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by Tejji

lunes, 11 de febrero de 2019

Un Tercer Testamento

Por Malcolm Muggeridge
Traducido del inglés por Roberto Hope

Parte 2

San Agustín

354 - 430 DC

Cuando a principios del siglo quinto después de Cristo fue Roma saqueada, Agustín estaba en la cúspide de su fama como Obispo de Hipona en el África del Norte. Confrontado con la disolución del Imperio Romano, como nuevo Noé, estaba obligado a construir un arca; en su caso, la Ortodoxia dentro de la cual su Iglesia pudiera sobrevivir los días obscuros que se avizoraban en el horizonte.
Gracias en gran medida a Agustín, la luz del Nuevo Testamento no desapareció con la luz que había dado Roma, sino que permaneció en medio de los escombros del imperio derruido, para iluminar el camino de una civilización nueva, la Cristiandad, de la cual ahora somos los legatarios.
Fue como si él hubiera sido preparado especialmente para esa tarea. Templado en el fuego de su propia sensualidad, curtido por sus arduas exploraciones de las herejías de su época, era un maestro de la palabra escrita y hablada, que él ofreció al servicio de Dios, pidiendo antes a Dios que le diera los medios para ofrecerlo.
A los ojos de San Agustín, Roma estaba en el pináculo de la historia. La veía como un estado secular llevado al grado más alto de perfección, proporcionando el único marco de vida tolerable para la humanidad. Si desapareciera de la escena humana, si una catástrofe así de impensable fuese a suceder, dejaría detrás de sí, no otras alternativas de civilización, sino un vacío, una obscuridad.
El Norte de África de la época de San Agustín participaba de esta gloria. La ciudad de Cartago era una pequeña Roma. Las cosechas abundantes, las ciudades y los puertos florecientes, las diversiones y los espectáculos, todo ello significaba su participación en el Imperio Romano, el cual para Agustín era el mundo entero.
Agustín nació en el año 354, unos cuarenta años después de que el Cristianismo se convirtiera en la religión reconocida del Imperio Romano bajo Constantino.
El lugar donde nació era un distrito montañoso en el norte de África, la provincia romana llamada Numidia, en alguno de los muchos pueblos pequeños que se esparcían en lo que era una campiña rica y exuberante.
Su padre, Patricio, pertenecía a las clases medias y era razonablemente pudiente, excepto que era víctima de la muy excesiva imposición de tributos que caracterizó a esos angustiosos años. Era un hombre rico que permaneció pagano hasta finales de su vida, cuando ya en sus últimos años fue bautizado como Cristiano.
La madre de Agustín, Mónica, por otro lado, era una cristiana de una tremenda piedad. Sin duda, sus devociones y meditaciones llevaron a que Agustín no cumpliera el deseo de su padre de que llegara a ser un abogado exitoso o un servidor público, sino que, como ella lo deseaba, dedicara su vida al servicio de Cristo y de su Iglesia. Ella lo hizo un santo, y la santidad de él, a su debido tiempo, dio como resultado el que ella fuera canonizada.
Sus estudios progresaron con facilidad. Sobresalía y muy pronto se hizo profesor de retórica — una pretenciosa y vacua disciplina que en esos tiempos era considerada muy elevada, así como en nuestros días se considera la sociología. Recordando su profesión, la calificaba despectivamente como de vendedor de palabras. ¡Ay, mi propia profesión!
Para fines del siglo cuarto, la decadencia que había aquejado a Roma se había extendido a las provincias de África, especialmente al gran puerto y metrópoli de Cartago, en cuya universidad Agustín estudió y luego fue profesor. De ahí que decidiera pasar a Roma, pues decía que los estudiantes cartagineses eran demasiado turbulentos — un toque muy contemporáneo.
