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by Tejji

domingo, 21 de enero de 2018

El Americanismo y el Colapso de la Iglesia en los Estados Unidos

Americanismo = Herejía

Por el Dr. John Rao


Tomado de: http://www.traditionalcatholicpriest.com/
Traducido del inglés por Roberto Hope

Parte 1

Introducción

Americanismo es un término que parece indicar no otra cosa que una devoción a los Estados Unidos de América. En realidad, el Americanismo enseña principios y una forma de vida que representa, y siempre ha representado, una amenaza para la Iglesia de Roma. En efecto, la amenaza que representa para el catolicismo pudiera ser la más peligrosa que la Iglesia haya experimentado en los pocos siglos pasados de revolución. Su calidad perjudicial surge de la sutil y efectiva transformación de los Estados Unidos en una nueva religión, cuyo dogma central del “pluralismo” no puede ser investigado ni cuestionado: una nueva religión de cuyo credo se dice que es puramente “práctico” y “pragmático”, pero que en realidad busca una reconstrucción mesiánica del mundo entero: una nueva religión que no admite oposición a su voluntad.

El colapso de la causa católica en los Estados Unidos puede ser atribuido en gran medida a un error comprensible, del cual los americanos católicos patriotas han sido víctima. El Americanismo les fue presentado como algo que entrañaba nada más que un amor a la patria, digno de elogio, con metas prácticas y pragmáticas. Se lanzaron por entero a su defensa bajo el supuesto de que su deber cívico lo exigía, y que el no hacerlo daría apoyo a los enemigos de la patria. Pero lo que de hecho recibieron en nombre del patriotismo y del pragmatismo fue una serie de instrucciones para su suicidio religioso y cultural. Los católicos siguieron esas instrucciones, sustituyendo su fe verdadera con la religión del Americanismo, generalmente sin siquiera reconocer que eso era lo que estaban haciendo y, de hecho, regocijándose generalmente de su auto-destrucción a cada paso en el trayecto.


Nada podrá lograrse por la causa de la Iglesia (e, irónicamente, tampoco por la causa del patriotismo) hasta cuando los católicos lleguen a entender la naturaleza de la fuerza que los está matando. Una apreciación plena de la profundidad de la oposición del Americanismo con el catolicismo, puede, sin embargo, alcanzarse sólo mediante una discusión de problemas históricos que se arrastran desde hace siglos. La clarificación de esos problemas debe ser una encomienda de dos etapas. Deberá comenzar con un examen de lo que pudiera llamarse el “alma” de los Estados Unidos de América, y las formas en que el carácter de esta “alma” ha dictado el desarrollo sutil de una religión fideísta, pseudo-patriótica, pseudo-pragmática. Luego, deberá enfocarse sobre  los diversos intentos de una Iglesia “extranjera” para conciliarse con este culto verdaderamente anti-patriótico. La controversia católica particular que circunda el surgimiento de una herejía Americanista en la segunda mitad del Siglo XIX deberá tratarse en el contexto de esta segunda fase de mi argumento.

Sólo una vez que el antecedente histórico haya sido planteado será posible comprender el atractivo del “plato de lentejas” que ha conquistado al católico contemporáneo — clérigo, religioso y laico — y la facilidad con la que la Iglesia en los Estados Unidos ha perdido su propia alma y elogiado su suicidio como una gran victoria. Sólo una vez que se haya puesto en claro qué tan profundamente arraigado está realmente el problema, pueden sus actuales consecuencias mundiales juzgarse adecuadamente y la pregunta formidable plantearse de nuevo: ¿qué debe hacerse? 



I. Patriotismo y el alma americana.

¿Qué es exactamente una “nación”? Ésta es en sí misma una pregunta difícil y una que se ha complicado por la ideología revolucionaria de los últimos dos siglos. Baste decir por el momento que es una amplia comunidad, dentro de la cual el individuo siente la presencia del “hogar”. Es la estructura cuyo lenguaje, geografía, instituciones, pasado y pueblo evocan imágenes familiares y afectuosas.

No necesita uno decir que una nación dada haya sido predestinada históricamente a ser lo que ahora es, o a tener sus actuales fronteras, para reconocer que una “cuna” así es esencial para el bienestar del hombre. Aun cuando es el individuo y sólo el individuo el que se gana su salvación, el individuo siempre alcanza esta meta dentro del contexto de un número de distintas comunidades: sociedades que incluyen a su familia, su escuela, su lugar de trabajo, su gremio y hasta sus círculos. Cada uno de ellos lo enriquece como persona en distinto grado, mediante el desarrollo de necesidades psicológicas, y encarnando deberes morales en específicas y enfáticas formas. Cada uno le señala a él lo que es Verdadero, lo que es Bueno y lo que es Bello, pero desde perspectivas diferentes.

La “nación” proporciona la estructura para el desarrollo de todas estas necesidades y deberes morales, y es también el símbolo necesario de la unidad de un serio “hogar”. Si un hombre no pertenece a una unidad real de este tipo, a la cual esté dedicado y por la cual se sacrifica por constituir una estructura crucial para su existencia, comienza su peregrinar por la vida con sólo la mitad del equipaje vital para su trayecto. Un hombre sin patria es como un hombre suspendido en el aire, porque carece de las cosas concretas que una nación ofrece — un poblado, un lenguaje, una forma de vida, y una manera de proporcionarlos — a fin de lograr aun sus tareas más básicas ¿Que hay problemas inherentes a la relación individuo-nación? Muchos, porque uno podría ser tentado a quebrantar el código moral para beneficio de su país, igual que uno puede extraviarse en interés de su propia familia. ¿Las dificultades que engendra justifican abandonarla? No más que los crímenes que puede cometer un padre por el bien de sus hijos legitiman que se rechace la estructura familiar. 

¿Cómo determina uno la calidad peculiar de una nación dada, en oposición a las naciones en general? Examinando lo que he elegido llamar su “alma”. Esta musa o espíritu puede identificarse a través de los claros medios que Dios ha dado a todo hombre para entender el mundo que lo rodea. Se percibe con el estudio del lenguaje, la literatura, las leyendas y los hechos históricos que acompañan la fundación de una nación. Se entiende a través de los hechos de sus grandes hombres, sus artes, sus costumbres, y hasta su cocina. El estudioso que se adentra al “alma” de una nación llega a sentir las presuposiciones básicas y el modus operandi de su gente. ¿Hay problemas con esta búsqueda del alma de una nación? Demasiados para enumerarlos todos. Es fácil sustituir el sentimiento o la intuición mística por la razón durante esa búsqueda. Uno puede fácilmente justificar un comportamiento ilícito con referencia a las demandas de un espíritu nacional peculiarmente inspirado. ¿Las dificultades que eso engendra justifican su abandono? No más que los errores que se hacen al identificar el carácter de una familia en particular exigen rechazar la noción de que, de alguna manera, es distinta de toda otra “comunidad” de hombre, mujer e hijo. Uno debe simplemente estar preparado para someter sus descubrimientos al tribunal de la Iglesia de Cristo, al juicio del Cuerpo Místico que siempre ha respetado y alentado las verdaderas distinciones entre las naciones.

El “alma” de América ha sido formada por muchos factores, de los cuales dos son cruciales para la discusión presente. Por una parte, ha sido formado, en gran medida, por el intento de unir a una multitud de grupos étnicos bajo una tradición inspirada por la experiencia inglesa. Por la otra, ha sido construida sobre un fundamento protestante puritano. Ambos de estos factores se han fusionado, formando un “alma” llena de contradicciones, que pocos tienen voluntad de analizar o están siquiera conscientes de su existencia. Estas contradicciones y dificultades son particularmente evidentes en relación con la cuestión de “nación” y “patriotismo”. Aun cuando en la práctica tales influencias no pueden separarse clínicamente, es necesario hacerlo por claridad teórica. Una separación clínica revelará que el primero de estos factores ha mermado seriamente la calidad del carácter de nación en los Estados Unidos, en tanto que el segundo ha puesto obstáculos en el trayecto de la condición de nación en y por sí misma. Su operación en tándem creó una confusión que ha permitido el desarrollo del Americanismo y su entrada en la vida de la Iglesia.

Una comprensión clara de la primera de estas influencias formativas requiere de un breve repaso del “alma” inglesa. Inglaterra es una nación que ha sido marcada por un conservadurismo más profundo que quizás cualquier otra nación de occidente. Todo lo que cause cambio o agitación generalmente provoca un profundo sentimiento de ansiedad en la mente inglesa. Esto es tan cierto en cuanto al pensamiento como a la acción. Divergencias serias de pensamiento han sido usualmente vistas por los ingleses como algo que tiene consecuencias desestabilizadoras, que los inspira a auto-censurar el llevar las ideas a sus conclusiones lógicas. No es accidente que la Revolución Protestante en Inglaterra creó la Iglesia Anglicana y la “vía media”, con su intento de combinar la nueva religión con mucho de la antigua. No debe uno sorprenderse de que la Ilustración en Inglaterra no dio lugar a un caos político, sino más bien a un esfuerzo por modificar el cristianismo y establecer ese protestantismo liberal que enmascara una pérdida de fe detrás de formas de culto y de gobierno eclesiástico externamente tradicionales. 

