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lunes, 4 de mayo de 2020

Filósofo del Corazón

Dificultades por Todos Lados

Filósofo del Corazón

¿Puede Kierkegaard decirnos cómo vivir?

Por Christopher Beha

Tomado de Harper's Magazine, Mayo 2020: https://harpers.org/archive/2020/05/difficulties-everywhere-soren-kierkegaard-philosopher-of-the-heart-clare-carlisle/
Traducido del inglés por Roberto Hope


En este ensayo se hace una reseña del libro 'Philosopher of the Heart: The Restless Life of Søren Kierkegaard (Filósofo del Corazón: La vida inquieta de Søren Kierkegaard), por Clare Carlisle, publicado por Farrar, Strauss and Giroux. 368 páginas US$28.

A lo largo de la historia, la filosofía ha estado marcada por personajes que buscaban demoler los sistemas intelectuales que predominaban en su época — practicando una "filosofía con martillo" como lo dijo Federico Nietzsche — a fin de ver con ojos frescos los problemas humanos más apremiantes. Como lo describió Platón en sus primeros diálogos, Sócrates despotricaba contra los sofistas profesionales, que cobraban honorarios por ocuparse en lo que equivalía a juegos de retórica. En contraste, él simplemente caminaba por el ágora planteando cuestiones incisivas acerca del significado de la vida a cualquiera que le quisiera escuchar. Insistía en que no tenía conocimientos nuevos que impartir: su sabiduría radicaba enteramente en reconocer su propia ignorancia. Dedicó su energía a desconcertar creencias comúnmente sostenidas, más que a imponer las suyas propias, y se describía a sí mismo como una molestia, un tábano que picaba a la complaciente sociedad ateniense. Para mucha de esa sociedad, él era motivo de burla, pero también atrajo un importante número de discípulos, para quienes su ejemplo personal — su temperamento irónico, su resignación ante la pobreza, su desprendimiento de los asuntos mundanos, y en especial su ecuanimidad ante la muerte — significaba por lo menos tanto como el contenido de su pensamiento.

Desde entonces, los filósofos advenedizos han tendido a tomar a Sócrates como norma. Al igual que Platón, han difuminado la línea que separa los escritos filosóficos de los literarios, y han demostrado un talento para el tipo de perspicacia aforística que el público general ha llegado a esperar de los filósofos. Aun cuando con frecuencia son hostiles a la religión, todos se han interesado profundamente en lo que podríamos llamar "la cuestión de Dios". ¿Existe un Dios? Y realmente ¿qué significa para nosotros aquí en la tierra esa existencia o inexistencia? Han tenido relaciones ambiguas, o de plano adversarias, con los académicos, y en vida han sido frecuentemente ignorados o tratados como objetos de burla. En desafío de una disciplina que premia la imparcialidad y la objetividad, han reconocido abiertamente la conexión entre sus ideas y su experiencia. Una proporción asombrosa de ellos han muerto jóvenes, y con frecuencia son recordados más por sus intentos de vivir su filosofía auténticamente que por su filosofía propiamente. Como el campo se ha vuelto cada vez más especializado y sistematizado en la era moderna, estos personajes han sobresalido de manera más conspicua, llegando a representar una tradición en sí misma.

Nuestra época parece estar particularmente desesperada por encontrar lo que sea que esta tradición tenga que transmitir — la década pasada ha visto una superabundancia de libros sobre este tema. Libros tales como Examined Lives: From Socrates to Nietzsche de James Miller; Hiking with Nietzsche de John Kaag; I Am Dynamite (también sobre Nietzsche) de Sue Prideaux; A life Worth Living (sobre Alberto Camus) de Robert Zaretzki; The Weil Conjectures (sobre Simone Weil) de Karen Olsson; At the Existential Café (sobre Camus y Weil, y diversos personajes de la Rive Gauche) de Sarah Bakewell; The Existentialist Survival Guide (sobre más o menos todos ellos) de Gordon Marino; no son ni biografías convencionales ni tratados académicos. En lugar de ello, escrutan las vidas personales de estos pensadores buscando lecciones sobre "Cómo Vivir" (como el título de la vida de Montaigne del libro de Sarah Bakewell)

Søren Kierkegaard — sujeto de Philosopher of the Heart: The Restless Life of Søren Kierkegaard — es un ejemplo de la tradición de filósofo advenedizo, en cierto modo el fundador de la cepa moderna. Casi todos los libros enumerados arriba lo citan como precursor, y puede trazarse una línea directa de él a cada uno de los sujetos de esas obras. Aunque Nietzsche nunca lo leyó, Kierkegaard se adelantó medio siglo a las críticas de Nietzsche del cristianismo racionalizado de la Ilustración, y de la moral universal. Un biógrafo narra que Weil "no podía leer a Kierkegaard sin sentirse conmovida". Camus le debe a Kierkegaard su idea más influyente, el concepto de lo absurdo, y mucho del existencialismo francés puede entenderse como un intento de rescatar el pensamiento de Kierkegaard, salvo que prescindiendo de la creencia en Dios alrededor de la cual había sido construido. Ludwig Wittgenstein — otro filósofo advenedizo cuyo sitio en el panteón de los filósofos fue alcanzado de manera póstuma — lo calificó como "por mucho el pensador más profundo del siglo" (el diecinueve).

Entonces ¿por qué se ha tardado en recibir el pleno trato de "Cómo Vivir"? A pesar de la gran urgencia y de la excitación que producen sus obras, y del hecho de que escribió para el público en general, Kierkegaard se resiste a popularizarse. Su ideas están tan enlazadas con la forma de sus escritos que son casi imposibles de parafrasear. Su uso de pseudónimos sustitutos — en algunos de sus libros hasta cinco o seis sirven de personajes, autores y editores — hace difícil determinar cuáles de esas ideas siquiera tuviera él la intención de reclamar para sí. (Esto es una característica común del irónico modo socrático, pero es especialmente llamativo en el caso de Kierkegaard). Sus escritos son formidablemente complejos, principalmente porque así los ideó. "Todo esfuerzo en la era moderna, escribió, está dirigido a hacer la vida más fácil". Reconociendo que no estaba equipado para contribuir a este gran esfuerzo, encontró otra tarea: "crear dificultades por todos lados."

Sin embargo, para aquéllos que quieran hacer la tarea, Kierkegaard tiene tanto que decirnos como cualquiera de sus descendientes intelectuales. Como lo observa Carlisle, parte del gran atractivo de Kierkegaard es que parece ser el primer gran filósofo que asiste a la experiencia de vivir en un mundo reconociblemente moderno, de periódicos, trenes aparadores, parques de diversiones, y grandes cúmulos de conocimientos y de información.

Escribe de la ansiedad que viene de vivir en ese mundo: enfrentando decisiones sin fin, sospechando que ninguna de las opciones que se le presentan a uno importa verdaderamente; siendo abrumado de información sin saber cómo cualquier parte de ella pudiera uno poner en uso en la vida, exhibiéndose constantemente ante un mundo que lo observa pero sospechando que la verdad más profunda de uno permanece desconocida.

Kierkegaard nació en Copenhague en 1813. Su padre, Miguel, había sido criado en extrema pobreza en la Jutlandia danesa, donde su familia labraba las tierras de un pastor de almas luterano (el nombre que tomaron para ellos significa atrio de iglesia y, por extensión, camposanto; hecho que se hace todavía mas sugestivo cuando uno se entera de que Søren es una corrupción de Severinus, que significa severo.) Uno de sus tíos maternos rescató a Miguel de su miseria y lo llevó a la capital para hacerlo aprendiz de calcetero. Luego de que se hubo establecido en su oficio, se hizo importador de mercancías de las colonias danesas, en lo cual demostró ser lo suficientemente exitoso como para poder retirarse a la edad de cuarenta años. Dedicó el resto de su vida a estudiar teología y filosofía alemana, que aparentemente comprendía con gran agudeza, a pesar de su total falta de una educación formal. Alrededor de la época en que se retiró, murió su primera esposa sin haber tenido hijos. Pronto después se casó con Ane Lund, una pariente lejana que había sido traída de la Jutlandia a trabajar en la casa de los Kierkegaard. Su primer hijo nació cinco meses más tarde, y lo siguieron seis más durante la siguiente década y media, de los cuales Søren Aabye fue el último.

En el año en que nació Kierkegaard, Dinamarca sufrió un crac financiero, pero Miguel Kierkegaard había invertido su fortuna en instrumentos financieros respaldados en oro, que mantuvieron su valor en medio de una inflación rampante, y salió de la crisis como uno de los hombres más ricos de la ciudad. Estrictamente pietista, con gran curiosidad intelectual pero sin sentido estético, mantenía un firme control sobre su familia, creando una atmósfera más bien triste. Kierkegaard más tarde habría de hablar con admiración de la devoción religiosa de su padre, pero también habría de describir su niñez bajo el cuidado de Miguel como una desesperadamente triste.

A insistencia de su padre, Kierkegaard estudió teología en la Universidad de Copenhague. Su hermano mayor, Peter Christian, había terminado ahí siendo el primero en su clase, camino a una distinguida carrera clerical. En comparación, Søren fue un estudiante indiferente, para quien la vida universitaria representaba en primer lugar libertad. "Se lanzó con impaciencia y de manera extravagante a los brazos de su recién descubierta ciudad." escribe Carlisle. "Cenaba fuera, bebía demasiado café, fumaba puros caros, se compraba ropa nueva, y socializaba con energía."

