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domingo, 13 de septiembre de 2015

Del Concilio Vaticano Segundo al Sínodo:

Las Enseñanzas de Michael Davies.


Por Roberto de Mattei


Tomado de:  rorate-caeli.blogspot.com/2015/07/exclusive-for-rorate-michael-davies.html
Traducido al español por Roberto Hope, partiendo de una traducción del italiano al inglés por Francesca Romana.

Se celebró una misa de réquiem por el alma de Michael Davies en la Iglesia de la Asunción de Nuestra Señora, en Londres, el viernes 10 de julio de 2015. Después de la misa, Roberto de Mattei, Profesor de Historia Moderna y de Historia Cristiana de la Universidad Europea de Roma, dictó una conferencia intitulada 'Del Concilio Vaticano Segundo al Sínodo de la Familia: Las Enseñanzas de Michael Davies”

Queridos Amigos:

Es para mí un honor y un placer venir aquí a hablarles acerca de la obra de Michael Davies, a quien conocí personalmente y considero uno de los pocos defensores verdaderos de la fe católica en el Siglo XX.

Sus libros precedieron a los de Romano Amerio 1, y a los de Monseñor Gherardini 2; y mi Historia del Segundo Concilio Vaticano está endeudada con ellos. 3

En el primer párrafo de su libro “Cramner's Godly Order” [El Orden Religioso de Cramner”] (publicado en 1976), Michael Davies escribió que la Iglesia estaba pasando por "la mayor crisis desde la Reforma Protestante; muy posiblemente la mayor desde la herejía arriana”. Para Davies, esta crisis tiene sus raíces más recientes en el Concilio Vaticano Segundo, al cual dedicó un tomo entero, el segundo de su memorable trilogía, 'The Liturgical Revolution' (La Revolución en la Liturgia)

Volvió al Concilio Vaticano Segundo con otro libro importante, "The Second Vatican Council and Religious Liberty" 5. Los problemas relacionados con la liturgia y la libertad religiosa parecen, a primera vista, estar alejados el uno del otro, pero en realidad tienen un origen común en el Concilio Vaticano Segundo y sus consecuencias.

En esta conferencia me estaré enfocando en el aspecto fundamental de la obra del Sr. Davies; específicamente en su contribución al conocimiento del Vaticano Segundo y lo que ha pasado después.

La convocación de Concilio Vaticano Segundo

El 9 de octubre de 1958 murió el Papa Pío XII. El 25 de enero de 1959, sólo tres meses después de haber sido electo al trono papal, el nuevo Papa, Juan XXIII, anunció la convocación al Segundo Concilio Vaticano.

Davies rememora el Vaticano II comenzando desde su convocación, utilizando las palabras del Cardenal Pietro Sforza Pallavicino (1607-1667), historiador del Concilio de Trento, citadas por el Cardenal Manning “...convocar a un Concilio General, excepto cuando es exigido absolutamente por necesidad, es tentar a Dios”.6

Esto no es lo que pensaban algunos cardenales conservadores, pues desde el momento en que fue electo Juan XXIII, lo alentaron a convocar un concilio ecuménico. El Concilio Vaticano Primero había sido interrumpido bruscamente por la guerra Franco Prusiana de 1870, y estos cardenales imaginaron que su reanudación – en sus intenciones – iría a culminar con la redacción de un “Syllabus” de los errores contemporáneos. Contaban con el apoyo de Monsegnor Domenico Tardini, considerando que ellos habían impuesto en Juan XXIII el nombramiento de Tardini como cardenal como condición para su elección al papado.

La inesperada muerte de Monseñor Tardini el 30 de julio de 1961, estando aún en curso la fase preparatoria del concilio, echó a tierra esos planes. Los cardenales conservadores también sobreestimaron el poder de la Curia Romana y subestimaron el poder de sus adversarios, que estaban formando un partido poderoso y bien organizado. En su libro “The Rhine Flows into the Tiber” (El Rhin Desemboca en el Tíber), el Padre Ralph Wiltgen fue el primero en revelar la existencia de esta organizada estructura. En mi libro sobre el Concilio reporté nuevos elementos basados en las memorias de algunos de los protagonistas y en algunos documentos de archivo que han salido a la luz en años recientes.

En junio de 1962, cuando los siete primeros esquemas de las constituciones conciliares (que habían sido elaboradas por diez comités durante tres años bajo la supervisión del Cardenal Alfredo Ottaviani fueron sometidos al Papa. Juan XXIII seguía convencido de que el concilio iría a ser clausurado en Diciembre. El Papa aprobó los esquemas preparatorios, y en julio, tres meses antes de la inauguración, ordenó que fueran enviados a todos los Padres Conciliares, como base para las discusiones en las congregaciones generales. El Concilio Vaticano Segundo fue inaugurado en la Basílica de San Pedro el 11 de octubre de 1962.

En toda Revolución, el momento decisivo es el primer acto, pues contiene en él las semillas para su futuro desarrollo, La historia completa de la Revolución Francesa, por ejemplo, se halla en los dos primeros meses, de junio y julio de 1789, cuando tuvo lugar el coup d' etat procesal: la transformación de los Estados Generales en Asamblea Constituyente. De igual manera, en el Concilio Vaticano II ocurrió un decisivo golpe de estado jurídico en la primera semana, que Davies resaltó muy bien, definiéndolo como una “blitzkrieg”, una guerra relámpago. El Profesor Paolo Pasqualucci, un filósofo de la legislación italiana, dedicó recientemente un pequeño tomo a lo que definió como el “bandidaje procesal” de los primeros días del Concilio.

