lunes, 24 de agosto de 2015

Causas de la Guerra de Secesión de los Estados Unidos

Causas de la Guerra de Secesión de los Estados Unidos

Reseña del libro The Conflict Between the North and the South por Adam Miller

Escrita por  Eleonore Villarrubia


Tomado de: catholicism.org/the-conflict-between-the-north-and-the-south-a-book-review.html del 29 de abril de 2015
Traducido del inglés por Roberto Hope

Primer tomo  – El Norte y el Sur y la Secesión: ¿Cuál de las dos partes tenía la razón? Un examen de Causa y Derecho.

Adam Miller es un hombre valiente por la manera como trata este delicado asunto – la Guerra Civil Norteamericana, o (mejor dicho) la Guerra entre los Estados, o (como él prefiere llamarla) la Guerra de Agresión del Norte. Como él lo explica, no puede llamarse propiamente una guerra “civil”, porque no lo fue.  Una guerra civil ocurre cuando uno de los contendientes trata de derrocar el gobierno en turno y tomarlo para sí.  En los Estados Unidos en 1981, los estados sureños no trataron de derrocar al gobierno radicado en Washington. De hecho, el Sur no quería tener nada que ver con ese gobierno por razones que la mayoría de los americanos de hoy en día no comprende. ¿Por qué no lo comprende? Bueno, como dice el dicho “la historia la escribe el vencedor” y eso es ciertamente lo que ha pasado en este caso.

En su primero de cuatro tomos (tres de los cuales han sido terminados), el Sr. Miller trata de las diferencias entre las dos secciones del país, las causas de insatisfacción de los estados sureños con sus vecinos norteños, la cuestión de la secesión y, por supuesto, toca el punto de lo que la mayoría de los americanos de hoy en día creen que fue la causa de la guerra, el de la esclavitud. Según el análisis del Sr. Miller, no están en lo correcto, y este primer tomo explica brevemente por qué.

Desde una perspectiva tradicional católica, el Sr. Miller señala que había grandes diferencias entre las culturas y las sociedades del norte y del sur. Aunque no específicamente católica, la sociedad sureña era jerárquica, con una elite educada como clase gobernante. Ésta era por cierto la manera como Thomas Jefferson veía que la sociedad debiera estructurarse. Él era de Virginia, un hombre brillante y altamente educado que sabía que — por mucho que se hablara de democracia e igualdad — los hombres en realidad no son creados iguales. Cierto que ante la ley, su trato debería ser igual, pero no todos los hombres son hechos por Dios con la capacidad de gobernar a otros o de dirigirlos en universidades o en granjas o en los negocios. El liderazgo pertenecía a los pocos a quienes Dios les daba tales talentos.  El Sr. Miller dice del Sur que fue la última sociedad sobre la tierra que se asemejaba a aquélla época en la historia que llamamos la Cristiandad, cuando toda la vida europea estaba construida sobre conceptos jerárquicos.

Los estados del norte, por el contrario, abrazaban la filosofía de la Ilustración, en tanto que rechazaban el principio jerárquico de que toda autoridad viene de Dios. El poder de gobernar venía del pueblo — o por lo menos así lo creían aquellos revolucionarios que deseaban liberarse del gobierno del rey de Inglaterra. Muchos de los primeros pensadores americanos abrazaron las ideas de la francmasonería europea — liberarse del Altar y del Trono. (O sea, deseaban derrocar a los reyes y a la Iglesia.)

Una manera simple de exponer el asunto es que la lucha era entre una región agraria, más religiosa y más orientada hacia la familia — el Sur, y una región que era más industrial y más secular, dominada por el racionalismo y el escepticismo — el Norte. La cuestión, naturalmente es mucho más compleja que esta afirmación tan simple, pero el hecho es que las dos regiones del país no podían ser más diferentes. De hecho, Thomas Jefferson sostenía la firme creencia de que, conforme la nación se expandiera hacia el oeste, las diferencias se harían tan grandes entre las varias regiones del país, que no habría otra opción que la de separarse en naciones distintas, quizás hasta cuatro, debido a las disparidades en filosofía, necesidades, cultura y recursos.

La causa real del desacuerdo era económica. El Sur ha sido pintado por los escritores y comentaristas más conocidos como pobre y retrógrada. Esta es una descripción falsa e injusta.  Había mucha riqueza en la región sur del país, con sus fértiles tierras de cultivo y su clima templado. El algodón era el principal cultivo generador de riqueza, pero había otros, entre ellos el tabaco y los productos alimenticios. El Sr. Miller señala que, si el Sur hubiera sido una nación distinta en 1860, su economía habría sido la tercera más grande de los continentes europeo y americano.

Debido a que el Sur era una sociedad agraria, la mayor parte de los bienes manufacturados tenían que ser importados. Los agricultores sureños eran hábiles hombres de negocios, buscaban fabricantes que pudieran darles el mejor precio por su algodón.  Sucedía que éstos estaban en los países del occidente de Europa — no en el norte de los Estados Unidos. Además, la ropa manufacturada en las fábricas del norte costaba mucho más que la que se hacía en fábricas europeas. Era ciertamente más barato embarcar el algodón a Europa y comprar la ropa que allá se fabricaba, que enviarla a las fábricas del Norte y comprarles sus productos. Los banqueros y manufactureros del norte resentían el hecho de que no estaban obteniendo ganancias del algodón que se cultivaba en los estados del sur ¿cuál fue entonces su solución? El Congreso, dominado por intereses del Norte, promulgó altas tarifas sobre los bienes importados, subiendo así el precio de la ropa hecha con algodón sureño.

Estas injustas tarifas tuvieron efectos negativos serios en la economía sureña y al mismo tiempo beneficiaban al gobierno federal que, a su vez, repartía las ganancias a los banqueros del norte. Las tarifas se hicieron cada vez más altas entre 1822 y 1860.  En 1828, cuando se promulgó la “Tariff of Abominations”, Carolina del Sur amenazó con salirse de la Unión. Aun cuando ese asunto se arregló, las altas tarifas sobre bienes importados hechas con algodón del sur siguieron subiendo.  En 1833, el gobierno nacional tenía un enorme (para aquellos tiempos) superávit en la tesorería, que el Congreso, dominado por intereses del Norte, repartía entre estados del norte sin que un centavo fuese a parar a algún estado del sur. La discriminación era tan patente que el Presidente Buchanan notó en un discurso ante el Congreso en 1858, “El Sur no ha recibido su parte de dinero de la Tesorería, y una injusta discriminación se ha cometido contra él."

Estos cuantos ejemplos nos muestran que la estrangulación era la intención del Congreso. Para 1860, quedaba claro para los estados del sur que no había un Congreso para la totalidad de los Estados Unidos — sólo eran considerados los intereses del Norte.

La cuestión de la secesión trae muchas preguntas: ¿Era constitucional? ¿Se menciona la posibilidad de secesión en alguna parte de la Constitución? ¿Había algún estado tratado de separarse antes del conflicto entre el Norte y el Sur? De ser así ¿por qué? ¿Salvó el Presidente Lincoln a la Unión, como se afirma, o actuó de manera inconstitucional forzando el asunto? El Sr. Miller ocupa gran parte de este primer volumen explicando la cuestión de la secesión. Dicho brevemente, la Constitución no la prohíbe específicamente, ni siquiera menciona la posibilidad de secesión. Considerando la Décima Enmienda — aquélla que dice que todos los poderes que no estén reservados específicamente al gobierno federal corresponden a los estados — ya que la secesión no está prohibida, la conclusión lógica es que los estados individuales pueden separarse de la Unión en cualquier momento. Esto es lo que entendían los fundadores. Oigamos a James Madison, el “Padre de la Constitución”, exponiendo el hecho ante la convención constituyente, en respuesta a la propuesta de una enmienda que prohibiera la secesión (la cual fue votada en contra de manera unánime): “Una unión de los estados que contuviera tal ingrediente parecería más una declaración de guerra que la imposición de un castigo y probablemente sería considerada por la parte atacada como una disolución de todos los pactos anteriores por los cuales pudiera haber estado obligada.” (Debates ... Vol V). John Quincy Adams, en relación con el tema de secesión, manifestó en 1833, “sería mejor para los pueblos de estos estados desunidos separarse uno de otro en forma amigable que mantenerse unidos por coacción.”

Es interesante notar que ciertos dos hombres al otro lado del mundo estaban poniendo muy cercana atención a lo que pasaba en los Estados Unidos en 1860: Karl Marx y Friedrich Engels. Reconocieron que el Presidente Lincoln y el Norte estaban utilizando las mismas tácticas que recomendaba la obra de Marx, el Manifiesto Comunista, específicamente la coerción a punta de pistola. Este hecho será tratado más ampliamente en el Tomo III de esta serie. Hasta el mismo Alexander Hamilton, partidario de un gobierno federal fuerte, estaba en contra de una unión forzada.