La atmósfera intelectual de Copenhague estaba infusa con el romanticismo que una generación anterior de estudiantes había traído de regreso de sus viajes a Alemania, y Kierkegaard acogió este espíritu con entusiasmo:."La doctrina cristiana, la exégesis bíblica y la historia de la Iglesia le interesaban mucho menos que los nuevos tipos de literatura que descubrió en la universidad," nos dice Carlisle. Comenzó a escribir, en una forma algo inconexa, aportando artículos reaccionarios contra la emancipación femenina y la libertad de prensa de los periódicos locales.

Pasaron años durante los cuales Kierkegaard tuvo poco progreso hacia su titulación, mientras su padre lo observaba preocupado. "Lo que realmente necesito es llegar a comprender claramente lo que debo hacer," escribió en su diario, "no lo que debo saber, excepto en cuanto a que el conocimiento debe preceder todo acto." A la edad de veinticuatro años, conoció y se enamoró de una quinceañera llamada Regine Olsen, y hacía visitas frecuentes a la casa de su familia, cortejándola de manera ambivalente mientras seguía viviendo su vida de café. Diversos proyectos literarios zozobraron sin llegar a buen término, incluyendo un largo ensayo sobre Hans Christian Andersen, a quien Kierkegaard culpaba de carecer de una "cosmovisión" apropiada. Durante esta época, nos dice Carlisle, la tendencia innata de Kierkegaard hacia una hiper-reflexión se nutría de una cultura intelectual empapada en tres décadas de filosofía idealista e ironía literaria; su experiencia y sus sentimientos estaban envueltos en incontables pliegues de reflexión, llenos de significación poética y bañada con dudas existenciales. (En justicia, hay que considerar que también perdió a su madre, a dos de sus hermanas y a su hermano más cercano en estos tres años, hechos que ciertamente contribuían a su angustia.)

En 1838 había pasado casi una década en la universidad y todavía no obtenía su título cuando murió su padre, dejándolo a él y a Peter Christian como únicos supervivientes de lo que había sido una familia de nueve miembros. Quizás no es de sorprenderse el que ambos hermanos hayan sufrido una depresión crónica — como la había tenido su padre y como la sufrieron los hijos de Peter, uno de los cuales se quitó la vida. En el corto plazo, la muerte de Miguel sacudió la indolencia de Kierkegaard y le hizo entregarse al tipo de vida que su padre había querido para él. Terminó su crítica de Andersen, que publicó en la forma de un libro intitulado 'From the Papers of One Still Living'. Luego de que finalmente aprobó sus exámenes, le propuso matrimonio a Regine, se inscribió en el seminario, y comenzó la disertación que habría de otorgarle el grado de maestro y hacerlo candidato para trabajar de pastor en la iglesia danesa.

Estos acontecimientos estaban relacionados estrechamente entre sí: casarse significaba adoptar una profesión, tener hijos, y desempeñar un papel público en la sociedad de Copenhague. "Su vida sería comprendida — sería calificada y juzgada — de conformidad con una forma bien establecida de estar en el mundo," escribe Carlisle, "moldeada por una configuración precisa de deberes, costumbres, y expectativas."

Casi tan pronto como se había comprometido, Kierkegaard reconoció que había sido un error. Amaba a Regine sinceramente, y pensaba que el matrimonio podría traerle felicidad y satisfacción, pero dudaba que él hubiera estado hecho para ser feliz y obtener satisfacción. Como mucha de la gente que sufre depresión, entendía que su condición ofrecía alguna percepción esencial sobre la condición humana. Luchar de manera auténtica con el sentimiento daba la apariencia de una especie de vocación.

Con su herencia, podía vivir de manera independiente durante una o dos décadas, hasta su muerte temprana a la cual se creía destinado. Podría dedicarse a seguir un proceso de tratar de entender el significado de su ansiedad y desesperación: Pero eso, por supuesto, sería imposible para un hombre que viviera una respetable vida burguesa. En una sociedad protestante, que carece de una tradición monástica o de un clero célibe, el matrimonio era la vocación más alta del hombre, y Kierkegaard tomó esa vocación de manera muy seria. No estaba tratando de escapar de los rigores del matrimonio para retornar a los placeres superficiales de la soltería. Estaba, por el contrario, llamado a algo todavía más riguroso. Una vez que hubo obtenido su título, y publicado su disertación, Sobre el Concepto de la Ironía con Referencia Continua a Sócrates, — en otras palabras, una vez habiendo hecho todo lo necesario para embarcarse en la vida matrimonial — procedió a romper su compromiso.

El sacrificar su propia felicidad en aras de una visión severa era una cosa, sacrificar la de Regine era otra distinta. Entonces Kierkegaard — que podría ser psicológicamente demasiado sutil pare el bien de cualquiera, trató de hacer que Regine creyera que era un canalla que había estado jugando con el corazón de ella y no un amante fiel que encaraba una tarea todavía más elevada que el matrimonio. Así ella, en buena conciencia podría decir que estaba terminando la relación ella misma, que, creía él, sería mejor para ella tanto social como psicológicamente. El caso fue que ella no cooperó, se rehusó a tomar la responsabilidad de la ruptura, le rogó que no la dejara, amenazó con quitarse la vida si lo hacía, y actuó de todas maneras como una mujer engañada, lo que exactamente fue.

Durante el escándalo público que siguió después, Kierkegaard huyó por seis meses a Berlín. Allí asistió a conferencias de Schelling sobre Hegel, que descubrió en una carta como "insensatez sin fin, tanto en un sentido extensivo como en un sentido intensivo," aun cuando tomó notas copiosas de ellas. Hegel había muerto una década antes, pero sus ideas permanecieron como una fuerza dominante en la vida intelectual europea, y Kierkegaard oponía una feroz reacción negativa hacia ellas.

El Hegelianismo — al menos como lo entendió Kierkegaard de Schelling y de los intelectuales daneses que lo habían llevado a Copenhague — trataba la historia como un proceso inteligible por el cual la humanidad progresaba hacia un estado de libertad espiritual. Este proceso se desarrollaba de manera dialéctica, conforme las contradicciones existentes en un estado daban origen a una reacción opuesta en la cual quedaba absorbida. El hombre moderno, llegando más bien tarde en el día, estaba en posición de reconocer este proceso, de verlo como si fuera desde la cima, y de esta manera la historia se hacía consciente de ella misma como historia.

Para Kierkegaard, esta aplastante perspectiva teleológica no dejaba lugar para la acción humana. Esto es, podríamos estar libres para elegir, pero las elecciones que hiciéramos no podrían importar en el gran orden de las cosas. Si todas las cosas acabaran resolviéndose en sus opuestos — si el mundo fuera una serie de relaciones de "ambos / y" — el elegir una opción siempre significaría elegir la otra. Sin embargo, su experiencia con Regine había enseñado a Kierkegaard que algunas opciones — precisamente las que importan más a una persona — realmente excluyen a sus alternativas. Lo que es más, en tanto que el Hegelianismo nos alentaba a ver a la humanidad desde una gran altura, no podíamos dejar de involucrarnos en nuestras propias vidas. Cualquiera que fuera la verdad que la perspectiva lejana pudiera revelarle a la humanidad, allá no podría ayudarnos.

Mientras estaba en Berlín, Kierkegaard inició una obra que habría de demostrar, en palabras de Carlisle, "que la lógica dialéctica que conformaba el pensamiento de Hegel, y que se reproducía a cada nivel de su filosofía enciclopédica, se torna ridículo cuando se adopta como una perspectiva de vida. "Uno u Otro" fue su tercer libro publicado, pero fue el verdadero inicio de lo que Kierkegaard consideraba ser "de mi autoría." Es una obra larga y extraña, construida sobre elementos aparentemente dispares. Un prefacio firmado por el pseudónimo "editor," Víctor Eremita (el eremita victorioso), explica que lo que seguía eran documentos hallados en un escritorio que había comprado en una tienda de segunda mano. Un primer conjunto de papeles pertenecían a un escritor conocido solamente como 'A'. un joven brillante pero desorientado, un tanto parecido a Kierkegaard antes de proponérsele a Regine. Los papeles de 'A' incluyen una colección de aforismos y una serie de ensayos sobre asuntos tales como el trato del tema de Don Juan dado por Mozart y la tragedia del drama moderno. Tomados en conjunto, estos papeles pintan un cuadro de una vida enfocada estéticamente, una en que una persona pudiera elegir una de un número de opciones — a quién amar esa noche, qué espectáculo ir a ver — ninguna de las cuales haría que algo cambiara. ("Cuélgate y lo lamentarás. No te cuelgues y también lo lamentarás").

Esta sección del libro culmina con el "Diario de un Seductor," que se encontraba entre los papeles de 'A' pero adjudicado a otro autor, Johannes, quien ha "tratado de lograr la tarea de vivir poéticamente." Johannes describe con vergonzoso detalle su seducción de una joven mujer. Siente un amor genuino por ella, un amor que aprecia como podría apreciar un bello poema o una pieza musical. La induce a devolverle su amor, y eventualmente consuman ese amor. "Pero ahora ya ha terminado," escribe al final, "y jamás quiero volverla a ver otra vez."

El segundo conjunto de papeles consiste en cartas dirigidas a 'A' por un juez de nombre William, quien se ha embarcado, como Kierkegaard no pudo hacerlo, en un proyecto de matrimonio, y que insta a 'A' que haga lo mismo. En tanto que 'A' representa el estadio estético a la vida, el juez arguye por el estadio ético, en el cual nuestras decisiones nos comprometen a algo, tienen consecuencias reales, y por lo tanto son opciones reales. Hay cierta petulancia en el hombre, quien está feliz con su matrimonio y su cómoda vida pública, pero no cabe duda de que Kierkegaard considera ésta la más admirable de las dos opciones. Sólo al final del libro comenzamos a ver la posibilidad de un tercer estadio, sugerido en un sermón que William le envía a 'A', escrito por un quinto autor, sobre el tema: 'contra Dios, todos estamos equivocados.'