Hay poco misterio en el hecho de que los filósofos ingleses han sido con frecuencia anti-filósofos, en el sentido de que han buscado demostrar que las ideas no tienen un significado intrínseco y que toda la empresa filosófica no es más que un juego de palabras. No es de sorprenderse que la literatura, con su revelación del hombre no-racional, habla más del genio de la nación inglesa que la metafísica. El espíritu inglés de desconfiar de las ideas como un canal de cambio impactó tanto a los editores jesuitas de La Civiltá Cattolica en el siglo XIX, que argumentaron que una prensa libre en Inglaterra no podía significar la misma cosa que en una nación latina. La búsqueda latina de claridad y diferenciación, insistían ellos, llevaba a los pueblos del continente a acciones lógicas que pocos ingleses habrían estado dispuestos a tolerar. Un deseo innato de estabilidad les impedía tomarse a sí mismos — o a cualquier otra cosa — demasiado en serio. Si la virtud de este espíritu radicaba en la unidad que producía, su vicio radicaba en su banalidad potencial. Por fortuna, como lo han argumentado muchos teóricos políticos católicos, Inglaterra irreflexivamente preservó tanto de lo que era sensato y católico en espíritu, que lo banal nunca se apoderó de la cultura de ese país por lo general.

Los Estados Unidos en gran medida heredaron este profundo conservadurismo inglés. También han siempre deseado la estabilidad y tenido aversión al cambio. Tan pronto como estuvo en posición de hacerlo, confirmó en su constitución la estructura política de su pasado inglés. Lo hizo bajo la guía de su aristocracia histórica, que en 1787, efectivamente usurpó del Congreso revolucionario existente, el derecho de hacer lo que quisiera en este aspecto. Como los ingleses, los americanos son un pueblo que generalmente sospecha del pensamiento como algo que es una pérdida de tiempo potencialmente peligrosa. Puede observarse en este contexto que los editores de Civiltá aplicaron sus comentarios a los Estados Unidos como lo hicieron al Reino Unido.

Si América hubiera sido nada más que una imagen de espejo de Inglaterra, entonces este desdén por el mundo de las ideas pudiera no haber tenido las consecuencias devastadoras que ha tenido. Pero los Estados Unidos son diferentes de Inglaterra. Tuvieron que lidiar, entre otras cosas, con las migraciones masivas de la historia. Fueron forzados a asimilar el desembarco en sus costas de millones de gentes de variadas nacionalidades, muchas de ellas ignorantes del lenguaje y de las leyes de su nuevo hogar.

El “conservadurismo” americano dio lugar a movimientos que trataron de mantener fuera a estas masas. No tuvieron éxito en sus esfuerzos. La única otra alternativa, dada la tendencia hacia la estabilidad, parecía ser la adopción de una política de “integración” rápida. Si no podía asegurarse la unidad cerrando las fronteras, la armonía podría prevalecer sometiendo a los inmigrantes a un proceso de “americanización”.

¿Cómo se logró esta tarea? De dos maneras. Primero que nada, de manera negativa, enseñando sutilmente a la gente inmigrante lo que no podían hacer en los Estados Unidos. Así, se les enseñaba que las cuestiones controversiales que trastornaban la estabilidad, tales como aquéllas que tocaban a la religión, estaban fuera de lugar en el foro americano. La Constitución ya había iniciado este proceso cuando su conocimiento de la diversidad religiosa la llevó a abandonar el concepto de una Iglesia establecida. En segundo lugar, también se logró de una manera “positiva” descubriendo una meta hacia la cual todos los americanos, independientemente de su forma de vida, podrían aspirar.

Esta meta positiva se halló en una “mentalidad pionera”, materialista, que se manifestaba de formas variadas. Es difícil de exagerar el poder ejercido por la imagen de un continente virgen, listo para ser conquistado, en las mentes de los excitados americanos. Se apelaba a esta imagen en la causa de “integración”. A los americanos leales se les pedía que evitaran discusiones divisivas sobre lo “no esencial”. En vez de eso se les conducía por el camino del pionero hacia la explotación práctica de las riquezas de este país. Fuera en el Este, de una manera figurativa, o en la frontera, de una manera literal, a los americanos se les asignó un propósito nacional común: el alcanzar una forma de vida para ellos mismos y para sus familias, a niveles nunca soñados anteriormente. El trabajo duro y los logros materiales sólidos se tenían por las verdaderas señales del espíritu patriótico. Trabajo duro y logros materiales sólidos, dicho sea de paso, que por sí mismos no trastocaran o exigieran demasiado del prójimo, y de esa manera se volvieran divisivos; trabajo duro y logros materiales, independientemente de su objeto o calidad. Así, en efecto, las preocupaciones potencialmente peligrosas pero sublimes serían sacrificadas en favor de proyectos sin duda pacificadores pero mundanos. El sacrificio habría de hacerse en el altar de la unidad americana, por la armonía que se requería del “hogar”.

Salvo por una excepción importante, América no llevó a cabo esta misión de manera violenta. La excepción fue el ataque a la aristocracia sureña en la Guerra Civil, cuya derrota quitó la única clase que era permanentemente controvertida y que estaba casada con principios distintos de los puramente pragmáticos y materiales. Fuera de eso, no se masacraron grupos étnicos específicos (con excepción de los indígenas), no se prohibieron los idiomas extranjeros, y las religiones serias no fueron perseguidas sobre una base regular de manera oficial. Cualquier esfuerzo de ese tipo se habría visto como algo desestabilizador y divisivo, violando de esa manera el principio básico de “integración”. Además, la “integración” no se llevaba a cabo primariamente por medio del gobierno. En vez de ello, el gobierno americano ayudó al proceso con su propia debilidad, su ausencia de deseo de hacer cumplir doctrinas religiosas o de censurar ideas o comportamientos que fueran abrazados por un número significativo de gente en este país. Un programa del gobierno que lo abarcara todo habría indicado claramente la naturaleza de lo que estaba pasando, incitado a la oposición y, quizás, derrotado el fin último de alcanzar la estabilidad.

Así, los Estados Unidos presentaban una imagen dual de proteger la “libertad” y a la vez lograr la “estabilidad”. Creó la impresión de establecer lo que llegó a conocerse como una sociedad “pluralista”, donde se respetan muchas formas de vida. En verdad, sin embargo, los múltiples órganos de la sociedad anglo-sajona y el espíritu de la cultura anglo-sajona fueron “moderando” e “integrando” esta diversidad hasta su desaparición, lentamente, pacíficamente pero efectivamente. Creó la ilusión de estabilidad, ya que el propósito de la “integración” era asegurar la dominancia de los modos nativos americanos. En verdad, sin embargo, los americanos anglo-sajones mismos fueron presionados hacia una gradual transformación de sus propias tradiciones: Todo lo que amenazara la adopción de nuevos grupos comenzó a ser desalentado y renunciado tanto como las particularidades de los inmigrantes. La unidad tomó precedencia sobre la costumbre, el hábito y hasta lo que se consideraba que era verdad. Buscando integrar, los americanos nacidos en su país estaban también siendo integrados. ¿Integrados a qué? A una sociedad “pluralista” que sólo podía sobrevivir perdiendo partes y pedazos de las ideas de todos sus elementos componentes, y doblegando la plenitud ante la construcción de una cultura gris que sirve al mínimo denominador común de las necesidades humanas materiales. Se inició un proceso que ha acabado por “integrar” a la vida americana a grupos que abrazan perversiones, así como por determinar la manera en que sus necesidades e intereses pudieran ayudar a mejorar el producto interno bruto. Se inició un proceso que ha acabado por glorificar al técnico computacional por encima del santo, a la publicidad de los medios por encima de las cuestiones de sustancia, y a las hamburguesas producidas en masa por encima de las creaciones de los grandes compositores.

Generaciones de observadores europeos, empezando por Alexis de Tocqueville en su Democracia en América, han hecho notar la efectividad con la que la sociedad americana, motivada por su espíritu anglo-sajón, ha reprimido calladamente la emergencia de marcadas diferencias de opinión, y ha canalizado los esfuerzos de su población hacia fines materiales limitados, pacíficos, pero indiscriminadamente vulgares. Sus comentarios han sido apoyados por numerosos escritores americanos que han sentido la obligación de “abandonar” esta sociedad a fin de vivir como seres humanos plenos. Estoy aquí hablando de hombres de derecha, y no de liberales, cuyo “anti-americanismo” es en sí mismo una forma de la misma mentalidad americanista. Viene a la memoria, por ejemplo, la aseveración de T.S. Eliot de que el americano pensante frecuentemente buscaba “perderse” en algún lado alejado de la cultura dominante, en lugares como la Ciudad de Nueva York, a fin de mantener por lo menos la ilusión de supervivencia intelectual y espiritual. Uno puede señalar el ensayo satírico de H.L. Mencken, On Being American (Sobre Ser Americano), en el cual arguye que para un hombre inteligente sólo hay dos razones de permanecer en los Estados Unidos, ya sea como un medio para engañar y ganarse la vida fácilmente, o como una manera de reírse a costa de la vulgaridad que lo rodea. Los escritos de muchos de esos hombres dejan ver un tema amargo común. América ha hecho a los “pensantes”, los “espirituales” y los “comprometidos” aparecer ya sea como “locos” o como “traidores”. No se requiere de una policía secreta para alcanzar este objetivo. La labor se ha hecho de manera gentil y natural, debido al carácter de una “alma” anglo sajona influenciada, salida de control. 