Durante la guerra de 1812 con Inglaterra, los estados de la Nueva Inglaterra amenazaron con separarse de la Unión para acordar una paz por separado con la Gran Bretaña. El asunto fue resuelto sin una secesión, pero el derecho de esos estados de separarse nunca fue puesto en duda. Más adelante, en los 1850's había abolicionistas en Nueva Inglaterra que querían separarse de la Unión por la cuestión de la esclavitud. El gobierno de los Estados Unidos y la Constitución habían dejado que la esclavitud subsistiera durante demasiado tiempo, decían ellos. Se reunieron en Boston y quemaron ejemplares de la Constitución y repudiaron la Unión. Ningún castigo fue impuesto a estos protagonistas.

Un argumento que refuerza la constitucionalidad de la secesión es el punto, expuesto de manera muy clara por el Sr. Miller, de que los estados individuales existieron antes de la creación del gobierno federal. En otras palabras, los estados soberanos surgieron primero y luego se unieron a fin de crear el gobierno nacional. Dicho de otra forma, los estados hicieron la creatura de los Estados Unidos, el país. Por lo tanto, la creatura, el país, está subordinado a su creador, los estados. Siempre que habían entrado más estados a la Unión, primero habían existido como estados soberanos y luego fueron admitidos a la Unión por voluntad propia. Ya que cada estado es soberano, no puede ser detenido por la fuerza si desea salirse de la Unión. Este hecho es enfatizado una y otra vez por el autor.

La conclusión basada en estos dos puntos — el de que la secesión no está prohibida por la Constitución y el de que los estados individuales son soberanos por su propio derecho y que no se pretendía que estuvieran subordinados al gobierno nacional — es que estaba perfectamente dentro de los derechos de esos estados que quisieron dejar de ser parte de un país que los trataba como ciudadanos de segunda clase, el poder separarse pacíficamente de ese país.

El tema de la esclavitud es tocado en el Tomo I y desarrollado en el Tomo II. De manera que dejaremos esa discusión para la reseña del Tomo II.

El primer tomo de The Conflict Between the North and the South concluye con varios apéndices interesantes sobre temas pertinentes cubiertos en el cuerpo principal del libro. Todos ellos merecen una lectura muy atenta.

Segundo Tomo: El Norte, el Sur y la Esclavitud: Corrección de Distorsiones, Mitos y Tergiversaciones.

En este segundo tomo, corto pero repleto de información, el Sr. Miller dedica una larga introducción y el capítulo primero, a tratar el tema general de la esclavitud en sí misma. Es importante tener en cuenta que ésta no es una apología en favor de la esclavitud ni una racionalización de la misma. Simplemente presenta hechos y opiniones basadas en principios católicos que destruyen el pensamiento post- Ilustración, comúnmente aceptado sobre el tema. Además hace añicos de los mitos y mentiras descaradas referentes a la esclavitud en los estados sureños, que se han hecho pasar por historia durante toda la vida de la mayoría de los que estamos leyendo este artículo. Adicionalmente, nos enteraremos de algunos secretos bien guardados acerca del “Gran Emancipador”, que los historiadores convenientemente han descuidado incluir en libros que elogian su humanismo.

Volviendo al tema de una estructura jerárquica de los asuntos humanos, se nos recuerda otra vez que no fue hasta la llamada Ilustración cuando comenzó a considerarse a todos los hombres iguales. Un rápido inventario de nuestro propio círculo de amigos y conocidos nos dirá que unos son más listos, unos son más fuertes, unos tienen don de mando, otros son seguidores; o sea que todos tenemos talentos y habilidades diferentes. La Civilización en la Edad Media funcionó muy bien con base en una estructura jerárquica. Rousseau y los suyos destruyeron todo esto en la Revolución que puso a Francia, la hija mayor de la Iglesia, de rodillas. Siguió el resto de Europa. Debido a que Occidente sigue todavía en modo Rousseauano, nos esforzamos por tratar de igualar el resultado de todos para que nadie “se sienta” inferior. Pues bien, algunas personas son inferiores, y Dios los hizo para servir, en tanto que otros dirigen.

La estructura jerárquica tiene muchos ejemplos en las Sagradas Escrituras, tanto en el antiguo como en el nuevo testamento. Uno de los pasajes más discutido (y hasta considerado chocante) de San Pablo, está en su epístola a los Efesios, Capítulo 5, en la cual San Pablo exhorta a los cristianos a llevar una vida virtuosa; versículos 22 a 25 ”Que las mujeres se sometan a sus maridos como al Señor: porque el marido es la cabeza de la mujer, así como Cristo es la cabeza de la Iglesia. Por lo tanto, así como la Iglesia está sujeta a Cristo, así también lo estén las mujeres a sus maridos en todas las cosas. Maridos, amen a su mujer así como Cristo también amó a la Iglesia y se entregó por ella.” El capítulo entero habla del sacramento del Matrimonio (como se ve claramente de la lectura) así como del sacramento del Bautismo, además de exhortar en contra de la fornicación, el adulterio y la codicia. En otra parte, San Pablo se refiere a sí mismo como “esclavo de Cristo.” De manera semejante ¿no nos llamamos nosotros mismos esclavos de Jesús a través de María?

Las ideas revolucionarias de la Ilustración han puesto de cabeza este orden jerárquico de cosas. En lugar de condenar la servidumbre ¿no da San Pablo instrucciones al esclavo Onésimo quien vino a verlo tratando de refugiarse de su amo, que se sometiera a él? San Pablo envía a Onésimo de regreso con Filemón, encargándole que se vuelva tan buen sirviente como pueda,para ganarse de esa manera la santidad (la cual se ganó). Un ejemplo final es dado por Nuestro Señor mismo cuando está con grilletes ante Pilatos, “No tendrías poder sobre mí si no te fuera dado de lo alto.” La Ley Natural y la doctrina católica nos enseñan que todo poder viene de Dios, aun el poder terreno. No fluye hacia arriba del pueblo, como los Americanos han sido enseñados. Esto es por qué en un gobierno católico un benévolo monarca católico es el gobernante natural.

El Sr. Miller incluye muchos datos sobre la parte sur de los Estados Unidos, que sorprenderán al lector promedio, a quien se le ha enseñado con los libros seculares de historia y por Hollywood acerca del brutal sistema de esclavitud que existía en el Sur. En primer lugar, los esclavos eran extremadamente caros. Ningún amo con buen sentido de negocios maltrataría a su mas costosa inversión. Se necesitaban hombres fuertes en la plantación para que el amo y el esclavo se ganaran la vida (y la de sus familiares); a cambio, los esclavos tenían habitaciones decentes, comida adecuada y ropa para ellos y sus familias. La jornada de trabajo no era tan larga que no tuvieran tiempo para interactuar con sus familias, y tenían sus días libres. Muchos adoptaron la religión de sus amos para poder asistir a los oficios de sus iglesias los domingos. Había mucha interacción social entre las razas, el esclavo y el libre, tanto dentro de la pequeña sociedad que constituía cada plantación, como entre los muchos negros libres que vivían en el Sur. La ley no permitía a los dueños de esclavos correr a ningún esclavo por enfermedad o vejez e incapacidad de trabajar. Tenían que ser cuidados de la misma manera como el amo trataba a su familia.

Contrastemos esto con las condiciones en los estados industriales norteños en los que ninguna persona blanca siquiera consideraría alguna forma de interacción social con los negros, libres o esclavos. En los estados del norte no había leyes contra el despido de esclavos viejos o enfermos, y de hecho sucedía con frecuencia. Y sí, había esclavos en el Norte.

No todo blanco en el Sur era propietario de esclavos. Por el contrario, la mayoría labraban sus granjas con la ayuda de sus propias familias o con peones contratados — que podían ser negros libres. De hecho, puede sorprenderles el que había negros libres que eran dueños de esclavos. Hasta había algunos indios dueños de esclavos negros. Hay tantas percepciones equivocadas sobre la esclavitud en el Sur y cómo eran tratados los esclavos, que sólo puedo recomendarles que consigan este pequeño tomo y lo lean muchas veces. (Puedo oir a algunos lectores decir “¡Vaya, ahora nos estás diciendo que la esclavitud era una gran cosa!” No. No estoy diciéndolo. Simplemente estoy enunciando las condiciones de la época.)

Hablemos ahora un poco del Gran Emancipador. Todos saben que Lincoln “liberó a los esclavos” por medio de la Proclamación de Emancipación ¿correcto? Piénsenlo otra vez. La Proclamación fue emitida en 1862 para que surtiera efectos en enero de 1863. ¿Fueron liberados todos los esclavos? ¡No! Los únicos esclavos liberados fueron aquéllos que vivían en los estados que “seguían en rebelión.” Los esclavos en los estados fronterizos de Kentucky, Delaware, Maryland, Missouri y Tennessee (donde no seguía la guerra) no fueron liberados. ¿Por qué no? Habría sido más fácil liberarlos ahí que en los estados donde seguía la lucha. La proclamación tampoco hizo ciudadanos de los esclavos liberados, ni proveía para el bienestar de los que se escaparan. En otras palabras, solamente aquellos esclavos cuyos estados seguían luchando por su independencia eran “libres.” Este fue un intento de justificar la guerra con la causa de la liberación de los esclavos y para alentar a los esclavos de los estados “rebeldes” a voltearse contra sus amos y unirse al enemigo. Qué sorpresa debe haberse llevado el Sr. Lincoln al ver que la mayoría no lo hizo; se quedaron a defender sus hogares.

