domingo, 13 de septiembre de 2015

Del Concilio Vaticano Segundo al Sínodo:

Del Concilio Vaticano Segundo al Sínodo:

Las Enseñanzas de Michael Davies.


Por Roberto de Mattei


Tomado de:  rorate-caeli.blogspot.com/2015/07/exclusive-for-rorate-michael-davies.html
Traducido al español por Roberto Hope, partiendo de una traducción del italiano al inglés por Francesca Romana.

Se celebró una misa de réquiem por el alma de Michael Davies en la Iglesia de la Asunción de Nuestra Señora, en Londres, el viernes 10 de julio de 2015. Después de la misa, Roberto de Mattei, Profesor de Historia Moderna y de Historia Cristiana de la Universidad Europea de Roma, dictó una conferencia intitulada 'Del Concilio Vaticano Segundo al Sínodo de la Familia: Las Enseñanzas de Michael Davies”

Queridos Amigos:

Es para mí un honor y un placer venir aquí a hablarles acerca de la obra de Michael Davies, a quien conocí personalmente y considero uno de los pocos defensores verdaderos de la fe católica en el Siglo XX.

Sus libros precedieron a los de Romano Amerio 1, y a los de Monseñor Gherardini 2; y mi Historia del Segundo Concilio Vaticano está endeudada con ellos. 3

En el primer párrafo de su libro “Cramner's Godly Order” [El Orden Religioso de Cramner”] (publicado en 1976), Michael Davies escribió que la Iglesia estaba pasando por "la mayor crisis desde la Reforma Protestante; muy posiblemente la mayor desde la herejía arriana”. Para Davies, esta crisis tiene sus raíces más recientes en el Concilio Vaticano Segundo, al cual dedicó un tomo entero, el segundo de su memorable trilogía, 'The Liturgical Revolution' (La Revolución en la Liturgia)

Volvió al Concilio Vaticano Segundo con otro libro importante, "The Second Vatican Council and Religious Liberty" 5. Los problemas relacionados con la liturgia y la libertad religiosa parecen, a primera vista, estar alejados el uno del otro, pero en realidad tienen un origen común en el Concilio Vaticano Segundo y sus consecuencias.

En esta conferencia me estaré enfocando en el aspecto fundamental de la obra del Sr. Davies; específicamente en su contribución al conocimiento del Vaticano Segundo y lo que ha pasado después.

La convocación de Concilio Vaticano Segundo

El 9 de octubre de 1958 murió el Papa Pío XII. El 25 de enero de 1959, sólo tres meses después de haber sido electo al trono papal, el nuevo Papa, Juan XXIII, anunció la convocación al Segundo Concilio Vaticano.

Davies rememora el Vaticano II comenzando desde su convocación, utilizando las palabras del Cardenal Pietro Sforza Pallavicino (1607-1667), historiador del Concilio de Trento, citadas por el Cardenal Manning “...convocar a un Concilio General, excepto cuando es exigido absolutamente por necesidad, es tentar a Dios”.6

Esto no es lo que pensaban algunos cardenales conservadores, pues desde el momento en que fue electo Juan XXIII, lo alentaron a convocar un concilio ecuménico. El Concilio Vaticano Primero había sido interrumpido bruscamente por la guerra Franco Prusiana de 1870, y estos cardenales imaginaron que su reanudación – en sus intenciones – iría a culminar con la redacción de un “Syllabus” de los errores contemporáneos. Contaban con el apoyo de Monsegnor Domenico Tardini, considerando que ellos habían impuesto en Juan XXIII el nombramiento de Tardini como cardenal como condición para su elección al papado.

La inesperada muerte de Monseñor Tardini el 30 de julio de 1961, estando aún en curso la fase preparatoria del concilio, echó a tierra esos planes. Los cardenales conservadores también sobreestimaron el poder de la Curia Romana y subestimaron el poder de sus adversarios, que estaban formando un partido poderoso y bien organizado. En su libro “The Rhine Flows into the Tiber” (El Rhin Desemboca en el Tíber), el Padre Ralph Wiltgen fue el primero en revelar la existencia de esta organizada estructura. En mi libro sobre el Concilio reporté nuevos elementos basados en las memorias de algunos de los protagonistas y en algunos documentos de archivo que han salido a la luz en años recientes.

En junio de 1962, cuando los siete primeros esquemas de las constituciones conciliares (que habían sido elaboradas por diez comités durante tres años bajo la supervisión del Cardenal Alfredo Ottaviani fueron sometidos al Papa. Juan XXIII seguía convencido de que el concilio iría a ser clausurado en Diciembre. El Papa aprobó los esquemas preparatorios, y en julio, tres meses antes de la inauguración, ordenó que fueran enviados a todos los Padres Conciliares, como base para las discusiones en las congregaciones generales. El Concilio Vaticano Segundo fue inaugurado en la Basílica de San Pedro el 11 de octubre de 1962.

En toda Revolución, el momento decisivo es el primer acto, pues contiene en él las semillas para su futuro desarrollo, La historia completa de la Revolución Francesa, por ejemplo, se halla en los dos primeros meses, de junio y julio de 1789, cuando tuvo lugar el coup d' etat procesal: la transformación de los Estados Generales en Asamblea Constituyente. De igual manera, en el Concilio Vaticano II ocurrió un decisivo golpe de estado jurídico en la primera semana, que Davies resaltó muy bien, definiéndolo como una “blitzkrieg”, una guerra relámpago. El Profesor Paolo Pasqualucci, un filósofo de la legislación italiana, dedicó recientemente un pequeño tomo a lo que definió como el “bandidaje procesal” de los primeros días del Concilio.

El partido progresista, con una primera blitzkrieg, consiguió el re-mezclado de los votos para conformar las comisiones, y con una segunda lograron monopolizar las comisiones, insertando en ellas a sus hombres – junto con unos simpatizantes.  Desde el mero inicio del Concilio, el Rhin había comenzado a desembocar en el Tíber.

Otra alteración significativa de los procedimientos fue la “nueva” regla que declaraba que bastaba con un mínimo de cinco miembros en cada comisión para aprobar cualquier enmienda. Una interesante coincidencia – hace notar Davies – fue que el grupo de Padres de los Paísees de Europa Central tenían no menos que cinco de sus representantes en cada comisión,  A los periti (expertos) también se les dió la oportunidad de hablar durante los debates, por lo menos en algunas ocasiones. Michael Davies, siguiendo al Padre Wiltgen, hace notar eso por buena razón, el Vaticano II fue definido como “el Concilio de los periti”. Los periti – descritos por Davies como “las tropas de choque de las fuerzas liberales”9 – tuvieron una influencia increíble: mucha, mucha más influencia que la que tuvieron la mayor parte de los Padres del Concilio.

Son precisamente esos periti los que deben llevarse el crédito de la que quizás fue la victoria más resonante en la sala conciliar: el rechazo de todos los esquemas preparatorios – los cuales eran perfectamente ortodoxos, se conformaban con la doctrina de la Iglesia y habían sido el fruto diligente de 871 expertos. Había tomado dos años el completar esos valiosos esquemas que la asamblea conciliar echó literalmente al cesto de la basura – mediante un procedimiento irregular – careciendo de las requeridas dos terceras partes de los votos. El Obispo William Adrian, de Nashville Tennessee, escribió en términos nada ambiguos, que los peritos se habían empapado de los perniciosos errores de Teilhard de Chardin y de la ética situacional – errores que en su análisis final destruyen la fe, la moral, y toda autoridad establecida. “Estos teólogos liberales coparon el concilio como medio para descatolizar a la Iglesia Católica haciéndolo pasar como un medio para sólo des–romanizarla."

El Cardenal Heenan no vaciló en decir que el concilio de Juan XXIII “proporcionó una excusa para rechazar tanto de la Doctrina Católica que él aceptaba de todo corazón”. La organización, perfectamente eficiente, de los padres del Rhin les hizo posible llegar a Roma de una manera semejante a la de un partido [político] con políticas muy precisas a seguir y objetivos claros a alcanzar. En cambio, el resto de los padres conciliares llegaron a Roma como simples “católicos”, sin siquiera saber la razón exacta de su convocación. El Cardenal Heenan explica cómo la mayoría de los obispos ingleses y americanos llegaron a Roma sin siquiera saber lo que estaba por pasar y, principalmente, desconociendo cómo la “ecumania” así llamada por Heenan, había infectado a sus colegas europeos. Los obispos alemanes, en particular, habían hecho del ecumenismo prácticamente una religión. Heenan afirmaba que Juan XXIII había visto al Concilio como un “safari episcopal”. Pero, antes de que terminara la primera sesión (el Papa Juan) debe de haber pensado de su Concilio menos como un safari que como un sitio.

Al día siguiente de la inauguración del Concilio, Juan XXIII, como el Dr. Frankenstein, se percató que le había dado vida a una creatura – el Concilio – que ya no podía controlar. Cuando murió el 3 de junio de 1963, el concilio ya estaba firmemente en manos de los progresistas.

A fin de asegurarse de dominar el Concilio completamente, los padres del Rhin tenían que asegurarse de que los procedimietnos se alteraran de manera que la influencia de la Curia Romana se debilitara, lo cual el nuevo papa, Pablo VI hizo sin recelo, nombrando a cuatro cardenales como “moderadores”, quienes serían responsables de “dirigir las actividades del Concilio y determinar la secuencia con que los tópicos serían discutidos en las reuniones de trabajo”12. Cuando se dieron a conocer los nombres de los cuatro cardenales (que incluía a Dopfner, Lercaro y Suenens) quedó muy clara la dirección que habría de tomar el Concilio. En la tercera sesión, cuando se formó el Coetus Intarnationalis Patrum, ya era demasiado tarde para resistir el avance de los progresistas. Los liberales y los periti ya tenían el monopolio absoluto del Concilio.

Textos ambiguos y bombas de tiempo

Otra victoria para los progresistas – y quizás la más devastadora de todas – fue la de haber insertado en los textos conciliares lo que Michael Davies, tomando de la expresión de Monseñor Lefebvre, definió con un simbolismo elocuente como “bombas de tiempo”13. Estas bombas habrían de ser activadas por los periti después del Concilio, luego de que ya hubieran tomado el control de las comisiones para la implantación de los textos. Estas “bombas de tiempo” consistieron en:

  1. Pasajes ambiguos insertados por los Padres y los periti que debilitaron la doctrina tradicional al abandonar el lenguage tradicional; 
  2. Omisiones, a veces más peligrosas que las frases heterodoxas; 
  3. Frases ambiguas que parecerían favorecer o por lo menos parecerían ser compatibles con una interpretación no católica de los textos. En pocas palabras, eran fórmulas que podían ser interpretadas tanto en un sentido católico tradicional como en un sentido liberal.

