Impide Fuentes Indeseables


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by Tejji

lunes, 25 de diciembre de 2017

Get your dirty paws off my Christmas


Posted by Carlos Esteban RD
Taken from elperroflautareaccionario.wordpress.com
Translated from the Spanish by Roberto Hope

Of all the falsified debates of public discourse — and I am speaking of an unending list — perhaps the one most impregnated with misunderstandings and white lies is that of secularism. There has never been, nor will there be, nor can there be a secular regime in the sense given to the word by the owners of the discourse; that is, of a ruling class which is perfectly neutral in face of the different visions of the world, of the destiny of man, of moral dogmas. Not even can they escape the development of an unofficial liturgy.

When the West was called Christendom, Christianity was the state religion, not because the kings should have imposed it upon their subjects, but exactly the opposite: the community made first the beliefs of the Church its own. gave them life and gave color to its feasts, in joyful collective anonymity, designed forms of celebrating each indicated occasion, with its proper songs, its precise staging, its gastronomy, and even its own time pattern.

Christmas, not in the sense of a strictly religious feast but of a popular public feast all over the West is not a celebration designed in a study, commissioned by the government in power, with a timetable published in the Official Gazette. Public powers or large stores can solemnize Christmas but not create it, just as in marriage. They receive it already made and full of associated traditions and rituals which sometimes vary from region to region, because that is the way it is born, from the people who understand what it means that God, the Creator of everything, absolute omnipotence, should have made Himself one of us, as a general who infiltrates alone the enemy lines. An imagination which Is not touched by the scene of the Almighty turned into a newborn who depends upon his parents for everything, will never understand a word of poetry.

It is not for this, that I defend the position of the sour English puritans which prohibited Christmas, or that I may quibble about something so evidently democratic as a ruler putting himself at the service of a universal project of the people, no. It is simply that the cult, the official religion, although tacit and nameless, is now another, not merely different, but unashamedly hostile to the faith that saw Christmas born. In the Manger scene of our political life, Herod's Palace is at the center and on the first plane.

Christmas is Christian, and we Christians, who have created it even as a popular feast, have shared it delightedly with peoples of all creeds and conditions. But when the world has turned itself resolutely against everything symbolized by Christmas, it is high time to claim the 'copyright'. I don´t make this a liberal matter, that is, I not only demand that the public authorities get their dirty paws off our feast. I repudiate, just the same, its private commercialization, I curse its vague, diffused use, disconnected from its origin, to sell perfumes or mortgages.

To be saved, Christmas should go back to where it was born, family, home, and hearth. Chesterton was happy that the Church should have decided to solemnize the birth of Christ when it's the coldest part of the year and is least appealing to go out to the street. The home is the most desolate station of modernity, the fortress which we have massively deserted. Modern man is a lame creature, of the leg representing private life, while it displays an atrocious hypertrophy of the other, representing the public life. Perhaps it may not be very practical to ask for a radical turnaround, away from this unbalance, but at least in Christmas we could go back home and build it, and live it there, and let it get back renewing everything from there.. 

domingo, 24 de diciembre de 2017

Pre Christmas Carol


by Father Terzio

taken from exorbe.blogspot.com
Translated from the Spanish by Roberto Hope

How plenty the divine will
in the Holy Word who beats
with the pulse of flesh and blood
within the bosom of Mary.

And in it the prophecies
are forged in the Testament,
the eternal turned into a moment
and shadows into a clear day.

Never a better sanctuary
had the Lord on this earth ever
than the  bosom of a maiden,
the gift of the Holy Spirit.

How they rejoice in Bethlehem
when the hour is approaching!

Por qué Occidente Abandonó las Reglas Normales de Conducta.


Por A. James Gregor

Nuestra civilización ha observado orden y regla en nuestro universo y esto nos da toda razón para buscar un orden y una regla en nuestro comportamiento

Tomado de New Oxford Review
de mayo de 2017
Traducido del inglés por Roberto Hope



Desde por lo menos la vuelta del milenio, Occidente ha entrado en una época singular de tribulación. Más que un asunto de seguridad amenazada o de des-ubicación económica, por todas partes aparecen señales de una decadencia moral. Más que una simple cuestión de delitos contra la propiedad o de actos de violencia, hay una indiferencia general y sin remordimiento a la constante mengua de lo que habían sido las normas tradicionales de conducta pública y privada. Una de las evidencias más obvias e ineludibles de esta decadencia es la prevalencia del más ofensivo material pornográfico que se nos expone día con día; ninguna cantidad de objeciones parece librarnos de ella. Ahora se le considera “expresión protegida” y una parte supuestamente preciada de nuestra “diversidad” — una diversidad que de alguna manera incrementa nuestra “fortaleza.” La misma lógica inescrutable se utiliza para proteger situaciones de expresión vulgar y blasfema. Cuando en el no tan lejano pasado, la común decencia, habría impedido la exhibición pública de expresiones lascivas visuales y verbales, esas situaciones ahora se han vuelto lugar común, no sólo para ser vistas y oídas en todas partes, sino celebradas como evidencia de nuestra libertad personal. 

Lo que comúnmente llamamos la civilización occidental se ha caracterizado, desde sus inicios, por una norma más o menos común de moral pública y privada. Desde la época de los griegos pre-Socráticos, cuatrocientos o quinientos años antes del nacimiento de Jesucristo, los pensadores occidentales han tratado de elucidar las reglas que gobiernan nuestra conducta individual y colectiva, así como el razonamiento que las sustenta. En el curso de esa empresa, los pre-Socráticos hicieron toda clase esfuerzos por entender el mundo en que se encontraban. Ellos percibían un orden y una regularidad que indican fuertemente la existencia de cualidades de la consciencia. El mundo exhibe esas cualidades, y la mera reflexión sobre ellas podía desentrañar algunos de los patrones inherentes a él. La propia consciencia de esos filósofos podía generar números, y esos números podían trasladarse al universo visible. Podían usar matemáticas y con ello prever el futuro. Podían trazar las trayectorias de los cuerpos celestiales y predecir su curso. En un sentido perfectamente obvio, la mente humana formaba parte del orden de las cosas, y las cosas parecían participar de las cualidades de la consciencia. Nuestros antepasados intelectuales entendían que la realidad era más que una sustancia compleja de cosas materiales. En cierto sentido, ella formaba parte de la consciencia. Ellos veían todo como una parte de la realidad “espiritual”, la cual la razón aducía que podía ser sólo parte de una consciencia todavía más plena.

Una vez concedido esto, siguió la convicción de que la realidad observada requiere de una causa iniciadora consciente para explicar su existencia. La noción de un Creador como “causa primera” se convirtió en una característica del pensamiento griego más antiguo. Sin embargo, ni Platón ni Aristóteles arguyeron que esa Primera Causa mostrara interés aparente alguno en la cosa creada. De alguna manera, el mundo había sido puesto en movimiento como consecuencia de la voluntad del Creador, pero luego, el mundo había procedido con la total indiferencia de Éste. A pesar de todo, había, no obstante, una cualidad importante en las regularidades que gobernaban la creación. En esas regularidades, los griegos veían implicaciones para el comportamiento humano. Consideraban que la manera como se comportaban las cosas indicaba cómo debían comportarse. De una descripción de cómo se conduce el mundo, los primeros filósofos sacaron conclusiones sobre el orden apropiado de las cosas. Ellos argüían que mediante la observación, uno podía descubrir una lista de comportamientos, tanto prescritos como prohibidos, así como su justificación.