Para un provinciano como el joven Agustín, el Mediterráneo habría parecido como la puerta al mundo más amplio de Roma. Después de todo, él era un hombre muy ambicioso, y en su época, como en la nuestra, la eminencia como hombre de letras o como académico podía llevar a puestos de gran poder y responsabilidad.
También, creo yo, quería eludir el ojo vigilante de su madre, Mónica, y gozar libremente de lo que Pascal más tarde llamaría "lamer la tierra," y el mismo Agustín, después de su conversión, describiría como "rascarse la comezón que produce la irritación de la lascivia." Entonces, para evitar la pena y la vergüenza de despedirse de su madre, una noche se escabulló y, atravesando el mar, llevó consigo a su amante y a su hijo, Adeodato. Desde cualquier punto que se le vea, lo que hizo fue algo demasiado cruel, y su posterior arrepentimiento por haber hecho eso fue muy grande.
En Roma, con facilidad se rodeaba de los personajes más famosos de la época, y le fue designada la Cátedra de Retórica en Milán. Esa designación lo puso en contacto con la Corte Imperial, y — aún mas importante desde el punto de vista de su carrera posterior — con el famoso y santo Obispo, Ambrosio. De manera que a la edad de treinta años, había alcanzado la cima de una carrera con una perspectiva deslumbrante ante él. Pero por alguna razón, permanecía enteramente insatisfecho. Llamaba su designación universitaria su "cátedra de mentiras", sabiendo en su corazón que Dios tenía algún otro propósito para él y que, hiciera lo que hiciera, nunca habría de escapar su verdadera vocación.
Los juegos y el teatro romanos se habían convertido en espectáculos extremadamente caros, de violencia y erotismo, como son las películas y cada vez más la televisión en nuestros días. A juzgar por la manera como, después de su conversión, Agustín perdió una oportunidad de tronar contra tales espectáculos, es razonable suponer que de ninguna manera era él inmune a su atractivo. Hay también una narración conmovedora en la autobiografía de Agustín, las Confesiones, acerca de un amigo que, con gran esfuerzo, había logrado romper una adicción a los juegos, fue engatusado para ir a verlos, se animó a abrir sólo un ojo, y con eso quedó nuevamente enganchado.
Los templos paganos seguían funcionando, pero pocos eran quienes asistían a ellos o les hacían caso. Las iglesias cristianas ya bajo el patronazgo del estado, no eran lo suficientemente fuertes para contrarrestar, o siquiera para siempre resistir, la atmósfera predominante de lujo, violencia y auto indulgencia. Con su disposición sensual y su mente inquisitiva, Agustín estaba poco dispuesto a mantenerse al margen, aun cuando cierto prurito intelectual y físico le prevenía de sucumbir totalmente a una forma de vida que seguramente lo habría destruido.
Es más fácil para nosotros adentrarnos en la incorregible piel de Agustín que lo que quizás habría sido para las generaciones que nos separan. La semejanza de las circunstancias de él con las nuestras es asombrosa, por no decir que alarmante. Existe la misma fatuidad, que lleva a la misma insensata pasión por experimentar nuevas sensaciones y tener nuevas experiencias; la misma fatua credulidad que abre camino a toda clase de charlatanerías y curanderismos, desde los que adivinan la suerte hasta los psicoanalistas; la misma combinación siniestra de enormes riquezas y ostentación sin sentido, conviviendo con espantosa pobreza y aflicciones desatendidas. Como escribió Agustín, "Oh hombres avariciosos ¿qué les satisfará a ustedes si Dios mismo no les satisface?"
Sabemos cómo es. También sabemos que para un temperamento tan sensual e imaginativo como el de Agustín, entregarse al placer sexual tiene el mayor atractivo precisamente porque ofrece una clase de éxtasis fraudulenta — placeres que expiran cuando se apagan las luces de gas neón.
"Nada es tan poderoso," dijo él cuando ya era obispo, "para arrastrar el espíritu del hombre como las caricias de una mujer." Él hablaba desde el punto de vista de su experiencia y, por lo que a mí toca, me adhiero a esa opinión.
