Impide Fuentes Indeseables

lunes, 27 de noviembre de 2017

Descubriendo al Verdadero Cristóbal Colón

 Parte 2  



Por Solange Hertz (RIP)
(Artículo tomado de un capítulo de su libro On the Contrary)


Tomado de: https://www.tumblarhouse.com/lounge/column/discovering-columbus
Traducido del inglés por Roberto Hope


El explorador desconocido
Sean sus antecedentes los que hayan sido, Colón el hombre está todavía por descubrirse. No estamos ciertos siquiera de dónde yace enterrado. Tanto España como la República Dominicana dicen tener sus restos, y es posible que Cuba e Italia también posean algunos incompletos. La disputa empezó en 1506 en Valladolid, donde se dice que murió, y sigue hasta ahora. Se espera que un estudio reciente de la composición genética de unas muestras de hueso disponibles arroje alguna luz sobre la cuestión. Otro acertijo es la firma piramidal extraordinaria de 12 caracteres, si se deriva de la cábala o no.


Algunos historiadores, como Samuel Eliot Morison le han asignado significación religiosa a la firma. Una de las teorías más recientes propuesta por un ingeniero aeroespacial de nombre Arne Molander, es que indica el mapa de las tres islas del caribe donde primero desembarcó Colón. Todas estas cuestiones y muchas siguen sin respuesta.


Con relación a su origen, la mejor conjetura es negativa: no era italiano. A juzgar por su primer matrimonio con una dama de la aristocrática familia portuguesa Perestrellos, o por la facilidad con que se movía entre la nobleza de este mundo, es en primer lugar difícil de creer que haya sido el hijo de un pobre tejedor genovés. Además, si nació en Génova, no mostró una particular lealtad hacia esa ciudad, pues en 1476 de hecho peleó contra ella del lado portugués. Nunca escribió en italiano. Era competente en latín y hebreo así como en griego, pero su lengua vernácula preferida fue siempre el español, y usaba la forma española de su nombre, Cristóbal Colón, y no la forma italiana, Cristóforo Colombo.


Lo que no se sabe de él sigue excediendo lo que se sabe de cierto. De hecho, el grado anormal de ofuscación que lo envuelve sugiere que mucha de ella era así deliberadamente planeado, no sólo por sus enemigos, sino quizás alguna por él mismo, y luego por su hijo Fernando. Los motivos sólo pueden suponerse. Explorar a Colón es una incursión en un mundo lleno de enigmas, contradicciones, huecos y repentinas caídas al vacío. Quien pretenda conocer con certeza mucho más del descubridor de América por sólo eso demuestra su ignorancia. Luego de cinco siglos, Colón mismo sigue sin ser descubierto.   


¿Fue Colón un santo?
No sabemos cómo era Colón de aspecto. Aunque quedaron escritas varias descripciones de él, entre ellas una del famoso converso Fray Bartolomé de las Casas, quien lo acompañó en uno de sus viajes y después fue nombrado Consejero de Indias, no poseemos un retrato contemporáneo de él. Se produjeron muchos después de su muerte, pero entre éstos, en pocos tiene un parecido con algún otro.


El que se considera más auténtico es un grabado sobre madera que fue reproducido en Basilea en 1575, en una obra biográfica escrita por el Arzobispo de Nocera. Habiendo sido declarado por la Real Academia de Historia de Madrid en 1862 como la más antigua imagen que existe de Colón, se cree que fue copiada de un retrato original pintado después de su segundo viaje a América. Este grabado concuerda perfectamente con una descripción de Colón dada por el coadjutor con quien se alojó en Palacios: “El Almirante llegó a Castilla. Su vestido era de la misma orden como se vestían los monjes de San Francisco y de una forma algo semejante a los hábitos de la Orden y con el cordón de San Francisco alrededor de la cintura por devoción.” (Por “monjes” el coadjutor se estaba refiriendo a los frailes de la Observancia Estricta.)


Innecesario es decirlo, esta imagen de Colón como Terciario Franciscano es difícilmente la proyectada por sus detractores y aun por sus biógrafos normales. Sin embargo, el Colón revelado por aquéllos que lo conocieron personalmente se parece mucho al hombre reflejado en el grabado..Su hijo Fernando dice, “De las cosas religiosas era tan observante que de hecho, al pronunciar su oficio canónico completo, podría pensarse que era un religioso profeso y era un tal enemigo de los juramentos que jamás lo oí jurar, y cuando estaba más enojado, su reprimenda era decir “Te doy a Dios ¿por qué has dicho o hecho esto?” Y si algo escribía nunca comenzaba sin antes escribir estas palabras: 'Jesus cum Maria sit nobis in via'” (que Jesús con María nos acompañen en el camino.)