Las concesiones pesentes en los textos también eran debidas – si no prevalentemente – a la “ecumanía” la manía ecuménica, “casi una religión de ecumenismo” segun el Cardenal Heenan14 – que estaba en el mismo aire que se respiraba en la sala conciliar.  Monsegnor Luigi Carli, Obispo de Segni, acabó quejándose de que a fin de evitar perjudicar al ecumenismo, no se podía más hablar de la Santísima Virgen, ya nadie podía ser llamado hereje, la expresión – la Iglesia Millitante – ya no podía usarse más y ya no podía uno referirse a los poderes de la Iglesia Católica.

La falta de precisión de los textos se excusaba con la orientación pastoral, no dogmática, del Concilio. Ninguna definición se autorizaba. Todo se discutía, pero nada se definía porque era un concilio pastoral. La dimensión pastoral, en sí misma accidental y secundaria con respecto a la dimensión doctrinal, resultó en realidad ser la prioridad, produciendo una revolución en el estilo, en el lenguage y en la mentalidad.

La falta de condenación del comunismo

Cada uno de los veinte concilios anteriores al Vaticano II habían sido convocados para extinguir herejías o para corregir los más grandes males de sus tiempos. El "mal más grande” del Siglo XX era ciertamente el comunismo. Su condenación habría justificado la convocación de las audiencias conciliares. Sin embargo – de manera paradójica – el comunismo fue precisamente el mal que el Concilio Vaticano II hizo todas las acrobacias que pudo para esquivar su condenación.

Hasta el Concilio Vaticano Segundo, el Magisterio de la Iglesia Católica había denunciado repetidamente al comunismo con palabras de clara condenación. Los predecesores de Juan XXIII habían condenado el comunismo declarando la total incompatibilidad entre esta ideología “intrínsecamente perversa” (Pío XII) y la Igesia Católica. En la vota de los Padres Conciliares, que llegó a Roma antes de la celebración de las audiencias, el Comunismo parecía ser el error más grave a condenar. A pesar de que más de 200 padres de 46 países diferentes habían solicitado un claro rechazo de los errores del marxismo en la Segunda sesión; a pesar de que el Coetus Internacionalis había presentado una petición que contenía exactamente diez razones por las cuales el comunismo tenía que ser condenado, informando a la asamblea que una abstención en este sentido habría entrañado un repudio del Concilio – y con razón – por su silencio sobre el comunismo, que habría sido interpretado como un signo de cobardía y complicidad – el Concilio mediante un procedimiento de votación claramente alterado, no condenó el comunismo sino buscó un diálogo con él. 15

Podemos ahora decir que las audiencias conciliares habrían sido el lugar perfecto para iniciar un juicio contra el comunismo, semejante al de Nuremberg contra el nacional socialismo; no un juicio de naturaleza penal, ni tampoco un juicio ex post de los vencedores sobre los vencidos, como fue el de Nuermberg, sino un juicio cultural y moral, ex ante, de las víctimas con respecto a los persecutores, como los así llamados disidentes ya habían comenzado a hacer.

“Cada vez que se reunía un Concilio Ecuménico – dijo el Cardenal Antonio Bacci en la sala conciliar – siempre se resolvían los grandes problemas que estaban aquejando esa época y se condenaban los errores de los tiempos. Un silencio sobre este tema, creo yo, sería una imperdonable lacuna, de hecho, un pecado colectivo. [...] Esta es una herejía teórica y práctica de nuestros días, y si el Concilio no se ocupa de ella, podrá dar la impresión de un concilio fallido.”

La constitución Gaudium et Spes, que fue el décimosexto y último documento promulgado por el Concilio Vaticano II, propuso una definición completamente novedosa de la relación entre la Iglesia y el mundo. En ella no se hizo condenación del comunismo en forma alguna.

Muchas veces en el curso de sus estudios sobre el Concilio Vaticano Segundo, Davies insistió en el hecho de que el Espíritu Santo estaba asistiendo al Concilio, aun cuando éste era pastoral, de caer en herejía: Lo que significa, si embargo, repite él, que eso no indica que el Concilio ”haya dicho todo lo que necesitaba decirse sobre cualquier tema particular, o siquiera que lo que sí dijo esté redactado de la forma más clara o más prudente.”16 La falta de condenación del comunismo es evidentemente una de esas omisiones – quizás la más grave – de la cual el Concilio Vaticano Segundo tendrá que responder ante Dios y ante la humanidad.

¿Cuál fue la razón de la falta de condenación del comunismo? Ahora sabemos que en agosto de 1962, en el pequeño pueblo francés de Metz, se celebró un acuerdo secreto entre el Cardenal Tisserant, representante del Vaticano, y el nuevo Arzobispo Ortodoxo de Yaroslav, Monseñor Nicodemus, que era agente de la KGB, – esto último como quedó documentado luego de que se abrieron los archivos de Moscú. Con base en este acuerdo, las autoridades eclesiásticas decidieron no tratar del comunismo en el Concilio. Ésta había sido la condición solicitada por el Kremlin para permitir la participación de observadores del Patriarcado de Moscú en el Concilio.

En los archivos secretos del Vaticano encontré un nota de puño y letra de Pablo VI que confirma la existencia de este acuerdo.  Otros documentos de interés particular fueron publicados por George Weigel en el segundo tomo de su impresionante biografía de Juan Pablo II. Weigel de hecho consultó fuentes tales como archivos de la KGB en la Sluzba Bezpieczentswa (SB) polaca y de la Stasi de Alemania Oriental. Los documentos confirman cómo los gobiernos comunistas y los servicios secretos de los países del este penetraron el Vaticano para favorecer sus intereses e infiltrar los rangos más altos de la jerarquía católica.

Pero esto no es suficiente para explicar la ausente condenación. En realidad, lo que aquí tenemos es una nueva teología de la historia. La encíclica de Pío XI de 1925 (Quas Primas) – su aniversario 90 cae en este año – había presentado a los católicos una teología de la historia basada en el Reinado Social de Jesucristo. La obra de Jacques Maritain, Humanismo Integral17, apareció en 1936, y fue el manifesto para una nueva filosofía de la historia y de la sociedad que presentaba la base para una evolución del pensamiento católico en el sentido opuesto de la filosofía de la historia al delineado en Quas Primas. En un análisis final, el humanismo integral abraza los principios de la revolución francesa – condenados por el Magisterio Pontificio – y se ha destinado a infiltrar masivamente, de ahí en adelante, en los ambientes católicos, todo ello para beneficio del socialismo y del “progresivismo”,

El espíritu de “ecumanía” que arrasó en el Segundo Concilio Vaticano – según Davies – fue el humanismo integral, una filosofía que, por lo menos implícitamente, niega el derecho de la Iglesia a intervenir en el orden social; en otras palabras, es la negación del Reinado Social de Jesucristo”.18 La consecuencia, – expica Davies – es que “la Iglesia debe tomar su lugar en términos iguales que las demás religiones y filosofías dentro de un mundo que ella tenía el deber no de mandar sino de servir”19 Maritain soñaba con una “hermandad universal” de la que la Iglesia tenía que ser la inspiración o la “hermana mayor”. Y para la “hermana mayor” poder ganarse a su “hermano menor” – el mundo – no debe ser intransigente ni autoritaria. Debe hacer la religión aceptable. Y para que la verdad de la fe y la moral sea aceptable, el cristianismo debe ser práctico más que dogmático.”20 Ahora se sabe bien que Pablo VI fue un admirador y discípulo de Jacques Maritain. Por esto – según Davies – el enigma de Pablo VI sólo puede entenderse en el contexto de su adhesión al humanismo integral.

En su "The Second Vatican Council and Religious Liberty” Michael Davies, contrasta la doctrina del Reinado Social de Cristo con el principio de libertad religiosa enunciado en la declaración Dignitatis Humanae. Uno de los observadores protestantes presentes en el Concilio, el teólogo Oscar Cullman, no vaciló en decir que “los textos definitivos son en su mayor parte textos de transigencia”21. Según Davies, “No hay documento del Concilio Vaticano Segundo al que sean más aplicables estos comentarios que a Dignitatis Humanae” 22

Davies con frecuencia cita a un autor que nunca debía ser olvidado, Hamish Fraser. En el número de febrero de 1976 de Approaches, Hamish Fraser afirmó que Quas Primas es ignorada por las así llamadas naciones católicas y por el clero católico. Fue, lo lamentaba él, el más grande fiasco en la historia entera de la Iglesia. Ciertamente fue un gran fiasco, una gran omisión del Concilio Vaticano Segundo. El rechazo del Reinado de Cristo está en los orígenes de un itinerario de apostasía que ha llevado a los países católicos a legalizar el aborto, la fertilización in vitro y la sodomía.

Diez años más tarde, en 1986, cuando el liberal Primer Ministro de Irlanda, Garrett Fitzgerald organizó un referendo que él creía que autorizaría a su gobierno a legalizar el divorcio, Hamish Fraser comentó sobre el resultado con esta palabras: “En cien años, el 26 de junio de 1986 deberá ser recordado como uno de los días más memorables en la historia de Irlanda. Pues ese día, por una abrumadora mayoría (63.5 en contra vs. 36.5 a favor) – el pueblo irlandés votó “No” en el referendo que tenía la intención de obtener su permiso de legalizar el divorcio en la República.”

