of the masses. God, so they say, is nothing other than the divinization of the obscure forces that act on humanity. God is in the workingmen masses which struggle for their liberation. There is God and there is Christ. And the priest must convert himself, then, into a revolutionary. 

I ask where is this Church heading which alters Catholic dogmas; which encourages the practice of free love, since, teaching that the reason of being of marriage is the purely carnal love, is then encouraging free love; which preaches social revolution. Where is this Church heading which has turned itself into a factor of subversion? Because this is the truth; the naked truth. The Church has become a factor of corruption. I feel sorry for the parents of families, who are to send their innocent sons and daughters to religious schools or to parish catechesis, that they should not find there a priest or a nun who exposes their children to lose their innocence. In the past, parents could feel very safe to send their children confidently to catechism in their parish or a religious school. Now they can no longer feel safe. And so you can see I am not exaggerating in this, I will read to you a note on some public actions of the Most Excellent Cardinal Raúl Silva Enríquez and of the order of Saint Ignatius, which damage the Church gravely, compiled by Salvador Valdez Volandés. "Christmas of year 1977. Santiago, Chile." It says, among other things, the following: “We have in our hands Vea Magazine of July 28, 1966, which in full pages, with photographs, deals with a hot topic: Its title is: 'A Sensational System of Sex Education with double effect is being practiced by the elegant Jesuit school of San Ignacio (a kind of our local Colegio del Salvador) with their high school youngsters and their parents to open their children’s eyes' and it goes on: “Mother Georgita, head of the seventh high school at San Ignacio Arriba, tried to explain human reproduction among 11 to 13-year-old children. The principal, Father Santiago Marshall, prefect Francisco Arrau, director of preparatory — not of humanities, and Fathers Conrado and Itakashi formed the robed team, plus the psychologist from Colegio Jaime Moya” then follows a long, crude list of what such persons teach the young children and their parents, since those experts in sexology think they know more about sexuality than the children’s parents themselves. 

At Colegio San Jorge, a high school, they have recently given the students an assignment on the topic of the Ninth Commandment. Since sexual teaching has to be done with pictures, one of the children, sharper perhaps than the rest, painted a couple in bed and a man watching them through the window. This is how they teach them that they shall not covet their neighbor’s wife. By the way, prostitution is a favorite topic in the teaching of congregational schools in our capital city.

The women religious at Colegio Cristiandad have debated in forums of parents, nuns, and students: What is best, to exercise sexual relations before or after marriage? This and other similar or worse topics have produced the natural adverse reactions of the parents, plus the comments which are ignored only by the members of the Catholic Hierarchy. 

In Revista Mensaje, the official organ of the Jesuits in Santiago de Chile, which finances its heavy losses, Father Gerardo Platt, SJ, its deputy director since a few years ago, rates current films and he takes pleasure of intimate scenes of couples in bed in a form proper of an abnormal person. Said father, forming part of a jury to award prizes to the best pictures in contests,  enumerates ten films, almost all of them with sexual and scandalous topics per ratings of Catholic Action. This is to demonstrate that a father or a mother cannot send their children, except with very great scruples, to Catholic schools and parishes. And that which happens in Chile also happens here in many places, 

Where is the Church heading, which has turned into a factor of subversion? It is heading toward a Christianity accommodated to a world which proclaims the death of God. That is, God has died, God does not exist, and so, one has to live the life — even Christian life as if God did not exist or had died. It is no longer necessary to believe in a transcendent God, according to Protestant theologian Tillich; it is not necessary to believe in a supernatural God, according to Protestant theologian Bultmann; it is not necessary to believe in a religious God, according to theologian Bonhoeffer.

Christianity will no longer have to occupy itself with religious issues. The salvation of the soul will no longer be of interest. A short time ago, a church here in Buenos Aires had a sign at the door reading: “Do not occupy yourself with the salvation of the soul. Occupy yourself with the social problems”. And then the Christian will occupy himself with the problem of hunger, with the problem of Vietnam. That is, he will convert himself into a communist revolutionary, but nothing about the salvation of the souls. A Christianity without churches, without a priesthood. 

In the last few years, eighteen thousand churches have been decommissioned in France. This has been just published by Paris magazine Monde & Vie. And it is even being talked about having Chartres Cathedral demolished because it is said to be a triumphalist church, a medieval church.

All this progressivism in doctrine, in sexual and social matters, all this progressivism is boosted by all of the world’s communication media. We can see it at the local level, magazines Panorama, Primera Plana, Confirmado, Extra, Análisis, Selecciones, etc., etc. do nothing but promote progressivism. Television and radio roundtables, Catholic publications, the entire psycho-technical apparatus, all this is strengthening this progressivist church, these priests who now want to make us forget two thousand years of the Church and introduce us in the Post-Conciliar Church.

We are at a decisive moment. We are in the process of liquidation of the Church, we are passing from the Church of Sardis — the Church of which Saint John talks in the Apocalypse — to the Church of Philadelphia, to a new Church. 

Of course, at this moment it is necessary to have, to hold firmly, the teachings of the Pope. The Pope teaches that there are particularly two things that cannot be put into question; Tradition and the Magisterium of the Church, and the constituting laws of the Church, with the consequent abidance of the pastoral government which Christ established and which the wisdom of the Church has developed and widened. 

"In consequence," adds the Pope, and this on May 25, 1968, "while there must be renovation, modernization, dialogue with other Christians, and religious liberty; there can be no alteration in the traditional dogmas, nor free subjective theology, nor embrace other negative principles of other Christian confessions, nor freedom of conscience as a principle of religious truth." Likewise, recently, on June 29, when he reaffirmed the immutability of doctrine and made that amplified creed in which he ratifies the essential truths of the Church.