Las Confesiones de Agustín son en verdad la primera autobiografía, en el sentido moderno de la palabra. Por esa razón sabemos más de él que de ningún otro personaje de la antigüedad. Desde luego, no es sólo una narración de su vida, también es una relación de su búsqueda de la verdad: En consecuencia, el punto culminante en él, al menos desde su punto de vista, es su conversión. Pensaba naturalmente, como San Pablo, que esta conversión ocurrió en un momento particular, pero en realidad fue el resultado de un largo proceso que había comenzado desde antes de que él se diera cuenta de ello.
Conociendo su naturaleza, Mónica se había apresurado a seguir a su hijo a Milán para cuidarlo, y orar por la redención de su alma. Además, algunos de los amigos que hizo entre los divertidos, los cultivados y los bien nacidos, resultaron ser cristianos, hecho que le llegó como por sorpresa a Agustín, quien en el Norte de África había asociado al cristianismo con los pobres y con la gente baja. En Milán un gran administrador romano, como Ambrosio, podía renunciar a su carrera para hacerse obispo, y herederas ricas podían deshacerse de todos sus bienes en favor de la Iglesia.
Fue bajo la influencia de Ambrosio que Agustín comenzó a estudiar las escrituras, observando en particular el significado espiritual de las historias del Antiguo Testamento, que anteriormente habían hecho poca impresión en él. Esto jugó un papel importante en su liberación final de la herejía del maniqueísmo, y finalmente en su conversión.
El clímax de la conversión de Agustín ocurrió en un jardín en Milán, y su realización en otro jardín en el campo. Creo que le han de haber gustado mucho los jardines, donde para él la verdad se hacía notar más claramente. Antes, sin embargo, hubo un episodio en el proceso que llevó a su conversión, que ameritó mención especial en sus Confesiones:
Mi miseria era completa y recuerdo cómo un día Tú me hiciste ver qué tan extremadamente malvado era yo. Estaba preparando un discurso elogioso del Emperador, con la intención de que incluyera muchas mentiras, que ciertamente habría de ser aplaudido por un auditorio que sabía bien qué tan alejado de la verdad era lo que quería decir. Estaba muy preocupado por esta tarea, mi mente estaba febrilmente ocupada con los hostigantes problemas. Cuando caminaba por una de las calles de Milán, noté a un pobre mendigo que seguramente, supongo yo, ya había comido y bebido a satisfacción, pues estaba riendo y bromeando.
Contrastando sus dos condiciones — la de él tan atribulada, y la del mendigo tan alegre — dijo en desesperación, "¿habré algún día de dejar de poner mi corazón en las sombras y seguir una mentira?"
Su angustia y contrición son demasiado actuales para mí, después de más de cuarenta años en el mismo tipo de profesión.
No obstante lo cual, la mente de Agustín seguía estando ocupada con pensamientos de fama y de prosperidad. Estaba planeando casarse con una mujer rica, habiendo despedido despiadadamente a la amante que se había traído de Noráfrica y que había vivido con él quince años, quedándose con su hijo, Adeodato, por quien chocheaba. Luego, las cosas llegaron a un punto crítico en el jardín de la casa donde vivía. Como el lo describió: "Ahora me encontraba impulsado por el tumulto dentro de mi pecho, para tomar refugio en este jardín donde nadie podía interrumpir esa lucha feroz en la cual era yo mi propio oponente, hasta que llegó a su conclusión."
En este estado de ánimo, de pronto oyó la dulce voz de un niño en una casa cercana. Si era un niño o una niña, no sabría decirlo, pero una y otra vez repetía "tómalo y léelo." Entonces se apresuró hacia donde había dejado un ejemplar del Evangelio, abierto en la Epístola de San Pablo a los Romanos, y leyó: "Nada de fiestas y borracheras, nada de lujuria y vicios, nada de pleitos y envidias: Más bien revístanse con el Señor Jesucristo. No gasten más pensamientos en la naturaleza ni en los apetitos de la naturaleza."
