domingo, 9 de mayo de 2021

Judíos, Masones y Revolución Francesa

 Los Judíos, los Masones y la Revolución Francesa


Por Vladimir Moss


Traducido del Inglés por Roberto Hope


El 21 de enero de1793, el Rey Luis XVI de Francia fue guillotinado, Luego de la ejecución, un viejo de gran corpulencia y larga barba, que se había vuelto prominente asesinando sacerdotes durante las revueltas de septiembre, subió al cadalzo, empapó ambas manos en la sangre del rey, y la esparció entre la multitud, gritando: "¡Pueblo de Francia! Yo os bautizo en el nombre de Jacobo y de la Libertad" [1]

¿Quién sería ese Jacobo? Hay varias teorías. Algunos piensan que se trataba de Jacobo Molet, el jefe de los Templarios que había sido ejecutado por la Iglesia Católica. Otros piensan que se refiere a los masones del Rito Escocés, que apoyaban a los Jacobitas Estuardos. Otros piensan que se trataba de una referencia a la "lucha con Dios" del Patriarca Jacobo en Génesis 32. Otros piensan que "Jacobo" simplemente se refiere al judaísmo. ¿Fueron entonces los franceses así bautizados en el espíritu de la revolución judaica?

Para contestar esta pregunta, necesitamos retroceder un poco en el tiempo a los orígenes judíos y masónicos de la revolución.

Los judíos y la Revolución.

Fue la Revolución Francesa la que dio a los judíos la oportunidad de irrumpir en la primera línea de la política mundial, por primera vez desde la caída de Jerusalén en el año 70 D.C. Había unos 39,000 judíos en la Francia del 1789. La mayoría (la mitad según una estimación, nueve décimas según otra [2]) eran askenazi de lengua yidis que vivían en la Alsacia - Lorena, que Francia había adquirido en los términos del Tratado de Westfalia en 1648.

"Es importante," escribe Nesta Webster, "distinguir entre estas dos razas de judíos [los askenazi y los sefarditas] al tratar la cuestón de la emancipación judía en la época de la Revolución. Pues en tanto que los sefarditas habían demostrado ser buenos ciudadanos y, por consiguiente, no eran sujetos de persecución, los askenazi, que por su usura extorsionante y sus opresiones se habían hecho detestar por el pueblo de manera que se impusieron leyes rigurosas para restringir su rapacidad. Las rabiosas discusiones que se libraron en la Asamblea Nacional sobre el tema de la cuestión judía estaban relacionadas, por lo tanto, principalmente con los judíos de Alsacia." [3]

El siglo dieciocho ya había sido testigo de algunos cambios importantes en las relaciones entre el Estado y la judería. En Inglaterra, los judíos habían alcanzado una emancipación de facto, si no de jure. Esto fue propiciado por el poco número de judíos que había en Inglaterra y por la actitud poco ideológica del gobierno inglés.

La cuestión era distinta en el continente, donde prevalecía una manera más ideológica de considerarlos. En 1782, el Emperador Austriaco José II, que era masón, publicó su Toleranzpatent, cuyo propósito era que "todos nuestros súbditos, sin distinción de nacionalidad o de religión, una vez que han sido admitidos y tolerado en nuestros Estados, habrán de participar en común en el bienestar público, ... habrán de gozar de libertad legal y no enfrentar obstáculos para cualquier forma honesta de ganarse la vida y de aumentar la laboriosidad general... Las leyes vigentes relacionadas con la nación judía... no siempre son compatibles con éstas nuestras más agraciadas intenciones." Se eliminaron la mayoría de las restricciones que había para los judíos, pero estas nuevas libertades aplicaban solamente al "judío privilegiado" ‒ o sea al judío a quien el estado consideraba "útil" de alguna manera ‒ y no al "judío extranjero". Además, aun a los judíos privilegiados no se les otorgó el derecho de plena ciudadanía ni de maestría en los oficios.[4] Pues José quería otorgar tolerancia a los judíos mas no plena igualdad. 

En cuanto a Francia, "ya en 1784, a los judíos de Burdeos les habían sido otorgadas mayores concesiones por Luis XVI; en 1776, a todos los judíos portugueses les había sido dada libertad religiosa y permiso para residir en cualquier parte del reino. El decreto del 28 de enero de 1790, que confería a los judíos los mismos derechos que a los ciudadanos franceses, puso el toque final a este plan de liberación. [A los judíos sefarditas del suroeste de Francia y del Avignon papal, que ya estaban más asimilados que sus correligionarios askenazis de Alsacia, se les había dado plena ciudadanía en julio de 1790.] Pero la propuesta de extender este privilegio a los judíos de Alsacia hizo producir una tormenta de controversia en la Asamblea y también insurrecciones violentas entre los campesinos alsacianos."

En su primer debate sobre el tema el 28 de septiembre de 1789, hicieron una importante distinción adicional entre la nación y los individuos que constituyen la nación. Así pues, Estanislao, Conde de Clermont-Tonnere, argumentaba que "no puede haber una nación dentro de una nación", de manera que "a los judíos debe negárseles todo como nación pero concedérseles todo como individuos."[6] Una nación aparte de judíos no puede permitíise que exista dentro de Francia. Pues "virtualmente todos – los moderados no menos que los radicales, Dantonistas no menos que Robespierristas, tanto cristianos como deístas, panteístas y ateos – sostenían que la igualdad de estatus ante el estado, que de diversas maneras tenían determinación de establecer, obligaba, por necesidad, a eliminar todos los grupos, clases, o corporaciones intermedias (y por lo tanto mediadoras) entre el propio estado y el ciudadano." [7]

Vital escribe: "La cuestión inmediata ante la Asamblea era la admisión de ciertas clases de semi-parias – entre ellas la de los actores y la de los verdugos – a lo que acabó llamándose 'ciudadanía activa'. Pronto se hizo notar, sin embargo, que las cuestiones que presentaban los judíos eran muy diferentes. Se veía también que no haría mayor sentido examinar el caso de los judíos en tándem con el de los protestantes. Estos últimos, al igual que los judíos, no eran católicos, pero su identidad nacional estaba fuera de duda, y, por lo tanto, su derecho a las nuevas libertades que estaban siendo decretadas para todos. Por más que fueren cualquier otra cosa, eran franceses. Nadie en la Asamblea Nacional pensaba lo contrario. Pero los judíos ¿eran franceses? Si no lo eran ¿podían hacerse ciudadanos? El alegato del principal orador en el debate, el Conde Estanislao de Clermont-Tonnerre, era que el argumento para concederles plenos derechos necesitaba fundamentarse en principios más generales. La religión era un asunto privado. La ley del Estado no necesita y no debiera incidir en ella. Mientras las obligaciones religiosas fueran compatibles con la ley del Estado y no la contravinieran en nada particular estaría mal privar a una persona, cuya conciencia le exigía asumir esas obligaciones religiosas, de esos derechos que era deber de los ciudadanos, como tales, asumir. O se imponía una religión nacional por medio de la fuerza, borrando así la cláusula  relevante de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, con la cual todos estaban de acuerdo. O, por el contrario, se permitía a todos profesar la opinión religiosa de su elección. La mera tolerancia era inaceptable. 'El sistema de tolerancia, unido ... a distinciones degradantes, es tan despiadado en sí mismo, que el que es obligado a tolerar queda tan insatisfecho con la ley como aquél a quien se le ha concedido nada más que esa forma de tolerancia."

No había una vía media. Los enemigos de los judíos los atacaban, y atacaban a Clermont-Tonnerre, argumentando que eran moralmente deficientes. También se decía de los judíos que eran insociables, que sus leyes prescribían la usura, que les prohibían mezclarse con los franceses, sea por matrimonio, o a la mesa, o sumarse a la defensa de la patria, o a cualquier otro emprendimiento común. Pero esos reproches, o eran injustos o eran engañosos. La usura era culposa más allá de toda duda, pero habían sido las leyes de Francia las que habían obligado a los judíos a practicarla. Y así con la mayoría de las demás acusaciones. Una vez que los judíos tuvieran titularidad sobre tierras y un país propio, su práctica de la usura cesaría.  Así también ocurriría con la insociabilidad de que se les acusaba. Y también ocurriría con mucha de su excentricidad religiosa [ces travers religieux]. En cuanto al argumento adicional, de que tenían sus propias leyes y sus propios jueces, por qué razón los tenían, y sobre este tema, Clermont-Tonnerre decía a sus críticos en sus discursos ante la Asamblea (que luego sería citado una y otra vez en el curso de los dos siglos siguientes) que eso, ciertamente, no era permisible.

"Como nación, a los judíos debe negárseles todo, como individuos debe concedérseles todo. sus jueces ya no deben reconocerse; sus recurso debe ser a los nuestros exclusivamente, la protección legal de sus cuestionables leyes, por las cuales se mantiene la existencia corporativa judía, debe terminar; no se les puede permitir crear un cuerpo político o un orden separado dentro del Estado; es necesario que sean ciudadanos individualmente.

"Quedaba la pregunta ¿qué pasaría, como algunos argumentaban, en el caso de que los mismos judíos no tuvieran interés de adquirir la ciudadanía?" Pues, en ese caso, seguía diciendo "si no la quieren, que lo digan, en cuyo caso se les expulsaría [s'ils veulent ne l'etre pas, qu'ils le disent, et alors, qu'on les banisse]". La idea de una sociedad de no-ciudadanos dentro del estado, y de una nación dentro de una nación le era repugnante. Pero de hecho, el orador concluía, eso para nada era lo que los judíos querían. La evidencia era lo contrario. Deseaban incorporarse a la nación de Francia.

"Clermont-Tonnerre fue pronto contradicho en este último punto vital por el abbé Maury. El término judío, decía el abbé, no denotaba una secta religiosa, sino una nación, una que tenía leyes que siempre había seguido y que deseaba seguír obedeciendo. 'Proclamar ciudadanos a los judíos equivalía a decir que, sin carta de naturalización y sin dejar de ser inglés o danés, un inglés o un danés pudiera hacerse francés." Pero el argumento principal de Maury era de orden moral y social. Los judíos eran inherentemente indeseables, tanto social como económicamente. Habían sido expulsados fuera de Francia  y luego vueltos a traer no menos de siete veces – expulsados por avaricia, como lo expresó Voltaire correctamente, y vueltos a admitir también por avaricia, pero también por insensatez.

"Los judíos han pasado diecisiete siglos sin mezclarse con las demás naciones. Nunca se han dedicado a otra cosa que al cambio de moneda; han sido la plaga de las provincias agrícolas; ni uno solo ha jamás ennoblecido [su ennoblir] sus manos manejando un arado. Sus leyes no les dejan tiempo para la agricultura; quitando el Sabbath, celebran cincuenta y seis más fiestas que los cristianos cada año. En Polonia poseen una provincia entera. ¡Bien, pues! Mientras el sudor de los esclavos cristianos riega los surcos donde germina la opulencia judía, ellos mismos, mientras sus campos son cultivados, se dedican a pesar sus ducados y calcular cuánto le pueden rebajar a la moneda sin exponerse a penas legales."

