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by Tejji

miércoles, 26 de marzo de 2014

La meditación protestante del Papa Francisco sobre Nuestra Señora

¿Puede Nuestra Señora haber pensado, “Mentiras! he sido engañada!”?

Por John Vennary

Traducido por Roberto Hope 

del artículo publicado en la página Web de Catholic Family News:
http://www.cfnews.org/page88/files/051719b1c386102f78e4a615712b748e-170.html

El Papa Francisco dijo una homilía el viernes 20 de diciembre, en la cual da la impresión de que la Crucifixión de Nuestro Señor fue algo que tomó por sorpresa a Nuestra Señora, y que ella pudo haber estado inclinada a pensar que la promesa que le había hecho el Ángel habían sido 'mentiras' y que había sido 'engañada'. Presentaremos primero el texto del Papa Francisco, tomado del Sevicio de Noticias del Vaticano y luego daremos la respuesta católica.

“La Madre de Jesús ha sido el ícono perfecto del silencio,” dijo el Papa. “Desde el anuncio de su excepcional maternidad hasta el Calvario.” “Pienso, meditó Francisco en cuántas veces ha guardado silencio y cuántas veces no ha dicho aquello que sentía para custodiar el misterio de la relación con su Hijo”, hasta el silencio más crudo, “al pie de la Cruz.” El Evangelio no nos dice nada: si ella dijo o no una palabra … Estaba en silencio, pero dentro de su corazón, ¡cuántas cosas diría al Señor! ‘Tú, aquel día – esto es lo que hemos leído – me has dicho que será grande; tú me has dicho que le habrías dado el Trono de David, su padre, que habría reinado por siempre ¡y ahora lo veo allí!’. ¡La Virgen era humana! Y quizás tenía ganas de decir: ‘¡Mentiras! ¡He sido engañada!’: Juan Pablo II decía esto, hablando de la Virgen en aquel momento. Pero Ella, con el silencio, ha cubierto el misterio que no comprendía y con este silencio ha dejado que este misterio pudiese crecer y florecer en la esperanza”.[1] El Papa Francisco ha sido ciertamente objeto de noticias, pues continuamente pronuncia confusas expresiones que dejan anodadados a los católicos de todo el mundo. El enunciado de arriba es ciertamente uno de los más desconcertantes.

El Papa Francisco, contendiendo que Nuestra Señora estaba probablemente confundida por el drama de la Crucifixión, promueve, de hecho, una concepción protestante de la Virgen María, que enfatiza su “humanidad” por encima de los exaltados dones singulares que recibió como Madre de Dios. Se haya él dado cuenta o no, esas expresiones del Papa Francisco son, en efecto, una deshonor a Nuestra Señora, y el primero que lo habría afirmado así es San Alfonso María de Ligorio.

Reina de los Mártires
En Las Glorias de María, uno de los más grandes tratados de nuestra Bendita Madre, San Alfonso explica que la comprensión que ella tuvo de las profesías del Viejo Testamento sobrepasaba la comprensión de los mismos profetas. Citando a santos y a maestros, San Alfonso escribe que la Virgen María, aun antes de ser Madre de Nuestro Señor, sabía “cuánto habría de sufrir el Verbo Encarnado por la salvación de los hombres”

San Alfonso explica que esta comprensión profunda del sufrimiento de Nuestro Señor fue uno de los grandes sufrimientos de su vida, pues cuando iba a dar a luz a Nuestro Señor, cuando amamantaba y calentaba al bebé Jesús en sus brazos, estaba consciente de la muerte que le esperaba, y esta espada atravesaba continuamente su Corazón Inmaculado.

San Alfonso enseña que Nuestra Señora fue la “Reina de los Mártires” como lo recitamos en la Letanía, pues su martirio fue más prolongado y mayor que el de todos los demás mártires. En pocas palabras, la Pasión y Crucifixión de Nuestro Señor no tomó a Nuestra Señora por sorpresa, como parece sugerir el Papa Francisco, ni malinterpretó las Escrituras pensando que el “reino” habría de ser un glorioso resurgimiento del Reino Davídico.

Una “Continuidad” de Confusión
Lo más triste de todo esto es que el Papa Francisco aluda a las palabras del Papa Juan Pablo II para sustentar su meditación. En este sentido Francisco no miente. En el nuevo Via Crucis, compuesto por Juan Pablo II, leemos lo siguiente en la cuarta Estación, “Jesús se Encuentra con su Madre Dolorosa.”  La meditación contiene una mirada al pasado, al momento de la Anunciación, y un relato de la profesía del Ángel con relación a Nuestro Señor “...y el Señor Dios le dará a Él el trono de su padre David, y Él reinará para siempre sobre la casa de Jacob, y su reino no tendrá fin.”

 La cuarte Estación de Juan Pablo II continúa así:  “María escuchó estas palabras. Con frecuencia volvía a ellas en el secreto de su corazón.  Cuando se encontró con su Hijo en el Camino de la Cruz, quizás volvieron estas palabras a su mente con una fuerza particular, “Él reinará, Su Reino no tendrá fin” que le había dicho el mensajero celestial. Ahora, al ver a su hijo condenado a muerte, llevando la cruz en que habrá que morir, pudiera preguntarse a sí misma, de manera demasiado humana. “Entonces ¿cómo pueden cumplirse estas palabras? ¿de qué manera reinará sobre la casa de David? Y ¿cómo puede ser que su reino no tendrá fin?” Hablando humanamente, éstas son todas preguntas razonables. Pero María recordaba que cuando primero oyó el mensaje del ángel, había respondido, “He aquí la esclava del Señor, Hágase en mí según su palabra” [2] Aquí también, el texto da la falsa impresión de que la Pasión y Crucifixión de Jesús había sido algo que tomó a Nuestra Señora por sorpresa. Como sí en el Camino de la Cruz hubiera quedado desconcertada de cómo “Su Reino no tendrá fin” podría concordar con la realidad que tenía ante sí, de la sangrienta Pasión, antes de que Él hubiera establecido su Reino.

En cierto sentido, esta meditación pone a la Reina de los Profetas al mismo nivel que los ciegos fariseos, que no tenían idea de lo que Nuestro Señor hablaba cuando Jesús les decía que estaba estableciendo Su Reino, que es la Nueva Alianza de su Santa Iglesia Católica, comprada con Su Preciosísima Sangre. El texto de Juan Pablo dice simplemente que ella hizo un acto de fe en algo que probablemente no entendía. Las palabras del Papa Francisco simplemente aducen que María tuvo la prudencia de “permanecer callada” sobre algo que ella no entendía.

Cuánto más satisfactoria y más católica no es la enseñanza de San Alfonso de Ligorio en la cual él incorpora las enseñanzas de santos sobre este tema: “ 'La Pasión de Jesus comenzó con su nacimiento.' dice San Bernardo. Ahora bien, de la misma manera como Jesús sufrió durante toda su vida, así también María, en todas las cosas como su Hijo, padeció su martirio durante su vida entera. Uno de los significados del nombre María, nos dice San Alberto Magno, es 'mar amargo'; de ahí el texto de Jeremías es aplicable a ella. Grande como el mar es tu destrucción [Lam 2:13]. Así como el mar es extraordinariamente amargo y salado, de igual forma fue la vida de María, siempre llena de amargura, pues el pensamiento de la Pasión de su Hijo estaba siempre presente en su mente” Trágicamente en su embrollada enseñanza sobre la Virgen María, los Papas Juan Pablo II y Francisco nos dicen más de su deficiente formación teológica que lo que nos dicen acerca de Nuestra Bendita Madre.

Al contrario de la irreverente afirmación de que “en su humanidad, Nuestra Señora pudo haber pensado para sus adentros “¡Mentiras! Fui engañada”, San Alfonso, junto con maestros santos y católicos, nos asegura que Nuestra Señora estaba completamente consciente del sufrimiento que Nuestro Señor habría de padecer. Ella no estaba confundida acerca del “reino” predicho por Nuestro Señor como lo estaban los ciegos fariseos. La Pasión no la tomó por sorpresa ni la hizo dudar en forma alguna.

“María es la Reina de los Mártires” dice San Alfonso, porque su martirio duró más tiempo [la vida entera de Jesús] y fue más severo que el de todos los demás mártires.” [3]

Notas

  1. El silencio dejó crecer el misterio en la esperanza” Vatican.va, Dic. 20 de 2012
  2. El Camino de la Cruz del Papa Juan Pablo II fue publicado en L'Osservatore Romano el 13 de mayo de 2000.
  3. Para las citas, ver The Glories of Mary (Las Glorias de María, de San Alfonso María Liguori, [Liguori Publications, 2000] edición de Aniversario 250 pp. 282-298.

martes, 25 de marzo de 2014

Un Tercer Testamento

Malcolm Muggeridge

Un moderno peregrino
explora las correrías
espirituales de
Agustín, Blake,
Pascal, Tolstoy, Bonhoeffer,
Kierkegaard, y Dostoyevski.

Copyright © 2004 del original en inglés por
The Bruderhof Foundation, Inc.
Farmington, PA 15437 EUA
Todos los derechos reservados

Traducido por Roberto Hope

Introducción

¡No, No, No! Ven, vayamos a prisión:
Cantaremos los dos solos como pájaros en jaula...
Y nos arrogaremos el misterio de las cosas
Cual si fuéramos espías de Dios.

El Rey Lear

Con frecuencia sucede que la razón para hacer algo sólo aparece claramente después de haberse con­cluido, siendo la intención consciente y todas las varias consideraciones prácticas que van con ello nada más que la punta del iceberg de una intención inconsciente. En todo caso, como se ha señalado con fre­cuencia, el propio tiempo es un continuo, y no es divisible en tiempos pasado, presente y futuro. Así pues, no fue hasta después de concluir la serie de programas de televisión cuyos guiones aparecen aquí coleccionados, que se me pidió que explicara por qué había escogido a San Agustín, Blas Pascal, Wil­liam Blake, Søren Kierkegaard, Fyodor Dostoyevski, León Tolstoy y Dietrich Bonhoeffer como sus personajes, cuando comprendí plenamente la materia a la que todos ellos pertenecen. Anteriormente a ello, los había visto separadamente como siete personajes en busca de Dios, y como tal, de gran interés y como influencia formativa de mi propio pensamiento y de mi propia búsqueda.

Considerándolos como grupo, me resultó claro que, aun cuando todos ellos eran por excelencia hom­bres de su época, tuvieron en común un rol especial, que no era otro que el de relacionar su tiempo con la eternidad. Esto tiene que hacerse de cuando en cuando; de lo contrario, cuando el señuelo de la auto­suficiencia se hace demasiado atractivo, o la desesperación demasiado abrumadora, nos olvidamos de que los hombres deben ser llamados de nuevo a Dios para redescubrir la humildad y con ella la espe­ranza. En el caso de los judíos del Antiguo Testamento, eran los profetas quienes de esa manera los llamaban de vuelta a Dios -- y ¿cuándo hubieron voces más poderosas y más poéticas que las de ellos? Luego vino el Nuevo Testamento, que trata de cómo Dios, por medio de su Encarnación, se hizo Su propio Profeta. Ni aun fue eso el final de los profetas y de los testamentos. Entre las fantasías del ego y la verdad del amor, entre la obscuridad de la voluntad y la luz de la imaginación, siempre habrá la necesidad de un puente, así como de una voz profética que nos llame a cruzarle. Esto es lo que mis siete bus­cadores de Dios fueron llamados a hacer, cada uno de su propia manera y con relación a su propia épo­ca.