Uno u Otro creó una gran revuelta en Copenhague al ser publicado, y en toda su vida permanecería como su único libro comercialmente exitoso. Publicado en dos tomos, fue ampliamente incomprendido; mucha gente no llegó al segundo tomo, y tomó el primero como una expresión pura de la perspectiva estética de la vida, más que una crítica de ella. Los lectores se escandalizaron particularmente con el "Diario de un Seductor," y tendían a tratar a Johannes como un sustituto del autor (quien muchos sospechaban no era otro que Kierkegaard). De hecho, Kierkegaard parece haber tenido la intención de que fuera para Regine o que, por lo menos, ella tomara el libro de esta manera, para que le ayudara a olvidarse de él. Una vez más, su estratagema fracasó: en la cúspide de la notoriedad de Kierkegaard, Regine lo saludó en la iglesia, en un oficio de Pascua, con un movimiento de cabeza, sugiriendo que ella conocía la verdad de su corazón; él respondió huyendo nuevamente a Berlín.

En este segundo viaje, Kierkegaard escribió el que probablemente es ahora su libro más leído. Aun cuando es la única de sus primeras obras escritas bajo un pseudónimo, que no toma directamente el tema del compromiso roto, Temor y Temblor es de muchas maneras el más sustentado reconocimiento del trato que le había dado a Regine. Según la propia narración de Kierkegaard, su comportamiento había sido injusto, debería haber cumplido su compromiso con ella. Sin embargo, tenía la certeza de haber hecho lo correcto. ¿Cómo puede esta paradoja hacerle sentido a uno? Kierkegaard seguía creyendo que el matrimonio constituía el llamado ético más elevado, y él había faltado al no hacer caso de este llamado. Pero a pesar de su manifestación pública de lo contrario, no había abandonado a Regine por los placeres superficiales e indirectos de la vida estética. Más bien, él se había comprometido con algo más elevado. ¿Qué era esa cosa más elevada? ¿Hacía siquiera sentido hablar de un llamado más elevado que el de la vida ética? Una respuesta tentativa a esta pregunta había sido ofrecida en el sermón al final de Uno u Otro, ahora la intentó nuevamente, y la llevó más lejos, con la narración del sacrificio de Isaac.

La alianza de Dios con su pueblo comienza con la promesa hecha al anciano Abraham, que no tenía hijos, de que sus descendientes serían tantos como las estrellas del cielo. Esta promesa se comienza a cumplir con el nacimiento de su hijo, Isaac, pero Dios le ordena a Abraham sacrificar a Isaac en la cima del Monte Moriah. Desde un punto de vista histórico, sabemos que ésta fue una prueba de la fe. Abraham sube la montaña con Isaac y lo ata para el sacrificio, pero Dios interviene antes de que se lleve a cabo. Sin embargo, está en la naturaleza de una prueba así, el que en ese momento uno no puede saber si se trata de una prueba o no. Abraham debe mostrarse dispuesto a llevar a cabo algo que es inexcusable, y el hecho de que no lo llegue a consumar no viene al caso. Es más, no le dice a nadie — ni siquiera a Isaac — lo que está haciendo. Sufre él solo la ansiedad de la ascensión al Monte Moriah, sufre aun la posibilidad de que pudo haber entendido mal la orden de Dios, de que está por hacer algo imperdonable. Finalmente, habiendo pasado la prueba, desciende la montaña y regresa a su antigua vida, actuando como si nada hubiera pasado — como, de hecho, objetivamente nada pasó.

Para Kierkegaard, ésta era la naturaleza de una vida verdaderamente religiosa. Entrañaba un tornar interior hacia Dios, uno que no podía reducirse a una ley moral. En las décadas precedentes, se había desplegado un gran esfuerzo por racionalizar el cristianismo y situarlo como fundamento de un código de ética universalmente obligatorio. El problema, desde la perspectiva de Kierkegaard, era que Jesús no nos pidió obedecer un conjunto de reglas; nos pidió amar. No puede ser que la adhesión a un código de ética sea la vida más elevada, porque es posible obedecer cada una de las reglas que se le pongan a uno enfrente, sin jamás sentir amor en el corazón. A la vida estética y a la ética se agregaba una tercera categoría, la religiosa, que estaba más arriba que las otras dos.

Colocados en esta relación tripartita, lo estético, lo ético, y lo religioso, parecen casi representar una progresión Hegeliana, pero una etapa no lleva inevitablemente a la siguiente como lo hacen en el sistema de Hegel. No hay una contradicción interna en la vida estética que nos lleve fuera de ella. Debemos elegir ser éticos como un acto de la voluntad individual. Y ya que eligiendo de esta manera, y manteniéndonos en nuestra elección, debemos en cierto sentido ya estar viviendo en la esfera ética para hacer esa elección. Nada en la esfera estética — que es precisamente la esfera en la cual esas opciones no pueden ocurrir — pudiera hacernos éticos por grados. (De los papeles de 'A': "La experiencia nos demuestra que no es para nada difícil para la filosofía comenzar... Pero siempre es difícil para los filósofos y para la filosofía el parar.") Lo que se requiere es un salto cualitativo de un estado al otro.

Un salto semejante debe movernos del plano ético al religioso. El plano ético nos da la satisfacción de nuestra adhesión a un código, vista en la petulante complacencia del Juez Williams, y por lo tanto no nos empuja hacia algo más grande. Sin embargo, seguimos teniendo momentos de ansiedad o desesperación, como cuando sentimos que ninguna cantidad de comportamiento honorable cambiará el hecho de que todos nosotros y todos a quienes queremos estamos destinados a morir, o cuando reconocemos que nuestro código ético está construido en el aire, que no tiene — ni puede tener — una base universal, que la historia cristiana sobre la cual ésta dice estar construida no puede ser racionalizada como una síntesis Hegeliana de lo absoluto y lo particular o de lo necesario y lo contingente, sino que tiene que ser aceptada como una paradoja, un absurdo.

Al parecer de Kierkegaard, es precisamente esta ansiedad la que hace posible el tornarnos hacia adentro. Es en esta ansiedad donde comenzamos a ser verdaderamente religiosos. Pues la vida religiosa no se despliega según algún código universal. Como Abraham, no podemos saber por anticipado si lo estamos haciendo correctamente. Debemos entregarnos a ella, como lo dice San Pablo en su primera carta a los Corintios, con gran temor y temblando. Este es el famoso salto de fe por el cual a Kierkegaard, quizás se le conoce mejor (aunque jamás usó esa expresión). La frase a veces se entiende como que debemos lanzarnos a creer aunque carezcamos de una base intelectual para hacerlo. En realidad, significa que no importando cuánta consideración filosófica ni cuánto comportamiento ético, ese tornar hacia el interior, que se requiere para una vida religiosa, puede generarse.

Otro aspecto de este tornar hacia el interior consiste en que lo falsificamos cuando tratamos de ponerlo en exhibición de la misma manera como pudiéramos hacerlo con nuestro comportamiento ético. Por supuesto, el escribir acerca de lo religioso era precisamente una forma de esta clase de exhibición objetivada. Kierkegaard estaba consciente de esta contradicción, y tenía una relación ambivalente con su propia obra. (Parece nunca haber tenido relación alguna que no fuera ambivalente.) Esto explica en parte su utilización de pseudónimos, la cual no solamente era un artificio de escritor. Durante algunos años, tuvo gran cuidado de mantener oculta su identidad literaria. Se propuso, en medio de sus obras, a hacer largos paseos para poder ser visto por le gente de Copenhague, que conocía su peculiar figura, y se presentaba en los teatros durante los intermedios para dar la impresión de que había pasado la velada en la función, antes de escabullirse a casa a reanudar su trabajo. Hacía lo imposible por hacer parecer que todavía estaba atrapado en la etapa estética.

Unos meses después de que apareciera Uno u Otro, Kierkegaard había publicado bajo su propio nombre una colección de "discursos edificantes" — esencialmente sermones cristianos, aunque no los presentó bajo ese concepto por carecer de la autoridad del púlpito. Durante toda la siguiente década, publicaría de manera prolífica, a veces múltiples títulos en un mismo día o con semanas de separación entre uno y otro, y frecuentemente publicaba una obra bajo un pseudónimo y una colección de discursos firmada por él, en rápida sucesión. Parece esto haber sido en parte pare evitar que la gente le siguiera la pista. 

Cuando finalmente reconoció su autoría de las obras publicadas bajo pseudónimos, declaró simultáneamente que en ellas:
"no hay una sola palabra mía. No tengo opinión alguna acerca de ellas excepto como un tercero, ningún conocimiento de su significado excepto como lector, no la más remota relación con ellas, ya que es imposible tener una con una comunicación reflejada doblemente."
Declaró su autoría una vez más, aunque fue después de algunos años que lo hizo nuevamente.

