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domingo, 9 de julio de 2017

El Pensamiento Anti-democrático de Erik, Ritter Von Kuehnelt Leddihn y del Barón Giulio Cesare Evola
Por Alexander Jacob, Ph.D.
Tomado de: http://traditionalbritain.org/journal/the-anti-democratic-thought-of-erik-ritter-von-kuehnelt-leddihn-and-barone-giulio-cesare-evola/
Traducido del inglés por Roberto Hope


Parte segunda – Barón Giulio Cesare Evola

Los principios políticos del noble siciliano Julius Evola (1898-1974) han Estado algo eclipsados por su interés “tradicionalista” en sistems esotéricos tales como el hermeticismo, el zen budismo, y el yoga. La gente tiene la idea general de que él simpatizaba tanto con el movimiento fascista italiano como con el nacional-socialista alemán, pero una lectura más cuidadosa de sus últimas obras, en especial su principal obra política Los Hombres y las Ruinas (cuya versión inglesa fue traducida del italiano por Guido Stucco y publicada por Inner Traditions, Rochester, Vermont en 2002) revelará que estaba más cercan a la ideología fascista, en especial de la manera como era representada por el filósofo Giovanni Gentile, que de los pensadores racistas del Reich Nacional Socialista como Alfred Rosenberg y Walther Darré.

Más contundentemente que Kuehnelt-Leddin, Evola identifica a la burguesía como la fuente de los problemas del mundo moderno ya que es la principal representante de las doctrinas del liberalismo basadas en la primacía del individuo. El liberalismo es una filosofía materialista y utilitaria en cuanto a que toma en consideración sólo las necesidades materiales de los individuos que constituyen la sociedad. Sus fingidas campañas de libertad son contradecidas por el hecho de que el capitalismo explotador es una consecuencia natural del materialismo burgués.

El punto de inflexión fue el surgimiento de una concepción de la vida que,en vez de mantener las necesidades humanas dentro de los límites naturales a la luz de lo que es verdaderamente digno de esforzarse por procurar, adoptó como su ideal más alto un incremento y multiplicación artificial de las necesidades humanas y de los medios necesarios para satisfacerlas, en total desconsideración de la creciente esclavitud que esto inexorablemente habría de constituir para el individuo y la colectividad entera.

El individualismo fomentado por el liberalismo da como resultado una atomización y fragmentación de la sociedad a la que luego se le oponen formas de totalitarismo que son igualmente inadecuadas porque sólo le interesan las cuestiones meramente cuantitativas y económicas. El totalitarismo es, según Evola, un orden impuesto desde arriba sobre una masa informe. Marx estaba en lo correcto al atacar las burguesías pero erró seriamente al forzar al proletariado a servir de piedra angular de una sociedad utópica que está caracterizada por una estéril uniformidad.

El totalitarismo, con el fin de imponerse, forza la uniformidad. En último análisis, el totalitarismo descansa y se apoya en el mundo inorgánico de la cantidad, a lo cual ha llevado la desintegración individualista, y no en el mundo de la calidad y la personalidad.

De esa forma el totalitarismo destruye todo vestigio de desarrollo orgánico que los Estados burgueses anteriores pudieran haber retenido de su pasado aristócrata.

El totalitarismo, aunque reacciona contra el individualismo y el atomismo social, acarrea una terminación final de la devastación de lo que pudiera sobrevivir en una sociedad de su fase orgánica anterior: calidad, formas articuladas, castas y clases, los valores de personalidad libertad verdadera, osada y responsable iniciativa, y hechos heróicos.”

La exaltación del “trabajador” en los sistemas socialistas y colectivistas es también la universalización de la naturaleza esencialmente servil del pensamiento económico liberal. La solución de los problemas inherentes a todo ordenamiento burgués de la sociedad consiste en el desarrollo de la personalidad en lugar del individualismo entre la gente. Entre las naciones debe alentarse también la autarquía en lugar del internacionalismo del gobierno mundial.

Es mejor renunciar a la fascinación con el mejoramiento de las condiciones sociales y económicas y adoptar un régimen de austeridad, que esclavizarse a los intereses extranjeros o dejarse atrapar en procesos mundiales de imprudente hegemonía económica y productividad, que están destinados a barrer con aquéllos que los han puesto en marcha.