Así llegué a verlos como los espías de Dios, apostados en territorio ocupado por el enemigo; el enemi-go siendo, en este caso particular, el Demonio. Sucede que yo mismo participé en operaciones de espio­naje en la Segunda Guerra Mundial, cuando servía en el MI6, la versión de tiempos de guerra del Servi­cio Secreto Británico, o SIS. Teníamos, por ejemplo, lo que se conocía como espías nativos en la Fran­cia ocupada por Alemania, a quienes se les exigía mantenerse con bajo perfil hasta que las circuns­tan­cias surgieran en las cuales pudieran hacerse útiles reuniendo y transmitiendo inteligencia u organi­zan­do sabotaje. Mientras esperaban a ser activados, era esencial que no se hicieran notar, que se mez­claran en el escenario político y social, y que, en sus opiniones y actitudes hicieran eco del consenso del mo­mento. Así pues, era apropiado para un espía nativo apostado en Vichy, por ejemplo, el aparecer como Petainista en política, Católico de religión, y burgués en su forma de vida, evitando cualquier asocia­ción con organizaciones de resistencia o, igualmente, con las más fervientemente pro-nazis. De esta manera, podría esperarse que se estableciera como un leal partidario del Mariscal Pétain, para así, cuan­do llegara el momento, estar en mejor disposición de actuar de una manera efectiva por la causa de los Gaullistas beligerantes y de sus aliados Anglo-Americanos.

Quienes dirigen nuestros servicios de inteligencia no están bendecidos con la clarividencia o la visión de Dios -- aunque a veces a ellos les da por así suponerlo. Ni son nuestras calamidades a los ojos de Dios lo que parecen ser a los nuestros. No hay imagen posible que pueda transmitirnos siquiera la semejanza de Dios; menos aún predecir Sus propósitos: el siquiera conocerlo se lo debemos a la gran misericordia de la Encarnación. Aun así, al considerar el lugar de San Agustín en la historia, es posible ver su papel como un espía nativo, apostado por un espía en jefe celestial, en un Imperio Romano que se colapsaba, con la instrucción de promover la supervivencia de la Iglesia como depositaria de la reve­lación Cristiana. Ciertamente, nadie podía haber estado mejor calificado para ese papel que el famoso Obispo de Hipona, vehemente admirador como lo era de la civilización Romana, como sólo un norafri­cano podía serlo, y devoto ferviente de la ortodoxia católica como sólo un converso y anterior­mente hereje maniqueo podía serlo.* Sus credenciales mundanas eran impecables -- un cargo de pro­fesor de retórica en la Universidad de Milán, cargo que ya en sus días de regenerado llamaba su Cáte­dra de Mentiras; amigos y conocidos en los círculos más elevados, y sus trabajos ocasionales de escri­tor de discursos para el propio Emperador. En lo referente a sus pièces justificatives, como la policía francesa llama a la documentación sustentante ¿quién podría pedir nada más que sus Confesiones, la primera gran autobiografía y todavía reconocida como una de las más grandes que existen, su Ciudad de Dios, que estableció la guía de los cristianos, primero para sobrevivir, y luego para erigir una nueva civiliza­ción, que habría de llegar a conocerse como la Cristiandad?

Cuando San Agustín murió, los bárbaros ya estaban a las puertas de Hipona, y estaban saqueando e in­cendiando la ciudad cuando su cuerpo yacía en la basílica esperando a ser enterrado. Sus servicios a la Iglesia, sin embargo, no concluyeron con su vida, sino que siguieron durante la Antigüedad Tardía y la Edad Media, definiendo y fortaleciendo la fe que tanto había venerado, facilitando de esa manera su avance hacia Occidente y dejando un rastro de catedrales como la de Chartres para marcar su progreso.

"Si San Agustín hubiera surgido en nuestros tiempos, y hubiera tenido tan poca autoridad como la que ahora tienen sus defensores, nada habría logrado. Dios guió bien a Su Iglesia enviándole antes, e invistiéndole con el grado de autoridad apropiado."

Así escribió Blas Pascal unos diez siglos después de la muerte de San Agustín. Para entonces, nuevos peligros acechaban. El gran torrente de creatividad desplegada por el Cristianismo parecía ahora estar rebasando sus márgenes, arrastrando consigo los diques y represas que habían sido diseñados para encauzarla. En vez de una Nube de Ignorancia entre Dios y nosotros, se estaba formando una Nube de Conocimiento; ahora, la amenaza era de luz, no de obscuridad -- una luz deslumbrante, cegadora. Esta vez, el dedo de Dios señaló inexorablemente al propio Pascal. Era él a quien se le habría de requerir contraponerse a un doble ataque: por una parte, un clamor de auto-indulgencia, de liberación de toda restricción, de licencia para, en sus propias palabras, "lamer la tierra"; y, por otra parte, los primeros fragores de los hombres de ciencia carentes de Dios que, tan engreídos con sus logros y con las potencialidades tan asombrosas que con ellos se abrían, comenzaban a creerse dioses, capaces de moldear su propio destino y de crear un reino de los cielos aquí mismo en la tierra.

Las credenciales de Pascal como espía de Dios en estas circunstancias particulares no eran menos im­pecables que lo que habían sido de Agustín en la situación creada por la caída de Roma. Ostensible­mente, él de manera suprema fue un hombre de su tiempo; en virtud de sus logros matemáticos y cien­tíficos en la misma categoría que Newton, como pensador en condiciones iguales que Descartes, y como elegante polemista, diestro para lanzar efectivos dardos a Montaigne. Como simpatizante del jansenismo,* Pascal estaba sumergido en las controversias que la Reforma hizo surgir, y estuvo a punto de ser excomulgado -- algo que por cierto suele sucederles a los espías de Dios en toda época, sea en manos de la Inquisición, de la policía política, o de su variante más reciente, los amos de los medios de comunicación. Sus Lettres provinciales, que atacaban con veneno a los rastreros Jesuitas, eran por con­senso universal obras maestras de demolición e ironía, y en todo parecía haber toda razón para conside­rarlo un producto sobresaliente y característico del Renacimiento y un precursor de la Ilustración que estaba por llegar.

Sin embargo, todo esto no pasaba de ser lo que Pascal llamaba "distracciones," que tenían el propósito de, como lo dijo él, "entretenernos y llevarnos imperceptiblemente a la muerte." La instrucción divina ya había sido dada, y él sabía exactamente lo que tenía que hacer, que era nada menos que utilizar cada trocito de conocimiento que había adquirido, sus exploraciones y experimentaciones científicas, todos los dones intelectuales y de imaginación con que Dios lo había dotado, para producir su gran obra ma­estra, su majestuosa apología de la propia fe cristiana, póstumamente llamada sus Pensées. Aun más, por una gracia singular, debida a su temprana muerte a la edad de treinta y nueve años, dejó este es­pléndido ejercicio de fe en su aspecto más duradero y de intelecto en su aspecto más perspicaz, en la forma de notas escritas en pedazos de papel, más que en la forma del largo tratado, conscientemente pulido y posiblemente tedioso, que él había concebido.

Las notas, que revelan como lo hacen, el funcionamiento de su mente brillante, han sido singularmente efectivas en su impacto: verdaderas bombas antipersonal que estallan de manera impredecible en vez de hacerlo con una sola y devastadora explosión: Más aún, la tarea imposible de acomodar las notas en el orden en que podría presumirse que Pascal tenía la intención de hacerlo ha mantenido ocupados a los eruditos que, de otra manera, pudieran haber encauzado su atención a reinterpretarlo o hacerle criticis­mo de forma en vez de sólo ordenar lo que Pascal escribió. Si tan solo algún ejercicio similarmente inocuo hubiera ocupado a los eruditos bíblicos contemporáneos, especialmente a los comentaristas del Nuevo Testamento, como los Bultmanns, Küngs y Robinsons, ¡qué bendita liberación habría sido! Fue ciertamente significativo que los logros mundanos de Pascal hayan incluido el inventar el computa­dor, que se ha convertido en la máxima efigie del hombre del Siglo XX, ante la cual mansamente se postra y cuyas revelaciones acepta cual si vinieran del oráculo de Delphos. Los Servicios de Pascal como espía de Dios fueron correspondientemente ilustres -- nada menos que la exposición y celebración de la ver­dadera fe cristiana, con palabras tan luminosas que siguen brillando desde entonces con su propia luz interior, como un cuadro de El Greco.

Vuelvo mis ojos a las escuelas y universidades de Europa
y veo ahí el telar de Locke,
cuya urdimbre atroz brama,
por los rodeznos de Newton bañada:
negra la tela
en pesados festones sobre toda nación se retuerce:
crueles factorías
de muchas ruedas veo, rueda sobre rueda,
con tiránicos dientes,
moviéndose unas a otras por coacción, no como aquéllas del Edén
que, rueda adentro de rueda, giran libremente en armonía y en paz.

Estas líneas del Jerusalem de William Blake fueron escritas como siglo y medio después de Pensées, y en la manera inimitable de Blake expresan un sentimiento semejante al de Pascal , de que el conoci­miento no es más que un vasto callejón sin salida, y que la tecnología que de él se deriva no es más que una pavorosa servidumbre, tiránicas ruedas dentadas que se mueven por coacción en vez de girar en armonía y paz como en el Paraíso. No pudo haber dos seres humanos tan distintos en sus antecedentes e intereses, en su posición social y en su crianza y en las épocas en que vivieron como Blake y Pascal. Sin embargo, estaban el uno con el otro en su percepción compartida de los enormes peligros que sur­gen cuan­do el hombre se aventura a la Nube del Conocimiento. Pascal llegó a la conclusión de que la única búsqueda seria aquí en la tierra era la búsqueda de Dios, y que el camino hacia Él era el indicado en el Antiguo Tes­tamento, señalizado en el Nuevo e iluminado por la fe. Blake, de manera semejante, insis­tía en que sólo la imaginación era capaz de comprender de qué se trataba la vida, y nunca se cansó de atacar a los ideólogos de su época, como Rousseau, Voltaire y Newton, o de burlarse del saber con­tem­poráneo -- por ejemplo, de Locke su Ensayo sobre el Conocimiento Humano y de Bacon su El Avance del Conocimiento.


Sólo Dios pudo haberse atrevido a reclutar a una persona tan rara, inspirada y errática como Blake para arrostrar por cuenta de Él los tumultuosos años que siguieron a la Revolución Francesa y su equivalente literario y artístico, el movimiento romántico. Entre muchos de sus contemporáneos pasaba por loco y en sus modos y declaraciones era tan excéntrico e impredecible, como para ser lo que en términos hu­manos se llamaría un riesgo de seguridad. Dios, sin embargo, al seleccionar a sus espías nativos ve más allá que lo que ven los mortales jefes de inteligencia, y sabía que el archipartidario de la exhube­rancia y del exceso habría de hacer del evangelio de Jesús, de amor y abnegación, un arcoiris que brille en el cielo tormentoso, y mantenga viva la esperanza de ser liberado de las satánicas factorías de todo tipo y de sus mentiras y contaminación.

Como Pascal, Blake fue un hombre de su tiempo, temperamentalmente fue un revolucionario, que se regocijó de que la Revolución hubiera ocurrido, usó la gorra roja de los Muchachos de la Libertad en las calles de Londres hasta que el Reino del Terror lo llevó a dejarla a un lado, y frecuentaba la mesa de Joseph Johnson, el editor, donde conoció a luminarias revolucionarias como William Godwin y Tom Paine, sin mencionar a Joseph Priestley, el descubridor del oxígeno, a quien inmortalizó como Inflam­mable Gas the Wind-Finder (personaje de An Island in the Moon, N.del T.). Tuvo también una relación pasajera con Mary Wollstonecraft, conocida como la hiena en enaguas, quien satisfizo su noción de Temible Simetría al convertirse en la esposa que Godwin se merecía, procreando a su hija María, la esposa que Shelley se merecía.

Blake también pertenecía temperamentalmente al movimiento romántico. De hecho pudiera decirse que lo introdujo con sus encendidos versos y pinturas, que no le debían nada a ninguna moda o escuela, y que muchos, como yo, consideran que son su mejor producción. Estos escritos y cuadros, con toda su belleza y conciencia espiritual siguen contrarrestando a las pomposas creaciones de los artistas y poetas románticos posteriores, avanzando todos ellos hacia una total irracionalidad e incoherencia -- un Logos del Diablo por el cual la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros sin gracia y colmada de mentiras.