Yo creo que estos críticos han estado correctos en su apreciación. La obsesión americana por evitar la controversia ha acabado por penalizar al hombre serio. Este es un fenómeno lamentable, ya que un ser humano — y un patriota — no es meramente una máquina de prosperidad sino también un pensador, un constructor de cultura y un soñador de sueños. Necesita expresar su respeto, individualmente así como formando parte de una comunidad, a las cosas más elevadas. Como lo dice Isaías, “sin una visión, los pueblos perecen”. Una nación que permite poco o nada de alcance público a tan importantes exigencias de la personalidad humana es ciertamente una “cuna” defectuosa. Sin embargo, el deseo anglo-sajón de estabilidad retiene cierta percepción acerca de la importancia del “hogar”, sus necesidades, y los valores y la armonía en él. Ve que algo que asemeja a una nación es lo suficientemente vital para los hombres como para exigir sacrificios para mantenerlo. Parece admitir el país como una estructura distinta del individuo y de la estructura obvia para su desarrollo. El bagaje que proporciona a sus ciudadanos puede ser defectuoso e inadecuado, pero por lo menos les provee de algo de lo que se pueden afianzar a fin de trabajar por ciertas metas legítimas de la vida. 

Pero America creció bajo una segunda influencia, más destructiva. Se desarrolló bajo la tutela del protestantismo puritano. Este fue un maestro que entendía tan poco de la naturaleza humana, que inevitablemente envenenaba todo lo que tocaba. Aun cuando trataba de llenar el vacío que dejaba el abandono de los objetivos nacionales más elevados, lo hizo aplastando por completo la idea de nación. De esa manera amenazó al americano con la perspectiva de carecer enteramente de un “hogar” que amar.

¿Qué es lo que yace como base del Puritanismo? Un énfasis en la depravación total del hombre luego del pecado original. ¿Cómo puede un hombre salvarse de acuerdo con sus preceptos? Sólo por un acto individual de fe en el deseo de Dios de aceptar a un monstruo intrínsecamente perverso a vivir con Él eternamente. Nada de lo que un hombre pudiera hacer, bueno o malo, según el dogma puritano, puede afectar el resultado final de su trayectoria personal. 

Los resultados de esa perspectiva de vida son múltiples. Una dicotomía entre el Dios todo perfecto y los individuos enteramente perversos no admite espacio alguno para la labor de la sociedad en el plan divino. Todos los hombres son átomos ante su Dios, fundamentalmente solos en su actitud ante Él. Esta “atomización” es, quizás, el subproducto más básico del puritanismo. La presunción de las comunidades y autoridades como la Iglesia, que dicen guiar a los hombres hacia Dios, se volvieron intolerables. Los Papas y obispos, vistos desde esta perspectiva, inevitablemente van a corromper cualesquier funciones que desempeñen en este mundo perverso, y por lo tanto, no pueden ser parte del plan divino. Una “Iglesia”, en tanto una deba existir para desempeñar funciones simbólicas y reuniones de oración, se vuelve entonces meramente el instrumento de una congregación democrática de creyentes atomízados.

Los esfuerzos del hombre por transformar el universo en un “espejo de Dios” se volvieron igualmente inútiles. La música, el arte, la arquitectura, el alimento, el vestido y todo lo demás que trata de profundizar en las bellezas de un cosmos corrupto, se vuelven una abominación. Europa como un conjunto, cuyas ciudades habían florecido bajo auspicios católicos y albergado innumerables variedades del quehacer humano, se vuelve desesperanzadamente decadente. Muchos puritanos sacaron la conclusión de que la única manera en que un cristiano que teme a Dios puede sobrevivir es huyendo tan lejos de Babilonia como le sea posible, al otro lado del mar, a un Mundo Nuevo. Aquí, de manera paradójica, crearía un lugar seguro, una nueva Jerusalén, una Ciudad en el Monte, viviendo fuera y por encima del vano intento de divinizar el Universo.

Los Protestantes puritanos no necesariamente desean cambiar el concepto de “hogar”, “nación” o “patriotismo”. Ellos, también, eran ingleses, y por lo tanto sujetos al mismo conservadurismo que movía el “alma” inglesa. Además, los hábitos católicos inconscientes y la presión ejercida por mil años de vida social católica, con frecuencia les impedía poner en operación toda la fuerza destructiva de sus propias ideas. No obstante, la lógica del protestantismo puritano lo impulsó hacia sorprendentes alteraciones de la idea patriótica en América. Estaba destinada a alcanzar este fin a través de auspiciar la secularización.

La secularización fue apresurada de tres maneras por el puritanismo protestante. Una fue la de haber sostenido doctrinas tan inhumanas que hacían que el hombre se apartara de Dios con horror. Una segunda fue a través de establecer una dicotomía tan rigurosa entre Dios y el hombre como para poner en duda lo racional de toda la misión de Cristo, negar la realidad de la encarnación y alejar lo divino fuera del alcance del hombre. Por último al desdeñar tanto al mundo y ridiculizar la posibilidad de su transformación, como para liberar a la naturaleza enteramente de la dirección de Dios. Aun cuando los puritanos no buscaban ninguna de estas consecuencias, la lógica del puritanismo aseguró que así fuera. Su avance era con frecuencia ocultado al conocimiento público, en parte porque el sentido conservador llevaba a aquéllos que habían perdido la fe, a seguir refiriéndose a “Dios” y usando terminología cristiana al discutir sus ideas no cristianas, y en parte porque esos hombres ya no percibían lo que significaba su propia apostasía.

Un hombre secularizado no puede fácilmente deshacerse de las influencias que lo formaron, El “puritano secular” sigue siendo puritano en su manera de lidiar con el mundo: Esto es obvio en tres aspectos de su actitud, todas las cuales han llegado a sus lógicas consecuencias en nuestros días.

Uno puede comenzar por observar que, aun cuando ya no cree en Dios en un sentido ortodoxo, el puritano secular sigue entendiendo que los hombres son átomos, individuos en cuya vida la sociedad no juega un papel verdadero. Así como se esperaba que un hombre hiciera un acto privado, de fe en Dios, ahora se espera que haga un acto privado, de fe en sus propios objetivos, con independencia de sus congéneres. Así como antes interpretaba las escrituras de manera privada, ahora debe ser auto-suficiente al guiar su propia vida. Y así como a la Iglesia, con su abanico de autoridades, se le veía como un intruso injustificado en la relación del individuo con Dios, ahora a todas las instituciones seculares se les condena desde el mismo punto de vista. El estado, la familia, las tradiciones de autoridad en general, y la organización enemiga preferida en particular, a todas ellas se les considera culpables de una forma de allanamiento de morada. Siendo malos en sí mismos, explican la persistencia de la maldad en este planeta y puede ella sólo ser tolerada si ejerce sus funciones sujetas a la libre aceptación de los individuos, y mediante estructuras democráticas análogas a las de las congregaciones puritanas. El actual asalto de todo aspecto de autoridad, visible particularmente desde los años 1960s está relacionado directamente con esta actitud y no puede entenderse sin ella. El puritanismo secularizado y la autoridad son enemigos mortales.

En segundo lugar, el puritanismo puede todavía notarse en el desagrado que muestran los americanos ante los esfuerzos de transformar al mundo en un “espejo de Dios”. Este desagrado se presenta en dos formas superficialmente contradictorias pero en el fondo relacionadas entre sí. Muchos americanos siguen anatemizando la “alta cultura”. En el momento en que cualquier cosa, desde la arquitectura y la música hasta la cocina y la ropa, se eleva por encima de lo mediocre, la califican como absurda, despilfarro, y afeminada. Otros americanos sienten la necesidad de escaparse de lo insulso que los rodea. No son capaces, sin embargo, de afanarse por cultivar una cultura realmente seria para escapar de ello. Esto los ataría a la tradición grecorromana y católica a un grado tal que, en vez de lograrlo, los ahuyentaría de vuelta a su mediocridad. En sustitución de eso, desarrollan un nuevo tipo de “alta cultura” basada en los delirantes desvaríos individualistas de sus  torturadas mentes puritanas. Luego se sienten culpables de sus creaciones “culturales” y se justifican  haciendo referencia a  profundas  necesidades biológicas y psicológicas. El primero de los secularizados grupos de puritanos idolatra al Big Mac como el culmen del ingenio humano; el segundo, se exalta con una multimillonaria escultura de un mondadientes roto, labrada por un homosexual. En pocas palabras, tanto después de este rompimiento con la fe, como en medio de su pleno fervor, el puritano es incapaz de comprender el principio de restaurar todo en Cristo. Manifiesta su incapacidad en forma de un filistinismo o perversión. Si llega a descubrir el verdadero legado de Occidente, se convierte al catolicismo o juega descuidadamente con él como un adolescente juega caprichosamente con cosas ante las cuales debería mostrar sobrecogimiento.