"Nunca han sido obreros", seguía diciendo Maury, ni siquiera bajo David o Salomón. Y aun entonces eran notorios por su pereza. Su sola preocupación era el comercio, ¿Haría soldados de ellos? preguntaba el abbé. Si lo hiciera, obtendría de ellos poco beneficio: le tienen horror al celibato y se casan jóvenes. No sabía de general alguno que quisiera comandar un ejército de judíos, sea en el Sabbath – día en que nunca dan batalla – o ciertamente en ningún otro día. O ¿se imaginaba la Asamblea que podía hacer artesanos de ellos cuando sus muchos festivales y días de Sabbath presentaban un obstáculo infranqueable para tal empresa? Los judíos poseían dos millones de hipotecas tan sólo en Alsacia, informó a sus colegas. Al mes de que se les otorgara la ciudadanía lograrían poseer plenamente la mitad de la provincia. Al cabo de diez años "habrían conquistado la provincia entera, reduciéndola nada menos que a una colonia judía – con lo cual el odio que el pueblo de Alsacia ya tiene hacia los judíos habría de explotar."

"No era que él, Maury, quisiera que los judíos fueran perseguidos. 'Son hombres, son nuestros hermanos ¡anatema para quienquiera que hable de intolerancia!' No es necesario que sus opiniones religiosas intranquilicen a nadie [!!!]. Él se unía a todos los demás en estar de acuerdo en que fueran protegidos. Pero eso no significaba que pudieran ser ciudadanos. Era en su carácter de individuos que tenían derecho a ser protegidos, no como franceses. 

"Robespierre tomó la línea opuesta, apoyando a Clermont-Tonnerre. Todos aquéllos que reunieran las condiciones aplicables generalmente para calificar para la ciudadanía tenían derecho a gozar de los derechos que derivaban de ella, argüía él, incluyendo el derecho de desempeñar un cargo público. Y en lo que a los hechos se refería, mucho de lo que Maury había dicho acerca de los judíos estaba "infinitamente exagerado" y contradecía lo que se conoce de la historia. Además, acusar a los propios judíos de ser responsables de que se les persiguiera a manos de otros, era absurdo.

"Se les imputan vicios... Pero ¿a quiénes se les deben imputar esos vicios si no es a nosotros mismos por nuestra injusticia?... Dejémosles recobrar la felicidad, la patria, y la virtud, devolviéndoles su dignidad como hombres y ciudadanos; reflexionemos que nunca puede ser político, dígase lo que se diga, el condenar a una multitud de hombres que viven entre nosotros a su degradación y a su opresión." [8]

Así habló el hombre que pronto habría de dirigir el régimen más degradante y opresivo de la historia europea hasta esa fecha. De hecho, llama la atención cómo aquéllos que hablaban más fervientemente en favor de los judíos – quitando a los dirigentes de la comunidad judía, tales como el banquero Cerfbeer e Isaac Beer – eran los masones y los iluminati.

Así, en los dos años anteriores al debate crucial del 27 de septiembre de 1791, escribe el General Nechvolodov, "se habían hecho catorce intentos de conceder igualdad cívica a los judíos, y se habían pronunciado treinta y cinco discursos principales por diversos oradores, entre ellos, Mirabeau, Robespierre, Abbé Grégoire, Abbé Siéyes, Camille, Desmoulins, Vernier, Barnave, Lameth, Duport, y otros.

"Ahora bien, hay una singular comparación que hacer," dice el Abbé Lemann, "todos los nombres que acabamos de citar y que en el Moniteur figuran haber votado en favor de los judíos, también se encuentran en la lista de masones... ¿no es esta coincidencia una prueba de la orden dada en las logias de París, de actuar en favor de la emancipación judía?" 

"Y sin embargo, a pesar del espíritu revolucionario, la Asamblea Nacional estaba poco inclinada a otorgar igualdad en derechos civiles a los judíos. Contra esta reforma se alzaron todos los representantes de Alsacia, pues era en Alsacia donde la mayoría de los judíos en Francia vivían en esa época..."

"Pero esta oposición en la Asamblea Nacional no detuvo a los judíos. Para lograr sus fines, emplearon absolutamente todos los medios.

"Según el Abbé Lemman estos medios fueron los siguientes:

"El primer medio: la súplica. Una fascinación ejercida sobre varios presidentes de la Asamblea. Segundo: la influencia del oro: Tercer medio: La lógica. Una vez que la Asamblea hubo declarado los 'derechos del hombre', los judíos insistieron en que esos derechos deberían lógicamente aplicárseles a ellos, y ellos expusieron sus ideas sobre este tema con una "arrogancia implacable". Cuarto medio: recurrir a los suburbios y a la Comuna de Paris, a fin de forzar a la Asamblea Nacional bajo 'amenaza de violencia' a conceder igualdad a los judíos.

"Uno de sus historiadores más exhaustivos" (Graetz), dice el Abbé Lemann, "no consideraba tener que ocultar esta maniobra. Exhaustos, dice él, de los mil esfuerzos infructuosos que habían hecho para lograr adquirir derechos civiles, idearon un último recurso. Viendo que era imposible obtener por la razón y el sentido común lo que ellos llamaban sus derechos, resolvieron forzar a la Asamblea Nacional a que aprobara su emancipación.

"Para este fin, naturalmente, se erogaron grandes sumas, que sirvieron para establecer el 'Frente Cristiano' que ellos querían,

"En la sesión de la Asamblea Nacional del 18 de enero de 1791, el Duque de Broglie se expresó de forma enteramente abierta sobre este tema. 'Entre ellos', dijo, 'hay uno en particular que ha adquirido una inmensa fortuna a expensas del Estado, y que es quien está erogando sumas considerables en la ciudad de París para ganarse partidarios a su causa.' Se refería a Cerfbeer.

"Encabezando el Frente Cristiano, creado en esta ocasión, estaban el abogado Godard y tres eclesiásticos: los Abbés Mulot, Bertoliot y Fauchet.

"El Abbé Fauchet era un Illuminatus bien conocido, y el Abbé Mulot – presidente de la todopoderosa Comuna de París, con cuya ayuda los jacobinos ejercían la necesaria presión, en el momento deseado, sobre la Asamblea Nacional y, más tarde, sobre la Convención.

"Lo que Gregory, cura de Embermeuil, fue para los judíos en el corazón de la Asamblea Nacional, el Abbé Mulot lo fue en el corazón de la Comuna. 

"Sin embargo, aunque eran jacobinos fanáticos, los miembros de la Comuna estaban lejos de concordar con las propuestas de su presidente, de actuar en defensa de los derechos de los judíos en la Asamblea Nacional. Era necesario volver al ataque constantemente, naturalmente con la ayuda poderosa del oro de Cerfbeer, y de los Abbés Fauchet y Berteliot. Este último declaró durante una sesión de la Comuna sobre esta cuestión: "Era necesario que tan feliz e inesperado acontecimiento como fue la Revolución, viniera a rejuvenecer a Francia... Apresurémonos a consignar al olvido los crímenes de nuestros padres.' 

"Luego, en otra sesión, el abogado Godard se introdujo a la cámara con cincuenta 'patriotas' armados, vestidos con uniforme de la guardia nacional con escarapelas tricolores. Eran cincuenta judíos quienes, proveídos de dinero, naturalmente, habían hecho rondas en las secciones de la Comuna de Paris y en los distritos de la ciudad de París, hablando de reclutar partidarios por la igualdad de los judíos. Esto tuvo su efecto. De las sesenta secciones de París, cincuenta y nueve se pronunciaron por la igualdad (sólo el quartier de Les Halles se abstuvo). Después, la Comuna se dirigió a la Asamblea Nacional con una apelación firmada por los Abbés Mulot, Bertoliot, Fauchet y otros miembros, exigiendo que de inmediato se otorgara igualdad a los judíos.

"Sin embargo, aun después de eso, la Asamblea Nacional dudaba de declararse en la forma propuesta. Luego, el 27 de septiembre, día de la penúltima sesión de la Asamblea antes de su disolución, el diputado jacobino Adrien Duport planteó la cuestión de la igualdad de los judíos en forma categórica. La Asamblea conocía perfectamente la personalidad de Adrien Duport. Sabía que en una reunión secreta de los jefes de la masonería que precedió a la Revolución, había insistido en la necesidad de recurrir a un sistema de terror. La Asamblea cedió. Luego siguió el decreto firmado por Luis XVI, otorgando a los judíos de Francia una plena y completa igualdad de derechos ... "[9]

Sin embargo, como muchos lo habían temido, la emancipación creó problemas. A finales de los años 1790s entró en Francia una nueva ola de askenazis provenientes de Alemania, atraídos por el estatus superior de que ahora gozaban sus hermanos franceses. Esto habría de conducir a más disturbios en Alsacia, que fueron dejados a que Napoleón lidiara con ellos..."

"No obstante," como escribe Paul Johnson, "la acción ya estaba hecha. Los judíos franceses ya eran libres, y el reloj nunca jamás podría volver atrás. Más aún, la emancipación tuvo lugar de alguna forma dondequiera que los franceses, con sus armas, pudieron llevar el espíritu revolucionario. Los ghettos y los barrios judíos cerrados fueron allanados en la Avignon papal (1791), en Niza (1792) y en la Renania (1792-93). La propagación de la revolución a Holanda, y la fundación de la República de Batavia, llevó a que ahí, por ley, se les otorgaran derechos plenos y formales a los judíos (1796). En 1796-98, Napoleón Bonaparte liberó muchos ghettos italianos, con tropas francesas, jóvenes judíos, y entusiastas locales, derribando las derruidas antiguas murallas.

"Por vez primera, un nuevo arquetipo, que siempre había existido en forma embrionaria, comenzó a emerger de las sombras: el judío revolucionario. Los clericalistas de Italia juraron enemistad con los 'galos, los jacobinos y los judíos'. En 1793-94 los jacobinos judíos establecieron un régimen revolucionario en Saint Esprit. el suburbio judío de Bayona. Una vez más, como durante la Reforma, los tradicionalistas veían una vinculación siniestra entre la Torah y la subversión,"[10]

O, dicho más precisamente, entre el Talmud y la subversión. Pues no era la Torah la que enseñaba a los judíos a rebelarse perpetuamente contra todo poder Gentil: Era el Talmud, con su odio institucionalizado hacia todos los que no son judíos.

Guerra Civil entre los Masones

Hemos visto que la emancipación de los judíos entre 1789 y 1791 fue llevada a cabo principalmente por los masones. Esto casi no es de sorprender, dada la naturaleza judía del mito y de los ritos masónicos centrales. El judaísmo y la masonería están interrelacionados y son interdependientes.