Sus libros se vendían en número muy pequeño, y el costo de transcribirlos, corregirlos, tipografiarlos, e imprimirlos era mayor que el ingreso que recibía de su herencia, de manera que pronto agotó el capital. Esto no le preocupó a Kierkegaard, que permaneció confiado de que estaba destinado a morir joven. Fue forzado a vender la casa de su familia y vivir como inquilino. De todos modos, siguió publicando a un ritmo prolífico, y escribió aun más en sus diarios, que preparó para la posteridad. Al mismo tiempo, insistía que sus discursos cristianos, junto con sus cada vez más estridentes ataques contra la iglesia oficial danesa, contenía su obra "verdadera", en tanto que sus textos bajo pseudónimos eran una clase de curiosidad estética. Esto siguió siendo el consenso sobre el legado de Kierkegaard ya llegado el siglo veinte.

En el otoño de 1855, quince años después de haber empezado a escribir, Kierkegaard se desmayó en la calle. Unas semanas después, murió a la edad de cuarenta y dos años. Había pensado originalmente, que viviría una o dos décadas después de que muriera su padre; ya había alcanzado los diecisiete años. Una nota en su escritorio explicaba que los bienes que le quedaran deberían pasar a la Sra, Regine Schlegel; si rehusara aceptarlos, debería pedírsele que los administrara para los pobres. Como acabó ocurriendo, todo lo que había dejado sirvió sólo para pagar su entierro.

Philosopher of the Heart comienza con el segundo viaje de Kierkegaard a Berlín. A primera vista, ésta parece ser una elección extraña, ya que la ruptura con Regine y el viaje anterior son muy claramente el punto de inflexión de la carrera de Kierkegaard. Pero Carlisle se ha propuesto a escribir una "biografía Kierkegaardiana de Kierkegaard," que quiere decir que no puede tomar la forma típica de mantenerse complacientemente alejada de los acontecimientos de la vida de él, narrándolos cronológicamente, con el conocimiento retrospectivo del historiador de lo que ellos significan y a dónde habrán de llevar. Una de las percepciones más famosas de Kierkegaard era que la vida — que los filósofos nos enseñan que sólo puede entenderse viéndola hacia atrás — debe no obstante vivirse hacia adelante. Carlisle intenta hacerle justicia a esta idea, tomando la vida de Kierkegaard en diversos momentos de incertidumbre, colocándonos con él en esos momentos y utilizándolos como miradores, desde los cuales podamos contemplar el pasado.

Teóricamente, es un enfoque sensato, pero el resultado es, en algunas ocasiones, complicado. En tanto que la obra de Kierkegaard estaba íntimamente unida a su experiencia, muchos de las acontecimientos importantes de su vida fueron interiores. (Ciertamente, el pensaba que así es en todas las vidas.) Esto quiere decir que algunos de los capítulos están estructurados alrededor del "acontecimiento" de un largo recorrido en tren, o una hora empleada mirando afuera desde una ventana. Es difícil ver lo que este enmarcado biográfico añade a la comprensión de su obra. Aunque Carlisle hace énfasis en la importancia del movimiento en el pensamiento de Kierkegaard, su libro puede ser algunas veces curiosamente estático.

Está en su mejor momento cuando proporciona una explicación más directa. Carlisle es profesora de filosofía y teología, y es autora de un estudio más convencional (y excepcionalmente bueno) de los primeros libros que Kierkegaard escribió bajo un pseudónimo. Posee un absoluto dominio de la vida y obra de Kierkegaard. Al mismo tiempo, es una escritora lúcida y con buen estilo, que comparte algunas de las sospechas de su biografiado sobre el enfoque académico. Ella lo hace maravillosamente bien en lo que, obviamente, es su meta principal, que consiste en darnos una percepción de por qué la tarea de Kierkegaard era de una importancia tan urgente para él y por qué puede ser importante para nosotros. Carlisle seguramente estará de acuerdo en que cuando se trata de entender el pensamiento de Kierkegaard — y de reflexionar sobre lo que podría significar poner en práctica ese pensamiento — no puede haber substituto para el leer su obra, con toda su extraña dificultad. Espero que tome como un halago cuando digo que la mayor virtud de Philosopher of the Heart es que probablemente habrá de inspirar a algunos de los lectores a hacer precisamente eso.

Bueno ¿y qué es lo que Kierkegaard tiene que decir a nuestro tiempo?

Es ahora casi una verdad de perogrullo, el que cada uno de nosotros está llamado a tomar nuestra vida como un proyecto creativo, para hacer de ella lo que queramos, pero nuestra cultura trata este proyecto como un tipo de actuación, a ser juzgada por otros conforme a las apariencias. El concepto de interiorización de Kierkegaard nos da esta tarea en una forma enteramente diferente. Ninguna cantidad de 'likes' o de 'clicks' nos podrá decir si estamos viviendo la vida a la cual hemos sido realmente llamados. De hecho, el proceso de someter nuestra vida a la aprobación pública puede sólo socavar nuestros esfuerzos. ¡Qué desilusión con la sociedad contemporánea! — no sólo la selección pública a través de los medios sociales, sino la cultura de consumo que nos presenta una corriente infinita de opciones, ninguna de las cuales importa en última instancia — está ideada para distraernos de la verdad de nuestra situación existencial. Kierkegaard nos dice que debemos siempre tener esta verdad en mente, para movernos adelante, no eludir, la ansiedad y desesperación que necesariamente ha de seguir al haberla reconocido.

Pero quizás lo más grande que Kierkegaard tiene que decir a nuestro tiempo es que debemos dejar de pensar de nosotros en absoluto como ocupantes de una era — dejar de pensar que el significado de nuestra vida está determinado por fuerzas históricas impersonales que están fuera de nuestro control, o que nuestro objetivo primario de la vida es responder a los desafíos particulares del momento. En 1848, las revoluciones liberales que recorrieron Europa llegaron a Dinamarca, transformando la monarquía absoluta en una democracia constitucional. "Allá afuera todo está agitado," escribió Kierkegaard en sus diarios. "Estoy sentado en un cuarto en silencio (sin duda pronto tendré una mala reputación por mi indiferencia a la causa de la nación) — sé de sólo un riesgo, el riesgo de la religiosidad."

Este es el riego que él creía que todos debemos tomar en nuestros propios términos. Ya que nadie puede tomarlo por nosotros, no importa qué tan tarde en la historia hayamos llegado a él. Estamos llamados a la misma tarea fundamental como en todas las épocas anteriores, y ella es aprender a amar. "Cualquiera que sea la cosa que una generación aprenda de otra," escribió Kierkegaard, "ninguna generación aprende lo genuinamente humano de una generación anterior."

Ahora todos somos Hegelianos, seguro que los problemas que encaramos no sólo no tienen precedentes sino son sistémicos. demasiado grandes para ser abordados por un individuo. Un sentido de gran urgencia se combina con un sentido de aguda desesperanza. Creemos al mismo tiempo que el mundo desesperadamente necesita cambiar y que no estamos equipados para hacerlo. Kierkegaard nos dice que comencemos por cambiar nuestros propios corazones. 




Christopher Beha es el editor de Harper’s Magazine. Su nueva novela, The Index of Self-Destructive Acts (El índice de Actos Auto-destructores), será publicada este mes por Tin House Books.

