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miércoles, 28 de marzo de 2018

El Americanismo y el Colapso de la Iglesia en los Estados Unidos 

 Americanismo = Herejía 

Por el Dr. John Rao

Tomado de: http://www.traditionalcatholicpriest.com/
Traducido del inglés por Roberto Hope

 Parte IV 




Los dos Bandos Opuestos

Los portavoces Americanistas alenteron un número de contactos sensibles con no católicos, que aumentaron radicalmente la posibilidad de romper con la Iglesia. Rechazaban las peticiones de parroquias de lengua extranjera para inmigrantes y de una compartición étnica de obispados, independientemente del hecho de que una inmersión repentina en la cultura anglosajona pudiera significar también un ahogamiento en protestantismo. Algunos instaban a los católicos recién llegados a abandonar los centros urbanos para establecerse en el campo, donde el anti-romanismo reinaba. Muchos personajes Americanistas parecían avergonzarse de la idea de mantener un sistema escolar católico por separado, prefiriendo la educación estatal, suplida con instrucción religiosa. ¿Y qué de una exposición prolongada de los escolares, a profesoras que hayan sido educadas en un ambiente hostil hacia el catolicismo? Consideraban este problema una exageracíón.

Aun cuando nerviosos de una educación básica católica, soñaban con una universidad católica nacional, la actual Catholic University of America, que se hizo realidad durante los años 1880-90. Ésta era percibida por ellos como un instrumento para librarse del gueto, como un instrumento para alentar una contribución católica a la civilización americana en un espíritu de amistad. ¿Pero qué de la inclinación de la cultura nacional hacia la unanimidad, y de la probabilidad de que la “amistad” transformara a la intelectualidad católica en un grupo más de inconscientes aduladores de la línea de partido pluralista? ¿Y no había peligros en el llamado de los Americanistas a una colaboración católica y no católica en los sindicatos obreros?¿Podían los intereses de los trabajadores estar tan separados clínicamente de sus creencias personales, de manera que el ateísmo, protestantismo o catolicismo de un hombre no lo afectara de una manera significativa?

Los Americanistas, como ya fue observado, estaban mayormente motivados por su patriotismo a instar a establecer estos contactos y porque lo consideraban una necesidad práctica. Las entusiasmaba, tanto en lo público como en lo privado, su gratitud con los Estados Unidos por lo que sentían que los inmigrantes católicos habían ganado aquí. Trataban de demostrar a los católicos el aprovechamiento práctico que podían tener por la separación de Iglesia y Estado en los Estados Unidos Buscaban convencer a otros americanos de que una participación plena de los católicos en la vida nacional fortalecería aún mas a esta nación. Una vez que los Estados Unidos entraran en la competencia por adquirir colonias, muchos Americanistas se hicieron imperialistas fervientes. La Guerra Hispano Americana fue crucial para ellos, tanto como un medio de desplegar su patriotismo, como por la oportunidad que es daba de subrayar el valor de la contribución católica a la causa común.

¡Ay! Los Americanistas, como otros estadounidenses, fueron seducidos a confundir el verdadero patriotismo con la religión de la atomización, la democracia y el pluralismo. De la aceptación práctica y el uso de la singular experiencia americana en fueron conducidos a su glorificación como un bien superior en y por sí mismo. La adopción de la religión secular descrita en la sección anterior puede verse en declaraciones interminables y acciones simbólicas llevadas a cabo en los veinte años finales del siglo XIX. Está resumido de la mejor manera en una biografía del P. Isaac Hecker (1819-1888) fundador de los Paulistas, que se tratará más detalladamente más adelante.

Varios ejemplos bastarán para ilustrar my observación. Debido a que habían comenzado a ser atomizados en el sentido Puritano, los Americanistas con frecuencia no se alarmaban ante el prospecto de que se instara a los inmigrantes católicos a salirse de las ciudades. Veían a los Estados Unidos como un lugar en el cual los individuos ya no necesitaban los auxilios superficiales de sus antiguas comunidades católicas. Las culturas católicas más antiguas eran “débiles” y por lo tanto, comprensiblemente más dependientes de la autoridad, de directores espirituales, de milagros y de otras manifestaciones religiosas para mantener su espíritu. Eran de carácter “pasivo”. No es de sorprenderse que apreciaran las virtudes “pasivas” como lo obediencia, y que hubieran desarrollado tantas órdenes religiosas que se mantenían por votos perpetuos y métodos disciplinarios.