La primera etapa de la Revolución, de 1789 a 1791 estaba dominada por los masones, cuyo número había crecido a un paso asombroso en los años pre-revolucionarios. Adam Zamoyski escribe que "había 104 logias en Francia en 1772, 198 para 1776, y un número abrumador de 629 para 1789. Su membresía incluía virtualmente a todo noble, escritor, artista, abogado, soldado u otro tipo de profesional en el país, así como a extranjeros notables, como Franklin y Jefferson – unas 30,000 personas." [11] "Entre 800 y 900 logias masónicas", escribe Doyle, "fueron fundadas en Francia entre 1732 y 1793, de las cuales dos tercios lo fueron después de 1760. Entre 1773 y 1779, bien por arriba de 20,000 miembros habían sido reclutados. Pocos pueblos de alguna importancia carecían de una o dos logias para los años 1780s y, a pesar de varias condenaciones papales del culto deísta que se había originado en la Inglaterra protestante, la elite de la sociedad se les unía en masa. Voltaire fue reclutado en su última visita a París, y fue ante los hermanos reunidos de la Logia de las Siete Hermanas, donde intercambió abrazos simbólicos con Franklin,"[12]

En 1791 comenzó a surgir una separación entre los masones liberales más moderados, la gran mayoría, que había sido responsable de las reformas liberales como la Declaración de los Derechos del Hombre, y una minoría revolucionaria más violenta. La separación se reflejó en la composición de la Convención elegida en 1792. Estaba dividida entre los 'Montagnards' (jacobinos) a la izquierda, dirigidos por Marat, Danton, Robespierre y los delegados parisienses, y los 'Girondinos' a la derecha, dirigidos por Brissot, Vergniaud y la 'facción de la Gironde'. Los Montagnards se identificaban con los intereses de la plebe de París y con las ideas más radicales de la revolución; los Girondinos, con los intereses de las provincias y los ideales liberales de 1789. Los Montagnards estaban a favor de deshacerse del rey tan pronto fuera posible; los Girondinos deseaban hacer un referéndum entre toda la población para decidir.

El Montagnard Saint-Just decía que era innecesario un juicio; la gente ya había juzgado al rey el 10 de agosto; sólo quedaba castigarlo. Pues "no hay reino inocente ... todo rey es un rebelde y un usurpador."[13] Robespierre había votado contra la pena de muerte en la Asamblea, pero ahora decía que "Luis debe morir para que la nación pueda vivir" – un eco inconsciente de las palabras de Caifás acerca de Cristo: 'Conviene que un hombre muera por el pueblo y no perezca toda la nación' (Juan 11.50). Y estaba de acuerdo con Saint-Just: "Luis no puede ser juzgado. Ya ha sido juzgado, de lo contrario la República no está libre de culpa. El insinuar someter a juicio a Luis XVI, en cualquier forma que ello fuere, sería un paso atrás, hacia el despotismo real y constitucional; es una idea contra-revolucionaria, porque coloca a la revolución misma en el banquillo de los acusados. Después de todo, si Luis puede todavía ser puesto a juicio, Luis podría ser exonerado; podría resultar inocente. O más bien, se le presume inocente hasta que se pruebe su culpabilidad. Pero si Luis puede ser presumido inocente ¿qué será de la revolución?" [14]

Había una cierta lógica en estas palabras: dado que la Revolución destruyó todos los fundamentos del ancien régime, la posibilidad de que la cabeza de ese régimen pudiera ser inocente implicaba que la Revolución pudiera ser culpable. De modo que la 'justicia revolucionaria' requería de una ejecución inmediata más que de un juicio. No podía darse el lujo de que se cuestionaran los fundamentos de la Revolución. Fue esta misma lógica la que llevó a la ejecución sin previo juicio del Zar Nicolás II en 1918.

Pero la mayoría de los representantes todavía no estaba tan 'avanzados' en su pensamiento como Robespierre. Así que, "durante la tercera semana de enero de 1793", escribe Jasper Ridley, la Asamblea votó cuatro veces sobre el tema. Una resolución que halló a Luis culpable de traición, y  que rechazó la idea de apelar al pueblo mediante plebiscito (¡vaya democracia Russeauana!) pasó con 426 votos a favor y 278 en contra; la decisión de imponerle la pena de muerte pasó con 387 votos a favor y 314 en contra. Philippe Egalité [Duque de Orleans y primo del rey, que se había hecho Gran Maestro de la Masonería, y luego jacobino, y que había renunciado a su título adoptando el nombre de 'Felipe Igualdad'] votó por condenar a Luis, así como por darle pena de muerte. Un representante luego propuso que la cuestión de qué hacer con Luis se pospusiera indefinidamente. Esta propuesta fue derrotada por un solo voto: 361 votos contra 360. Felipe Igualdad votó en contra de la propuesta, de manera que su voto decidió la cuestión. El 20 de enero, una resolución de que la sentencia de muerte fuera ejecutada inmediatamente pasó por 380 votos contra 310, y Luis fue guillotinado al día siguiente."[15] 

Ahora los jacobinos hicieron a los Girondinos a un lado. Un golpe contra los representantes Girondinos se llevó a efecto entre el 31 de mayo y el 2 de junio de 1793. "En julio de 1793, escribe Jasper Ridley, "una joven mujer Girondina, Charlotte Corday, logró que se le dejara entrar a la casa de Marat, diciendo que deseaba darle una lista de nombres de Girondinos a los que habría de guillotinar. Lo encontró sentado en su tina, como acostumbraba para curar su enfermedad de la piel, y lo apuñaló de muerte.[16] Ella fue guillotinada, y el partido Girondino fue suprimido.

"En Lyons, los Girondinos habían logrado el control de las logias masónicas. En el verano de 1793, los Girondinos desafiaron la autoridad del gobierno jacobino de París y guillotinaron a uno de los lideres jacobinos locales. Los masones de Lyons jugaron un papel dirigente en el levantamiento contra los jacobinos de París, pero los jacobinos aplastaron la revuelta, y varios de los masones Girondinos dirigentes en Lyons fueron guillotinados."[17] El gobierno revolucionario ahora tomó una terrible venganza contra sus vencidos enemigos. El 12 de octubre, el Comité "pasó un decreto de que Lyons habrá de ser destruida. Su mismo nombre habrá de desaparecer, con la excepción de un monumento entre las ruinas que proclame: 'Lyons le hizo la guerra a la libertad. Lyons ya no existe."[18] Lyons no fue destruida completamente, pero manzanas enteras de casas fueron incendiadas, y miles de personas fueron guillotinadas y fusiladas. "El efecto ... había sido ideado para ser uno saludable. ¡Qué cemento para la Revolución! alardeó Achard en una carta a París."[19]

Y así la Revolución estaba devorando frenéticamente a sus propios hijos.[20] O más bien, los masones estaban devorando a sus propios hermanos; pues la lucha entre los Girondinos y los Montagnards era de hecho, según Lev Tikhomirov, una lucha entre diferentes niveles de la masoneria. [21] "En el período del terror, la mayoría de las logias masónicas fueron cerradas. Como lo explica Louis Blanc, un número significativo de masones, aun siendo de opinión extremadamente liberal, aún no podían, conforme a sus intereses personales, su carácter, y su posición social, simpatizar con la incitación de las masas enloquecidas contra los ricos, a cuya clase ellos mismos pertenecían. En la batalla más ardiente de la Revolución, eran aquéllos que se separaban para unirse a los grados más altos, quienes actuaban. Las logias masónicas fueron reemplazadas por círculos políticos, aun cuando también en los círculos políticos, los revolucionarios comenzaron a cernirse, separándose los más moderados de los extremistas, de modo que un buen número de masones perecieron en los cadalzos a manos de sus 'hermanos masones'. Después de la caída de Robespierre el 9 Thermidor, las logias masónicas volvieron a abrirse,"[22]

O.F. Soloviev escribe: "Las fraternidades eran consideradas frentes de la contra-revolución, muchas se desbandaron, algunos miembros emigraron, otros pararon todo trabajo. Sólo una vez que Napoleón, quien protegía a la orden, tomó el poder, fue reanudada su actividad y aun ampliada."[23]

Los Jacobinos y los Iluminati

Si miramos hacia los orígenes del Jacobinismo, pronto nos toparemos con el nombre de una organización llamada Iluminismo, fundada el 1° de mayo de 1776 [24] por un profesor bávaro llamado Adam Weishaupt, quien adoptó el nombre de 'Spartacus' (en memoria del esclavo que se rebeló contra Roma en el 1er siglo A.C.). El Iluminismo surgió de la insatisfacción de un grupo de masones con el estado general de la masonería. Así lo observó otro miembro fundador, el conde Mirabeau, en el mismo año de 1776: "La logia Theodore de Bon Conseil en Munich, donde había unos cuantos hombres con cerebro y corazón, estaba cansada de ser zarandeada con vanas promesas y disputas de la masonería. Los que la encabezaban resolvieron injertar en su rama otra asociación secreta, a la cual le dieron el nombre de Orden de los Iluminados. La modelaron como la Sociedad de Jesús, aun cuando proponiéndose algo diametralmente opuesto para ellos mismos."[25]

"Nuestra fortaleza," escribió Weishaupt, "se basa en el secreto. Por lo tanto, sin vacilación debemos utilizar algunas sociedades inocentes como máscara. Las logias de la masonería azul constituyen un velo adecuado para ocultar nuestros verdaderos objetivos, ya que el mundo está acostumbrado a no esperar nada importante o constructivo de ellas. Sus ceremonias son consideradas pequeñas nimiedades, para la diversión de niños grandes. El nombre de una sociedad ilustrada es también una magnífica máscara detrás de la cual podamos ocultar a nuestros grados menores."[26]

"Weishaupt construyó su organización en varios niveles, revelando sus planes más radicales sólo a sus colaboradores más selectos. Weishaupt eligió miembros para su organización principalmente de entre la gente joven, estudiando cuidadosamente a cada candidato."

"Habiendo cribado fuera a los dudosos y a los que no eran de fiar, los dirigentes de la orden ejecutaban sobre ellos un rito de consagración, que tenía lugar después de un ayuno de tres días en un sótano obscuro. Cada candidato era consagrado separadamente, habiendo antes sido atados sus brazos y sus pies. [Luego,] de distintos rincones del sótano obscuro se lanzaban preguntas de lo menos esperadas a los candidatos."

"Habiendo respondido las preguntas, el iniciado juraba obediencia a los dirigentes de la orden. Cada nuevo miembro firmaba que preservaría los secretos de la organización bajo temor a la pena de muerte."

"Sin embargo, el iniciado no se consideraba todavía miembro pleno de la organización, sino recibía el estado de novato, y por alrededor de uno a tres meses, tenía que seguir bajo la observación de un iluminado experimentado. Se le pedía que llevara un diario especial y que lo presentara de forma regular a los dirigentes. El iluminado llenaba numerosos cuestionarios, y también daba mensualmente cuenta de todos los asuntos que lo ligaran con la orden. Habiendo pasado por todas las pruebas, el novato era sometido a una segunda iniciación, ahora como miembro pleno."