El control necesario de la economía sólo puede ser emprendido por el Estado. Los conflictos de clases en los que se enfocaba Marx deben corregirse por un sistema corporativo o un sistema de estamentos como el de la Edad Media.

El espíritu fundamental del corporativismo era el de una comunidad de trabajo y de solidaridad productiva, basado en los principios de competencia, cualificación y jerarquía natural, con un sistema general caracterizado por un estilo de impersonalidad, abnegación y dignidad activas.
De importancia fundamental en el sistema corporativo de la historia europea anterior es el hecho de que:

La usura de los activos líquidos “— el equivalente de lo que ahora es el empleo financiero y bancario del capital — era considerado como negocio de los judíos, alejado de lo que afectaría al sistema entero.”

En otras palabras, la usura judía, si era utilizada por los Estados, siempre era considerada como una peculiaridad de los marginados de la sociedad europea.

La solución de Evola para la injusticia social del capitalismo se enfoca en la eliminación de los parasitados capitalistas y la desproletización de los trabajadores.

Las condiciones básicas para la restauración de las condiciones normales son, por una parte, la desproletización del trabajador y por la otra la eliminación del peor tipo de capitalista,que es un receptor parasítico de ganancias y dividendos y que permanece alejado del proceso de producción.

A diferencia de Marx, que buscó convertir al proletariado en dueños y directores de compañías, Evola sostiene que la correcta erradicación de los males del capitalismo debe comenzar con el acotamiento por el Estado de la rampante motivación de lucro de las compañías y de sus directores. Todas las compañías deben por lo tanto ser en general responsables ante el Estado. Todos los asuntos económicos deben ser tratados por la cámara baja de los parlamentos, en tanto que la cámara alta debe ser la sola representante de la vida política de la nación. Éste cuerpo no puede ser uno electo sino debe ser designado — de por vida.

De hecho, esta cámara alta debe actuar como lo que Evola llama la elite gobernante u “Orden” de una nación. Le gustaría ver el núcleo de este Orden constituido por miembros de las antiguas aristocracias que siguen en pie... que son valiosos no sólo por el nombre que llevan, sino también por quiénes son, debido a su personalidad.” Auxiliando a este núcleo habría una clase de guerreros, que naturalmente no son lo mismo que soldados que son meramente empleados militares a paga. Los guerreros están gobernados por conceptos de honor y de lealtad a la nación, como recientemente se encontraba en los rangos militares prusianos, y la estricta subordinación de la clase mercantil a esta clase guerrera es una característica esencial de la doctrina política de Evola.
Pues el Estado es de hecho un fenómeno socio-político masculino en contraste con la sociedad, que es principalmente femenina. El Estado está formado por Männerbunde, o elites gobernantes masculinas:

Está definido a través de valores jerárquicos, heróicos, anti-hedonistas, y en cierto grado, hasta anti-eudemonistas que la separa del orden de la vida naturalista y vegetativa.
La razón de la posición exclusiva de los hombres para gobernar un Estado es:
Toda verdadera unidad política aparece como la materialización de una idea y de un poder, distinguiéndose de esa manera de toda forma de asociación naturalista o de “derecho natural”, y también de toda agregación societaria determinada por meros factores sociales, económicos, biológicos, utilitarios o eudemonísticos.

Este poder es en su origen sagrado, como lo era por ejemplo el concepto de imperium en el Imperio Romano, pues él expresa un orden trascendente, concepto que será familiar a los estudiosos del filósofo fascista Giovanni Gentile.

La democracia y el socialismo señalan un desvío peligroso, de la regla del Estado masculino a la de la sociedad femenina y del demos. Un Estado no es una 'nación' tampoco, ya que una nación es típicamente una tierra materna aun si en ocasiones se le llama patria en algunos países. Los romanos, los francos, al igual que los árabes que esparcieron el Islam, todos ellos estaban constituidos por Männerbunde en un principio, y sólo cuando degeneraron en democracias se hicieron 'naciones'

Ya que toda revolución conservadora necesita restaurar la primacía del ethos del guerrero, debe comenzar por oponerse al mercantil de la burguesía.

Esto también requeriría la formación de una nueva elite u Orden.