Allá en Dinamarca, de todos los lugares, se elevó otra voz profética -- la de Søren Kierkegaard -- para hacer eco y proyectar aún más las voces de Pascal y de Blake. Kierkegaard conoció y admiró lo que Pascal escribió, pero aun cuando su vida coincidió en parte con la de Blake (tenía catorce años cuando Blake murió), es extremadamente improbable que algún día haya oído hablar de él. Lo que él y Blake tenían en común era un desprecio del tipo de sociedad materialista-colectivista que veían venir. Vién­dolos en términos de sus predecesores, los profetas hebreos, Blake era el Isaías y Kierkegaard el Amos; ambas sus voces alzándose en admonición contra el mal que vendría si los hombres decidieran prescin­dir de Dios y dejar de buscar establecer Su Reino aquí en la tierra, con las leyes, moralidad y estableci­mien­tos eclesiásti­cos apropiados.

De todos los espías de Dios, de cualquier forma un género variopinto, Kierkegaard es seguramente el más raro. Vagando interminablemente por las calles de Copenhague, con una pierna del pantalón más corta que la otra, tenía a la gente en los cafés haciéndose señas y guiñándose el uno al otro cuando lo veían pasar. ¿Cómo pudo comprender anticipadamente, de la manera como lo hizo, el gran engaño que es el sufragio universal, de manera que son sus agudas frases y no las elaboradamente estructuradas de Jef­ferson, Bagehot o Bryce las que se invocan en Westminster o en el Capitolio? ¿Cómo pudo su in­quieta mente haber presentido, como lo hizo, las salas de prensa, los estudios de radio y televisión, los satéli­tes de comunicación que nutren de muzak y newzak a todas horas alrededor del mundo? ¿Cómo haber previsto tan claramente esas voces cantando consignas al unísono en las universidades, en la Plaza Roja y en dondequiera que la uniformidad se hace pasar por unanimidad? O escuchen esto: "Una era apa­sionada, tumultuosa derroca todo, arrasa todo; pero una era revolucionaria que a la vez sea reflexiva e insensible, deja todo en pie pero, astutamente, lo vacía de significado." ¿Qué descrip­ción tan perfecta de los sucesos revolucionarios de ahora, que tienen lugar silenciosamente, invisible­mente, con los me­dios de comunicación adormeciendo a todo el mundo, hasta que la gente despierte -- si llegan a hacerlo -- para encontrar que los Honorables y Muy Honorables Miembros que entran y salen de las salas del Sí y del No son fantasmas que votan en pro o en contra de nada; que los entunica­dos sacerdotes en el altar mayor están rezándole a nadie por nada y distribuyendo vino y hostias tan yertos como la levadura rancia; que los billetes que se imprimen en la casa de moneda han perdido su valor entes de salir de la prensa, así como las palabras que se despachan de la sala de composición han perdido su significado antes de ha­berse impreso. En tales circunstancias ¿qué necesidad hay de una revolución? Sería como hacer un ataque relámpago sobre Pompeya -- cosa que realmente ocurrió en la campaña italiana durante la Segunda Guerra Mundial, aunque nadie se dio cuenta de ello. Esa perspi­cacia no es de este mundo; en el interminable juicio por traición que es la historia, a Kierkegaard se le declara convicto de haber trabajado como agente secreto de Dios.

Dostoyevski, notoriamente un eslavófilo, cristiano, monarquista, y anti-marxista incurable,cae perfec­tamente en la categoría de espía de Dios; previó con extraordinaria claridad cómo el terrible orgullo y dinamismo de los hombres sin Dios que buscaran construir un paraíso terrenal, infaliblemente probaría ser destructivo para ellos, sus congéneres los seres humanos y, en última instancia, para lo que llama­mos la Cristiandad.

Cuando estuve en Rusia por primera vez, en 1932, Dostoyevski todavía era anatema debido a su visión religiosa de la vida, como lo expresó en El Príncipe Idiota y en Los Hermanos Karamazov, y debido a su repugnancia a los revolucionarios y sus ideologías, en especial al marxismo, como lo expresó en Los Endemoniados, su tumba en San Petersburgo, cuando yo la visité, estaba descuidada y difícil de encon­trarse, y sus libros, aun cuando no estaban prohibidos específicamente, no podían conseguirse. En todo caso, Lenin había atacado a Dostoyevski y sus obras, lo que en esa época impedía todo intento de resta­blecer su reputación. Especialmente ofensivo en el clima del régimen Soviético fue el famoso discurso que dio en 1880, el año anterior al de su muerte, en ocasión a la develación de la estatua de Pushkin en Moscú. En su discurso, Dostoyevski condenó las perspectivas revolucionarias y nihilistas que, alegaba él, venían a Rusia desde Occidente. Habló en términos místicos exaltados del gran destino de Rusia, de unir a la humanidad en una hermandad basada en el amor cristiano como antídoto del poder, en vez de el poder como antídoto de la desigualdad, la injusticia y la opresión bajo la cual en todas partes bregan los pobres.

En ese momento, el discurso fue recibido con entusiasmo. Traerlo a mi comentario requería citar pala­bras de él que, de haber sido enunciadas en ruso por un ciudadano soviético, lo habría llevado directa­mente al Archipiélago Gulag. Equipado con un micrófono de radio y hablando esas palabras mientras caminaba por una hacinada calle de Moscú, me dio una especie de éxtasis como rara vez he experimen­tado. Ninguno de los transeúntes oía lo que yo iba diciendo o lo habría entendido si lo oyera; a sus ojos yo no era más que un extranjero musitando para sí mismo. Mas sin embargo, cuando conjuraba en mi mente la respuesta extraordinaria a las palabras de Dostoyevski cuando las dijo, yo sabía de alguna ma­nera, sin sombra de duda, que su visión del evangelio de amor de Cristo triunfando sobre el evangelio de poder de Marx habría de llegar a cumplirse cierta y finalmente algún día.

Filmamos el programa de Dostoyevski en Rusia justamente cuando la marea había retrocedido y se había vuelto aceptable hacerlo. En preparación para la celebración del aniversario de su muerte, se había publicado una gran edición de su colección de obras que había probado ser enormemente popular. Fue fascinante observar cómo los libros de Dostoyevski, producto de una mente opuesta diametralmen­te a todo lo que el régimen Soviético representaba, pudo, gracias a acrobacias ideológicas, moldearse en forma de algo que fuera compatible con la línea partidista del momento -- algo así como descu­brir en la vida y obra de Gandhi a otro Genghis Khan, o en la de Mussolini a otro San Francisco de Asís.

El caso de Tolstoy en mi galaxia de espías de Dios es particularmente interesante, tan solo porque per­manece, como si fuera, en su puesto, de manera que su desempeño está abierto al escrutinio de un ojo severo. Esto era muy evidente mientras filmábamos en Rusia el programa sobre Tolstoy en lugares asociados con él -- su casa en Moscú, su casa de campo en Yasnaya Polyana, cerca de Tula, y en la pequeña y desconocida estación del tren en Astapova, donde él murio. En cierto grado, yo me había preparado para la experiencia cuando entrevisté para televisión de la BBC a un escritor ruso llamado Anatoly Kuznetzov, que había defeccionado y buscado asilo en Inglaterra. Al hablar con él, me dí cuenta de que su manera de ver la vida tenía un claro trasfondo cristiano. Cuando le mencioné esto, me dijo que poco después de haber nacido, su abuela ucraniana se había encargado de que fuera bautizado. Aun así, le planteé, difícilmente podría haber tenido una educación cristiana bajo el régimen soviético, militantemente ateo. ¿Los evangelios, por ejemplo? Sin duda no se podían conseguir. Sí, dijo, así fue, y luego pronunció una memorable observación -- específicamente, que Stalin había cometido un error muy grande al no haber prohibido las obras de Tostoy y Dostoyevski.

Percibí el punto, desde luego, y seguí maravillándome de la casualidad extraordinaria -- de haber sido casualidad -- por la cual las obras de los dos más grandes escritores cristianos de los tiempos modernos hubieran seguido circulando en el primer estado declaradamente ateo. Después de todo, entre los dos autores se cubre todo el terreno, de los espléndidamente lúcidos comentarios de Tolstoy sobre el nuevo testamento, la crónica de su conversión en su Confesión, y sus cuentos, cada uno de ellos una parábola de consumada maestría, a la devastadoramente penetrante exposición del pecado, del sufrimiento y de la redención que hace Dostoyevski. Suponiendo que le pidieran a uno que nombrara los dos libros mejor calculados para darle al escéptico de hoy una clara noción de lo que se trata el Cristianismo ¿po­dría uno dar una mejor respuesta que Resurrección y Los Hermanos Karamazov? Kuznetzov, sin duda, estaba en lo correcto en su apreciación de que, permitiendo que circularan las obras de Tostoy y de Dos­to­yevski, Stalin, sin saberlo, contrarrestó, de la manera más efectiva posible, todos los esfuerzos que la maquinaria de propaganda soviética llevó a cabo, con sus museos anti-Dios, sus publicaciones y exhor­taciones equivalentes, y sus galimatías científicos, por extirpar la práctica, y aun la memoria, de la reli­gión cristiana entre el pueblo ruso.

Hablar frente a la cámara no es una actividad que de ordinario yo encuentre particularmente agradable, pero de alguna manera, a la luz de los pensamientos que mi conversación con Kuznetzov hizo venir a mi mente, mi expedición a la Unión Soviética para filmar en busca de Tolstoy me pareció verdadera­mente fascinante. Esto fue especialmente cierto durante los días que pasamos en Yasnaya Polyana, lugar que, en un clima perfecto de otoño, parecía un sitio encantado. Parado junto a la tumba de Tols­toy, viendo hacia la barranca donde de niño él creía que estaba escondido el palo verde que tenía labra­do en él el secreto de la eterna felicidad, y hablando ahí de la hermosa manera como Tolstoy había escrito sobre el Nuevo Testamento en relucientes palabras, tan claras y reveladoras, que bien podían haber sido concebidas para mentes que de otra manera habrían permanecido ignorantes o que estaban deliberadamente cerradas al tema; hablando también de su empedernida desconfianza del poder y de aquéllos que lo ejercían, no obstante sus apa­rentemente bien dispuestas intenciones, yo mismo me sentía alentado. Mi auditorio, por cierto, no era más que una enorme cámara, con mi propio equipo de gente rodeándola, junto con algunos rusos agregados para un propósito u otro, pero me pareció captar una mirada de otra presencia que acechaba entre los abedules plateados que él había plantado un siglo atrás, barbado, con altas botas y su ancho cinturón ceñido en su familiar cami­sa de campesino. ¿Pudie­ra ser..., sería posible que estuviera favoreciendo­me con un guiño clara­mente pícaro?

Inmediatamente después de filmar junto a la tumba de Tolstoy, yo iba a ser entrevistado por la estación local de televisión de Tula. Mi entrevistador, un individuo agradable en pantalones de cuero, ya estaba parado junto a mí, y me planteó solamente una pregunta -- ¿Por qué admiraba yo a Tolstoy? -- lo cual me pareció bastante justo. Mientras caminaba de un lado a otro pensando qué iba yo a contestar, el ruso que iba a actuar como traductor se puso a caminar a mi lado, y con una voz suave y persuasiva, en lo que a mí me pareció ser un tono de burla, observó que Tolstoy había sido un gran pacifista ¿o no? Yo estuve de acuerdo, aunque sin agregar que por ello se había ganado el desprecio de Lenin. En ese caso, siguió el intérprete, se apreciaría mucho si se señalara que la política de Brezhnev de détente podría ser considerada como la realización del pacifismo de Tolstoy.