El partido progresista, con una primera blitzkrieg, consiguió el re-mezclado de los votos para conformar las comisiones, y con una segunda lograron monopolizar las comisiones, insertando en ellas a sus hombres – junto con unos simpatizantes.  Desde el mero inicio del Concilio, el Rhin había comenzado a desembocar en el Tíber.

Otra alteración significativa de los procedimientos fue la “nueva” regla que declaraba que bastaba con un mínimo de cinco miembros en cada comisión para aprobar cualquier enmienda. Una interesante coincidencia – hace notar Davies – fue que el grupo de Padres de los Paísees de Europa Central tenían no menos que cinco de sus representantes en cada comisión,  A los periti (expertos) también se les dió la oportunidad de hablar durante los debates, por lo menos en algunas ocasiones. Michael Davies, siguiendo al Padre Wiltgen, hace notar eso por buena razón, el Vaticano II fue definido como “el Concilio de los periti”. Los periti – descritos por Davies como “las tropas de choque de las fuerzas liberales”9 – tuvieron una influencia increíble: mucha, mucha más influencia que la que tuvieron la mayor parte de los Padres del Concilio.

Son precisamente esos periti los que deben llevarse el crédito de la que quizás fue la victoria más resonante en la sala conciliar: el rechazo de todos los esquemas preparatorios – los cuales eran perfectamente ortodoxos, se conformaban con la doctrina de la Iglesia y habían sido el fruto diligente de 871 expertos. Había tomado dos años el completar esos valiosos esquemas que la asamblea conciliar echó literalmente al cesto de la basura – mediante un procedimiento irregular – careciendo de las requeridas dos terceras partes de los votos. El Obispo William Adrian, de Nashville Tennessee, escribió en términos nada ambiguos, que los peritos se habían empapado de los perniciosos errores de Teilhard de Chardin y de la ética situacional – errores que en su análisis final destruyen la fe, la moral, y toda autoridad establecida. “Estos teólogos liberales coparon el concilio como medio para descatolizar a la Iglesia Católica haciéndolo pasar como un medio para sólo des–romanizarla."

El Cardenal Heenan no vaciló en decir que el concilio de Juan XXIII “proporcionó una excusa para rechazar tanto de la Doctrina Católica que él aceptaba de todo corazón”. La organización, perfectamente eficiente, de los padres del Rhin les hizo posible llegar a Roma de una manera semejante a la de un partido [político] con políticas muy precisas a seguir y objetivos claros a alcanzar. En cambio, el resto de los padres conciliares llegaron a Roma como simples “católicos”, sin siquiera saber la razón exacta de su convocación. El Cardenal Heenan explica cómo la mayoría de los obispos ingleses y americanos llegaron a Roma sin siquiera saber lo que estaba por pasar y, principalmente, desconociendo cómo la “ecumania” así llamada por Heenan, había infectado a sus colegas europeos. Los obispos alemanes, en particular, habían hecho del ecumenismo prácticamente una religión. Heenan afirmaba que Juan XXIII había visto al Concilio como un “safari episcopal”. Pero, antes de que terminara la primera sesión (el Papa Juan) debe de haber pensado de su Concilio menos como un safari que como un sitio.

Al día siguiente de la inauguración del Concilio, Juan XXIII, como el Dr. Frankenstein, se percató que le había dado vida a una creatura – el Concilio – que ya no podía controlar. Cuando murió el 3 de junio de 1963, el concilio ya estaba firmemente en manos de los progresistas.

A fin de asegurarse de dominar el Concilio completamente, los padres del Rhin tenían que asegurarse de que los procedimietnos se alteraran de manera que la influencia de la Curia Romana se debilitara, lo cual el nuevo papa, Pablo VI hizo sin recelo, nombrando a cuatro cardenales como “moderadores”, quienes serían responsables de “dirigir las actividades del Concilio y determinar la secuencia con que los tópicos serían discutidos en las reuniones de trabajo”12. Cuando se dieron a conocer los nombres de los cuatro cardenales (que incluía a Dopfner, Lercaro y Suenens) quedó muy clara la dirección que habría de tomar el Concilio. En la tercera sesión, cuando se formó el Coetus Intarnationalis Patrum, ya era demasiado tarde para resistir el avance de los progresistas. Los liberales y los periti ya tenían el monopolio absoluto del Concilio.

Textos ambiguos y bombas de tiempo

Otra victoria para los progresistas – y quizás la más devastadora de todas – fue la de haber insertado en los textos conciliares lo que Michael Davies, tomando de la expresión de Monseñor Lefebvre, definió con un simbolismo elocuente como “bombas de tiempo”13. Estas bombas habrían de ser activadas por los periti después del Concilio, luego de que ya hubieran tomado el control de las comisiones para la implantación de los textos. Estas “bombas de tiempo” consistieron en:

  1. Pasajes ambiguos insertados por los Padres y los periti que debilitaron la doctrina tradicional al abandonar el lenguage tradicional; 
  2. Omisiones, a veces más peligrosas que las frases heterodoxas; 
  3. Frases ambiguas que parecerían favorecer o por lo menos parecerían ser compatibles con una interpretación no católica de los textos. En pocas palabras, eran fórmulas que podían ser interpretadas tanto en un sentido católico tradicional como en un sentido liberal.

Las concesiones pesentes en los textos también eran debidas – si no prevalentemente – a la “ecumanía” la manía ecuménica, “casi una religión de ecumenismo” segun el Cardenal Heenan14 – que estaba en el mismo aire que se respiraba en la sala conciliar.  Monsegnor Luigi Carli, Obispo de Segni, acabó quejándose de que a fin de evitar perjudicar al ecumenismo, no se podía más hablar de la Santísima Virgen, ya nadie podía ser llamado hereje, la expresión – la Iglesia Millitante – ya no podía usarse más y ya no podía uno referirse a los poderes de la Iglesia Católica.

