Impide Fuentes Indeseables

lunes, 20 de noviembre de 2017

Descubriendo al Verdadero Cristóbal Colón


 Parte 1  



Por Solange Hertz (RIP)
(Artículo tomado de un capítulo de su libro On the Contrary)


Traducido del inglés por Roberto Hope


Retorno de la Leyenda Negra.
Este año de Nuestro Señor 1992, quinto centenario del descubrimiento de América por Cristóbal Colón, se tropieza con una Leyenda Negra demostrablemente renovada en vigor y propósito. Conforme se acerca el día del aniversario, la añeja hispanofobia, tan apreciada por los enemigos de Cristo Rey toma un nuevo atractivo. Ya el Jueves Santo del 28 de marzo de 1991, cediendo ante presiones sin precedente desde afuera de la Iglesia, Roma suspendió el proceso de beatificación de la Reina Isabel, que había comenzado en 1972 y estaba llegando a una conclusión favorable. Conforme los escritos difamatorios de Colón condenando el que haya abierto los continentes americanos a la despiadada explotación española, llegan a un crescendo en los medios, nuestro preciado 12 de octubre parece producir más controversia que celebración.


Desde muy al principio, los maestros de la desinformación pusieron su atención en excitar la indignación de los jóvenes. El número del pasado diciembre del Accuracy in Academia Campus Report (Reporte sobre los Recintos Universitarios de Accuracy in Academia) llevaba un artículo de portada sobre la condenación de Colón por estudiantes radicales intitulado: “Descubra el Legado de Colón: 500 años de racismo, opresión y terreno robado.” Ya el gobierno estudiantil de la Universidad de Illinois había proclamado el último aniversario del descubrimiento como “Día de Recordación del Genocidio de la Gente de Color,” que, declaraba, "marcó el inicio de la esclavitud, el Colonialismo y otras manifestaciones de la Supremacía Blanca." Indios nativos americanos, judíos, musulmanes y hasta asiáticos han sido ahora inspirados a unirse a las filas de aquéllos que vociferan sus protestas contra la transgresión colombina de sus derechos, pasados o futuros, reales o imaginarios.


La pandilla entera parece haber encontrado un vocero en Kirkpatrick Sale, autor del popular y malicioso libro The Conquest of Paradise: Christopher Columbus and the Columbian Legacy (La Conquista del Paraíso: Cristóbal Colón y el Legado Colombino). Por lo menos da muchas citas, muy a propósito. El diario Houston Chronicle lo reporta informando a una reunión de profesores, que "el explorador fue un marinero descuidado y cruel con su tripulación. El viaje de Colón al Nuevo Mundo expandió el colonialismo europeo, la esclavitud, el capitalismo y la degradación ecológica, entre otras cosas." [1] Debe haber habido muchas otras cosas, pues el Consejo Nacional de Iglesias aprobó una resolución calificando la llegada de Colón como una invasión a ser conmemorada con duelo más que celebración.


El encabezado de un artículo por Hans Koning, autor de Columbus: His Enterprise (Colón: su Empresa), en el diario Long Island Newsday, va más lejos preguntando "¿Merece Colón un Día? El hombre fue un tirano cruel, codicioso, que llevó al suicidio masivo a los amigables indios". ¡Vaya! Según Koning, el Descubridor "mandó ahorcar a jefes indios y a asarlos a fuego lento para quebrar toda resistencia contra las fuerzas que recogían polvo de oro en los arroyos.. Hombres, mujeres y niños en la Hispaniola de Colón (hoy Haití y República Dominicana) fueron cortados en pedazos y los trozos vendidos en puestos a los soldados españoles para que alimentaran a sus perros, siendo considerada una buena política militar el dar a esos perros el gusto por los indios." [2] Hasta los católicos están comenzando a creerse estos cuentos.


Antes de que termine el año quizás sean acusados los españoles de retrasar los transplantes de órganos 500 años por interferir con la práctica de los aztecas de arrancar los corazones de donantes vivos. ¡Qué pérdida tan irreparable el que estas técnicas tan antiguas, parte del gran legado americano, no hayan sido transmitidas a la posteridad! En un artículo de antecedentes intitulado “Conmemorando 500 años de Cristianismo en las Américas," publicado por los obispos norteamericanos, leemos que "la historia ha sido estropeada por intolerancia, intransigencia, insensibilidad y crueldad... Por esos males, la Iglesia busca el perdón y la reconciliación ... Nuestra más antigua historia enseña que la evangelización nunca debe volver a estar ligada a una conquista ... Esta conmemoración del quinto centenario presenta al Cristianismo una ocasión para una reevaluación profunda de la misión de la Iglesia en el mundo."