Así pues, aunque los filósofos de la antigüedad no estaban preparados para argüir que la evidencia del universo nos diera el fundamento para sostener que el Creador, como Causa Primera, nos provee de las reglas para tener una conducta correcta, sostenían que la misma regularidad ordenada de las cosas nos da el fundamento para la recta regularidad de la conducta humana. Hay orden y regla en nuestro universo y esto nos da razón para buscar un orden y una regla en nuestro comportamiento. Los filósofos argumentaban que los hombres prosperan cuando siguen reglas ordenadas de consideración, camaradería y ayuda mutua. Como el orden en la naturaleza, el orden entre los hombres tiene consecuencias discernibles y esto nos da el razonamiento para una conducta que mejora la vida. Así, aun cuando los filósofos no veían en el Creador de las cosas, al que nos provee de una lista específica de comportamientos prescritos o proscritos, ellos concluyeron que cualquiera que gozara de un buen sentido de razón, podría desentrañar tales reglas observando la naturaleza. Todo lo que se requería era buena voluntad y observación sistemática. Nuestros antepasados sostenían que este proceso, accesible a todos, podía establecer reglas generales de conducta correcta así como su razón justificante.
  *   *   *  
Sólo con la venida de la Edad Media, los sabios cristianos lograron unir la “teología natural” de los pensadores pre-cristianos con la verdad revelada del Decálogo — para proveer de su defensa mediante la razón y la revelación. Antes de que la verdad revelada se hiciera parte de la doctrina religiosa, la moralidad razonada del platonismo y del aristotelismo proporcionaban el fundamento natural para el comportamiento público y privado, una justificación basada en evidencia observable por muchos sujetos. Aun cuando los cristianos argumentaban que la conducta humana es gobernada en última instancia por mandato divino, concedían, sin embargo, que es posible, no obstante, llevar una vida moral sin más conocimiento de lo divino que el saber que existe un Creador, la Primera Causa del ser. En efecto, los cristianos del siglo XIII argumentaban que los hombres pueden gobernar su conducta moral con las prescripciones y proscripciones que se derivan de la observación del orden del universo.

En el siglo XVIII, esas eran las convicciones que abrigaban muchos de los fundadores de los revolucionarios Estados Unidos (Thomas Jefferson prominente entre ellos). Como deístas, estaban preparados para argumentar que ese sistema ético por sí solo proveería el núcleo sustancial de una “religión civil” (“Tenemos estas verdades por auto evidentes”) que habrían de guiar el mando del comportamiento de los ciudadanos — sin la necesidad de establecer una religión sancionada y hecha cumplir por el estado. De esa manera se permitió la libertad de religión sin abandonar el fundamento para un orden moral sustentable.

En la misma época, sofistas y escépticos contemporáneos en Europa, tomando el hilo de argumentos arrastrados desde tiempos tan anteriores como el Renacimiento, se dieron a argumentar que no podemos estar más seguros de los descubrimientos empíricos acerca del mundo a nuestro alrededor que lo que podemos estar seguros de la existencia de un Creador. Llegaron a presentar argumentos que descartaban la infalibilidad de la verdad matemática, afirmando que las “verdades” matemáticas son meramente una función del lenguaje. Argumentaban que nuestras favorecidas proposiciones matemáticas no serían verdad en algún otro lenguaje hipotético. Como consecuencia, estos pensadores sostenían que las proposiciones empíricas acerca del mundo son siempre inevitablemente inciertas — y las verdades lógico-matemáticas eran simples subproductos culturales de nuestro lenguaje heredado. No podíamos depositar confianza en aserción de verdad alguna. Una verdad objetiva no puede hallarse en ninguna parte.

Si se concede todo eso, no hay base, sea empírica o divina, para sistema ético alguno. Más y más pensadores en el siglo diecinueve comenzaron a argumentar que la moral no es más que una invención y una cuestión de elección personal. Aun peor, argumentaban que, sistemas tan demandantes y restrictivos estaban dirigidos a servir los exclusivos intereses de alguna casta privilegiada, así como a suprimir la resistencia de aquéllos que eran explotados por su mando. Los primeros revolucionarios del siglo XX estaban animados por esas convicciones, expresadas por iconoclastas tales como Federico Nietzsche y Carlos Marx. El resultado fue la producción de 'religiones políticas' por los revolucionarios, a fin de fomentar un comportamiento obediente entre sus seguidores. Los revolucionarios crearon sistemas carentes de normas y valores sociales, dirigidos por líderes carismáticos — los sabelotodo autócratas del partido, identificados de diversas maneras como 'estimados líderes' o 'salvadores', que se hacían aparecer como omniscientes. Ellos, y los partidos políticos que ellos movilizaban, procedieron a emitir mandamientos que debían ser obedecidos por todos y castigados con la amenaza de muerte, encarcelación o destierro. Todos sabemos de las terribles consecuencias que siguieron al establecimiento de tales sistemas.
  *   *   *  
En Occidente, todo esto ha sido acompañado de una clase de actividad académica inspirada. Comenzando por los pensadores del Círculo de Viena al principio de los 1930s, y después aducidos por un verdadero ejército de intelectuales, hemos sido informados de que nuestras convicciones morales no son más que preferencias personales que no tienen mayor estatus que las de otros. Se nos ha dicho ahora, que la moral no representa nada más que los prejuicios preferidos. Los educadores en nuestras universidades más prominentes nos informan que ninguna aseveración, cualquier que sea su tipo, puede jamás ser “verdadera” (salvo por la aseveración misma). Se nos dice que cualquiera y todas las aseveraciones — empíricas, lógicas o normativas — nada son en principio fuera de expresiones de preferencia basadas en la raza, la cultura la clase social o el género. 