Por último, el puritano secularizado no puede sacudirse de su convicción de que los Estados Unidos gozan de una protección divina, la Nueva Jerusalén, el lugar apartado por Dios para alojar a aquellos santos que han huido de Babilonia. Aun cuando Dios ya no exista para él como sí existía antes, entiende que algo parecido a Dios guía a los Estados Unidos hacia el establecimiento de la Ciudad Celestial en la tierra. La singularidad divina de los Estados Unidos ahora radica en el hecho de que este país tiene instituciones democráticas, que su aislamiento geográfico sigue separándolos de las decadentes culturas europeas y que su Pluralismo, por lo menos en lo superficial, parece proporcionar espacio para que el individuo atomizado pueda maniobrar. Aun cuando su creencia de que el mal puede ser manejado mediante la aplicación del Estilo Americano de Vida pudiera parecer indicar una ruptura con el pasado puritano, realmente no lo es. Está en la naturaleza de una doctrina tan horrible como el puritanismo, el empujar psicológicamente a alguien, de apoyar un concepto como el de la depravación total, a su exacto opuesto, exactamente como en la naturaleza de un horrible el ejercicio de la autoridad paterna estaría el empujar psicológicamente a un niño a abandonar por completo la enseñanza de sus padres. Y está también en la naturaleza del puritanismo secularizado que ha perdido su visión de Dios y del Cielo, el buscar el paraíso en el campo terrenal, habitado por átomos autónomos semejantes a Dios, que manipulan pseudo-sociedades democráticas del tipo que los Estados Unidos parecen prometer.

Nos  encontramos en el punto crucial del problema. Si America, aun en la mente del puritano secularizado, es la Ciudad Situada en el Monte, parecería eso significar que que el “hogar” es algo que merece ser protegido, pero la “nación”, entendida en un sentido tradicional, debería en sí misma ser un obstáculo para esa mentalidad. Es un lastre porque ella, también, exige el respeto a la autoridad, sea en la forma de instituciones o de costumbres y tradiciones. El verdadero patriota, por el bien del país, debe ponerle freno a su autosuficiencia y a su libertad atomizada. Está obligado a reconocer su incapacidad de proveer para sí mismo y para su familia, para comunicarse de manera sensata con una comunidad más extensa y para florecer como personalidad fuera de su cuna. Él debe aceptar que la sociedad es buena o, más bien, que las sociedades de todo tipo son buenas, pues nadie puede amar a su país y odiar las cosas que lo hacen grande. Nadie puede amar a Francia, reconociendo que la nación francesa le da un idioma, gente que entiende su forma de vida, tierra de la cual nutrirse, y un lugar donde recostar su cabeza, sin por lo menos respetar aquellas fuerzas que contribuyeron a crearla: la Iglesia Romana, las universidades, las instituciones comunales de la ciudad de París y mil otras entidades más. El verdadero patriota debe, en último análisis, estar preparado para dar su vida en la defensa de su propio cuerpo.

Pero si un puritanismo secularizado ha de triunfar, el patriota, el patriotismo, y todo el bagaje que acompaña la idea de nación debe desaparecer. El “hogar” exige demasiado, es demasiado autoritario,  demasiado reminiscente del vano esfuerzo de la Iglesia por ponerse en medio entre Dios y el individuo. Sin embargo ¿cómo podría uno tener amor por América sin dejarlo que se torne en un amor a la patria en su sentido inaceptable?

El dilema puede resolverse solamente dando una nueva definición de patriotismo en el Nuevo Mundo, una que tome en serio el puritanismo y sus preocupaciones. Un patriotismo que exija sacrificios por el bien de la cuna, y por lo tanto, ponga imposiciones sobre el individuo, es visto como algo malo. Pero un patriotismo que redefina el amor a la patria y lo convierte en una devoción hacia una serie de principios anti-autoritarios es otra cosa enteramente. Un patriotismo que recuerde al hombre que depende de su ciudad, de su lengua, y de sus conciudadanos — difuntos al igual que vivos — es considerado tan vergonzoso como despótico por el puritano. Pero un “patriotismo” que eliminara estas imágenes podría hacer una magnífica contribución para la liberación de la raza humana.

¿Cómo podría desarrollarse tal patriotismo? Transformando el prudente e ilusorio fenómeno del pluralismo en una Fe Pluralista invulnerable; insistiendo en que el nutrir la diversidad como tal es el único propósito del gobierno; elogiando a las instituciones Americanas por trabajar hacia este fin, a pesar de que históricamente, ese objetivo no haya jugado papel alguno en el programa conservador anglo-sajón, y luego explicando que Dios o cualquier otra fuerza que el hombre secularizado pudiera descubrir que opera en el universo, había establecido a los Estados Unidos y dádoles su constitución y su riqueza para propagar el individualismo atomizado. Y, por último, indicando que también el patriotismo representa el servicio a esta causa. El patriotismo ya no significa la protección de las instituciones americanas en el sentido de que sean los legítimos cuerpos con autoridad que gobiernan a los hombres en este país, sino en el de proteger a las instituciones americanas en tanto ellas ayuden a aplastar el mismo principio de autoridad, El patriotismo ya no significa protección de las fronteras americanas en y por sí mismas, sino solamente en tanto son las fronteras de la Nueva Jerusalén establecida para destruir comunidad y tradición. De hecho, vistas a esta luz, todo mundo debería — y por cierto, tiene la obligación — de establecer instituciones americanas y el “Estilo de Vida Americano”. Pero, si por alguna terrible apostasía, la Ciudad Situada en el Monte fuere a traicionar su misión, entonces todo mundo estaría  obligado a dedicarse a la humillación de América, sea que viva en Moscú, Atenas o Washington, D.C. Cierto, entonces patriotismo significaría una dedicación a cualquier otro país que adoptara la causa de la Doctrina Pluralista. En esta segunda situación, por largo tiempo inconcebible, el “patriota” debería necesariamente cometer lo que los hombres, durante el largo curso de la historia humana siempre han llamado con toda corrección traición. Y en lo que sea que hagan para promover esta forma de “patriotismo”, veremos que no aseguran la libertad sino más bien, el reinado de la fuerza bruta, el triunfo de la voluntad.

Dos conceptos cruciales para entender este análisis se han perdido para el mundo occidental en el curso del último siglo. El primero es la idea de que hay una estructura de importancia incalculable en la formación del individuo, la cual podemos llamar la “nación”, y segundo, el reconocimiento de que cada nación específica se guía por una especie de “alma”. Mi argumento es que la “nación” americana tiene un “alma” torturada y que esta alma torturada ha militado contra la construcción en los Estados Unidos del tipo de nación que el individuo verdaderamente necesita. El resultado de esta desafortunada situación ha sido un conflicto irreprimible con la religión católica.

(Continuará)
 Ver la Parte 2 en;

jueves, 18 de enero de 2018

 ¿Tierra de los Hombres Libres? 

Una Perpectiva Católica sobre la Historia Norteamericana


Por Charles A. Coulombe


Tomado de la introduction al libro 'Puritan's Empire',  por Charles Coulombe
Traducido del inglés por Roberto Hope


 Parte 4 y final


África

La parte del África más cercana a América, el África Occidental, es naturalmente la que tendría la conexión más cercana con el Nuevo Mundo, a través de la trata de esclavos. Dividida entre pueblos innecesariamente en guerra tales como los Ashanti, Fanet, Dahomey y Benin,   la costa del África Occidental era sin embargo una rica fuente de oro. 

En 1471, los portugueses llegaron a lo que pronto llamaron la Costa de Oro (el Ghana de nuestros días) y en 1482 construyeron ahí el Castillo Elmina, el primero de cuatro fuertes locales diseñados para impedir que otros europeos comerciaran en la región. De este depósito esperaban enviar el oro a Europa en vez de hacerlo por la mahometana África del Norte. En esa ocasión en particular, estaba presente un manino italiano llamado Cristóbal Colón

Los pequeños estados locales tenían otra costumbre interesante. Peleando continuamente como lo hacían, capturaban muchos prisioneros. A éstos vendían como esclavos, generalmente a los estados musulmanes del Norte, y particularmente a aquéllos en el Sudán. Pero, por supuesto, el cambio de dirección del flujo del oro de estos países redujo su capacidad para comprar esclavos. Por suerte para los reyezuelos costeños, el descubrimiento del Nuevo Mundo pronto habría de proveer una salida completamente nueva para su mercancía.


Asia

Pero ¿qué hubo del Asia, del rutilante Lejano Oriente que los portugueses habían esperado llegar por mar navegando hacia el oriente y Colón navegando hacia el poniente? En el Siglo XIII Marco Polo había llegado a la corte del Khublai Khan, gobernante mongol de China. De entonces en adelante, el comercio y la comunicación por tierra entre Europa y China creció por cerca de un siglo, tiempo durante el cual se establecieron diócesis católicas. Siendo extranjeros ellos mismos, los emperadores mongoles de China fueron amigables con los europeos. 

Pero en 1368, fueron expulsados del país y la nativa dinastía Ming asumió el trono. China, expansionista bajo los Ming, resolvió convertirse en una potencia marítima. De 1407 a 1431, el almirante Cheng Ho navegó las aguas del Océano Índico. Visitó puertos del Africa Oriental y de Arabia y redujo al vasallaje a muchos de los países del Sureste de Asia. Esto fue el principio de la masiva emigración china a esas regiones, de las cuales la posterior emigración a nuestra Costa Occidental fue, con el tiempo, un resultado. 

Pero los emperadores posteriores no consolidaron las conquistas de Cheng Ho. Además, los intereses navales de China yacían hacia el sur y el oeste, no el este, donde merodeaban los fieros piratas japoneses. Aun cuando, como se insinúa arriba, algunos chinos pudieron haber llegado al nuevo mundo en una época u otra, la China de 1492 no estaba interesada en lo que hubíera más  allá del Japón.