La tarea esencial que hay por delante exige formular una doctrina adecuada, sosteniendo  principios que han sido concienzudamente estudiados, y, partiendo de ellos dar vida a un Orden. Esta élite, diferenciándose en un plano que está definido en términos de virilidad espiritual, firmeza e impersonalidad, y en el cual toda vinculación naturalista pierda su poder y valor, será el portador de un nuevo principio de más alta autoridad y soberanía, será capaz de denunciar la subversión y la demagogia en cualquier forma en que aparezcan, y reversar el espiral de los cuadros de nivel más alto y la irresistible ascensión al poder de las masas. De esta élite, cual si fuera de una semilla, habrán de surgir un organismo político y una nación integrada, gozando de la misma dignidad de las naciones creadas por la gran tradición política europea. Cualquier cosa menos que esto no pasa de ser un embrollo, diletantismo, irrealismo, y oblicuidad.

Pasando por alto las normas de un Estado socialista, el Estado conservador orgánico debe ser uno 'heróico' que no se base en el núcleo familiar sino en el Männerbunde para producir los conductores del Estado. Estos hombres deben hasta abjurar de una vida de familia por una vida dedicada a la tarea de gobernar:

En lo que toca a un movimiento revolucionario-conservador, hay una necesidad de hombres que estén libres de estos sentimientos burgueses. Estos hombres, al adoptar una actitud de entrega militante y absoluta, deben estar prestos para todo y casi sentir que formar una familia es una 'traición', estos hombres deben vivir sine impedimentis, sin ataduras o límites a su libertad. En el pasado, existieron órdenes seculares en las que el celibato era la regla... la idea de una sociedad de guerreros” obviamente no puede ser el ideal petit bourgeois y provinciano de “hogar e hijos”; por el contrario, creo que en el campo personal debe reconocerse el derecho a un grado amplio de libertad sexual para estos hombres, contra el moralismo, el conformismo social y el heroísmo en pantuflas

El Estado orgánico conservador estará basado no en individuos sino en personas, cuya raison d'etre sea su personalidad y su más alto desarrollo. Esta realización de la personalidad de un individuo es equivalente a su libertad. La persona ”libre” está de hecho libre de las demandas de su naturaleza inferior y exige un completo auto-dominio. La persona más altamente desarrollada o diferenciada es la persona absoluta o conductor: La “persona absoluta” es obviamente, lo opuesto al individuo.

La unidad atómica, incualificada, socializada o estandarizada que corresponde al individuo está opuesta en la 'persona absoluta' por la real síntesis de las posibilidades fundamentales y por el completo control de los poderes inherentes en la idea de hombre (en el caso limitante), o de un hombre de una raza determinada (en un campo relativo, especializado, e histórico): o sea por una extrema individuación que corresponda a una des-individualización y a una cierta universalización de conceptos que corresponda a ella. Así pues, esta es la disposición requerida para materializar la autoridad pura, asumir el símbolo y el poder de la soberanía, o la forma de lo alto, específicamente el imperium.

A diferencia de Kuehnelt-Leddhin, quien defiende la monarquía hereditaria, Evola parece favorecer una dictadura iluminada o un dictador que pertenezca a un nuevo orden aristocrático de hombres.

El Estado formado por esta élite no sólo será orgánico sino también jerárquico y basado firmemente en el principio de autoridad. De hecho, este principio es el núcleo de todo Estado orgánico, que debe necesariamente crecer de un centro definido.

Un Estado es orgánico cuando tiene un centro, y este centro es un ideal que da forma a los diversos campos de la vida de una manera eficaz; es orgánico cuando desconoce la división y la autonomización de lo particular y cuando, en virtud de un sistema de participación jerárquica, toda parte dentro de su autonomía relativa desempeña su propia función y disfruta de una conexión íntima con el entero. En un Estado orgánico podemos hablar de un entero — específicamente, algo integral y espiritualmente unitario que se articula y se desenvuelve — más que una suma de elementos dentro de un agregado, caracterizado por un desordenado choque de intereses. Los Estados que se desarrollaron en las áreas geográficas de las grandes civilizaciones (hayan ellos sido imperios, monarquías, repúblicas aristocráticas o ciudades-Estado) en su cúspide fueron, casi sin excepción, de este tipo. Una idea central, un símbolo de la soberanía, un principio de autoridad positivo fue su fundamento y la fuerza que los animaba”

La base de toda autoridad es en sí misma una cualidad trascendente, como Gentile también insistía.