La falta de precisión de los textos se excusaba con la orientación pastoral, no dogmática, del Concilio. Ninguna definición se autorizaba. Todo se discutía, pero nada se definía porque era un concilio pastoral. La dimensión pastoral, en sí misma accidental y secundaria con respecto a la dimensión doctrinal, resultó en realidad ser la prioridad, produciendo una revolución en el estilo, en el lenguage y en la mentalidad.

La falta de condenación del comunismo

Cada uno de los veinte concilios anteriores al Vaticano II habían sido convocados para extinguir herejías o para corregir los más grandes males de sus tiempos. El "mal más grande” del Siglo XX era ciertamente el comunismo. Su condenación habría justificado la convocación de las audiencias conciliares. Sin embargo – de manera paradójica – el comunismo fue precisamente el mal que el Concilio Vaticano II hizo todas las acrobacias que pudo para esquivar su condenación.

Hasta el Concilio Vaticano Segundo, el Magisterio de la Iglesia Católica había denunciado repetidamente al comunismo con palabras de clara condenación. Los predecesores de Juan XXIII habían condenado el comunismo declarando la total incompatibilidad entre esta ideología “intrínsecamente perversa” (Pío XII) y la Igesia Católica. En la vota de los Padres Conciliares, que llegó a Roma antes de la celebración de las audiencias, el Comunismo parecía ser el error más grave a condenar. A pesar de que más de 200 padres de 46 países diferentes habían solicitado un claro rechazo de los errores del marxismo en la Segunda sesión; a pesar de que el Coetus Internacionalis había presentado una petición que contenía exactamente diez razones por las cuales el comunismo tenía que ser condenado, informando a la asamblea que una abstención en este sentido habría entrañado un repudio del Concilio – y con razón – por su silencio sobre el comunismo, que habría sido interpretado como un signo de cobardía y complicidad – el Concilio mediante un procedimiento de votación claramente alterado, no condenó el comunismo sino buscó un diálogo con él. 15

Podemos ahora decir que las audiencias conciliares habrían sido el lugar perfecto para iniciar un juicio contra el comunismo, semejante al de Nuremberg contra el nacional socialismo; no un juicio de naturaleza penal, ni tampoco un juicio ex post de los vencedores sobre los vencidos, como fue el de Nuermberg, sino un juicio cultural y moral, ex ante, de las víctimas con respecto a los persecutores, como los así llamados disidentes ya habían comenzado a hacer.

“Cada vez que se reunía un Concilio Ecuménico – dijo el Cardenal Antonio Bacci en la sala conciliar – siempre se resolvían los grandes problemas que estaban aquejando esa época y se condenaban los errores de los tiempos. Un silencio sobre este tema, creo yo, sería una imperdonable lacuna, de hecho, un pecado colectivo. [...] Esta es una herejía teórica y práctica de nuestros días, y si el Concilio no se ocupa de ella, podrá dar la impresión de un concilio fallido.”

La constitución Gaudium et Spes, que fue el décimosexto y último documento promulgado por el Concilio Vaticano II, propuso una definición completamente novedosa de la relación entre la Iglesia y el mundo. En ella no se hizo condenación del comunismo en forma alguna.

Muchas veces en el curso de sus estudios sobre el Concilio Vaticano Segundo, Davies insistió en el hecho de que el Espíritu Santo estaba asistiendo al Concilio, aun cuando éste era pastoral, de caer en herejía: Lo que significa, si embargo, repite él, que eso no indica que el Concilio ”haya dicho todo lo que necesitaba decirse sobre cualquier tema particular, o siquiera que lo que sí dijo esté redactado de la forma más clara o más prudente.”16 La falta de condenación del comunismo es evidentemente una de esas omisiones – quizás la más grave – de la cual el Concilio Vaticano Segundo tendrá que responder ante Dios y ante la humanidad.

¿Cuál fue la razón de la falta de condenación del comunismo? Ahora sabemos que en agosto de 1962, en el pequeño pueblo francés de Metz, se celebró un acuerdo secreto entre el Cardenal Tisserant, representante del Vaticano, y el nuevo Arzobispo Ortodoxo de Yaroslav, Monseñor Nicodemus, que era agente de la KGB, – esto último como quedó documentado luego de que se abrieron los archivos de Moscú. Con base en este acuerdo, las autoridades eclesiásticas decidieron no tratar del comunismo en el Concilio. Ésta había sido la condición solicitada por el Kremlin para permitir la participación de observadores del Patriarcado de Moscú en el Concilio.

En los archivos secretos del Vaticano encontré un nota de puño y letra de Pablo VI que confirma la existencia de este acuerdo.  Otros documentos de interés particular fueron publicados por George Weigel en el segundo tomo de su impresionante biografía de Juan Pablo II. Weigel de hecho consultó fuentes tales como archivos de la KGB en la Sluzba Bezpieczentswa (SB) polaca y de la Stasi de Alemania Oriental. Los documentos confirman cómo los gobiernos comunistas y los servicios secretos de los países del este penetraron el Vaticano para favorecer sus intereses e infiltrar los rangos más altos de la jerarquía católica.