Las Casas escribió de él: “Era avispado y animado en su hablar ... convincente y grandilocuente en sus negocios; era moderadamente grave; afable con los extraños; dulce y de buen humor con los de casa... de conversación discreta y de esa manera diestro para ganarse la amabilidad de todos los que lo veían. Finalmente, su persona y sus venerables modales delataba una persona de alto estado, con autoridad y merecedor de toda reverencia; era sobrio y moderado en el comer, beber, vestir y calzar... En cuestiones de religión cristiana, sin duda era católico y de gran devoción...


Ayunaba de la manera más estricta cuando lo ordenaba la Iglesia... se confesaba con frecuencia y recibía la Comunión ... muy devoto de Nuestra Señora y del Padre Seráfico San Francisco: parecía estar muy agradecido con Dios por los beneficios recibidos a manos divinas, de modo que era casi un proverbio que pronunciaba cada hora, que Dios le había favorecido mucho, como a David. Cuando se le traía oro u objetos preciosos, entraba a su capilla y decía: “Agradezcamos al Señor que nos hizo lograr descubrir tanta riqueza.”


“Era el más celoso guardián del honor de Dios: ansioso de convertir a los pueblos y de ver la semilla y la fe de Jesucristo esparcirse por todas partes, y entretenía especialmente en la esperanza de que Dios lo haría merecedor de ayudarle a recuperar el Santo Sepulcro, y en esta devoción y la confianza que tenía en Dios le ayudaría en el descubrimiento de este mundo que había prometido, le regó a la Reina Isabel que gastara la riqueza ganada como resultado del descubrimiento en recuperar la tierra y la casa sagrada de jerusalén, lo cual la reina hizo.


La Propuesta Canonización
En su mayoría aun los católicos no están enterados de que en una época Roma estaba considerando seriamente la posibilidad de canonizar a Colón. El principal promotor de esta causa fue el Papa Pío IX, quien como joven sacerdote sirviendo como Delegado Apostólico en Chile, fue el primero de los Vicarios de Cristo que hayan puesto pie en el Nuevo Mundo. Estaba tan convencido de la misión divina de Colón, que como uno de sus primeros deberes de su pontificado ordenó la compilación de una biografía oficial, del cúmulo de fuentes católicas, que contrarrestara las caricaturas seculares del descubridor que prevalecían entonces. Su elección para este trabajo cayó en el Conde Antonio Roselly de Lorgues, un francés de ascendencia italiana que ya había hecho un inicio con La Croix dans les Deux Mondes.


Esta nueva biografía fue acogida con tal entusiasmo cuando se publicó en 1856, que para 1877 el autor fue designado formalmente postulante de la causa del Terciario Franciscano Cristóbal Colón mediante cartas patentes del Superior General Franciscano, Padre Bernardin. En esta capacidad, de Lorgues recibió 910 cartas públicas y 80 privadas, de Cardenales, Obispos, Metropolitanos, y Delegados Apostólicos de todo el mundo urgiendo el Postulatum, cartas depositadas posteriormente en los archivos Franciscanos en Roma. Un partidario ardiente fue el futuro Cardenal Pie de Poitiers, que por otra parte se le conoce por reprobar a Pio IX por su anterior liberalismo


En una Breve elogiando a de Lorgues, ese Papa habló de Colón como uno que, 'inflamado con su celo por la fe católica, se resolvió a descubrir un nuevo mundo emprendiendo la más osada de las navegaciones, no con el propósito de agregar nuevos territorios al Reino de España, sino para poner a nuevos pueblos bajo el reinado de Cristo’, en otras palabras, la Iglesia. La causa de la canonización cobró ímpetu, lo cual fue muy comentado entre sesiones del Primer Concilio Vaticano y mantenido ante el público por Civilta Catolica y toda la prensa católica.