A la inversa, la perspectiva orgánica presupone algo 'trascendente' o 'de lo alto' como base de autoridad y comando, sin la cual no habría conecciones inmateriales y sustanciales de las partes con el centro; no habría un orden interno de libertades particulares; no habría la inmanencia de una ley general que guíe y sustente a la gente sin coercionarla; ni una disposición supra-individual de lo particular, sin la cual toda descentralización y articulación eventualmente impondría un peligro para la unidad del sistema entero.

Sólo un Estado orgánico puede absorber todas las múltiples diferencias y conflictos que pudieran existir dentro de un Estado.

Aun los contrastes y las antítesis tenían su parte en la economía del todo; pues no tenían el carácter de partes desordenadas, no cuestionaban la unidad sobre-ordenada del organismo, sino más bien actuaban como un factor dinámico y vivificante. Aun la 'oposición' del inicial sistema parlamentario inglés podía reflejar un significado similar (se llamaba 'la más leal oposición de Su Majestad'), aunque desapareció en el posterior régimen parlamentario regido por partidos.

El nacionalismo también debe ser evitado si es del tipo popular y no uno basado en el concepto de una nación espiritual:

En el primer caso, el nacionalismo tiene una función de aplanamiento y anti-aristocrática; es como el preludio para un aplanamiento más amplio, cuyo denominador común ya deja de ser la nación, sino más bien internacional. En el segundo caso, la idea de la nación puede servir de fundamento para una nueva restauración y una importante primera reacción contra la disolución internacionalista; sostiene el principio de la diferenciación que todavía necesita llevarse a término más adelante hacia una articulación y jerarquía entre cada pueblo individual.

Su visión de una Europa regenerada no es una de un imperio orgánico, sagrado, o imperium, centrado no en los 'conceptos de patria y nación (o grupo étnico)' que 'pertenecen a un plano naturalista o 'físico'' sino en 'un sentimiento de un orden más elevado, cualitativamente muy diferente del sentimiento nacionalista enraizado en otros estratos del ser humano.'

El esquema de un imperio en un sentido verdadero y orgánico (que debe distinguirse claramente de todo imperialismo, fenómeno que debe ser considerado como una deplorable extensión del nacionalismo) estuvo anteriormente demostrado en el mundo medieval europeo, que salvaguardaba los principios tanto de unidad como de multiplicidad. En este mundo, los Estados individuales tienen el carácter de unidades orgánicas parciales, gravitando alrededor de un unum quod non est pars (un uno que no es parte, para usar la expresión de Dante) — específicamente, un principio de unidad, autoridad y soberanía de una naturaleza diferente de aquélla que es propia de cada Estado particular. Pero el principio del imperio puede tener tal dignidad solamente trascendiendo la esfera política en un sentido estricto, fundándose y legitimándose con una idea, una tradición y un poder que también es espiritual.

Los principales obstáculos para la formación de una nueva Europa son la hegemonía cultural norteamericana, el yugo del gobierno democrático, y “la profunda crisis del principio de autoridad y la idea del Estado”. Pero aun cuando la tarea de unificar Europa pudiera ser una formidable, debe ser intentada, con la planeación y organización emprendida de arriba a abajo, por las nuevas 'Órdenes' élite de las diversas naciones que la constituyen.

En lo referente a los fundamentos religiosos de un Estado o Imperio, Evola es notablemente pesimista en su estimación del poder del Catolicismo para proveerlos, ya que lo considera excesivamente comprometido ahora con un camino democrático liberal que lo ha privado de su fuerza política tradicional. De hecho, considera al movimiento anti-gibelino o güelfo de la Edad Media como la propia fuente de la secularización del Estado moderno. Por consiguiente, sería mejor:

seguir un camino autónomo, abandonando a la Iglesia a su suerte, considerando su real incapacidad de dar una consagración oficial a una Derecha verdadera, grandiosa, tradicional y super-tradicional.

A pesar de su insensible tratamiento de la Iglesia Católica y de su potencial como base religiosa para un Estado conservador, Evola sí examina en mayor detalle los efectos subversivos de otra secta internacional, el Judaísmo, cuyas ambiciones políticas fueron expuestas en los llamados Protocolos de los Sabios de Sión (1903) los cuales, aun cuando no estén basados en hechos, sí representan una descripción de los objetivos totalitarios de los judíos. Como lo explica Evola:

El único punto importante y esencial es el siguiente: este escrito es parte de una colección de textos que de diferentes formas (mayor o menormente fantásticas y hasta de ficción) han expresado el sentimiento de que el desorden de los tiempos recientes no es accidental, ya que corresponde a un plan, cuyas fases e instrumentos fundamentales están descritos con exactitud en los Protocolos.