Japón mismo, en un estado de guerra civil produjo como marinos sólo piratas que estaban únicamente interesados en capturar naves chinas, desalentando de esa manera el interés chino en dirección suya, causando que voltearan hacia el oeste. El resto del Asia Oriental estaba demasiado dividido para preocuparse de lo que pudiera haber más allá del horizonte oriental. Si los occidentales estaban interesados en Asia y no podían desplazar a los turcos del control de las tradicionales rutas terrestres,entonces tenían que encontrar ellos mismos una ruta marítima.


Conclusión

Esta, pues, era la situación del mundo el 3 de afosto de 1492 cuando Cristóbal Colón y su minúscula flota de tres carabelas se hicieron a la mar en el Puerto de Palos. Ellos no se daban cuenta, ni tampoco ningún otro humano sobre el planeta, pero el mundo  estaba por iniciar una gran revolución. Esas tres pequeñas naves, la Niña, la Pinta y la Santa María llevaban como carga el futuro del mundo, la civilización de la Cristiandad y la fe católica. No sólo las Américas habrían de recibir estos beneficios, como resultado de ese viaje, sino Asia y África también, pues los esfuerzos portugueses para no quedarse atrás de España ,os llevó a proseguir más ávidamente en dirección al Este: Además, la primera piedra de nuestro propio país fue plantada ese día de verano en España.

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domingo, 14 de enero de 2018

 ¿Tierra de los Hombres Libres? 

Una Perpectiva Católica sobre la Historia Norteamericana


Por Charles A. Coulombe


Tomado de la introduction al libro 'Puritan's Empire',  por Charles Coulombe
Traducido del inglés por Roberto Hope


 Parte 3

Las Américas

Debido a una ausencia de registros escritos, un velo cubre la cara de la América pre-colombina. Aun cuando existe la creencia general entre los académicos de que hubo poco o ningún contacto entre las Américas y el resto del mundo, algunos estudiosos sostienen lo contrario, La historia de las Américas es tan o aún más interesante desde este punto de vista. En el artículo “México” en la Catholic Encyclopedia (tomo X, p.252) hay una relación fascinante de la religión mexicana pre-colombina. Algunas de sus tradiciones son cercanamente paralelas a varias narraciones del Génesis, y representan los restos de la revelación original dada a los primeros hombres. Pero otros elementos tienen un origen posterior.
En la historia de las naciones del antiguo México, la venida de Quetzalcóatl marca una era separada. Se dice que venía de la provincia del Pánuco, un hombre blanco  de gran estatura, frente amplia, pelo negro y largo, y vestido con una túnica cubierta de cruces blancas y rojas. Casto, inteligente, amante de la paz, versado en las ciencias y en las artes, predicó con el ejemplo y su doctrina una nueva religión que inculcaba el ayuno y la penitencia, amor y reverencia a la Divinidad, práctica de la virtud y odio al vicio.
Llegó a predecir la llegada de hombres blancos en un lugar y época particulares (que casualmente resultó coincidir con aquéllos de cuando vino Cortés) que derrocaría  a sus antiguos dioses. Fue desterrado y pasó a Yucatán con el mismo mensaje; entre los Mayas fue llamado Kukulcán. De su época data en ambas regiones la veneración de la Cruz por los nativos, y en varios lugares se practicaban ritos que él había introducido, que evocan el bautismo, la confesión y la comunión. Los Mayas que practicaban esto llamaban al pan Toyolliatlacual “alimento de nuestras almas”. El autor del artículo supone que Quetzalcóatl fue un sacerdote noruego arrastrado fuera de curso quizás de los viajes nórdicos. Otros sugieren que era algún discípulo del irlandés San Brandán el Navegante, o quizás el propio santo. Sea cual fuere el caso, las implicaciones de la canción escrita por Cauich, Sumo Sacerdote de Tixcayón antes de que llegaran los españoles son claras:
Habrá de venir el signo de un dios que habita en lo alto
Y la cruz que iluminó al mundo se hará manifiesta
La adoración de dioses falsos dejará de ser
Vuestro padre viene, Oh itzalanos! 
Vuestro hermano viene, Oh itzalanos!
Recibid vuestros huéspedes barbudos del Este
Que vienen a traer la señal de Dios 
Es Dios quien viene a nosotros, humilde y santo
Es interesante notar que Nuestra Señora se apareció en Guadalupe en el atuendo tradicional de una princesa india. Esta aparición en 1531 fue la señal para una conversión masiva. El antiguo Perú también tuvo una figura como Quetzalcóatl, Viracocha, que se decía que era un viejo barbudo que vestía una túnica y llevaba un báculo.

Los Vikingos, cuando eran todavía paganos, habían perseguido a monjes irlandeses fuera de Islandia. Al asentarse en Groenlandia, hallaron evidencia de que el mismo grupo los había precedido y luego huido hacia el occidente. Según la Epopeya de Vinlandia, los indios que los noruegos encontraron más tarde en la costa de Norte América les informaron de hombres blancos barbados que, vistiendo túnicas, llevaban cruces en procesión. Los vikingos supusieron que éstos eran todavía más de los mismos. Ellos mismos mantuvieron una diócesis en Groenlandia desde el siglo décimo hasta los años 1400s, cuando la colonia Groenlandesa pereció. Por supuesto, no tenemos manera de conocer qué labor misionera llevaron a cabo, de haber habido alguna, sea de manera colectiva o por medio de individuos solitarios.

Además existe la famosa historia de Madoc ap Owain Gwynedd, el legendario Príncipe Galés que muchos sostienen que condujo a una partida de colonos a Norte América en 1170. Las leyendas de “indios blancos” que llevaban misales hechos trizas, crucifijos, rosarios, etc. parecen tener alguna base en hechos. Monedas romanas (que en aquél entonces circulaban en Gales) se han descubierto en Kentucky donde un grupo así se rumoraba que que existía cerca de Louisville en el siglo XVIII. Lewis y Clark se sorprendieron mucho de la apariencia caucásica de muchos de los indios Mandan; el artista George Gatlin, quien vivió entre ellos antes de su casi destrucción por la viruela, y los conocía mejor que cualquier otro hombre blanco, sostenía que su lenguaje contenía una gran cantidad de palabras galesas. Cual haya sido el caso, las Daughters of the American Revolution consideraron que la historia tenía suficuente prueba para eregir un monumento a Madoc en el supuesto lugar de su desembarco en la Bahía de Mobile.

Hay más supuestos rastros de visitas de japoneses, chinos, africanos y hasta fenicios a costas americanas, anteriores a Colón, Pero independientemente de que tales viajeros hayan llegado o no, fue Colón quien comenzó el movimiento que habría de hacer de América una parte integral de la civilización de Europa.

Ya había, sin embargo, civilizaciones en las Américas: la sangrienta teocracia de los Aztecas, y el despotismo de hormiguero de los incas. Lo que sea que le hayan debido a contactos con el viejo mundo, eran ciertamente lo suficientemente distintas. Muchas otras civilizaciones, los Olmecas de México, los Chimus del Perú, y por supuesto los Mayas de Yucatán, habían surgido y caído. En Norte América, una cultura semejante, llamada “Constructora de Montículos” (por los enormes montículos que construían) o “Mississippiana”, que para el año 850 DC había alcanzado prácticamente el mismo nivel tecnológico que alcanzaron los incas o los aztecas. Pero algunos cientos de años más tarde comenzó a desmoronarse bajo presión de las tribus de las Planicies y de los Bosques. Para cuando llegaron los Europeos, los indios de Natchez sobrevivían como un remanente solitario, así como los Byzantinos lo fueron de Roma. Es interesante que así como el Inca era llamado “Hijo del Sol”, el caudillo de los Natchez se llamaba “El Gran Sol” 

Los Indios de Norte América en la época del descubrimiento eran mucho más primitivos que sus contemporáneos aztecas o incas o que sus predecesores Mississippianos. Las tribus mas establecidas, tales como las del Sur y las del Noreste, cultivaban calabaza, frijoles, maíz y calabacitas. Los Indios de las Planicies, careciendo de caballos (ya que éstos no llegaron hasta que los trajeron los españoles) vivían vidas sedentarias en cabañas enclavadas en los bancos de los ríos. En el lejano oeste, los indios de California vivían vidas miserables, subsistiendo principalmente de bellotas y conejos (los fuegos que las tribus locales encendían para ahuyentar a los conejos de sus madrigueras en el área de Los Ángeles le trajeron a esa futura ciudad su primer smog). Los indios del NorOeste vivían relativamente cómodos. Éstos últimos se hicieron famosos por los potlaches, festejos en los que los anfitriones regalarían la mayoría de sus bienes a sus invitados.

Era un continente abundante en caza, bisonte, venado, alce, conejo, paloma viajera, guajolote, y muchos otros animales y aves llegaban a las alacenas de las tribus, así como diversas plantas silvestres, y los cuatro cultivos básicos arriba mencionados. Más al sur se  cultivaba el cacahuate, el chocolate, la papa. Su introducción posterior al resto del mundo (del cual estaban ausentes) habría de causar una gran revolución en la dieta de varios países del viejo mundo al igual como la importación de comida y plantas europeas ocasionaría en las Américas.