lunes, 11 de febrero de 2019

Un Tercer Testamento. 2

Un Tercer Testamento

Por Malcolm Muggeridge
Traducido del inglés por Roberto Hope

Parte 2

San Agustín

354 - 430 DC

Cuando a principios del siglo quinto después de Cristo fue Roma saqueada, Agustín estaba en la cúspide de su fama como Obispo de Hipona en el África del Norte. Confrontado con la disolución del Imperio Romano, como nuevo Noé, estaba obligado a construir un arca; en su caso, la Ortodoxia dentro de la cual su Iglesia pudiera sobrevivir los días obscuros que se avizoraban en el horizonte.
Gracias en gran medida a Agustín, la luz del Nuevo Testamento no desapareció con la luz que había dado Roma, sino que permaneció en medio de los escombros del imperio derruido, para iluminar el camino de una civilización nueva, la Cristiandad, de la cual ahora somos los legatarios.
Fue como si él hubiera sido preparado especialmente para esa tarea. Templado en el fuego de su propia sensualidad, curtido por sus arduas exploraciones de las herejías de su época, era un maestro de la palabra escrita y hablada, que él ofreció al servicio de Dios, pidiendo antes a Dios que le diera los medios para ofrecerlo.
A los ojos de San Agustín, Roma estaba en el pináculo de la historia. La veía como un estado secular llevado al grado más alto de perfección, proporcionando el único marco de vida tolerable para la humanidad. Si desapareciera de la escena humana, si una catástrofe así de impensable fuese a suceder, dejaría detrás de sí, no otras alternativas de civilización, sino un vacío, una obscuridad.
El Norte de África de la época de San Agustín participaba de esta gloria. La ciudad de Cartago era una pequeña Roma. Las cosechas abundantes, las ciudades y los puertos florecientes, las diversiones y los espectáculos, todo ello significaba su participación en el Imperio Romano, el cual para Agustín era el mundo entero.
Agustín nació en el año 354, unos cuarenta años después de que el Cristianismo se convirtiera en la religión reconocida del Imperio Romano bajo Constantino.
El lugar donde nació era un distrito montañoso en el norte de África, la provincia romana llamada Numidia, en alguno de los muchos pueblos pequeños que se esparcían en lo que era una campiña rica y exuberante.
Su padre, Patricio, pertenecía a las clases medias y era razonablemente pudiente, excepto que era víctima de la muy excesiva imposición de tributos que caracterizó a esos angustiosos años. Era un hombre rico que permaneció pagano hasta finales de su vida, cuando ya en sus últimos años fue bautizado como Cristiano.
La madre de Agustín, Mónica, por otro lado, era una cristiana de una tremenda piedad. Sin duda, sus devociones y meditaciones llevaron a que Agustín no cumpliera el deseo de su padre de que llegara a ser un abogado exitoso o un servidor público, sino que, como ella lo deseaba, dedicara su vida al servicio de Cristo y de su Iglesia. Ella lo hizo un santo, y la santidad de él, a su debido tiempo, dio como resultado el que ella fuera canonizada.
Sus estudios progresaron con facilidad. Sobresalía y muy pronto se hizo profesor de retórica — una pretenciosa y vacua disciplina que en esos tiempos era considerada muy elevada, así como en nuestros días se considera la sociología. Recordando su profesión, la calificaba despectivamente como de vendedor de palabras. ¡Ay, mi propia profesión!
Para fines del siglo cuarto, la decadencia que había aquejado a Roma se había extendido a las provincias de África, especialmente al gran puerto y metrópoli de Cartago, en cuya universidad Agustín estudió y luego fue profesor. De ahí que decidiera pasar a Roma, pues decía que los estudiantes cartagineses eran demasiado turbulentos — un toque muy contemporáneo.
Para un provinciano como el joven Agustín, el Mediterráneo habría parecido como la puerta al mundo más amplio de Roma. Después de todo, él era un hombre muy ambicioso, y en su época, como en la nuestra, la eminencia como hombre de letras o como académico podía llevar a puestos de gran poder y responsabilidad.
También, creo yo, quería eludir el ojo vigilante de su madre, Mónica, y gozar libremente de lo que Pascal más tarde llamaría "lamer la tierra," y el mismo Agustín, después de su conversión, describiría como "rascarse la comezón que produce la irritación de la lascivia." Entonces, para evitar la pena y la vergüenza de despedirse de su madre, una noche se escabulló y, atravesando el mar, llevó consigo a su amante y a su hijo, Adeodato. Desde cualquier punto que se le vea, lo que hizo fue algo demasiado cruel, y su posterior arrepentimiento por haber hecho eso fue muy grande.
En Roma, con facilidad se rodeaba de los personajes más famosos de la época, y le fue designada la Cátedra de Retórica en Milán. Esa designación lo puso en contacto con la Corte Imperial, y — aún mas importante desde el punto de vista de su carrera posterior — con el famoso y santo Obispo, Ambrosio. De manera que a la edad de treinta años, había alcanzado la cima de una carrera con una perspectiva deslumbrante ante él. Pero por alguna razón, permanecía enteramente insatisfecho. Llamaba su designación universitaria su "cátedra de mentiras", sabiendo en su corazón que Dios tenía algún otro propósito para él y que, hiciera lo que hiciera, nunca habría de escapar su verdadera vocación.
Los juegos y el teatro romanos se habían convertido en espectáculos extremadamente caros, de violencia y erotismo, como son las películas y cada vez más la televisión en nuestros días. A juzgar por la manera como, después de su conversión, Agustín perdió una oportunidad de tronar contra tales espectáculos, es razonable suponer que de ninguna manera era él inmune a su atractivo. Hay también una narración conmovedora en la autobiografía de Agustín, las Confesiones, acerca de un amigo que, con gran esfuerzo, había logrado romper una adicción a los juegos, fue engatusado para ir a verlos, se animó a abrir sólo un ojo, y con eso quedó nuevamente enganchado.
Los templos paganos seguían funcionando, pero pocos eran quienes asistían a ellos o les hacían caso. Las iglesias cristianas ya bajo el patronazgo del estado, no eran lo suficientemente fuertes para contrarrestar, o siquiera para siempre resistir, la atmósfera predominante de lujo, violencia y auto indulgencia. Con su disposición sensual y su mente inquisitiva, Agustín estaba poco dispuesto a mantenerse al margen, aun cuando cierto prurito intelectual y físico le prevenía de sucumbir totalmente a una forma de vida que seguramente lo habría destruido.
Es más fácil para nosotros adentrarnos en la incorregible piel de Agustín que lo que quizás habría sido para las generaciones que nos separan. La semejanza de las circunstancias de él con las nuestras es asombrosa, por no decir que alarmante. Existe la misma fatuidad, que lleva a la misma insensata pasión por experimentar nuevas sensaciones y tener nuevas experiencias; la misma fatua credulidad que abre camino a toda clase de charlatanerías y curanderismos, desde los que adivinan la suerte hasta los psicoanalistas; la misma combinación siniestra de enormes riquezas y ostentación sin sentido, conviviendo con espantosa pobreza y aflicciones desatendidas. Como escribió Agustín, "Oh hombres avariciosos ¿qué les satisfará a ustedes si Dios mismo no les satisface?"
Sabemos cómo es. También sabemos que para un temperamento tan sensual e imaginativo como el de Agustín, entregarse al placer sexual tiene el mayor atractivo precisamente porque ofrece una clase de éxtasis fraudulenta — placeres que expiran cuando se apagan las luces de gas neón.
"Nada es tan poderoso," dijo él cuando ya era obispo, "para arrastrar el espíritu del hombre como las caricias de una mujer." Él hablaba desde el punto de vista de su experiencia y, por lo que a mí toca, me adhiero a esa opinión.
Las Confesiones de Agustín son en verdad la primera autobiografía, en el sentido moderno de la palabra. Por esa razón sabemos más de él que de ningún otro personaje de la antigüedad. Desde luego, no es sólo una narración de su vida, también es una relación de su búsqueda de la verdad: En consecuencia, el punto culminante en él, al menos desde su punto de vista, es su conversión. Pensaba naturalmente, como San Pablo, que esta conversión ocurrió en un momento particular, pero en realidad fue el resultado de un largo proceso que había comenzado desde antes de que él se diera cuenta de ello.
Conociendo su naturaleza, Mónica se había apresurado a seguir a su hijo a Milán para cuidarlo, y orar por la redención de su alma. Además, algunos de los amigos que hizo entre los divertidos, los cultivados y los bien nacidos, resultaron ser cristianos, hecho que le llegó como por sorpresa a Agustín, quien en el Norte de África había asociado al cristianismo con los pobres y con la gente baja. En Milán un gran administrador romano, como Ambrosio, podía renunciar a su carrera para hacerse obispo, y herederas ricas podían deshacerse de todos sus bienes en favor de la Iglesia.
Fue bajo la influencia de Ambrosio que Agustín comenzó a estudiar las escrituras, observando en particular el significado espiritual de las historias del Antiguo Testamento, que anteriormente habían hecho poca impresión en él. Esto jugó un papel importante en su liberación final de la herejía del maniqueísmo, y finalmente en su conversión.
El clímax de la conversión de Agustín ocurrió en un jardín en Milán, y su realización en otro jardín en el campo. Creo que le han de haber gustado mucho los jardines, donde para él la verdad se hacía notar más claramente. Antes, sin embargo, hubo un episodio en el proceso que llevó a su conversión, que ameritó mención especial en sus Confesiones:
Mi miseria era completa y recuerdo cómo un día Tú me hiciste ver qué tan extremadamente malvado era yo. Estaba preparando un discurso elogioso del Emperador, con la intención de que incluyera muchas mentiras, que ciertamente habría de ser aplaudido por un auditorio que sabía bien qué tan alejado de la verdad era lo que quería decir. Estaba muy preocupado por esta tarea, mi mente estaba febrilmente ocupada con los hostigantes problemas. Cuando caminaba por una de las calles de Milán, noté a un pobre mendigo que seguramente, supongo yo, ya había comido y bebido a satisfacción, pues estaba riendo y bromeando.
Contrastando sus dos condiciones — la de él tan atribulada, y la del mendigo tan alegre — dijo en desesperación, "¿habré algún día de dejar de poner mi corazón en las sombras y seguir una mentira?"
Su angustia y contrición son demasiado actuales para mí, después de más de cuarenta años en el mismo tipo de profesión.
No obstante lo cual, la mente de Agustín seguía estando ocupada con pensamientos de fama y de prosperidad. Estaba planeando casarse con una mujer rica, habiendo despedido despiadadamente a la amante que se había traído de Noráfrica y que había vivido con él quince años, quedándose con su hijo, Adeodato, por quien chocheaba. Luego, las cosas llegaron a un punto crítico en el jardín de la casa donde vivía. Como el lo describió: "Ahora me encontraba impulsado por el tumulto dentro de mi pecho, para tomar refugio en este jardín donde nadie podía interrumpir esa lucha feroz en la cual era yo mi propio oponente, hasta que llegó a su conclusión."
En este estado de ánimo, de pronto oyó la dulce voz de un niño en una casa cercana. Si era un niño o una niña, no sabría decirlo, pero una y otra vez repetía "tómalo y léelo." Entonces se apresuró hacia donde había dejado un ejemplar del Evangelio, abierto en la Epístola de San Pablo a los Romanos, y leyó: "Nada de fiestas y borracheras, nada de lujuria y vicios, nada de pleitos y envidias: Más bien revístanse con el Señor Jesucristo. No gasten más pensamientos en la naturaleza ni en los apetitos de la naturaleza."
Agustín sigue: "No tenía deseo de seguir leyendo, ni necesidad de hacerlo, pues en un instante al llegar al final de la oración, fue como si la luz de la confianza hubiera bañado mi corazón, y toda obscuridad y duda fue disipada."
Nadie debe suponer que esta gran conversión que había tenido Agustín, esta luz que brilló en su vida y nunca más habría de dejarlo, lo había alejado de este mundo. Por el contrario, lo hizo más consciente que nunca de sus gozos y bellezas, más consciente que nunca del tremendo privilegio que era el habérsele permitido existir en ese tiempo. Hay un pasaje que me encanta en sus Confesiones, en el que se pregunta: "la tierra misma, los vientos que soplan, y todo el aire, y todo lo que vive en él... ¿Qué es mi Dios?" De manera semejante, pregunta al cielo, a la luna, a las estrellas: "¿Qué es mi Dios?" Nada de esto es Dios, se le dijo. Continuó hablándoles a "todas las cosas que están a mi alrededor, todas las que pueden admitirse por la puerta de los sentidos." Ellas también, se le dijo, no son Dios. Entonces por fin entendió: su belleza era toda la respuesta que podían dar, y la única respuesta que necesitaba oír.
Siguiendo su conversión, Agustín partió de regreso con Mónica hacia el Norte de África, resuelto a dedicar los años restantes de su vida enteramente al servicio de Cristo. Llegaron al puerto de Ostia y fueron detenidos ahí porque el Mediterráneo estaba infestado de piratas y ningún barco osaba hacerse a la mar.
Qué diferente era el Agustín que regresaba al África del Norte de aquél que había partido para Roma. Ahora estaba tan ávido de abandonar el mundo como lo había estado de lanzarse a él; buscando tan ardientemente la obscuridad como antes lo había hecho en pos de la fama.
Fue mientras esperaban en Ostia, que Agustín y Mónica tuvieron una experiencia mística extraordinaria, que él describe en sus Confesiones con una habilidad y un arte incomparables. Estaban en la ventana de la casa donde vivían, asomándose hacia el patio de abajo, conversando serena y gozosamente acerca de la vida eterna de los santos, quienes, concordaban ellos, "ningún placer corporal, por muy grande que pudiera ser y con cualquier luz terrenal que pudiera hacerlos brillar, sería digno de comparación, o siquiera de mención." Conforme hablaban de temas que abarcaban "todo el confín de las cosas materiales en sus diversos grados, hasta los mismos cielos" llegaron a sondear "la Sabiduría eterna, deseándola y esforzándonos por alcanzarla" dice Agustín, "con toda la fuerza de nuestros corazones"
Luego extendieron sus brazos y tocaron esta Sabiduría eterna, la cual, como la eternidad misma ni está en el pasado ni en el futuro sino simplemente está. La tocaron sólo para volver, dejando, dice Agustín, "nuestra cosecha espiritual unida a ella, al sonido de nuestra propia habla, en que cada palabra tiene un comienzo y un fin; muy, muy diferente de Tu Palabra, nuestro Señor, Quien permanece en Sí por siempre, y sin embargo, nunca se hace viejo y da nueva vida a todas las cosas." Quienquiera haya tratado de expresar, en palabras que tienen un comienzo y un fin, las perspectivas y la forma de esta creación en que vivimos, no puede sino sentirse asombrado de que un gran escritor como lo es Agustín, fuere a sufrir tal predicamento.
Fue después de esta experiencia, que Mónica le dijo a Agustín que no le quedaba ya nada por qué vivir: Dios le había concedido todos sus deseos, ahora que su hijo era Su sirviente, y desdeñaba aquéllos gozos que este mundo tenía para ofrecer. Nueve días después, había muerto, y Agustín, dejando sus restos mortales en Ostia, regresó al Norte de África para emprender lo que después habría de ser la gran obra de su vida. Esto habría de ser la tarea de nada menos que rescatar la fe cristiana de un mundo en ruinas, a fin de que pudiera proporcionar la base de una nueva, espléndida civilización, que habría de crecer en grandeza y luego, a su debido tiempo, flaquear y malograrse, como hombres que, olvidando la Sabiduría eterna que Mónica y Agustín habían columbrado en Ostia, pensaron encontrar en sus propios cuerpos mortales el placer de vivir y en sus propias mentes mortales el significado de su vida.
En sus Confesiones, en la última referencia que Agustín hace a su madre, pide a todos los que lean el libro que recuerden a "Mónica, su servidora, y con ella a Patricio, su esposo, que murió antes que ella, por cuyos cuerpos yo fui traído a la vida." A través de los siglos, Mónica ha sido debidamente recordada. En cuanto a Agustín, el resto de su vida lo pasó en África del Norte. Jamás volvió a cruzar el mar.
Su idea era reunir a su alrededor a unos cuantos amigos similarmente inclinados y compartir con ellos una vida monástica en su pequeña propiedad en las montañas donde nació. No habría de ser. Sus dotes eran demasiado famosas y demasiado preciadas, y la necesidad de dirección en la Iglesia, demasiado grande para él quedar en paz. Como dijo a su congregación muchos años después, cuando ya llevaba mucho tiempo de obispo, había venido a Hipona — uno de los muchos puertos pequeños que había a lo largo de la costa del África del Norte — a ver un amigo a quien deseaba persuadirle que se le uniera en la vida monástica. Como Hipona tenía un obispo, Agustín fue a la catedral no temiendo amenaza alguna a su propia vida privada, pero fue reconocido, sujetado, ordenado sacerdote y, a su debido tiempo, nombrado obispo.
Agustín lloró cuando, casi obligado, fue ordenado sacerdote. Probablemente habría tenido dificultad para explicar exactamente por qué esas lágrimas, pero una de esas causas era ciertamente su sueño perdido de una vida de oración y meditación, alejado de un mundo atribulado. Tenía cuarenta y tres años de edad cuando por primera vez ocupó la cátedra como obispo de Hipona. De ahí en adelante estuvo interminablemente ocupado en los deberes y responsabilidades de su cargo y en las frecuentemente irreconciliables controversias de su época.
Contemplando lo logrado por Agustín, uno se asombra. Al hacerse su obispo, en verdad se había vuelto el sirviente de su congregación — aquellos cristianos volátiles del África del Norte cuyos sentimientos él entendía muy bien. Predicándoles, con frecuencia a diario, empleando sus mañanas en adjudicar sus disputas privadas; estando constantemente disponible a cualquiera de ellos que tuviera necesidad de ayuda o de consejo, mientras tanto, llevando a cabo una enorme correspondencia — su carga administrativa era muy grande. Sin embargo era un hombre apartado de la conmoción que lo rodeaba.
A pesar de su gran fama y su intervención en tiempos difíciles, se mantenía en cierta medida aislado, como si a través de su propia santidad interna hubiera alcanzado la vida monástica que tanto deseaba.
Reuniones de la jerarquía del África del Norte llevaban con frecuencia a Agustín a la gran iglesia metropolitana de Cartago, donde presentó muchas de sus más grandes polémicas, poniendo sus resplandecientes dotes, sin reservas al servicio de su Iglesia.
Sus expresiones públicas y sus escritos están repletos de impresionantes y estimulantes frases, tan frescas y relevantes a nuestros oídos como lo fueron para aquéllos que las oyeron por primera vez.
"Esta es la puerta del Señor: los justos habrán de entrar" estaba escrito en el dintel de una iglesia en Numidia. Sin embargo, "El hombre que entre, " escribe Agustín:
"habrá de ver borrachos, avaros, embaucadores, jugadores, adúlteros, fornicadores, gente que lleva amuletos, clientes asiduos de hechiceros, astrólogos. "