But above all what I want to stress is the meaning of the last encyclical, Humanae Vitae, which refers, as you all know, to the problem of contraception. A key central problem because it affects what is the most intimate of man, the intimacy of the family. The thesis of contraception had on its favor the report of the majority of great clerics, psychologists, sociologists, publicized theologians, cardinals of great accomplishment in the world, bishops, priests, great laymen, with favorable propaganda in all kinds of environments all over the world. Humanly, the contraception thesis would appear to have come out triumphant: that is, it is now legitimate to use contraceptives to prevent births, the normal fruit of marriage, which are the children. With this, the natural law would have fallen like the relic of the past of a prudish conscience. The immutability of the Teaching of the Church would have also fallen in a similar manner, and the changes of the Post-Conciliar Church were about to win out. Moral changes, doctrinal changes, the evolving church of Teilhard de Chardin would have triumphed. 

With contraception, the world forces which had the Pope and the Church imprisoned, or not imprisoned. but which intended to imprison them, would have also triumphed. And the Pope was not, or would have not been, the Pope of Jesus Christ, but that of the Masonic and Communist forces which had taken over the Church and which directly from Rome were going to dictate the dogma and morality to the New World. 

This is what humanly could have been expected in the Pope’s teaching on this topic. But, lo and behold! God assists the Church with a special protection. And Paul VI, vicar of Christ, overcoming his weakness of the flesh and his pendular character, senses being assisted by the Holy Spirit and, courageously, proclaims that contraception opposes natural law. And the Pope proclaims thus: he who reflects rightly “should also recognize that an act of mutual love which impairs the capacity to transmit the life which God the Creator, through specific laws, has built into it, frustrates His design, which constitutes the norm of marriage, and contradicts the will of the Author of life. Hence, to use this divine gift while depriving it, even if only partially, of its meaning and purpose, is equally repugnant to the nature of man and of woman, and, consequently, is in opposition to the plan of God and His holy will.”

With these words of the Pope, not only is the question settled, but it also is that the Church, the Roman, Catholic, and Apostolic Church arises as a sign of contradiction before the world. The intentions of the enemies of the world to imprison Jesus Christ and His Church are left shattered and in disarray. The Pope is free before the forces of the world. 

And protests start pouring in into Rome; protests of the modern theologians, those so publicized, Hans Küng, the great Swiss theologian; Gregory Baum, who had prominent participation in the declaration in favor of the Jews. Protests of the major world organizations, of the Organization of American States, and of U Thant. But compliance with the moral law, far from bringing misery and hunger as the OAS proclaims, should bring about a reduction of human selfishness, the cause of misery and hunger. Man is today in the technological condition of giving food and shelter to all of the people who populate the earth. If it does not, it is because of the selfishness of a few who, in their desire to accumulate, prevent the satisfaction of the majority. It is then necessary to get to the root of the evil. The root lies in selfishness. And selfishness is also what is explaining all of the proposals for contraception.

We are passing, gentlemen, from the Church of Sardis, the Church of Croesus, the Church of accumulation of wealth; accumulation of the capitalist world; accumulation of the communist world. We are passing to the Church of Philadelphia. In these coming years and coming months, great things will happen in the world. We are heading toward the splendor of the Church. The splendor is announced by the Marian messages. Since 1830, when the Virgin appears in the miraculous medal to Labouré, then in La Salette, then in Lourdes, then in Pontmain, then in Fatima. The Virgin announces always the same: pray, do penance; the great seers of the moment, especially the great seer and miracle worker Father Pio, Don Bosco and Don Orione, Saint Grignion de Montfort, announce that a great time for the Church is coming. Grignion de Montfort speaks to us about saints, great saints who will leave behind the saints we have known, will leave them behind as the cedars of Lebanon leave the smaller trees; that is, a time of very great spiritual intensity in the world will come, when sanctity will flourish, chastity, virginity, and the great virtues of heroism, of which the Church has given example at all times.

Now, the Church has been reduced to silence. I mean the True Church, the Traditional Church, the Church of all the Councils, from the Council of Nicea through Council Vatican II. The Traditional Church is silent. She cannot talk because publicity has her drowned.  Something great is happening because recently the Holy Spirit has given strength to the Holy Father to defy world publicity and speak, and speak clearly, setting forth the doctrine of all times of the Catholic Church.

To conclude, ladies and gentlemen, I am going to read some words by Don Orione, the saint of charity; not yet officially a saint but a very holy soul. Says Don Orione in one of his writings:  “Let us not be among those catastrophists who believe the world is going to end tomorrow. Corruption and moral evil are great indeed. But I hold and firmly believe that the last one to triumph is to be God and that God will triumph using infinite mercy. God has always triumphed that way. We will have new heavens and new earth. The society restored in Christ, and it will appear younger and more brilliant, and it will appear reanimated, renewed and guided by the Church. Catholicism, which has been filled with the Divine Truth, with charity, with youth, with supernatural force will rise in the world and will put itself at the head of the nascent century to conduct it to honesty, to faith, to civilization, to happiness, to salvation.  A great era is about to come, this by the mercy of Jesus Christ our Lord, and by the heavenly and motherly intercession of Most Holy Mary, I see a grandiose monument raising, not founded on sand, a luminous column of the revealed charity over the Church, over the sole and eternal indestructible rock ‘petra autem erat Christus’. To this era, to this grandiose and never before seen triumph of the Church of Christ, we, in spite of our being minimal, must put in the contribution of our whole life. In whatever is in our power, we ought to prepare it, hurry it with unceasing prayer, with penance, with sacrifice, with the transfusion of our faith and our soul, especially to the young generations, in particular that youth which is the child of the common people and which is in greater need of religion, of morality, of being saved.”