Esto ha llevado a algunas ocurrencias sorprendentes. Recientemente, un antropólogo profesional sostenía que ninguna distinción de lo que es verdad podía hacerse entre la aseveración de la tribu indígena de los Zuni, de que la población aborigen de América del Norte surgió de la tierra espontáneamente, y la aseveración de las ciencias sociales de que los indígenas americanos emigraron caminando sobre el puente de tierra prehistórico que en un tiempo conectaba a Norte América con Asia. Decía que ambas caracterizaciones de los orígenes de los aborígenes americanos eran igualmente verdaderas, cada una desde su perspectiva propia. De manera semejante, algunos médicos occidentales insisten en que su teoría de la transmisión de las enfermedades no es más 'verdadera' que la convicción Hinduista de que la enfermedad se propaga a capricho de una divinidad o de otra. Sostienen que argumentar lo contrario constituiría un caso de 'imperialismo cultural'

El resultado directo de todo esto ha sido el abandono general de todas y cada una de las reglas prescritas de conducta. Las únicas reglas que se permiten son aquéllas que estén endosadas por las minorías raciales, las comunidades culturales históricamente “oprimidas”, o una de una multitud de géneros súbitamente descubiertos — con exclusión de todas las demás reglas. En última instancia, las “verdades”, en particular las verdades morales, se entiende que no pasan de ser elecciones hechas por individuos o por grupos con comportamiento que se conforma a sólo una sentencia: “Sé leal contigo mismo”. Ya que no hay fundamento para justificar una  conducta “apropiada”, el resultado ha sido la proliferación de comportamientos 'alternativos'  que van desde el asesinato en masa de inocentes (v.gr. de civiles no beligerantes, de bebés en el seno materno, de grupos étnicos rivales) hasta la exigencia de que se les permita a adultos “amar” a niños pre-adolescentes. Hasta ha habido exigencias persistentes planteadas de que, a modo semejante, se les permita “amar” a animales — predicado aparentemente sobre el argumento de que, ya que no hay fundamento alguno que justifique reglas públicas de conducta, a cada quien debe permitírsele que “busque la felicidad”  a su manera.

En esencia, Occidente ya no tiene una moral pública o privada que esté preparado para defender con argumentos razonables. Nuestro comportamiento individual y colectivo es sancionado solamente con la fuerza — una fuerza gobernada por ninguna otra cosa que los caprichos del electorado. Lo que es permitido es gobernado más y más frecuentemente por los prejuicios y preferencias de minorías agresivas y bien financiadas.

La actual exoneración identifica como sus enemigos a aquéllos en las iglesias. que estén preparados para defender la moral tradicional, así como a aquéllos a quienes se les han asignado las responsabilidades oficiales de mantener el orden público y de administrar lo que queda de la ley que hemos heredado. Con más y más frecuencia, los tribunales son influidos por un entorno que insistentemente se ha vuelto carente de normas y de valores sociales, una influencia que ha impactado también a nuestros políticos. Conocemos demasiado bien cuáles han sido los resultados de esto.
  *   *   *  
En la arena internacional, las entidades políticas organizadas han comenzado simplemente a elegir sus propios enemigos, a los cuales extenúan mediante violencia ilimitada, o aíslan mediante rechazo, encarcelamiento o exilio. En nuestro propio entorno, los enemigos elegidos son destruidos mediante intimidación, mentiras, o represión. El discurso político fácil, de restaurar la seguridad o derrotar a quienes nos podrían causar daño, implica una tarea mucho más compleja y demandante que lo que la mayoría apenas comienza a imaginar. Tal restauración requeriría del restablecimiento de los fundamentos racionales de un sistema ético que sea capaz de propiciar lealtad. Lograr eso será una tarea ardua, que implica la dedicación de las iglesias y de toda la gente de fe. En su desarrollo, tendría que hacer participar a las universidades y a todas las instituciones colaterales que están dedicadas a la educación de los ciudadanos.

En el mejor de los casos, nuestra generación podrá esperar lograr apenas un comienzo — así de amplia y profunda es la decadencia moral. No sería la primera vez que la humanidad fuera levantada en un resurgimiento moral, una exigencia colectiva e incontenible de una restauración de la decencia, del sentido humano y de la buena voluntad. Sólo nos queda esperar su éxito.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Brussels and the last days of the West


Monday March 28, 2016

by Carlos Esteban rd

Taken from:
https://elperroflautareaccionario.wordpress.com/2016/03/28/bruselas-y-los-ultimos-dias-de-occidente/
Translated from the Spanish by Roberto Hope

Our civilization will die of stupidity. The massacre in Brussels is a good moment to remind ourselves that the enemy of the West lies not in the sands of the Middle East, but among ourselves.

A new carnage has struck Europe; this time in the very capital of that globalist and 'goodist' conspiracy known as the European Union, Brussels. One more of the successive bloodbaths which have absolutely nothing to do with Islam, and to which the first reaction among our self-righteous masses is not the logical one of indignation and defense, but the fear of an outbreak of 'Islamophobia.' May no one in any situation use this to frustrate the lovely fantasy of the #WelcomeRefugees. Even though the Eurostat will make it clear that less than a third of those who arrive do so running away from the IS; despite the Islamic State boasting that it has taken advantage of the border chaos to infiltrate operators and the Interpol itself estimates them to have reached the number of some 5,000 men.

But fear not, it is not the novel 'Islamophobia' — which can already be defined as the rejection to submit to Islam — the illness of which our civilization will die. Our civilization will die of stupidity.

A people whose first reaction upon being attacked is to excuse the group from which its attackers come, is calling, at the top of its lungs, for its extinction, and after reading in the social networks and in other publications, tens of ramblings along the lines of 'not all Muslims ...' and/or “... because the Crusades...” ,  I have not the least doubt that we are in the terminal phase.

We already experienced this after the atrocious killing at the Bataclan in Paris. Françoise Hollande's immediate determination to launch an attack against the IS positions in Iraq was very much applauded, at least by the right. And that is the proof of our supreme cowardice and supreme stupidity. Because it is not in the sands of Mesopotamia where the peril for our civilization lies, but in our perpetual compromise, in our cultural masochism. And no measure is taken in connection with that. On the opposite, faced with the avalanche of supposed refugees from the Middle East, the most powerful European leader, Angela Merkel, reacted with a universal and open invitation, to which masses of progressivists adhered at the cry of 'Welcome Refugees!', creating — among other things — a security crisis which one would have to be blind not to see.

Furthermore, the military intervention of the United States and its allies in the Islamic world, from Iraq and Afghanistan to Libya and Syria, have produced, if not the cause, at least the perfect occasion for the drama now developing in our borders.

The American neocon establishment and its Spanish allies maintain that the primary objective is to finish Assad, ahead of the victory over the IS. Producing, we imagine, a result equally promising as that of Sadam´s overthrow in Irak. Because the West cannot stand the vision of a tyrant, this is the directive, to democratize the Globe.

Well, part of the Globe. Through no one's imagination passes the idea of snubbing China for the minute detail of it being a tyranny that has crushed all kinds of dissidence.

Or, closer to the case under discussion, Saudi Arabia, an archaic and cruel theocracy, in comparison to which the reviled Iranian regime is a libertarian paradise. But the Saudis are untouchable, no matter that the Islamic faction behind the modern Jihad, behind all of the massive attacks that have occurred since September 11, has its cradle there, and it is the only official one permitted in the kingdom; no matter that it is financing mosques and madrassas all over the West, which transmit the same radical message against the infidel. Arabia is the wellspring of all that, along with other tyrannies of the Gulf, such as Qatar and the Arab Emirates, shirts of which are worn by the players of both of our principal soccer teams. Business, I suppose, is business, and just like emperor Vespasian reminded his son Titus, that money does not smell, apparently, it also does not retain blood stains.