Agustín sigue: "No tenía deseo de seguir leyendo, ni necesidad de hacerlo, pues en un instante al llegar al final de la oración, fue como si la luz de la confianza hubiera bañado mi corazón, y toda obscuridad y duda fue disipada."
Nadie debe suponer que esta gran conversión que había tenido Agustín, esta luz que brilló en su vida y nunca más habría de dejarlo, lo había alejado de este mundo. Por el contrario, lo hizo más consciente que nunca de sus gozos y bellezas, más consciente que nunca del tremendo privilegio que era el habérsele permitido existir en ese tiempo. Hay un pasaje que me encanta en sus Confesiones, en el que se pregunta: "la tierra misma, los vientos que soplan, y todo el aire, y todo lo que vive en él... ¿Qué es mi Dios?" De manera semejante, pregunta al cielo, a la luna, a las estrellas: "¿Qué es mi Dios?" Nada de esto es Dios, se le dijo. Continuó hablándoles a "todas las cosas que están a mi alrededor, todas las que pueden admitirse por la puerta de los sentidos." Ellas también, se le dijo, no son Dios. Entonces por fin entendió: su belleza era toda la respuesta que podían dar, y la única respuesta que necesitaba oír.
Siguiendo su conversión, Agustín partió de regreso con Mónica hacia el Norte de África, resuelto a dedicar los años restantes de su vida enteramente al servicio de Cristo. Llegaron al puerto de Ostia y fueron detenidos ahí porque el Mediterráneo estaba infestado de piratas y ningún barco osaba hacerse a la mar.
Qué diferente era el Agustín que regresaba al África del Norte de aquél que había partido para Roma. Ahora estaba tan ávido de abandonar el mundo como lo había estado de lanzarse a él; buscando tan ardientemente la obscuridad como antes lo había hecho en pos de la fama.
Fue mientras esperaban en Ostia, que Agustín y Mónica tuvieron una experiencia mística extraordinaria, que él describe en sus Confesiones con una habilidad y un arte incomparables. Estaban en la ventana de la casa donde vivían, asomándose hacia el patio de abajo, conversando serena y gozosamente acerca de la vida eterna de los santos, quienes, concordaban ellos, "ningún placer corporal, por muy grande que pudiera ser y con cualquier luz terrenal que pudiera hacerlos brillar, sería digno de comparación, o siquiera de mención." Conforme hablaban de temas que abarcaban "todo el confín de las cosas materiales en sus diversos grados, hasta los mismos cielos" llegaron a sondear "la Sabiduría eterna, deseándola y esforzándonos por alcanzarla" dice Agustín, "con toda la fuerza de nuestros corazones"
Luego extendieron sus brazos y tocaron esta Sabiduría eterna, la cual, como la eternidad misma ni está en el pasado ni en el futuro sino simplemente está. La tocaron sólo para volver, dejando, dice Agustín, "nuestra cosecha espiritual unida a ella, al sonido de nuestra propia habla, en que cada palabra tiene un comienzo y un fin; muy, muy diferente de Tu Palabra, nuestro Señor, Quien permanece en Sí por siempre, y sin embargo, nunca se hace viejo y da nueva vida a todas las cosas." Quienquiera haya tratado de expresar, en palabras que tienen un comienzo y un fin, las perspectivas y la forma de esta creación en que vivimos, no puede sino sentirse asombrado de que un gran escritor como lo es Agustín, fuere a sufrir tal predicamento.