That's all.

lunes, 11 de febrero de 2019

Un Tercer Testamento

Por Malcolm Muggeridge
Traducido del inglés por Roberto Hope

Parte 2

San Agustín

354 - 430 DC

Cuando a principios del siglo quinto después de Cristo fue Roma saqueada, Agustín estaba en la cúspide de su fama como Obispo de Hipona en el África del Norte. Confrontado con la disolución del Imperio Romano, como nuevo Noé, estaba obligado a construir un arca; en su caso, la Ortodoxia dentro de la cual su Iglesia pudiera sobrevivir los días obscuros que se avizoraban en el horizonte.
Gracias en gran medida a Agustín, la luz del Nuevo Testamento no desapareció con la luz que había dado Roma, sino que permaneció en medio de los escombros del imperio derruido, para iluminar el camino de una civilización nueva, la Cristiandad, de la cual ahora somos los legatarios.
Fue como si él hubiera sido preparado especialmente para esa tarea. Templado en el fuego de su propia sensualidad, curtido por sus arduas exploraciones de las herejías de su época, era un maestro de la palabra escrita y hablada, que él ofreció al servicio de Dios, pidiendo antes a Dios que le diera los medios para ofrecerlo.
A los ojos de San Agustín, Roma estaba en el pináculo de la historia. La veía como un estado secular llevado al grado más alto de perfección, proporcionando el único marco de vida tolerable para la humanidad. Si desapareciera de la escena humana, si una catástrofe así de impensable fuese a suceder, dejaría detrás de sí, no otras alternativas de civilización, sino un vacío, una obscuridad.
El Norte de África de la época de San Agustín participaba de esta gloria. La ciudad de Cartago era una pequeña Roma. Las cosechas abundantes, las ciudades y los puertos florecientes, las diversiones y los espectáculos, todo ello significaba su participación en el Imperio Romano, el cual para Agustín era el mundo entero.
Agustín nació en el año 354, unos cuarenta años después de que el Cristianismo se convirtiera en la religión reconocida del Imperio Romano bajo Constantino.
El lugar donde nació era un distrito montañoso en el norte de África, la provincia romana llamada Numidia, en alguno de los muchos pueblos pequeños que se esparcían en lo que era una campiña rica y exuberante.
Su padre, Patricio, pertenecía a las clases medias y era razonablemente pudiente, excepto que era víctima de la muy excesiva imposición de tributos que caracterizó a esos angustiosos años. Era un hombre rico que permaneció pagano hasta finales de su vida, cuando ya en sus últimos años fue bautizado como Cristiano.
La madre de Agustín, Mónica, por otro lado, era una cristiana de una tremenda piedad. Sin duda, sus devociones y meditaciones llevaron a que Agustín no cumpliera el deseo de su padre de que llegara a ser un abogado exitoso o un servidor público, sino que, como ella lo deseaba, dedicara su vida al servicio de Cristo y de su Iglesia. Ella lo hizo un santo, y la santidad de él, a su debido tiempo, dio como resultado el que ella fuera canonizada.
Sus estudios progresaron con facilidad. Sobresalía y muy pronto se hizo profesor de retórica — una pretenciosa y vacua disciplina que en esos tiempos era considerada muy elevada, así como en nuestros días se considera la sociología. Recordando su profesión, la calificaba despectivamente como de vendedor de palabras. ¡Ay, mi propia profesión!
Para fines del siglo cuarto, la decadencia que había aquejado a Roma se había extendido a las provincias de África, especialmente al gran puerto y metrópoli de Cartago, en cuya universidad Agustín estudió y luego fue profesor. De ahí que decidiera pasar a Roma, pues decía que los estudiantes cartagineses eran demasiado turbulentos — un toque muy contemporáneo.
Para un provinciano como el joven Agustín, el Mediterráneo habría parecido como la puerta al mundo más amplio de Roma. Después de todo, él era un hombre muy ambicioso, y en su época, como en la nuestra, la eminencia como hombre de letras o como académico podía llevar a puestos de gran poder y responsabilidad.
También, creo yo, quería eludir el ojo vigilante de su madre, Mónica, y gozar libremente de lo que Pascal más tarde llamaría "lamer la tierra," y el mismo Agustín, después de su conversión, describiría como "rascarse la comezón que produce la irritación de la lascivia." Entonces, para evitar la pena y la vergüenza de despedirse de su madre, una noche se escabulló y, atravesando el mar, llevó consigo a su amante y a su hijo, Adeodato. Desde cualquier punto que se le vea, lo que hizo fue algo demasiado cruel, y su posterior arrepentimiento por haber hecho eso fue muy grande.
En Roma, con facilidad se rodeaba de los personajes más famosos de la época, y le fue designada la Cátedra de Retórica en Milán. Esa designación lo puso en contacto con la Corte Imperial, y — aún mas importante desde el punto de vista de su carrera posterior — con el famoso y santo Obispo, Ambrosio. De manera que a la edad de treinta años, había alcanzado la cima de una carrera con una perspectiva deslumbrante ante él. Pero por alguna razón, permanecía enteramente insatisfecho. Llamaba su designación universitaria su "cátedra de mentiras", sabiendo en su corazón que Dios tenía algún otro propósito para él y que, hiciera lo que hiciera, nunca habría de escapar su verdadera vocación.
Los juegos y el teatro romanos se habían convertido en espectáculos extremadamente caros, de violencia y erotismo, como son las películas y cada vez más la televisión en nuestros días. A juzgar por la manera como, después de su conversión, Agustín perdió una oportunidad de tronar contra tales espectáculos, es razonable suponer que de ninguna manera era él inmune a su atractivo. Hay también una narración conmovedora en la autobiografía de Agustín, las Confesiones, acerca de un amigo que, con gran esfuerzo, había logrado romper una adicción a los juegos, fue engatusado para ir a verlos, se animó a abrir sólo un ojo, y con eso quedó nuevamente enganchado.
Los templos paganos seguían funcionando, pero pocos eran quienes asistían a ellos o les hacían caso. Las iglesias cristianas ya bajo el patronazgo del estado, no eran lo suficientemente fuertes para contrarrestar, o siquiera para siempre resistir, la atmósfera predominante de lujo, violencia y auto indulgencia. Con su disposición sensual y su mente inquisitiva, Agustín estaba poco dispuesto a mantenerse al margen, aun cuando cierto prurito intelectual y físico le prevenía de sucumbir totalmente a una forma de vida que seguramente lo habría destruido.