Menos de treinta años después, el 22 de mayo de 2015, Irlanda introdujo una todavía más memorable fecha en su historia: el día en que el pueblo irlandés – con los mismos porcentajes – aprobó las uniones homosexuales en la República. La responsabilidad de esta apostasía viene de la orientación liberal de las autoridades eclesiásticas – tanto las irlandesas como las internacionales – basadas en Dignitatis Humanae y el espíritu del Vaticano II

El papel de los medios

En la creación del llamado “espiritu del Vaticano II” los medios – y la prensa en particular – jugaron un papel decisivo. Davies hace notar que algo semejante ya había ocurrido un siglo antes en el Concilio Vaticano I, tanto como para concluir que “la fuerza animadora detrás de las dos campañas era la misma”24. El testimonio del Cardenal Manning – que Davies reseña en el Apéndice III de su libro “El Concilio del Papa Juan” es extremadamente interesante. Según el gran cardenal, en el Vaticano I se circuló la idea de que el Concilio había rechazado las doctrinas del de Trento o les habría dado una significación más amplia, o habría re-abierto discusiones consideradas cerradas, o que se había transigido con otras religiones, o que por lo menos había adaptado al pensamiento y teología modernos la inflexibilidad dogmática de la Tradición. “Esta creencia excitó una expectativa, mezclada con esperanza, de que Roma volviéndose más comprensiva pudiera volverse más accesible, o al hacerse inconsistente podría hacerse impotente para influir sobre la razón y la voluntad del hombre” 25

En la época del Primer Concilio Vaticano, los medios querían obstruir la proclamación de la infalibilidad papal. Aquí estamos hablando de la prensa anti-católica que mantenía control alrededor del mundo. Cuando los medios habían identificado a algún obispo que se opusiera a una definición dogmática, lanzaban una campaña en su favor. Esta minoría de opositores era naturalmente exagerada por los medios. De repente, explica el Cardenal Manning; “todo el mundo se paraba para conocerlos. Gobiernos, políticos, periódicos, cismáticos, herejes, infieles, judíos, revolucionarios, como con un mismo certero instinto, se unían para elogiar y exponer la virtud, el conocimiento, la ciencia, la elocuencia, la nobleza, el heroísmo de esta oposición internacional”. Con una repetición verdaderamente Homérica, ciertos epítetos eran vinculados con ciertos nombres. Todos los que estuvieran contra Roma, eran ensalzados; todos los que estuvieran a favor de Roma eran denigrados”26

El Cardenal Manning seguía cuidadosamente lo que la prensa internacional reportaba sobre el Concilio. Cuando se le preguntó en Inglaterra ¿qué debería creerse de lo que se reportaba en los medios? decía: “Lea cuidadosamente la correspondencia de Roma que se publica en Inglaterra, crea lo opuesto y no estará lejos de la verdad”27  El Cardenal observó cuán bien preparada y organizada con anticipación estaba la campaña de medios en su ataque contra el Primer Concilio Vaticano. “Una liga de periódicos alimentados de un centro común, difundía esperanza y confianza en todos los países, de que la ciencia y la ilustración de la minoría salvaría a la Iglesia Católica de la pretensión inmoderada de Roma y de la ignorancia supersticiosa del episcopado universal."

Pero contra el Concilio Vaticano Primero – y en esto estriba la diferencia con el Segundo Concilio Vaticano – la campaña fracasó. Fracasó, dice Davies, porque Pío IX resistió como una roca inamovible, condenó los errores, y a todos aquéllos que pedían adaptar la verdad a los tiempos modernos, les respondía confirmando la claridad del concilio de Trento. A pesar de las profesías aciagas que (aun en esos tiempos) insinuaban que el dogma de la infalibilidad papal era nada menos que el último suspiro de a Iglesia, la autoridad pontificia emergió más fuerte y más vigorosa que nunca. El odio del mundo a la Iglesia quedó de manifesto, y al mismo tiempo, la naturaleza divina de la Esposa de Cristo se hizo manifiesta. Pío IX siguió el ejemplo de Cristo. La gran tempestad que le golpeó inmediatemente después del Concilio Vaticano Primero no fue otra cosa que la señal de su completa pertenencia a la Pasión de Cristo.

Muy diferente fue la suerte de los medios masivos en el Segundo Concilio Vaticano. El Padre Louis Bouyer (1913-2004) un liturgista convertido del luteranismo al catolicismo, no vaciló en afirmar: Si – como se decía – el Concilio había sido liberado de la tiranía de la Curia Romana, había sin embargo sido entregado a la dictadura de los periodistas y “particularmente a los más incompetentes e irresponsables de entre ellos” 29. Éstos casi en su totalidad fueron colaboradores de los Padres del Rhin y de los periti. Había palabras clave que los periodistas del Vaticano II utilizaban con una habilidad dramática: abriendo el diálogo con el mundo, las necesidades del mundo moderno, aggiornamento (puesta al día), pero sobre todo “el espíritu del Vaticano II”. Había, sin embargo, un lema, según Davies, que se volvió un artículo de fe: “opinión pública”. Es un hecho bien sabido que la opinión pública, que la prensa debería reflejar, es, por el contrario, hábilmente manipulada por la prensa, condicionando de esa manera su efecto en el público. Llegaron hasta a llamar la opinión pública “el magisterio moderno”, Pero no bastaba con eso. “La teoría de que Dios enseña a los obispos mediante el instrumento de la prensa liberal” fue difundida, con la aberrante conclusión de que “el periodista católico es el teólogo del presente” 30

La prensa creó su propio mito de los “héroes” conciliares tales como los cardenales Bea y Suenens o el teólogo Kung.31 Dividió a los padres conciliares en "los buenos” y "los malos”. Los buenos eran los progresistas, los malos los tradicionalistas. Los progresistas eran descritos como hombres buenos dotados de dones intelectuales sobrehumanos, envueltos en una luz romántica y cautivadora, llegando a llamar sus actos – por ejemplo cuando hablaban de ecumenismo – “sacramentales”. Sí, comenta Davies, cuando se discute el Vaticano II son “discusiones sacramentales”

Los padres conciliares conservadores eran vistos con suspicacia y descritos como hombres de la curia sin sesos. Monseñor Luigi Carli uno de los protagonistas de la resistencia conservadora era descrito como el hombre de la “voz patética”32 cuando hablaba en la sala conciliar en favor de la Primacía Petrina y contra la colegialidad de los obispos. Algunos periodistas como el corresponsal de Le Monde, Henri Fesquet, no tenía problema en pensar sus propias ideas mucho mejor que las de cualquier obispo que tuviera la temeridad de distanciarse del consenso prefabricado (por los periti y los medios masivos) que los Padres tenían que aceptar.

El papel de los medios en el Concilio fue el centro de numerosos discursos de Benedicto XVI, desde aquél famoso ante la Curia Romana del 22 de diciembre de 2013, el del 14 de febrero de 2013 al clero romano tres días después de anunciar su abdicación. Sostenía la tesis de un concilio virtual, impuesto por los medios de comunicación, que había traicionado al verdadero concilio, que quedó expresado en los documentos conclusivos de Vaticano II. Es a estos textos, distorsionados por una práctica abusiva post-conciliar, a los que debemos retornar para redescubrir la verdad del Concilio, Y, sin embargo, la renuncia de Benedicto al papado revela , en mi opinión, un reconocimiento del fracaso de esta línea hermenéutica.

De hecho, lo que es real en la era de la comunicación es lo que se comunica y la manera como se comunica. El concilio de los medios no fue menos real que el de los documentos, tanto así que podría sostenerse la tesis de que – de haber habido un concilio virtual –  fue precisamente el de los 16 documentos oficiales del Concilio que quedaron en los archivos de la Santa Sede, pero que nunca fueron absorbidos en una realidad histórica concreta. El problema de la relación entre la crisis de la fe y el Segundo Concilio Vaticano exige, en mi opinión, una respuesta no sólo a un nivel hermeneutico, sino principalmente a un nivel histórico. El problema no es la interpretación de los documentos del Concilio, sino el juzgar al Concilio como una realidad histórica. Y ésta es la valiosa contribución de Michael Davies.

El estátus de los documentos.

Después de 50 años, la larga, interminable diatriba hermenéutica con respecto a los textos producidos por el Concilio sustancialmente no ha llegado a nada. Michael Davies, en la trifulca general del post- concilio inmediato, entendió desde el principio que “nadie, no importa el rango que tenga, puede obligarnos a aceptar una interpretación de la enseñanza moral o doctrinal contenida en un documento conciliar que esté en conflicto con la enseñanza anterior de la Iglesia”33, Davies hace referencia a Newman, quien afirmó que cuando una forma nueva no es fiel a la idea que intenta expresar de una manera mejor, tal forma nueva constituye una evolución desleal y falsa.”llamada más correctamente corrupción”,  Citando a Belarmino, el Cardenal Newman recuerda que “todos los católicos y los herejes concuerdan en dos puntos:  primero, que para un papa es posible, aun como papa y con su propia asamblea de consejeros, errar en controversias particulares sobre hechos, que dependen principalmente de información y testimonio humanos...”34

El punto débil de los documentos para M. Davies es de hecho que no siempre dicen todo lo que deberían, y de esa manera dejan abierta la puerta para una interpretación modernista de los textos. También es cierto que muchos abusos propagados después del Concilio no tienen una contraparte directa en los documentos conciliares, pero “el Concilio no puede ser exonerado de su responsabilidad por tales abusos”.  Además “el hecho de que tengan aprobación del Vaticano – agrega Davies – de ninguna manera quita el hecho de que son abusos”.35  M. Davies reflexiona de manera especial sobre Sacrosanctum Concilium, observando que la Comisión encargada de su aplicación, la así llamada Consilium, estaba formada por progresistas, con la sorprendente adición de seis observadores protestantes. En otras palabras, obseva Davies, “Los liberales habían construido la Constitución Litúrgica como un arma con la cual iniciar una revolución, y los Padres Conciliares pusieron luego esta arma en manos de los mismos hombres que la habían fraguado,"36 quienes – como lo dijo el Arzobispo R.J. Dwyer – “eran hombres o bien sin escrúpulos o bien incompetentes”

Es un hecho que el Archidiácono Pawley había reconocido, que la reforma litúrgica del Concilio no sólo concordaba con la que había hecho Cramner [en el cisma anglicano] sino que de hecho fue más allá. Es útil citar al Cardenal Heenan una vez más: "Hay una cierta justicia poética – dijo él – en la humillación de la Iglesia Católica a manos de los anarquistas de la liturgia. Los católicos solían reírse de los anglicanos por dividirse en “high” y “low”... El antiguo alarde de que la misa es la misma en todas partes y que los católicos se contentan con cualquier sacerdote que la celebre, ya dejó de ser cierto. Cuando el 7 de diciembre de 1962 los obispos votaron abrumadoramente (1922 contra 11 votos) en favor del primer capítulo de la Constitución sobre la Liturgia, no se percataron de que estaban iniciando un proceso que habría de causar confusión y amargura en toda la Iglesia después del Concilio  39

Con respecto a Scrosanctum Concilium – aunque aplica a todos los documentos – el único consuelo, que indica que el Espíritu Santo no abandonó a la Iglesia, está en el hecho de que “esta promulgación sería de carácter disciplinario, no doctrinal, y como consecuencia no tocaría la infalibilidad de la Iglesia”40

Hacia el Sínodo que está por reanudarse: Gaudium et Spes, la señal de advertencia del colapso moral.