Of course, I sympathize with all of the victims and their families, but I hope not to be judged too callous if I say that these brutal attacks, as Europe had not suffered in decades, are just the most dramatic aspect of our gradual extinction. In the long run, these attacks are also unnecessary, even counterproductive for our defeat. Even more, not even is Islam — Jihadist or not, if you' are prone to split threads and make a distinction which even they do not make — the problem of the West.

Islam is still very fragile. The west is still very powerful. A modest dose of common sense, of the conservation instinct which is normal to expect of any people on earth,  would suffice for the danger to be immediately exorcised. No, the real enemy, the implacable, dangerous, powerful enemy is not the one which climbs the walls, but the traitor who opens the gates to the enemy. It is our elites, our rulers, our communications groups, our cultural mandarins, our educational system, our financiers. The globalist establishment, in short, who has decided that the best way to rule us is, in the old style, dividing us, stripping away our national identities as much as our old European identity, so that, turned into atoms, without personal loyalties, we will have to depend upon our masters to resolve our quarrels.

Towards the end of the preceding century, progressivist sociology professor at Harvard, Robert Putnam, proposed himself to make a profound study to prove the benefits of cultural diversity and chose the multicultural city of Los Angeles as his test field. But the results were so opposite to what was expected that his work Bowling Alone, received very little publicity.

Putnam proved that cultural and ethnic diversity drastically reduces social cohesion, participation in community activities and mutual trust, and promotes solitude and disinterest in the public affairs. Such a community has only the political power as arbiter among the various tribes in dispute; the wet dream of the powerful. And this is the plan which, with no need to resort to any conspiracy. Is being imposed on the West, and very specially in Europe under the auspices of Brussels.

The West lives in a bubble of unprecedented prosperity, peace, and liberty which makes it believe that its values are universal values; that we are not one more tribe, but the entire humankind, and that our arrival in the world scene has made disappear the secular incentives and mechanisms which have moved all peoples throughout history.

The world is much greater, demographically ever more in relation to the waning West, and knows what this means. It knows that ignoring the enemy does not make it disappear, on the contrary. It knows that weakness is not a signal to protect the other but to attack him.

In a twisted and sinister way, the West is ill with a deformed and masochist priggishness which always asks who is right and always responds it is any other, that we are the worst and most evil of cultures. But history does not move like that. In real history, not in the politically correct one,  if a people, without too much effort, can get the territory, the wealth and the women of another for itself, it will do it.

Sooner or later, the West will have to wake up to this fact, or resign itself to perish, and not precisely to dissolve itself in a Utopian progressivism. Because the day is not far when the question will no longer be what is your opinion, but which is your people.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Bartolomé de Las Casas
as seen by Ignacio Anzoátegui


Taken from: info-caotica.blogspot.com/2012/.../las-casas-visto-por-anzoategui.html
Translated from the Spanish by Roberto Hope


On occasion of the homage to Argentine writer Ignacio B. Anzoátegui, we offer our readers a fragment of his authorship.


Whether Columbus was an Italian or a Spaniard is of no interest, nor whether his name was Columbus or Pinzón, because, anyway, the Discovery of America was made by Spain. And for Spain. It was not due, by the way, to the much talked-about genius of the allegedly Genoan navigator (“for the execution of the enterprise of the Indies, neither reason nor mathematics nor world maps, were profitable to me”), but the Spanish generosity, which compelled God — “noblesse oblige”, as the saying goes — to grant Spain the glory and the responsibility for the Discovery. God has His own logic, which at times scandalizes the proprietors of logics. But it cannot be denied that God's logic is terribly logic. He can arouse in the highest or in the most insignificant of beings — a Spaniard or a Jewish Genoan — the most glorious of enterprises — to make him serve as an instrument of His designs; but in the economy of each of those designs, the need for that instrument to serve a Divinely transcendental end is logically implicit.


Because it is indubitable that, for God — no matter how much the liberals of all creeds may frown upon — the ends justify the means: from the great light which threw Saul down from his horse to the dark thirst which drives this or that conquistador to the golden conquest. This or that conquistador I have said because the Conquest of America was not a commercial enterprise even when certain merchants, indisputably heroic, may have taken part in it, used by God so that they would also serve in the chivalrous adventure.


The Conquest was to be made by heroes which would open the way to the saints, even though this or that hero may have thought more about his worldly profit than about his heavenly profit. The means always believes he is the end; our immediate objectives always concern us more than our ultimate end. Thrust to the hazards of the sea, disembarked upon the hazards of the land, the adventurer had to wage the first struggle in his campaign, which was that of his own self against his own self: that of the self which impelled him to give up, against the self which impelled him to triumph; that of the self which dreamed of Heaven, against the self which dreamed of El Dorado; that of the self which aspired to eternal youth, against the self which aspired to the fountain of Juvencia. And always, inevitably, in the realm of the perishable as in that of the imperishable; demanded and raised by the same wind of sacrifice and of commitment of his own personality, always the same landscape of heroism which encourages all our virtues as well as all our iniquities. It is difficult to be great but much more difficult to quit being so. This is why the conquistador is great even when he may be iniquitous, but he also finds it easy to be iniquitous.


This does not mean that the conquistador was necessarily iniquitous. It only means that the minor pamphleteer who went by the name of Bartolomé de las Casas was incapable of understanding said greatness; if he did have the vocation of a proselytizer he did not have that of a missionary, because to be a missionary it is necessary to possess that acute political and religious sense which compels a man to know not only the subject upon which his apostolate should fall but also know the instruments with which he has to carry it out. Las Casas understood the Indians but did not know the conquistadors. He knew that the Indian was a physically, morally and intellectually inferior being as compared with the European and that for this reason, he deserved to be treated in a compassionate manner. But he failed to understand that the European also deserved a humanitarian treatment. And Bartolomé de las Casas, full of compassion towards the Indian, was full of inhumanity towards the conquistador. Full of inhumanity towards the religion he had solemnly vowed to serve, and which at that time played one of the most audacious offensives in its history, and in Europe it defended itself against one of the most prestigious counteroffensives, as was the Protestant Reformation.


Las Casas, a demagogue of the Rights of the Indians, forgets the rights of man to be pardoned. And in defending the former, puts the latter at risk. He is the Hispanic American Calvin who, in protesting so much, sounds like a Protestant. And by protesting, serves Protestantism.


He had erected himself with the charge of Apostle of the Indians, without considering the consequences of his attitude. The stick of virtue flourished in his hands, but it was a shopkeeper's stick for Justice, made to “give each man what is his” as long as that man is one of his. Because it must be remembered that the fanatic Apostle was the negation of the ecumenic, and to save the American Indian from an alleged slavery, he propitiated the importing of African slaves. The liberator turned into a slave driver; the evangelic friar into a vulgar pro-Indian maniac.


Meanwhile, Spain suffered the consequences of its own grandeur. Barely recovered from Mohammed's tyranny, it raised to fight against the tyranny of Luther, who threatened Christendom. And, beset by Turks and Protestants, Spain dared to attempt the conquest of an unknown continent, of a continent monstrously burdened with human sacrifices, which she was to serve, in a pure sacrifice, as the Gospel bearer, ending up with the Sacrifice par excellence.