Fue después de esta experiencia, que Mónica le dijo a Agustín que no le quedaba ya nada por qué vivir: Dios le había concedido todos sus deseos, ahora que su hijo era Su sirviente, y desdeñaba aquéllos gozos que este mundo tenía para ofrecer. Nueve días después, había muerto, y Agustín, dejando sus restos mortales en Ostia, regresó al Norte de África para emprender lo que después habría de ser la gran obra de su vida. Esto habría de ser la tarea de nada menos que rescatar la fe cristiana de un mundo en ruinas, a fin de que pudiera proporcionar la base de una nueva, espléndida civilización, que habría de crecer en grandeza y luego, a su debido tiempo, flaquear y malograrse, como hombres que, olvidando la Sabiduría eterna que Mónica y Agustín habían columbrado en Ostia, pensaron encontrar en sus propios cuerpos mortales el placer de vivir y en sus propias mentes mortales el significado de su vida.
En sus Confesiones, en la última referencia que Agustín hace a su madre, pide a todos los que lean el libro que recuerden a "Mónica, su servidora, y con ella a Patricio, su esposo, que murió antes que ella, por cuyos cuerpos yo fui traído a la vida." A través de los siglos, Mónica ha sido debidamente recordada. En cuanto a Agustín, el resto de su vida lo pasó en África del Norte. Jamás volvió a cruzar el mar.
Su idea era reunir a su alrededor a unos cuantos amigos similarmente inclinados y compartir con ellos una vida monástica en su pequeña propiedad en las montañas donde nació. No habría de ser. Sus dotes eran demasiado famosas y demasiado preciadas, y la necesidad de dirección en la Iglesia, demasiado grande para él quedar en paz. Como dijo a su congregación muchos años después, cuando ya llevaba mucho tiempo de obispo, había venido a Hipona — uno de los muchos puertos pequeños que había a lo largo de la costa del África del Norte — a ver un amigo a quien deseaba persuadirle que se le uniera en la vida monástica. Como Hipona tenía un obispo, Agustín fue a la catedral no temiendo amenaza alguna a su propia vida privada, pero fue reconocido, sujetado, ordenado sacerdote y, a su debido tiempo, nombrado obispo.
Agustín lloró cuando, casi obligado, fue ordenado sacerdote. Probablemente habría tenido dificultad para explicar exactamente por qué esas lágrimas, pero una de esas causas era ciertamente su sueño perdido de una vida de oración y meditación, alejado de un mundo atribulado. Tenía cuarenta y tres años de edad cuando por primera vez ocupó la cátedra como obispo de Hipona. De ahí en adelante estuvo interminablemente ocupado en los deberes y responsabilidades de su cargo y en las frecuentemente irreconciliables controversias de su época.
Contemplando lo logrado por Agustín, uno se asombra. Al hacerse su obispo, en verdad se había vuelto el sirviente de su congregación — aquellos cristianos volátiles del África del Norte cuyos sentimientos él entendía muy bien. Predicándoles, con frecuencia a diario, empleando sus mañanas en adjudicar sus disputas privadas; estando constantemente disponible a cualquiera de ellos que tuviera necesidad de ayuda o de consejo, mientras tanto, llevando a cabo una enorme correspondencia — su carga administrativa era muy grande. Sin embargo era un hombre apartado de la conmoción que lo rodeaba.
A pesar de su gran fama y su intervención en tiempos difíciles, se mantenía en cierta medida aislado, como si a través de su propia santidad interna hubiera alcanzado la vida monástica que tanto deseaba.
Reuniones de la jerarquía del África del Norte llevaban con frecuencia a Agustín a la gran iglesia metropolitana de Cartago, donde presentó muchas de sus más grandes polémicas, poniendo sus resplandecientes dotes, sin reservas al servicio de su Iglesia.
Sus expresiones públicas y sus escritos están repletos de impresionantes y estimulantes frases, tan frescas y relevantes a nuestros oídos como lo fueron para aquéllos que las oyeron por primera vez.
"Esta es la puerta del Señor: los justos habrán de entrar" estaba escrito en el dintel de una iglesia en Numidia. Sin embargo, "El hombre que entre, " escribe Agustín:
"habrá de ver borrachos, avaros, embaucadores, jugadores, adúlteros, fornicadores, gente que lleva amuletos, clientes asiduos de hechiceros, astrólogos. "