El verdadero objetivo.
No es de sorprenderse que el artículo de los obispos termine con una cita de Hegel, algo acerca de que el buho de Minerva vuela solamente a la caída del sol, 'al término de una era'. Y ciertamente, ahora por fin el objetivo de la leyenda negra llega a la vista por completo: Esos estereotípicos personajes de la historia según Hollywood, los codiciosos frailes, el lascivo Papa Borgia, el desdeñoso Felipe II vestido de negro y plata, siguen frecuentando las cámaras de tortura de la inquisición y alardeando de los autos de fe, pero ahora se nos dice que eso no era otra cosa que la punta del iceberg. La batalla entre los anglosajones protestantes blancos, decentes, adustos, amantes de la libertad, de pelo corto, y los papistas latinos, emplumados, libertinos, de pelo largo, conducida con tanto ardor por ya dos siglos en los libros de texto, en las novelas baratas y en los escenarios del cine, ha abierto el paso a un conflicto mayor.


De repente, el villano de la Leyenda Negra ya no es sólo el español; en 1992, contra el telón de fondo de todo el solve et coagula [3] — que ahora está, por cierto, estableciendo un nuevo gobierno secularista mundial, surge el verdadero villano. Es el conjunto de la creyente, multiplicante, civilización católica, la civilización de la cual la española no fue más que la representante elegida y la punta de lanza en el nuevo mundo. En otras palabras, el objetivo de la Leyenda Negra es, fue, y sólo puede ser, la Cristiandad Católica, de cuyos ‘errores’ los obispos norteamericanos están ahora pidiendo perdón humildemente.


Informada por la vitalidad sobrenatural que le fue comunicada por la Iglesia, la Cristiandad sola produjo la civilización europea y la nutrió durante mil años. En la persona de Cristóbal Colón, la Cristiandad descubrió, es más, conquistó América para Cristo. Su sistema político ha sido desmantelado por la democracia, su vida económica envenenada por la usura, y su vida moral debilitada por el humanismo, pero la Cristiandad Católica sigue viviendo y respirando. Su cuerpo flácido, lacerado, todavía tiene que ser tomado en cuenta pues, débil como está, es, hablando humanamente, lo único que todavía es capaz de entorpecer la victoria final del Novus Ordo Seclorum. La ponzoña provocada por la memoria de Cristóbal Colón lo prueba.


Este nuevo orden de los siglos, que primero echó raíces en el continente con el establecimiento de los Estados Unidos, ahora comanda satélites en todo el mundo, aun en países comunistas. El utopianismo judeo-masónico no puede soportar siquiera un recuerdo del antiguo orden de los siglos, que es el de Dios y de Cristo Rey, y menos aún conmemorarlo. El pecado imperdonable de Cristóbal Colón no fue el racismo ni la codicia del oro, como lo arguyen sus detractores. Como al español, se le declara culpable de ser un hijo leal de la Iglesia Católica, cuya causa era la suya propia. No puede perdonársele el que haya reclamado a todo un nuevo continente en nombre de Cristo Rey y plantado la Fe en sus playas trescientos años antes de que la nueva república hecha por el hombre pudiera siquiera alcanzarlas.


A su iniciativa, con la ayuda de la Beata reina española, Isabel — llamada la Católica para su honor eterno — a la conspiración utópica llamada Reforma Protestante le fue arrebatada la victoria que creía asegurada en Europa. El dominio de Cristo Rey sobre este mundo, que sus adversarios esperaban que pronto menguara hasta extinguirse, de repente se extendió más allá de todo cálculo natural. Gracias a los entusiastas españoles que sucedieron a Colón atravesando el mar, los millones de almas que se perdieron en favor del protestantismo en Europa más que se repusieron por otros millones que se convirtieron a la fe en las Américas. Hoy en día, más de la mitad de los católicos del mundo se encuentran ahí.