Against this Spain wrote and lied one of her sons who, in addition, was a priest of the Crucified: Bartolomé de las Casas, bishop of the Indians, honorary reporter of the liberals of that time and patron saint of the enemies of the missionary Spain. Conscious or ignorant of his historic responsibility — I don´t know; but God knows —, Las Casas, with his pamphlet, served the anti-Spanish black legend, carefully organized by the Protestant enemies, to nullify Spain's anti-Protestant action in Europe — especially in Flanders, the hub of the religious neuralgia.

Undoubtedly, it is sad to be a traitor; but it must be still much sadder to be a traitor without being one.


From the Limbo of the clowns, the Bishop of Chiapas must, without doubt, yearn for the opportunity given to him not to be a clown. And he will yearn for it especially having to suffer the company of so many blabbering clowns as have been born from him in America and who have thrived from his teachings.

lunes, 4 de diciembre de 2017

Descubriendo al Verdadero Cristóbal Colón

 Parte 3 y última



Por Solange Hertz (RIP)
(Artículo tomado de un capítulo de su libro On the Contrary)


Tomado de: https://www.tumblarhouse.com/lounge/column/discovering-columbus
Traducido del inglés por Roberto Hope


Misionero al otro mundo
Si Colón estada demasiado ilustrado para creer que él había sido el primero en descubrir América, también habría sospechado que tampoco era el primer cristiano en poner pie ahí, pues alguna vez había sido opinión general el que América había sido evangelizada en tiempos apostólicos.

En su carta a los corintios, San Clemente habló del 'otro mundo' como algo de conocimiento general, y aun el mismo San Pablo les dice a los colosenses que ellos “han recibido el mismo evangelio como lo ha sido también en todo el mundo” (Col 1:6). Hay referencias consistentes a un 'mundo más allá del océano´en los escritos de los padres; de manera notable San Hilario y San Ambrosio, por no decir Santo Tomás de Aquino y su maestro, San Alberto Magno, el Venerable Beda, San Jerónimo, Tertuliano, Macrobio, San Isidoro de Sevilla, Rabanus Maurus, y otras autoridades religiosas inferiores. San Agustín considera probable esa opinión, que con el tiempo fue filtrada a personajes seculares como Averroes, Dante, Roger Bacon y Sir John Mandeville.

Escribiéndole a Colón el 5 de agosto de 1495, el letrado Jaime Ferrer de Blanes dice: “'La Providencia Divina e Infalible envió al gran Apóstol Tomás del Occidente al Oriente para promulgar en las Indias nuestra santa ley cristiana y a vos, Señor, Ella lo despachó en la dirección opuesta, del Oriente al Occidente, de modo que, de conformidad con la voluntad divina, vosotros habéis llegado a las partes más lejanas de la India superior con el fin de dejar que los descendientes oigan lo que los ancestros han descuidado de la predicación de Santo Tomás, a fin de que se cumpla la palabra, “Su voz ha avanzado por toda la tierra hasta los confines del mundo” (Rom 10:18)

Se han encontrado cruces en Paraguay, México, las Bahamas, Yucatán y Perú, en donde las ceremonias religiosas dejan ver vestigios de bautismos y eucaristías, junto con ayunos, prácticas penitentes, y confesión oral a confesores obligados a mantenerlas en secreto, por no mencionar consagraciones de reyes, exorcismo, agua 'bendita' procesiones, peregrinaciones y bendición de casas nuevas. El celibato y la vida religiosa no eran desconocidos. El obispo Bartolomé de Las Casas, contemporáneo de Colón, uno de los primeros evangelizadores que siguieron al descubrimiento, escribió convincentemente de rastros de Santo Tomás encontrados en el Brasil portugués, parte de un conjunto de evidencia, demasiado extenso para pasarse por alto. El historiador protestante Prescott relata que Piedrahita, cronista de los Muyscas, se había satisfecho de que San Bartolomé había hecho una visita al Perú.

Entre los indios americanos muchos relatos pasaron de generaciones anteriores, relacionados con un santo cuyas doctrinas, transmitidas a ellos por sus antepasados, eran reconocidas inmediatamente cuando las oían predicadas de nuevo por los misioneros post-colombinos. Según Veytia, América había sido evangelizada una segunda vez en el siglo V o VI. Como sus predecesores, estos nuevos predicadores, que sembraron ambos continentes con artefactos cristianos, por desgracia no pudieron duplicar lo que San Pedro y sus amigos lograron en Roma, donde la doctrina se mantuvo viva gracias a muchos ayudantes que los sucedieron. En América, los conversos fueron abandonados a sus propios recursos, y con el tiempo la fé desapareció. Colón debe haber sabido mucho de esto, si no es que más. Se habría regocijado de ver las crónicas de Piedrahita, corroboradas en las revelaciones de la Venerable María de Agreda, a quien Nuestra Señora le reveló que la “India Citerior” había en verdad sido confiada a la predicación de San Bartolomé. [13]

Cristóbal, el Portador de Cristo.
No siendo un misionero en el sentido estricto de la palabra, Colón no obstante puede ser correctamente llamado Apóstol de América en el orden temporal. Mucho tiempo después de Alejandro VI, dos papas más, Pío IX y León XIII, declararon formalmente que su misión fue de Dios. Otros lo han hecho por implicación. A pesar de todos los esfuerzos de sus detractores, nunca se ha hallado una explicación puramente  natural de su empresa. Su biógrafo judío, Simón Wiesenthal, se ha unido a autores cristianos aseverando, “El que elementos religiosos hayan tenido una gran parte en los pensamientos de Colón es evidente en todos sus escritos. Puede causarnos algo de sorpresa que su concepto de navegar hacia occidente para llegar a las Indias fue menos el resultado de teorías geográficas que de su fe en ciertos textos bíblicos — específicamente el Libro de Isaías.” [14]

Un texto tal es el verso que dice, “Pues como los nuevos cielos y la nueva tierra, que yo haré que se presente ante mí, dijo el Señor: así permanecerá tu semilla, y tu nombre.” (Is 66:22). El verso en el que Dios predice: “Me han buscado los que antes no preguntaban por mí, me han encontrado los que no me buscaban. Dije: Mírenme, mírenme, a una nación que no llamó mi nombre” (Is. 65:1) habría no sólo previsto el descubrimiento de América sino su evangelización. El anteriormente citado Libro de las Profecías de Colón está repleto de pasajes de este profeta, especialmente los que se refieren a ‘las islas’ y los ‘extremos’ y ‘las partes más remotas de la tierra.’

Creía firmemente que “Dios me hizo mensajero del nuevo cielo y la nueva tierra, de la cual habló en el Apocalipsis de San Juan después de haber hablado de ello por boca de Isaías, y me enseñó cómo buscarlo.” Para él la indicación más fuerte de la existencia de un continente gigantesco del otro lado del globo no se encontraba en el conocimiento natural sino en el libro apócrifo de Esdras, que dice que el mundo es seis partes tierra y sólo una séptima parte agua. En su correspondencia, con frecuencia se refería al carácter exclusivamente religioso de su empresa.