Era difícil mantener una cara impasible, pero en consideración al intérprete me contenté con decir que la política de détente tenía que ver con la diplomacia, un campo altamente minado, el cual no me atre­vía a hollar. Ahí quedó el asunto, y cuando llegué a contestar la única pregunta de por qué admiraba a Tolstoy me concreté a mis tres puntos -- su grandeza como escritor, su singular calidad como vocero de Cristo, y su perdurable desconfianza de los gobiernos, independientemente de su color y de sus aparen­tes objetivos. Ningunas otras palabras que yo jamás hubiera enunciado, creo, me han dado más satis­facción que éstas, aun cuando estaba seguro de que nunca se transmitirían. Era como un éxtasis estar diciéndolas en esas circunstancias y en ese lugar. Como lo había previsto, todo lo que llegó a aparecer en las pantallas de televisión fue algo del rodaje mudo de nosotros, filmando en Yasnaya Polyana, pero sentí que lo que había dicho también persistiría entre los abedules plateados.

En Moscú filmamos frente a la oficina principal de la Unión de Escritores Soviéticos. Esa casa era la que Tolstoy había identificado como la residencia de la familia Rostow en La Guerra y la Paz, y una gran estatua suya domina su fachada. Nuevamente, al igual que en Yasnaya Polyana, yo estaba cons­ciente de la presencia de Tolstoy. Mirando a la estatua, que desde un punto de vista artístico no es particularmente buena, pero su parecido es suficiente -- vi en su cara de bronce lo que el escritor ruso Máximo Gorki había descrito tan bien: algo perdurable, cercano y lejano, divinamente terrenal e ino­centemente viejo.

Nos queda Dietrich Bonhoeffer, quien, para mí, no encaja en el rol de espía de Dios tan clara y sucinta­mente como los otros, sin duda por ser el más cercano a nuestra época. Los espías de Dios, por la natu­raleza del caso, tienen que ser vistos desde una cierta perspectiva para entenderse y apreciarse plena­mente. Bonhoeffer sigue estando enredado en el presente y en cierto grado participa de sus incertidum­bres y equivocaciones. Por ejemplo, tomó su gran decisión de participar en una conspiracion para ase­sinar a Adolfo Hitler, aun cuando él reconocía que hacerlo pudiera ser un pecado mortal. En otras pala­bras, consideraba que liberar a Alemania del régimen nazi era más importante que el salvar su propia alma. Nosotros, que hemos visto las consecuencias de la liberación de Alemania de Hitler, pudiéramos cuestionar la decisión de Bonhoeffer; pero se libró de esas angustiosas dudas con su martirio justo antes de la derrota final de Alemania.

Me parece interesante el que, en Londres, Simone Weil, otra de los espías de Dios, colaborando con los Gaullistas y volviéndose cada vez mas escéptica de lo que, en términos de sus valores, habría de ser la ya cercana así llamada liberación de Francia, fue también librada de ver el nada edificante espectáculo de la Quinta República de De Gaulle, de manera igual como Bonhoeffer fue librado de ver la Republica Federal de Alemania. En el caso de ella, hay que reconocer que su muerte en 1943 puede considerarse haber sido en cierto grado auto-inflingida, dado que su causa evidente fue el rehusarse a comer. El efecto, sin embargo, fue el mismo que que el del martirio de Bonhoeffer -- que no vivió para ver la vacuidad de la victoria de los aliados que tanto había esperado y en la que tan apasionadamente había creído. Y ¡cuánto más hubiera ella preferido morir como Bonhoeffer, en un cadalzo nazi, que de desnu­trición en un hospital de Kent!

Parado ante el Muro de Berlín, traté de imaginar lo que habrían sido los sentimientos de Bonhoeffer si, en vez de haber sido martirizado, hubiera vivido en la Alemania dividida de la post-guerra. Hacia el este, podía yo ver la conocida escena de desolación y opresión, las casas desaliñadas, las tiendas vacías, el tráfico y la gente en la calle de alguna manera enmudecidos; hacia el occidente, la otra clase de deso­lación y de opresión, igualmente conocida, el brillo del neón y del vidrio, las exhortaciones a gastar y a consumir, los bancos como templos y la erótica como sueños. La búsqueda del poder versus la búsque­da de la felicidad, la televisión en blanco y negro versus la de color, los puños levantados versus los falos erectos, el armamento antes que la mantequilla versus la mantequilla antes que el armamento. Y entre ellos, la tierra de nadie o limbo de centinelas vigilantes en torres de vigía, los perros y las minas terrestres, las patrullas armadas. ¿Había algo aquí por el cual arriesgarse a la condenación eterna? ¿o aun por el cual vivir? Los antros de strip-tease y los estridentes carteles que anunciaban los impresio­nantes éxitos del triunfante proletariado alemán, igualmente de fantasía. Carne de plástico y estadís­ticas fraudulentas -- ¿dónde está la diferencia? Quizás, después de todo, el limbo es el lugar, acechan­do entre las minas de tierra.

El servicio activo de Bonhoeffer como espía de Dios termina, pues, con una pregunta no respondida. Quizás su serenidad perfecta cuando iba a ser ejecutado se debía en parte a que ahora ya no tendría que responderla -- por lo menos no en este mundo. Mientras tanto, podemos estar seguros de que otros espías han recibido instrucciones y han sido enviados a sus puestos. Sería tonto aun especular sobre su identidad y ubicación. Como ya se ha dicho, el deber primordial del espía nativo es adquirir el color de la escena contemporánea. Una cosa es segura, sin embargo; quienesquiera que sean y dondequiera que estén, de ellos se requerirán grandes servicios, y grandes peligros los rodean.


*Jansenismo, herejía derivada del Agustinianismo de Cornelio Jansen, que en el tiempo de Pascal era Obispo de Yprez. Sostiene que la gracia es irresistible, y por lo tanto ha sido considerado determinista y en línea con el Calvinismo. Sus seguidores, quienes incluían a los religiosos de Port Royal, y entre ellos a la hermana de Pascal, Jacqueline, practicaban un ascetismo extremo.

Nota del traductor:  Espero en un futuro indeterminado poder terminar la traducción del resto del libro.  Cuando la termine, será publicado en este mismo medio


domingo, 23 de marzo de 2014

Consejos Prácticos sobre qué Hacer para Cuando Lleguen los Bárbaros.

Del artículo Practical Advice about What to do When the Barbarians Come, de autor no identificado, publica­do en la revista Tradition del College of St, Thomas More, de Fort Worth, Texas. Traducido del inglés por Roberto Hope.

No perdáis el aliento, hermanos, habrá un final para todo reino terrenal. Si éste es ahora el final, Dios lo ve. Quizás no haya llegado a eso: por alguna razón -- llámese debilidad o misericordia, o mera maldad -- todos estamos deseando que ese final todavía no haya llegado.
San Agustín

El autor de estas patéticas palabras esperaba en vano. Cuando escribía esto, los invasores Vándalos se volcaban a través de los estrechos, y su reinado sería sucedido por la cruel­dad y el ofuscamiento de los jihadis islámicos, que destruyó para siempre al África romana que San Agustín cono­ció.

Sin embargo, del caos de las invasiones del siglo quinto y sexto nació la Edad Media Cristia­na, una cultura que duró casi mil años como una síntesis bendita de Cristo y Romanitas. Pero esa civilización cristiana, por más que pudiera estar sobreviviendo ahora como una agradable memoria entre indivi­duos, ya ha muerto como cultura pública. Las señales son incon­fundibles: demasiadas leyes, con las que el gobierno lucha por controlar mediante legisla­ción lo que sólo puede controlarse con el consen­timiento implícito de una cultura común; una inca­pacidad para mantener las fronteras, de tal forma que otros pueblos simple­mente emigran al imperio, la repetición de las guerras sociales en que una clase se enfren­ta a la otra; la ten­dencia a enaltecer las opiniones de gladiadores y actrices; el deterio­ro de la moneda y la ten­dencia del gobierno a devaluarla aún más, y más obviamente, la dramática descomposición de las normas morales.

Nunca desde los días de Teodosio, cuando la Cristiandad por ley reemplazó al caos moral del vetusto Imperio Romano, las reglas morales, aquéllas que la ley y las instituciones socia­les aprueban, han sufrido una revolución tan radical en tan corto tiempo en esos tres gran­des temas que más interesan a la raza humana: el sexo, la política y la religión. En 1945 se des­aprobaba del divorcio; la homosex­ualidad era una vergüenza, un crimen y una pena; sub­sistía el hogar, aun cuando la serie "Leave it to Beaver", los dibujos de Norman Rockwell y la serie "I love Lucy" eran precisamente esa clase de hipertrofias que ocurren cuando las reali­dades que ellas tratan de representar ya han dejado de exis­tir; era raro saber de hijos bastar­dos; el sexo antes del matrimonio era un pecado. La mayoría de la gente iba a la iglesia; como el doble de católicos de los que hoy van a misa, y más entre los protes­tantes. Los do­mingos eran quietos. Estos cambios son síntomas que esconden la muerte de la vo­lun­tad y la falta de una intención valerosa de construir lo que hace fuerte a una civilización. Cuando la falla se declara, frecuentemente sigue su curso, como ocurrió cuando el Imperio Romano de Occi­den­te colapsó de entre los siglos quinto y sexto.

Pero en cierto modo la actual expiración de todo lo moral y de las buenas costumbres, y las invasiones del siglo quinto, son muy diferentes. Los sucesores de Agustín sabían cuándo los Vándalos, los Hunos y los Ostrogodos venían contra ellos, pues los invasores trastornaban y destruían. Llegaban portando lan­zas en ponys lanudos, incendiaban las ciudades de los romanos, rap­taban a sus hijas y saqueaban sus templos. Los bárbaros de hoy en día no llegan en ponys peludos portando lanzas, sino con doc­torados y con ideas corruptoras. No tienen que cruzar el Rhin ni el Río Bravo, pues como dice Pogo (personaje de una antigua tira cómica, n.del t.), "hemos hallado al enemigo, y somos nosotros". Nos sorpren­den desprevenidos por­que aun después de que han invadido no quedan señales de fuego ni espada, y todo funciona; de hecho, con nuestros bárbaros tecnológicos todo funciona mejor, y es difícil para los ordinarios mortales encontrar falta en los triunfos tecnológicos: mejor transportación, mejor medici­na, mejores comunicaciones, más dinero para todos. Así pues, busca uno en vano la señal infalible de la barbarie: un abierto llamamiento a la violencia en vez de a la razón.

A primera vista no parece haber nada violento en nuestra cultura, blanda y confortable. Pero piense de nuevo, Ahí están las señales. El llamado a la violencia es el llamado a alcanzar la sensa­ción de un poder que no esté formado por la razón ni la rectitud. El deseo particular del yo por el confort y la satisfacción, apartado de la bondad, es el gemelo de ese deseo de dominio y de injusticia que aflige la economía y la política en tiempos de colapso cultural. Los nuevos bárbaros no necesitan quemar nuestras ciudades -- nosotros mismos hemos destrui­do la vida urbana civilizada. No necesitan per­vertir a nuestras hijas con violencia, pues la televisión y la educación sexual harán ese trabajo. No necesitan destruir nuestros templos, porque con demasiada frecuencia hemos sacado de ellos el sím­bolo de la divina presencia y los hemos construido a la imagen de una sala de cine. No necesitan aniqui­lar nuestra población con la espada, porque nos han enseñado a rechazar la vida, y matar a nuestros propios hijos por medio de nuestra práctica médica cuando falla la tecnología usada para el rechazo.

Así pues, ha muerto una civilización pública. Pero la civilización nunca muere y Cristo nunca termi­na. Los bárbaros se volcaron sobre el limes Romanus en el siglo quinto, pero la Iglesia sobrevivió, y la cultura que ella auspiciaba se negó obstinadamente a morir. Así también, la Iglesia sobrevivirá y así pasará también con su cultura. En seguida expongo seis maneras como pienso que ustedes pueden sobrevivir:

Primero, manténganse cercanos a Cristo. Confíen ampliamente en la Tradición, interpretada extensa y consistentemente. Oren por que ustedes genuinamente se conviertan.