De ninguna manera consideraba el Sr. Lincoln a la raza negra igual a la suya. En su debate con Stephen Douglas en Illinois "¿Liberarlos y hacerlos política y socialmente nuestros iguales? ... No podemos, pues, hacerlos iguales. No estoy ni jamás he estado a favor de hacer de los negros votantes o miembros de jurados, ni de calificarlos para un cargo. Estoy a favor de tener la posición superior asignada a la raza blanca.” En otra parte expresó su deseo de enviar a los esclavos negros a Liberia en el África o a otros lugares, tales como Haití, Panamá y Centroamérica. Como dirigente del movimiento “free-soil” en su estado, esperaba “mantener el Oeste blanco” evitando que la esclavitud se extendiera a los estados del oeste. En 1862, en un discurso a dirigentes negros en el Norte, dijo que ellos “no pertenecen a esta tierra de blancos” y que era “mejor para ambas razas, por lo tanto, el mantenerse separadas.” En nuestros días calificaríamos esas palabras como las de un supremacista blanco y de un racista recalcitrante.

Es cierto que debemos considerar la época. Los esclavos — y los obreros en general — no estaban bien educados. Tomaría tiempo desde el momento de su liberación para lograr que un hombre se valiera por sí mismo mediante adiestramiento y educación. Por lo tanto, quizás no debemos ser tan severos con el Sr. Lincoln.

[Nota: leímos en un artículo anterior (ver artículo sobre Pierre Toussaint en el mismo sitio) el ejemplo del esclavo haitiano Pierre Toussaint, ahora Siervo de Dios, que fue educado bien por su amo francés y que, cuando la familia del amo se mudó a Nueva York huyendo de la rebelión en Haiti, sostuvo a su amo y a su familia entera gracias a sus muchos talentos y vocaciones.]

El Sr. Miller ha logrado corregir muchos mitos y mentiras descaradas acerca de la esclavitud y su práctica en el Sur, y en el Norte también. Cientos de ejemplos interesantes hacen que este pequeño tomo bien valga la pena leerse.

Tomo Tercero: El Norte, el Sur, y las Políticas de Guerra de Lincoln


En éste, el tercero de los que pronto serán cuatro tomos, Adam Miller expone — sin miramientos — las políticas dictatoriales de guerra de nuestro Abraham Lincoln y el precio que el país pagó por ellas. Es una lectura difícil, no en el sentido de que sea difícil de entender ¡no! es demasiado fácil de entender, pero es difícil de creer que el mártir santificado, el "Honest Abe", haya hecho en realidad algunas de las cosas que se le atribuyen, antes y durante la guerra. La bibliografía del Sr. Miller, como la de sus dos primeros tomos, es extensa. Aun cuando ya había yo leído alguna de esta información en otras fuentes, me hallé leyendo con cándido horror de muchas de los hechos y políticas que describe.


Citemos algunos ejemplos:

  • En 1861, el Sr. Lincoln le declaró la guerra a los Estados Confederados sin el consentimiento del Congreso. La Constitución le otorga al Congreso, no al Presidente, la facultad de declarar una guerra (Artículo 1°, Sección 8). De hecho, la Constitución específicamente limita los poderes del ejecutivo, a fin de evitar que se concentre demasiado poder en las manos de una persona.
  • Suspendió el Writ of Habeas Corpus (análogo al derecho de amparo en la ley mexicana) y ordenó el arresto y prisión de miles de personas en el Norte que no habían violado ley alguna, negándoles defensa legal. Muchos de éstos eran editores de periódicos, que criticaban sus políticas. Estos actos, además, entrañaban la supresión de la libertad de expresión y de la libertad de prensa.
  • Invadió varios estados que él mismo declaraba que seguían siendo parte de la Unión. Si ésto último era cierto, su acción fue ilegal porque la Constitución declara que las tropas federales no pueden entrar a un estado individual salvo cuando ese estado en particular lo ha solicitado (Artículo 1°)
  • Separó la porción occidental de la Virginia convirtiéndola ilegalmente en un estado diferente. (Artículo IV)


Hay otras, por supuesto, que se exponen en detalle en el libro. Los estados sureños que formaban la Confederación simplemente querían separarse pacíficamente porque reconocían que siempre serían tratados como de segunda clase por el Congreso. No tenían un ejército ni una marina para conducir la guerra. Sin embargo, sí tenían lo necesario para convertirse en un país por separado. Hubo varios intentos para evitar la guerra mediante el logro de algún tipo de acuerdo pacífico, pero Lincoln nada quería de eso. Por lo tanto, la razón que dio para irse a la guerra — una horrible guerra de desgaste — fue la de “preservar le Unión”.

¿Guerra de desgaste? Vaya que sí, y de manera vehemente. Todos saben de “la marcha al mar de Sherman”. No fue sólo Atlanta que fue hecha cenizas. Las tropas tenían órdenes de llevar a efecto una táctica de tierra quemada — incendiar toda población, toda villa y todo cultivo; matar todo caballo, vaca, borrego,cabra o pollo que tuvieran a la vista. El propósito de tal total destrucción era dejar a la población civil sin nada qué comer o con qué ganarse la vida a fin de que se muriera de hambre. Y no fue sólo Sherman, sino la mayoría de los generales unionistas, que llevaron a efecto la misma política. El General Sheridan y sus tropas devastaron el bello Valle del Shenandoah. ¿Su filosofía? “El pueblo debe quedar sin nada más que sus ojos para llorar por la guerra.”

Lincoln, contrariamente a la impresión humanitaria que los americanos tienen de él, aprobó estas tácticas brutales de guerra. De hecho, envió a Sheridan un mensaje expresando “su admiración y agradecimiento personal por la operaciones en el Valle del Shenandoah de este mes.”

Civiles desarmados, incluidos mujeres y niños, fueron muertos a balazos al por mayor al comienzo de la guerra en Missouri, Baltimore, Carolina del Sur, Nueva Orleans y otros lugares. En 1862, la ciudad de Athens en Alabama, fue invadida por uno de los “generales pirómanos“ de Lincoln, Robert B. Turchin, nacido en Rusia, quien informó a sus soldados que cerraría los ojos por una hora mientras “se detenían” en esta ciudad. Al término de la hora, todo lucía en paz y quietud. No se reportó ningún incendio. Entonces Turchin dijo a sus tropas que cerraría ahora los ojos durante hora y media más. Siguiendo la insinuación, las tropas unionistas procedieron a saquear, robar y quemar la ciudad. Turchin fue entonces sometido a corte marcial y expulsado del ejército, ocurrencia rara para una práctica que había sido tan común. Al enterarse de esto Lincoln, premió al criminal restituyéndolo en su cargo y dándole un ascenso — lección bien entendida por otros generales de la Unión.

El general Turchin nos lleva a otro hecho poco conocido de esta horrible guerra: Muchos de los consejeros, generales y tropas de Lincoln eran extranjeros, principalmente refugiados de las revoluciones que se extendieron por Europa en 1848 . Estos hombres eran de los revolucionarios comunistas y socialistas tempranos que pusieron fuego a Europa en un intento de derrocar al “altar y al trono”. En otras palabras, eran francamsones revolucionarios, herederos de los ideales de la Revolución Francesa, exportando ahora su revolución a América. Había tantos de ellos, que se les llamaba colectivamente “The Forty Eighters” (los del cuarenta y ocho). Uno de los más conocidos de estos personajes fue Carl Shurz, un revolucionario prusiano que escapó a América vía Londres después del fracaso de los revolucionarios en Alemania. Fue la primera persona nacida en Alemania en ser electa al Senado de los Estados Unidos; sirvió como Secretario del Interior bajo la presidencia de Hayes y fue nombrado por Lincoln embajador en España. Él es sólo un ejemplo de la influencia que tuvieron estos revolucionarios alemanes y del este de Europa durante los años de la guerra y después. Había en el Ejército de la Unión muchos miles de soldados nacidos en el extranjero, la mayoría de ellos de corte revolucionario. Esos hombres se establecieron en el medio oeste, tierra de Lincoln y de su Partido Republicano. Se estima que hasta una cuarta parte del Ejército de la Unión había nacido en el extranjero, la mayoría de ellos en países de Europa del este. Marx y Engels observaban con interés su progreso en traer su revolución a América.

¿Puede dudarse de que nuestro país ha cambiado enormemente desde esa horrible guerra y desde la presidencia de Lincoln? Las recientes presidencias imperiales de los últimos jefes del ejecutivo son prueba de ello. Nuestro actual presidente es tan descarado con sus órdenes ejecutivas, que actúa más como un dictador auto nombrado que como un presidente constitucionalmente electo.

Un tema final cubierto por Adam Miller en el tercer tomo de la serie trata de las condiciones en los campos de prisioneros de guerra. Mucho se ha escrito de los horrores de Andersonville en Georgia, y efectivamente era un lugar terrible. Pero ¿cómo podían los Confederados alimentar a sus prisioneros unionistas si no tenían nada con qué alimentarse ellos mismos y sus familias cuando sus cultivos y sus ganados habían sido destruidos por el Ejército de la Unión? Cuando ofrecieron un intercambio de prisioneros y aun cuando ofrecieron el liberar prisioneros unionistas sin intercambio, les fue rehusado, casi como si quisieran que sus prisioneros se murieran de hambre. En los campos del Norte muchos prisioneros fueron dejados morir de hambre o de frío intencionalmente — forzados a caminar descalzos en la nieve y con harapos por toda ropa.