Pero esto no es suficiente para explicar la ausente condenación. En realidad, lo que aquí tenemos es una nueva teología de la historia. La encíclica de Pío XI de 1925 (Quas Primas) – su aniversario 90 cae en este año – había presentado a los católicos una teología de la historia basada en el Reinado Social de Jesucristo. La obra de Jacques Maritain, Humanismo Integral17, apareció en 1936, y fue el manifesto para una nueva filosofía de la historia y de la sociedad que presentaba la base para una evolución del pensamiento católico en el sentido opuesto de la filosofía de la historia al delineado en Quas Primas. En un análisis final, el humanismo integral abraza los principios de la revolución francesa – condenados por el Magisterio Pontificio – y se ha destinado a infiltrar masivamente, de ahí en adelante, en los ambientes católicos, todo ello para beneficio del socialismo y del “progresivismo”,

El espíritu de “ecumanía” que arrasó en el Segundo Concilio Vaticano – según Davies – fue el humanismo integral, una filosofía que, por lo menos implícitamente, niega el derecho de la Iglesia a intervenir en el orden social; en otras palabras, es la negación del Reinado Social de Jesucristo”.18 La consecuencia, – expica Davies – es que “la Iglesia debe tomar su lugar en términos iguales que las demás religiones y filosofías dentro de un mundo que ella tenía el deber no de mandar sino de servir”19 Maritain soñaba con una “hermandad universal” de la que la Iglesia tenía que ser la inspiración o la “hermana mayor”. Y para la “hermana mayor” poder ganarse a su “hermano menor” – el mundo – no debe ser intransigente ni autoritaria. Debe hacer la religión aceptable. Y para que la verdad de la fe y la moral sea aceptable, el cristianismo debe ser práctico más que dogmático.”20 Ahora se sabe bien que Pablo VI fue un admirador y discípulo de Jacques Maritain. Por esto – según Davies – el enigma de Pablo VI sólo puede entenderse en el contexto de su adhesión al humanismo integral.

En su "The Second Vatican Council and Religious Liberty” Michael Davies, contrasta la doctrina del Reinado Social de Cristo con el principio de libertad religiosa enunciado en la declaración Dignitatis Humanae. Uno de los observadores protestantes presentes en el Concilio, el teólogo Oscar Cullman, no vaciló en decir que “los textos definitivos son en su mayor parte textos de transigencia”21. Según Davies, “No hay documento del Concilio Vaticano Segundo al que sean más aplicables estos comentarios que a Dignitatis Humanae” 22

Davies con frecuencia cita a un autor que nunca debía ser olvidado, Hamish Fraser. En el número de febrero de 1976 de Approaches, Hamish Fraser afirmó que Quas Primas es ignorada por las así llamadas naciones católicas y por el clero católico. Fue, lo lamentaba él, el más grande fiasco en la historia entera de la Iglesia. Ciertamente fue un gran fiasco, una gran omisión del Concilio Vaticano Segundo. El rechazo del Reinado de Cristo está en los orígenes de un itinerario de apostasía que ha llevado a los países católicos a legalizar el aborto, la fertilización in vitro y la sodomía.

Diez años más tarde, en 1986, cuando el liberal Primer Ministro de Irlanda, Garrett Fitzgerald organizó un referendo que él creía que autorizaría a su gobierno a legalizar el divorcio, Hamish Fraser comentó sobre el resultado con esta palabras: “En cien años, el 26 de junio de 1986 deberá ser recordado como uno de los días más memorables en la historia de Irlanda. Pues ese día, por una abrumadora mayoría (63.5 en contra vs. 36.5 a favor) – el pueblo irlandés votó “No” en el referendo que tenía la intención de obtener su permiso de legalizar el divorcio en la República.”

Menos de treinta años después, el 22 de mayo de 2015, Irlanda introdujo una todavía más memorable fecha en su historia: el día en que el pueblo irlandés – con los mismos porcentajes – aprobó las uniones homosexuales en la República. La responsabilidad de esta apostasía viene de la orientación liberal de las autoridades eclesiásticas – tanto las irlandesas como las internacionales – basadas en Dignitatis Humanae y el espíritu del Vaticano II

El papel de los medios

En la creación del llamado “espiritu del Vaticano II” los medios – y la prensa en particular – jugaron un papel decisivo. Davies hace notar que algo semejante ya había ocurrido un siglo antes en el Concilio Vaticano I, tanto como para concluir que “la fuerza animadora detrás de las dos campañas era la misma”24. El testimonio del Cardenal Manning – que Davies reseña en el Apéndice III de su libro “El Concilio del Papa Juan” es extremadamente interesante. Según el gran cardenal, en el Vaticano I se circuló la idea de que el Concilio había rechazado las doctrinas del de Trento o les habría dado una significación más amplia, o habría re-abierto discusiones consideradas cerradas, o que se había transigido con otras religiones, o que por lo menos había adaptado al pensamiento y teología modernos la inflexibilidad dogmática de la Tradición. “Esta creencia excitó una expectativa, mezclada con esperanza, de que Roma volviéndose más comprensiva pudiera volverse más accesible, o al hacerse inconsistente podría hacerse impotente para influir sobre la razón y la voluntad del hombre” 25

En la época del Primer Concilio Vaticano, los medios querían obstruir la proclamación de la infalibilidad papal. Aquí estamos hablando de la prensa anti-católica que mantenía control alrededor del mundo. Cuando los medios habían identificado a algún obispo que se opusiera a una definición dogmática, lanzaban una campaña en su favor. Esta minoría de opositores era naturalmente exagerada por los medios. De repente, explica el Cardenal Manning; “todo el mundo se paraba para conocerlos. Gobiernos, políticos, periódicos, cismáticos, herejes, infieles, judíos, revolucionarios, como con un mismo certero instinto, se unían para elogiar y exponer la virtud, el conocimiento, la ciencia, la elocuencia, la nobleza, el heroísmo de esta oposición internacional”. Con una repetición verdaderamente Homérica, ciertos epítetos eran vinculados con ciertos nombres. Todos los que estuvieran contra Roma, eran ensalzados; todos los que estuvieran a favor de Roma eran denigrados”26