Ahora, sin embargo, América había creado el potencial para desarrollar individuos fuertes que podían ser “activos” en vez de “pasivos”, que fueran “ejecutores”, en vez de sirvientes obedientes. El Espíritu Santo se había volcado directamente en los auto-suficientes americanos de una manera que había querido hacer con los “pasivos” europeos. Por lo tanto, podían prescindir de ciertas ayudas autoritativas y visibles que otros pueblos católicos sí requerían. Como lo dijo un obispo americano en Lourdes, no ha habido apariciones de la Santísima Virgen María en los Estados Unidos porque los Americanos no las necesitan. Los Americanos católicos individuales podría sobrevivir más fructíferamente que aquéllos envueltos en el ambiente europeo medieval ricamente comunitario. Desafortunadamente, no entendía que estarían viviendo del menguante capital del pasado conforme se deshicieran de toda referencia a él.

De manera semejante, los Americanistas no estaben terriblemente temerosos de las escuelas estatales en los Estados Unidos porque suponían que las instituciones americanas estaban divinamente protegidas contra el error y el abuso. Más que ser productos de la necesidad, de la opción política y de la Constitución de los Estados Unidos, las libertades americanas y su separación Iglesia-Estado eran los más perfectos dones políticos y sociales que Dios hubiera dado al hombre. Eran magníficos por definición. Por lo tanto, nada que fuera guiado por ellos, como las escuelas estatales, podría jamás dañar al catolicismo.
Finalmente, el verdadero espíritu de los Americanistas está subrayado por el carácter de las declaraciones que hicieron acerca de la victoria de nuestro país en la guerra entre España y América. Los Americanistas mezclaron sus opiniones con el darwinismo social para expresar cuan natural fue en verdad esa victoria. Los pueblos latinos, argüían ellos, estaban sujetos a culturas decadentes y autoritarias. De ahí que aún tuvieran comportamiento pueril. América representaba una cultura superior, individualista anglosajona y su victoria dejaría libres a los habitantes del Caribe. Ciertamente, su victoria demostraba que el pendón de Dios y de la humanidad estaba en sus manos, América pronto habría de estar en un posición de poder esnseñar al mundo que la democracia, la separación de Estado e Iglesia y el rudo individualismo eran los mejores amigos del catolicismo,

Todos los elementos del Americnismo Puritano laicicizado están presentes en estas aseveraciones: atomización, desdén por Europa, y creencia en la misión divina de América. Desafortunadamente, la consecuencia de aceptar esta religión secular también comenzó a hacer su aparición: específicamente la minimización de la fe católica para hacerla encajar con un vago, insípido pluralismo fideísta. La insistencia en la superioridad de las virtudes “activas” como la del trabajo sobre las “pasivas” como la de la obediencia ya indican esta transformación. Así también lo indica la desatención del católico americano al arte y a la música. Asi también la voluntad de los Americanistas de presentarse en ceremonias en la Capilla de Harvard y en el monumento a Brigham Young en Utah. También el gesto de dar títulos dudosos como el de “La Religión Definitiva” a conferencias católicas por lo demás respetables ante el “Parlamento Mundial de Religiones”, que representa a todos, desde anglicanos hasta teosofistas y swamis.