Debe ser alertado de que las mismas muchedumbres que se apretujan en las iglesias en las festividades cristianas también llenan los teatros en las festividades paganas...

Donde quiera que se erige la imponente masa de un teatro, ahí se socavan los fundamentos de la virtud cristiana, y en tanto este insensato gasto da a sus patrocinadores un resultado glorioso, los hombres se mofan de los actos de misericordia...

Es sólo la caridad lo que distingue a los hijos de Dios de los hijos del demonio. Todos ellos hacen la señal de la Cruz y responden Amén y cantan el Aleluya, todos van a la iglesia y levantan los muros de las basílicas...

¡Quiten las barreras que las leyes imponen! y la capacidad desvergonzada del hombre de hacer daño, su ansia de auto complacencia se embravecería al máximo. Ningún rey en su reino, ningún general con sus tropas... ningún marido con su mujer, ningún padre con su hijo, podría esperar, mediante amenaza o castigo cualquiera, detener la disolución que seguiría al agradable sabor del pecar...

Dénme un hombre enamorado: él sabe lo que quiero decir. Dénme uno que añore; dénme uno que esté hambriento; dénme uno que esté lejos en este desierto, que esté sediento y aspire al manantial del País Eterno. Dénme esa clase de hombre: él sabe lo que quiero decir: Pero si le hablo a un hombre frío, él simplemente no sabe de lo que estoy hablando...

¿Están sorprendidos de que el mundo esté perdiendo el control? ¿De que el mundo se esté haciendo viejo? No se aferren al hombre viejo, el mundo; no se rehúsen a recuperar su juventud en Cristo, que les dice: "El mundo está muriendo, el mundo esta perdiendo control, al mundo le falta el aliento. No teman, su juventud será renovada como el águila."