El Cardenal Manning seguía cuidadosamente lo que la prensa internacional reportaba sobre el Concilio. Cuando se le preguntó en Inglaterra ¿qué debería creerse de lo que se reportaba en los medios? decía: “Lea cuidadosamente la correspondencia de Roma que se publica en Inglaterra, crea lo opuesto y no estará lejos de la verdad”27  El Cardenal observó cuán bien preparada y organizada con anticipación estaba la campaña de medios en su ataque contra el Primer Concilio Vaticano. “Una liga de periódicos alimentados de un centro común, difundía esperanza y confianza en todos los países, de que la ciencia y la ilustración de la minoría salvaría a la Iglesia Católica de la pretensión inmoderada de Roma y de la ignorancia supersticiosa del episcopado universal."

Pero contra el Concilio Vaticano Primero – y en esto estriba la diferencia con el Segundo Concilio Vaticano – la campaña fracasó. Fracasó, dice Davies, porque Pío IX resistió como una roca inamovible, condenó los errores, y a todos aquéllos que pedían adaptar la verdad a los tiempos modernos, les respondía confirmando la claridad del concilio de Trento. A pesar de las profesías aciagas que (aun en esos tiempos) insinuaban que el dogma de la infalibilidad papal era nada menos que el último suspiro de a Iglesia, la autoridad pontificia emergió más fuerte y más vigorosa que nunca. El odio del mundo a la Iglesia quedó de manifesto, y al mismo tiempo, la naturaleza divina de la Esposa de Cristo se hizo manifiesta. Pío IX siguió el ejemplo de Cristo. La gran tempestad que le golpeó inmediatemente después del Concilio Vaticano Primero no fue otra cosa que la señal de su completa pertenencia a la Pasión de Cristo.

Muy diferente fue la suerte de los medios masivos en el Segundo Concilio Vaticano. El Padre Louis Bouyer (1913-2004) un liturgista convertido del luteranismo al catolicismo, no vaciló en afirmar: Si – como se decía – el Concilio había sido liberado de la tiranía de la Curia Romana, había sin embargo sido entregado a la dictadura de los periodistas y “particularmente a los más incompetentes e irresponsables de entre ellos” 29. Éstos casi en su totalidad fueron colaboradores de los Padres del Rhin y de los periti. Había palabras clave que los periodistas del Vaticano II utilizaban con una habilidad dramática: abriendo el diálogo con el mundo, las necesidades del mundo moderno, aggiornamento (puesta al día), pero sobre todo “el espíritu del Vaticano II”. Había, sin embargo, un lema, según Davies, que se volvió un artículo de fe: “opinión pública”. Es un hecho bien sabido que la opinión pública, que la prensa debería reflejar, es, por el contrario, hábilmente manipulada por la prensa, condicionando de esa manera su efecto en el público. Llegaron hasta a llamar la opinión pública “el magisterio moderno”, Pero no bastaba con eso. “La teoría de que Dios enseña a los obispos mediante el instrumento de la prensa liberal” fue difundida, con la aberrante conclusión de que “el periodista católico es el teólogo del presente” 30

La prensa creó su propio mito de los “héroes” conciliares tales como los cardenales Bea y Suenens o el teólogo Kung.31 Dividió a los padres conciliares en "los buenos” y "los malos”. Los buenos eran los progresistas, los malos los tradicionalistas. Los progresistas eran descritos como hombres buenos dotados de dones intelectuales sobrehumanos, envueltos en una luz romántica y cautivadora, llegando a llamar sus actos – por ejemplo cuando hablaban de ecumenismo – “sacramentales”. Sí, comenta Davies, cuando se discute el Vaticano II son “discusiones sacramentales”

Los padres conciliares conservadores eran vistos con suspicacia y descritos como hombres de la curia sin sesos. Monseñor Luigi Carli uno de los protagonistas de la resistencia conservadora era descrito como el hombre de la “voz patética”32 cuando hablaba en la sala conciliar en favor de la Primacía Petrina y contra la colegialidad de los obispos. Algunos periodistas como el corresponsal de Le Monde, Henri Fesquet, no tenía problema en pensar sus propias ideas mucho mejor que las de cualquier obispo que tuviera la temeridad de distanciarse del consenso prefabricado (por los periti y los medios masivos) que los Padres tenían que aceptar.

El papel de los medios en el Concilio fue el centro de numerosos discursos de Benedicto XVI, desde aquél famoso ante la Curia Romana del 22 de diciembre de 2013, el del 14 de febrero de 2013 al clero romano tres días después de anunciar su abdicación. Sostenía la tesis de un concilio virtual, impuesto por los medios de comunicación, que había traicionado al verdadero concilio, que quedó expresado en los documentos conclusivos de Vaticano II. Es a estos textos, distorsionados por una práctica abusiva post-conciliar, a los que debemos retornar para redescubrir la verdad del Concilio, Y, sin embargo, la renuncia de Benedicto al papado revela , en mi opinión, un reconocimiento del fracaso de esta línea hermenéutica.

De hecho, lo que es real en la era de la comunicación es lo que se comunica y la manera como se comunica. El concilio de los medios no fue menos real que el de los documentos, tanto así que podría sostenerse la tesis de que – de haber habido un concilio virtual –  fue precisamente el de los 16 documentos oficiales del Concilio que quedaron en los archivos de la Santa Sede, pero que nunca fueron absorbidos en una realidad histórica concreta. El problema de la relación entre la crisis de la fe y el Segundo Concilio Vaticano exige, en mi opinión, una respuesta no sólo a un nivel hermeneutico, sino principalmente a un nivel histórico. El problema no es la interpretación de los documentos del Concilio, sino el juzgar al Concilio como una realidad histórica. Y ésta es la valiosa contribución de Michael Davies.