En todo caso, sucedió que en la época del descubrimiento no había naciones indígenas capaces de presentar una resistencia real a los europeos fuera de los Aztecas y los Incas. La sed de sangre de los primeros y la rígida conformidad interior de los segundos mermaron seriamente su capacidad para defenderse contra cualquier cultura tecnológicamente superior con la cual ellos quisieran entrar en contacto.


(Continuará)
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sábado, 13 de enero de 2018

 ¿Tierra de los Hombres Libres? 

Una Perpectiva Católica sobre la Historia Norteamericana


Por Charles A. Coulombe


Tomado de la introduction al libro 'Puritan's Empire',  por Charles Coulombe
Traducido del inglés por Roberto Hope


 Parte 2 

Europa

La Europa de 1492 era un continente en pleno cambio. En Occidente, el Catolicismo reinaba supremo desde Islandia hasa Rusia. De muchas maneras, los ideales de la Cristiandad Medieval permanecían, aunque sacudidos por el Gran Cisma (con el escándalo de tres papas reinando al mismo tiempo) y el Renacimiento (con su redescubrimiento de la literatura y de la moral paganas). La Edad Media estaba impregnada de catolicismo de una manera que el mundo jamás vio — antes o después. Esto no significa que fueran perfectos o que los hombres fueran menos pecadores de lo que son ahora. Lo que sí significa es que tenían más claros sus objetivos que lo que lo tuvieron sus ancestros o sus descendientes: Como lo observa Kenelm Digby, en Mores Catholici. “el objetivo declarado de todos los gobiernos en épocas de fe era el de alcanzar la gloria de Dios y la paz en la tierra a los hombres de buena voluntad." La religión católica no admitía otros objetivos.
Todo el estado estaba fundado en el tipo pacífico del mejor reinado. El carácter pacífico de la majestad real era una idea religiosa que emanaba de lo que se creía que eran los tronos y dominaciones celestiales, pues era un ejercicio devocional de reparación de los pecados de ira, pasión y venganza, para ofrecer a Dios la benevolencia y tranquilidad de los tronos: La religión cristiana había puesto todo en su lugar, de manera que la jerarquía de los hombres era tan completa como la de los ángeles, en el orden mostrado por Dionisio. Como en éste, los tronos van después de los serafines y de los querubines; así también en el estado, a la fuerza física se le consideraba después del amor y de la ciencia. En la antigua escultura cristiana, las dominaciones que comandan a los ángeles, y los principados que mandan sobre los hombres, están representados con coronas y cetros, pero las potestades que rigen a la raza satánica se representan con una lanza y un escudo, pues el demonio sólo cede ante la fuerza. Por lo tanto, la corona y el cetro eran símbolos del poder real, y la máxima era “Es más de reyes conseguir la paz que forzar condiciones mediante la coacción”
Por esta razón, el rey tenía tres papeles; en cierto sentido, tenía un carácter semi sacerdotal, conferido en su coronación. Él era en primer lugar el defensor de la Iglesia en su reino. Era suyo un tipo de carácter sub-diaconal, y varios reyes eran con frecuencia tradicionalmente canónigos de una o varias de sus ciudades catedralicias Los reyes muchas veces desempeñaban papeles litúrgicos, como el del lavado de pies el Jueves Santo, ocupaban un lugar de honor en la procesión de Corpus Christi, y otras; y en la Misa se decían oraciones especiales por ellos. En unos cuantos casos se creía que poseían poderes milagrosos. Así, los reyes de Inglaterra y de Francia curaron la escrófula (llamada “el mal de los reyes”); el rey de Dinamarca curó la epilepsia, el rey de Hungría, la ictericia, y del Emperador del Sacro Imperio Romano, sucesor de Carlomagno, se decía que tenía cierto control sobre el clima (por ello en Alemania, al clima cálido agradable se le llama Kaiserwetter). A los ancestros de Isabel de España, los reyes de Castilla, se recurría por los poseídos para su exorcismo, como podemos leerlo en la obra de Álvarez Pelayo de 1340 Speculum regum escrita para el Rey Alfonso XI.
Se dice que los reyes de Francia y de Inglaterra poseen un poder sanador; así mismo, los reyes más piadosos de España, de los cuales ustedes descienden, poseen un poder que actúa sobre los endemoníados y sobre ciertas personas enfermas que sufren de males diversos. Cuando era un niño pequeño, yo mismo vi a tu abuelo, el Rey Sancho, [Sancho II, 1284 – 1295], quien me crió, poner su pie  sobre la garganta de una endemoniada, quien procedió a lanzarle insultos, y luego, leyendo unas palabras tomadas de un librito, expulsar a los demonios de esta mujer y dejarla perfectamente curada. (citado en The Royal Touch por Marc Bloch, p 88).
El segundo papel de su Majestad era el de juez supremo. La Magistratura de la Corte de la Reina es una reliquia que queda en los países miembros de la Comunidad Británica — de hecho, nuestra misma palabra Corte da reconocimiento a la época en que el rey se sentaba a juzgar casos, con todos sus principales hombres sentados alrededor suyo. Sin embargo, no podía ser arbitrario, cada una de sus provincias debía ser gobernada de acuerdo con sus propias leyes — o el Derecho Romano si era aceptado ahí. La ley era considerada algo inmutable, que podía ser descubierta pero nunca creada. Esto era tan cierto que los Assises de Jerusalén, el código legal del Reino Latino de Jerusalén, fueron declarados que constituían una recuperación de leyes anteriores más que una nueva creación para un reino nuevo. Tampoco estaba el Rey por encima de la Ley, leyes tales como la Magna Carta o las Bulas de Oro no eran consideradas nuevas limitaciones del poder del rey, sino más bien el retorno a un equilibrio que había existido previamente. Ya que el Rey tenía poco poder bajo su mando, debía ya sea escuchar casos en su propia residencia o enviar jueces a las distintas provincias de su reino, investir con poder judicial a varios de los notables locales La falta de un verdadero ejército permanente generalmente reducía su capacidad de disciplinar a los nobles ofensores a la de declararlos fuera de la ley que facultada a cualquier otro noble que fuera lo suficientemente fuerte a atacarlo.

Esto último nos lleva al tercer papel del Rey; el de caudillo militar. Era el jefe de cualquier soldadesca que pudiera tener a la mano: si deseaba irse a la guerra con una nación vecina o ir a una cruzada, tenía que convocar a sus principales nobles con sus estipendios o contratar mercenarios. Estas dos eran con frecuencia proposiciones peligrosas. Así fue que hasta la Guerra de los Cien Años, vemos poco de guerras  importantes entre reyes cristianos, aun cuando había mucho de guerras locales entre barones.

El papel del Rey era como el de un director de orquesta: Un rey bueno como San Luis pudo beneficiar a sus súbditos en gran medida por la fuerza de su personalidad; un mal rey era generalmente incapaz de hacer más que hacerles desagradable la vida a sus cortesanos. ¡Lo mismo podría decirse de los ejecutivos en jefe de hoy en día! Los reyes reunían cortes a su alrededor. Éstas consistían de los amigos y servidores del gobernante y de los grandes hombres de su reino. Uno piensa de inmediato en la Mesa Redonda del Rey Arturo, los Paladines de Carlomagno, y los guerreros agrupados alrededor de Hrothgar en Beowulf, Pero los muy atenuados descendientes de esos grupos pueden hallarse en estos días en instituciones tales como el Consejo Británico de Asesores Privados del Monarca y el Concejo de Estado de Dinamarca. Dentro de estas bandas amorfas, el Rey desempeñaba sus principales funciones: observando los ritos de la Iglesia, decidiendo casos judiciales que se le llevaban, y ocasionalmente decidiendo sobre acciones militares.

Conforme avanzaba el tiempo, estas funciones particulares se volvieron más especializadas y con el tiempo se desarrollaron en forma de quasi-departamentos o ministerios de estado. De este simple inicio se han derivado las grandes administraciones centrales que ahora conocemos. Con el tiempo éstas acabaron con los Reyes. Hoy en día sólo la mayormente ceremonial casa real británica y la pragmática Curia Romana sobreviven en algo parecido a su forma original.