Leer la obra del Sr. Davies puede ayudarnos a entender la crisis presente. Nos hallamos ahora ante un Sínodo de Obispos sobre la Familia que parece estar poniendo la indisolubilidad del matrimonio en tela de duda y abriéndoles la puerta a parejas homosexuales. Si el Sr. Davies viviera todavía, quizás vería sus orígenes en el abandono del esquema sobre el Matrimonio y la Familia ocurrido en el Vaticano II, que fue sustituido por algunos pasajes ambiguos en Gaudium et Spes. El Sr. Davies identificó los peligros que acechaban con Gaudium et Spes, en la inversión de los fines del matrimonio. De hecho al poner el de la procreación después del del amor conyugal, se alteró toda la moralidad católica. Davies reseña la advertencia del Superior General de los Dominicos, el Cardenal Browne ― durante una sesión conciliar ― se levantó y dijo en voz muy alta; “¡Caveatis, caveatis! Si aceptamos esta definición estaremos yendo contra toda la tradición de la Iglesia y habremos de pervertir el significado completo del matrimonio” 41.

Si el fin primario del matrimonio no es la procreación, entonces tiene su expresión más alta en el amor conyugal ― pero el amor de los esposos proviene de un acto de la voluntad, y un acto de la voluntad puede decretar su fin. Si la moralidad no está basada en la naturaleza, sino en la persona, la relación de la pareja prevalece sobre el bien objetivo de la familia.  Si se establece la primacía de las relaciones interpersonales, este principio quedará condenado a extenderse a las relaciones extra-maritales y luego, de las relaciones heterosexuales a las homosexuales.

Según el Sr. Davies, la enemistad eterna agustiniana entre la Ciudad de Dios y la Ciudad del hombre parece estar extinta en Gaudium et Spes. “Aun cuando hay afirmaciones en Gaudium et Spes que insisten en que el Reino Celestial sigue siendo el objetivo principal de la Iglesia, está fuera de toda disputa el que el documento despliega una preocupación obsesiva y extendida por el Reino Terrenal. Si la cantidad de texto dedicado a aquél se compara con el dedicado a éste, el contraste es tanto sorprendente como deprimente. Está repleto del espíritu de Humanismo Integral y de Sillonismo” 42

El legado de Michael Davies.

Los enemigos en el Sínodo [de la Familia] son los mismos que en el Vaticano II; con un factor agravante, que  es ― cuando en el Concilio las fuerzas que lo empujaron estaban en cierta forma fuera de la Iglesia, ahora están adentro, en el sentido de que ― después de 50 años de devastación ― obispos y cardenales ni siquiera ocultan su admiración por Lutero o por la ideología comunista, presentada hoy en día en términos de Teología de Eco-liberación. La mayor parte de los medios masivos está en manos de los enemigos de la Iglesia y su influencia está grabada en la opinión pública de una manera cada vez más agresiva ― con respecto a los años del Vaticano II ― que, como lo dijo el Sr. Davies, ellos mismos han creado.

Sin embargo, ahora tenemos una ventaja, A saber: teniendo atrás la experiencia del Concilio, en el cual prevalecieron de cierta forma los enemigos de la Iglesia, porque la gente buena no estaba preparada, podemos y debemos organizar una resistencia que no vuelva a pescar a los buenos católicos por sorpresa. No olvidemos, como nos lo recuerda el Cardenal Newman, que “en la época del arrianismo fue la fidelidaad de los laicos la que salvó a la Iglesia”

Pienso que el Sr. Davies habría invitado a los católicos merecedores de este calificativo ― primero y sobre todo, a tomar las armas sobrenaturales ― siendo la más importante, ciertamente, la Misa Tradicional en Latín, el gran amor del Sr. Davies, por la cual, laudablemente, 'derramó ríos de tinta' movido por un santo celo, con el cual amó y adoró lo que el Padre Faber llamó “la cosa más bella de éste lado del Cielo”.

Los medios espirituales deben ser el espíritu de los medios naturales. Éstos pueden consistir en el uso correcto y adecuado de los medios masivos (que los enemigos utilizan para servir al mundo y a su Príncipe) para defender los valores tradicionales. Debemos crear “pequeños fuertes de resistencia” para defender la Tradición y la doctrina inalterable de la Iglesia; debemos estudiar bien los límites de obediencia al Papa y al Magisterio “fluido” que nos presenta éste todos los días, siguiendo firmemente sobre esta cuestión, lo que nos enseña el gran cardenal inglés John Henry Newman, a quien el Sr. Davies admiraba, como admiraba también al Cardenal Manning 43. Sé que fue objeto de críticas por su admiración por Newman, considerado liberal por algunos tradicionalistas. La ortodoxia anti-liberal de Newman fue, sin embargo, confirmada no sólo por el Papa León XIII, quien lo hizo cardenal, sino también por San Pío X en su breve papal al obispo de Limerick del 10 de marzo de 1908. En lo que a mí toca, si yo hubiera vivido en tiempos del Concilio Vaticano I, me habría puesto del lado de Manning contra el de Newman. Pero como vivo en tiempos del Vaticano II, creo que el Cardenal Newman, en sus libros, principalmente en el dedicado a los Arrianos del siglo IV, nos ofrece armas mejores que las de Manning para combatir a los modernistas que se han apoderado del manejo de la Iglesia.

Davies atribuye parte del desastre conciliar también a una falsa obediencia que muchos católicos creen deberle al Papa. Von Hildebrand afirma que, considerar inspirada por Dios toda decisión papal, y de esa manera no sujetarla a crítica alguna, plantea problemas insolubles ante los fieles en relación con la historia de la Iglesia” 44. El propio Cardenal Manning ― uno de los cardenales más ultramontanos en el Vaticano I ― dijo: “La infalibilidad no es una cualidad inherente a ninguna persona, sino una asistencia ligada a un cargo” 45 El Primer Concilio Vaticano no enseña que el carisma de la inflibilidad está siempre presente en el Vicario de Cristo, sino que simplemente no está ausente en el ejercicio de su cargo en su forma suprema, o sea, cuando el Soberano Pontífice enseña como Pastor Universal, ex cathedra, en cuestiones de fe y de moral. 46

El sínodo que está por llegar tendrá como tema la familia y todos los problemas relacionados con ella ― los que el Sr. Davies previó como consecuencia directa de Gaudium et Spes, documento en el cual se invirtieron los fines del matrimonio y se omitió una condenación clara de la contra-concepción ― en particular el divorcio y la posible comunión para los divorciados vueltos a casar. En este caso, el caso del divorcio, la Inglaterra católica está al frente y sólida en su historia de mártires. Hace quinientos años, fue un divorcio lo que causó el Cisma Anglicano. Sabemos cómo era la defección entre los miembros del clero y entre el pueblo, la cual debe ser deplorada, pero también sabemos del testimonio heróico de muchos mártires, a quienes todavía seguimos venerando, quienes oponiéndose a ese divorcio, lo pagaron con sus vidas. Ciertemente no es coincidencia que en la confusión doctrinal y moral de esa época, el primer grupo consistente en alzar la voz vino de Inglaterra. Aquí la sangre de los grandes mártires del siglo 16 ― tales como el Obispo John Fisher y Thomas More ― siguen atestiguando que el marimonio es de derecho divino y nadie, ni siquiera “la Iglesia tiene poder alguno sobre él” (Cardenal Joseph Ratzinger)

Y si esta voz sigue sin ser escuchada, debe recordarse lo que Michael Davies escribió en 1977: “nadie, cualquiera que sea su rango, puede obligarnos a aceptar una interpretación de la enseñanza doctrinal y moral contenida en un documento conciliar que esté en conflicto con la enseñanza anterior de la Iglesia”

Si llegara a imponerse en el próximo sínodo una dirección contraria a la enseñanza tradicional de la Iglesia, deberemos mantenernos fieles a la doctrina inmutable de la Iglesia, teniendo presentes las palabras de Santo Tomás Moro: “Si tengo a todos los obispos contra mí, tengo conmigo a todos los santos y doctores de la iglesia.”