"Después de su iniciación, al nuevo miembro se le daba un signo, un gesto y una contraseña que lo distinguieran, los cuales cambiaban dependiendo del rango que ocupara."

"El novato recibía un pseudónimo especial (su nombre ante la orden), usualmente tomado de la historia antigua... y se le daba a conocer un antiguo método pérsico de medir el tiempo, la geografía de la orden, y también una clave secreta."

"Weishaupt impuso en la orden un sistema de espionaje global y de mutuo seguimiento."

"La mayoría de los miembros estaban en el nivel más bajo de la jerarquía."

"No menos de mil personas se unieron a la organización pero, para fines conspiratorios, cada miembro conocía solamente a pocos otros. Como lo observó el mismo Weishaupt, 'bajo mí directamente hay sólo dos, quienes están inspirados completamente por mí, en tanto que debajo de cada uno de ellos hay otros dos, etc. De esa manera, yo puedo incitar y poner en movimiento a mil personas. Así es como uno debe mandar y actuar en política.'"[27]

"¿Se dan ustedes suficiente cuenta," escribió en su discurso de recepción de los Illuminatus Dirigens, "de lo que significa mandar en una sociedad secreta? No sólo sobre los de menor o mayor nivel del populacho, sino sobre los mejores hombres, sobre hombres de todos los estratos, naciones y religiones, para gobernar sin fuerza externa, para unirlos indisolublemente, para inspirar en ellos, hombres esparcidos por todas partes del mundo, un solo espíritu y una sola alma?"[28]

El supuesto objetivo de la nueva orden era mejorar el actual sistema de gobierno y abolir "la esclavitud de los campesinos, la servidumbre de los hombres a la tierra, los derechos de 'mainmorte' [los del señor feudal sobre parte del patrimonio personal de sus siervos a la muerte de éstos. N del T] y todas las costumbres y privilegios que degradan a la humanidad, los tormentos, bajo la condición de un equivalente equitativo, todas las corporaciones, todos los mandos, todas las cargas impuestas a la industria, al comercio y las aduanas, los derechos sobre bienes, los impuestos ... buscar una tolerancia universal de todas las opiniones religiosas... quitar todas las armas a las supersticiones, favorecer la libertad de prensa, etc."[29] Este fue casi exactamente el mismo programa que fue llevado a cabo por la Asamblea Constituyente al inicio de la Revolución Francesa en 1789-91 bajo la dirigencia de, entre otros, el mismo Conde Mirabeau – ¡notable coincidencia!

Sin embargo, este programa liberal democrático fue pronto olvidado cuando Weishaupt tomó el control de la orden. Pues 'Spartacus' habìa elaborado un programa mucho más radical, un programa que habría de asemejarse al socialismo de las etapas posteriores y más radicales de la Revolución. "Weishaupt ha hecho una teoría absoluta de las ocurrencias misantrópicas de Rousseau sobre la invención de la propiedad y de la sociedad, y sin tomar en consideración la afirmación tan claramente formulada por Rousseau sobre la imposibilidad de suprimir la propiedad y la sociedad una vez que ya han sido establecidas; proponía como fin del iluminismo la abolición de la propiedad, de la autoridad social, de la nacionalidad, y el retorno de la raza humana al feliz estado en el que ella forma una sola familia sin necesidades artificiales, sin ciencias inútiles, siendo cada padre sacerdote y magistrado. Sacerdote de no sabemos qué religión, pues a pesar de sus frecuentes invocaciones al Dios de la Naturaleza, muchos indicios nos llevan a concluir que Weishaupt tenía, como Diderot y d'Holbach ningún otro dios que la naturaleza misma...”[30]

Weishaupt procedió a crear un círculo secreto interno dentro de la masonería. Utilizó las formas religiosas de la masonería, e  inventó él mismo unos cuantos 'misterios'. Pero su objetivo era fundar una organización política controlada por él mismo.

Su teoría política, segùn Webster, "no era otra que la de la moderna Anarquía, que el hombre debería gobernarse a sí mismo y que gradualmente debería prescindir de los gobernantes. Pero se cuidaba bien de desaprobar toda idea de una revolución violenta – el proceso ha de desarrollarse por los métodos más pacíficos. Veamos cuán suavemente llega él a la conclusión final.

"La primera etapa en la vida de la entera raza humana es el salvajismo, la áspera naturaleza, en la cual la familia es la única sociedad y el hambre y la sed pueden satisfacerse fácilmente ... en la cual el hombre goza de dos bienes de lo más excelentes, Igualdad y Libertad, en su grado más amplio... en estas circunstancias ... la salud era su condición usual... Hombres felices que no estaban todavía suficientemente iluminados como para perder la tranquilidad o para estar conscientes de las fuentes y causas de nuestra miseria, el amor al poder... la envidia ... la enfermedad y todos los resultados de la imaginación."

"La forma en la que el hombre cayó de su estado primitivo de felicidad se describe luego:"

"Conforme aumentó el número de familias, los medios de subsistencia comenzaron a escasear, la vida nomádica cesó, se instituyó la propiedad, los hombres se establecieron firmemente, y mediante la agricultura, las familias comenzaron a acercarse una a la otra, y de esa manera se desarrolló el lenguaje y, viviendo juntos, los hombres comenzaron a medirse uno contra el otro, etc... Pero aquí estaba la causa de la caída de la libertad, la igualdad desapareció. El hombre comenzó a sentir necesidades que antes no había conocido...'

"Así los hombres se hicieron dependientes, como adolescentes, bajo la tutela de reyes; el ser humano debe llegar a su mayoría de edad y volverse auto-gobernado:"

"¿Por qué habría de ser imposible que la raza humana alcanzara su más alta perfección, la capacidad de guiarse a sí misma? ¿Por qué debe cualquiera que entienda cómo guiarse a si mismo ser dirigido eternamente? "

"Más aún, los hombres deben aprender no sólo a ser independientes de los reyes sino uno del otro:"

"Quien tiene la necesidad de otro, depende de él y ha renunciado a sus derechos. Así, necesitar de poco es el primer paso hacia la libertad; por lo tanto los salvajes y los más altamente iluminados son los únicos hombres libres. El arte de limitar las necesidades propias más y más es al mismo tiempo el arte de alcanzar la libertad.... "

"Weishaupt luego pasa a demostrar cómo surgió el mal del Patriotismo:"

"Con el origen de las naciones y los pueblos, el mundo dejó de ser una gran familia, un solo reino: La gran liga con la naturaleza se rompió... El nacionalismo tomó el lugar del amor humano... Ahora se volvió una virtud el magnificar la patria a expensas de quien no estuviera encerrado dentro de sus límites, ahora, como medio para este estrecho fin, era permitido despreciar y aventajar a los extranjeros, o de hecho insultarlos. Esta virtud se llamaba Patriotismo...."

"Y así, reduciendo uno el alcance de sus afectos a sus conciudadanos, a los miembros de la propia familia y aun a uno mismo:"

"Del Patriotismo surgió el localismo, el espíritu de familia, y finalmente el egoísmo ... Disminúyase el Patriotismo y entonces los hombres habrán de aprender cómo conocerse unos a otros como tales, su dependencia entre uno y otro se perderá, el lazo de unión se ampliará..."

".... en tanto las antiguas religiones enseñaban la esperanza en un Redentor que debiera restaurar al hombre a su estado anterior, Weishaupt ve al hombre por sí solo para su restauración. 'Los hombres', observa él, 'ya no amaban al hombre sino a tal o cuál otro hombre. La palabra se había perdido enteramente ...' De esa manera, en el sistema masónico de Weishaupt, la 'palabra perdida' es el Hombre, y su recuperación se interpreta con la idea de que el hombre debe reencontrarse. Más adelante Weishaupt pasa a demostrar cómo ha de producirse la redención de la raza humana:

"Estos medios son escuelas secretas de sabiduría, éstas fueron desde siempre los archivos de la Naturaleza y de los derechos humanos; mediante ellos, el hombre será rescatado de su caída, los príncipes y las naciones habrán de desaparecer, sin violencia, de la tierra, la raza humana volverá a ser una familia, y el mundo será la morada de hombres razonables. La moral por sí sola producirá este cambio imperceptiblemente. Cada padre de familia será, como una vez lo fue Abraham y los patriarcas, el sacerdote y el irrestricto señor de su familia, y la Razón será el único código para el hombre. Éste es uno de nuestros más grandes secretos..."

"... Su primer idea fue hacer del culto al fuego la religión del Iluminismo; la profesión del cristianismo parece haber sido una ocurrencia tardía. Evidentemente Weishaupt descubrió, como lo han hecho otros, que el Cristianismo se presta más fácilmente a las ideas subversivas que cualquier otra religión. Y en los pasajes que siguen encontramos la adopción del viejo truco de representar a Cristo como comunista y como un adepto a la sociedad secreta. Así, pues, pasa a explicar que si Jesús enseña despreciar la riqueza, Él nos quiere enseñar el uso razonable de ella y prepararnos para la comunidad de bienes que Él introduce, 'y en la cual,' Weishaupt agrega más adelante, 'Él vivió con sus discípulos. Pero esta doctrina secreta es para ser comprendida sólo por los iniciados... "

"Weishaupt discurre de esa manera una interpretación puramente polìtica de las enseñanzas de Cristo:"

"El secreto preservado mediante los Disciplinam Arcani, y el objetivo que aparece mediante Sus palabras y hechos es dar de nuevo a los  hombres su libertad e igualdad originales ... Ahora puede uno entender qué tanto fue Jesús el Redentor y Salvador del mundo."

"La misión de Cristo fue, por lo tanto, hacer a los hombres capaces de adquirir la libertad por medio de la razón. 'Cuando por fin la razón se vuelva la religión del hombre, se resolverá así el problema.'"

"Weishaupt pasa a demostrar cómo la masonería puede ser interpretada de la misma manera. La doctrina secreta, oculta en las enseñanzas de Cristo, fue pasada a las generaciones posteriores por los iniciados, 'quienes se ocultaron y ocultaron su doctrina bajo el manto de la masonería', y en una larga explicación de los jeroglíficos masónicos, señala las analogías que hay entre la leyenda de Hiram y la historia de Cristo. 'yo digo, pues, que Hiram es Cristo' ... de esta manera Weishaupt demuestra que la masonería es un cristianismo oculto ... Pero esto es, por supuesto, sólo el secreto de lo que Weishaupt llama 'masonería real' en contraposición con la oficial, que él considera enteramente carente de iluminación."[31]

Pero todo el lado religioso del sistema de Weishaupt es, de hecho, simplemente un ardid para atraer hombres religiosos. Weishaupt en sí despreciaba la religión: 'No se pueden imaginar,' escribió, 'qué consideración y sensación está causando nuestro grado de sacerdote. La cosa más maravillosa es que los grandes teólogos protestantes y reformados que pertenecen a Q [Illuminismo] siguen pensando que la enseñanza religiosa impartida en ella contiene el verdadero y genuino espíritu de la religión cristiana. ¡Ah, hombres! ¿de qué cosa no pueden ser persuadidos? Nunca pensé que fuera yo a llegar a ser el fundador de una nueva religión.'