Segundo, regresen a su hogar. Conforme vayan cayendo las ciudades, regresen a sus pueblos. El período co­nocido como la Edad Obscura no representó el final de la civilización, pero si fue el fin de la vida urba­na como la conoció el antiguo imperio. Las ciudades y sus instituciones se arruinaron: los tri­bu­nales, los caminos y las bibliotecas dejaron de servir. Lo que quedó fue el hogar. Retornar al hogar es re­gre­sar a la familia. La civilización siempre ha sido obra de la familia, y cuando mueren las civi­li­za­cio­nes, la única esperanza de todo hombre es la familia. Como cuando los bárbaros invadieron el anti­guo imperio, así también será ahora.

Tercero, escriban un libro y preserven la memoria. En los períodos en que la tradición está sien­do atacada por los bárbaros, la memoria importa. Occidente le debe su espíritu a hom­bres del siglo quin­to que escribían mientras su mundo se derrumbaba: Agustín, Boecio, Vi­cen­te de Lerins y el cír­cu­lo de la corte en Milán. Todo ese copiado que se hacía en los mo­nas­terios tenía por objeto preservar la memoria de lo que no debía olvidarse.

Cuarto, únanse a la aristocracia moral. El viejo imperio carecía de la útil palabra burguesía, tan descrip­tiva del exitoso habitante de la ciudad cuyo interés no son los nobles ideales ni los pro­yectos subli­mes sino su seguridad propia. Esa tendencia burguesa, humana y universal que, aun cuando pro­ductora de muchos bienes, es destructora de lo que es  mejor.

Lo mejor es arriesgar la vida misma por Cristo; el bien es la negación propia y la aceptación del peli­gro. El triunfo de la barbarie hace más fácil la vida aristocrática, porque la seguridad, siendo inalcan­zable, no da tanta tentación. La aristocracia moral siempre será capaz de res­taurar este mundo cre­yendo en el próximo, y actuando con la idea de que los principios que están enraizados en la próxima vida son los que más importan en la vida presente.

Quinto, multiplíquense y sean prolíficos. Los hijos son el signo universal de la esperanza y son nues­tro testimonio de que creemos que el futuro está en las manos de Dios. Son tam­bién la señal infalible de la caridad en el matrimonio. Rechazar hijos cuando la procrea­ción es posible es rechazar el amor.


Lo cual me lleva a la sexta y última posibilidad: 

Mantengan la esperanza. Tolkien escribió, "Todo lo que sabemos, y eso en gran medida por experiencia directa, es que el mal obra con un vasto poder y con éxito perpetuo, pero en vano: sólo preparando siempre el terreno para que el bien inesperado brote... "