Notas:
[1] Romano Amerio, Iota unum, Ricciardi, Milano-Napoli 1985, traducida a seis idiomas.
2 Mons. Brunero Gherardini, Vatican II Una Discusión muy Necesaria, Casa Mariana, Frigento 2009; Un Concilio mancato,(Un Concilio que Fracasó) Lindau, Torino 2011; Vaticano II, alla radice di un equivoco, (Vatican II, Las Raíces de una Falsa Interpretación) Lindau, Turin 2012.
3 The Second Vatican Council, An Unwritten Story (El Concilio Vaticano II, Una Historia no Escrita), Lindau, Turin 2011.
4 Pope John’s Council (El Concilio del Papa Juan), Augustine Publishing Company, Chawleigh, Chulmleigh (Devon) 1977.
5 The Second Vatican Council and Religious Liberty (El Concilio Vaticano II y la Libertad Religiosa) The Neumann Press, Long Prairie (Minnesota) 1992.
6 H. Manning, Petri Privilegium, Three Pastoral Letters to the Clergy of the Diocese (Tres Cartas Pastorales al Clero de la Diócesis), III, Londres 1871, p. 24, citado en Pope John’s Council, p. 3.
7 Ralph M. Wiltgen, The Rhine flows into the Tiber (el Rhin Desemboca en el Tíber), Hawthorn Books, London 1967.
8 Paolo Pasqualucci, Il Concilio parallelo. L’inizio anomalo del Vaticano II, (El Concilio Paralelo. El Anómalo Inicio del Vaticano II) Fede e Cultura, Verona 2014,
9 Pope John’s Council, p. 45.
10 Bishop W. Adrian, of Nashville (Tennessee), The Wanderer, 1 August and 8 August 1969, citado en Pope John’s Council, p. 44.
11J. Heenan, A Crown of Thorns (Una Corona de Espinas), Londres 1974, p. 354, citada en Pope John’s Council, p. 11.
12 Ralph M. Wiltgen, The Rhine Flows into the Tiber, p. 82, citada en Pope John’s Council, p. 34.
13 Pope John’s Council, pp. 52-78.
14 [1] J. Heenan, A Crown of Thorns, p. 339.
15 M. Davies le dedicó un capítulo entero a este espinoso y controversial tema en su libro, Pope John’s Council, con el titulo “Viraje hacia la Izquierda” (pp.139-157)
16 Ivi, p. 153.
17 Jacques Maritain, Humanisme intégral. Problèmes temporels et spirituels d’une nouvelle chrétienté (Humanismo Integral, Problemas Temporales y Espirituales de una Nueva Cristiandad), Aubier-Montaigne, Paris 1936, ora en Jacques e Raissa Maritain, Oeuvres complètes, Editions Universitaires, Fribourg 1984, vol. VI, pp. 293-642..
18 Pope John’s Council, p. 178.
19 Ivi, p. 179.
20 H. Le Caron, Le Courrier de Rome, 15 October 1975, citado en Pope John’s Council, p. 181.
21 Henri Fesquet, Le Journal du Council, H. Morel 1964, pp. 517-518, citado en Pope John’s Council, p. 56.
22 Religious Liberty, p. 174.
23 Religious Liberty, p.185.
24 Pope John’s Council, p. 264.
25 L.-J.Suenens, La Croix, 6 April 1965, citado en Pope John’s Council, p. 91.
26 Cf Pope John’s Council, App. IV, pp. 270ss.
27 Ivi, p. 273.
28 Ivi, p. 212.
29 J. H. Newman, The Development of Christian Doctrine (El Desarrollo de la Doctrina Cristiana)  Londres 1974, Ch. II, Sec. II., p. 11, citado en Pope John’s Council, p. 212.
30 Pope John’s Council, p. 214.
31Ivi, p. 226.
32 R. J. Dwyer, The Tidings, 9 July 1971, citado en Pope John’s Council, p. 226.
33 Cf Pope John’s Council, p. 242.
34 J. Heenan, A Crown of Thorns, p. 367, citado en Pope John’s Council, p. 243.
35 X. Rynne, The Second Session (La Segunda Sesión), London 1964, p . 297, citado en Pope John’s Council, p. 227.
36 M. Lefebvre, Un Eveque Parle (Un Obispo Habla), Parigi 1974, pp. 155-156, citado en Pope John’s Council, p. 67.
37 Pope John’s Council, p. 186.
38 Lead Kindly Light: The Life of John Henry Newman ((Guíame Luz Amable, La Vida del Cardenal Newman) Neumann Press, 2001
39 Ivi, p. 174.
40 H. Manning, The True Story of the Vatican Council (La Verdadera Historia del Concilio Vaticano) Londres 1877, p. 179, citado en Pope John’s Council, p. 175.
41 Cf Pope John’s Council, pp. 175-176.
42 Pope John’s Council, p. 186.
43 Lead Kindly Light: The Life of John Henry Newman  Neumann Press, 2001
44 Ivi, p. 174.
45 H. Manning, The True Story of the Vatican Council, London 1877, p. 179, citado en Pope John’s Council, p. 175.
46 Cf Pope John’s Council, pp. 175-176.

lunes, 24 de agosto de 2015

Causas de la Guerra de Secesión de los Estados Unidos

Causas de la Guerra de Secesión de los Estados Unidos

Reseña del libro The Conflict Between the North and the South por Adam Miller

Escrita por  Eleonore Villarrubia


Tomado de: catholicism.org/the-conflict-between-the-north-and-the-south-a-book-review.html del 29 de abril de 2015
Traducido del inglés por Roberto Hope

Primer tomo  – El Norte y el Sur y la Secesión: ¿Cuál de las dos partes tenía la razón? Un examen de Causa y Derecho.

Adam Miller es un hombre valiente por la manera como trata este delicado asunto – la Guerra Civil Norteamericana, o (mejor dicho) la Guerra entre los Estados, o (como él prefiere llamarla) la Guerra de Agresión del Norte. Como él lo explica, no puede llamarse propiamente una guerra “civil”, porque no lo fue.  Una guerra civil ocurre cuando uno de los contendientes trata de derrocar el gobierno en turno y tomarlo para sí.  En los Estados Unidos en 1981, los estados sureños no trataron de derrocar al gobierno radicado en Washington. De hecho, el Sur no quería tener nada que ver con ese gobierno por razones que la mayoría de los americanos de hoy en día no comprende. ¿Por qué no lo comprende? Bueno, como dice el dicho “la historia la escribe el vencedor” y eso es ciertamente lo que ha pasado en este caso.

En su primero de cuatro tomos (tres de los cuales han sido terminados), el Sr. Miller trata de las diferencias entre las dos secciones del país, las causas de insatisfacción de los estados sureños con sus vecinos norteños, la cuestión de la secesión y, por supuesto, toca el punto de lo que la mayoría de los americanos de hoy en día creen que fue la causa de la guerra, el de la esclavitud. Según el análisis del Sr. Miller, no están en lo correcto, y este primer tomo explica brevemente por qué.

Desde una perspectiva tradicional católica, el Sr. Miller señala que había grandes diferencias entre las culturas y las sociedades del norte y del sur. Aunque no específicamente católica, la sociedad sureña era jerárquica, con una elite educada como clase gobernante. Ésta era por cierto la manera como Thomas Jefferson veía que la sociedad debiera estructurarse. Él era de Virginia, un hombre brillante y altamente educado que sabía que — por mucho que se hablara de democracia e igualdad — los hombres en realidad no son creados iguales. Cierto que ante la ley, su trato debería ser igual, pero no todos los hombres son hechos por Dios con la capacidad de gobernar a otros o de dirigirlos en universidades o en granjas o en los negocios. El liderazgo pertenecía a los pocos a quienes Dios les daba tales talentos.  El Sr. Miller dice del Sur que fue la última sociedad sobre la tierra que se asemejaba a aquélla época en la historia que llamamos la Cristiandad, cuando toda la vida europea estaba construida sobre conceptos jerárquicos.

Los estados del norte, por el contrario, abrazaban la filosofía de la Ilustración, en tanto que rechazaban el principio jerárquico de que toda autoridad viene de Dios. El poder de gobernar venía del pueblo — o por lo menos así lo creían aquellos revolucionarios que deseaban liberarse del gobierno del rey de Inglaterra. Muchos de los primeros pensadores americanos abrazaron las ideas de la francmasonería europea — liberarse del Altar y del Trono. (O sea, deseaban derrocar a los reyes y a la Iglesia.)

Una manera simple de exponer el asunto es que la lucha era entre una región agraria, más religiosa y más orientada hacia la familia — el Sur, y una región que era más industrial y más secular, dominada por el racionalismo y el escepticismo — el Norte. La cuestión, naturalmente es mucho más compleja que esta afirmación tan simple, pero el hecho es que las dos regiones del país no podían ser más diferentes. De hecho, Thomas Jefferson sostenía la firme creencia de que, conforme la nación se expandiera hacia el oeste, las diferencias se harían tan grandes entre las varias regiones del país, que no habría otra opción que la de separarse en naciones distintas, quizás hasta cuatro, debido a las disparidades en filosofía, necesidades, cultura y recursos.

La causa real del desacuerdo era económica. El Sur ha sido pintado por los escritores y comentaristas más conocidos como pobre y retrógrada. Esta es una descripción falsa e injusta.  Había mucha riqueza en la región sur del país, con sus fértiles tierras de cultivo y su clima templado. El algodón era el principal cultivo generador de riqueza, pero había otros, entre ellos el tabaco y los productos alimenticios. El Sr. Miller señala que, si el Sur hubiera sido una nación distinta en 1860, su economía habría sido la tercera más grande de los continentes europeo y americano.

Debido a que el Sur era una sociedad agraria, la mayor parte de los bienes manufacturados tenían que ser importados. Los agricultores sureños eran hábiles hombres de negocios, buscaban fabricantes que pudieran darles el mejor precio por su algodón.  Sucedía que éstos estaban en los países del occidente de Europa — no en el norte de los Estados Unidos. Además, la ropa manufacturada en las fábricas del norte costaba mucho más que la que se hacía en fábricas europeas. Era ciertamente más barato embarcar el algodón a Europa y comprar la ropa que allá se fabricaba, que enviarla a las fábricas del Norte y comprarles sus productos. Los banqueros y manufactureros del norte resentían el hecho de que no estaban obteniendo ganancias del algodón que se cultivaba en los estados del sur ¿cuál fue entonces su solución? El Congreso, dominado por intereses del Norte, promulgó altas tarifas sobre los bienes importados, subiendo así el precio de la ropa hecha con algodón sureño.

Estas injustas tarifas tuvieron efectos negativos serios en la economía sureña y al mismo tiempo beneficiaban al gobierno federal que, a su vez, repartía las ganancias a los banqueros del norte. Las tarifas se hicieron cada vez más altas entre 1822 y 1860.  En 1828, cuando se promulgó la “Tariff of Abominations”, Carolina del Sur amenazó con salirse de la Unión. Aun cuando ese asunto se arregló, las altas tarifas sobre bienes importados hechas con algodón del sur siguieron subiendo.  En 1833, el gobierno nacional tenía un enorme (para aquellos tiempos) superávit en la tesorería, que el Congreso, dominado por intereses del Norte, repartía entre estados del norte sin que un centavo fuese a parar a algún estado del sur. La discriminación era tan patente que el Presidente Buchanan notó en un discurso ante el Congreso en 1858, “El Sur no ha recibido su parte de dinero de la Tesorería, y una injusta discriminación se ha cometido contra él."

Estos cuantos ejemplos nos muestran que la estrangulación era la intención del Congreso. Para 1860, quedaba claro para los estados del sur que no había un Congreso para la totalidad de los Estados Unidos — sólo eran considerados los intereses del Norte.