Se Unen a la Batalla
Al paso de estos acontecimientos, sin embargo, se llevó a cabo, desafortunadamente, una campaña que asegurara que no llegaran a nada. Durante medio siglo se había lidiado una batalla entre las fuerzas de Cristo Rey, con el Papa y el Conde a su cabeza, y los del racionalismo humanista, encabezados por un ex-sacerdote Barnabita llamado Angelo Sanguineti. De Lorgues resueltamente mantenía que nadie que no creyera en lo sobrenatural puede comenzar a entender a Colón: “Que los librepensadores sean informados de que la superioridad de Cristóbal Colón fue principalmente el resultado de sus virtudes católicas. Juzgarlo conforme al espíritu del mundo, con las pretensiones y prejuicios de nuestra época, es tanto un error como una injusticia. Hemos por lo tanto presentado al Revelador del Globo como era verdaderamente, y no como lo pintan los biógrafos que son enemigos del mismo principio que hizo su grandeza y gloria” [10]


Hasta que de Lorgues escribió, aun en italia la única obra disponible al público en general había sido la vieja biografía escrita por Washington Irving y publicada en 1928, que había sido traducida, abreviada y adaptada por Sanguinetti, cuyas inclinaciones positivistas masónicas eran bien conocidas. Aun cuando Irving mismo era un erudito honesto y consciente, no era católico, y desafortunadamente sus investigaciones en España fueron llevadas a cabo con la ayuda de historiadores prejuiciados, como Don Martín Fernández de Navarrete. Leer a Irving y a de Lorgues junto es preguntarse en ciertas partes si están escribiendo del mismo hombre.


Difamación calculada
Críticos como Sanguineti fueron prontos para seguir la corriente de un ministro protestante llamado William Patterson, quien publicitó la idea de que Colón no era de personal importancia, dado que con el surgimiento del conocimiento científico, América habría de ser descubierta por alguien en el curso natural de los acontecimientos. Desechaban como fantasía la inspiración divina del descubrimiento, optando por desconsiderar cualquier evidencia en contrario. Por ejemplo, el académico de Yale, Edward Gaylord Bourne dejó anotaciones marginales que, a la luz de su propia experiencia náutica, discrepaban de las opiniones de Aeneas Sylvius, Pierre d'Aitly y Marco Polo, la mismas autoridades a quienes se les da el crédito de haberlo inspirado. En cuanto a la correspondencia con el Dr. Toscanelli, Bourne creía que las cartas podrían haber sido falsas expresamente para darle al viaje de Colón el carácter de un experimento científico razonado y la dignidad y el patrocinio de un gran sabio. [11]


La difamación sistemática del explorador fue dirigida particularmente a excluir la posibilidad de una inspiración sobrenatural. Aun durante su vida fue acusado de codicia, de traficar con carne humana, de vanagloria, malos manejos, felonía, sacrilegio y traición, así de furiosa fue la oposición contra él. La junta en Salamanca, ante la cual presentó su teoría aun lo habían sospechado de herejía. Tales acusaciones, sin embargo, siempre acababan evaporándose ante la evidencia. El cargo de esclavizar y explotar a los indios, tan popular con sus detractores modernos, radica mayormente en los pecados cometidos por quienes llegaron después que él. Él y sus parientes jamás tuvieron esclavos, En una ocasión, Colón hasta se rehusó la insistente petición de un cacique indio que querían que llevara a un representante de su corte de regreso con él a España.


Es cierto que siguió la práctica aceptada en su época de consentir la esclavización de prisioneros de guerra y de los rebeldes irreconciliables, en interés de la seguridad común. Aun así, cuando tres años después de la conquista llegaron por primera vez a España barcos cargados de indios, Isabel prohibió absolutamente su venta. Cuando Colón después de su tercer viaje les dio un indio como sirviente a cada uno de sus hombres, Isabel ordenó que los regresaran con un indignado '¿Quién autorizó a mi almirante a disponer de mis súbditos de esa manera?' Y ahí quedó el asunto en lo que a ella y a Colón concernía.


Inmoralidad retrospectiva
La calumnia que dañó irreparablemente su reputación nunca fue enunciada durante su vida, sino sólo 72 años después de su muerte. Esta fue su presunto amor con Beatriz Enríquez de Arana en Córdoba, entrañando la supuesta ilegitimidad de su segundo hijo, Fernando, dado a luz por ella. A pesar del hecho de que no se sabe de ningún contemporáneo suyo que haya jamás planteado esta cuestión, ni siquiera sus peores enemigos; esta supuesta falta de virtud probó ser al salaz chisme que capturó la atención pública. Fue aceptado sin cuestionarlo por Washington Irving, y lo han imitado casi todos los demás biógrafos, de Von Humboldt en adelante.