Grandes porciones de Europa también fueron salvadas, pues las riquezas de América hicieron posible a España poner recursos militares y políticos sin precedente al servicio de la Cristiandad. El oro americano no solamente financió la derrota del Islam en Lepanto, bajo la bandera de Nuestra Señora de Guadalupe, también proveyó de fondos para detener la difusión del protestantismo, conteniendo las ambiciones de Inglaterra y Holanda. Pudiera decirse que Colón e Isabel fueron la respuesta de Dios a la angustiosa plegaria de la Iglesia ante la floreciente Reforma.


La iglesia puso un hasta aquí
A estos dos salvadores de la Iglesia Militante, un tercero debe ser agregado: Rodrigo Borgia, otro español, quien, como Papa Alejandro VI, solemnemente ratificó los descubrimientos de Colón y formalmente extendió la soberanía de Cristo sobre el viejo mundo para incluir también al nuevo. Mediante tres bulas en mayo y septiembre de 1493, este pontífice trazó de norte a sur en el Atlántico la famosa Línea de Demarcación que dividía el nuevo hemisferio entre España y Portugal, confiando a perpetuidad su evangelización a los dos rivales.


La línea misma fue probablemente sugerida por Colón, pues es sustancialmente la línea que no tiene variación magnética, en la que su brújula señaló al norte geográfico por primera vez en la historia, estando en conjunción el polo magnético y la estrella del norte en ese punto. Debido a que había sido establecida por el Vicario de Cristo, el mismo Colón escrupulosamente la respetó en sus viajes posteriores. Sin embargo, otras naciones católicas pronto la vieron como un obstáculo importante para sus ambiciones, y las naciones protestantes, ansiosas de establecer a toda costa una cabeza de playa del otro lado del Atlántico, abiertamente se negaban a respetarla. La Bula Inter cetera fue modificada posteriormente pero nunca ha sido abrogada por autoridad apropiada alguna y supuestamente todavía rige.


“No nos sorprendería,” escribió el Arzobispo Kenrick de Baltimore, “que el derecho de dar, cual si fuera, una carta de autorización para el descubrimiento de tierras desconocidas, a una corporación nacional en una confederación cristiana, debe serle reconocido a aquél cuyo cargo le imponía el deber de esparcir el Evangelio por todas las naciones.”[4] El poder que ejerció Alejandro como cabeza suprema de la humanidad nunca ha sido definido formalmente por la Iglesia, pero se había reconocido universalmente, desde los tiempos más antiguos, que los Papas tenían el poder para disponer de tierras paganas, al igual que de reinos cristianos. El famoso mosaico del siglo VIII en la Basílica San Juan de Letrán, que muestra a San Pedro confiriendo con su mano derecha un palio al Papa León II y dándole al mismo tiempo con la izquierda un estandarte secular a Carlomagno, corroboraría lo anterior.


En su encíclica Il fermo proposito San Pío X llama a la Iglesia “guardiana y protectora de la sociedad cristiana. Ese hecho era reconocido y admitido en otros períodos de la historia; de hecho, constituía un fundamento sólido para la legislación civil... Qué excelente gobierno podría conseguirse y mantenerse en el mundo si uno pudiera ver en la práctica el ideal de la civilización cristiana! Sin embargo, admitiendo la batalla continua de la carne contra el espíritu, de la oscuridad contra la luz, de Satanás contra Dios, eso no se puede esperar, por lo menos en toda su plenitud. De ahí que se cometa pillaje en las conquistas pacíficas de la Iglesia.”


Impotentes para  hacer a un lado la Bula, estas fuerzas hostiles descargaron su furia contra su autor. Así como Colón e Isabel, Alejandro VI fue objeto de calumnia al grado de que hasta entre católicos, el mero nombre de Borgia se ha vuelto sinónimo de infamia. Esa es otra historia, como lo es la de Isabel, pero baste decir que las peores acusaciones contra la vida privada de Alejandro permanecen lejos de haber sido probadas, y no han faltado sus defensores.[5]


¿Colón qué? ¿Era griego?
No sabemos quién era Colón. Por ser un marinero hábil, descrito por sus contemporáneos como alto, rubio y de ojos azules, se le ha atribuido, entre otras, ancestría vikinga. Hay mayor evidencia, sin embargo, de que pudo haber sido un noble bizantino griego que halló refugio en Italia luego de la caída de Constantinopla ante los turcos en 1453. Posiblemente descendiente de los emperadores Paleologos, sería por consiguiente, según la tradición, de la línea de David, como nuestro Señor, los Gonzaga, y los monarcas verdaderamente cristianos. Aun cuando Colón sabía el griego, esta teoría es difícil de conciliar con su falta de familiaridad con la liturgia y las devociones populares griegas.