El estátus de los documentos.

Después de 50 años, la larga, interminable diatriba hermenéutica con respecto a los textos producidos por el Concilio sustancialmente no ha llegado a nada. Michael Davies, en la trifulca general del post- concilio inmediato, entendió desde el principio que “nadie, no importa el rango que tenga, puede obligarnos a aceptar una interpretación de la enseñanza moral o doctrinal contenida en un documento conciliar que esté en conflicto con la enseñanza anterior de la Iglesia”33, Davies hace referencia a Newman, quien afirmó que cuando una forma nueva no es fiel a la idea que intenta expresar de una manera mejor, tal forma nueva constituye una evolución desleal y falsa.”llamada más correctamente corrupción”,  Citando a Belarmino, el Cardenal Newman recuerda que “todos los católicos y los herejes concuerdan en dos puntos:  primero, que para un papa es posible, aun como papa y con su propia asamblea de consejeros, errar en controversias particulares sobre hechos, que dependen principalmente de información y testimonio humanos...”34

El punto débil de los documentos para M. Davies es de hecho que no siempre dicen todo lo que deberían, y de esa manera dejan abierta la puerta para una interpretación modernista de los textos. También es cierto que muchos abusos propagados después del Concilio no tienen una contraparte directa en los documentos conciliares, pero “el Concilio no puede ser exonerado de su responsabilidad por tales abusos”.  Además “el hecho de que tengan aprobación del Vaticano – agrega Davies – de ninguna manera quita el hecho de que son abusos”.35  M. Davies reflexiona de manera especial sobre Sacrosanctum Concilium, observando que la Comisión encargada de su aplicación, la así llamada Consilium, estaba formada por progresistas, con la sorprendente adición de seis observadores protestantes. En otras palabras, obseva Davies, “Los liberales habían construido la Constitución Litúrgica como un arma con la cual iniciar una revolución, y los Padres Conciliares pusieron luego esta arma en manos de los mismos hombres que la habían fraguado,"36 quienes – como lo dijo el Arzobispo R.J. Dwyer – “eran hombres o bien sin escrúpulos o bien incompetentes”

Es un hecho que el Archidiácono Pawley había reconocido, que la reforma litúrgica del Concilio no sólo concordaba con la que había hecho Cramner [en el cisma anglicano] sino que de hecho fue más allá. Es útil citar al Cardenal Heenan una vez más: "Hay una cierta justicia poética – dijo él – en la humillación de la Iglesia Católica a manos de los anarquistas de la liturgia. Los católicos solían reírse de los anglicanos por dividirse en “high” y “low”... El antiguo alarde de que la misa es la misma en todas partes y que los católicos se contentan con cualquier sacerdote que la celebre, ya dejó de ser cierto. Cuando el 7 de diciembre de 1962 los obispos votaron abrumadoramente (1922 contra 11 votos) en favor del primer capítulo de la Constitución sobre la Liturgia, no se percataron de que estaban iniciando un proceso que habría de causar confusión y amargura en toda la Iglesia después del Concilio  39

Con respecto a Scrosanctum Concilium – aunque aplica a todos los documentos – el único consuelo, que indica que el Espíritu Santo no abandonó a la Iglesia, está en el hecho de que “esta promulgación sería de carácter disciplinario, no doctrinal, y como consecuencia no tocaría la infalibilidad de la Iglesia”40

Hacia el Sínodo que está por reanudarse: Gaudium et Spes, la señal de advertencia del colapso moral.

Leer la obra del Sr. Davies puede ayudarnos a entender la crisis presente. Nos hallamos ahora ante un Sínodo de Obispos sobre la Familia que parece estar poniendo la indisolubilidad del matrimonio en tela de duda y abriéndoles la puerta a parejas homosexuales. Si el Sr. Davies viviera todavía, quizás vería sus orígenes en el abandono del esquema sobre el Matrimonio y la Familia ocurrido en el Vaticano II, que fue sustituido por algunos pasajes ambiguos en Gaudium et Spes. El Sr. Davies identificó los peligros que acechaban con Gaudium et Spes, en la inversión de los fines del matrimonio. De hecho al poner el de la procreación después del del amor conyugal, se alteró toda la moralidad católica. Davies reseña la advertencia del Superior General de los Dominicos, el Cardenal Browne ― durante una sesión conciliar ― se levantó y dijo en voz muy alta; “¡Caveatis, caveatis! Si aceptamos esta definición estaremos yendo contra toda la tradición de la Iglesia y habremos de pervertir el significado completo del matrimonio” 41.

Si el fin primario del matrimonio no es la procreación, entonces tiene su expresión más alta en el amor conyugal ― pero el amor de los esposos proviene de un acto de la voluntad, y un acto de la voluntad puede decretar su fin. Si la moralidad no está basada en la naturaleza, sino en la persona, la relación de la pareja prevalece sobre el bien objetivo de la familia.  Si se establece la primacía de las relaciones interpersonales, este principio quedará condenado a extenderse a las relaciones extra-maritales y luego, de las relaciones heterosexuales a las homosexuales.

Según el Sr. Davies, la enemistad eterna agustiniana entre la Ciudad de Dios y la Ciudad del hombre parece estar extinta en Gaudium et Spes. “Aun cuando hay afirmaciones en Gaudium et Spes que insisten en que el Reino Celestial sigue siendo el objetivo principal de la Iglesia, está fuera de toda disputa el que el documento despliega una preocupación obsesiva y extendida por el Reino Terrenal. Si la cantidad de texto dedicado a aquél se compara con el dedicado a éste, el contraste es tanto sorprendente como deprimente. Está repleto del espíritu de Humanismo Integral y de Sillonismo” 42

El legado de Michael Davies.