Las páginas de los Registros Oficiales de la Guerra de Rebelión están repletas de descripciones de las atrocidades que ocurrieron en Point Lookout, Maryland, en Johnson Island, en Camp Chase, Ohio, en Elmira, Nueva York, en la Prisión de Louisville, Kentucky, en Fort Pulaski, South Carolina, en Camp Douglass, Illinois, en la Prisión de Rock Island, Illinois, y en Fort Delaware. Ahí está consignado, de testimonios dados por los guardias de la Unión de esos lugares, que los prisioneros debían ser mantenidos en “condiciones de inanición” por órdenes del Secretario de Guerra Edwin M. Stanton. Tales órdenes habiendo sido aprobadas por el propio Presidente Lincoln. Los suministros enviados desde sus hogares a los hombres hambrientos eran abiertos delante de ellos y todo lo que tenía el aspecto de alimento era destruido ante sus ojos. Ésta no era sólo tortura física sino también psicológica. Un comandante de campo de prisioneros, el coronel William Hoffman, era tan experto en privar a sus prisioneros de alimento, cobijas y ropa, que devolvió una gran porción de su presupuesto a la Tesorería, en tanto que su “doctor” del campo de prisioneros se ufanaba de que mató más soldados Confederados en su hospital que cualquier regimiento del Ejército de la Unión.

¿Por qué no se encuentran estos hechos documentados en los “libros de historia”? ¿Por qué ha prendido el mito de un Lincoln benévolo? ¿Por qué no se sabe mejor el que esta guerra de desgaste contra los estados del Sur fue con la intención expresa de devastarlos? Como lo dijimos al principio, es el vencedor el que escribe la historia oficial.

Se encuentra mucho más en este tomo, como la actitud del Sr. Lincoln ante la raza negra y lo que deseaba para los esclavos liberados y para aquellos negros que eran hombres libres desde antes de la guerra. No es lo que nos ha sido enseñado.

Todos los tres tomos del libro del Sr. Miller contienen extensas bibliografías. Algunos de los libros citados son bastante recientes y ampliamente disponibles. Si quiere usted conocer la verdad, los hechos que no le enseñaron en la escuela, estos libros son un buen comienzo.



lunes, 3 de agosto de 2015

Los Americanos Compran el Programa Marxista de Planificación Familiar

Los Americanos Compran el Programa Marxista de Planificación Familiar

El plan de diez puntos de Marx y Engels para imponer el Comunismo incluye medidas drásticas contra la familia, que muchos americanos apoyan hoy en día.


por Paul Klengor

Traducido del inglés por Roberto Hope


Si nunca ha usted leído el “Manifiesto Comunista” de Karl Marx y Friedrich Engels, publicado en 1848, debería leerlo, especialmente ahora, Por cierto, leer esta horrorosa diatriba contra la naturaleza humana puede ser confuso, y no se diga insatisfactorio y enteramente inedificante. ¿Qué quieren decir los autores, por ejemplo, cuando claman, “¡Abolición de la familia!” Hasta los más radicales se inflaman ante esta infame propuesta de los comunistas.

Lo que Marx y Engels quisieron decir con abolición es cuestión debatible, la cual detallo en mi libro “Takedown: From Communists to Progressives, How the Left has Sabotaged Family and Marriage.”  (“Desmantelamiento. Cómo la Izquierda ha Saboteado la Familia y el Matrimonio.”) En él trato extensamente los puntos de vista intranquilizadores  que expresan los fundadores del  comunismo sobre la familia, el matrimonio, la sexualidad y demás.

Ellos son solamente una escala en una larga lista de izquierdistas, tales como Robert Owen, Charles Fournier, Vladimir Lenin, Leon Trotsky, Alexandra Kollontai, Margaret Sanger, Margaret Meade, Wilhelm Reich, Herbert Marcuse, Betty Friedan, Kate Millett, los Bolcheviques, la Escuela de Frankfurt de marxistas culturales, Mao Tse Tung, diversos radicales de los sesentas, desde Bill Ayers y Bernardine Dohm hasta Mark Rudd y Tom Hayden, pasando por grupos contemporáneos, como la campaña Beyond Marriage y varios activistas pro matrimonio homosexual —todos sólo para comenzar— que se han dedicado a transformar fundamentalmente el matrimonio y la familia natural, tradicional y bíblica.

Aun cuando varían en sus creencias, todos se ponen de punta ante la idea de un Dios o creador absoluto que ha establecido eternamente normas para el matrimonio de un hombre con una mujer y para la familia.  Los comunistas de hoy en día, en lugares tales como People's World, en la página de internet del Partido Comunista de los EUA, y aun en lugares que alguna vez fueron militantes anti-homosexuales, como la Cuba de Castro, están acogiendo el matrimonio homosexual como el vehículo largamente esperado que habían buscado por siglos para re-conformar, re-definir, y desmantelar el matrimonio natural-tradicional-bíblico —y para atacar a la religión y a los creyentes. Están fuera de sí en una mezcla de perplejidad y gozo de ver que la cultura general está finalmente con ellos ¡por fin! en uno de sus numerosos esfuerzos por re-definir la familia y el matrimonio.

Esto no significa, desde luego, que vaya usted a encontrar apoyo por el matrimonio homosexual en los escritos de Max y Engels. Por favor ¡no sea bobo! Ningún grupo de radicales a lo largo de los 2000 años del Occidente Judeo Cristiano jamás contempló eso. La mera fugaz contemplación, la mera noción momantánea, la más efímera fantasía de un hombre casándose legalmente con otro hombre (con una extendida aceptación cultural) en los años 1850s o los 1950's o tan recientemente como los 1980s y 1990s habrían sido objeto de mofa, como algo necio e incomprensible.

El odio de Marx y Engels hacia la familia
No obstante, a lo largo del camino que empujó a la civilización hasta este punto históricamente extremo, algunas fuerzas influyentes surgieron en la extrema izquierda que no pueden y no deben ser desdeñadas. Entre ciertos elementos había un radicalismo sexual pronunciado que podría decirse que ayudaron a pavimentar el camino, o por lo menos abrieron la brecha,  Unos de esos elementos fueron los neo-marxistas de la Escuela de Frankfurt, que tuvieron un impacto especialmente fuerte en las universidades americanas, particularmente en los años 60s.

Pero eso habría de venir más tarde, un siglo después de Marx y Engels. Para este artículo confinémonos a Marx y Engels. No puedo reiterar aquí lo que necesita muchas páginas para detallarse, pero, en pocas palabras, Marx y Engels no eran grandes fanáticos del matrimonio y la familia. “Bendito es quien no tiene familia", le escribió Marx a Engels, en lo que en el mejor de los casos estaba bromeando, (chistoso ¿no?)

Su semi-sociedad final fue un libro de 1884 que fue publicado por Engels un año después de la muerte de Marx. Intitulado “El Origen de la Familia”, en su prefacio Engels aclara que el libro reflejaba las opiniones de Marx. Engels afirma ahí que Marx había querido escribir esta obra particularmente importante y había producido extractos extensos hasta su muerte, los cuales Engels había reproducido en el libro, en el grado en que le era posible. De hecho, muchas de las ideas en “El Origen de la Familia” pueden encontrarse en la primera obra de Marx y Engels, “La Ideología Germana” que no fue publicada durante sus vidas. Los estudiosos de la obra están seguros de que “El Origen de la Familia” fue esencialmente obra conjunta de los dos fundadores del marxismo, un estudioso calificándolo de “una unidad y continuidad impresionante durante cuatro décadas en los esquemas básicos de sus pensamientos.”

Ahí y en otras partes, vemos, entre otras cosas, una ofensiva fanática por abolir todo derecho a la herencia, por acabar con la educación en el hogar y la educación religiosa, por disolver la monogamia en el matrimonio, por promover la actividad sexual pre- y extra-marital, por promover y “tolerar” (como lo expresó Engels) el “desarrollo gradual del ayuntamiento sexual irrestricto” por mujeres solteras, por nacionalizar todo trabajo del hogar, por pasar a las mujeres a las fábricas, por pasar a los niños a guarderías, por separar a los niños a colectivos comunitarios, separados de sus padres naturales, y principalmente por que la sociedad y el estado sean quienes críen y eduquen a los niños.

Como lo visualizó Engels, “la familia particular deja de ser la unidad económica de la sociedad. El trabajo doméstico privado pasa a ser transformado en una industria social. El cuidado y la educación de los niños se vuelve un asunto público. La sociedad cuida de todos los niños por igual, sean éstos legítimos o no.”