Es importante recordar que, así como la Cristiandad era un cuerpo único en materia religiosa, también lo era así en asuntos temporales. Esto fue resumido admirablemente por James, Visconde de Bryce, en su obra The Holy Roman Empire (pp. 102-105)
La filosofía realista, y las necesidades de una época cuando la única noción de orden religioso y civil era el sometimiento a la autoridad, requería que el Estado Mundial fuera una monarquía: la tradición, así como la existencia continuada de una parte de las antiguas instituciones, daba al monarca el nombre de Emperador Romano. Un rey no podía ser un soberano universal, pues había muchos reyes: el Emperador debía ser universal pues nunca había habido más de un emperador: En tiempos más antiguos y más luminosos había sido el verdadero señor del mundo civilizado: la sede de su poder estaba colocada a un lado de la del autócrata espiritual de la Cristiandad. Sus funciones se verán más claramente si las deducimos a partir del principio rector de la mitología [como la califican los ignorantes] medieval, la correspondencia exacta de la tierra con el cielo. Como Dios, dentro de la jerarquía celestial gobierna a los benditos espíritus en el Paraíso, así el Papa, Su vicario, elevado por encima de los sacerdotes, obispos, y metropolitanos, reina sobre las almas de los hombres mortales aquí abajo. Pero como Dios es Señor de la tierra así como del cielo, así también debe Él (el imperator celestis)  ser representado por un virrey terrenal, el Emperador (Imperator terrenus) cuya autoridad debe ser de y para la vida presente. Y como en este mundo presente el alma no puede actuar salvo por medio del cuerpo, cuando sin embargo el cuerpo no es más que un instrumento y medio para la manifestación del alma, debe entonces haber un gobierno y un cuidado de los cuerpos de los hombres como lo hay de sus almas,.pero subordinado siempre al bienestar de aquel elemento que es el más puro y más duradero. Es bajo el emblema de cuerpo y alma que la relación del poder papal e imperial se nos presenta a lo largo de la Edad Media.
El Papa, como vicario en asuntos espirituales, ha de conducir a los hombres a la vida eterna; el Emperador, en asuntos temporales, debe controlarlos en sus tratos unos con otros, a modo de que puedan desarrollar sin molestias su vida espiritual, y de esa manera lograr el mismo fin supremo y común de felicidad perdurable. A la luz de este objetivo, su deber principal es mantener paz en el mundo, mientras que ante la Iglesia, su puesto es el de Abogado o Patrón, título tomado prestado de la práctica adoptada por iglesias y monasterios de elegir a algún barón poderoso para proteger sus tierras y dirigir en la guerra a sus aparceros. Las funciones de Abogado son dobles: una, doméstica, de hacer a los cristianos obedientes al sacerdocio y ejecutar los decretos sacerdotales sobre los herejes y los pecadores; la otra, foránea, de propagar la fe entre los paganos, sin escatimar el uso de armas carnales. Así el Emperador responde en cada punto a su anti-tipo, el Papa, pero su poder es de jerarquía menor, creado en analogía con el poder papal. Así pues, la Santa Iglesia Católica y el Sacro imperio Romano son una y la misma cosa, vistos desde ángulos distintos; igualmente, el catolicismo, el principio de la sociedad cristiana universal es también Romanismo.

Esto tiene una referencia específica  a nuestro propio Continente. Gary Potter lo define admirablemente en términos modernos
Las palabras expresan ideas y algunas de las que ahora se citan probablemente serán enteramente ajenas a cualquiera que no esté familiarizado con la historia anterior a hace unas cuantas décadas: “emperador del mundo”, “oficina imperial”... no es aquí el lugar para exponer toda la historia que debe conocerse para comprender las nociones completamente. Sin embargo, la principal fue presagiada por Nuestro Señor mismo en la última orden que recibieron de Él sus seguidores: hacer discípulos de todas las naciones. En una palabra, la idea de una comunidad cristiana universal es de lo que estamos hablando.
Hasta la fecha, nunca ha existido. Hoy en día ni siquiera hay un gobierno cristiano en parte alguna del Orbe. Sin embargo, desde la conversión de Constantino hasta agosto de 1806 — con una interrupción (en Occidente) desde Rómulo Augústulo en 475 hasta Carlomagno en 800 — existió el Imperio. Fue el corazón de lo que en un tiempo se conocía como la Cristiandad. Bajo su eje se iniciaron serios asentamientos en el Hemisferio Occidental y los nativos americanos fueron bautizados por primera vez, lo cual es la razón de que el penacho de Moctezuma esté en un museo en Viena.
La primera vez que la Cristiandad había emprendido la colonización de un territorio fuera de la Europa Occidental fue durante el curso de la primera cruzada en 1099. En esa época aun cuando las nacionalidades modernas de Europa ya existían, sus miembros se reconocían, por lo menos teóricamente, subordinados a su obediencia común al Sacro Imperio Romano, la Res Pública Christiana. Aun cuando varios de los ejércitos de la Primera Cruzada fueron dirigidos por lorenos, franceses, normandos ingleses, y normandos italianos, y en días posteriores por gobernantes alemanes, franceses e ingleses conducirían  a multitudes de cruzados multinacionales a Tierra Santa, nunca se planteó la cuestión de anexar las nuevas tierras a alguno de los reinos constituyentes del Imperio. En lugar de eso, las tierras liberadas del dominio turco se organizaron en forma de estados cruzados independientes; el Reino de Jerusalén y sus condados vasallos de Edessa, Trípoli y Antioquía.

Siendo la propiedad común de la Cristiandad, el Reino de Jerusalén fue organizado como un estado feudal  prototípico. Por todo eso, el Rey fue coronado en la Basílica de La Natividad en Belén, sus poderes eran limitados. Sus tres funcionarios principales, el senescal, el mariscal y el encargado del orden, cada uno esgrimía un poder considerable. Los señores de los feudos que lo constituían, reunidos en la corte superior, constituían un fuerte control de la voluntad del rey,  como lo era la corte de los Burgueses a la cual pertenecían ciudadanos de distintos poblados. El Patriarca de Jerusalén, y los Grandes Maestres de las tres órdenes militares (los caballeros templarios, los caballeros hospitalarios y los caballeros teutones) eran colocados de manera semejante. En resumen el historiador debe concordar con la descripción que Donald Atwater hace de la administración del reino como “un buen ejemplo, sabio, justo y moderado.”

Pero este primer intento de colonización habría de fracasar. La desunión interna podría quizás haber podido remediarse. Pero la creciente desunión nacional de los estados de la Cristiandad, cuyo esfuerzo común era esencial para la supervivencia del Reino, lo arruinó. Para 1291, las últimas ciudades ocupadas por los cruzados habían caído. Con la excepción del Mandato Británico de 1918-1948, Tierra Santa ha estado fuera de manos cristianas desde entonces.

Esta desunión continuó: llevó a la fratricida Guerra de los 100 Años entre Inglaterra y Francia, la Guerra de las Rosas en aquélla, luchas constantes entre Güelfos (partidarios del Papa) y Gibelinos (partidarios del Imperio) en Alemania e Italia, y al fin al Gran Cisma en el propio papado. La misma fricción entre las naciones centralizantes emergentes llevaron directamente a la caída de Constantinopla ante los turcos en 1453 y permitió a éstos ocupar toda Europa al sur del Río Danubio.

Pero para 1492 muchas de estas diferencias ya habían sido acalladas: el muy calumniado Papa Borgia ocupaba el trono de Pedro; Federico III, el último de los emperadores en haber sido coronado en Roma, reinaba en Viena. Carlos VIII de Francia se había casado con Ana de Bretaña, uniendo su territorio — el último gran feudo independiente — al trono francés. En Inglaterra, Enrique VII, primero de los Tudores, estaba imponiendo unidad en el imperio, luego de haber derrotado y muerto al legítimo rey Ricardo III en 1485. Mientras todos estos hombres trataban de consolidar sus respectivos reinos. centralizando el poder bajo las administraciones reales que acabamos de comentar, Fernando e Isabel de España, habiendo unido a Castilla y Aragón con su matrimonio, estaban terminando la antigua lucha contra los moros, El año de 1492, vio la caída del último baluarte moro, Granada, ante los españoles. Las Islas Canarias, Azores y Madeira, para ese año ya habían sido descubiertas y colonizadas parcialmente. Un marinero italiano, Cristóbal Colón deseaba ir más lejos en esa dirección y abrir nuevas rutas comerciales con el Lejano Oriente; éstas reemplazarían a las que estaban ocupadas por los turcos, y permitirían expandir la Fe a regiones hasta entonces desconocidas. Librados del problema moro, Fernando e Isabel tuvieron ls disposición de apoyarlo.

Los portugueses, en el curso de los años 1400, habían estado ocupados explorando. Bajo el patronazgo del hermano del rey, el Príncipe Enrique el Navegante (1349-1460), las Azores, Madeira y Cabo Verde fueron descubiertas como ya lo mencionamos. Marineros portugueses siguieron el viaje hacia el sur a lo largo de la costa africana, hasta que en 1486, Bartolomé Díaz descubrió el Cabo de Buena Esperanza. El Oriente estaba esperando. Pero debe observarse que el Príncipe Enrique no estaba interesado solamente en el comercio con el Lejano Oriente. Como Gran Maestre de la Orden de Cristo (la rama portuguesa de los Templarios que sobrevivió cuando esa orden fue suprimida), puso sus naves y marinos a investigar la fortaleza del Islam en las regiones donde exploraran, a tratar de establecer contacto con aliados cristianos (si los había) y a propagar la fe entre los paganos. Así fue que sus carabelas llevaban la cruz roja de los Cruzados, ya que sus viajes de descubrimiento se consideraban una continuación de ese conflicto.


(Continuará)
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miércoles, 3 de enero de 2018

 ¿Tierra de los Hombres Libres? 

Una Perpectiva Católica sobre la Historia Norteamericana


Por Charles A. Coulombe

Tomado de la introduction al libro 'Puritan's Empire',  por Charles Coulombe
Traducido del inglés por Roberto Hope


Nota del traductor: utilizo las palabras América o o Estados Unidos, o Americanos, para referirme a los Estados Unidos de Norte América o a sus ciudadanos, y escribo Puritano o Puritanismo con mayúscula para distinguir el sentido de la palabra que identifica una religión y la visión del mundo que ésta conlleva, del que identifica una actitud de rigurosidad moral exagerada u ostentosa.