Los enemigos en el Sínodo [de la Familia] son los mismos que en el Vaticano II; con un factor agravante, que  es ― cuando en el Concilio las fuerzas que lo empujaron estaban en cierta forma fuera de la Iglesia, ahora están adentro, en el sentido de que ― después de 50 años de devastación ― obispos y cardenales ni siquiera ocultan su admiración por Lutero o por la ideología comunista, presentada hoy en día en términos de Teología de Eco-liberación. La mayor parte de los medios masivos está en manos de los enemigos de la Iglesia y su influencia está grabada en la opinión pública de una manera cada vez más agresiva ― con respecto a los años del Vaticano II ― que, como lo dijo el Sr. Davies, ellos mismos han creado.

Sin embargo, ahora tenemos una ventaja, A saber: teniendo atrás la experiencia del Concilio, en el cual prevalecieron de cierta forma los enemigos de la Iglesia, porque la gente buena no estaba preparada, podemos y debemos organizar una resistencia que no vuelva a pescar a los buenos católicos por sorpresa. No olvidemos, como nos lo recuerda el Cardenal Newman, que “en la época del arrianismo fue la fidelidaad de los laicos la que salvó a la Iglesia”

Pienso que el Sr. Davies habría invitado a los católicos merecedores de este calificativo ― primero y sobre todo, a tomar las armas sobrenaturales ― siendo la más importante, ciertamente, la Misa Tradicional en Latín, el gran amor del Sr. Davies, por la cual, laudablemente, 'derramó ríos de tinta' movido por un santo celo, con el cual amó y adoró lo que el Padre Faber llamó “la cosa más bella de éste lado del Cielo”.

Los medios espirituales deben ser el espíritu de los medios naturales. Éstos pueden consistir en el uso correcto y adecuado de los medios masivos (que los enemigos utilizan para servir al mundo y a su Príncipe) para defender los valores tradicionales. Debemos crear “pequeños fuertes de resistencia” para defender la Tradición y la doctrina inalterable de la Iglesia; debemos estudiar bien los límites de obediencia al Papa y al Magisterio “fluido” que nos presenta éste todos los días, siguiendo firmemente sobre esta cuestión, lo que nos enseña el gran cardenal inglés John Henry Newman, a quien el Sr. Davies admiraba, como admiraba también al Cardenal Manning 43. Sé que fue objeto de críticas por su admiración por Newman, considerado liberal por algunos tradicionalistas. La ortodoxia anti-liberal de Newman fue, sin embargo, confirmada no sólo por el Papa León XIII, quien lo hizo cardenal, sino también por San Pío X en su breve papal al obispo de Limerick del 10 de marzo de 1908. En lo que a mí toca, si yo hubiera vivido en tiempos del Concilio Vaticano I, me habría puesto del lado de Manning contra el de Newman. Pero como vivo en tiempos del Vaticano II, creo que el Cardenal Newman, en sus libros, principalmente en el dedicado a los Arrianos del siglo IV, nos ofrece armas mejores que las de Manning para combatir a los modernistas que se han apoderado del manejo de la Iglesia.

Davies atribuye parte del desastre conciliar también a una falsa obediencia que muchos católicos creen deberle al Papa. Von Hildebrand afirma que, considerar inspirada por Dios toda decisión papal, y de esa manera no sujetarla a crítica alguna, plantea problemas insolubles ante los fieles en relación con la historia de la Iglesia” 44. El propio Cardenal Manning ― uno de los cardenales más ultramontanos en el Vaticano I ― dijo: “La infalibilidad no es una cualidad inherente a ninguna persona, sino una asistencia ligada a un cargo” 45 El Primer Concilio Vaticano no enseña que el carisma de la inflibilidad está siempre presente en el Vicario de Cristo, sino que simplemente no está ausente en el ejercicio de su cargo en su forma suprema, o sea, cuando el Soberano Pontífice enseña como Pastor Universal, ex cathedra, en cuestiones de fe y de moral. 46

El sínodo que está por llegar tendrá como tema la familia y todos los problemas relacionados con ella ― los que el Sr. Davies previó como consecuencia directa de Gaudium et Spes, documento en el cual se invirtieron los fines del matrimonio y se omitió una condenación clara de la contra-concepción ― en particular el divorcio y la posible comunión para los divorciados vueltos a casar. En este caso, el caso del divorcio, la Inglaterra católica está al frente y sólida en su historia de mártires. Hace quinientos años, fue un divorcio lo que causó el Cisma Anglicano. Sabemos cómo era la defección entre los miembros del clero y entre el pueblo, la cual debe ser deplorada, pero también sabemos del testimonio heróico de muchos mártires, a quienes todavía seguimos venerando, quienes oponiéndose a ese divorcio, lo pagaron con sus vidas. Ciertemente no es coincidencia que en la confusión doctrinal y moral de esa época, el primer grupo consistente en alzar la voz vino de Inglaterra. Aquí la sangre de los grandes mártires del siglo 16 ― tales como el Obispo John Fisher y Thomas More ― siguen atestiguando que el marimonio es de derecho divino y nadie, ni siquiera “la Iglesia tiene poder alguno sobre él” (Cardenal Joseph Ratzinger)

Y si esta voz sigue sin ser escuchada, debe recordarse lo que Michael Davies escribió en 1977: “nadie, cualquiera que sea su rango, puede obligarnos a aceptar una interpretación de la enseñanza doctrinal y moral contenida en un documento conciliar que esté en conflicto con la enseñanza anterior de la Iglesia”

Si llegara a imponerse en el próximo sínodo una dirección contraria a la enseñanza tradicional de la Iglesia, deberemos mantenernos fieles a la doctrina inmutable de la Iglesia, teniendo presentes las palabras de Santo Tomás Moro: “Si tengo a todos los obispos contra mí, tengo conmigo a todos los santos y doctores de la iglesia.”