A Rafael Sánchez le escribió: “Esta grande y vasta empresa se debe a ningún mérito mío. Se debe a la santa fe católica, a la piedad y religiosidad de nuestros monarcas. Pues el Señor ha dado a hombres lo que la inteligencia no podía concebir ni alcanzar.” En una carta a los soberanos españoles, dice: “He visto y estudiado todas las escrituras, cosmografía, historias, crónicas, filosofía y otras artes que el Señor abrió a mi comprensión. Pude sentir Su mano sobre mí, de manera que se me hizo claro que era factible navegar de aquí a las Indias; y Él desató en mí la determinación para ejecutar la idea.”

“Y yo llegué a Vuestras Altezas con este ardor. Todos los que oyeron de mi empresa la rechazaron riendo, mofándose de mí. Ni las ciencias que arriba mencioné ni las citas autorizadas de ellas sirvieron para nada. Sólo en Vuestras Majestades permaneció la fe y la constancia. ¿Quién duda que esta iluminación haya sido del Espíritu Santo?. Doy testimonio de que Él, con maravillosos rayos de luz, me consoló a lo largo de las Santas y Sagradas Escrituras, alentándome a proseguir, y continuamente .... me inflaman con un sentido de urgencia.... Ya he dicho que para la realización de la empresa de las Indias ni la razón ni las matemáticas ni los mapamundis me fueron útiles, más bien, la profecía de Isaías se cumplió completamente.”

Un emprendimiento misionero
El autonombrado mensajero del nuevo cielo y la nueva tierra se hizo a la vela  el viernes in Nomine Domine Jesu Christi con la figura de Cristo en la Cruz ondeando del mástil de su carabela insignia, la Santa María, luego de que él y sus marineros hubieran confesado sus pecados, oído misa y recibido la Santa Comunión. Se cantaba el Salve Regina cada atardecer, y cuando se divisó tierra a las 2 de la mañana del viernes 12 de octubre de 1492, Colón ordenó inmediatamente que se entonara el Te Deum. Al romper el día  plantó la Cruz en la isla que, de inmediato, fue nombrada San Salvador en memoria del Salvador llevado a ella, por fin después de tanto tiempo  — o quizás una vez más.

Por tan crucial ocasión él y su tripulación ofrecieron la siguiente oración: “Oh Señor, Todopoderoso y Eterno Dios, por Vuestra Santa Palabra Vos creasteis los cielos, la tierra y el mar; bendito y glorificado sea Vuestro Nombre, y alabada sea Vuestra Majestad, la cual se dignó hacer uso de nosotros, vuestros humildes siervos; que Vuestro Santo Nombre sea proclamado en esta segunda parte de la tierra.”
Aquí, como en otras partes, Colón tomó posesión a nombre de Cristo Rey por la Corona de Castilla con el canto Vexilla Regis.  Los autores protestantes deliberadamente suprimieron esta plantación de Cruces de sus crónicas, prefiriendo considerarlas como ceremonias oficiales de una naturaleza política, pero el propio Colón, hablando de la Hispaniola, observó que lo hizo “principalmente en recuerdo de Jesucristo nuestro Salvador y en honor del Cristianismo.” Claramente considerándose el precursor de la fe en el Nuevo Mundo, en sus visitas a los poblados indígenas siempre ponía
atención en las variedades de piedras que consideraba apropiadas par la construcción de iglesias.

Luego del Descubrimiento, escribió exuberantemente a los monarcas españoles “Y ahora deben el Rey, la Reina, los príncipes de todos los dominios así como toda la Cristiandad, dar gracias a nuestro Salvador Jesucristo de que nos haya concedido tal victoria y grande éxito. Que se mande hacer procesiones, que se celebren festividades solemnes, que las iglesias se colmen de ramos y flores. Que Cristo sea agradado en la tierra como en el cielo, al ver la próxima salvación de tanta gente que hasta ahora estaba perdida. Regocijémonos por la exaltación de nuestra fe, así como por el aumento de nuestra prosperidad temporal, en la cual no sólo España sino la Cristiandad habrá de participar.”

Advierte a los soberanos, “Os digo que Vuestras Majestades no deben permitir que extranjero alguno ponga pie en esta tierra y haga comercio aquí si no es cristiano católico,” así de bien entendía la naturaleza del falso ecumenismo que estaba cocinándose con la reforma desde entonces. Agrega que ningún español debe venir “si no es verdaderamente cristiano, dado que la preparación y ejecución de esta empresa no tiene otro propósito que el de aumentar la gloria de la religión cristiana.” En cuanto a los nativos, creía firmemente que “Al instante en que los misioneros aprenden a hablar su lengua se vuelven cristianos. Espero en el Señor que Sus Altezas habrán de decidir pronto enviar a algunos, para que tan numerosos pueblos se unan a la Iglesia.”

Deseaba que fueran “tratados con el mayor respeto, porque son la mejor gente del mundo, y especialmente porque tengo una grande esperanza en el Señor, de que Vuestras Altezas los hará cristianos.” Uno de sus primeros proyectos en Haití fue un colegio teológico, para que con el tiempo sirviera de centro de propaganda para la evangelización de todo un nuevo mundo. En las minas de oro de Veragua sólo permitía trabajadores de buena moral, porque, decía él, el oro estaba destinado a Jesucristo — para disgusto evidente de muchos hidalgos que se habían unido a su expedición con el propósito más práctico de hacerse ricos tan pronto como fuera posible. El conflicto de intereses entre aquéllos que buscaban el oro y aquéllos que buscaban las almas, inevitablemente habría de causar dificultades mayores, no sólo para la Corona y la Iglesia, sino antes que nadie, para Colón.

El interior de Colón: su vida espiritual
Como Bourne lo ha hecho notar, los relatos que Colón enviaba a España estaban particularmente desprovistos de planes visionarios, y revelaban su sentido extraordinariamente práctico en las situaciones más diversas y dificultosas. Aunque disfrutó de poco éxito como gobernador, algunos de los elementos del sistema colonial español, ahora reconocido como probablemente el mejor que el mundo haya jamás visto, pueden hallarse derivados de los cimientos puestos por Colón. Sus escritos incluyen la poseía más exquisita y están repletos no sólo de citas de las Escrituras, sino de descripciones detalladas de la flora y fauna. Fue capaz de predecir las corrientes y mareas ecuatoriales, además de la ubicación exacta del futuro Canal de Panamá.