lunes, 17 de marzo de 2014

LA FE EN EUROPA

PARTE II
Paso ahora a la segunda parte de esta conferencia, en la cual trato de analizar las razones para el tan extraordinario colapso en la fe y la moral que he descrito.
CONCILIO VATICANO II
Si nos preguntáramos cuál es la causa del derrumbe de la fe y de la moral en todo el mundo en los últimos cincuenta años, yo argumentaría que no hay una causa única. Son muchas las causas. La vida se ha vuelto demasiado cómoda y segura. La televisión, el Internet, y la pornografía constituyen otra razón. La mentlidad científica, que afirma predominar sobre la fe es otra razón más. Y uno podría preparar un ensayo completo sobre cada una de estas razones. Pero en esta conferencia quisiera concentrarme en una causa que, más que cualquiera otra, ha´producido un colapso en la fe. Específicamente el Concilio Vaticano II.
{Nota: el siguiente párrafo fue agregado por el autor durante su presentación y luego añadido al texto]
La opinión que voy a estar exponiendo es, sin duda alguna, controversial, pues hay muchos que todavía creen que el Concilio fue algo bueno, y que estuvo bien abrir la Iglesia al mundo, no obstante la situación que he descrito en la parte primera. También hay muchos otros que creen que no podría haber habido nada malo en el Concilio, ya que creen que ese Concilio fue inspirado por el Espíritu Santo; yo trataré este asunto más adelante, Pudiera agregar que recuerdo bien cómo mi padre, que era un católico devoto, siguió creyendo por muchos años que algún bien habría de salir del Concilio, y a mí sólo me quedaba contestarle con la frase del Evangelio que dice que por sus frutos los conoceréis. La paradoja es, entonces, que el Concilio, que debía haber sido algo bueno, si fuera uno a juzgar por lo que ocurría en la mayoría de los concilios anteriores, resultó ser exactamente lo opuesto
El Concilio Vaticano II fue inaugurado el 11 de octubre de 1962. Recuerdo muy bien este acontecimiento. Creo que puedo decir que soy el último de la generación que recuerda cómo era la vida bajo el Papa Pío XII y antes del concilio. Comparo a Pio XII con el emperador romano Marco Aurelio, quien fue el último emperador romano que mantuvo intacto el imperio antes de que las hordas bárbaras del Este gradualmente lo hicieran resquebrajar. Marco Aurelio fue un gran emperador, pero cometió el error de no haber nombrado a alguien adecuado para sucederlo, y Pío XII cometió el mismo error. [Nota del autor: Se cree sobradamente que el Cardenal Siri era el candidato a sucesor favorecido por Pío XII, pero quizás Pío XII no había nombrado suficientes cardenales de calibre semejante. Por otro lado hay cierta evidencia que señala que tuvo lugar cierta irregularidad en el cónclave de 1958. Ciertamente fue una gran sorpresa que Juan XXIII hubiera sido electo, debido a su avanzada edad.] Aun cuando Pío XII fue papa durante 20 años, desde 1939 hasta 1959, sólo llevó a cabo dos consistorios para nombrar nuevos cardenales, uno en 1946 y el otro en 1953.
Examinemos ahora lo que tuvo lugar en el Segundo Concilio Vaticano. La cuestión crucial al inicio del Concilio era la conformación de las diez comisiones conciliares. La Curia Romana había preparado su lista de cardenales que apoyaban la enseñanza tradicional de la Iglesia. Mientras tanto, los obispos liberales de Alemania, Austria, Suiza, Bélgica, Holanda y Francia, y sus aliados de todo el mundo, preparaban su contra-lista de candidatos liberales. El que organizaba al grupo liberal era el Cardenal Frings, arzobispo de Colonia. Me habría gustado conocerlo, pero desafortunadamente no pude hacerlo, a pesar de que yo vivía a 5 minutos, caminando, de la Catedral de Colonia, que puede verse en el anuncio de la plática de esta noche. Pero él había sufrido un infarto y no estaba disponible. Sin embargo, sí conocí al liberal cardenal Belga, Suenens, en 1975 y me gustaría narrarles la conversación que tuve con él, a fin de darles una idea de su manera de pensar. Le dije: “Su Eminencia, estoy muy preocupado de que en el presente haya tan pocas vocaciones al sacerdocio.” Me miró y entendió exactamente lo que yo quería decir pues era un hombre muy inteligente, y me respondió: “Le voy a poner en contacto con una muy buena casa pentecostalista.” Yo también entendí exactamente lo que quería decir. No sólo no le preocupaba la falta de vocaciones sino que no quería que hubiera vocaciones.
Después del Concilio, todos los 11 obispos de Belgica cerraron sus seminarios y dejaron solamente una casa de estudios. Por muchos años el número de nuevos seminaristas ha sido menos de 10. En 2010 y 2011 hubo cinco nuevos candidatos aun cuando antes del Concilio había habido cientos de nuevos seminaristas cada año en Bélgica. De 1988 en adelante un considerable número de jóvenes que querían hacerse sacerdotes pasaron a Holanda para ser preparados allá, porque en Bélgica eran activamente disuadidos. El resultado es que en muy poco tiempo ya casi no van a quedar sacerdotes. Cuando llegué a la Universidad Católica de Lovaina en 1972, cada orden religiosa tenía su casa de estudios en la ciudad. Los jesuitas tenían dos casas y los franciscanos tres. En una ciudad de 60,000 habitantes uno tenía la opción, de entre más de cien misas, a cuál ir en domingo, y muchos sacerdotes decían misa en forma privada. Hoy en día quedan como diez misas en toda la ciudad.
Ahora bien, en el Concilio Vaticano, más del 50% de los candidatos elegidos para integrar las comisiones pertenecían al grupo liberal. Esto es algo que nunca antes había pasado en la historia de la Iglesia. En el Primer Concilio Vaticano en 1870, había habido un grupo que se oponía a la declaración de la infalibilidad papal, pero este grupo llegaba a sólo el 20% de los obispos. La dominancia de los obispos liberales en las comisiones del Concilio Vaticano II llevó a que se emitieran documentos llenos de ideas liberales y acarreó la ola de destrucción que siguió al Concilio, como voy ahora a demostrar.
El joven Padre Ratzinger había sido el asesor liberal del Cardenal Frings en el Concilio. Pero en una entrevista por radio en 1969 declaró que la Iglesia estaba pasando por una era semejante a la Revolución Francesa y que estaba luchando contra una fuerza que trataba de aniquilarla de manera definitiva. El 27 de junio de 1972, en el noveno aniversario de su coronación, el Papa Pablo VI declaró que el humo de Satanás había entrado en la Iglesia por alguna grieta.
Ahora bien, si uno desea destruir a la Iglesia Católica desde adentro, la primera y mejor manera de hacerlo es destruyendo el corazón de la Iglesia, o sea el Santo Sacrificio de la Misa, y eso es precisamente lo que tuvo lugar en el Segundo Concilio Vaticano. Veamos lo que pasó:
La tarea del Concilio era la de examinar los textos de las constituciones y decretos que habían sido preparados con antelación, enmendarlos y luego someterlos a voto. Estos textos o esquemas habían sido preparados durante un período de tres años y cinco meses anterior al Concilio. Se habían preparado 20 textos. En julio de 1962, siete de ellos se enviaron a los obispos de todo el mundo. Los 17 obispos de Holanda se reunieron en ‘s Hertogenbosch (incidentalmente en el edificio donde yo más tarde enseñé filsofía durante diez años) y decidieron que no les gustaban los primeros 4 textos: Pero les gustó el 5° sobre la lturgia y sugirieron que fuera el que se tratara en primer lugar en el Concilio
Luego pidieron al dominico belga, Padre Schillebeeckx, que escribiera un comentario sobre el texto. El Padre Schillebeeckx (nacido en 1914 y muerto en 2009) era el teólogo oficial de la jerarquía holandesa y profesor de teología en la Universidad Católica de Nymegen, donde yo enseñé filosofía durante cinco años. Recuerdo haber visto al P. Schillebeeckx viajando en bicicleta por las calles de la ciudad. El P Schillebeeckx cayó fuertemente bajo la influencia de la fenomenología, y notablemente bajo la influencia del ateo Heidegger, quien nació en 1889 y murió en 1976, probablemente el filósofo más grande del Siglo XX. Schillebeeckx había estudiado en París, donde conoció a representantes del movimiento de la Nueva Teología, que incluían a Marie-Dominique Chenu e Yves Congar. También estudió al teólogo protestante Karl Barth. Schillebeeckx fue muy influyente en el Concilio, pues redactaba discursos para el Cardenal Alfrink de Holanda, y ejerció una importante influencia en el Capítulo III de Lumen Gentium, sobre la colegialidad de los obispos, que restringe la autoridad del Papa. En el período post-conciliar apoyaba la abolición de la obligación del celibato para el clero. En 1974 publicó “Jesús, Un Experimento en Cristología”, en el cual de hecho negaba la resurrección como un hecho histórico. En obras posteriores defendía la idea de que la ordenación en el sacerdocio católico no se deriva de la sucesión apostólica.
Este P. Schillebeeckx, pues, fue quien propuso que los primeros cuatro textos que iba a examinar el Concilio fueran vueltos a redactarse por completo, y escribió un comentario anónimo apoyando el quinto, sobre la liturgia, que había sido preparado por un gran número de obispos alemanes, holandeses y austriacos El comentario del P. Schillebeeckx fue traducido al latín, al francés y al inglés y distribuido entre los Padres Conciliares conforme iban llegando a Roma. El resultado fue que el texto o esquema sobre la liturgia fue el primero que se trató en el Concilio.
La Constitución de la Sagrada Liturgia fue aprobada finalmente en la segunda sesión del Concilio. Veamos ahora lo que decía. No puedo citar el texto completo y por lo tanto he elegido algunos pasajes significativos.
§25 “. Revísense cuanto antes los libros litúrgicos, valiéndose de peritos y consultando a Obispos de diversas regiones del mundo.
§30 “.Para promover la participación activa [en la liturgia] se fomentarán las aclamaciones del pueblo, las respuestas, la salmodia, las antífonas, los cantos y también las acciones o gestos y posturas corporales.
§31 “En la revisión de los libros litúrgicos, téngase muy en cuenta que en las rúbricas esté prevista también la participación de los fieles.
§33 menciona que el sacerdote “preside la asamblea”
§34 En esta modificación de la liturgia “Los ritos deben resplandecer con noble sencillez; deben ser breves, claros, evitando las repeticiones inútiles, adaptados a la capacidad de los fieles y, en general, no deben tener necesidad de muchas explicaciones.”
§ (1) “..debe haber lectura de la Sagrada Escritura, más abundante, más variada y más apropiada. ”
(2) El carácter del sermón “es una proclamación de las maravillas obradas por Dios en la historia de la salvación...”, lo cual yo parafrasearía diciendo que esto significa que no debe haber sermones sobre el pecado o el infierno.
§35 (4) “Foméntense las celebraciones sagradas de la palabra de Dios en las vísperas de las fiestas más solemnes, en algunas ferias de Adviento y Cuaresma y los domingos y días festivos, sobre todo en los lugares donde no haya sacerdotes, en cuyo caso debe dirigir la celebración un diácono u otro delegado por el Obispo.”
§36 “Ya que el uso de la lengua materna, sea en la misa, en la administración de los sacramentos, u ptras partes de la liturgia pueden frecuentemente ser de gran ventaja para el pueblo, los límites de su empleo pueden extenderse... Queda a la autoridad eclesiástica territorial ... decidir si y en qué medida ha de usarse la lengua vernácula...”
§37 “ La Iglesia no pretende imponer una rígida uniformidad.... ni siquiera en la Liturgia: por el contrario, respeta y promueve el genio y las cualidades peculiares de las distintas razas y pueblos. Estudia con simpatía y, si puede, conserva integro lo que en las costumbres de los pueblos encuentra que no esté indisolublemente vinculado a supersticiones y errores, y aun a veces lo acepta en la misma Liturgia, con tal que se pueda armonizar con el verdadero y auténtico espíritu litúrgico."
§ 38 “Al revisar los libros litúrgicos.... se admitirán variaciones y adaptaciones legítimas a los diversos grupos, regiones, pueblos, especialmente en las misiones...”
§ 40 “Sin embargo, en ciertos lugares y circunstancias, urge una adaptación más profunda de la Liturgia...La competente autoridad eclesiástica territorial, ... considerará con solicitud y prudencia los elementos que se pueden tomar de las tradiciones y genio de cada pueblo para incorporarlos al culto divino....”
§50 “... suprímanse aquellas cosas menos útiles [de la misa] que, con el correr del tiempo, se han duplicado o añadido..”
§ 53 “Restablézcase la «oración común» o de los fieles ..... principalmente los domingos y fiestas de precepto, para que con la participación del pueblo se hagan súplicas por la santa Iglesia, por los gobernantes, por los que sufren cualquier necesidad, por todos los hombres y por la salvación del mundo entero.”
§ 57 “el Concilio decidió ampliar la facultad de concelebrar...”
§ 58 “ Elabórese el nuevo rito de la concelebración ...”
Me gustaría agregar que el 7 de noviembre de 1962, el Papa Juan XXIII también dijo un discurso en el cual se declaró favorable al uso del lenguaje vernáculo en la misa. Entre otras cosas dijo: “La vida cristiana no es una colección de costumbres antiguas.”
Con base en los textos que he citado no es de sorprenderse que tuvieran lugar experimentos en la liturgia, ya que fueron autorizados expresamente por el Segundo Concilio Vaticano. Recuerdo haber visto en el periódico, alrededor de 1966, una foto de un sacerdote jesuita en Holanda, que decidió decir misa sin vestiduras en un escritorio de oficina. Todos los experimentos y adaptaciones que han tenido lugar y siguen teniendo lugar en la misa moderna tienen un fundamento firme en los documentos del Segundo Concilio Vaticano.
Debemos tener presente que la misa moderna promulgada por el Papa Pablo VI en 1969 simplemente es la puesta en práctica de las instrucciones trazadas por el Segundo Concilio Vaticano. También es importante saber que esta misa moderna es idéntica al servicio de comunión anglicano, palabra por palabra, excepto por las palabras de la consagración. En otras palabras el Concilio Vaticano estableció normas que hacían posible redactar una misa ecuménica que pudiera ser dicha por un ministro protestante con excepción de las palabras de la consagración. Esta misa moderna se dice de frente al pueblo y está expuesta a una larga serie de abusos. Cuando menos, es una dilución de la misa tradicional, y la esencia de la misa, específicamente el Sacrificio, ha sido atenuada por completo. En el mejor de los casos, la misa moderna es una pálida sombra de la misa tradicional y no proporciona el mismo grado de gracias que tan seriamente necesitan los católicos en el mundo moderno. [Nota del Autor: Algunos de los cambios están planteados meramente de manera implícita. Por ejemplo, el Concilio no prescribió que el latín fuera abolido en todo el mundo. Pero prescribió que se introdujera la “oración de los fieles”, que difícilmente puede decirse en latín y por consiguiente llevó inevitablemente a la abolición del uso del latín].