Un argumento más convincente sería su conocimiento de la geografía y las ciencias naturales, que era considerablemente mayor que lo que normaba en occidente. Su supuesta correspondencia con el famoso geógrafo de Florencia, Toscanelli, no le habría suministrado información útil sobre América. En su juventud, habría sido imbuido en la tradición del geógrafo del siglo II, Claudio Ptolomeo, quien no sólo sabía que la tierra era redonda, sino también sabía cómo viajar alrededor de ella. Las enseñanzas de Ptolomeo, cimentadas en Pitágoras y Aristóteles, nunca habían sido abandonadas en Bizancio. Tampoco las del gran Eratóstenes y de su seguidor, Strabo, quien en el siglo I DC declaró que era posible navegar desde España hasta las Indias, opinión en la que Colón se apoyaría fuertemente.


Estaba plenamente enterado de la tradición en el Este acerca del gran continente que yacía más allá de Gibraltar, que aparece en los escritos de Platón, Aristóteles, Theopompus, Diódoro, Pausanias y muchos otros. Su descubrimiento había sido previsto desde mucho tiempo antes, como se prueba en la profecía que Séneca incorporó en el segundo acto de su Medea: “En una época futura, llegará un día cuando el océano romperá las uniones de la naturaleza y una tierra majestuosa será revelada a los hombres. Y a ellos Tethys les revelará mundos nuevos, y ya Thule no será más el punto más lejano de las regiones habitadas.” Colón cita estas palabras en su famoso Libro de las Profecías, obra  que él compiló con la ayuda de Fray Gaspar de Gorricio de pasajes de la Escritura y de otras fuentes que él creía que predijeron su descubrimiento del nuevo mundo [7]. En una anotación a Medea, su hijo Fernando dice, “Esta profecía fue alcanzada por mi padre, el Almirante Cristóbal Colón en 1492.”


Ningún erudito hoy en día argüiría que Colón haya sido el primero en descubrir América, por divinamente inspirada que su misión hubiera sido. Su conocimiento de los antiguos por sí solo llevaría a Colón a desconocer esa idea, especialmente luego de que encontró reliquias europeas en la Isla de Guadalupe. Por cierto, se inclinaba por la noción que prevalecía en esa época, de que América era el continente en cuya tierra había estado ubicado el Jardín del Edén. Como Aristóteles y Teofrasto y sus sucesores, aceptó como históricas las crónicas de la antigua Atlantis citadas por Platón en su Critón y Timeo, que relata la derrota de los atlantianos por los atenienses y el gigantesco terremoto que duró día y medio y que hundió todo en el mar. Cuando Colón se hizo a la vela, sabía que la impenetrable extensión de algas llamada Mar de los Sargazos, ocasionada por el lodo y los bajíos con la turbulencia creada por el hundimiento de Atlantis, se habría reducido lo suficiente para entonces para permitir su paso por ella hacia el occidente.


Es improbable que él haya jamás tenido la intención de llegar a la India, pero sí es posible que haya considerado prudente ocultar su verdadero objetivo al público general. Los únicos bienes que llevaba consigo eran cuentas de vidrio baratas y tela teñida, de ninguna manera apropiadas para el variado comercio con la India. No se topó con América por accidente, y esperaba encontrar ahí nativos relativamente primitivos. Tampoco era el viaje previsto por el Almirante siquiera cercano a las 10,000 millas que habría tenido que recorrer para llegar a la India, sino apenas 3,500, aproximadamente la distancia entre las Islas Canarias y las Bahamas. La india no está mencionada en su capitulaciones finales con Isabel, que sólo especifica alguna tierra en el Atlántico, donde se lee: “....en todas las dichas tierras firmes e islas que, como dicho es, él descubriere o ganare en las dichas mares…”