Debe ser alertado de que las mismas muchedumbres que se apretujan en las iglesias en las festividades cristianas también llenan los teatros en las festividades paganas...

Donde quiera que se erige la imponente masa de un teatro, ahí se socavan los fundamentos de la virtud cristiana, y en tanto este insensato gasto da a sus patrocinadores un resultado glorioso, los hombres se mofan de los actos de misericordia...

Es sólo la caridad lo que distingue a los hijos de Dios de los hijos del demonio. Todos ellos hacen la señal de la Cruz y responden Amén y cantan el Aleluya, todos van a la iglesia y levantan los muros de las basílicas...

¡Quiten las barreras que las leyes imponen! y la capacidad desvergonzada del hombre de hacer daño, su ansia de auto complacencia se embravecería al máximo. Ningún rey en su reino, ningún general con sus tropas... ningún marido con su mujer, ningún padre con su hijo, podría esperar, mediante amenaza o castigo cualquiera, detener la disolución que seguiría al agradable sabor del pecar...

Dénme un hombre enamorado: él sabe lo que quiero decir. Dénme uno que añore; dénme uno que esté hambriento; dénme uno que esté lejos en este desierto, que esté sediento y aspire al manantial del País Eterno. Dénme esa clase de hombre: él sabe lo que quiero decir: Pero si le hablo a un hombre frío, él simplemente no sabe de lo que estoy hablando...

¿Están sorprendidos de que el mundo esté perdiendo el control? ¿De que el mundo se esté haciendo viejo? No se aferren al hombre viejo, el mundo; no se rehúsen a recuperar su juventud en Cristo, que les dice: "El mundo está muriendo, el mundo esta perdiendo control, al mundo le falta el aliento. No teman, su juventud será renovada como el águila."