Es más fácil para nosotros adentrarnos en la incorregible piel de Agustín que lo que quizás habría sido para las generaciones que nos separan. La semejanza de las circunstancias de él con las nuestras es asombrosa, por no decir que alarmante. Existe la misma fatuidad, que lleva a la misma insensata pasión por experimentar nuevas sensaciones y tener nuevas experiencias; la misma fatua credulidad que abre camino a toda clase de charlatanerías y curanderismos, desde los que adivinan la suerte hasta los psicoanalistas; la misma combinación siniestra de enormes riquezas y ostentación sin sentido, conviviendo con espantosa pobreza y aflicciones desatendidas. Como escribió Agustín, "Oh hombres avariciosos ¿qué les satisfará a ustedes si Dios mismo no les satisface?"
Sabemos cómo es. También sabemos que para un temperamento tan sensual e imaginativo como el de Agustín, entregarse al placer sexual tiene el mayor atractivo precisamente porque ofrece una clase de éxtasis fraudulenta — placeres que expiran cuando se apagan las luces de gas neón.
"Nada es tan poderoso," dijo él cuando ya era obispo, "para arrastrar el espíritu del hombre como las caricias de una mujer." Él hablaba desde el punto de vista de su experiencia y, por lo que a mí toca, me adhiero a esa opinión.
Las Confesiones de Agustín son en verdad la primera autobiografía, en el sentido moderno de la palabra. Por esa razón sabemos más de él que de ningún otro personaje de la antigüedad. Desde luego, no es sólo una narración de su vida, también es una relación de su búsqueda de la verdad: En consecuencia, el punto culminante en él, al menos desde su punto de vista, es su conversión. Pensaba naturalmente, como San Pablo, que esta conversión ocurrió en un momento particular, pero en realidad fue el resultado de un largo proceso que había comenzado desde antes de que él se diera cuenta de ello.
Conociendo su naturaleza, Mónica se había apresurado a seguir a su hijo a Milán para cuidarlo, y orar por la redención de su alma. Además, algunos de los amigos que hizo entre los divertidos, los cultivados y los bien nacidos, resultaron ser cristianos, hecho que le llegó como por sorpresa a Agustín, quien en el Norte de África había asociado al cristianismo con los pobres y con la gente baja. En Milán un gran administrador romano, como Ambrosio, podía renunciar a su carrera para hacerse obispo, y herederas ricas podían deshacerse de todos sus bienes en favor de la Iglesia.
Fue bajo la influencia de Ambrosio que Agustín comenzó a estudiar las escrituras, observando en particular el significado espiritual de las historias del Antiguo Testamento, que anteriormente habían hecho poca impresión en él. Esto jugó un papel importante en su liberación final de la herejía del maniqueísmo, y finalmente en su conversión.
El clímax de la conversión de Agustín ocurrió en un jardín en Milán, y su realización en otro jardín en el campo. Creo que le han de haber gustado mucho los jardines, donde para él la verdad se hacía notar más claramente. Antes, sin embargo, hubo un episodio en el proceso que llevó a su conversión, que ameritó mención especial en sus Confesiones:
Mi miseria era completa y recuerdo cómo un día Tú me hiciste ver qué tan extremadamente malvado era yo. Estaba preparando un discurso elogioso del Emperador, con la intención de que incluyera muchas mentiras, que ciertamente habría de ser aplaudido por un auditorio que sabía bien qué tan alejado de la verdad era lo que quería decir. Estaba muy preocupado por esta tarea, mi mente estaba febrilmente ocupada con los hostigantes problemas. Cuando caminaba por una de las calles de Milán, noté a un pobre mendigo que seguramente, supongo yo, ya había comido y bebido a satisfacción, pues estaba riendo y bromeando.
Contrastando sus dos condiciones — la de él tan atribulada, y la del mendigo tan alegre — dijo en desesperación, "¿habré algún día de dejar de poner mi corazón en las sombras y seguir una mentira?"
Su angustia y contrición son demasiado actuales para mí, después de más de cuarenta años en el mismo tipo de profesión.
No obstante lo cual, la mente de Agustín seguía estando ocupada con pensamientos de fama y de prosperidad. Estaba planeando casarse con una mujer rica, habiendo despedido despiadadamente a la amante que se había traído de Noráfrica y que había vivido con él quince años, quedándose con su hijo, Adeodato, por quien chocheaba. Luego, las cosas llegaron a un punto crítico en el jardín de la casa donde vivía. Como el lo describió: "Ahora me encontraba impulsado por el tumulto dentro de mi pecho, para tomar refugio en este jardín donde nadie podía interrumpir esa lucha feroz en la cual era yo mi propio oponente, hasta que llegó a su conclusión."
En este estado de ánimo, de pronto oyó la dulce voz de un niño en una casa cercana. Si era un niño o una niña, no sabría decirlo, pero una y otra vez repetía "tómalo y léelo." Entonces se apresuró hacia donde había dejado un ejemplar del Evangelio, abierto en la Epístola de San Pablo a los Romanos, y leyó: "Nada de fiestas y borracheras, nada de lujuria y vicios, nada de pleitos y envidias: Más bien revístanse con el Señor Jesucristo. No gasten más pensamientos en la naturaleza ni en los apetitos de la naturaleza."
Agustín sigue: "No tenía deseo de seguir leyendo, ni necesidad de hacerlo, pues en un instante al llegar al final de la oración, fue como si la luz de la confianza hubiera bañado mi corazón, y toda obscuridad y duda fue disipada."
Nadie debe suponer que esta gran conversión que había tenido Agustín, esta luz que brilló en su vida y nunca más habría de dejarlo, lo había alejado de este mundo. Por el contrario, lo hizo más consciente que nunca de sus gozos y bellezas, más consciente que nunca del tremendo privilegio que era el habérsele permitido existir en ese tiempo. Hay un pasaje que me encanta en sus Confesiones, en el que se pregunta: "la tierra misma, los vientos que soplan, y todo el aire, y todo lo que vive en él... ¿Qué es mi Dios?" De manera semejante, pregunta al cielo, a la luna, a las estrellas: "¿Qué es mi Dios?" Nada de esto es Dios, se le dijo. Continuó hablándoles a "todas las cosas que están a mi alrededor, todas las que pueden admitirse por la puerta de los sentidos." Ellas también, se le dijo, no son Dios. Entonces por fin entendió: su belleza era toda la respuesta que podían dar, y la única respuesta que necesitaba oír.