Quisiera agregar como nota personal lo siguiente: Siendo aún quinceañero, recuerdo haber pensado, cuando se publicó la Consitución sobre la Liturgia, que en vez de hacernos oir misa en la lengua vernácula habría sido mejor elevar los estándares educativos a manera de que todos pudieran seguir la misa en latín. No hay nada utópico en eso, ya que hasta hace no más de 200 años, la gente común de Irlanda tenía bastante buen dominio del latín.
Cuando se planteó la propuesta en el Concilio de que a la gente se le debería dar la libertad de asistir a Misa en un día distinto del domingo, recuerdo haber pensado que hubiera sido bueno el obligar a la gente a oir misa en domingo y además en algún otro día de la semana que cada quien eligiera, a fin de contrarrestar la influencia del mundo moderno. Pero todas las propuestas hechas en el Concilio condujeron a una reducción en los estándares.
Debemos estar muy agradecidos con el Papa Benedicto XVI por haber restablecido el honor a la Misa Tridentina. Sin embargom necesita señalarse que la forma en que hizo esto revela una inversión en la correcta escala de valores. A la Misa Tridentina en el Motu Proprio se le refiere como la forma extraordinaria de la liturgia y a la misa de Pablo XVI se le refiere como la forma ordinaria. En realidad es a la Misa Tridentina a la que se le debiera referirir como la forma ordinaria pues es la antiquísima forma de la misa, que contiene partes que vienen desde los inicios de la Iglesia.
Con el motu proprio nos hallamos, consecuentemente, muy lejos de la restauración de la Misa Tridentina. La razón es que cualquier restauración que se hiciera de la Misa Tridentina, la misa tradicional de la Iglesia, implicaría un rechazo del Segundo Concilio Vaticano, y de hecho, al presente, todos los católicos tradicionales rechazan el Concilio Vaticano Segundo, pues rechazan las normas trazadas por el Concilio.
Surge, pues, la pregunta de si los católicos deben rechazar el Concilio Vaticano Segundo. Esta es una cuestión de la que los tradicionalistas rehuyen; erróneamente en mi opinión. La primera respuesta a esta pregunta consiste en señalar que el Concilio Vaticano II no fue un concilio dogmático.
En su discurso inaugural el 11 de octubre de 1962, el Papa Juan XXIII declaró claramente que el Concilio habría de ser de carácter pastoral, con la intención de utilizar nuevos métodos para propagar la fe católica. Por consiguiente, nada hay obligatorio en los documentos del Concilio.
Como ya vimos, el Concilio fue copado por los obispos liberales y sus documentos han sido calificados, correctamente, como bombas de tiempo, las cuales explotaron tan pronto como el Concilio terminó.
En segundo lugar está la pregunta de si el Espíritu Santo guió al Concilio Vaticano II. El 25 de noviembre de 1962, en su cumpleaños número 81, el Papa Juan XXIII les dirigió unas palabras a los estudiantes del Colegio Propaganda Fide en Roma y les dijo que él estaba convencido de que Dios estaba guiando al Concilio. Eso, por supuesto, implica que él no consideraba que fuera un dogma el que el Espíritu Santo estuviera de hecho guiando al Concilio. My reflexión personal es que, despues de todo, el Espíritu Santo es santo, y por consiguiente sólo está presente cuando lo que busca un concilio es la santidad. Pero el objetivo declarado de este concilio no fue la santidad sino el aggiornamento, palabra italiana que significa modernización; o sea alinear a la Iglesia con el mundo moderno, que no es lo mismo que buscar la santidad. No puede ser el caso de que, documentos llenos de ideas liberales pudieran ser obligatorios para los católicos.
El Papa Benedicto XVI estaba profundamente consciente del problema de armonizar el Concilio Vaticano II con lo que enseñaba la Iglesia antes del Concilio. Como cardenal, admitió que Gaudium et Spes, la Constitución Pastoral de la Iglesia en el Mundo Moderno, fue un anti-syllabus, que significa que fue una contradicción directa con el Syllabus de Errores que publicó el Papa Pio IX en 1864. Yo argumentaría que es una postura peligrosa para los católicos el decir que aceptan el Concilio Vaticano II con excepción de esos pasajes que contradicen la enseñanza católica tradicional. Hay tantos pasajes que contradicen la enseñanza católica tradicional que yo arguiría que es de la mayor importancia rechazar por completo el Concilio Vaticano II y considerarlo igual como pasó con el Segundo Concilio de Éfeso, del año 449, que posteriormente fue repudiado por el Concilio de Calcedonia en el año 451. [Nota del editor: El autor corrigió posteriormente esta afirmación, reconociendo que una mejor analogía sería utilizando el Segundo Concilio de Constantinopla, que fue un concilio ecuménido válido, pero que fue tan perjudicial para la vida de la Iglesia que finalmente fue desdeñado y olvidado.] Los católicos en general están ignorantes de lo que realmente dijo el Segundo Concilio Vaticano. Necesitan conocer lo que dijo el Concilio y lo que está mal en él y por qué es incompatible con la fe y ésta es una tarea importante de educación.
Hemos examinado brevemente cómo el Segundo Concilio Vaticano trazó normas para diluir la parte más importante de la vda católica. En esta ponencia, me limitaré a sólo otro más, pero vital, vicio del Concilio Vaticano II, específicamente su clara implicación de que no es necesario ser católico para alcanzar la salvación. Examinemos, pues, el Decreto sobre Ecumenismo. Cito:
§3 ”...por causa de las varias discrepancias existentes entre ellos [refiriénddose a otros cristianos] y la Iglesia católica... se interponen a la plena comunión eclesiástica no pocos obstáculos, a veces muy graves, que el movimiento ecumenista trata de superar”....”Es más: de entre el conjunto de elementos o bienes con que la Iglesia se edifica y vive, algunos, o mejor, muchísimos y muy importantes pueden encontrarse fuera del recinto visible de la Iglesia católica:”....”Los hermanos separados practican no pocos actos de culto de la religión cristiana, los cuales...son aptos para dejar abierto el acceso a la comunión de la salvación.“ “[estas] Iglesias y comunidades separadas... no están desprovistas de sentido y de valor en el misterio de la salvación, porque el Espíritu de Cristo [lo que sea que eso signifique] no ha rehusado servirse de ellas como medios de salvación..“
§4 “Por 'movimiento ecuménico' se entiende el conjunto de actividades y de empresas que...se suscitan y se ordenan a favorecer la unidad de los cristianos.” ...”Tales son... 'el diálogo' entablado entre peritos y técnicos en reuniones de cristianos de las diversas Iglesias o comunidades....Por medio de este diálogo, todos adquieren un conocimiento más auténtico y un aprecio más justo de la doctrina y de la vida de cada comunión”... y...participan en la oración unánime.” ”...para que poco a poco por esta vía, superados todos los obstáculos que impiden la perfecta comunión eclesiástica, todos los cristianos se congreguen en una única celebración de la Eucaristía, en orden a la unidad de la una y única Iglesia”...
§8 “En ciertas circunstancias especiales, como sucede cuando se ordenan oraciones "por la unidad", y en las asambleas ecumenistas es lícito, más aún, es de desear que los católicos se unan en la oración con los hermanos separados.”.. “Sin embargo, no es lícito considerar la comunicación en las funciones sagradas como medio que indiscriminadamente pueda usarse para restablecer la unidad de los cristianos. Esta comunicación depende, sobre todo, de dos principios: de la significación de la unidad de la Iglesia y de la participación en los medios de la gracia.”
Lo primero que uno observa acerca del decreto sobre el ecumenismo es que las diversas denominaciones han de mantener un diálogo sobre una base de igualdad. Ya no aparece la cuestión de la conversión. Esa no fue ciertamente la actitud de Cristo ante ls fariseos. Él no dialogó con ellos, sino que los llamó raza de víboras. San Pablo no se puso a establecer un diálogo ecuménico a fin de adquirir una mejor comprensión de los judíos en Grecia y en el Asia Menor.
El resultado de 50 años de ecumenismo no ha sido la utópica irrealidad propuesta por el Concilio; el resultado del diálogo ecuménico ha sido que muchos católicos han perdido la fe. Recuerdo a un muchacho en mi clase de la escuela que decidió hacerse protestante. También recuerdo muy bien en 1966 cuando mis padres decidieron que debían asistir a una reunión ecuménica al aire libre, en gran medida contra sus deseos, pero porque eso se había decidido en el Concilio Vaticano II. Llovía fuertemente y estuvimos parados afuera con nuestros paraguas y rezamos un Padre Nuestro con los protestantes. También nos dieron sermones un sacerdote católico y un ministro protestante, y al terminar, mi hermana comentó que el del ministro protestante había sido mucho mejor sermón que el del sacerdote católico.
Yo menciono estas anécdotas sólo para dar una idea de la atmósfera enteramente cambiada que surgió después del Concilio. Pero el punto realmente importante, la revolución, consiste en el hecho de que el Segundo Concilio Vaticano declara abiertamente que uno puede permanecer fuera de la Iglesia Católica y aun asi alcanzar la salvación. El Cardenal Ratzinger escribió en varios de sus libros que era innecesario para los judíos convertirse a la Iglesia Católica para lograr su salvación. Juan Pablo II besó el Korán, que niega que Dios tenga un hijo y niega que Cristo haya muerto en la Cruz. El Papa Benedicto participó en un servicio judío en la sinagoga de Colonia y también oró viendo en dirección a la Meca, con un clérigo musulmán, en la mesquita azul de Istambul. El 27 de octubre de 1986 Juan Pablo II oró con más de 100 representantes de diferentes religiones en Asís. Éstos son los frutos del Segundo Concilio Vaticano, que declaró, en contradicción con todas las enseñanzas anteriores de la Iglesia, que la salvación puede alcanzarse fuera de la Iglesia Católica no sólo en casos de excepción, sino como regla general. Esto es una blasfemia y la mayor de todas las herejías, pues significa que fue totalmente innecesario que Cristo muriera en la Cruz.
Este punto lo entendía bien el teólogo jesuita alemán Karl Rahner, quien inventó una teoría para resolver el problema. Tuve la fortuna de ver a Karl Rahner en1971 en el University College de Dublín, donde yo estudiaba. Él entendía el inglés, pero sólo hablaba en alemán; hasta donde yo podía ver, se consideraba a sí mismo enormemente importante. Tenía un secretario jesuita que tradujo su conferenca al inglés. Después de su conferencia contestó preguntas y yo recuerdo que una monja le hizo una pregunta a la que respondió en alemán: “Le escribí al Papa una carta en latín acerca de esa pregunta la semena pasada”
Karl Rahner nació en Friburgo en Breisgau, en Alemania, en 1904 y murió en Innsbruck, Austria, en 1984. Su doctorado fue rechazado porque se puso demasiado bajo la influencia de Heidegger, quien por un tiempo había sido jesuita, hasta que abandonó la Iglesia Católica. Rahner solía hablar de Heidegger como maestro suyo y Heidegger en su vejez solía visitar regularmente a Rahner en Friburgo. Antes del Segundo Concilio Vaticano Rahner trabajó con Yves Congar, Henri de Lubac y Marie-Dominique Chenu, quienes estaban asociados con el movimiento de la Nueva Teología, partes de la cual habían sido condenadas por el Papa Pío XII en su encíclica Humani Generis. En 1962 fue informado Rahner por sus superiores que se hallaba bajo pre-censura porque sus puntos de vista no eran ortodoxos. Rahner, como Schillebeeckx, negaba que la Resurrección haya sido un hecho histórico en tiempo y lugar, como la muerte de Jesús. Rahner también rechazaba el concepto de la transsubstanciación en la Sagrada Eucaristía y propuso reemplazarlo con el de “transfinalización”, teoría que fue luego condenada por el Papa Pablo VI en su encíclica Misterium Fidei de 1965. Sin embargo, en 1962, el Papa Juan XXIII había decidido nombrar a Rahner como experto en el Segundo Concilio Vaticano. Rahner fue uno de los siete teólogos que colaboraron en Lumen Gentium, la Constitución Dogmatica de la Iglesia.
La receptividad del Concilio hacia otras tradiciones religiosas puede relacionarse con las nociones de Rahner de renovación de la Iglesia, la revelación salvífica universal de Dios y su deseo de apoyar y alentar el movimiento ecuménico. Rahner no creía que pudiera haber cosa tal como un ser humano sin gracia. Para él la gracia es un elemento constitutivo de la existencia humana. Rahner es famoso por su teoría de un cristianismo anónimo, que es la teoría de que la gente que nunca ha oído hablar del evangelio puede salvarse por Cristo. Hasta sostenía que los Cristianos pueden aprender de otras religiones y del humanismo ateo porque la gracia de Dios opera en ellos. La presencia de Cristo en otras religiones opera en y a través de su espíritu. Rahner y Hans Urs von Balthasar también sostenían la opinión de que el infierno está vacío. Ahora es gracias a su teoría del cristianismo anónimo que Rahner podía mantener que hizo sentido para Cristo el morir en la Cruz, ya que Cristo ganó la gracia para que todos se salvaran, ya que todos poseen esta gracia, hasta gente que jamás ha oído de Cristo o que lo rechaza, y consecuentemente uno puede salvarse fuera de la Iglesia sin dificultad alguna y sin necesidad de conversión.
Uno podría hacerse la pregunta de por qué el Papa Juan XXIII habrá invitado a teólogos bien conocidos por su heteroodoxia a participar como expertos en el Concilio Vaticano II. Es cláro que tan atrás como 1925, el papa Pío XI consideró deseable el remover al Padre Roncalli de Roma. Las razones precisas no están claras, pero fue enviado como visitador y luego como delegado apostólico a Bulgaria donde se pensaba que no podría hacer daño. En 1935 fue nombrado delegado apostólico a Turquía y Grecia, otra vez países que casi no tienen católicos. Su gran promoción vino cuando el Papa Pío XII lo designó al elevado cargo diplomático de nuncio en París. Juan XXIII sin duda sufría de un ingenuo optimismo. En la sesión de apertura del Concilio dió un discurso en el que dijo:
Consideramos que debemos disociarnos enteramente de los profetas de calamidades, que continuamente predicen lo peor... en la prerspectiva de ellos, la sociedad contemporánea es nada más que ruina y calamidades, y comparada con los siglos pasados nuestra era muestra nada más que deterioro...”
En relación con los errores del mundo moderno anunció que él consideraba más oportuno aplicar misericordia más que rigor, y que la Iglesia debería mostrar la fuerza de su doctrina más que condenar los errores. En este aspecto fue en contra de la tradición de la Iglesia que desde sus principios había siempre condenado las herejías y excomulgado a aquéllos que las profesaban,