Como lo señaló de Lorgues, un affair de coeur en sí mismo no es un impedimento irremediable para respeto universal, ni por cierto para la canonización. Santos que erraron en esa dirección han sido posteriormente elevados a la santidad. En este caso, sin embargo, la incriminación es absolutamente falsa. Se contrapone con un historial impecable de castidad en un hombre expuesto a los peligros más grandes para esta virtud, virtud que aun sus contemporáneos más hostiles jamás le acusaron de infringir. Está basada casi enteramente en el hecho de que no se ha encontrado registro alguno de su matrimonio con ella, y que la redacción del testamento de Colón, que se refiere a Beatriz meramente como 'madre de Don Fernando, mi hijo', y que ordena a Diego, su hijo mayor por su difunta primera esposa, que vea que Beatriz 'pueda vivir apropiadamente como alguien a quien yo debo tanto, ya que esto pesa mucho en mi corazón. No es propio decir la razón aquí' A este último testamento añadió su firma acostumbrada: Christo-ferens, portador de Cristo.


Es significativo que este alegato hiciera su aparición una vez que se hubo extinguido la línea de descendencia masculina de Colón, y en un litigio. Colón había especificado que entre sus herederos no se reconociera descendiente ilegítimo alguno, y que en tal eventualidad, la sucesión pasara a la línea femenina. Por esta razón el hijo bastardo de Luis Colón trató de establecer su reclamo invocando la ilegitimidad de Fernando como precedente. Siendo incapaz de presentar un solo documento o un testigo confiable, perdió e caso. En 1792, otra demanda legal, de parte de Don Mariano Colón y Larriatequy, fue presentada contra el titular de la sucesión; pero aquí otra vez el juez, Don Pérez de Castro, calificó a la imputación de 'falsa, calumniosa y sin sustento.' poniendo fin al asunto, por lo menos en lo legal.


El historiador real Antonio Herrera escribió categóricamente de Colón, 'Se casó con Felipa Moniz de Perestrello' (a quien había conocido en la misa diaria en Lisboa), 'y de ella había tenido a Diego Colón. Después de la muerte de su primera esposa, se casó con una segunda, llamada Beatriz, de la ciudad de Córdoba, de quien tuvo a Fernando, un hidalgo virtuoso altamente letrado,' Lo mismo dicen con los hechos  otros historiadores. Hay además un escrito autógrafo de Colón dirigido a la Corte en el cual se lamenta de que debido a sus exploraciones 'dejó a su esposa y a sus hijos'


La simple explicación
Sin meterme a detalles, nótese que la ausencia de un registro de matrimonio nada prueba por sí mismo. Además, antes del Concilio de Trento no se exigía estrictamente, aun los matrimonios clandestinos ante un sacerdote se reconocían como válidos. En todo caso, una unión ilícita difícilmente habría sido tolerada por la familia de Beatriz, los orgullosos Arana, con quienes Colón siempre se mantuvo en los mejores términos. Uno de sus miembros, Pedro, marchó bajo su estandarte, y otro, Diego, fue gobernador de su colonia en Haití. Menos aún podía tal amorío haberse llevado bajo los ojos de Isabel en Córdoba, ciudad cuya moral ella mantenía bajo la vigilancia más estricta. Ni habría retenido al joven Fernando como paje de su propio hijo, el Príncipe Juan, de haber habido la menor sombra de duda acerca de su reputación.


El misterioso 'descargo de conciencia' de Colón al redactar su testamento fue explicado hace mucho tiempo por el conde Baldassare Colombo de Cuccaro, de la rama italiana de la familia. Buscando información de primera mano de la familia de Beatriz en 1590, encontró que Beatriz, forzada a criar sola a su hijo Fernando durante las forzosas ausencias de Colón, había tenido que hacerse cargo también de Diego. Además había gastado casi toda su pequeña fortuna cubriendo gastos de su primera expedición, por lo cual fue reembolsada sólo parcialmente a la muerte de Colón. [12] Esta es la deuda que pesaba sobre la conciencia de Colón y no irregularidad alguna en su relación con ella.


La razón de la frase 'no es propio decir la razón aquí' fue el hecho de que después de la muerte de Isabel, el Rey Fernando no mostró inclinación alguna por pagar la suma debida. Ni entonces ni después, los Cuccaro consideraron la noción de la ilegitimidad de Fernando, pero la falsedad no se dejó morir, especialmente en Italia, donde el sacerdote dominico Giustiani, que fue el primero en difundir el salterio políglota vernacular, la propagó asiduamente. Volvió a aparecer en un escrito dirigido a la Academia Real de Turín por el conde Galeani Napione, quien aparentemente de manera deliberada suprimió la evidencia de Cuccaro. Un sacerdote genovés de nombre Spotorno, quien instruyó al P. Sanguineti también hizo suya la historia.