Aun cuando nadie ha sido más insistente en la necesidad de practicar la pureza, de igual manera nadie ha sido menos puritano en el sentido peyorativo de la palabra. Todo en la creación deleitaba a Agustín. Hablaba a su congregación de los gloriosos colores cambiantes del Mediterráneo, que tan frecuentemente había contemplado. Todas las cosas creadas deberían ser amadas, insistía él. El mar, las criaturas, todo lo que existe, habla de Dios.
Era porque Agustín estaba tan consciente de lo universal del amor y de la presencia de Dios, que podía comunicarse fácilmente con hombres de todas las clases y condiciones. Por ejemplo, una vez les dijo a pescadores de Hipona:
No se les echará en cara el que, contra su voluntad, sean ustedes ignorantes, sino el que descuiden buscar qué es lo que los hace ignorantes; no que no puedan coordinar sus extremidades lastimadas, sino que rechacen a Aquél que las podría sanar.
También, como su Maestro, como los propios Evangelios, utilizaba imágenes cotidianas para expresar sus ideas. Como cuando comparaba los dones de Dios hacia nosotros con el que un hombre le regalara a su novia un brazalete:
Si ella se deleita tanto en el brazalete como para olvidar a quien se lo dio, será un insulto para él; pero si se deleita en el brazalete para querer más a quien se lo dio, eso es para lo que le fue dado el brazalete...
Damos por hecho el lento milagro por el cual el agua en la irrigación de un viñedo se hace vino. Es sólo cuando Cristo convierte el agua en vino, en un rápido movimiento, cual si fuera, que quedamos asombrados,
Y siempre estaba la campiña del África del Norte:
Cuando todo ha sido dicho y hecho, ¿hay una vista más maravillosa, una ocasión en que el alma humana esté más cerca de conversar con la naturaleza de las cosas, que el sembrado de las semillas, el plantado de acodos, el trasplantado de arbustos, el injerto de esquejes? Es como si se pudiera cuestionar la fuerza vital de cada raíz y en cada brote sobre lo que puede y lo que no puede hacer, y por qué.
Así pues, esta centelleante mente sigue viva en sus palabras. Palabras que toman en cuenta las épocas en que fueron escritas o dichas y los temores y ansiedades que esos tiempos generaban, pero que hacen a un lado las vacías esperanzas de moldear un mundo mejor por las meras esperanzas mortales de que un mundo mejor llegue.
Yo ya no deseaba un mundo mejor, porque estaba pensando acerca de la creación entera, y a la luz de este discernimiento más claro, he llegado a ver que, aun cuando las cosas elevadas son mejores que las cosas viles, la suma de toda la creación es mejor que las cosas elevadas por sí solas.
Agustín tenía cincuenta y seis años y estaba en Cartago, cuando, en el año 410, alguien vino a decirle que Roma había sido saqueada. Debe haber sido un momento dramático en su vida. Por supuesto, sabía que algo de ese tipo tenía que pasar y se había preparado para ello, así como a sus feligreses, tanto como había podido. "No pierdan la esperanza, hermanos," les dijo, "habrá un final para todo reino terreno, y si esto es ahora realmente el final, Dios lo ve." Aun así, siguió alimentando la esperanza de que, de alguna manera, eso no sucedería.
En nuestros tiempos, como en los de Agustín, hemos sido testigos de grandes desastres, y sabemos cómo sigue ardiendo la flama de la esperanza. Recuerdo bien una esplendorosa tarde de domingo en agosto de 1940, mientras caminaba en Camden Hill, oí el estruendo de la primera ola de la Luftwaffe alemana acercándose hacia Londres, y pensé, "No, no puede suceder."
Como muchos de mi generación, pensé que las ciudades de la civilización Occidental habían sido bombardeadas moralmente antes de que las verdaderas bombas comenzaran a caer. Pero Agustín amaba y reverenciaba a Roma. La veía no sólo como el símbolo de un gran imperio sino como la civilización misma — todo lo que había admirado y a lo que había aspirado cuando se desarrollaba como estudiante en la gran metrópolis. Roma era arte, literatura, todo lo que él quería alcanzar: era todo lo que el estadista francés Talleyrand describiría siglos más tarde, cuando atestiguó lo que pensaba que era la ruina de la civilización francesa, como douceur de vivre, la "dulzura de la vida."
El primer deber de Agustín era el de infundir ánimo en sus feligreses y evitar el pánico y la desmoralización que el torrente de refugiados que ya estaban comenzando a llegar de Roma al Norte de África, pudo bien haber ocasionado. En un sermón dado en ese tiempo, comparaba la captura de Roma por Alarico, rey de los Visigodos, con la destrucción de Sodoma, recordando a su auditorio que en este caso bíblico, todos habían perecido y la ciudad había sido arrasada por el fuego, para nunca más volver a existir. En Roma había muchos sobrevivientes incluyendo todos los que habían tomado refugio en las iglesias, siendo Alarico un cristiano arriano. Había habido una gran cantidad de destrucción, por supuesto, pero como lo observó Agustín, las ciudades están hechas de hombres, no de muros. Roma había sido castigada pero no destruida.