Ninguno de estos acontecimientos fue pasado inadvertido por los opositores al Americanismo. Argumentaban que el Americanismo era, hasta cierto grado, simplemente un medio de adular el espíritu inaceptable de la vida americana. Los americanos no querían que lo sobrenatural interfiriera con sus vidas, insistían esos críticos, y los Americanistas estaban tratando de amoldarse a ellos declarando que sus intereses y aptitudes naturalistas eran motivaciones sobrenaturales de cualquier manera. El gobierno americano se había desarrollado de tal modo que había desterrado a la Iglesia de los asuntos políticos y sociales. Los laicistas ahora elogiaban este acontecimiento. Los Americanistas estaban tratando de congraciarse con esa gente, declarando la separación Iglesia – Estado como objetivo católico ideal. De hecho, lo que los Americanistas estaban diciendo era que las influencias protestante y de la Ilustración, como eran esas que habían construido los Estados Unidos, producen culturas superiores a las católicas. En lugar de menos autoridad y comunidad y manifestaciones sobrenaturales, argumentaban los anti-Americanistas, los Estados Unidos requerían de más de esto que lo que requerían otras naciones. La religión Americana sí proporcionaba algunas de las cosas que prometía, en particular beneficios materiales. Pero a menos que los Estados Unidos fueran permeados con lo sobrenatural, esta misma prosperidad expulsaría a Dios de la nación. Lo expulsaría no como un ateo lo desterraría, como una perversa superstición, sino como un ser sin consecuencias y superfluo que interfería con el consumo. Y lo haría bajo la envoltura de un lenguaje 

Tres cuestiones, más que cualesquier otras, llevó a la lucha entre los Americanistas y sus opositores a un punto crítico durante los años 1880s y 1890s, forzando a Roma a resolver el problema. Estas tres cuestiones fueron la Cuestión de los alemanes, el conflicto en la Catholic University y la publicación de la traducción francesa de la biografía del Padre Isaac Hecker escrita por el Padre Elliott.

La Cuestión de los alemanes entrañaba el debate sobre los esfuerzos de los católicos alemanes por proteger su identidad como grupo étnico. Se centraba alrededor de cuestiones de designación de obispos en los Estados Unidos con referencia a consideraciones étnicas, la factibilidad de parroquias de lengua extranjera y la cuestión de las escuelas católicas separadas. No enfrentaba a todos lo opositores del Americanismo desde el mismo lado de la barrera, ya que muchos anti-Americanistas sí creían en la necesidad, en última instancia, de una unidad de habla inglesa para este país. Lo que sí hizo eso, sin embargo, fue resaltar el poder de muchos de los portavoces Americanistas y demostrar la reverencia que le tenían a los Estados Unidos y a las instituciones americanas. Los alemanes se llegaron a amargar como resultado de este debate, tanto por lo que percibían que era una dominación irlandesa de la Iglesia y por la manera como algunos prelados Americanistas irlandeses parecían estar acusándolos de tener una mayor lealtad a Alemania que a los Estados Unidos. El hecho de que se hubieran llegado a hacer esfuerzos por el clero católico de llevar este conflicto de a iglesia a ser discutido ante el Congreso de los Estados Unidos era particularmente irritante. Muchos católicos alemanes se llegaron a convencer de que había tendencias heréticas y laicicistas que operaban tras bastidores y se dedicaron a exhibirlas a la luz pública.

Un segundo conflicto se centraba alrededor de la Catholic University. Desde antes de su nacimiento, la Catholic University había sido infestada de controversia que implicaba su propósito, su ubicación y su dirigencia. Un número de extranjeros habían sido contratados desde su inicio para trabajar como profesores en los Departamentos de Teología y de Filosofía. Muchos de los más directos entre ellos, incluyendo al P. Georges Périès, el P. Joseph Schroeder y Monseñor Joseph Pohle perciberon que la institución estaba siendo manipulada por una clique de Americanistas. El vigor con el cual atacaban las manifestaciones del espíritu Americanista las convirtieron en personae non grata en la Universidad. Con el tiempo acabaron siendo despedidos. Innecesario decirlo, asuntos personales tanto como cuestiones de substancia intervinieron en sus dificultades, pero eso está en la naturaleza del dilema humano. Una disputa Americanista / anti-Americanista estaba al fondo del problema. Al regresar a Europa, en revistas católicas francesas y alemanas, expusieron el carácter de aquéllo que  decían haber visto y oído en los Estados Unidos. Ellos también estaban convencidos de que se trataba de una sutil herejía.