El plan de diez puntos de los comunistas para erradicar a las familias:
Algunas de estas ideas ya estaban emergiendo en “El Manifiesto Comunista”. En él Marx y Engels incluyeron un estremecedor pero revelador plan para su nuevo ideal de humanidad. Aquí va en citas directas:

  • Abolición de la propiedad de la tierra y la aplicación de todas las rentas de tierra a fines públicos
  • Un pesado impuesto sobre la renta, progresivo o graduado
  • La abolición de todo derecho a herencia
  • La confiscación de toda propiedad de emigrantes y de rebeldes
  • La centralización del crédito en las manos del estado por medio de un banco nacional con capital del estado y un monopolio exclusivo
  • Centralización de los medios de comunicación y de transporte en manos del estado
  • La extensión de las fábricas e instrumentos de producción propiedad del estado, la puesta en cultivo de las tierras ociosas y el mejoramiento de la tierra de acuerdo con un plan común
  • Obligación igual para todos de trabajar.
  • Abolición gradual de toda distinción entre campo y ciudad por medio de una distribución más equitativa de la población en el campo
  • La educación gratuita de los niños en escuelas públicas

Eso es lo que el Manifiesto Comunista en verdad dice y, lo que es peor, propone no para un país sino para todo el mundo. Es, obviamente, una receta para el despotismo, como lo reconoció el propio Marx como prefacio a sus diez puntos: “Desde luego, al principio, esto no podrá llevarse a efecto, excepto por medio de intrusiones despóticas”

El marxismo no fue secuestrado por déspotas; el marxismo exige déspotas. Sólo un iluso no se daría cuenta al instante, intuitivamente, que llevar a efecto esta visión, necesariamente habría de generar masivos derramemientos de sangre. Esto es por lo que, me imagino, la mayoría de los profesores marxistas no se atreven a encargar a sus alumnos a que lean el "Manifiesto Comunista." Sus estudiantes me dicen siempre “El Manifiesto Comunista es realmente un libro bastante bueno, con buenas ideas si simplemente se toma uno el tiempo de leerlo.” Mi respuesta: "¿De veras? ¿lo has leído? pues yo sí.” Esa respuesta siempre produce una mirada perdida.

Pero regresemos al tema del matrimonio y la familia. Nótese que varios de estos diez puntos del plan de Marx y Engels impactaría directamente a la familia. Vea los puntos uno, dos, tres nueve y diez. Resaltemos y comentemos algunos de ellos:

Cómo destruye el comunismo las familias
Nótese el llamado del punto tres a extinguir “todo derecho a herencia.” Marx y Engels vieron la herencia como una amenaza que perpetuaba el papel de la familia tadicional. ¿Cómo podía una sociedad sin clases garantizar la igualdad del ingreso cuando a algunas personas por su nacimiento se les daba mayor ingreso de sus padres que a otras?

Esto es irónico, dado que tanto Marx como Engels existían y operaban a costa de la herencia de Engels, que subsidiaba su trabajo, especialmente después de que Marx absorbió tanto dinero como pudo de sus propios padres, financieramente exhaustos, que quedaron amargados por la manera como él los explotó. La relación de Marx con sus padres era de plano parasítica. La madre de Marx abiertamente expresaba el deseo de que Marx dejara de escribir sobre el capital y comenzara a acumular un poco para él y su familia. No obstante ello, hicieron su recomendación de abolir todo derecho a herencia.

Por supuesto, el derecho a la herencia es parte del derecho a la propiedad privada, que Marx y Engels despreciaban. De hecho, el objetivo central del "Manifiesto Comunista” es precisamente ése. Los autores lo resumieron así: “.. la teoría de los Comunistas puede resumirse en uns sola oración: Abolición de la propiedad privada.”

El punto nueve del plan de diez puntos de Marx y Engels llamaba a “una gradual abolición de toda distinción entre ciudad y campo mediante una distribución más equitativa de la población en el campo.” Esto obvia y dolorosamente afectaba a las familias. Para los regímenes comunistas en naciones como Cambodia, esta "abolición gradual" tomó la forma de deportaciones masivas, inmediatas, de un día para otro, a punta de rifles automáticos, una acción drástica nauseabunda captada vivamente en la película The Killing Fields (Los Gritos del Silencio) de 1984.

Separar a los niños de sus padres
Otro que llevó este consejo al extremo fue Leonid Sabsovich, el principal planificador urbano bajo Lenin y Stalin. En una serie de influyentes escritos publicados por el Kremlin a finales de los años 1920s, Sabsovich abogaba por la total separación de los niños de sus padres, comenzando en los años más tiernos del desarrollo del infante. Sabsovich excoriaba a aquéllos que no estaban de acuerdo con esto: Aquéllos que veían su sugerencia de una separación total de los hijos de sus padres como algo anti-natural e indeseado eran unos cretinos anti-progresistas 'empapados en prejuicios de pequeña burguesía como los de la intelligentsia'; fanáticos intolerantes. Igualmente, como se esperaría de un izquierdista recalcitrante, abogaba por un poder absoluto del estado para aplastar a todo el que se pusiera en su camino.

Sabsovich insistía que debido a que el niño debía ser y era propiedad del estado, y no de la familia, el estado tenía el poder de obligar a los padres a pasar a sus críos a 'pueblos de niños' especialmente diseñados. Esos pueblos debían ser construidos 'a distancia de la familia.' Tales propuestas extremas para la familia de este comunista urbano se incorporarían a sus planes para crear la 'ciudad socialista ideal.'

Finalmente, y de manera breve, veamos el punto diez del gran plan de Marx y Engels: Proponían la 'educación gratuita' para todo niño en 'escuelas públicas.' Ya no más de lo que denunciaban como la 'sacrosanta correlación de padre e hijo' y 'las burradas burguesas acerca de la familia y la educación.' Sobre todo, decían Marx y Engels, “La revolución comunista es la ruptura más radical con las relaciones tradicionales; no es de extrañarse que su desarrollo implique la ruptura más radical con las ideas tradicionales.” Efectivamente, no es de extrañarse.

Entre esas ideas, en su epicentro, estaba la ruptura con el matrimonio y la familia natural, tradicional y bíblica. Tenía que ser puesta en la mira. ¡Ay! Hasta ahora, dos siglos más tarde la familia está siendo redefinida. En lo que quizás sea la ruptura más radical de todas, aquéllos que están propugnando por la redefinición no son excéntricos filósofos ateos alemanes, sentados en cafés europeos, sino americanos normales de todos los días, el Sr. y la Sra. Convencional.

Lo que no sólo están proponiendo, sino vigorosamente y con frecuencia militantemente propugnando, es la peor ruptura radical de todas —tan radical, que Marx y Engels quedarían estupefactos del mero pensamiento acerca de dónde se encuentran los Estados Unidos y Occidente hoy en día, en lo referente al matrimonio del mismo sexo. Estamos penetrando un territorio enteramente nuevo en el largo, larguísimo trayecto de la historia humana, y los irruptores actúan como si no fuera para nada la gran cosa, por el contrario, pintan a aquéllos que se oponen al matrimonio homosexual como los extremistas y, por supuesto, como azusadores al odio.

Éste es un tiempo especialmente excitante para los izquierdistas extremos. Sin duda están extasiados con su éxito, y aún mas, por sus inesperados aliados en la cultura convencional. Están genuinamente transformando la naturaleza humana. Y lo están haciendo con el apoyo inconsciente de un enorme segmento de ciudadanos que no se dan cuenta de lo que está pasando. Esto ha estado acercándose desde hace mucho tiempo.

domingo, 26 de julio de 2015

Pablo IV y los Herejes de su Época

Pablo IV y los Herejes de su Época

Por Roberto de Mattei
Corrispondenza Romana
18 de febrero de 2015

Traducido al español por Roberto Hope, de la traducción al inglés hecha por Francesca Romana


El cónclave que se inició el 30 de noviembre de 1549, después de la muerte de Pablo III, fue ciertamente uno de los más dramáticos en la historia de a Iglesia.  El cardenal inglés, Reginaldo Pole (1500-1558) se señalaba por la mayoría como el gran favorito. Ya se le había preparado la vestimenta pontifical y ya le había mostrado a alguien su discurso de agradecimiento. El 5 de diciembre a Pole sólo le faltaba un voto para conseguir la tiara pontificia, cuando el cardenal Juan Pedro Carafa se levantó, y al frente de la asombrada asamblea lo acusó públicamente de herejía, reprochándole, entre otras cosas, el que haya apoyado la doble justificación cripto-luterana que habia sido rechazada por el Concilio de Trento en 1547. Carafa era conocido por su integridad doctrinal y su vida piadosa. El apoyo a Pole se colapsó y, luego de largas disputas, el 7 de febrero de 1550 el Cardenal Juan del Monte fue electo, tomando el nombre de Julio III (1487-1555).

La acusación de herajía que fue lanzada por primera vez contra un cardenal en un cónclave, reflejaba las divisiones que había entre católicos ante el protestantismo (cfr. Paolo Simoncelli, The Case of Reginald Pole, Heresy and Holiness in 16th Century Polemics, Editions of History and Literature, Roma, 1977). Entre los años 30 y los 60 del Siglo XVI, se habían propagado tendencias heréticas en el mundo eclesiástico romano y el partido de los “Spirituali” había surgido, representado por figuras ambiguas como los Cardenales Reginaldo Pole, Gaspar Contanni (1483-1542) y Juan Morone (1509-1580):  Ellos cultivaban un cristianismo irenista y querían proponer la reconciliación del luteranismo con la estructura institucional de la Iglesia Romana.