Aun cuando nadie ha sido más insistente en la necesidad de practicar la pureza, de igual manera nadie ha sido menos puritano en el sentido peyorativo de la palabra. Todo en la creación deleitaba a Agustín. Hablaba a su congregación de los gloriosos colores cambiantes del Mediterráneo, que tan frecuentemente había contemplado. Todas las cosas creadas deberían ser amadas, insistía él. El mar, las criaturas, todo lo que existe, habla de Dios.
Era porque Agustín estaba tan consciente de lo universal del amor y de la presencia de Dios, que podía comunicarse fácilmente con hombres de todas las clases y condiciones. Por ejemplo, una vez les dijo a pescadores de Hipona:
No se les echará en cara el que, contra su voluntad, sean ustedes ignorantes, sino el que descuiden buscar qué es lo que los hace ignorantes; no que no puedan coordinar sus extremidades lastimadas, sino que rechacen a Aquél que las podría sanar.
También, como su Maestro, como los propios Evangelios, utilizaba imágenes cotidianas para expresar sus ideas. Como cuando comparaba los dones de Dios hacia nosotros con el que un hombre le regalara a su novia un brazalete:
Si ella se deleita tanto en el brazalete como para olvidar a quien se lo dio, será un insulto para él; pero si se deleita en el brazalete para querer más a quien se lo dio, eso es para lo que le fue dado el brazalete...
Damos por hecho el lento milagro por el cual el agua en la irrigación de un viñedo se hace vino. Es sólo cuando Cristo convierte el agua en vino, en un rápido movimiento, cual si fuera, que quedamos asombrados,
Y siempre estaba la campiña del África del Norte:
Cuando todo ha sido dicho y hecho, ¿hay una vista más maravillosa, una ocasión en que el alma humana esté más cerca de conversar con la naturaleza de las cosas, que el sembrado de las semillas, el plantado de acodos, el trasplantado de arbustos, el injerto de esquejes? Es como si se pudiera cuestionar la fuerza vital de cada raíz y en cada brote sobre lo que puede y lo que no puede hacer, y por qué.
Así pues, esta centelleante mente sigue viva en sus palabras. Palabras que toman en cuenta las épocas en que fueron escritas o dichas y los temores y ansiedades que esos tiempos generaban, pero que hacen a un lado las vacías esperanzas de moldear un mundo mejor por las meras esperanzas mortales de que un mundo mejor llegue.
Yo ya no deseaba un mundo mejor, porque estaba pensando acerca de la creación entera, y a la luz de este discernimiento más claro, he llegado a ver que, aun cuando las cosas elevadas son mejores que las cosas viles, la suma de toda la creación es mejor que las cosas elevadas por sí solas.
Agustín tenía cincuenta y seis años y estaba en Cartago, cuando, en el año 410, alguien vino a decirle que Roma había sido saqueada. Debe haber sido un momento dramático en su vida. Por supuesto, sabía que algo de ese tipo tenía que pasar y se había preparado para ello, así como a sus feligreses, tanto como había podido. "No pierdan la esperanza, hermanos," les dijo, "habrá un final para todo reino terreno, y si esto es ahora realmente el final, Dios lo ve." Aun así, siguió alimentando la esperanza de que, de alguna manera, eso no sucedería.
En nuestros tiempos, como en los de Agustín, hemos sido testigos de grandes desastres, y sabemos cómo sigue ardiendo la flama de la esperanza. Recuerdo bien una esplendorosa tarde de domingo en agosto de 1940, mientras caminaba en Camden Hill, oí el estruendo de la primera ola de la Luftwaffe alemana acercándose hacia Londres, y pensé, "No, no puede suceder."
Como muchos de mi generación, pensé que las ciudades de la civilización Occidental habían sido bombardeadas moralmente antes de que las verdaderas bombas comenzaran a caer. Pero Agustín amaba y reverenciaba a Roma. La veía no sólo como el símbolo de un gran imperio sino como la civilización misma — todo lo que había admirado y a lo que había aspirado cuando se desarrollaba como estudiante en la gran metrópolis. Roma era arte, literatura, todo lo que él quería alcanzar: era todo lo que el estadista francés Talleyrand describiría siglos más tarde, cuando atestiguó lo que pensaba que era la ruina de la civilización francesa, como douceur de vivre, la "dulzura de la vida."
El primer deber de Agustín era el de infundir ánimo en sus feligreses y evitar el pánico y la desmoralización que el torrente de refugiados que ya estaban comenzando a llegar de Roma al Norte de África, pudo bien haber ocasionado. En un sermón dado en ese tiempo, comparaba la captura de Roma por Alarico, rey de los Visigodos, con la destrucción de Sodoma, recordando a su auditorio que en este caso bíblico, todos habían perecido y la ciudad había sido arrasada por el fuego, para nunca más volver a existir. En Roma había muchos sobrevivientes incluyendo todos los que habían tomado refugio en las iglesias, siendo Alarico un cristiano arriano. Había habido una gran cantidad de destrucción, por supuesto, pero como lo observó Agustín, las ciudades están hechas de hombres, no de muros. Roma había sido castigada pero no destruida.
"El mundo," decía él "se tambalea ante golpes demoledores, el hombre viejo es sacudido fuera, la carne es presionada, el espíritu se convierte en aceite claro que fluye."
Luego pasó a la cuestión más profunda de las relaciones entre las ciudades terrenas, como Roma, que tienen su día, surgiendo y cayendo como todo en el tiempo, y la Ciudad Celestial o Ciudad de Dios, que es eterna. Esta cuestión le ocupó los siguientes quince años, casi hasta el fin de su vida, y resultó en la gran obra de su genio, La Ciudad de Dios, que directa o indirectamente influyó en el pensamiento de los cristianos sobre lo que le deben a Dios y lo que le deben al César, por los siguientes quince siglos.
Vivimos necesariamente, y siempre tenemos que hacerlo, en ciudades terrenas. Son nuestro escenario, nuestro medio, con la historia por nuestro guión. Al mismo tiempo, en toda la creación somos únicos en poder visualizar una Ciudad Celestial no susceptible a los estragos del tiempo, existente más allá de la obscura selva de la voluntad humana. Como lo dijo San Pablo y Agustín le hizo eco: "Aquí no tenemos una ciudad perdurable, pero buscamos que nos llegue una."
Desarrollando el tema, Agustín recorrió toda la historia humana como entonces era entendída. Sus conclusiones nada han perdido de su fuerza a la luz de lo que se ha inventado, concluido y especulado en los siguientes quince siglos:
Los siglos de la historia pasada habrían pasado como jarros vacíos si Cristo no hubiera sido predicho por ellos....
Estos fueron dos motivos que movieron a los Romanos hacia sus maravillosos logros: la libertad, y la pasión por el elogio de los hombres...
¿Qué más había en eso para ellos amar, salvo la gloria? Pues, por medio de la gloria, deseaban tener un tipo de vida después de la muerte, en los labios de quienes los elogiarían....
La Ciudad Celestial brilla por encima de Roma fuera de toda comparación. Ahí, en vez de la victoria, se encuentra la verdad; en vez de alto rango, santidad; en vez de paz, felicidad; en vez de vida, eternidad...
Tomemos a Aristóteles, pongámoslo junto a la Roca de Cristo, y se desvanece en la nada. ¿Quién es Aristóteles? Cuando oye las palabras, "Cristo dijo," entonces se sacude en el infierno. "Pitágoras dijo esto," "Platón dijo aquello." Pónganlos junto a la Roca y comparen a esta gente arrogante con Aquél que fue crucificado.
En nuestro estado caído, nuestra imperfección, podemos concebir la perfección. A través de la Encarnación, la presencia de Dios entre nosotros en los lineamentos del Hombre, tenemos una ventana en los muros del tiempo que ven a esta Ciudad Celestial. Esta fue la conclusión más profunda de Agustín y en su gran obra la consagró de manera imperecedera, para confortar y ser una luz en los días obscuros que se veían venir, cuando en el año de 430, los Vándalos, triunfantes, cruzarían al África, llegando a los muros de la misma Hipona, cuando yacía ahí él, ya moribundo.
Hoy la ciudad terrena se ve aun más grande, al punto de que puede decirse que se ha apoderado de la celestial. Apartándose de Dios, infatuada con la arrogancia generada por su fabuloso éxito en explorar y dominar el mecanismo de la vida, los hombres creen estar, por fin, a cargo de su propio destino.
Conforme sondeamos las consecuencias desastrosas de tal actitud, el caos y la destrucción que ha traído, como lo hizo Agustín con la caída de Roma y sus consecuencias, sus palabras de esa otra ocasión siguen siendo aplicables, como él lo dice, a todas las circunstancias y condiciones del hombre:
En su paso aquí, la Ciudad Celestial hace uso de la paz dada por la ciudad terrena. En todo lo que se relacione con la naturaleza mortal del hombre, preserva y de hecho busca la concordancia de las voluntades humanas. Refiere la paz terrena a la paz celestial, pues es en verdad esa paz la que por sí sola puede describirse como paz, pues es el más alto grado de fraternidad ordenada y armoniosa en el goce de Dios y de los demás en Dios. Cuando se alcanza esta etapa entonces habrá vida, no una vida sujeta a la muerte sino vida que clara y ... ciertamente es dadora de vida. Habrá un cuerpo, no un cuerpo que sea animal, que pesa sobre el alma conforme va decayendo, sino un cuerpo espiritual que no experimenta necesidad alguna y en todo subordinado a la voluntad.

Esta es la paz que la Ciudad Celestial tiene mientras está aquí en la fe, y en esta fe vive una vida de rectitud. Hacia el establecimiento de esa paz, refiere todas sus buenas acciones, sea que estén dirigidas hacia Dios o hacia el prójimo, pues la vida en esta Ciudad es total y enteramente una vida de hermandad.

lunes, 28 de mayo de 2018

Antonio Gramsci and his Influence on the Cultural Revolution in our Time.

Antonio Gramsci and his Influence on the Cultural Revolution in our Time.