La cuestión de la secesión trae muchas preguntas: ¿Era constitucional? ¿Se menciona la posibilidad de secesión en alguna parte de la Constitución? ¿Había algún estado tratado de separarse antes del conflicto entre el Norte y el Sur? De ser así ¿por qué? ¿Salvó el Presidente Lincoln a la Unión, como se afirma, o actuó de manera inconstitucional forzando el asunto? El Sr. Miller ocupa gran parte de este primer volumen explicando la cuestión de la secesión. Dicho brevemente, la Constitución no la prohíbe específicamente, ni siquiera menciona la posibilidad de secesión. Considerando la Décima Enmienda — aquélla que dice que todos los poderes que no estén reservados específicamente al gobierno federal corresponden a los estados — ya que la secesión no está prohibida, la conclusión lógica es que los estados individuales pueden separarse de la Unión en cualquier momento. Esto es lo que entendían los fundadores. Oigamos a James Madison, el “Padre de la Constitución”, exponiendo el hecho ante la convención constituyente, en respuesta a la propuesta de una enmienda que prohibiera la secesión (la cual fue votada en contra de manera unánime): “Una unión de los estados que contuviera tal ingrediente parecería más una declaración de guerra que la imposición de un castigo y probablemente sería considerada por la parte atacada como una disolución de todos los pactos anteriores por los cuales pudiera haber estado obligada.” (Debates ... Vol V). John Quincy Adams, en relación con el tema de secesión, manifestó en 1833, “sería mejor para los pueblos de estos estados desunidos separarse uno de otro en forma amigable que mantenerse unidos por coacción.”

Es interesante notar que ciertos dos hombres al otro lado del mundo estaban poniendo muy cercana atención a lo que pasaba en los Estados Unidos en 1860: Karl Marx y Friedrich Engels. Reconocieron que el Presidente Lincoln y el Norte estaban utilizando las mismas tácticas que recomendaba la obra de Marx, el Manifiesto Comunista, específicamente la coerción a punta de pistola. Este hecho será tratado más ampliamente en el Tomo III de esta serie. Hasta el mismo Alexander Hamilton, partidario de un gobierno federal fuerte, estaba en contra de una unión forzada.

Durante la guerra de 1812 con Inglaterra, los estados de la Nueva Inglaterra amenazaron con separarse de la Unión para acordar una paz por separado con la Gran Bretaña. El asunto fue resuelto sin una secesión, pero el derecho de esos estados de separarse nunca fue puesto en duda. Más adelante, en los 1850's había abolicionistas en Nueva Inglaterra que querían separarse de la Unión por la cuestión de la esclavitud. El gobierno de los Estados Unidos y la Constitución habían dejado que la esclavitud subsistiera durante demasiado tiempo, decían ellos. Se reunieron en Boston y quemaron ejemplares de la Constitución y repudiaron la Unión. Ningún castigo fue impuesto a estos protagonistas.

Un argumento que refuerza la constitucionalidad de la secesión es el punto, expuesto de manera muy clara por el Sr. Miller, de que los estados individuales existieron antes de la creación del gobierno federal. En otras palabras, los estados soberanos surgieron primero y luego se unieron a fin de crear el gobierno nacional. Dicho de otra forma, los estados hicieron la creatura de los Estados Unidos, el país. Por lo tanto, la creatura, el país, está subordinado a su creador, los estados. Siempre que habían entrado más estados a la Unión, primero habían existido como estados soberanos y luego fueron admitidos a la Unión por voluntad propia. Ya que cada estado es soberano, no puede ser detenido por la fuerza si desea salirse de la Unión. Este hecho es enfatizado una y otra vez por el autor.

La conclusión basada en estos dos puntos — el de que la secesión no está prohibida por la Constitución y el de que los estados individuales son soberanos por su propio derecho y que no se pretendía que estuvieran subordinados al gobierno nacional — es que estaba perfectamente dentro de los derechos de esos estados que quisieron dejar de ser parte de un país que los trataba como ciudadanos de segunda clase, el poder separarse pacíficamente de ese país.

El tema de la esclavitud es tocado en el Tomo I y desarrollado en el Tomo II. De manera que dejaremos esa discusión para la reseña del Tomo II.

El primer tomo de The Conflict Between the North and the South concluye con varios apéndices interesantes sobre temas pertinentes cubiertos en el cuerpo principal del libro. Todos ellos merecen una lectura muy atenta.

Segundo Tomo: El Norte, el Sur y la Esclavitud: Corrección de Distorsiones, Mitos y Tergiversaciones.

En este segundo tomo, corto pero repleto de información, el Sr. Miller dedica una larga introducción y el capítulo primero, a tratar el tema general de la esclavitud en sí misma. Es importante tener en cuenta que ésta no es una apología en favor de la esclavitud ni una racionalización de la misma. Simplemente presenta hechos y opiniones basadas en principios católicos que destruyen el pensamiento post- Ilustración, comúnmente aceptado sobre el tema. Además hace añicos de los mitos y mentiras descaradas referentes a la esclavitud en los estados sureños, que se han hecho pasar por historia durante toda la vida de la mayoría de los que estamos leyendo este artículo. Adicionalmente, nos enteraremos de algunos secretos bien guardados acerca del “Gran Emancipador”, que los historiadores convenientemente han descuidado incluir en libros que elogian su humanismo.

Volviendo al tema de una estructura jerárquica de los asuntos humanos, se nos recuerda otra vez que no fue hasta la llamada Ilustración cuando comenzó a considerarse a todos los hombres iguales. Un rápido inventario de nuestro propio círculo de amigos y conocidos nos dirá que unos son más listos, unos son más fuertes, unos tienen don de mando, otros son seguidores; o sea que todos tenemos talentos y habilidades diferentes. La Civilización en la Edad Media funcionó muy bien con base en una estructura jerárquica. Rousseau y los suyos destruyeron todo esto en la Revolución que puso a Francia, la hija mayor de la Iglesia, de rodillas. Siguió el resto de Europa. Debido a que Occidente sigue todavía en modo Rousseauano, nos esforzamos por tratar de igualar el resultado de todos para que nadie “se sienta” inferior. Pues bien, algunas personas son inferiores, y Dios los hizo para servir, en tanto que otros dirigen.

La estructura jerárquica tiene muchos ejemplos en las Sagradas Escrituras, tanto en el antiguo como en el nuevo testamento. Uno de los pasajes más discutido (y hasta considerado chocante) de San Pablo, está en su epístola a los Efesios, Capítulo 5, en la cual San Pablo exhorta a los cristianos a llevar una vida virtuosa; versículos 22 a 25 ”Que las mujeres se sometan a sus maridos como al Señor: porque el marido es la cabeza de la mujer, así como Cristo es la cabeza de la Iglesia. Por lo tanto, así como la Iglesia está sujeta a Cristo, así también lo estén las mujeres a sus maridos en todas las cosas. Maridos, amen a su mujer así como Cristo también amó a la Iglesia y se entregó por ella.” El capítulo entero habla del sacramento del Matrimonio (como se ve claramente de la lectura) así como del sacramento del Bautismo, además de exhortar en contra de la fornicación, el adulterio y la codicia. En otra parte, San Pablo se refiere a sí mismo como “esclavo de Cristo.” De manera semejante ¿no nos llamamos nosotros mismos esclavos de Jesús a través de María?

Las ideas revolucionarias de la Ilustración han puesto de cabeza este orden jerárquico de cosas. En lugar de condenar la servidumbre ¿no da San Pablo instrucciones al esclavo Onésimo quien vino a verlo tratando de refugiarse de su amo, que se sometiera a él? San Pablo envía a Onésimo de regreso con Filemón, encargándole que se vuelva tan buen sirviente como pueda,para ganarse de esa manera la santidad (la cual se ganó). Un ejemplo final es dado por Nuestro Señor mismo cuando está con grilletes ante Pilatos, “No tendrías poder sobre mí si no te fuera dado de lo alto.” La Ley Natural y la doctrina católica nos enseñan que todo poder viene de Dios, aun el poder terreno. No fluye hacia arriba del pueblo, como los Americanos han sido enseñados. Esto es por qué en un gobierno católico un benévolo monarca católico es el gobernante natural.

El Sr. Miller incluye muchos datos sobre la parte sur de los Estados Unidos, que sorprenderán al lector promedio, a quien se le ha enseñado con los libros seculares de historia y por Hollywood acerca del brutal sistema de esclavitud que existía en el Sur. En primer lugar, los esclavos eran extremadamente caros. Ningún amo con buen sentido de negocios maltrataría a su mas costosa inversión. Se necesitaban hombres fuertes en la plantación para que el amo y el esclavo se ganaran la vida (y la de sus familiares); a cambio, los esclavos tenían habitaciones decentes, comida adecuada y ropa para ellos y sus familias. La jornada de trabajo no era tan larga que no tuvieran tiempo para interactuar con sus familias, y tenían sus días libres. Muchos adoptaron la religión de sus amos para poder asistir a los oficios de sus iglesias los domingos. Había mucha interacción social entre las razas, el esclavo y el libre, tanto dentro de la pequeña sociedad que constituía cada plantación, como entre los muchos negros libres que vivían en el Sur. La ley no permitía a los dueños de esclavos correr a ningún esclavo por enfermedad o vejez e incapacidad de trabajar. Tenían que ser cuidados de la misma manera como el amo trataba a su familia.

Contrastemos esto con las condiciones en los estados industriales norteños en los que ninguna persona blanca siquiera consideraría alguna forma de interacción social con los negros, libres o esclavos. En los estados del norte no había leyes contra el despido de esclavos viejos o enfermos, y de hecho sucedía con frecuencia. Y sí, había esclavos en el Norte.

No todo blanco en el Sur era propietario de esclavos. Por el contrario, la mayoría labraban sus granjas con la ayuda de sus propias familias o con peones contratados — que podían ser negros libres. De hecho, puede sorprenderles el que había negros libres que eran dueños de esclavos. Hasta había algunos indios dueños de esclavos negros. Hay tantas percepciones equivocadas sobre la esclavitud en el Sur y cómo eran tratados los esclavos, que sólo puedo recomendarles que consigan este pequeño tomo y lo lean muchas veces. (Puedo oir a algunos lectores decir “¡Vaya, ahora nos estás diciendo que la esclavitud era una gran cosa!” No. No estoy diciéndolo. Simplemente estoy enunciando las condiciones de la época.)