Sólo gradualmente, y sólo a muy pocos de sus asociados más cercanos, reveló Weishaupt el real propósito de su orden – el derrocamiento de la sociedad entera, civil y religiosa. A Weishaupt le ha sido dado el crédito de fundar la idea de la revolución mundial.[33] Elementos de todas las religiones y de todos los sistemas filosóficos, incluyendo el cristianismo y la masonería, fueron empleados por Weishaupt para reclutar un cuerpo de hombres influyentes (unos 2,500 en una ocasión [34]) que habrían de obedecerle en todo sin conocerle personalmente ni conocer los verdaderos objetivos de la sociedad secreta en la que habían sido iniciados. El uso de claves y pseudónimos, y la estructura piramidal de su organización, mediante los cuales nadie de un nivel inferior sabe lo que está pasando en uno superior, en tanto que los de los niveles superiores saben todo lo que está pasando abajo de ellos, fue copiado por todas las organizaciones revolucionarias que los sucedieron.

En 1782, Weishaupt convocó un Congreso Universal de Illuminati en Wilhelmsbad, y estaba bien avanzado en su plan de absorber a la masonería cuando, en julio de 1785, un Illuminatus fue alcanzado por un rayo, y los documentos que se le encontraron llevaron al gobierno de Baviera a proscribir la organización. Sin embargo, tanto el Iluminismo como Weishaupt siguieron existiendo – excepto que Francia, y no Alemania, se convirtió en el centro de sus operaciones. Así pues, la logia parisiense de los Amis Réunis, rebautizada con el nombre de Ennemis Réunis, juntaron a todos los masones radicales de varias otras logias, muchos de los cuales seguían siendo realistas, y los hicieron, muchas veces de manera inconsciente, agentes de Weishaupt. Estos adeptos incluyeron nada menos que a 30 príncipes. Pues era característico de la revolución que, entre aquéllos más entusiasmados con las locuras de su intoxicación, estaban aquéllos que tenían más que perder con ella.

Algunos hombres previsores, tales como el Nuncio Apostólico en Viena y el Marqués de Luchet, previnieron contra el Iluminismo, y de Luchet predijo casi exactamente el curso de los acontecimientos que la revolución habría de producir, sobre la base de su conocimiento de la orden. Pero nadie puso atención. Pero luego, en octubre de 1789, se confiscó un panfleto encontrado, entre otros papeles de Mirabeau, en la casa de la esposa del editor de Mirabeau, y fue publicado dos años más tarde.

"Comenzando con una diatriba contra la monarquía francesa", escribe Webster, "el documento pasa a decir que, a fin de triunfar sobre este monstruo con cabeza de Hydra, estas son mis ideas:"

"Debemos demoler todo orden, suprimir todas las leyes, anular todo poder, y dejar a la gente en la anarquía. La ley que establezcamos tal vez no entre en vigor de una vez, pero en todo caso, habiéndole devuelto el poder a la gente, resistirán por el bien de la libertad que creerán que están preservando. Debemos halagar su vanidad, elogiar sus esperanzas, prometerles felicidad una vez que nuestra obra haya estado en operación; debemos eludir sus caprichos y sus sistemas a voluntad, pues la gente como legisladora es muy peligrosa, ellos sólo establecerán leyes que coincidan con sus pasiones, su falta de conocimiento daría lugar, además, a abusos. Pero como la gente es una palanca que los legisladores pueden mover a voluntad, necesariamente debemos utilizarla como apoyo y hacerle odioso todo lo que queremos destruir y, por su parte, sembrarles ilusiones. Debemos también comprar todas las plumas mercenarias para que propaguen nuestros métodos e instruyan a la gente en lo concerniente a sus enemigos, a quienes atacamos. El clero, siendo el más poderoso en la opinión pública, puede ser destruido sólo ridiculizando la religión, haciendo odiosos a sus ministros, y representándolos solamente como monstruos hipócritas ... Con libelos en todo momento, deben mostrarse rastros frescos de odio contra el clero. Exagerar sus riquezas, hacer que los pecados de un individuo sean vistos como comunes a todos, atribuirles todos  los vicios, calumniarlos, asesinarlos; todo, irreligión y sacrilegio, es permitido en tiempos de revolución."

"Debemos degradar la nobleza y atribuirle un origen odioso, establecer un germen de igualdad que jamás podrá existir pero que adulará a la gente; [debemos] inmolar a los más obstinados, quemar su propiedad y destruirla para intimidar al resto, de manera que, si no podemos destruir enteramente este prejuicio, podamos debilitarlo, y la gente vengará su vanidad y sus celos por todos los excesos, que los doblegará hasta su sumisión."

"Después de describir cómo los soldados han de ser seducidos para abjurar de sus deberes con la Patria, y de presentar ante el pueblo a los magistrados como déspotas, 'pues la gente, bruta e ignorante, sólo ve lo malo y nunca lo bueno de las cosas,' explica el autor que sólo debe dársele poder limitado en los municipios."

"'Cuidémonos sobre todo de darles demasiada fuerza; su despotismo es demasiado peligroso, debemos adular a la gente mediante justicia arbitraria, prometerles una gran reducción de impuestos y una reparto más equitativo, mayor extensión de sus fortunas y menor humillación. Estos aturdimientos habrán de fanatizar a la gente, que allanará su resistencia. ¿Qué importan las víctimas o su número? ¿o las expoliaciones, destrucciones, incendios, y demás efectos necesarios de la revolución? Nada debe ser sagrado, y podemos decir con Maquiavelo: ¿Qué importan los medios mientras se alcancen los fines?'"[35]

La primera fase de la Revolución ‒ aquélla de la monarquía constitucional y de la Declaración de los Derechos del Hombre ‒ fue dirigida por la clase más idealista de masones. Pero sus fases finales fueron controladas por los Illuminati Jacobinos con sus planes radicalmente destructivos. Así, según Lombard de Langres [escribiendo en 1820]: Francia en 1789 contaba con más de 2,000 logias afiliadas al Gran Oriente; el número de adeptos era mayor que 100,000. Los primeros sucesos de 1789 fueron sólo la masonería en acción. Todos los revolucionarios de la Asamblea Constituyente habían sido iniciados en el tercer grado. Ponemos en esta clase al Duque de Orleans, a Valence, a Syllery, a Laclos, a Siéyes, a Pétion, a Menou, a Biron, a Montesquieu, a Fauchet, a Condorcet, a Lafayette, a Mirabeau, a Garat, a Rabaud, a Dubois-Crancé, a Thiébaud, a La Rochefoucauld, y a otros.'

"Entre estos otros [continúa Webster] estaban no sólo los Brissotins, quienes formaban el núcleo del partido Girondino, sino los hombres del Terror ‒ Marat, Robespierre, Danton y Desmoulins.

"Fueron estos elementos más fieros, verdaderos discípulos de los Iluminati, quienes habrían de arrasar a los masones visionarios que soñaban con igualdad y fraternidad. Siguiendo el precedente establecido por Weishaupt, estos dirigentes de los Jacobinos adoptaron pseudónimos clásicos; así Chaumete era conocido como Anaxágoras, Clootz como Anacarsis, Danton como Horacio, Lacrox como Publicola, y Ronsin como Scaevola; además, siguiendo la manera de los Iluminati, cambiaron los nombres de pueblos y se adoptó un calendario revolucionario. El gorro rojo y el pelo suelto que ostentaban los Jacobinos parecen también haber sido antecedidos en las logias de los Iluminati.

Sin embargo, tan fielmente como los Terroristas llevaron a efecto el plan de los Iluminati, parecería que ellos mismos no estaban iniciados en los secretos más íntimos de la conspiración. Detrás de la Convención, detrás de los círculos políticos, detrás del Tribunal Revolucionario, existía, dice Lombard de Langres, esa 'secretísima convención' que después del 31 de mayo lo dirigía todo, un poder oculto y terrible, del cual la otra Convención se hizo esclava, y que estaba compuesta por los primeros iniciados del Iluminismo. Este poder estaba por encima de Robespierre y de los comités del gobierno .... fue este poder oculto el que se apropió para sí mismo de los tesoros de la nación y los distribuyó entre los hermanos y amigos que habían ayudado en la gran labor.'"[36]

¿Qué era este poder oculto que controlaba hasta a los propios Iluminati? Muchos escritores piensan que eran los Talmudistas, los dirigentes rabínicos del pueblo judío. Sin embargo, el triunfo final de los Talmudistas fue dilatado temporalmente por un exceso de celo revolucionario que ellos mismos habían estimulado. "en las comunas locales," escribe L. A. Tikhomirov, "grupos individuales de Jacobinos especialmente embravecidos, que no habían sido iniciados en la política más elevada, algunas veces allanaban las sinagogas, destruyendo la Torah y los libros; pero no fue hasta 1794 cuando la lógica revolucionaria atea finalmente forzó, aun a los jefes, plantearse la cuestión del aniquilamiento, no sólo del catolicismo, sino también del judaísmo. En este punto, sin embargo, los judíos fueron rescatados el 8 Thermidor, 1794: Robespierre cayó y fue ejecutado. Los elementos moderados triunfaron. La cuestión de proscribir a los judíos se esfumó por sí misma, en tanto que la Constitución del Año III de la República concedía derechos iguales a los judíos,"[37]

Napoleón Bonaparte

Para finales del siglo XVIII, la revolución parecía haber perdido el rumbo, consumida por la pobreza, la corrupción y el mutuo derramamiento de sangre. Fue salvada por un joven soldado, Napoleón Bonaparte, quien era tan sinceramente fiel al espíritu de la Revolución Francesa como Cromwell lo había sido al de la Inglesa.

El masón Christopher Hodapp escribe: "Por muchos años se rumoraba que Napoleón Bonaparte era masón, pero no hay evidencia histórica de ello. No obstante, muchos de sus oficiales militares, miembros de su Gran Consejo por el Imperio, y 22 de los 30 Mariscales de Francia lo eran. También lo fueron sus cuatro hermanos, tres de los cuales fueron hechos reyes por Napoleón. La esposa del Emperador, la Emperatriz Josefina, fue aun admitida a una logia femenina francesa en 1804. Independientemente de si Napoleón fue alguna vez hecho masón o no, él adoptó el título de Protector de la Masonería, junto con una larga lista de otros títulos que asumió cuando se hizo Emperador en 1804." [38]

Madame de Staël lo llamó Robespierre a caballo. Después de todo, él había venido de Córcega. que en 1755 se había rebelado con éxito de Génova y por la cual Rousseau había escrito una de sus obras de mayor influencia, Project de Constitution pour la Corse, en 1765. Pero, al igual que Cromwell (y César), se percató que para poder salvar la república tenía que tomar el control de ella y gobernarla como rey.