Pole había formado un círculo heterodoxo en Viterbo; Morone, cuando era obispo de Modena, entre 1543 y 1545, había escogido predicadores, todos los cuales fueron posteriormente sometidos a proceso por herejía. Las actas de los procesos inquisitoriales del Cardenal Morone (1557- 1567), de Pedro Carnesecch, (1557-1567) y de Víctor Soranzo, (1550-1558) (todos ellos parte del círculo de los “Spirituali”), hechas publicas por el Instituto Histórico Italiano de la Era Moderna y Contemporánea y por los Archivos Secretos del Vaticano entre 1981 y 2004, revelan cuán denso había llegado a ser este entramado de complicidad  – aunque combatido vigorosamente por dos hombres, ambos destinados a llegar a Papas, Juan Pedro Carafa, el futuro Pablo IV y Miguel Ghislieri, el futuro Pio V. Ambos estaban convencidos de que los “Spirituali” eran, en realidad, cripto-luteranos.

Juan Pedro Carafa, junto con Cayetano de Thiene (San Cayetano) habían fundado la orden de los Teatinos, y habían sido seleccionados por Adriano VI para colaborar en la reforma universal de la Iglesia, interrumpida por la muerte prematura del Obispo de Utrecht. Le debemos la institución del Santo Oficio de la Inquisición Romana principalmente al Cardenal Carafa. La Bula Licet ab Initio del 21 de julio de 1542, con la cual Pablo III había instituido este organismo, de conformidad con la sugerencia de Carafa, fue una declaración de guerra contra la herejía. Había aquéllos que querían continuar esta guerra hasta la extirpación de todo error y aquéllos otros que la querían terminar por lograr la paz religiosa.

A la muerte de Julio III, en el cónclave de 1555, los dos partidos chocaron nuevamente y el 23 de mayo de 1555, el Cardenal Juan Pedro Carafa fue elegido Papa, superando por un pelito al Cardenal Morone. Tenía entonces 79 años y tomó el nombre de Pablo IV. Fue un Papa sin miramientos, que tenía como sus principales objetivos el combate a las herejías y la verdadera reforma de la Iglesia. Combatió la simonía, impuso la residencia de los obispos en sus propias diócesis, restableció la disciplina monástica. Impartió un ímpetu vigoroso al Tribunal de la Inquisición e instituyó el Índice de Libros Prohibidos. Su mano derecha era un humilde fraile dominico, Miguel Ghisleri, a quien nombró obispo de Nepi y Sutri (1556), cardenal (1557) y Gran Inquisidor de por vida (1558), abriéndole así el camino al Papado.

El 1° de junio de 1557, Pablo IV comunicó a los cardenales, que había ordenado la encarcelación del Cardenal Morone, bajo la sospecha de herejía. Le había encargado a la Inquisición que llevara a cabo el proceso y que turnara los resultados del mismo al Sagrado Colegio Cardenalicio. Pablo IV dirigió la misma acusación contra el Cardenal Pole, quien estaba en Inglaterra y fue removido de su cargo de legado. El Cardenal Morone fue aprisionado en Castel Sant'Angelo y liberado sólo en agosto de 1559 cuando, en la víspera de su sentencia, a la muerte del Papa, recuperó su libertad y participó en el cónclave subsiguiente.

En marzo de 1559, unos meses antes de su muerte, Pablo IV publicó la Bula Cum ex Apostolato Officio, en la cual confrontó el problema de la posible herejía de un Papa (cfr Bullarum Diplomatum et Privilegiorum Sanctorum Romanum Pontificum, S. e H. Dalmezzo, Augustae Taurinorum, 1860, VI, págs. 551-556).  En él leemos “... aun el Romano Pontífice, que es el representante de Dios y de Nuestro Señor Jesucristo en la Tierra, quien tiene la plenitud del poder sobre pueblos y reinos, quien puede juzgar a todos y no ser juzgado por nadie en este mundo, puede de todos modos ser contradecido si se le halla que se ha apartado de la Fe y 'si esto ocurriera en alguna época anterior (...) a su  promoción o elevación a cardenal o a romano pontífice, se hubiera apartado de la Fe Católica o caído en alguna herejía o incurrido en cisma {entonces], la promoción o elevación, aun cuando no haya sido disputada o haya sido con el asentimiento unánime de todos los cardenales, será nula, inválida e inútil.”

Esta bula vuelve a proponer el principio canónico medioeval casi a la letra, de acuerdo con el cual el Papa no puede ser contradecido ni juzgado por nadie “nisse deprehandatur a fide devius” a menos que se aparte de la fe (Ivo de Chartres, Decretales, V, capítuo 23, col 329-330), Hay un debate sobre si la bula de Pablo IV es una decisión dogmática o un acto disciplinario, si aún sigue en vigor o si ha sido abrogada implícitamente por el Código de Derecho Canónico de 1917, si aplica al Papa que incurre en herejía antes o después de su elección, etc. No trataremos esas cuestiones. El Cum ex Apostolato Officio es todavía un documento pontifical autoritario que confirma la posibilidad de un Papa hereje, aun cuando no hace indicación del procedimiento concreto mediante el cual podría perder su pontificado.

Después de Pablo IV se eligió a un Papa político el 25 de diciembre de 1559, Pío IV  (Juan Ángel Medici de Marignano  – 1499-1565).  El 6 de enero de 1560, el nuevo pontífice ordenó la anulación del proceso contra Morone, re-instalándolo en su anterior cargo y chocando seriamente contra el Cardenal Ghislieri, a quien consideraba un fanático de la Inquisición.  El “Inquisitor major et perpetuus” fue privado de los poderes excepcionales que le habían sido conferidos por Pablo IV, y fue transferido a la diócesis secundaria de Mondovi.  Sin embargo, a la muerte de Pío IV, el 7 de enero de 1566, Miguel Ghisleri fue inesperadamente elegido Papa, tomando el nombre de Pío V.  Su pontificado fue puesto en continuidad completa con el de Pablo IV, reanudando la actividad inquisitorial nuevamente. El Cardenal Morone, quien como legado pontificio había sido encargado por Pablo III de abrir el Concilio de Trento, y al mandato de Pio IV había dirigido las últimas sesiones del mismo, obtuvo la suspensión de su sentencia.

La historia de la Iglesia, aún en épocas de sus más amargos choques internos es mucho más compleja que lo que muchos piensan.  El Concilio de Trento, que es un monumento de la Fe Católica, fue inaugurado y luego clausurado por un hombre gravemente sospechado de sostener la herejía luterana. Cuando murió en 1580, Juan Morone fue enterrado en Santa María sopra Minerva (su tumba ahora no se encuentra), la misma basílica en la cual San Pío V quería elevar un mausoleo al acusador de Morone e inició el proceso por la canonización del campeón de la ortodoxia, Juan Pedro Carafa, el Papa Pablo IV.

miércoles, 22 de julio de 2015

The frontier of Evil

Democracy as a religion

by Rafael Gambra

Taken from http://statveritasblog.blogspot.mx/2010/11/la-democracia-como-religion_04.html
Translated from the Spanish by Roberto Hope

We repudiate “Universal Suffrage”, as the first time that doctrine was put in practice, it brought about the death of Christ and the liberty of Barrabas; and all of this instigated by manipulation of men of evil
Félix Sardá y Salvany


It was Aldous Huxley who, in his “Brave New World” futuristic fable, suggested that what we call an axiom — that is, a proposition which appears to us to be evident in itself and accept it for that reason — can be created for a particular individual or environment by means of the repetition, many million times, of a specific assertion. To this end —the artificial genesis of axioms or dogmas— he proposed, using a repeating mechanism during hours of sleep which would uninterruptedly talk to our subconscious, capable of receiving and assimilating any message for hours.

This idea is now, after half a century, very close to becoming a reality, albeit by means of not exactly identical techniques, as has been reiterated by Huxley himself in his “Brave New World Revisited.” The most significant accomplishment of our time in this regard, which has been achieved by means of mental saturation carried out by the mass media, is the establishment of the axiom-dogma of democracy. From this notion —in its individualistic and majoritarian sense— the keystone of contemporary mentality has been set in place. That is what Kendall and Wilhelmsen have called our time's “public orthodoxy.” This expression meant for these authors, the set of conceptual or faith bases on which a historical society is anchored; elements that, at the same time, are, for its members, strength-ideas and reference points required for mutual understanding in a same language and, ultimately, the convention of a few axioms and dogmas which only the marginalized or the extravagant would demand demonstrating.

Consolidation of the dogma of democracy and of its axiomatic character has been, of course, a process of many years, but it is now when it finds universal recognition. Already in the twenties, during the dictatorship of General Primo de Rivera, it was a given in the Spanish political language, to call for a “return to the constitutional (or democratic) normality”. Today it is assumed for the entire world, from the most cultured European region to the deepest African jungle, that only “free” elections (of universal suffrage) can justify an orthodox government. Any other form of government will be called a “dictatorship”, and a call will be made for a crusade against it after having first been accused as violator of “human rights”. Which constitutes the ultimate appeal, that in other times was placed in the judgment of the God, One and Triune. (There are, of course, certain tolerances or concessions made in acquiescence to the universal perfection of the picture: the Soviet and sovietized world and multiple Arab sultanates go without any appeal to public opinion, as for them it suffices to self ­denominate their government as “popular” or “democratic” to attain sufficient immunity,)

It is not necessary to recall that the constellation of principles forming orthodox democracy are very far from having the evidence of axioms. Furthermore, I believe that a time will come when men will be amazed that the government of peoples ―and the education of men in their bosom― should have been entrusted to a system of opinion of the majority. Some of these principles are of an epistemological caliber which can be noted in the following assertions:

  • Power arises from the General Will and does not recognize any other origin or title.
  • The General Will is identified with public opinion at any given time.
  • The vote of all citizens has equal value.
  • The contents of public opinion is expressed in the names of the candidates and of the parties and in the election campaign slogans
  • Parties and their mass media are the makers of public opinion

Wherefore, as an unavoidable corollary: publicity and subliminal influence techniques (in sum, the conditioning of reflexes) will be what governs the peoples.