Hablemos ahora un poco del Gran Emancipador. Todos saben que Lincoln “liberó a los esclavos” por medio de la Proclamación de Emancipación ¿correcto? Piénsenlo otra vez. La Proclamación fue emitida en 1862 para que surtiera efectos en enero de 1863. ¿Fueron liberados todos los esclavos? ¡No! Los únicos esclavos liberados fueron aquéllos que vivían en los estados que “seguían en rebelión.” Los esclavos en los estados fronterizos de Kentucky, Delaware, Maryland, Missouri y Tennessee (donde no seguía la guerra) no fueron liberados. ¿Por qué no? Habría sido más fácil liberarlos ahí que en los estados donde seguía la lucha. La proclamación tampoco hizo ciudadanos de los esclavos liberados, ni proveía para el bienestar de los que se escaparan. En otras palabras, solamente aquellos esclavos cuyos estados seguían luchando por su independencia eran “libres.” Este fue un intento de justificar la guerra con la causa de la liberación de los esclavos y para alentar a los esclavos de los estados “rebeldes” a voltearse contra sus amos y unirse al enemigo. Qué sorpresa debe haberse llevado el Sr. Lincoln al ver que la mayoría no lo hizo; se quedaron a defender sus hogares.

De ninguna manera consideraba el Sr. Lincoln a la raza negra igual a la suya. En su debate con Stephen Douglas en Illinois "¿Liberarlos y hacerlos política y socialmente nuestros iguales? ... No podemos, pues, hacerlos iguales. No estoy ni jamás he estado a favor de hacer de los negros votantes o miembros de jurados, ni de calificarlos para un cargo. Estoy a favor de tener la posición superior asignada a la raza blanca.” En otra parte expresó su deseo de enviar a los esclavos negros a Liberia en el África o a otros lugares, tales como Haití, Panamá y Centroamérica. Como dirigente del movimiento “free-soil” en su estado, esperaba “mantener el Oeste blanco” evitando que la esclavitud se extendiera a los estados del oeste. En 1862, en un discurso a dirigentes negros en el Norte, dijo que ellos “no pertenecen a esta tierra de blancos” y que era “mejor para ambas razas, por lo tanto, el mantenerse separadas.” En nuestros días calificaríamos esas palabras como las de un supremacista blanco y de un racista recalcitrante.

Es cierto que debemos considerar la época. Los esclavos — y los obreros en general — no estaban bien educados. Tomaría tiempo desde el momento de su liberación para lograr que un hombre se valiera por sí mismo mediante adiestramiento y educación. Por lo tanto, quizás no debemos ser tan severos con el Sr. Lincoln.

[Nota: leímos en un artículo anterior (ver artículo sobre Pierre Toussaint en el mismo sitio) el ejemplo del esclavo haitiano Pierre Toussaint, ahora Siervo de Dios, que fue educado bien por su amo francés y que, cuando la familia del amo se mudó a Nueva York huyendo de la rebelión en Haiti, sostuvo a su amo y a su familia entera gracias a sus muchos talentos y vocaciones.]

El Sr. Miller ha logrado corregir muchos mitos y mentiras descaradas acerca de la esclavitud y su práctica en el Sur, y en el Norte también. Cientos de ejemplos interesantes hacen que este pequeño tomo bien valga la pena leerse.

Tomo Tercero: El Norte, el Sur, y las Políticas de Guerra de Lincoln


En éste, el tercero de los que pronto serán cuatro tomos, Adam Miller expone — sin miramientos — las políticas dictatoriales de guerra de nuestro Abraham Lincoln y el precio que el país pagó por ellas. Es una lectura difícil, no en el sentido de que sea difícil de entender ¡no! es demasiado fácil de entender, pero es difícil de creer que el mártir santificado, el "Honest Abe", haya hecho en realidad algunas de las cosas que se le atribuyen, antes y durante la guerra. La bibliografía del Sr. Miller, como la de sus dos primeros tomos, es extensa. Aun cuando ya había yo leído alguna de esta información en otras fuentes, me hallé leyendo con cándido horror de muchas de los hechos y políticas que describe.


Citemos algunos ejemplos:

  • En 1861, el Sr. Lincoln le declaró la guerra a los Estados Confederados sin el consentimiento del Congreso. La Constitución le otorga al Congreso, no al Presidente, la facultad de declarar una guerra (Artículo 1°, Sección 8). De hecho, la Constitución específicamente limita los poderes del ejecutivo, a fin de evitar que se concentre demasiado poder en las manos de una persona.
  • Suspendió el Writ of Habeas Corpus (análogo al derecho de amparo en la ley mexicana) y ordenó el arresto y prisión de miles de personas en el Norte que no habían violado ley alguna, negándoles defensa legal. Muchos de éstos eran editores de periódicos, que criticaban sus políticas. Estos actos, además, entrañaban la supresión de la libertad de expresión y de la libertad de prensa.
  • Invadió varios estados que él mismo declaraba que seguían siendo parte de la Unión. Si ésto último era cierto, su acción fue ilegal porque la Constitución declara que las tropas federales no pueden entrar a un estado individual salvo cuando ese estado en particular lo ha solicitado (Artículo 1°)
  • Separó la porción occidental de la Virginia convirtiéndola ilegalmente en un estado diferente. (Artículo IV)


Hay otras, por supuesto, que se exponen en detalle en el libro. Los estados sureños que formaban la Confederación simplemente querían separarse pacíficamente porque reconocían que siempre serían tratados como de segunda clase por el Congreso. No tenían un ejército ni una marina para conducir la guerra. Sin embargo, sí tenían lo necesario para convertirse en un país por separado. Hubo varios intentos para evitar la guerra mediante el logro de algún tipo de acuerdo pacífico, pero Lincoln nada quería de eso. Por lo tanto, la razón que dio para irse a la guerra — una horrible guerra de desgaste — fue la de “preservar le Unión”.

¿Guerra de desgaste? Vaya que sí, y de manera vehemente. Todos saben de “la marcha al mar de Sherman”. No fue sólo Atlanta que fue hecha cenizas. Las tropas tenían órdenes de llevar a efecto una táctica de tierra quemada — incendiar toda población, toda villa y todo cultivo; matar todo caballo, vaca, borrego,cabra o pollo que tuvieran a la vista. El propósito de tal total destrucción era dejar a la población civil sin nada qué comer o con qué ganarse la vida a fin de que se muriera de hambre. Y no fue sólo Sherman, sino la mayoría de los generales unionistas, que llevaron a efecto la misma política. El General Sheridan y sus tropas devastaron el bello Valle del Shenandoah. ¿Su filosofía? “El pueblo debe quedar sin nada más que sus ojos para llorar por la guerra.”

Lincoln, contrariamente a la impresión humanitaria que los americanos tienen de él, aprobó estas tácticas brutales de guerra. De hecho, envió a Sheridan un mensaje expresando “su admiración y agradecimiento personal por la operaciones en el Valle del Shenandoah de este mes.”

Civiles desarmados, incluidos mujeres y niños, fueron muertos a balazos al por mayor al comienzo de la guerra en Missouri, Baltimore, Carolina del Sur, Nueva Orleans y otros lugares. En 1862, la ciudad de Athens en Alabama, fue invadida por uno de los “generales pirómanos“ de Lincoln, Robert B. Turchin, nacido en Rusia, quien informó a sus soldados que cerraría los ojos por una hora mientras “se detenían” en esta ciudad. Al término de la hora, todo lucía en paz y quietud. No se reportó ningún incendio. Entonces Turchin dijo a sus tropas que cerraría ahora los ojos durante hora y media más. Siguiendo la insinuación, las tropas unionistas procedieron a saquear, robar y quemar la ciudad. Turchin fue entonces sometido a corte marcial y expulsado del ejército, ocurrencia rara para una práctica que había sido tan común. Al enterarse de esto Lincoln, premió al criminal restituyéndolo en su cargo y dándole un ascenso — lección bien entendida por otros generales de la Unión.

El general Turchin nos lleva a otro hecho poco conocido de esta horrible guerra: Muchos de los consejeros, generales y tropas de Lincoln eran extranjeros, principalmente refugiados de las revoluciones que se extendieron por Europa en 1848 . Estos hombres eran de los revolucionarios comunistas y socialistas tempranos que pusieron fuego a Europa en un intento de derrocar al “altar y al trono”. En otras palabras, eran francamsones revolucionarios, herederos de los ideales de la Revolución Francesa, exportando ahora su revolución a América. Había tantos de ellos, que se les llamaba colectivamente “The Forty Eighters” (los del cuarenta y ocho). Uno de los más conocidos de estos personajes fue Carl Shurz, un revolucionario prusiano que escapó a América vía Londres después del fracaso de los revolucionarios en Alemania. Fue la primera persona nacida en Alemania en ser electa al Senado de los Estados Unidos; sirvió como Secretario del Interior bajo la presidencia de Hayes y fue nombrado por Lincoln embajador en España. Él es sólo un ejemplo de la influencia que tuvieron estos revolucionarios alemanes y del este de Europa durante los años de la guerra y después. Había en el Ejército de la Unión muchos miles de soldados nacidos en el extranjero, la mayoría de ellos de corte revolucionario. Esos hombres se establecieron en el medio oeste, tierra de Lincoln y de su Partido Republicano. Se estima que hasta una cuarta parte del Ejército de la Unión había nacido en el extranjero, la mayoría de ellos en países de Europa del este. Marx y Engels observaban con interés su progreso en traer su revolución a América.

¿Puede dudarse de que nuestro país ha cambiado enormemente desde esa horrible guerra y desde la presidencia de Lincoln? Las recientes presidencias imperiales de los últimos jefes del ejecutivo son prueba de ello. Nuestro actual presidente es tan descarado con sus órdenes ejecutivas, que actúa más como un dictador auto nombrado que como un presidente constitucionalmente electo.

Un tema final cubierto por Adam Miller en el tercer tomo de la serie trata de las condiciones en los campos de prisioneros de guerra. Mucho se ha escrito de los horrores de Andersonville en Georgia, y efectivamente era un lugar terrible. Pero ¿cómo podían los Confederados alimentar a sus prisioneros unionistas si no tenían nada con qué alimentarse ellos mismos y sus familias cuando sus cultivos y sus ganados habían sido destruidos por el Ejército de la Unión? Cuando ofrecieron un intercambio de prisioneros y aun cuando ofrecieron el liberar prisioneros unionistas sin intercambio, les fue rehusado, casi como si quisieran que sus prisioneros se murieran de hambre. En los campos del Norte muchos prisioneros fueron dejados morir de hambre o de frío intencionalmente — forzados a caminar descalzos en la nieve y con harapos por toda ropa.