Notas:
[1] Romano Amerio, Iota unum, Ricciardi, Milano-Napoli 1985, traducida a seis idiomas.
2 Mons. Brunero Gherardini, Vatican II Una Discusión muy Necesaria, Casa Mariana, Frigento 2009; Un Concilio mancato,(Un Concilio que Fracasó) Lindau, Torino 2011; Vaticano II, alla radice di un equivoco, (Vatican II, Las Raíces de una Falsa Interpretación) Lindau, Turin 2012.
3 The Second Vatican Council, An Unwritten Story (El Concilio Vaticano II, Una Historia no Escrita), Lindau, Turin 2011.
4 Pope John’s Council (El Concilio del Papa Juan), Augustine Publishing Company, Chawleigh, Chulmleigh (Devon) 1977.
5 The Second Vatican Council and Religious Liberty (El Concilio Vaticano II y la Libertad Religiosa) The Neumann Press, Long Prairie (Minnesota) 1992.
6 H. Manning, Petri Privilegium, Three Pastoral Letters to the Clergy of the Diocese (Tres Cartas Pastorales al Clero de la Diócesis), III, Londres 1871, p. 24, citado en Pope John’s Council, p. 3.
7 Ralph M. Wiltgen, The Rhine flows into the Tiber (el Rhin Desemboca en el Tíber), Hawthorn Books, London 1967.
8 Paolo Pasqualucci, Il Concilio parallelo. L’inizio anomalo del Vaticano II, (El Concilio Paralelo. El Anómalo Inicio del Vaticano II) Fede e Cultura, Verona 2014,
9 Pope John’s Council, p. 45.
10 Bishop W. Adrian, of Nashville (Tennessee), The Wanderer, 1 August and 8 August 1969, citado en Pope John’s Council, p. 44.
11J. Heenan, A Crown of Thorns (Una Corona de Espinas), Londres 1974, p. 354, citada en Pope John’s Council, p. 11.
12 Ralph M. Wiltgen, The Rhine Flows into the Tiber, p. 82, citada en Pope John’s Council, p. 34.
13 Pope John’s Council, pp. 52-78.
14 [1] J. Heenan, A Crown of Thorns, p. 339.
15 M. Davies le dedicó un capítulo entero a este espinoso y controversial tema en su libro, Pope John’s Council, con el titulo “Viraje hacia la Izquierda” (pp.139-157)
16 Ivi, p. 153.
17 Jacques Maritain, Humanisme intégral. Problèmes temporels et spirituels d’une nouvelle chrétienté (Humanismo Integral, Problemas Temporales y Espirituales de una Nueva Cristiandad), Aubier-Montaigne, Paris 1936, ora en Jacques e Raissa Maritain, Oeuvres complètes, Editions Universitaires, Fribourg 1984, vol. VI, pp. 293-642..
18 Pope John’s Council, p. 178.
19 Ivi, p. 179.
20 H. Le Caron, Le Courrier de Rome, 15 October 1975, citado en Pope John’s Council, p. 181.
21 Henri Fesquet, Le Journal du Council, H. Morel 1964, pp. 517-518, citado en Pope John’s Council, p. 56.
22 Religious Liberty, p. 174.
23 Religious Liberty, p.185.
24 Pope John’s Council, p. 264.
25 L.-J.Suenens, La Croix, 6 April 1965, citado en Pope John’s Council, p. 91.
26 Cf Pope John’s Council, App. IV, pp. 270ss.
27 Ivi, p. 273.
28 Ivi, p. 212.
29 J. H. Newman, The Development of Christian Doctrine (El Desarrollo de la Doctrina Cristiana)  Londres 1974, Ch. II, Sec. II., p. 11, citado en Pope John’s Council, p. 212.
30 Pope John’s Council, p. 214.
31Ivi, p. 226.
32 R. J. Dwyer, The Tidings, 9 July 1971, citado en Pope John’s Council, p. 226.
33 Cf Pope John’s Council, p. 242.
34 J. Heenan, A Crown of Thorns, p. 367, citado en Pope John’s Council, p. 243.
35 X. Rynne, The Second Session (La Segunda Sesión), London 1964, p . 297, citado en Pope John’s Council, p. 227.
36 M. Lefebvre, Un Eveque Parle (Un Obispo Habla), Parigi 1974, pp. 155-156, citado en Pope John’s Council, p. 67.
37 Pope John’s Council, p. 186.
38 Lead Kindly Light: The Life of John Henry Newman ((Guíame Luz Amable, La Vida del Cardenal Newman) Neumann Press, 2001
39 Ivi, p. 174.
40 H. Manning, The True Story of the Vatican Council (La Verdadera Historia del Concilio Vaticano) Londres 1877, p. 179, citado en Pope John’s Council, p. 175.
41 Cf Pope John’s Council, pp. 175-176.
42 Pope John’s Council, p. 186.
43 Lead Kindly Light: The Life of John Henry Newman  Neumann Press, 2001
44 Ivi, p. 174.
45 H. Manning, The True Story of the Vatican Council, London 1877, p. 179, citado en Pope John’s Council, p. 175.
46 Cf Pope John’s Council, pp. 175-176.

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