El principal mal que ha causado el designio de la judería internacional es su total economización de la vida moderna.

La economización de la vida, especialmente en el contexto de una industria que se desarrolla a expensas de la agricultura, y una riqueza que está concentrada en forma de capital líquido y finanzas, procede de un designio secreto. La falange de los 'economistas' modernos siguió este designio, igual como lo siguen aquéllos que difunden una literatura pervertida, atacan los valores éticos y se mofan de todo principio de autoridad.

No sólo el marxismo fue un instrumento útil de los judíos, sino también aquellas doctrinas biológicas y filosóficas que impulsaron el ateísmo, como lo fueron la biología evolucionaria de Darwin y el nihilismo de Nietsche. Los judíos además utilizan diversas tácticas de subversión, teniendo recurso a doctrinas falsificadas del llamado “tradicionalismo” y “neo-espiritualismo”
El contenido de este “tradicionalismo” consiste en hábitos, rutinas, residuos que subsisten y vestigios de lo que antes era, sin una real comprensión del mundo espiritual ni de lo que en ello no es meramente factual sino tiene un carácter de valor perenne.

Los efectos de estos varios movimientos subversivos sobre el individuo son:

Despojar a la personalidad humana de su soporte espiritual y de los valores tradicionales, sabiendo que cuando esto se logra, no es difícil convertir al hombre en un instrumento pasivo de las fuerzas e influencias directas del frente secreto

La manera más eficaz de combatir la subversión del judaísmo internacional o sionismo requiere que los nuevos guerreros aprendan a operar en un plano metafísico, manteniendo una 'lealtad incondicional a una idea' ya que ésa es la 'única protección posible contra la guerra oculta; en la que tal lealtad se queda corta y en la que se obedecen los objetivos contingentes de la 'política real', el frente de resistencia ya está minado,' como lo previene a aquéllos que deseen emprender una revolución conservadora o contra-revolución.

Ningún luchador o caudillo en el frente de la contra-subversión y de la Tradición puede ser considerado maduro y preparado para la tarea si no antes desarrolla la facultad de percibir este mundo de causas subterréneas, de manera que pueda enfrentar al enemigo en el terreno apropiado. Debemos recordar el mito de los Sabios de los Protocolos: comparados con ellos, los hombres que sólo ven hechos son como simples animales. Hay poca esperanza de que algo se salve cuando entre los dirigentes de un movimiento nuevo no hay hombres capaces de integrar la lucha material con un conocimiento secreto e inexorable, uno que no esté al servicio de las fuerzas obscuras sino que en vez de eso se coloque del lado del principio luminoso de la espiritualidad tradicional.

Vemos, por consiguiente, que a diferencia de Kuehnelt-Leddihn, Evola se enfoca en la burguesía como la fuente principal de la degeneración democrática de la Europa moderna, al igual que su tratamiento de las dimensiones 'ocultas' de la subversión en curso le ayuda a uno a concentrarse en la judería internacional como los agentes principales de subversión que deben ser combatidos en una contra-revolución. Desafortunadamente, Evola no pone mucha esperanza en una monarquía hereditaria ni en el catolicismo como los dos fundamentos de la sociedad Europea tradicional, sino que en lugar de ello busca construir un nuevo Orden caballeresco que produzca dirigentes fuertes e ilustrados para los estados europeos.

La falta de entusiasmo por el catolicismo en el tratamiento del Estado de Evola es, sin embargo, corregido por el análisis perceptivo de la diferencia entre catolicismo y protestantismo. En fuerte contraste con la actitud negativa de la Iglesia moderna, la relación de la historia política hecha por Kuehnelt-Leddihn pone un notable énfasis en la religión establecida, y especialmente en el catolicismo, en su formulación del estado conservador. Todo intento contemporáneo de devolverle a Europa su vitalidad natural pre-democrática puede, por lo tanto, tener que partir no solamente de las admoniciones de Evola acerca de los peligros de la burguesía mercantil o de la guerra subrepticia de los judíos contra las tradiciones aristocráticas europeas sino también de las revelaciones de los efectos deletéreos que el temperamento relativista y materialista del protestantismo ha tenido en la sociedad europea moderna.

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