Quizás el peor daño fue hecho por el sabio protestante Alejandro de Humboldt, quien le dió gran credibilidad al 'romance’ del descubridor excusándolo y realzándolo. Este hombre de ciencia también sostenía la noción de que Colón nunca supo lo que había descubierto, a pesar del propio testimonio escrito por Colón al efecto, de que había descubierto todo un nuevo mundo, y que otro océano yacía detrás de Panamá. La reputación de Humboldt era tal, sin embargo, que la mayoría de los estudiosos modernos aceptaron sus opiniones como un hecho, sin atreverse a cuestionarlas. De ahí en adelante fue meramente cuestión de decir las mismas mentiras con la suficiente frecuencia para establecerlas como verdad.


La causa frustrada
Cuando apareció la venenosa obra de Sanguineti, La Canonización de Cristóbal Colón, su protector, el Arzobispo Metropolitano de Génova, presunto lugar de nacimiento de Colón, les prohibió a los eclesiásticos discutir la cuestión bajo pena de suspensión, de manera que no se pudieron refutar las calumnias contenidas en el libro. Al mismo tiempo, una monumental edición definitiva, que canonizaba las mentiras acerca de Colón, fue publicada en Barcelona bajo la dirección de José María Asensio. Muchas de sus falsedades, aceptadas luego por historiadores americanos como Justin Winsor y Henry Harrise, han sido resucitadas para el quinto centenario.


Jurando aplastar a toda costa la canonización, Sanguineti luego se jactó: '¡Yo, con un soplido, reventé esa burbuja de jabón!' El primero de muchos que planteó ante el público secular, sin someterlo a la autoridad de la Iglesia, lo que  era un asunto puramente eclesiástico, demostró ser un verdadero precursor del torvo 'espíritu del Vaticano II'. Con la ayuda de dos masones, el parisino Macaya d'Avezac y el miembro de la Academia Española, César Fernández Duro, tuvo éxito en denigrar así a Colón en la prensa pública que la iglesia llegó a considerar prudente suspender los esfuerzos, como sucede ahora en el caso de Isabel.


Esto a pesar del hecho de que en general los fieles habían aceptado la santidad de Colón sin poner reparos. En los propios dientes de la oposición, el 16 de julio de 1892, el sucesor de Pío IX, León XIII declaró en una carta pontificia que Colón había en verdad actuado por la Iglesia: Columbus noster est. ¡Colón es nuestro! De conformidad con los propios deseos expresos de Colón, el Papa ordenó decir oraciones litúrgicas para dar gracias en honor de la Santísima Trinidad en la celebración del cuarto centenario del Descubrimiento. También ordenó dar 'Todos los honores posibles' al descubridor. Toda nación cristiana tomó parte en el reconocimiento universal de Colón, con la excepción de Francia, cuyo episcopado ya estaba bajo el poder de la masonería.


De ahí el mismo frío silencio que había rodeado a Melanie Calvet, de La Salette, gradualmente comenzó a rodear a Colón. Su causa languideció. Aun cuando de Lorgues, culpable cuando mucho de alguna exageración ocasional y de algunos errores honestos, vivió hasta los 92 años, y con el tiempo publicó ocho tomos de cuidadosa y documentada refutación, su obra fue descartada como “no histórica”. Cuando a la vuelta del siglo el historiador americano Richard Clarke indagó en Roma con relación a su libro Old and New Lights on Columbus (Viejas y Nuevas Luces sobre Colón), se le dijo: 'La Sagrada Congregación de los Ritos no puede tratar la causa de Cristóbal Colón hasta que los procesos diocesanos estén concluidos, y éstos hasta ahora no han sido iniciados.' Ahí quedó el asunto. Hoy en día, hasta al santo patrón de Colón, San Cristóbal ha desaparecido del calendario.


Con poca dificultad para hallar una explicación, el Conde de Lorgues escribió poco antes de su muerte en 1898: “La Providencia quiso que el más grande acontecimiento en la tierra, el descubrimiento del Nuevo Mundo, fuera llevado a efecto por un santo, y que después de casi tres siglos de desatención y error, en el pontificado del primer papa que hubiera cruzado el Atlántico, se haya por fin revelado a los ojos de las naciones cristianas el verdadero carácter del hombre criado para la obra más vasta del genio humano y de la divina misericordia. Pero en tanto la rehabilitación histórica ordenada por el inmortal Pío IX implicaba la glorificación del catolicismo, fue considerado insoportable para el orgullo de los librepensadores, a los enemigos de la Iglesia a los negadores de lo sobrenatural, que le niegan a terminantemente Dios el derecho de intervenir en los asuntos de aquí abajo'

(Continuará)
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