Taken from: http://itinerariummentis1.blogspot.mx/2012/10/antonio-gramsci-y-su-influencia-en-la.html

Translated from the Spanish by Roberto Hope

Degradation of the culture and values in our time


The degradation of our culture and values in our time, in the pursuit of a single way of thinking and a new world order, forms part of an intelligent strategy devised by Antonio Gramsci.

1. - Who was Antonio Gramsci?

He was an Italian politician and thinker, one of the founders of the Italian Communist Party.
He was born in Sardinia in 1881 in a very poor family
Attended the University of Turin from 1911 to 1914 and abandoned his studies because of health problem
Together with Emilio Togliatti, he founded the Ondine Nuovo daily,in 1919, which later became the organ of the Italian Communist Party founded by him.
From 1921 to 1924, worked for the Socialist International in Moskow and in Vienna.
Returns to Rome in 1925 and opposes Benito Mussolini´s dictatorship. Was arrested in 1926 and put in jail in 1928.
1928-1937: disseminates his revolutionary ideas from jail by means of handwritten notebooks which were not published until after his death, under the name of Prison Notebooks (1948 and 1951)
Died in the jail hospital in Rome in 1937

2. The Gramscian strategy.

Gramsci claimed that no ideology could be imposed by force. A very violent revolution generates, as an immediate response, a counterrevolution that weakens and may even surpass the force of the first one. All change requires a previous persuasion for it to fertilize the land where the change is to flourish. The Marxist ideology would not escape this rule.

This is why he designed his strategy this way. To impose an ideological transformation it was first necessary to begin by attaining a modification in the way of thinking of civil society' (the people or inhabitants of a given country) by means of minute changes in the field of culture carried out over time. It was necessary to build up a new thought. Create what he used to call the people´s common sense, understood to be the common way of thinking of the people, which historically prevails among the members of the society. Making civil society attain a new way of "seeing life and its values" is what was necessary. To Gramsci, this is more important and of greater priority than achieving domination of political society (set of organisms which exercise power from the judicial, political, and military fields).

To make civil society (the sovereign people, public opinion) get to share a common way of feeling (the common sense) it was necessary to appropriate the organisms and institutions where the values and cultural parameters are developed: communications media, universities, schools, art. It was necessary to aim towards that. With patience, educating the new generations from childhood, over time (as, for example, in Mao's China or Fidel Castro's Cuba).

Once this process was to have been accomplished, acquisition of political power would fall of its own weight, without armed revolutions, without opposition, without counter-revolutions, with no need to impose the new order by force, as it would enjoy a general consensus.

3. Obstacles to overcome for the success of the Gramscian process:

Gramsci himself pointed out that, for the process to be successful, two obstacles would have to be sorted out:

The Catholic Church and the family.

3.1 Why the Catholic Church? Because, not without reason, Gramsci thought the Church´s permanence through the centuries was supported on the three following pillars:

a) The profession of a firm and unshakable faith, without concessions, and the constant repetition of the same doctrinal contents. In this way, it had achieved a strong common sense (way of thinking) among the peoples over the centuries.

b) Its having been able to amalgamate the illiterate people as well as the middle classes and the intellectual elites in its bosom. Indeed, no immanentist philosophy, including Marxism, .had managed to unite the intellectuals and the common people, the doctrinaires and the practicing, the experts and the neophytes (or 'initiated'), in a single common sense or belief. In this, Gramsci envied the Church.

c) Lastly., while Marxism required men to fight to achieve a classless society here and now, since everything ended with death; the Church had managed to convince men to look towards transcendence, to the hereafter,.and with it not only had it given an answer to the meaning of life but also to the meaning of death.

3.2 Why the family? If the strategy consisted in the formation of a way of thinking through educating in the new revolutionary values, it is clear that the family, primary educator of man in the first five years of his life, was an intolerable impediment.

4. Gramsci's strategy to overcome these obstacles.


4.1 Discredit the Church, if possible disqualifying its doctrine ("religion is the opium of the people") as well as its hierarchical members (clergy and religious of consecrated life).

4.2 Destroy the family, presenting it as an institution of the past, now left behind, incapable of educating. Separating children from the influence of their parents at their most tender age, by means of massive education in the "new culture" (experience in collective farms or distance education). Or intervening in the fundamental aspects of the child's life, from the school, and without the participation of the parents. Promoting the absence of the parents by subjecting them to unavoidable work commitments, so that children be left under the influence of counter-values education through television.

5. Some of the socio-cultural consequences of the de facto application of Gramscianism.

We cannot but recognize "that many of the efforts and predictions of this Sardinian philosopher and politician have materialized in such a way that they are now elements forming part of the common atmosphere that we breathe these days. There is an unconcealable secularist hegemony which saturates the minds of large segments of current society — beyond the various shades and variations by country, region, and town — and it is making possible, day by day, that what once had been seen as unacceptable, negative or even aberrant, be now seen as "normal", positive and even commendable, in more than one occasion.

Let us examine some examples, easily observable. Gramsci postulated that the only reality which can (and should) be spoken of is that of the "down here" (totally shut immanence), that the secularist writers and thinkers should exercise predominance in the massive communications media (it suffices to turn on the television set, to listen to certain radio programs or to take a look at any newsstand), that an end be put to the prestige of authors, institutions, communications media and publishing houses faithful to traditional values and, consequently, opposed to the secularists and modernists.

Gramsci even foresaw the defection of numerous Catholics who, blinded by the secularist Utopia, would accept the diverse forms of historical commitment." The acute Italian intellectual knew quite well that greater gains would be achieved by these gradual means of slow but sustained transformation of mentalities than by means of open persecution. A veritable war of position skillfully conceived and strategically executed. But too poorly understood and countered by those who had the obligation to do so.

It would appear that we live in a world designed (and tailored) by Gramsci: The moral and political values have been inverted. It is sought to de-hierarchize everything of value and to exalt everything that implies "horizontalism", the healthy philosophical and theological thought is "deconstructed" in such a form that it is left pulverized in a multitude of new ideologies and 'philosophies', the sole aim of which is to "de-mythify", "secularize" and "de-sacralize" everything.

Antonio Gramsci would certainly be pleased — and much — if he were able to see the full process of carrying out (of actualization as Gentile would call) of something he once prophesied: The end of religion would have to be by "suicide", by diluting the limits of Christendom with respect to the modern world. While some men dream that what has been occurring is the "Christianization of the world", what has been actually happening is exactly the opposite, considerable segments of "Christians" have become worldly, adopting the parameters and criteria proper of a mentality entirely inserted in a secularist and profane world view. Although it is not always explicitly denied, they live as though the transcendent world did not exist, as though everything started and ended "here below."

The program was (and is) quite clear: "attain the discrediting of the hegemonic class, of the Church, of the army, of the intellectuals, of the professors, etc. It will even be necessary to raise the flags of the bourgeois liberties, of democracy, as openings to penetrate civil society. It will be necessary, in a Machiavellian way, to appear as champions of those democratic principles, but knowing well that they are considered only an instrument for the general Marxistization of the common sense of the people".

Another regrettable fact, easy to observe in diverse cultural environments in the West, especially in the Latin and Latin American countries, is what has become known as the 'betrayal of the intellectuals.' This is being accomplished by various means, whether by granting them favors, perquisites, sinecures, and praises of all kinds, or else by the opposite tactic, which is the one followed with the intellectuals and professors who do not yield before these forms of preemption, for them is the pressure, blackmail, threats, boycott when not plain discredit, calumny, and defamation.

And this is because in the Gramscian strategy it is fundamental to break the opposing intellectuals in one way or another. Let's read what Father Alfredo Sáenz has to say: "Gramsci considers a great battle has been won whenever the defection of an intellectual has been accomplished, whenever a traitorous theologian, a traitorous military man, or a traitorous professor, has been conquered to his worldview. It is not necessary for these 'converts' to declare themselves Marxist, what is important it that they are no longer enemies, they are potable" for the new worldview. Hence the importance of winning over the traditional intellectuals, those who, apparently placed above politics, influence decisively in the propagation of ideas, since every intellectual (professor, journalist or priest) drags behind him a considerable number of proselytes."

"Which religion, matters not", "everything is as you see it", "do what you wish, as long as you are authentic", "everything is permitted now"; and at a philosophical level "there is no human nature, only history", "I give my own essence myself", "there is no being, only becoming"; "there is no truth; everything is reduced to multiplicities", "there is no writer, only text", "there is no subject, only structures". That, in the predominant mentality of our times, at the popular level, things like these and other similar nonsense and absurdities (the catalog is endless) should prevail, means that a camouflaged Gramscianism, in invisible alliance (deliberate or not) with the New Age movement and other ineffable adherences, keeps imposing itself full-line, beyond the ever more scarce public mentions of this Italian author, both on the part of those who support him as on that of his detractors.

As we have seen, Gramscianism represents the most aggressive, caustic, and dissolvent attack against all forms of transcendent religion, and in particular against Catholicism. Much of the current de-Christianization results in good part, from the destructive and semi-concealed action of the "organic intellectuals" a la Gramsci, positioned strategically, an action geared to the "alteration of the common sense" theist and Christian so that its opposite take its place.

This implies the "internal decomposition of Catholicism", "to make the Church break up from the inside" and totally liquidate "the old conception of the world" inherent in the Catholic Christian culture.


Finally, it is worth noting that few things contribute so much to the advancement of secularism as the defection of theologians, professors, thinkers, journalists, or writers. This is why one has to think in congruence with the principles one claims to profess, but, not less important, it is also necessary to lead a coherent life that does not detach and incommunicate the various dimensions of human life "he who does not live as he thinks will end up thinking as he lives."