However, this series of enormities constituting “public orthodoxy” has been admitted even by the official Church these days. So, when in Spain ―or in any other democracy― it happens that theater troupes present sacrilegious or blasphemous spectacles with official subvention, prelates, in their majority, say nothing, because their intervention could be interpreted “as a coercion against the free expression of citizens.” And those who protest do not do it in the name, and for the honor, of God, but because such spectacles offend the catholic majority of the Spanish people. In other words in the name of democracy and for its defense.

Likewise, when organizations which call themselves Catholic protest against the laicization of official teaching and against legislation confiscating (or dissuading from) private religious teaching, they no longer base it on the argument that education in a Catholic country should be Catholic for everyone (excepting those who declare themselves to be irreligious or belonging to other religions). They restrict themselves to defend a few confessional seats in the Great Democracy we are a part of (“our democracy", we hear them say); that is, just to defend the right of Catholic groups to own confessional schools if they so wish.

To such a point has the spirit of liberal democracy invaded today's mentality and its “public orthodoxy” that, to declare oneself nondemocratic or opposed to democracy rings in the ears of most people the way express apostasy or blasphemy used to ring in other times, Many Catholics who would refuse being labeled socialist, or divorcist or abortionist —and who even fight against these ideas— fail to see any inconvenience in declaring themselves to be democratic or liberal or in militating in some party that holds such denominations.

However, once General Will has been admitted as the sole source of law and power ―and all other immutable religious instance to the hereafter has been denied― what logic will be able to oppose the socialization of property or of teaching? or the breaking of the marriage bond? or the abortionist practices? or euthanasia? if such aims or supposed rights are contained in the plans of the majority party. Modern democracy, with its equivocal and accepted aspect, is in reality the key and doorway to all these aberrations and those which will follow.

And it happens, in the realm of evils as in that of righteousness or values, that there is a hierarchyzation which we can establish with nothing more than resorting, by way of negation, to the Decalogue. So, we can see that socialization of property or of teaching is opposed to the seventh commandment (thou shalt not steal) and directly attacks the family, institution of divine origin; divorce is opposed to that same institution and generally to the ninth commandment (thou shalt not covet thy neighbor's wife); abortion and euthanasia attempt against the fifth commandment (thou shalt not kill)

But the root itself of modern democracy is opposed to the first and principal of those commandments, that to which all the rest are reduced. “Thou shalt love the Lord, thy God, above all other things.” To advocate the laicization of society (to deny a religious foundation to it) and derive the law of human convention alone is equivalent to cutting the bonds of human harmony with respect to God, to deny religion (the re­ligatio of man with his Creator). Transgression of those other commandments may, in some cases, be sins of weakness; only transgression of this latter one is a sin of apostasy.

Hence, martyrdom was accepted without vacillation by early Christians in imperial Rome. They enjoyed in their time a situation of “religious liberty”; that is, they were not condemned for practicing their cult. A status similar to the one granted to religious confessions by modern democracy, although with a different grounding. Romans in their polytheism admitted all cults and divinities. They would have no trouble in admitting the Christian God among the divinities in the Capitol and authorizing freely the Christian cult. But with the condition for Christians to recognize polytheism, at least tacitly, and to adore the Emperor as the symbol and guarantor of official religiosity. And those Christians who acted as good citizens in all other aspects, would prefer torture and being devoured by beasts in the circus before reneging the all powerful oneness of the true God.

A similar situation is that of Catholics in a country of Christendom regarding the voluntary acceptance of modern democracy. With the aggravating circumstance that here the status of liberty is not based on a different conception of religion but on a negation of religion, of all religion, which turns to be considered a private matter or an opinion, It is no longer a false religion but an anthropocentrism or cult of Man. You are not required to recognize the emperor but the Constitution as god. Certainly, such recognition is not demanded in so rotund terms as a form of adoration, and the case is liable to various interpretations or arrangements of conscience. But for whom such acceptance is not compulsory or by formula, but a voluntary act by means of adherence to the system or to a party, the case is objectively graver than it was for Christians in Rome.

Such recognition is opposed also to the two first petitions we formulate in the Our Father, the prayer which Christ Himself taught us: “hallowed be Thy name; Thy kingdom come”. The liberal democrat substitutes them implicitly (or explicitly) by “suppressed be Thy name; secularization, Man's Kingdom, come”. And they oppose, lastly, the two last teachings our Lord Jesus Christ left us in his mortal life before being condemned to torture: when before the civil authority (Pilate) and the religious (Caiaphas) he affirms the Truth and authority as being of divine origin.

Liberal democracy is thus presented under its true light, as the frontier of evil; that demarcation line which, when crossed, situates us away from “those that belong to Truth”, that is, in the kingdom of those who, by popular acclaim, attained the Crucifixion of Christ. The kingdom in which truth or authority are no longer spoken of, but of opinion and of people. In which those who believe in Him will only demand some seats in the bosom of secular pluralism to live their faith in tranquility on an immanent apostasy.

But it happens that negation of God has as an unavoidable corollary the negation of man: What can be built in the city of man on the quicksand of opinion and suffrage? What will democratic society, in which man serves only himself, leave behind? The Supreme End and the re­ligatio with Him having been suppressed, how much will the subordinated ends last? and a life that does no lead to the stagnation of weariness and of accumulated vices? It is already the kind of society we have before us, eminently in the economically most developed countries: the society in which the means of living are abundant, but a reason to live is lacking.

“Peoples, civilizations —it has been said— are like strange ships which drop their anchors in Heaven, in Eternity”. Liberal democracy is consummating the ruin of our civilization, and by contagion, of all other civilizations. Because Christian (or Classico-Christian) civilization has not been replaced by another but by an anti-civilization or a dissociation which, if it lives on, it is at the expense of the diffuse remnants of that original culture, of that —now so attacked— order of souls.

It is thus evidenced that no conception of the political order can result more lethal or annihilating to human community than modern democracy or “open society”. To postulate a faithless society, without principles, without stable norms, neutral, lacking reference points, depending only on public opinion and on the suitability to the greater number, is like abrogating the discipline in a ship, forgetting its course and the order of the stars, leaving it adrift. Where will such ship end? In what language will the crew understand each other? How will it weather the storms? What will justify its own unity and existence?

When, for instance, the president of the French Republic —or of any other modern democracy appeals to the heroism of the Legion to resolve a grave armed conflict, in the name of what can he do it? with what right? If nothing exists outside of the interest of citizens and of majority opinion, how demand of young men to give all they possess, their life? Only by an immoral resort to permanent norms, beliefs and values, which democracy itself denies, can it resort to such means of coercion and survival.

An objection might be raised in the name of the universality of reason. Any historical society, for its simple existence and survival, requires grounding on a collective faith and fervor, on certain notions of what is sacred and right, of what is one's duty and the sense of sacrifice, would this suppose that each civilization is intellectually and emotionally impenetrable for those that do not form part of its tradition and legacy? Should we assent to the position of Spengler, of Toynbee and of certain structuralists for whom cultures are closed systems, the sense of which is immanent to a nontransferable system of reference points?

Nothing warrants such conclusion. Reason is capable of penetrating anything that is purely human and even, within certain limits, the very order of being. Western civilization of Christian origin —our historic civilization— has been the one that has demonstrated this capability of reason in practice. Its faith —our faith— has been preached in all regions of the world and has taken root to a greater or lesser degree in the most dissimilar cultures. Its science, its technology, its mental categories, its behavior images —basically rational, anti-mythical— have extended all over the world, penetrating it to a large degree. Whether as a superimposed culture, or as a cultural grafting, it can be said that only one culture —Western culture— is the common culture of our planet.

However, and paradoxically, the planetarization of a rational culture could only be achieved by action of a certain civilization —Western civilization—, a civilization which, like all others, was born from a faith —from a mooring in eternity—, and which was built on certain norms and certain moral values. And because of the philosophical precept, operari sequitur esse, the act of doing follows the act of being. And if only in this particular case has the effect of a universal propagation been possible in certain way it is precisely because such civilization was originally grounded on the one True Religion.

Renouncing to these origins is the ultimate root of the crisis in which Western civilization agonizes. Not a circumstantial but a degenerative crisis, extended in the form of a generalized rebellion, and by way of contagion to other civilizations, even to nature itself, invaded and contaminated. The expression of such renunciation to any supernatural mooring is liberal democracy; still more than renunciation, a negation of any kind of transcendence, the erection of Man's society for Man alone.