Su oportunidad se presentó el 19 Brumaire (10 de noviembre) de 1799, cuando derrocó al directorio, describiendo al parlamentarismo como 'fanfarronería', y atemorizó a las dos asambleas elegidas a que se sometieran. El 13 de diciembre fue proclamada una nueva constitución, con Bonaparte como el primero de tres Cónsules, con plenos poderes ejecutivos. Y el 15 de diciembre, los tres Cónsules declararon: "Ciudadanos, la Revolución ha quedado establecida sobre sus principios originales: ha sido consumada..."[39]

Paul Johnson escribe: "El nuevo Primer Cónsul era mucho más poderoso que Luis XIV, pues dominaba directamente las fuerzas armadas en un país que ahora estaba organizado como estado militar. Todas las restricciones antiguas del reinado por derecho divino ‒ la Iglesia, la aristocracia y sus recursos, las cortes, las ciudades y sus constituciones, las universidades y sus privilegios, los gremios y sus fueros ‒ todo ello había sido arrasado por la Revolución, dejando a Francia en un vacío legal, en el que Bonaparte pudo estampar la fuerza irresistible de su personalidad."[40]

Pero, también como César y Cromwell, nunca pudo confesar ser rey en el sentido tradicional. Bajo él, en la frase de Norman Davies, "una pseudo monarquía encabezaba instituciones pseudo democráticas."[41]

Así, como lo escribe J.M. Roberts, en tanto que Napoléón reinstituyó la monarquía, "en ningún sentido constituía una restauración. De hecho se tomó el cuidado de afrentar a la familia de los Borbones en el exilio, afirmando que cualquier reconciliación con ella era inconcebible. Buscó la aprobación popular del imperio mediante un plebiscito, y la obtuvo. [42]

"Esta fue una monarquía por la cual los franceses habían votado, se apoyaba en la soberanía popular, o sea en la Revolución. Asumió la consolidación de la Revolución, que el Consulado ya había comenzado. Todas las grandes reformas institucionales de los años 1790s fueron confirmadas o al menos dejadas intactas, no se alteraron las ventas de tierras que habían seguido a la confiscación de las propiedades de la Iglesia, no hubo una resucitación de las antiguas corporaciones, no se cuestionaron los principios de igualdad ante la ley. Algunas medidas fueron llevadas aún más lejos, de manera notable cuando a cada departamento se le dio un jefe administrativo, el prefecto, que en sus poderes era algo parecido al de los emisarios de emergencia de la época del Terror..." [43]

Cromwell había rehuido de los ornamentos de la monarquía, pero Napoleón los adoptó con avidez. Se generó una tendencia hacia la monarquía; y "más temprano de lo que generalmente se piensa," escribe Phillip Mansel, "el Primer Cónsul, Bonaparte, se alineó con esta tendencia monárquica, adquiriendo en secuencia una guardia (1799), un palacio (1800), recepciones en la corte y vestimenta cortesana (1800-02) una familia real (1802-04), una dinastía (1804), y finalmente una nobleza (1808) ... La proclamación del Imperio en mayo de 1804, el establecimiento de la casa del Emperador, de la Emperatriz y de la Familia Imperial en julio, la coronación por el Papa en diciembre de ese año, fueron confirmaciones de una realidad monárquica existente." [44]

Más aún, Napoleón esparció la monarquía por toda Europa. Los reinos y grandes ducados de Italia, Venecia, Roma, Nápoles, Lucca, Dubrovnik, Holanda, Maguncia, Baviera, Wurtemberg, Sajonia, Baden, Hesse-Darmstadt, Westfalia, y España se establecieron o restablecieron con un poder monárquico aún mayor ‒ y todas ellas gobernadas por parientes sanguíneos o políticos de Napoleón. Según Stendhal, la corte de Napoleón "lo corrompió enteramente y exaltó su amor propio a un grado enfermizo ... Estuvo a punto de hacer de Europa una vasta monarquía."[45]

"'El imperio francés habrá de volverse el metropolitano de todas las demás soberanías," dijo Napoleón una vez a un amigo. "Quiero forzar a todo rey de Europa a que construya un gran palacio para su uso en París. Cuando se corone el Emperador de los franceses, estos reyes habrán de venir a París y habrán de adornar con su presencia esa imponente ceremonia y saludarla con su homenaje."[46]

Como lo escribió uno de sus secretarios, el Barón Meneval, se veía a sí mismo como el "pilar de la realeza en Europa". El 18 de enero de 1813, escribió a su hermano Jerónimo, que sus enemigos, apelando al sentimiento popular, representaban 'levantamientos y revoluciones... doctrinas perniciosas.' En opinión de Napoleón, sus colegas monarcas eran traidores a 'su propia causa' cuando, en 1813, comenzaron a desertar del Imperio Francés, y cuando, en 1814, se rehusaron a aceptar sus términos territoriales de paz... "[47]

Jocelyn Hunt escribe: "De los reyes antes de 1791 se decía que eran absolutos, pero estaban limitados por toda clase de restricciones y controles. La Iglesia tenía un estatus casi autónomo. Bonaparte logró que la Iglesia fuera una mera rama del servicio civil. Los reyes eran ungidos por la Iglesia y de esa forma debían su autoridad a Dios. Bonaparte tomó el poder por su propia fuerza, camuflageada como 'la Voluntad Popular' que, como Correlli Barnett comenta con acidez; 'se volvió sinónimo de Napoleón Bonaparte.'[48] Cuando se hizo emperador en 1804, se coronó a sí mismo...

"La elección de ministros del primer Cónsul fue mucho más personal de lo que había sido posible para los reyes de Francia. Bonaparte estableció un sistema de reunirse con sus ministros individualmente para dar sus instrucciones. De la misma manera, Bonaparte elegía a qué ciudadanos 'ordinarios' consultar; los reyes de Francia tenían mecanismos para consultar al pueblo, pero éstos habían caído en desuso y, por consiguiente, cuando Les États-Généraux se reunieron en 1789, el efecto fue revolucionario. El cuerpo legislativo de Bonaparte fue, hasta 1814, sumiso y dócil.

"El control policíaco y las limitaciones de la libertad personal habían sido foco de condenación por los Philosophes antes de la Revolución, pero no había sido enteramente eficaz: toda una industria de importar y distribuir textos prohibidos había florecido en los años 1770s y 1780s. La policía de Bonaparte fue más rigurosa, y tan draconianas las penas, que la autocensura era para un periódico, la vía mas segura a seguir. Bonaparte cerró sesenta de los setenta y tres periódicos de París en enero de 1800, y encargaba la preparación de un resumen semanal de todo material impreso, pero pronto fue capaz de decirle a su jefe de policía, Fouché, "Sólo imprimen lo que yo quiero que impriman,"[49] De la misma manera, las odiadas lettres de cachet parecen limitadas e ineficientes en comparación con el registro de espías policíacos de Bonaparte y Fouché, juicios sin jurado, y prisión sin previo juicio. La breve experiencia de Bonaparte como dirigente jacobino en Ajaccio le había enseñado cómo reconocer y tratar a los oponentes potenciales. [50]

"En el ancien régime, el poder judicial se había mantenido separado de los reyes; no obstante que nominalmente el rey era el juez supremo, la capacitación de los abogados y de los jueces había sido asunto de los Parlamentos, con sus privilegios y mecanismos inherentes. Los Parlamentos decidían si las leyes del Rey eran aceptables dentro de las leyes fundamentales de Francia. Bajo el Consulado, no había tales restricciones sobre el legislador. Los jueces eran sus designados, y mantenían su cargo enteramente al arbitrio del Primer Cónsul; las cortes se hacían cargo de aquéllos que cuestionaban al gobierno, con mucha mayor rapidez que lo que había sido posible durante el reino de Luis XVI. La prisión y la deportación se convirtieron en instrumentos de control bajo Bonaparte.

"Los reyes de Francia eran padres de su pueblo y tenían un sentido del deber y de servicio. Bonaparte, también, creía que él era esencial para el bien y la gloria de Francia, pero podía hacer sus propias decisiones acerca de lo que constituía el bien de Francia de una manera que no había sido opción para el rey. Finalmente, en tanto que la monarquía era hereditaria y permanente, y el cargo de Primer Cónsul supuestamente sería por diez años, la fuerza de Bonaparte quedó demostrada cuando él mismo cambió su propia constitución, primero para otorgarle el cargo de por vida y luego para volverlo una monarquía hereditaria. En resumidas cuentas, ningún monarca del ancien régime había gozado de nada que se aproximara al poder que Bonaparte se había permitido tomar para sí mismo.

"Cuando en diciembre de 1800, se descubrió un complot realista de hacer estallar una bomba, Bonaparte aprovechó la oportunidad para culpar a los Jacobinos, y muchos fueron guillotinados, con cien más siendo exiliados o puestos en prisión. El régimen del terror había operado de manera semejante para librarse de oponentes potenciales o reales. La censura de la prensa y el uso de espías policíacos aseguraba que las opiniones anti-gubernamentales no se ventilaran en público. La Declaración de los Derechos del Hombre había garantizado la libertad de expresión; pero esta libertad ya se había erosionado desde antes del golpe de Bonaparte. La época del Terror había visto tanto censura moral como política, y el Directorio en varias ocasiones había ejercido su derecho constitucional de censurar la prensa. Bonaparte parece meramente haber sido más eficaz.

"Bonaparte ciertamente mantuvo el poder sin consultar al pueblo de Francia, suprimió muchas de las libertades que habían sido garantizadas en 1789, estableció impuestos más altos que los que había habido anteriormente. [En 1893 escribió] 'No he podido entender todavía qué bien hay en que exista una oposición. Sea lo que ella pudiera decir, el único resultado es reducir el prestigio de la autoridad ante los ojos del pueblo.'

En 1804, llegó a declararse emperador con el nombre de Napoleón, luego de lo cual Beethoven arrancó la página de título de su sinfonía Eroica, que le había dedicado a él, y dijo: "De modo que él también no es más que un hombre. Ahora pisoteará todos los derechos humanos y se dedicará a servir su propia ambición, se colocará por encima de todos y se volverá un tirano..." [52]. Como lo escribió de Tocqueville: "El gobierno absoluto encontró enorme campo para su resucitación [en] ese hombre que fue al mismo tiempo consumador y némesis de la Revolución."[53]

De modo que Napoleón fue sin duda un déspota, pero un déspota que para su despotismo podía aducir a muchos precedentes en el comportamiento de los Jacobinos y del Directorio. Y no fue fiel a las formas de la Revolución en su fase inicial, sustituyendo a la democracia (de tipo despótico) por la monarquía (de tipo populista); sin embargo, permaneció fiel a sus principios fundamentales, el principio, por una parte, de que nadie ni nada debe ser independiente del Estado (principio del totalitarismo) y por otra parte el principio de que la Nación es el valor supremo, y el servir y morir por la Nación, la gloria suprema.