Parte I

Vivimos en la que ha sido, desde 1945 por lo menos, la nación más importante y más poderosa del mundo. Las tendencias, sean éstas políticas o sociales, que comienzan en los Estados Unidos pronto se extienden alrededor del mundo. Pero si esto es un motivo de orgullo para los americanos, también es una gran responsabilidad. Para los católicos americanos, la responsabilidad se vuelve todavía mayor. En el primer caso, hay la necesidad de asegurar que que este gran poder sea una fuerza para el bien, en el segundo, está la necesidad adicional de extender la fe católica en nuestra patria — de esa manera apoyándola por todo el mundo.

La historia es la clave para entender a los hombres — sean naciones, familias o individuos. Sin contar con su historial de trabajo nos es imposible evaluar a un candidato a empleo; sin genealogía, no podemos decir mucho de cómo es ahora una familia dada. De manera semejante, sin una comprensión firme de la historia de una nación, no podemos entender su presente. En el caso de América, tantas de sus actuales políticas se basan en factores arraigados tan profundamente en nuestra historia, que sin una buena comprensión de esos factores, el presente es simplemente incomprensible. Sin embargo, La historia es probablemente la materia que peor se nos enseña (debido en parte a algunos de estos factores. 

Debido a otro de estos factores, la poca de ella que se imparte a los estudiantes, más que como historia seria, se presenta en la forma de una mitología nacional, inútil para entender o para propósito alguno fuera del auto-elogio (con episodios tales como el de George Washington y el cerezo, o el del Motín del Té en Boston), a los que se les da más atención en vez de a las causas y las fuerzas que los produjeron.

Para los católicos, la historia tiene además un propósito más elevado. Para ellos, la historia es el desarrollo de la Voluntad de Dios en el tiempo, así como de los intentos del hombre de conformarse a ella o de resistirla. Como lo señala el gran Dom Gueranguer, autor del monumental Año Litúrgico:
"Para el cristiano no hay una historia puramente humana [ya que] el hombre ha sido llamado divinamente al estado sobrenatural. Este estado es la meta y las crónicas del genero humano deben, por consecuencia, mostrar las señales de la vida sobrenatural. Por lo tanto, el historiador católico puede descansar en la orientación que da la Iglesia, que siempre va delante de él como una columna de luz e ilumina divinamente todos sus pensamientos. El cristiano sabe que una fuerte ligazón une a la Iglesia con el Hijo de Dios hecho hombre; el cristiano sabe que la Iglesia tiene la garantía de la promesa de Cristo contra todo error en sus enseñanzas y en la conducta general de la sociedad cristiana, y que el Espíritu Santo anima y guía a la Iglesia. Es en ella, pues, donde encontrará la regla para juzgar. El verdadero cristiano no se sorprende de la debilidad de los clérigos o de sus abusos temporales. porque sabe que Dios  ha decidido tolerar la cizaña en sus campos hasta el momento de la cosecha. Pero sabe dónde se manifiestan la dirección del espíritu y el instinto divino de la Iglesia. Los recibe y los acepta, los profesa valientemente y los aplica en su narración de la historia. Por lo tanto, nunca lps traiciona, nunca los sacrifica, considera bueno lo que la Iglesia juzga que es bueno y malo lo que la Iglesia juzga ser malo. No le importa el sarcasmo o el clamor de los cobardes de vista corta. Otros historiadores observarán neciamente sólo el lado político de los hechos, y por lo tanto descenderán al punto de vista pagano. Pero el historiador cristiano permanecerá firme porque tiene la certeza inicial de que no está equivocado [sabe que] Cristo está en el centro de la historia [esto es por lo qué] no debe temer condenar las miles de calumnias que han hecho de la historia una enorme conspiración contra la verdad. Es necesario estar preparado para luchar; si uno no es lo valiente para hacerlo, entonces debe abstenerse de escribir historia” (Gueranger El Sentido Cristiano de la Historia)

El buen bnedictino nos da una segunda premisa importante:
"La suprema desgracia del historiador cristiano sería tomar las ideas de su época como criterio de evaluación y aplicarlas para juzgar el pasado. [De esta manera los no cristianos] logran arrastrar a los cristianos a sus sistemas, y se regocijan del progreso que han logrado de imponer su lenguaje y ss ideas." (Ibid.)
Su adhesión a estos principios ha producido historiadores tan grandes como Hilaire Belloc, Bernard Fay, William Thomas Walsh y Christopher Hollis, por no decir el propio Dom Gueranguer. Pero los historiadores católicos americanos se han abstenido de explorar su propia historia nacional con estos principios, prefiriendo en vez de ello adoptar el análisis de sus colegas no católicos, excepto cuando tratan de temas católicos (y a veces ni en esos). Es fácil de ver por qué.

Solange Hertz, quizás la primera escritora católica en apliar principios católicos a la historia de América llega a una conclusión incómoda:
"La historia de los Estados Unidos muestra cómo todo gobierno católico, fuera inglés, francés o español, fue desplazado gradualmente, en un continente regado liberalmente con la sangre de mártires venidos de todas partes de Europa, que plantaron ahí la Cruz de Cristo por vez primera y que no buscaron otro fin que el de consolidar la posesión pacífica por Él."
Éste no es un resumen agradable. Pero es la convicción del autor, que un examen sincero de los hechos en la historia de los Estados Unidos confirmarán lo sostenido por la Sra. Hertz. Pues América, hasta ahora, no es realmente una nación. Es de hecho una religión — la del Americanismo, descrita así por el Dr. John Rao:
“El Americanismo es una religión que dos principales elementos del alma Americana — el Puritanismo secularizado y el conservadurismo anglo-sajón — han ayudado a desarrollar. El Americanismo es una religión que adora a los Estados Unidos como la encarnación de la visión Puritana secularizada del paraíso. Es una religión que adora simultáneamente la unidad insulsa, materialista, multi-usos que surge del afán anglo-sajón de estabilidad, y la integración. El Americanismo es una religión evangélica que desea que el resto del mundo se convierta a sus doctrinas” (Americanism, p. 3)
Como religión revelada, el catolicismo debe sostener un monopolio de la verdad, no puede ser tolerante con el error; de las religiones falsas, el Americanismo, siendo una fe rival, debe inevitablemente ser un opositor al catolicismo. Como opina además el Dr. Rao, 
“es y siempre ha sido un peligro para la Iglesia de Roma. Ciertamente, la amenaza que representa al catolicismo ha de ser la más apremiante que se ha experimentado en los recientes siglos de revolución” (Loc. Cit)
Dicho todo esto, debe señalarse que oponerse a la religión del Americanismo no es lo mismo que ser desleal al país. En todo caso, la búsqueda de los ideales religiosos Americanistas ha envuelto a este país en innumerables disputas foráneas y domésticas, cualquiera de las cuales pudo fácilmente habernos destruido. Además, para un residente católico en un país que no es católico, un deseo de convertir a su nación para que abandone este error, es patriotismo verdadero, de manera semejante como el deseo de un converso, de ver a sus padres aceptar la verdad de la fe, es una pieza clave de su amor a ellos. 

Es vital, por lo tanto, para los católicos, especialmente los católicos jóvenes, adquirir una comprensión de la historia de su país. Para ejercer su patriotismo, deben afanarse por la conversión de los Estados Unidos; para hacer esto de manera efectiva, deben entender las fuerzas y los hechos que hicieron surgir no sólo la religión del Americanismo y al país mismo, sino también a la clase de catolicismo que en 300 años fracasó tan terriblemente en llevar a cabo esta conversión.

Una de las notas más excitantes y positivas de nuestra historia, sin embargo, es que los continentes americanos han proveído de un lugar donde las culturas nativas y las europeas, las africanas y las asiáticas se han mezclado y de las cuales surgió un espíritu vital. En esas regiones, evangelizadas debidamente, los resultados han sido extraordinarios. Dos modelos han sido propuestos para esta mezcla, el católico, en el cual los elementos que lo constituyen preservan su integridad al mismo tiempo que se enriquecen unos a otros, y el Americanista, en el cual se busca que el resultado final sea crear una conformidad basada en el mínimo común denominador: el dinero.

Con este libro, esperamos que se dará un comienzo hacia una visión católica de la historia americana. Obviaamente, un tema tan vasto no puede explorarse adecuadamente en el pequeño espacio del que disponemos. Pero lo que puede hacerse (y lo que este autor espera haber logrado) es re-interpretar los episodios más conocidos de nuestra historia de acuerdo con la fe, y señalar detalles menos conocidos que darán una prueba factual de lo verdadero de esta intepretación. 

Desafortunadamente, tan pobre ha sido mucha de la educación normal en las décadas recientes, que muchos nombres, lugares y fechas que no hace mucho tiempo eran del conocimiento general, habrán sido olvidados. Por lo tanto, para un mejor resultado, este libro debe ser usado junto con una enciclopedia. Los nombres y lugares que aparecen escritos en letra cursiva pueden entonces ser consultados para adquirir mayor conocimiento.

El autor no pretende haber escrito la última palabra sobre este asunto. No es una tarea cualquiera el revertir cinco siglos de tergiversación y mentiras descaradas. Pero si el presente trabajo inspira a otras, más diestras, manos a prestar sus plumas a esta obra, habrá tenido éxito..

En todo caso, será útil antes de comenzar nuestra estudio mirar hacia los continentes de Europa, América y África en la víspera del gran descubrimiento que los acercaría a todos ellos.


(Continuará)}
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