Because that so called “open society” —that of “human rights” — ignores the first and foremost of human rights, which is that of seeking and serving the truth, grounding man's life on it and the everlasting course of his journey in this world.

Revista Roma Nº 89, August 1985.

lunes, 8 de junio de 2015

On Politics

Father Leonardo Castellani on Politics


From Esencia del Liberalismo, by Father Leonardo Castellani, S.J., (1899 - 1981)

Translated from the Spanish by Roberto Hope

"Mimicking Monsignor Franceschi, who used to say that the worst Chamber (Cámara) is better than the best clique (camarilla), it turns out that we have come to the point where we have the worst Chamber along with the worst clique. Damned be the Lesser Evil and him who invented the idea. I will never more vote for the Lesser Evil, and I will never more vote if it is not for a Total Good.

As far as I´m concerned, not only do I not believe in this farce but I consider it illicit for anyone to associate himself with it, from which it follows that to the end of my life I will vote ― because not to do so is fined ― with an empty envelope. And if all nationalists were to do the same...

I have already noted, in the beginning, the error of Nationalism: To put their eyes in short-term power instead of putting them in long-term Truth. To believe that the ultimate end of politics is to attain power or to take it away from others is an error and a stupidity: It is the error of Machiavelli and the stupidity of the cheap and puerile politicians who are pestering and losing us. You cannot ask a politician, let's say Francisco Sánchez Sorondo, to aspire to defeat and to suffering (that is, Martyrdom); that is proper of the religious man, not of the ethical man; and a good politician is an ethical man; you cannot ask the nationalists not to aspire to Victory, but it is necessary to ask them not to place Victory in the attaining of power ― an embassy, for instance ― but in the triumphant propagation of their ideas ― assuming they have any. In other words, that they be able to say, as did the nationalist hero I just mentioned to his murderers: 'I know what I die for, but you do not know what you kill me for' and he could have added '¡but I die so that you can know!' "

domingo, 7 de junio de 2015

Algunas Ideas sobre la Reforma Protestante.

Algunas Ideas sobre la Reforma Protestante.


por Gilbert K. Chesterton.

Traducido del inglés por Roberto Hope

"Estoy firmemente convencido de que la Reforma del siglo XVI fue lo más próximo a un mal sin mezcla de bien que cualquier mortal puede alcanzar.

Hasta las partes de ella que pudieran parecer plausibles y asequibles desde un punto de vista puramente secular han acabado siendo corruptas y reaccionarias, también desde un punto de vista puramente secular.

Al sustituir la Biblia por el sacramento, creó una casta pedante de aquéllos que sabían leer, identificados de manera supersticiosa con aquéllos que podían pensar.

Al destruir a los monjes, quitó el trabajo social de los filántropos pobres que optaban por negarse a sí mismos, y lo pasó a los filántropos ricos que optaban por reivindicarse.

Al pregonar el individualismo al tiempo que preservaba la desigualdad, produjo el moderno capitalismo.

Destruyó la única liga de las naciones que alguna vez tuvo oportunidad de tener éxito.

Produjo las peores guerras entre naciones que jamás haya habido.

Produjo la forma más eficiente de protestantismo, que es Prusia.

Y está produciendo la peor parte del paganismo, que es la esclavitud"

lunes, 2 de marzo de 2015

Batalla entre Cristo y el Anticristo

El Próximo Sínodo será una Batalla entre Cristo y el Anticristo  – ¿De qué lado está Usted?


Tomado de: http://rorate-caeli.blogspot.com/2015/02/the-next-synod-is-battle-between-christ.html

Traducido al español por Roberto Hope, 
partiendo de la traducción del italiano al inglés hecha por Rorate Caeli

Allessandro Gnocchi sigue siendo uno de los mejores comentaristas sobre el estado actual de la Iglesia.  El siguiente extracto, tomado de la columna que publica en La Riscossa Cristiana es un ejemplo de su determinación de ver las cosas como son.  Gnocchi utiliza palabras fuertes que lo llevan a uno a pensar.

[Aquel] múndo católico al que comúnmente se le llama “no de izquierda” o “no progresista”, está formado, salvo por raras excepciones que pueden funcionar de una manera que verdaderamente va contra la corriente, de intelectuales que no convencen, sedientos de legitimación, pobres personajes en busca de algún autor que los ponga en el escenario y que los haga recitar cualquier guion que se les ponga enfrente. Entretanto, mientras los títeres saltan y bailan, el teatrito vira siempre hacia la izquierda hasta que la mutación haya concluido por completo. El lenguaje, los temas y aun los principios que hasta el anterior pontificado eran considerados no negociables, se adaptan a un público que siempre quiere más y mejor: de la colaboración política a las concesiones doctrinales, el paso es demasiado corto, especialmente si existe el incentivo de recibir los aplausos del mundo.

[Hay aquéllos que] se escandalizan del hecho de que quienquiera que trate de expresar una objeción ante la situación actual es rápidamente tildado de “persona divisiva.” La táctica de acusar a los disidentes de ser “gente que divide” es utilizada usualmente por aquéllos que tienen el poder o por aquéllos faltos de carácter que casualmente tienen una palanca de poder a su alcance.  Siempre que hay alguien que desee debatir cuestiones a las que se oponen, quienes tienen el poder evitan el debate reservándose sus propias convicciones y su verdadera postura, mientras que los faltos de carácter evitan el debate porque carecen de convicciones y, si las tienen, carecen del valor para defenderlas. Nada es más fácil que ridiculizar ante el público a cualquiera que se atreva a rascarle al barniz de unidad, deslegitimizándolo a priori. Si amenaza la unidad, se le niega el permiso de hablar. La Verdad con V mayúscula sucumbe ante la conveniencia.  Pilatos, que prefiere ser amigo del César, nunca deja de buscar compañeros de viaje.

La iglesia en las últimas décadas ha funcionado, mal, aferrándose a una determinación de hacerse amiga del César.  Ha sido débil al punto de perder sangre en el terreno de la doctrina y de la moralidad. Se ha mostrado agresiva y sin miramientos en su represión y negación de toda opinión legítima que tenga la intención de reafirmar verdades morales y doctrinales.  El resultado ha sido el silenciar a aquéllos cuya intención es defenderla y en cambio dar rienda suelta a aquéllos cuya intención es la de destruirla.  Esta metodología es grandemente elogiada y se pone en práctica desde lo más alto de la jerarquía hata lo más bajo del nivel de la parroquia.

Pero permítaseme ahora ofrecer algunas consideraciones sobre el tema de una de las tonadillas silbadas con frecuencia por aquéllos católicos que dicen querer oponerse a la corriente de liberalismo pero que en realidad nada hacen, excepto correr tras ella, manteniéndose siempre un paso más atrás.  Me limitaré a hablar de esta sola tonadilla, que es la siguiente: “siempre es mejor hacer algo, aunque no sea perfecto, que no hacer nada.” Estos católicos que, más precisamente, pudieran ser llamados catoliquillos [cattolichetti] por la tonada que siempre van silbando, han perdido de vista la postura que un católico debe siempre tomar ante las confrontaciones con el mundo. De esa manera, persistiendo en coludirse y cooperar con el mundo, han debilitado su sentido espiritual, al punto de que no son capaces de comprender la gravedad de los tiempos que estamos viviendo.

Se complacen con planes políticos de acción, cuando lo que realmente está ocurriendo es una guerra entre Cristo y el Anticristo a una escala que nunca antes se había visto, en la que la supervivencia de la fe católica está en juego. Repito: estamos en una guerra por preservar la fe católica y todas las batallas se están peleando en varios frentes, hasta aquéllas que son tan importantes como la verdad moral, son sólo el campo de confrontación en una guerra que es mucho más profunda, que entraña metafísica y religión. Pero o la fe se preserva entera e intacta o se pierde. No pueden preservarse sólo partes de ella a gusto o a conveniencia.

Las opciones que se eligen con respecto a elementos cruciales de la enseñanza moral que tocan a la misma naturaleza humana son la señal que indicará si la fe va a resistir o a ceder. Pues toda condescendencia, aun alguna que se conciba para el bien o quizás utilizando el apolillado concepto de “menos malo,” representa un amoldamiento de la fe: una traición a Cristo en favor del Anticristo. El mundo de ahora no necesita una ley que sea un poco menos mala que otra por, como dice el catoliquillo, “es mejor hacer algo, aun cuando no sea perfecto, que no hacer nada.° No estamos luchando una batalla por darle algo menos malo al mundo, sino para permanecer fieles a Cristo y su enseñanza, y sólo Él puede salvar al mundo.

Esto es lo que el Sínodo de la Familia recientemente concluido ha convertido en un evento tan dramático y hará aún más dramático el próximo. Lo que ocurrió y volverá a ocurrir; no será un enfrentamiento entre dos escuelas de pensamiento distintas, sino un enfrentamiento entre aquéllos que tratan de preservar entera la fe católica y aquéllos que quieren cambiarla.  En pocas palabras, aun cuando estamos hablando de obispos, cardenales y del mismo Papa, y que mis palabras pudieran parecerle a Usted ásperas, aun allí estamos hablando de la batalla entre Cristo y el Anticristo. Sólo nos queda a nosotros elegir de qué lado estamos.