Sin embargo, escribe Adam Zamoyski "no era tanto una cuestión de Francia 'über alles'. 'La sociedad francesa necesita una regeneración,' afirmó Napoleón en una conversación en 1805. 'Debe existir un poder superior que domine todos los demás poderes, con autoridad suficiente para forzarlos a vivir en armonía uno con otro ‒ y Francia es la mejor posicionada para ese propósito.' Era, como muchos tiranos, utópico en sus ambiciones. 'Debemos tener un sistema legal europeo, una corte de apelaciones europea, una moneda común, las mismas pesas y medidas, las mismas leyes.' Napoleón dijo una vez a Joseph Fouché: 'Debo hacer de todos los pueblos de Europa un solo pueblo, y de París la capital del mundo.'"[54]

Y sin embargo, en el fondo, como lo observa Johnson, Bonaparte despreciaba a los franceses, o quizás sería más exacto decir, a los parisinos, el corazón de la 'nación política'. Pensaba de ellos, con base en su experiencia durante las diversas fases de la Revolución, como esencialmente frívolos."[55]

Lo cierto es, por lo tanto, que no era el Estado ni la Nación lo que Bonaparte exaltaba sobre todas las cosas ‒ aun cuando hizo crecer la veneración de ellos en la historia Europea ‒ excepto a sí mismo. De modo que el espíritu que verdaderamente reinaba en la era Napoleónica puede describirse más exactamente como el espíritu del hombre-dios, del Anticristo, del cual el mismo Bonaparte, como muy correctamente lo señaló el Santo Sínodo de Rusia, fue el precursor.

La cualidad anticristiana se capta más claramente en la caracterización que de él hace Madame De Staël. "Yo tenía la perturbadora sensación de que ninguna emoción del corazón le había jamás alcanzado. Considera al ser humano como un dato o una cosa, jamás como una persona igual que él. Él ni odia ni ama ... La fuerza de su voluntad reside en los cálculos imperturbables de su egoísmo. Es un maestro del ajedrez cuyos oponentes suceden ser el resto de la humanidad ... Ni la piedad, ni la atraccion, ni religión, ni apego podrían jamás distraerlo de sus objetivos .. Sentí frío acero en su alma, sentí en su mente una profunda ironía a la cual nada grande o bueno, ni aun su propio destino, podría resistir; pues él despreciaba la nación que pretendía gobernar, y ni un atisbo de entusiasmo se mezclaba con su deseo de asombrar a la raza humana..."[56]

Napoleón y los judíos

Si la Revolución Francesa dio a los judíos su primera victoria política, Napoleón les dio la segunda. El 22 de mayo de 1799, el periódico Paris Moniteur publicó el siguiente reportaje desde Constantinopla fechado el 17 de abril: "Bonaparte ha publicado una proclama en la cual invita a todos los judíos del Asia y del Africa a que vengan a ponerse bajo su bandera, a fin de re-establecer la antigua Jerusalén. Ya ha armado a un gran número, y sus batallones están amenazando Aleppo." Ésta no era la primera vez que los judíos habían persuadido a un gobernante gentil de restaurarlos a Jerusalén. El Emperador Romano Juliano el Apóstata había permitido a los judíos regresar a Jerusalén y comenzar a reconstruir el Templo. Sin embargo, salió fuego de sus cimientos y aparecieron cruces negras en la ropa de los trabajadores, que los forzaron a abandonar la empresa. [57}

Y los judíos habrían de ser frustrados nuevamente. Pues el poderío naval británico evitó que Napoleón llegara a Jerusalén y se hiciera, como se decía que era su intención, rey de los judíos. Los judíos habrían tenido que esperar más de un siglo antes de que otro poder gentil ‒ esta vez, los británicos ‒ les ofrecieran otra vez regresar a Zion.

Napoleón ahora aprendió lo que muchos gobernantes antes y después de él han aprendido: que la generosidad con los judíos no los hace más manejables. Nechvolodov escribe: "Desde los primeros años del imperio de Napoleón, me preocupaba mucho el monopolio judío en Francia y el aislamiento en que vivían en medio de los demás ciudadanos, aun cuando habían obtenido la ciudadanía. Los informes de los departamentos presentaban las actividades de los judíos en forma muy negativa. 'Donde quiera se hacen falsas declaraciones a las autoridades civiles; padres que declaran como hijas a hijos que nacieron de ellos... Asímismo, hay judíos que han dado ejemplo de desobediencia de las leyes de conscripción; de sesenta y nueve judíos que, en el curso de seis años deberían haber formado parte del contingente de Mosela, ninguno se ha unido al ejército.

"En contraste, atrás del ejército, se entregan a frenética especulación:

"Desafortunadamente,' dice Thiers describendo la entrada de los franceses a Roma en su Historia de la Revolución, los excesos, no contra personas sino contra propiedades, mancharon la entrada de los franceses a la antigua capital del mundo... Berthier acababa de partir hacia París, Masena acababa de sucederle. Este héroe fue acusado de haber dado el primer ejemplo. Pronto fue imitado. Comenzaron a saquear palacios, conventos, y ricas colecciones. Algunos judíos en la retaguardia del ejército compraban a precio ridículo los magníficos objetos que los saqueadores les ofrecían.'

"Fue en 1805, durante el paso de Napoleón por Estrasburgo, luego de la victoria de Austerlitz, que las quejas contra los judíos tomaron grandes proporciones. Las principales acusaciones presentadas contra ellos se referían al terrible uso que hacían de la usura. Tan pronto como regresó a París, Napoleón juzgó necesario concentrar toda su atención en los judíos. En el Consejo de Estado, durante su sesión del 30 de abril, dijo, entre otras cosas, lo siguiente sobre el asunto:

"El gobierno francés no puede ver con indiferencia mientras una nación vil y degradada, que es capaz de toda iniquidad, toma posesión exclusiva de dos bellos departamentos de Alsacia; uno debe considerar al judío como una nación, no como una secta. Es una nación dentro de una nación: Yo los privaría, por lo menos por cierto tiempo, del derecho de adquirir hipotecas, pues demasiado humillante es para la nación francesa hallarse a merced de la nación más vil. Algunas villas completas han sido expropiadas por los judíos, han restablecido el feudalismo ... Sería peligroso dejar las llaves de Francia, Estrasburgo y Alsacia, caer en manos de una población de espías que para nada están apegados al país.'"[58]

Al cabo de un tiempo, Napoleón decidió tomar una medida extraordinaria: convocar a una Asamblea de 111 Notables Judíos con el fin de recibir respuestas claras e inequívocas a las siguientes preguntas: ¿permitían las leyes judías los matrimonios mixtos? ¿consideraban los judíos a los franceses extranjeros o hermanos? ¿consideraban a Francia su país nativo cuyas leyes estaban obligados a obedecer? ¿hacía la ley judaica alguna distinción entre los deudores judíos y los cristianos? Al mismo tiempo, escribe Johnson, Napoleón 'suplementó este cuerpo secular, convocando una reunión paralela de rabinos y laicos ilustrados, para asesorar a la Asamblea sobre puntos técnicos de la Torah y la Halakhah. La respuesta de los elementos más tradicionales del judaísmo fue pobre. Ellos desconocían el derecho de Napoleón de inventar tal tribunal y mucho más el de convocarlo..."[59]

Sin embargo, si algunos tradicionalistas no lo veían bien, otros judíos recibieron la noticia con inmensa satisfacción. "Según Abbé Lemann," escribe Nechvolodov, "se postraron ante él y estaban dispuestos a reconocerlo como el Mesías. Las sesiones del sanedrín [compuesto de 46 rabinos y 25 seglares de toda la Europa Occidental] tuvieron lugar en febrero y marzo de 1807, y la decisión del gran sanedrín empezaba con las palabras: "Bendito sea para siempre el Señor, el Dios de Israel, que ha puesto en el trono de Francia y del Reino de Italia a un príncipe de acuerdo con Su corazón. Dios ha visto la humillación de los descendientes del anciano Jacob, y Él ha escogido a Napoleón el Grande para ser instrumento de Su misericordia... Reunidos ahora bajo su poderosa protección en la buena ciudad de París, un número de setenta y un doctores de la ley y notables de Israel, constituimos un gran sanedrín, a fin de hallar en nosotros un medio y un poder para crear ordenanzas religiosas de conformidad con nuestras santas leyes, y que puedan servir como regla y ejemplo para todos los israelitas. Estas ordenanzas enseñarán a las naciones que nuestros dogmas son consistentes con las leyes civiles bajo las cuales vivimos, y que no nos separan de la sociedad de los hombres...[60]

"Los delegados judíos," escribe Platonov, "declararon que las leyes del estado tienen la misma fuerza obligatoria para los judíos, que estaba permitido cualquier estudio honorable de la enseñanza judía, pero que la usura estaba prohibida, etc. [Sin embargo,] a la pregunta relativa a los matrimonios mixtos de judíos con cristianos, contestaron con respuesta evasiva, si no es que negativa:' Aun cuando los matrimonios mixtos entre judíos y cristianos no puede ser vestida de una forma religiosa, ellos, no obstante no lo consideran anatema.

Ante eso, la convocación del sanedrín fue un gran triunfo para Napoleón, quien podía ahora tratar al judaísmo como a cualquier otra denominación religiosa, y no como a una nación por separado, 'apropiando para el Estado lo que tradicionalmente había sido una institución subversiva".[62] Sin embargo, los judíos no restringieron sus actividades de prestar dinero  y de especular, como Napoleón les había pedido. Por el contrario, tan sólo un año después de la convocación del gran sanedrín, se hizo evidente que sus excesos financieros seguían. Napoleón fue forzado a adoptar medidas represivas contra ellos.

Además, creó consistorios rabínicos en Francia con poderes disciplinarios sobre los judíos y otorgó a los rabinos el estatus de funcionarios del Estado ‒ medida que habría de fortalecer el poder de los rabinos sobre su pueblo. Con el tiempo, fueron creándose consistorios judíos por toda Europa. "Comenzaron la acalorada propaganda de judaísmo entre los judíos que se habían separado parcialmente de la religión de sus antepasados, organizaron escuelas rabínicas y seminarios espirituales para la educación de la juventud en el esÍpiritu del judaísmo Talmudista."[63] 

Asímismo, como lo observa Tikhomirov, "ningunas leyes podían evitar los vínculos internacionales de los judíos. Algunas veces esos vínculos aparecían abiertamente, como el Kol Ispoel Khaberim (Alianza Isrealita Universal), aun cuando muchas legislaciones prohibían a las sociedades y uniones de sus propios ciudadanos tener vínculos con extranjeros. Los judíos alcanzaron una posición de excepcional privilegio. Por vez primera en la historia de la diáspora, adquirieron mayores derechos que los de los ciudadanos locales de los países de su dispersión. Uno puede entender que, cualesquiera que los objetivos futuros de la resurrección de Israel pudieran ser, los países de la nueva cultura y nuevo carácter de estado desde esa época se convirtieron en una palanca de apoyo para el judaísmo."[64]

Ciertamente, el principal resultado del gran sanedrín, escribe Nechvolodov, "fue unir aún más al judaísmo." 'No olvidemos de dónde recibimos nuestro origen,' dijo el Rabino Salomón Lippman Cerfbeer el 26 de julio de 1808, en su discurso para la apertura de la asamblea preparatoria del sanedrín: ‒'Que ya no sea cuestión de judíos alemanes o portugueses; aun cuando estemos diseminados sobre la superficie de la tierra, en todas partes formamos sólo un único y singular pueblo.'"[65]

Como hemos visto, la emancipación e los judíos en Francia llevó a su emancipación en otros países. Aún después de la caída de Napoleón, el 8 de junio de 1815, el congreso de Viena decretó que "incumbe a los miembros de la Confederación Germánica que consideren un 'mejoramiento' del estado civil de todos aquellos que 'confiesen la fe judía en Alemania.'"[66] Gradualmente, aunque no sin oposición, la emancipación judía y el poder judío se expandió por toda Europa...