Roma ya había concedido alguna credibilidad a las quejas de estos  hombres desde cuando todavía enseñaban en la Catholic University. León XIII había enviado un delegado apostólico a los Estados Unidos en 1893, el Arzobispo Satolli, quien había residido por un tiempo en el propio recinto universitario. Satolli llegó a compartir los temores

No obstante, la confrontación más importante que condujo a la intervención desde Roma surgió con la traducción hecha por el Abad Klein en 1897, de la biografía de Isaac Hecker escrita por el P. Elliott. El padre Hecker, fundador de los Paulistas, había sido partidario de “abrir las ventanas” hacia los Estados Unidos de una manera que recordaba a los Americanistas. Labradas en su lápida en la Iglesia de San Pablo Apóstol en Nueva York están sus propias palabras: “En la unión de la fe católica y la civilización americana... un futuro para la iglesia más luminoso que cualquier pasado”. El padre Klein, así como un número de “neo cristianos” renegados en Francia, sugería que el pluralismo y la separación Iglesia – Estado en América debería ser el modelo para los asuntos Europeos también. Esta universalización de lo que Roma reconocía ser una necesidad parroquial práctica en los Estados Unidos. Esta universalización de la cual los Americanistas también eran culpables, desató un debate serio tanto en el Viejo Mundo como en el Nuevo. Los exiliados de la Catholic University insistían que habían escuchado esta clase de argumentos todo el tiempo en los círculos académicos en los Estados Unidos. Los católicos germano-americanos lo entendían como un acompañamiento natural al anterior ataque contra su unidad étnica. Los proponentes del Americanismo parecían confirmar sospechas de sus intenciones viajando a dar conferencias en ultramar y comentando entre ellos el progreso de “El Movimiento”.

Sin embargo, los Americanistas negaban estar promoviendo el tipo de cosas que se hallaban en la biografía del P Hecker o en las declaraciones de los neo-cristianos. Insistían en que los europeos que los criticaban eran en realidad enemigos de los Estados Unidos. En cierto sentido, así era. Quienquiera que escriba o piense acerca del Americanismo inevitablemente tratará de analizarlo de una manera lógica. Debe organizar su análisis para llevarlo a cabo. Pero ya que uno de los aspectos esenciales del Americanismo es no tomar en serio las ideas y suponer que es simplemente apoyar un método práctico para alcanzar un bien, el Americanista, frecuentemente no ve la contradicción de la cual es culpable. Los Americanistas del Siglo XIX eran Católicos Romanos ortodoxos. Deseaban ser patriotas americanos. El patriotismo americano implicaba una adhesión incuestionable al Americanismo. Por lo tanto, trataban de ser católicos y Americanistas al mismo tiempo. Cuando se les explicaban las consecuencias lógicas de aceptar el Americanismo, reaccionaban de una manera típicamente Americanista: negaban la lógica. Ellos no tenían la intención de ser herejes. Por lo tanto, el Americanismo no podía ser una herejía, cuando proclamaba que los Estados Unidos eran el instrumento dado por Dios para la instrucción y el progreso del mundo. Además, los Americanistas estaban quizás en lo correcto al afirmar que sus enemigos eran enemigos de los Estados Unidos, pero sólo en el sentido en que los Estados Unidos y la religión Americanista se equiparan. He tratado de demostrar que esta equiparación no necesita tener lugar cuando existe una buena definición de patriotismo y de nación.


Roma encaraba un dilema desafortunado. El Americanismo era un error, pero parecía ser el caso de que sus proponentes no comprendían, ya sea el problema o el papel que jugaban en él. Entonces, Roma respondió de la única manera que parecía justa. Una carta, Testem benevolentiae fue enviada al Cardenal-Arzobispo de Baltimore en 1899, explicándole el peligro del Americanismo, absteniéndose de acusar a americano alguno de aceptar la doctrina, pero urgiéndoles a abandonarla si la hubieran aceptado. No fue esto suficiente para aplastar al monstruo.


(Continuará)

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