Sin embargo, el optimismo ingenuo de Juan XXIII era típico de su tiempo. Este optimismo comenzó con la Revolución Industrial en el Siglo 18, cuando el progreso material y científico llevó a gente no pensante a olvidar que el progreso material no conduce al progreso moral. El optimismo de la era se refleja mejor en la filosofía del Alemán Hegel (que nació en 1769 y murió en 1831), el más grande filósofo del siglo 19, quien creía que la marcha de la historia es la marcha de la humanidad hacia Dios. Se refleja en la filosofía de Augusto Comte (que nació en 1798 y murió en 1857) quien creía que la tercera y última era, la era positivista o científica en la historia humana, comenzaba en sus tiempos. Se refleja en la filosofía utópica de Karl Marx (que nació en 1818 y murió en 1883) quien también creía que la era final en la historia habría llegado cuando el capitalismo fuera finalmente derrotado y todos viviéramos en un paraíso comunista. Está reflejado en la ingenua filosofía de Teilhard de Chardin (que nació en 1881 y murió en 1955) quien negaba el pecado original y creía que la humanidad estaba evolucionando hacia Dios, a quien llamaba el punto omega. Esta es la era cuando el Presidente Kennedy anunció “Vamos a la luna”.
Hoy en día es difícil transmitir el optimismo extraordinario de los 60's.  Mucha gente creía que el Concilio Vaticano daría entrada a una nueva era del Espíritu Santo, cuando ya no se hablaría más del pecado, sino solamente del amor. No había nada nuevo en este optimismo ingenuo. En los primeros años del Siglo 13, Amalrico de Bena ya enseñaba en la Universidad de París que quien permaneciera en el amor de Dios no podría cometer pecado alguno, y sus seguidores enseñaban que él había sido el fundador de la nueva era del Espíritu Santo, que no hay infierno y que todos, tarde o temprano, iríamos al cielo,
Juan XXIII parece haber sufrido de este ingenuo optimismo. Creía, como Sócates, que saber lo que es correcto es hacer lo que es correcto. Unos cuantos días antes de la clausura de la primera sesión del Concilio Vaticano II, el teólogo suizo Hans Küng (nacido en 1928) fue invitado a hablar en Pánel de Prensa de los Obispos de los EUA. En su discurso, mencionó que, cuando en privado se la preguntó a Juan XXIII por qué había convocado un concilio, se había acercado a la ventana, la había abbierto y había dicho: “Dejemos que entre un poco de aire fresco en la Iglesia .”
Como varios otros seguidores de la Nueva Teología, Hans Küng fue llamado personalmente por Juan XXIII para actuar como experto en el Concilio Vaticano II. Fue esta acción lo que lanzó al Teólogo Suizo a los grandes vientos de la publicidad mundial. Luego de ser elegido, Hans Küng se habría de convertir en una de las grandes, si no es que la más grande, estrella del pensamiento conciliar. Fue este voto de confianza de Juan XXIII lo que impulsó hacia adelante la carrera teológica de Küng en la Universidad de Tübingen. Así pues, la fama de Küng se debe en gran parte a Juan XXIII. Küng escribió su tesis doctoral acerca del teólogo protestante suizo Karl Barth. Küng fue el primer teólogo católico del siglo veinte que negara la infalibilidad del papa, y como resultado se le quitó el derecho de enseñar teoología católica. En 1988, publicó un libro intitulado Morir con Dignidad, en el cual él trata de justificar la eutanasia. No obstante eso, Küng nunca ha sido excomulgado y el 26 de septiembre de 2005, el Papa Benedicto lo invitó a una plática cordial en el Vaticano. Esto no es para sorprenderse, pues había sido a instancias de Küng que Joseph Ratzinger fue también nombrado profesor de teología dogmática en la Universidad de Tübingen.
La repercusión inmediata del Concilio Vaticano II fue que muchos sacerdotes optaron por no vestir ropa que los distinguiera como tales, contraviniendo así el canon 669 §1 del Código de Derecho Canónico. Muy pronto, gran número de ellos olvidaron sus votos de celibato. El concilio había dicho que la Iglesia necesitaba ser modernizada y adaptarse al mundo moderno, que la Misa necesitaba urgentemente ser modernizada y que la salvación podía encontrarse fuera de la Iglesia Católica. Muy pronto la gente sacó sus propias conclusiones, específicamente que la enseñanza moral de la Iglesia había dejado de ser tan estricta com lo había sido antes. El número de personas que iba a confesarse y a misa los domingos comenzó a caer.
El gran cambio vino en 1968. Hasta entonces la Iglesia había enseñado que el acto sexual fuera del matrimonio era un pecado mortal, y la gran mayoría de los católicos jóvenes habían tratado seriamente de mantenerse castos antes del matrimonio. Pero en 1968 esta actitud cambió por completo. La rebelión contra la autoridad que se propagó por todas las universidades de Europa en ese año no fue tanto una rebelión contra la autoridad como una revolución sexual. De esa época comenzó a aceptarse ampliamente que la actividad sexual extramarital era algo natural y hasta deseable. En esa época se llamaba sexo premarital, pero desde entonces sólo algunas veces conduce al matrimonio y se ha convertido muy frecuentamente en el rechazo del matrimonio y la aceptación de la cohabitación. Era considerado irrealista que la gente joven no practicara el sexo, y la Iglesia tuvo culpa en esto, pues la Iglesia abolió la abstinencia de carne en viernes, el ayuno antes de la Santa Comunión, el ayuno durante la Cuaresma y todo el concepto de penitencia y de tomar la Cruz; todo esto en el nombre del Segundo Concilio Vaticano. La abolición de la penitencia y de la disciplina trajo también, sin duda, las dificultades que muchos sacerdotes experimentaron de mantener sus votos de celibato.
Yo creo que uno podría describir con exactitud el colapso de la obediencia al sexto mandamiento en 1968 como algo comparable con la caída del Muro de Berlín en 1989. Una vez que el sexto mandamiento ya dejó de ser considerado obligatorio bajo pena de pecado mortal, todo el edificio moral de la Iglesia gradualmente se fue colapsando. Una vez que el auto-control necesario para observar el sexto mandamiento se ha perdido, la vida de gracia se pierde, y toda la capacidad de vivir una vida de amor a Dios y al prójimo se pierde con ella. Citaré tan sólo dos de los numerosos pasajes en las epísolas de San Pablo:
1 Cor. 6:9: No os engañéis: Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se acuestan con varones entrarán al Reino de Dios.
Efesios 5:5: Pues de esto podeis estar seguros: Ninguna persona inmoral, impura o avariciosa – tal persona es un idólatra – habrá de heredar el reino de Cristo y de Dios.
Creo que podría decirse que la abolición práctica del sexto mandamiento ha llevado a la destrucción de la familia en Europa, como en todos lados, y ha conducido al colapso de la fe. Pero el Segundo Concilio Vaticano es enteramente responsable de esta situación. Si se me pidiera que resumiera el Segundo Concilio Vaticano en sólo una oración, creo que diría que fue un intento de quitar la Cruz al cristianismo; en otras palabras, quitar la misma esencia del cristianismo; un intento de producir una cómoda forma moderna de cristianismo: no el cristianismo de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, sino un cristianismo con la Resurrección pero sin la Pasión y Muerte en la Cruz.
Otro aspecto de la misma realidad fue ocasionado por el filósofo francés Jacques Maritain (nacido en 1882 y muerto en 1973). Maritain nació en una familia liberal protestante. Estudió en la Sorbona de París, donde conoció a su futura esposa Raissa, una judía rusa. Tenían tal pesimismo de la vida que en 1901 hcieron el voto de suicidarse juntos si no fueran capaces de encontrar un significado a la vida en el lapso de un año. Sin embargo en menos de un año hallaron el sentido de la vida asistiendo a las conferencias del gran filósofo judío francés Henri Bergson (nacido en 1859 y muerto en 1941).
Ahora bien, Bergson tiene una teoría que habría de hacer un gran impacto en Maritain. Él cree que hay dos tipos de religión, que los llama religión estática y religión dinámica. Religión estática es lo que él considera ser la religión primitiva. En la religión primitiva hay un dios que prohibe ciertos actos y que castiga a aquéllos que desobedecen. Se inventa la vida después de la muerte para permitir al dios primitivo castigar a aquéllos que desobedecen. El dios primitivo está también ahí para que el hombre pueda rezarle pidiéndole ayuda para sus necesidades
La esencia de la religión dinámica, en cambio, es el misticismo. El misticismo no es sólo un movimiento hacia la vida de Dios, sino un movimiento por el cual la vida divina se le comunica a la humanidad, como es el caso del misticismo de los grandes místicos cristianos. Dios es amor y el objeto del amor y desea la transformación del hombre por el amor. En 1907 Maritain descubrió los escritos de Santo Tomás de Aquino y llegó a convertirse en uno de los principales tomistas del siglo 20. Pero nunca perdió la actitud hacia le religión que había aprendido de Bergson. Tuvo una carrera muy distinguida. De 1945 a 1948 fue el embajador francés a la Santa Sede y luego enseño en Princeton. Él defendía los derechos naturales, tal como los sostuvieron el filósofo inglés Locke, la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y la Revolución Francesa. Él es el autor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas de 1948.
Maritain fue un pensador liberal que favorecía un estado democrático pluralista, y apoyó a los comunistas en la guerra civil española de 1936-1939. Él argumentaba que la autoridad viene del pueblo, no de Dios, en contra de las palabras que dijo Cristo a Poncio Pilatos. En 1936 Maritain publicó un libro intitulado Humanismo Integral en el cual abogaba por una democracia liberal y se oponía a la idea de que cualquier religión tuviera una posición privilegiada en la sociedad. También propone una teoría naturalista de lo que es bueno y lo que es malo, o sea, una teoría que omite a Dios. Durante los años cincuenta del siglo pasado el pensamiento de Maritain estuvo cerca de ser condenado por su naturalismo, pero evitó el ser condenado gracias al apoyo de su antiguo amigo Giovanni Battista Montini, el futuro Papa Pablo VI, que en ese entonces era secretario sustituto de Estado. Mientras Maritain fue embajador en el Vaticano, solía ver a Montini dos veces a la semana en promedio, y con frecuencia cenaban juntos.
En el segundo consistorio que tuvo en 1953, el Papa Pio XII se rehusó a hacer cardenal a Montini, ya que había sido la cabeza no oficial de la facción católica liberal bajo Mussolini y había basado sus ideas en el humanismo integralde Maritain. Irónicamente, aunque Montini era un liberal moderado, si Pío XII lo hubiera hecho cardenal, el Concilio Vaticano II probablemente nunca hubiera tenido lugar. Pero después de que se hubo hecho papa, Pablo VI dedicó a Maritain su “Mensaje a los Hombres del Pensamiento y de la Ciencia” presentado el 8 de diciembre de 1965, en la clausura del Concilio Ecuménico Vaticano II. También lo abrazó públicamente en la Plaza de San Pedro. Él declaró abiertamente “Soy un discípulo de Maritain. Lo llamo mi maestro”. En su encíclica Populorum Progresso (1967) Pablo VI defendió el “humanismo verdadero” y citó a Maritain como su fuente. El 30 de junio de 1968 el Papa Pablo VI leyó su solemne profesión del “Credo del Pueblo de Dios” en la Plaza de San Pedro en Roma. Pablo VI sólo hizo cambios mínimos al borrador preparado por Maritain.
Este es el antecedente de la revolución que ha ocurrido en la presentación de la fe católica desde el Concilio Vaticano II. Hasta entonces, se entendía perfectamente que Dios premia el bien y castiga a los malos, como se declara claramente en el Nuevo Testamento. Debemos, por lo tanto, temer el castigo de Dios. “El temor de Dios es el el comienzo de la sabiduría”, como lo dice el Salmo 111, verso 10, y el mismo verso se halla en el Libro de la Sabiduría 9:10. San Agustín había dicho claramente que una de las razones por las que debe haber vida después de la muerte es para que Dios pueda premiar el bien y castigar el mal, y esta opinión había sido adoptada hasta por el gran filósofo alemán, no-cristiano, Immanuel Kant. Sin embargo desde el Segundo Concilio Vaticano fue propagada la opinión de Bergson, de que no debemos considerar a Dios como un Dios castigador, y debemo sólo hablar de amor. Arriba cité el párrafo 35 de la Constitucuón sobre la Liturgia Sagrada que dice que el sermón de la misa "debe ser uno de proclamación de las maravillosas obras de Dios en la Historia de la Salvación...”
Este nuevo enfoque para proclamar el evangelio está basado en una nueva visión del hombre ques es enteramente falsa; específicamente la del filósofo francés Juan Jacobo Rousseau (nacido en 1712 y muerto en 1778), quien inspiró el comunismo moderno. Rousseau avanzó la idea de que la naturaleza humana es esencialmente buena, y que sólo fue la introducción de la propiedad privada lo que causó que se hiciera mala. Pero Aristóteles señaló en el capítulo final de su Etica a Nicómaco, o sea la final de diez libros sobre ética, que los tratados de ética están bien y son buenos para unos pocos jóvenes de mente noble, pero que la gran mayoría de la humanidad necesita leyes respaldadas por sanciones, precisamente porque la naturaleza humana no es naturalmente buena. De hecho una ley sin sanción de plano no es ley. Pero precisamente es esta visión del hombre, de que tiene una naturaleza caída y la necesidad de leyes respaldadas por sanciones, lo que está negado implícitamente por el Concilio Vaticano II.
Trataré de resumir diciendo que el deterioro de la fe en Europa y la destrucción de la moral que ha venido con ello durante los últimos cincuenta años tiene muchas causas, como lo mencioné arriba. De hecho, jamás ha sido fácil ser católico, y las fuerzas de oposición al catolicismo en la sociedad de hoy son mayores que nunca. A menos de que estemos bien preparados, por medio de una buena educación como la que se proporciona en el Fisher More College, encontraremos que es dificil de sobrevivir. Pero la mayor dificultad con que nos topamos es la oposición dentro de la misma iglesia. Hasta el Concilio Vaticano II, el enemigo se encontraba principalmente fuera de la Iglesia, no adentro. Ahora el enemigo está bien establecido dentro de la Iglesia y podría resumir este enemigo como la tentación de quitar a la Cruz del cristianismo. “A menos de que el hombre tome su cruz y me siga, no puede ser mi discípulo” dice Cristo. Y por lo tanto debemos decir con Cristo en el Jardín de Getsemaní: “Si este cáliz no puede pasar, entonces beberé de él”, y “no se haga mi voluntad sino la vuestra”

Dr. John Dudley
Profesor of Filosofía y de los Clásicos
The College of SS. Thomas More and John Fisher
Conferencia pública presentada el 4 de abril de 2013, ligeramente modificada.

El autor acepta comentarios de todo tipo, enviados a: john.dudley@fishermore.edu