Siguiendo su conversión, Agustín partió de regreso con Mónica hacia el Norte de África, resuelto a dedicar los años restantes de su vida enteramente al servicio de Cristo. Llegaron al puerto de Ostia y fueron detenidos ahí porque el Mediterráneo estaba infestado de piratas y ningún barco osaba hacerse a la mar.
Qué diferente era el Agustín que regresaba al África del Norte de aquél que había partido para Roma. Ahora estaba tan ávido de abandonar el mundo como lo había estado de lanzarse a él; buscando tan ardientemente la obscuridad como antes lo había hecho en pos de la fama.
Fue mientras esperaban en Ostia, que Agustín y Mónica tuvieron una experiencia mística extraordinaria, que él describe en sus Confesiones con una habilidad y un arte incomparables. Estaban en la ventana de la casa donde vivían, asomándose hacia el patio de abajo, conversando serena y gozosamente acerca de la vida eterna de los santos, quienes, concordaban ellos, "ningún placer corporal, por muy grande que pudiera ser y con cualquier luz terrenal que pudiera hacerlos brillar, sería digno de comparación, o siquiera de mención." Conforme hablaban de temas que abarcaban "todo el confín de las cosas materiales en sus diversos grados, hasta los mismos cielos" llegaron a sondear "la Sabiduría eterna, deseándola y esforzándonos por alcanzarla" dice Agustín, "con toda la fuerza de nuestros corazones"
Luego extendieron sus brazos y tocaron esta Sabiduría eterna, la cual, como la eternidad misma ni está en el pasado ni en el futuro sino simplemente está. La tocaron sólo para volver, dejando, dice Agustín, "nuestra cosecha espiritual unida a ella, al sonido de nuestra propia habla, en que cada palabra tiene un comienzo y un fin; muy, muy diferente de Tu Palabra, nuestro Señor, Quien permanece en Sí por siempre, y sin embargo, nunca se hace viejo y da nueva vida a todas las cosas." Quienquiera haya tratado de expresar, en palabras que tienen un comienzo y un fin, las perspectivas y la forma de esta creación en que vivimos, no puede sino sentirse asombrado de que un gran escritor como lo es Agustín, fuere a sufrir tal predicamento.
Fue después de esta experiencia, que Mónica le dijo a Agustín que no le quedaba ya nada por qué vivir: Dios le había concedido todos sus deseos, ahora que su hijo era Su sirviente, y desdeñaba aquéllos gozos que este mundo tenía para ofrecer. Nueve días después, había muerto, y Agustín, dejando sus restos mortales en Ostia, regresó al Norte de África para emprender lo que después habría de ser la gran obra de su vida. Esto habría de ser la tarea de nada menos que rescatar la fe cristiana de un mundo en ruinas, a fin de que pudiera proporcionar la base de una nueva, espléndida civilización, que habría de crecer en grandeza y luego, a su debido tiempo, flaquear y malograrse, como hombres que, olvidando la Sabiduría eterna que Mónica y Agustín habían columbrado en Ostia, pensaron encontrar en sus propios cuerpos mortales el placer de vivir y en sus propias mentes mortales el significado de su vida.
En sus Confesiones, en la última referencia que Agustín hace a su madre, pide a todos los que lean el libro que recuerden a "Mónica, su servidora, y con ella a Patricio, su esposo, que murió antes que ella, por cuyos cuerpos yo fui traído a la vida." A través de los siglos, Mónica ha sido debidamente recordada. En cuanto a Agustín, el resto de su vida lo pasó en África del Norte. Jamás volvió a cruzar el mar.
Su idea era reunir a su alrededor a unos cuantos amigos similarmente inclinados y compartir con ellos una vida monástica en su pequeña propiedad en las montañas donde nació. No habría de ser. Sus dotes eran demasiado famosas y demasiado preciadas, y la necesidad de dirección en la Iglesia, demasiado grande para él quedar en paz. Como dijo a su congregación muchos años después, cuando ya llevaba mucho tiempo de obispo, había venido a Hipona — uno de los muchos puertos pequeños que había a lo largo de la costa del África del Norte — a ver un amigo a quien deseaba persuadirle que se le uniera en la vida monástica. Como Hipona tenía un obispo, Agustín fue a la catedral no temiendo amenaza alguna a su propia vida privada, pero fue reconocido, sujetado, ordenado sacerdote y, a su debido tiempo, nombrado obispo.
Agustín lloró cuando, casi obligado, fue ordenado sacerdote. Probablemente habría tenido dificultad para explicar exactamente por qué esas lágrimas, pero una de esas causas era ciertamente su sueño perdido de una vida de oración y meditación, alejado de un mundo atribulado. Tenía cuarenta y tres años de edad cuando por primera vez ocupó la cátedra como obispo de Hipona. De ahí en adelante estuvo interminablemente ocupado en los deberes y responsabilidades de su cargo y en las frecuentemente irreconciliables controversias de su época.
Contemplando lo logrado por Agustín, uno se asombra. Al hacerse su obispo, en verdad se había vuelto el sirviente de su congregación — aquellos cristianos volátiles del África del Norte cuyos sentimientos él entendía muy bien. Predicándoles, con frecuencia a diario, empleando sus mañanas en adjudicar sus disputas privadas; estando constantemente disponible a cualquiera de ellos que tuviera necesidad de ayuda o de consejo, mientras tanto, llevando a cabo una enorme correspondencia — su carga administrativa era muy grande. Sin embargo era un hombre apartado de la conmoción que lo rodeaba.
A pesar de su gran fama y su intervención en tiempos difíciles, se mantenía en cierta medida aislado, como si a través de su propia santidad interna hubiera alcanzado la vida monástica que tanto deseaba.
Reuniones de la jerarquía del África del Norte llevaban con frecuencia a Agustín a la gran iglesia metropolitana de Cartago, donde presentó muchas de sus más grandes polémicas, poniendo sus resplandecientes dotes, sin reservas al servicio de su Iglesia.
Sus expresiones públicas y sus escritos están repletos de impresionantes y estimulantes frases, tan frescas y relevantes a nuestros oídos como lo fueron para aquéllos que las oyeron por primera vez.
"Esta es la puerta del Señor: los justos habrán de entrar" estaba escrito en el dintel de una iglesia en Numidia. Sin embargo, "El hombre que entre, " escribe Agustín:
"habrá de ver borrachos, avaros, embaucadores, jugadores, adúlteros, fornicadores, gente que lleva amuletos, clientes asiduos de hechiceros, astrólogos. "