Si hemos de dar crédito a la lluvia de flechas que en respuesta a sus oraciones cayó contra una sublevación de los caribes, pudo haber hecho milagros. Armado con el primer capítulo del Evangelio de San Juan, dijo haber exorcisado en una ocasión un tifón: Cómo resistió él solo un motín en Jamaica sigue siendo hasta ahora un misterio. Su uso ingenioso de un próximo eclipse de luna para persuadir a algunos indios reacios, a alimentar a su hambrienta tripulación, se ha argumentado como prueba de su acostumbrada sagacidad, pero él nos dice que la idea le vino en respuesta de su oración desesperada. Las extraordinarias dificultades que enfrentó, no sólo contra hombres y contra los elementos sino contra enfermedades incapacitantes personales, incluyendo su casi ceguera, son asunto de sobria consideración. Convencido de que el demonio estaba bien al tanto de sus objetivos, en su diario durante el segundo viaje, el 6 de enero de 1943 escribió de: “Satanás tratando de prevenir el viaje como lo ha hecho siempre hasta ahora”
Fue ayudado de manera singular por varias personas religiosas, especialmente por “dos frailes que le fueron siempre constantes” aun cuando al principio de su empresa “todos en conjunto consideraban su proyecto una burla.” Éstos pudieron haber sido el Dominico Fray Diego de Deza, tutor del príncipe Juan y posteriormente arzobispo de Sevilla, y el franciscano Fray Juan Pérez de la Marchena, prior del convento de La Rábida; ambos promotores fervientes del descubrimiento. Cuando Colón, viudo y sin un centavo, con un hijo que criar, buscaba un patrocinador. Fray Juan le ofreció asilo y tuvo a su cargo al joven Diego hasta que su padre pudo volver a casarse. Como antiguo confesor de la reina, fue Fray Juan quien puso a Colón en contacto personal con Isabel. Él fue el sacerdote que ofreció la primera misa de acción de gracias luego del descubrimiento.

Perspectiva de fines espirituales
La primera misa de que se tiene registro en tierras del Nuevo Mundo fue dicha en el siguiente viaje por Fray Antonio de la Marchena, el astrónomo erudito que acompañó a Colón a recomendación de Isabel. Fray Juan parece haber desempeñado un papel más oculto. Cuando estaba en España, Colón solía pasar largos períodos haciendo retiro en La Rábida, y fue desde ahí que le escribió al Papa sobre su descubrimiento, expresando su deseo de levantar un ejército de 50,000 soldados y 5,000 caballos para librar de los infieles al Santo Sepulcro.

Tenía este objetivo en mente cuando obtuvo de los Monarcas Españoles los fuertes términos de los cuales les recordaba con frecuencia: Que “del descubrimiento en adelante y pudiera llamarme Don y ser Alto Almirante del Mar Océano y Virrey perpetuo y gobernador de todas las islas y continentes que yo fuera a descubrir y adquirir o que fueran a ser descubiertos y adquiridos en el océano; y que esta dignidad deberá ser heredada a mi hijo mayor y así descender para siempre de generación en generación.” Además de las necesidades de su familia, su testamento estipulaba que el Virreinato se usara no sólo para mantener la soberanía española y una capilla y hospital en Haití, sino para el reclutamiento y equipamiento de un ejército para la recuperación del Santo Sepulcro y para ayudar a la Santa Sede en caso de cisma o de otras dificultades.

De su segundo matrimonio, Colón esperaba asegurar su sucesión. Leyendo correctamente el temperamento revolucionario de Europa, esperaba por este medio mantener los nuevos territorios libres de triquiñuelas políticas. Sabía que el Rey Fernando, aun siendo un monarca capaz, no estaba animado por los mismos altos motivos como lo estaba la reina, pues tan pronto como el Descubrimiento se hizo realidad, Fernando había comenzado a evadir los términos del contrato, ofreciéndole a cambio un dominio pensionado en Castilla. Colón se mantuvo en sus derechos, pero su nieto capituló, a cambio de los títulos de Duque de Veragua y Marqués de Jamaica. (Un moderno descendiente, a quien le gustaba la cría de toros, de hecho consintió aparecer como atractivo principal en la Feria Mundial de Chicago, por el centenario de 1892. Providencialmente fue declarado en bancarrota luego de ofrecer 30,000 francos a cualquiera que escribiera una nueva biografía de su ancestro en la cual se suprimieran todas las referencias al mundo sobrenatural.

Pasión y muerte
Ya en su propio tiempo, Colón fue traicionado. Asediado entre los colonos de América que se quejaban de que se negaba a dejar que los indios quedaran sometidos a ellos — en  especial los hidalgos, que se rehusaban a hacer trabajo manual — y sus enemigos en España, que lo acusaban de esclavizar a los nativos, llegó a ser juzgado in absentia a instigación de la burocracia naval de Sevilla, que estaba controlada por su archienemigo Juan de Fonseca. Como sabemos. Fue devuelto a españa en cadenas, nombrándose en lugar suyo a un gobernador 'temporal'. Tan persuasivos fueron sus adversarios, que hasta fueron capaces de usar contra él, documentos falsificados, que hasta la gran Isabel titubeó un momento antes de ordenar su liberación.

Fue característico de Colón que en adelante mantuvo las cadenas colgadas en su habitación y pidió que fueran enterradas con él. Cuando trató de hacer una circunnavegación del globo en su cuarto y último viaje, estaba estropeado en su salud y forzado a mendigar su justo salario. Obstruido en cada paso por insubordinaciones y traiciones, sostenía a sus marineros de su propio bolsillo — aun a los amotinados — cuyos salarios el gobierno se negaba a pagar.  En España sus traidores eran premiados con buenos empleos, y en cambio aquéllos fieles a él no podían encontrar empleo. En las colonias, después de 1497, la Corona hizo caso omiso de las restricciones que había pedido Colón contra el aceptar colonizadores con mala reputación moral y admitió a criminales, exceptuando solamente a “herejes, traidores, falsificadores y sodomitas.”

La primera carta que llegó del viejo mundo al nuevo fue una escrita por Isabel a Colón. Fechada el 16 de agosto de 1494, comenzaba así: “Damos muchas gracias a Nuestro Señor. Esperamos que esta labor vuestra causará que nuestra Santa Fe Católica sea extendida grandemente... nos parece que todo lo que desde un principio nos dijisteis que iría a pasar ha sucedido en su mayor parte, con tanta precisión como si vos lo hubierais visto ocurrir antes de decírnoslo.” La más profunda compenetración existía entre estas dos grandes almas. En su última entrevista privada con Isabel, se dice que los dos rompieron en lágrimas al contemplar la interferencia persistente que se hacía a sus planes por sus amados amerindios “comprados con la sangre de Cristo,” cuya conversión estaba tan cerca de su corazón.

Isabel murió de penas y agotamiento en 1504, unos días después de que Colón hubiera regresado de su último viaje. Mientras ella yacía en su lecho de muerte, Colón estaba en Jamaica, abandonado por una tripulación amotinada y tentado violentamente a la desesperación. Nos dice que estando allá “medio dormido” oyó “una voz de lo alto que le dijo así: '¡oh insensato, hombre lento para creer y para servir a vuestro Dios, Dios de todo! ¿Qué más hizo por Moisés o por David su siervo? Desde vuestro nacimiento Él siempre ha cuidado de tí. Cuando Él os vio de una edad que le satisfacía, maravillosamente hizo que vuestro nombre resonara en la tierra...'”