"El mundo," decía él "se tambalea ante golpes demoledores, el hombre viejo es sacudido fuera, la carne es presionada, el espíritu se convierte en aceite claro que fluye."
Luego pasó a la cuestión más profunda de las relaciones entre las ciudades terrenas, como Roma, que tienen su día, surgiendo y cayendo como todo en el tiempo, y la Ciudad Celestial o Ciudad de Dios, que es eterna. Esta cuestión le ocupó los siguientes quince años, casi hasta el fin de su vida, y resultó en la gran obra de su genio, La Ciudad de Dios, que directa o indirectamente influyó en el pensamiento de los cristianos sobre lo que le deben a Dios y lo que le deben al César, por los siguientes quince siglos.
Vivimos necesariamente, y siempre tenemos que hacerlo, en ciudades terrenas. Son nuestro escenario, nuestro medio, con la historia por nuestro guión. Al mismo tiempo, en toda la creación somos únicos en poder visualizar una Ciudad Celestial no susceptible a los estragos del tiempo, existente más allá de la obscura selva de la voluntad humana. Como lo dijo San Pablo y Agustín le hizo eco: "Aquí no tenemos una ciudad perdurable, pero buscamos que nos llegue una."
Desarrollando el tema, Agustín recorrió toda la historia humana como entonces era entendída. Sus conclusiones nada han perdido de su fuerza a la luz de lo que se ha inventado, concluido y especulado en los siguientes quince siglos:
Los siglos de la historia pasada habrían pasado como jarros vacíos si Cristo no hubiera sido predicho por ellos....
Estos fueron dos motivos que movieron a los Romanos hacia sus maravillosos logros: la libertad, y la pasión por el elogio de los hombres...
¿Qué más había en eso para ellos amar, salvo la gloria? Pues, por medio de la gloria, deseaban tener un tipo de vida después de la muerte, en los labios de quienes los elogiarían....
La Ciudad Celestial brilla por encima de Roma fuera de toda comparación. Ahí, en vez de la victoria, se encuentra la verdad; en vez de alto rango, santidad; en vez de paz, felicidad; en vez de vida, eternidad...
Tomemos a Aristóteles, pongámoslo junto a la Roca de Cristo, y se desvanece en la nada. ¿Quién es Aristóteles? Cuando oye las palabras, "Cristo dijo," entonces se sacude en el infierno. "Pitágoras dijo esto," "Platón dijo aquello." Pónganlos junto a la Roca y comparen a esta gente arrogante con Aquél que fue crucificado.
En nuestro estado caído, nuestra imperfección, podemos concebir la perfección. A través de la Encarnación, la presencia de Dios entre nosotros en los lineamentos del Hombre, tenemos una ventana en los muros del tiempo que ven a esta Ciudad Celestial. Esta fue la conclusión más profunda de Agustín y en su gran obra la consagró de manera imperecedera, para confortar y ser una luz en los días obscuros que se veían venir, cuando en el año de 430, los Vándalos, triunfantes, cruzarían al África, llegando a los muros de la misma Hipona, cuando yacía ahí él, ya moribundo.
Hoy la ciudad terrena se ve aun más grande, al punto de que puede decirse que se ha apoderado de la celestial. Apartándose de Dios, infatuada con la arrogancia generada por su fabuloso éxito en explorar y dominar el mecanismo de la vida, los hombres creen estar, por fin, a cargo de su propio destino.
Conforme sondeamos las consecuencias desastrosas de tal actitud, el caos y la destrucción que ha traído, como lo hizo Agustín con la caída de Roma y sus consecuencias, sus palabras de esa otra ocasión siguen siendo aplicables, como él lo dice, a todas las circunstancias y condiciones del hombre:
En su paso aquí, la Ciudad Celestial hace uso de la paz dada por la ciudad terrena. En todo lo que se relacione con la naturaleza mortal del hombre, preserva y de hecho busca la concordancia de las voluntades humanas. Refiere la paz terrena a la paz celestial, pues es en verdad esa paz la que por sí sola puede describirse como paz, pues es el más alto grado de fraternidad ordenada y armoniosa en el goce de Dios y de los demás en Dios. Cuando se alcanza esta etapa entonces habrá vida, no una vida sujeta a la muerte sino vida que clara y ... ciertamente es dadora de vida. Habrá un cuerpo, no un cuerpo que sea animal, que pesa sobre el alma conforme va decayendo, sino un cuerpo espiritual que no experimenta necesidad alguna y en todo subordinado a la voluntad.

Esta es la paz que la Ciudad Celestial tiene mientras está aquí en la fe, y en esta fe vive una vida de rectitud. Hacia el establecimiento de esa paz, refiere todas sus buenas acciones, sea que estén dirigidas hacia Dios o hacia el prójimo, pues la vida en esta Ciudad es total y enteramente una vida de hermandad.