Debe ser alertado de que las mismas muchedumbres que se apretujan en las iglesias en las festividades cristianas también llenan los teatros en las festividades paganas...

Donde quiera que se erige la imponente masa de un teatro, ahí se socavan los fundamentos de la virtud cristiana, y en tanto este insensato gasto da a sus patrocinadores un resultado glorioso, los hombres se mofan de los actos de misericordia...

Es sólo la caridad lo que distingue a los hijos de Dios de los hijos del demonio. Todos ellos hacen la señal de la Cruz y responden Amén y cantan el Aleluya, todos van a la iglesia y levantan los muros de las basílicas...

¡Quiten las barreras que las leyes imponen! y la capacidad desvergonzada del hombre de hacer daño, su ansia de auto complacencia se embravecería al máximo. Ningún rey en su reino, ningún general con sus tropas... ningún marido con su mujer, ningún padre con su hijo, podría esperar, mediante amenaza o castigo cualquiera, detener la disolución que seguiría al agradable sabor del pecar...

Dénme un hombre enamorado: él sabe lo que quiero decir. Dénme uno que añore; dénme uno que esté hambriento; dénme uno que esté lejos en este desierto, que esté sediento y aspire al manantial del País Eterno. Dénme esa clase de hombre: él sabe lo que quiero decir: Pero si le hablo a un hombre frío, él simplemente no sabe de lo que estoy hablando...

¿Están sorprendidos de que el mundo esté perdiendo el control? ¿De que el mundo se esté haciendo viejo? No se aferren al hombre viejo, el mundo; no se rehúsen a recuperar su juventud en Cristo, que les dice: "El mundo está muriendo, el mundo esta perdiendo control, al mundo le falta el aliento. No teman, su juventud será renovada como el águila."