O ¿era judío?
Si no griego, hay todavía más evidencia convincente de que Colón pudo haber sido de ascendencia judía. En una biografía del explorador publicada en 1939, el Profesor Salvador de Madariaga, miembro del Exeter College, fue de los primeros en explorar esta posibilidad a profundidad. Fue retomada nuevamente en 1973 por Simon Wiesenthal en La Vela de la Esperanza, La Misión Secreta de Cristóbal Colón. Estos autores argüían que Colón de hecho era un Marrano español que vivía en Italia, cuya misma firma delata una familiaridad con la cábala. Porque es sabido que aspiraba a usar la riqueza de América para liberar a Jerusalén del Islam, infieren que de hecho deseaba recobrar la Ciudad Santa para los judíos. Mucho se ha dicho del hecho de que Colón salió de España a “navegar el mar azul” en agosto de 1492, el mismo mes en que los judíos fueron expulsados de España, como si estuviese abandonando España por temor a la Inquisición.


Eso es pura especulación. Si de hecho Colón hubiese sido judío, habría sido uno converso, católico descendiente de judíos convertidos a la fe, de los que sumaban miles en la España de ese tiempo. Como tal, no habría tenido razón para temer la Inquisición o la expulsión. Esta opinión fue confirmada en 1967 por el padre Nazario Muria, agregado cultural de la embajada de Venezuela en Madrid, quien llevó a cabo una investigación de los orígenes de Colón. [8] Él creía que el nombre de pila de Colón era Juan y que realmente había nacido en Palma de Mallorca, pero que había huido de la isla cuando tenía 21 años para evadir una sentencia de muerte por haber tomado parte en una revuelta.


Al sopesar estas argumentaciones debe tenerse en cuenta que el antisemitismo dirigido a la ascendencia de una persona era virtualmente desconocido en los dominios de Isabel. Su propio confesor, Talavera, era de extracción judía, así como lo eran su secretario privado, Pulgar, el canciller de la casa real, Luis de Santángel, su tesorero general, Gabriel Sánchez, y casi todos sus consejeros privados. En el viaje a América que ella patrocinó iban dos doctores judíos y el intérprete oficial. Difícilmente un español hoy en día puede estar seguro de no tener sangre judía en parte alguna de sus ancestros. La razón por la que había tantos judíos en España es que habían sido muy bienvenidos a esas tierras. Desafortunadamente, conforme aumentaba su número, así también aumentaban las tensiones entre ellos y los cristianos, pero esto era una cuestión religiosa que nada tenía que ver con la raza.


Esa violencia que estalló en Valladolid an 1470, en Córdoba en 1474 y en Sevilla en 1478, que lamentablemente llevó a Isabel a decidir su expulsión como única manera de proteger a los propios judíos de la masacre. Decretó la pena de muerte para cualquiera que los dañara en su persona o en su propiedad, y se sabe que prorrogaba la fecha de la partida cuando especiales  circunstancias así lo ameritaban. Al  adoptar esta medida, Isabel estuvo muy atrás que otros monarcas cristianos. Los judíos ya habían sido expulsados de Inglaterra más de dos siglos antes, en 1290. Francia los había expulsado en 1306 y Alemania en 1348. La primera Inquisición no fue establecida en España, sino mucho tiempo antes en Francia, en 1233. Su ejemplo eventualmente fue seguido por todas las demás naciones cristianas, no sólo católicas, sino también protestantes.


La Inquisición papal que Isabel solicitó a Roma tenía jurisdicción solamente sobre los católicos. Jamás fue dirigida hacia los judíos como tales pues, a menos de que se declarasen católicos, el Tribunal carecía de autoridad para juzgarlos. Los que se profesaban mahometanos también estaban eximidos. Se imponía castigo solamente a aquéllos encontrados culpables de profesar falsamente la fe y que nunca habían tenido necesidad de hacerlo. Aun así, las ejecuciones que realmente se llevaron a cabo fueron relativamente pocas. William Thomas Walsh señala: “A la larga, la Inquisición Española demostró ser un organismo que salvó vidas, en el sentido de que evitaba más muertes que las que causaba. No solo se libró España de las terribles guerras religiosas que costaron cientos de miles de vidas en los países donde el protestantismo logró afianzarse, sino que también se libró del terror de las cacerías de brujas, que arrebató 100,000 víctimas en Alemania y 30,000 en Gran Bretaña.”


(Continuará)
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