Vladimir Moss.

Deciembre 8 a 21, 2010.


[1] Eliphas Levi, en Sergius Fomin, Rossia pered Vtorym Prishestviem (Rusia antes de la Segunda Venida), Moscú, 1993, p. 38 (en ruso).

[2] William Doyle, The Oxford History of the French Revolution, Oxford University Press, 1990, p. 411.

[3] Webster, Secret Societies and Subversive Movements, Christian Book Club of America, 1924, p. 247.

[4] David Vital, A People Apart, Oxford University Press, 1999, pp. 35-36.

[5] Webster, op. cit., p. 247.

[6] Paul Johnson, A History of the Jews, Londres: Phoenix, 1987, 1995, p. 306.

[7] Vital, op. cit., p. 49.

[8] Vital, op. cit., pp. 43-45.

[9] General A. Nechvolodov, L’Empéreur Nicolas II et les Juifs (El Emperador Nicolás II y los Judíos), París, 1924, pp. 216-220 (en francés).

[10] Johnson, op. cit., pp. 306-307.

[11] Zamoyski, Holy Madness: Romantics, Patriots and Revolutionaries, 1776-1871, Londres: Weidenfeld & Nicolson, 1999, p. 51.

[12] Doyle, op. cit., pp. 64-65. Franklin fue un protagonista principal de la Revolución Americana, en la cual los Franceses y los Americanos habían cooperado para derrocar al gobierno monárquico británico. La Revolución Americana había demostrado que las ideas de los philosophes no eran sólo teoría filosófica, sino que podían traducirse a la realidad. Y la reunión de Franklin y Voltaire demostró que la ciencia y la filosofía podían encontrarse en el seno de la masonería para llevar a efecto el sueño común - libertad y “la búsqueda de la felicidad”.

[13] Hunt, op. cit., 1998, p. 37.

[14] Doyle, op. cit., p. 195. El abogado Robespierrista Bertrand Barère dijo, parafraseando a Thomas Jefferson: “El árbol de la libertad no florece a menos que se le riegue con sangre de reyes. Yo voto por la muerte”.

[15] Ridley, The Freemasons, Londres: Constable, 1999, pp. 136-137.

[16] La pintura de la muerte de Marat en su bañera por David dio a la revolución una representación “icónica” de su primer mártir. Véase el excelente análisis de la pintura y del pintor, por Simon Schama para la televisión BBC. (V.M.)

[17] Ridley, op. cit., p. 140.

[18] Doyle, op. cit., p. 254.

[19] Jocelyn Hunt, The French Revolution, Londres y Nueva York: Routledge, 1998, p. 63.

[20] Como lo dijo Pierre Vergniaud ante la Convención en Marzo, 1793: “Debe temerse que la Revolución, como Saturno, devore a sus hijos uno después del otro”.

[21] Tikhomirov, Tikhomirov, Religiozno-Filosofskie Osnovy Istorii (Los Fundamentos Religioso-Filosóficos de la Historia), Moscú, 1997, p. 458 (en ruso).

[22] Tikhomirov, op. cit., p. 460.

[23] Soloviev, Masonstvo v Mirovoj Politike XX Veke (La Masonería en la Política Mundial en el Siglo 20), Moscú: Rosspen, 1998, p. 22 (en ruso).

[24] El 1° de mayo, que ha sido adoptado como el Día Internacional del Trabajo por los Socialistas, había sido una fiesta “de fuerzas satanicas – brujos, encantadores, espíritus malignos, demonios” (O.A. Platonov, Ternovij Venets Rossii (La Corona de Espinas de Rusia), Moscú: Rodnik, 1998, p. 194 (en Ruso)). Se llamaba “Walpurgisnacht” in Alemania, en honor al misionero inglés a Alemania, San. Walburga, cuya fiesta es el 1° de mayo.

[25] Webster, op. cit., p. 205. Según su segundo al mando, el Barón von Knigge, Weishaupt, tenía un “carácter Jesuítico” y su organización era “una maquinaria tal, detrás de la cual pueden quizás ocultarse Jesuitas” (citado por Webster, op. cit., p. 227). Él, de hecho “era un judío de raza que había sido bautizado como Católico Romano y había llegado a ser profesor de derecho canónico en la universidad católica romana de Ingoldstadt en Baviera” (Jasper Ridley, The Freemasons, Londres: Constable, 1999, p. 114).

[26] Platonov, op. cit., p. 195.

[27] Platonov, op. cit., pp. 195-196.

[28] Webster, op. cit., p. 221.

[29] Webster, op. cit., p. 205.

[30] Henri Martin, Histoire de France (Historia de Francia), XVI, 533; in Webster, op. cit., p. 207.

[31] Webster, op. cit., pp. 213-217.

[32] Webster, op. cit., pp. 218-219.

[33] Yu.K. Begunov, A.D. Stepanov, K.Yu. Dushenov, Taina Bezzakonia (El Misterio de la Iniquidad), San Petersburgo, 2002, p. 401 (en ruso).

[34] Ridley, op. cit., p. 115.

[35] Webster, op. cit., pp. 241-242.

[36] Webster, op. cit., pp. 244-245.

[37] Tikhomirov, op. cit., p. 365.

[38] Hodapp, Freemasons for Dummies, Indianapolis: Wiley, 2005, p. 42.

[39] M.J. Cohen and John Major, History in Quotations, Londres: Cassell, 2004, p. 530.

[40] Johnson, Napoleon, Londres: Phoenix, 2002, p. 46.

[41] Davies, Europe: A History, Londres: Pimlico, 1997, p. 701.

[42] El resultado del plebiscito fue 3,571,329 votos por 'sí' contra 2,570 por ‘no’. Como Johnson lo observa, “Bonaparte fue el primer dictador en producir cifras electorales falsas.” (op. cit., pp. 49-50). (V.M.)

[43] Roberts, History of the World, Oxford: Helicon, 1996, pp. 589-590.

[44] Mansel, “Napoleon the Kingmaker”, History Today, vol. 48 (3), March, 1998, pp. 40, 41.

[45] Mansel, op. cit., p. 43.

[46] Adam Zamoyski, 1812: Napoleon’s Fatal March on Moskow, Londres: Harper Perennial, 2004, p. 9.

[47] Mansel, op. cit., p. 43.

[48] Johnson escribe: “Le gustaba la vaga y abstracta noción del concepto Rousseauano, de la Voluntad General, que ofrecía a la elite gobernante que sabía lo que quería la oportunidad de aprovecharse del pueblo en un esfuerzo nacional sin ninguno de los riesgos de la democracia. En la práctica una elite siempre se formaba en una pirámide, con un hombre en su cúspide. Su voluntad expresaba la Voluntad General… y le daba firmeza, la base para la acción. Las constitutiones eran importantes en el sentido en que un aparador era importante en una tienda. Pero la voluntad era el producto a vender a la nation y, una vez vendido, impuesto” (op. cit, p. 17). (V.M.)

[49] Como le dijo a Metternich: “Me ve usted como amo de Francia; pues bien, yo no me aventuraría a gobernarla tres meses con libertad de prensa” (Cohen and Major, op. cit., p. 530). (V.M.)

[50] Johnson escribe: “Fouché, quien operó la primera fuerza de policía secreta en el mundo, y que fue el prototipo de Himmler y de  Beria, fue un elemento importante en el legado de maldad de Bonaparte, pues algunos de sus métodos fuerom imitados extensamente en Austria y Prusia, donde se hicieron permanentes, y aun en la inofensiva Suecia, donde se llevaron a efecto por el mariscal de Bonaparte, Jean-Baptiste Bernadotte” (op. cit., p. 105). (V.M.)

[51] Hunt, op. cit., pp. 104, 105-106, 107, 108, 112. Tampoco tenía tiempo para la prensa..

[52] Cohen and Major, op. cit., p. 531.

[53] De Tocqueville, L’Ancien Régime et la Révolution (El Antiguo Régimen y la Revolución), 1856, libro 3, capítulo 8; in Cohen and Major, op. cit., p. 527.

[54] Zamoyski, 1812, p. 9.

[55] Johnson, op. cit., p. 119.

[56] De Staël, en Johnson, op. cit., p. 119.

[57] Socrates, Ecclesiastical History, III, 20; Sozomen, Ecclesiastical History, V, 22; Theodoret, Ecclesiastical History, III, 15; Karen Armstrong, A History of Jerusalem, Londres: HarperCollins, 1997, pp. 194-196.

[58] Nechvolodov, op. cit., pp. 221-222.

[59] Johnson, op. cit., p. 310.

[60] Nechvolodov, op. cit., pp. 225-226.

[61] Platonov, op. cit., p. 266.

[62] Eliane Glaser, “Napoleon’s Jews: A Law unto Themselves” (Los Judíos de Napoleón. Una Ley Dictada para Ellos Mismos), BBC History Magazine, vol. 8, no. 8, August, 2007, p. 36. Esto no significaba, sin embargo, que las quejas de los ciudadanos de Alsacia fueran ignoradas.. Según el “infame decreto” del 17 de marzo de 1808, escribe Vital, “las deudas en favor de los judíos [en Alsacia] serían reducidas fuerte y arbitrariamente. Pero las estipulaciones del decreto iban mucho más allá que eso. Restrictiones se imponían a la libertad de los judíos de dedicarse al oficio de su elección y de trasladarse de una a otra parte del país sin necesidad de permiso especial. Se someterían a un registro comercial especial. No habrían de usar la lengua hebrea en sus operaciones comerciales. A diferencia de otros ciudadanos, se les prohibía ofrecer sustitutos en caso de conscripción para el servicio militar. Y la entrada de judíos extranjeros a Francia sería condicionada a su desempeño militar o a la satisfacción de requisitos específicos de propiedad.” (op. cit., p. 59). El decreto duró diez años, pero ya no fue renovado por el gobierno de la Restauración.

[63] Platonov, op. cit., pp. 267-268.

[64] Tikhomirov, op. cit., p. 366.

[65] Nechvolodov, op. cit., p. 226.

[66] Vital, op. cit., p. 62.

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