“De la prisión del mar océano, que los tenía atados con tan fuertes cadenas, Él os dio las llaves, y fuisteis obedecido en tantos territorios y ganasteis tan honroso reconocimiento entre los cristianos! ... Los privilegios que da y las promesas que hace Dios, no los rompe, ni dice luego de que ha recibido el servicio, que su intención era otra y que debe entenderse de otra manera.” y la voz concluyó diciendo, “No temáis, confiad. todas estas tribulaciones están escritas en mármol y no sin causa.”

Menos de dos años después, Colón siguió a su reina a la tumba. Según su hijo Fernando, “Con gran dolor por su gota, lleno de pesar por las posesiones que se le habían quitado, y asolado por otras tribulaciones, entregó su alma al Señor el Día de la Ascención ... luego de haber recibido los Sacramentos de la Iglesia y dicho las siguientes últimas palabras: 'Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu'.”

Haya Colón muerto en santidad o no, probó ser el instrumento que Dios eligió para revelar el mundo a sí mismo en toda su dimensión física. No 'personificó' su época, la hizo lo que fue. Por medio de él, Dios trajo el nuevo mundo al viejo mucho como en el principio, habiendo creado a Eva mientras Adán dormía, Él la dio a Adán' (Gen. 2:22). De pronto dos se hicieron uno, y Adán jamás volvió a ser el mismo. Bajo el designio divino, Colón efectuó un cambio muy parecido, ampliando toda la historia humana como ningún otro ser meramente humano jamás lo había hecho.


Nadie que ahora viva no ha sido de alguna manera afectado, tanto material como espiritualmente, por el regalo que hizo Colón de una mitad del mundo a la otra. Como sucedió después de la aparición de Eva, nada en el orden temporal ha permanecido igual desde entonces.

Cuando Nuestro Señor aseguró a sus discípulos que “todavía no es el fin,“ les dijo “hasta que el evangelio haya sido predicado en todas las naciones” antes de que su triunfo final pudiera tener lugar (Marcos 13:7, 10). Sólo después de que “este evangelio del reino haya sido predicado en todo el mundo como testimonio a todas las naciones... habrá de llegar la consumación” (Mateo 24:14) Cuando Cristóbal Colón, fiel a su nombre de Christo-ferens trajo a Cristo a las Américas, adelantó ese Día de manera inconmensurable.

Colón e Isabel fracasaron en su objetivo de rescatar la Tierra Santa, pero lo que lograron probó ser incomparablemente más grande. Al traer el resto del mundo al alcance de la Cristiandad, probaron ser fieles a los apóstoles en cuanto al orden temporal, bendiciendo a todos los pueblos con la posibilidad de gozar, aun en esta tierra, del gobierno misericordioso de Cristo Rey.


En ese punto crucial de la historia cuando las Cruzadas dieron su lugar a la Contra-Revolución, hicieron posible lo que Dios había prometido a la humanidad por medio de su profeta Malaquías: “Pues desde donde sale el sol hasta el ocaso, grande es Mi nombre entre los gentiles y en todo lugar se ofrece sacrificio, y se ofrece a Mi nombre una oblación pura: pues Mi nombre es grande entre los gentiles dice el Señor de los Ejércitos”

La Misa Católica, la oblación pura aceptable a Dios ha vertido la sangre redentora de Cristo por todo el mundo en preparación para el conflicto final de tiempos apocalípticos. Como lo dice Roselly de Lorgues:

“En cada hora del día y de la noche, la inmolación de la Víctima Divina se renueva en los dos hemisferios... mientras la noche cubre con sus sombras el hemisferio oriental, el augusto sacrificio se ofrece en lo alto de los Andes y entre las islas del Pacífico. El sol incesantemente brilla en las ceremonias de la Iglesia de Jesucristo. El poder de la unidad católica se manifiesta de modo impresionante en la permanencia de este homenaje rendido a Nuestro Señor, pues en este globo es solamente la Iglesia Católica la que ofrece esta inmutable perpetuidad de aspiraciones al cielo.”


Esto hicieron posible Colón e Isabel. Es difícil de creer que esta misma Santa Misa de los Apóstoles, a la que ellos asistieron, sea ahora evitada como si fuera algo impuro, por aquéllos que se caracterizan como artesanos del “nuevo orden de relaciones humanas” introducido por el Papa Juan XXIII, Pero como habremos de ver, el Santo Sacrificio de la Misa ha sido la que ocupa el primer lugar entre las preocupaciones de la Serpiente.

[1] 24 de junio de 1991 [2] Newsday, Long Island N. Y. 12-Oct-90 [3] El viejo adagio usado por los alquimistas, los Rosacruces y los masones, que significa 'destruir y reconstruir' [4] Francis Patrick Kenrick, The Primacy of the Apostolic See Vindicated (La Primacía de la Sede Apostólica Reivindicada) Baltimore, 1855. [5] Ver del Reverendo Peter de Roo, Material para una Historia del Papa Alejandro VI, sus Parientes y su Época; John Nicholas Murphy, The Chair of Peter (La Silla de Pedro) Margaret T. Munro, A Book of Unlikely Saints (Un Libro de Santos Improbables); A Leonetti, DSP, Papa Alessandro VI; también, Rohrbacher, Histoire Universelle de L’Eglise Catholique; Capefigue, L'Eglise pendant les Quatre Derniers Siecles, Mgr. Mgr. Justin Fevre, “Biography of Pope Alexander VI” (Biografía del Papa Alejandro VI) en Nouvelles Annales de Philosophie Catholique, ed. Louis de Savigny. [6] Ver Seraphim Canoutas, Christopher Columbus, a Greek Nobleman (Cristóbal Colón, un Noble Griego) St. Marks Prtg., 80 Fourth Ave., New York, 1943. [7] Se han traducido al inglés por vez primera por Kay Brigham en Christopher Columbus - His life and discovery in the light of his prophecies (Cristóbal Colón – Su vida y decubrimiento a la luz de sus profecías), CLIE, Terrassa, Barcelona, 1990 [8] Arizona Rep. 29-ene-67 [9] W.T. Walsh, Isabella of Spain, the Last Crusader (Isabel de España, la Última Cruzada) , Cap. 19. [10] Roselly de Lorgues, Les Calomniateurs Modernes du Serviteur de Dieu. Una nueva edición francesa de la biografía de Colón por de Lorgues’ ha sido publicada recientemente por Editions Sainte Jeanne d’ Arc, 1992, 18260 Villegenon. [11] Edward Gaylord Bourne, Spain in America (España en América), 1904 [12] Ver Solange Hertz, Saint Christopher Columbus? (San Cristóbal Colón?), Big Rock Papers, Leesburg, Va. 1975 [13] Mistica Ciudad de Dios, Parte III, Libro vii, Cap. 13. [14] S. Wiesenthal, Sails of Hope, the Secret Mission of Christopher Columbus (Velas de Esperanza, La Misión Secreta de Cristóbal Colón), MacMillan, New York, 1973, p. 122.

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