Aun cuando nadie ha sido más insistente en la necesidad de practicar la pureza, de igual manera nadie ha sido menos puritano en el sentido peyorativo de la palabra. Todo en la creación deleitaba a Agustín. Hablaba a su congregación de los gloriosos colores cambiantes del Mediterráneo, que tan frecuentemente había contemplado. Todas las cosas creadas deberían ser amadas, insistía él. El mar, las criaturas, todo lo que existe, habla de Dios.
Era porque Agustín estaba tan consciente de lo universal del amor y de la presencia de Dios, que podía comunicarse fácilmente con hombres de todas las clases y condiciones. Por ejemplo, una vez les dijo a pescadores de Hipona:
No se les echará en cara el que, contra su voluntad, sean ustedes ignorantes, sino el que descuiden buscar qué es lo que los hace ignorantes; no que no puedan coordinar sus extremidades lastimadas, sino que rechacen a Aquél que las podría sanar.
También, como su Maestro, como los propios Evangelios, utilizaba imágenes cotidianas para expresar sus ideas. Como cuando comparaba los dones de Dios hacia nosotros con el que un hombre le regalara a su novia un brazalete:
Si ella se deleita tanto en el brazalete como para olvidar a quien se lo dio, será un insulto para él; pero si se deleita en el brazalete para querer más a quien se lo dio, eso es para lo que le fue dado el brazalete...
Damos por hecho el lento milagro por el cual el agua en la irrigación de un viñedo se hace vino. Es sólo cuando Cristo convierte el agua en vino, en un rápido movimiento, cual si fuera, que quedamos asombrados,
Y siempre estaba la campiña del África del Norte:
Cuando todo ha sido dicho y hecho, ¿hay una vista más maravillosa, una ocasión en que el alma humana esté más cerca de conversar con la naturaleza de las cosas, que el sembrado de las semillas, el plantado de acodos, el trasplantado de arbustos, el injerto de esquejes? Es como si se pudiera cuestionar la fuerza vital de cada raíz y en cada brote sobre lo que puede y lo que no puede hacer, y por qué.
Así pues, esta centelleante mente sigue viva en sus palabras. Palabras que toman en cuenta las épocas en que fueron escritas o dichas y los temores y ansiedades que esos tiempos generaban, pero que hacen a un lado las vacías esperanzas de moldear un mundo mejor por las meras esperanzas mortales de que un mundo mejor llegue.
Yo ya no deseaba un mundo mejor, porque estaba pensando acerca de la creación entera, y a la luz de este discernimiento más claro, he llegado a ver que, aun cuando las cosas elevadas son mejores que las cosas viles, la suma de toda la creación es mejor que las cosas elevadas por sí solas.
Agustín tenía cincuenta y seis años y estaba en Cartago, cuando, en el año 410, alguien vino a decirle que Roma había sido saqueada. Debe haber sido un momento dramático en su vida. Por supuesto, sabía que algo de ese tipo tenía que pasar y se había preparado para ello, así como a sus feligreses, tanto como había podido. "No pierdan la esperanza, hermanos," les dijo, "habrá un final para todo reino terreno, y si esto es ahora realmente el final, Dios lo ve." Aun así, siguió alimentando la esperanza de que, de alguna manera, eso no sucedería.
En nuestros tiempos, como en los de Agustín, hemos sido testigos de grandes desastres, y sabemos cómo sigue ardiendo la flama de la esperanza. Recuerdo bien una esplendorosa tarde de domingo en agosto de 1940, mientras caminaba en Camden Hill, oí el estruendo de la primera ola de la Luftwaffe alemana acercándose hacia Londres, y pensé, "No, no puede suceder."
Como muchos de mi generación, pensé que las ciudades de la civilización Occidental habían sido bombardeadas moralmente antes de que las verdaderas bombas comenzaran a caer. Pero Agustín amaba y reverenciaba a Roma. La veía no sólo como el símbolo de un gran imperio sino como la civilización misma — todo lo que había admirado y a lo que había aspirado cuando se desarrollaba como estudiante en la gran metrópolis. Roma era arte, literatura, todo lo que él quería alcanzar: era todo lo que el estadista francés Talleyrand describiría siglos más tarde, cuando atestiguó lo que pensaba que era la ruina de la civilización francesa, como douceur de vivre, la "dulzura de la vida."
El primer deber de Agustín era el de infundir ánimo en sus feligreses y evitar el pánico y la desmoralización que el torrente de refugiados que ya estaban comenzando a llegar de Roma al Norte de África, pudo bien haber ocasionado. En un sermón dado en ese tiempo, comparaba la captura de Roma por Alarico, rey de los Visigodos, con la destrucción de Sodoma, recordando a su auditorio que en este caso bíblico, todos habían perecido y la ciudad había sido arrasada por el fuego, para nunca más volver a existir. En Roma había muchos sobrevivientes incluyendo todos los que habían tomado refugio en las iglesias, siendo Alarico un cristiano arriano. Había habido una gran cantidad de destrucción, por supuesto, pero como lo observó Agustín, las ciudades están hechas de hombres, no de muros. Roma había sido castigada pero no destruida.
"El mundo," decía él "se tambalea ante golpes demoledores, el hombre viejo es sacudido fuera, la carne es presionada, el espíritu se convierte en aceite claro que fluye."
Luego pasó a la cuestión más profunda de las relaciones entre las ciudades terrenas, como Roma, que tienen su día, surgiendo y cayendo como todo en el tiempo, y la Ciudad Celestial o Ciudad de Dios, que es eterna. Esta cuestión le ocupó los siguientes quince años, casi hasta el fin de su vida, y resultó en la gran obra de su genio, La Ciudad de Dios, que directa o indirectamente influyó en el pensamiento de los cristianos sobre lo que le deben a Dios y lo que le deben al César, por los siguientes quince siglos.
Vivimos necesariamente, y siempre tenemos que hacerlo, en ciudades terrenas. Son nuestro escenario, nuestro medio, con la historia por nuestro guión. Al mismo tiempo, en toda la creación somos únicos en poder visualizar una Ciudad Celestial no susceptible a los estragos del tiempo, existente más allá de la obscura selva de la voluntad humana. Como lo dijo San Pablo y Agustín le hizo eco: "Aquí no tenemos una ciudad perdurable, pero buscamos que nos llegue una."
Desarrollando el tema, Agustín recorrió toda la historia humana como entonces era entendída. Sus conclusiones nada han perdido de su fuerza a la luz de lo que se ha inventado, concluido y especulado en los siguientes quince siglos:
Los siglos de la historia pasada habrían pasado como jarros vacíos si Cristo no hubiera sido predicho por ellos....
Estos fueron dos motivos que movieron a los Romanos hacia sus maravillosos logros: la libertad, y la pasión por el elogio de los hombres...
¿Qué más había en eso para ellos amar, salvo la gloria? Pues, por medio de la gloria, deseaban tener un tipo de vida después de la muerte, en los labios de quienes los elogiarían....
La Ciudad Celestial brilla por encima de Roma fuera de toda comparación. Ahí, en vez de la victoria, se encuentra la verdad; en vez de alto rango, santidad; en vez de paz, felicidad; en vez de vida, eternidad...
Tomemos a Aristóteles, pongámoslo junto a la Roca de Cristo, y se desvanece en la nada. ¿Quién es Aristóteles? Cuando oye las palabras, "Cristo dijo," entonces se sacude en el infierno. "Pitágoras dijo esto," "Platón dijo aquello." Pónganlos junto a la Roca y comparen a esta gente arrogante con Aquél que fue crucificado.
En nuestro estado caído, nuestra imperfección, podemos concebir la perfección. A través de la Encarnación, la presencia de Dios entre nosotros en los lineamentos del Hombre, tenemos una ventana en los muros del tiempo que ven a esta Ciudad Celestial. Esta fue la conclusión más profunda de Agustín y en su gran obra la consagró de manera imperecedera, para confortar y ser una luz en los días obscuros que se veían venir, cuando en el año de 430, los Vándalos, triunfantes, cruzarían al África, llegando a los muros de la misma Hipona, cuando yacía ahí él, ya moribundo.
Hoy la ciudad terrena se ve aun más grande, al punto de que puede decirse que se ha apoderado de la celestial. Apartándose de Dios, infatuada con la arrogancia generada por su fabuloso éxito en explorar y dominar el mecanismo de la vida, los hombres creen estar, por fin, a cargo de su propio destino.
Conforme sondeamos las consecuencias desastrosas de tal actitud, el caos y la destrucción que ha traído, como lo hizo Agustín con la caída de Roma y sus consecuencias, sus palabras de esa otra ocasión siguen siendo aplicables, como él lo dice, a todas las circunstancias y condiciones del hombre:
En su paso aquí, la Ciudad Celestial hace uso de la paz dada por la ciudad terrena. En todo lo que se relacione con la naturaleza mortal del hombre, preserva y de hecho busca la concordancia de las voluntades humanas. Refiere la paz terrena a la paz celestial, pues es en verdad esa paz la que por sí sola puede describirse como paz, pues es el más alto grado de fraternidad ordenada y armoniosa en el goce de Dios y de los demás en Dios. Cuando se alcanza esta etapa entonces habrá vida, no una vida sujeta a la muerte sino vida que clara y ... ciertamente es dadora de vida. Habrá un cuerpo, no un cuerpo que sea animal, que pesa sobre el alma conforme va decayendo, sino un cuerpo espiritual que no experimenta necesidad alguna y en todo subordinado a la voluntad.

Esta es la paz que la Ciudad Celestial tiene mientras está aquí en la fe, y en esta fe vive una vida de rectitud. Hacia el establecimiento de esa paz, refiere todas sus buenas acciones, sea que estén dirigidas hacia Dios o hacia el prójimo, pues la vida en esta Ciudad es total y enteramente una vida de hermandad.

domingo, 27 de enero de 2019

The Red Lives from the Faith

The Red Lives from the Faith


by Carlos Esteban RD

Taken  from https://elperroflautareaccionario.wordpress.com/
Translated from the Spanish by Roberto Hope

The left is a Christian heresy but doesn't know it, this is why it attacks the Father with Freudian fury.


Allow me an unforgivably frivolous unburdening: sometimes I wished that no more than a small handful of Christians were left in the West, something like it was two thousand years ago, and that for the world it were a memory not more alive or more recent than the gods of the Olympus or of Asgard. After a Christianized society — as that which built our civilization —  what is best is a society that completely refuses to recognize Christ, and the absolute worst, a post-Christian one, like the one we have to suffer.

Let me explain myself. The Church, in all it has of mystic, represents the defense of sanity, and the historical man has an evident tendency to permit the nonsensical, the irrational, to enter his social discourse, falling now in this madness and then on the opposite one from one age to the next. And on each occasion, the Church has reminded the World of the truth that had become out of fashion or that the world did not wish to hear.

And, by the Church defending it, it is magically turned into a "religious matter" and, consequently, subject to disdain, with no need for arguments: If relativism were to lead to question arithmetic, that two plus two is four would be turned into a "religious matter", I can imagine the banners "Get your religion off of our accounting!"

What's funnier — and more irritating — about all this question is that, those who resort to this despicable anti-argument are those on the left, a Christian heresy if there ever was one, an ideology so entirely incomprehensible without the Christian humus which in no other civilization has taken root but as part of a westernization process.

It turns out to be equally curious that, just as the left rejects questions of absolute common sense, or logic, or even of daily experience, as matters for priests, without allowing themselves to give them any serious reflection; they accept as incontrovertible premises and perfectly rational consequences of Christianity, those which no philosopher, no wise man. no thinker before Christ ever thought of sustaining. They are like an arsonist setting fire to the enemy's house without noticing that it is also his house.

That all men are equal, that there is a kind of dignity in suffering, that man and woman are entitled to the same natural rights, that individual liberty is a universal value, all these premises are as mystical, because of it not being possible to demonstrate them, as is the mystery of the Holy Trinity. Neither Plato nor Aristotle saw anything wrong with slavery, and Socrates was not exactly alone in thanking the gods for having been born a male.

In contrast, the fact that the individual is genetically identical to himself and that he does nothing other than grow with no continuity solutions from the union of the gametes is science. As it is that exclusive homosexuality is a statistical anomaly and an undesirable evolutionarily characteristic.