Las páginas de los Registros Oficiales de la Guerra de Rebelión están repletas de descripciones de las atrocidades que ocurrieron en Point Lookout, Maryland, en Johnson Island, en Camp Chase, Ohio, en Elmira, Nueva York, en la Prisión de Louisville, Kentucky, en Fort Pulaski, South Carolina, en Camp Douglass, Illinois, en la Prisión de Rock Island, Illinois, y en Fort Delaware. Ahí está consignado, de testimonios dados por los guardias de la Unión de esos lugares, que los prisioneros debían ser mantenidos en “condiciones de inanición” por órdenes del Secretario de Guerra Edwin M. Stanton. Tales órdenes habiendo sido aprobadas por el propio Presidente Lincoln. Los suministros enviados desde sus hogares a los hombres hambrientos eran abiertos delante de ellos y todo lo que tenía el aspecto de alimento era destruido ante sus ojos. Ésta no era sólo tortura física sino también psicológica. Un comandante de campo de prisioneros, el coronel William Hoffman, era tan experto en privar a sus prisioneros de alimento, cobijas y ropa, que devolvió una gran porción de su presupuesto a la Tesorería, en tanto que su “doctor” del campo de prisioneros se ufanaba de que mató más soldados Confederados en su hospital que cualquier regimiento del Ejército de la Unión.

¿Por qué no se encuentran estos hechos documentados en los “libros de historia”? ¿Por qué ha prendido el mito de un Lincoln benévolo? ¿Por qué no se sabe mejor el que esta guerra de desgaste contra los estados del Sur fue con la intención expresa de devastarlos? Como lo dijimos al principio, es el vencedor el que escribe la historia oficial.

Se encuentra mucho más en este tomo, como la actitud del Sr. Lincoln ante la raza negra y lo que deseaba para los esclavos liberados y para aquellos negros que eran hombres libres desde antes de la guerra. No es lo que nos ha sido enseñado.

Todos los tres tomos del libro del Sr. Miller contienen extensas bibliografías. Algunos de los libros citados son bastante recientes y ampliamente disponibles. Si quiere usted conocer la verdad, los hechos que no le enseñaron en la escuela, estos libros son un buen comienzo.



lunes, 3 de agosto de 2015

Los Americanos Compran el Programa Marxista de Planificación Familiar

Los Americanos Compran el Programa Marxista de Planificación Familiar

El plan de diez puntos de Marx y Engels para imponer el Comunismo incluye medidas drásticas contra la familia, que muchos americanos apoyan hoy en día.


por Paul Klengor

Traducido del inglés por Roberto Hope


Si nunca ha usted leído el “Manifiesto Comunista” de Karl Marx y Friedrich Engels, publicado en 1848, debería leerlo, especialmente ahora, Por cierto, leer esta horrorosa diatriba contra la naturaleza humana puede ser confuso, y no se diga insatisfactorio y enteramente inedificante. ¿Qué quieren decir los autores, por ejemplo, cuando claman, “¡Abolición de la familia!” Hasta los más radicales se inflaman ante esta infame propuesta de los comunistas.

Lo que Marx y Engels quisieron decir con abolición es cuestión debatible, la cual detallo en mi libro “Takedown: From Communists to Progressives, How the Left has Sabotaged Family and Marriage.”  (“Desmantelamiento. Cómo la Izquierda ha Saboteado la Familia y el Matrimonio.”) En él trato extensamente los puntos de vista intranquilizadores  que expresan los fundadores del  comunismo sobre la familia, el matrimonio, la sexualidad y demás.

Ellos son solamente una escala en una larga lista de izquierdistas, tales como Robert Owen, Charles Fournier, Vladimir Lenin, Leon Trotsky, Alexandra Kollontai, Margaret Sanger, Margaret Meade, Wilhelm Reich, Herbert Marcuse, Betty Friedan, Kate Millett, los Bolcheviques, la Escuela de Frankfurt de marxistas culturales, Mao Tse Tung, diversos radicales de los sesentas, desde Bill Ayers y Bernardine Dohm hasta Mark Rudd y Tom Hayden, pasando por grupos contemporáneos, como la campaña Beyond Marriage y varios activistas pro matrimonio homosexual —todos sólo para comenzar— que se han dedicado a transformar fundamentalmente el matrimonio y la familia natural, tradicional y bíblica.

Aun cuando varían en sus creencias, todos se ponen de punta ante la idea de un Dios o creador absoluto que ha establecido eternamente normas para el matrimonio de un hombre con una mujer y para la familia.  Los comunistas de hoy en día, en lugares tales como People's World, en la página de internet del Partido Comunista de los EUA, y aun en lugares que alguna vez fueron militantes anti-homosexuales, como la Cuba de Castro, están acogiendo el matrimonio homosexual como el vehículo largamente esperado que habían buscado por siglos para re-conformar, re-definir, y desmantelar el matrimonio natural-tradicional-bíblico —y para atacar a la religión y a los creyentes. Están fuera de sí en una mezcla de perplejidad y gozo de ver que la cultura general está finalmente con ellos ¡por fin! en uno de sus numerosos esfuerzos por re-definir la familia y el matrimonio.

Esto no significa, desde luego, que vaya usted a encontrar apoyo por el matrimonio homosexual en los escritos de Max y Engels. Por favor ¡no sea bobo! Ningún grupo de radicales a lo largo de los 2000 años del Occidente Judeo Cristiano jamás contempló eso. La mera fugaz contemplación, la mera noción momantánea, la más efímera fantasía de un hombre casándose legalmente con otro hombre (con una extendida aceptación cultural) en los años 1850s o los 1950's o tan recientemente como los 1980s y 1990s habrían sido objeto de mofa, como algo necio e incomprensible.

El odio de Marx y Engels hacia la familia
No obstante, a lo largo del camino que empujó a la civilización hasta este punto históricamente extremo, algunas fuerzas influyentes surgieron en la extrema izquierda que no pueden y no deben ser desdeñadas. Entre ciertos elementos había un radicalismo sexual pronunciado que podría decirse que ayudaron a pavimentar el camino, o por lo menos abrieron la brecha,  Unos de esos elementos fueron los neo-marxistas de la Escuela de Frankfurt, que tuvieron un impacto especialmente fuerte en las universidades americanas, particularmente en los años 60s.

Pero eso habría de venir más tarde, un siglo después de Marx y Engels. Para este artículo confinémonos a Marx y Engels. No puedo reiterar aquí lo que necesita muchas páginas para detallarse, pero, en pocas palabras, Marx y Engels no eran grandes fanáticos del matrimonio y la familia. “Bendito es quien no tiene familia", le escribió Marx a Engels, en lo que en el mejor de los casos estaba bromeando, (chistoso ¿no?)

Su semi-sociedad final fue un libro de 1884 que fue publicado por Engels un año después de la muerte de Marx. Intitulado “El Origen de la Familia”, en su prefacio Engels aclara que el libro reflejaba las opiniones de Marx. Engels afirma ahí que Marx había querido escribir esta obra particularmente importante y había producido extractos extensos hasta su muerte, los cuales Engels había reproducido en el libro, en el grado en que le era posible. De hecho, muchas de las ideas en “El Origen de la Familia” pueden encontrarse en la primera obra de Marx y Engels, “La Ideología Germana” que no fue publicada durante sus vidas. Los estudiosos de la obra están seguros de que “El Origen de la Familia” fue esencialmente obra conjunta de los dos fundadores del marxismo, un estudioso calificándolo de “una unidad y continuidad impresionante durante cuatro décadas en los esquemas básicos de sus pensamientos.”

Ahí y en otras partes, vemos, entre otras cosas, una ofensiva fanática por abolir todo derecho a la herencia, por acabar con la educación en el hogar y la educación religiosa, por disolver la monogamia en el matrimonio, por promover la actividad sexual pre- y extra-marital, por promover y “tolerar” (como lo expresó Engels) el “desarrollo gradual del ayuntamiento sexual irrestricto” por mujeres solteras, por nacionalizar todo trabajo del hogar, por pasar a las mujeres a las fábricas, por pasar a los niños a guarderías, por separar a los niños a colectivos comunitarios, separados de sus padres naturales, y principalmente por que la sociedad y el estado sean quienes críen y eduquen a los niños.

Como lo visualizó Engels, “la familia particular deja de ser la unidad económica de la sociedad. El trabajo doméstico privado pasa a ser transformado en una industria social. El cuidado y la educación de los niños se vuelve un asunto público. La sociedad cuida de todos los niños por igual, sean éstos legítimos o no.”

El plan de diez puntos de los comunistas para erradicar a las familias:
Algunas de estas ideas ya estaban emergiendo en “El Manifiesto Comunista”. En él Marx y Engels incluyeron un estremecedor pero revelador plan para su nuevo ideal de humanidad. Aquí va en citas directas:

  • Abolición de la propiedad de la tierra y la aplicación de todas las rentas de tierra a fines públicos
  • Un pesado impuesto sobre la renta, progresivo o graduado
  • La abolición de todo derecho a herencia
  • La confiscación de toda propiedad de emigrantes y de rebeldes
  • La centralización del crédito en las manos del estado por medio de un banco nacional con capital del estado y un monopolio exclusivo
  • Centralización de los medios de comunicación y de transporte en manos del estado
  • La extensión de las fábricas e instrumentos de producción propiedad del estado, la puesta en cultivo de las tierras ociosas y el mejoramiento de la tierra de acuerdo con un plan común
  • Obligación igual para todos de trabajar.
  • Abolición gradual de toda distinción entre campo y ciudad por medio de una distribución más equitativa de la población en el campo
  • La educación gratuita de los niños en escuelas públicas

Eso es lo que el Manifiesto Comunista en verdad dice y, lo que es peor, propone no para un país sino para todo el mundo. Es, obviamente, una receta para el despotismo, como lo reconoció el propio Marx como prefacio a sus diez puntos: “Desde luego, al principio, esto no podrá llevarse a efecto, excepto por medio de intrusiones despóticas”

El marxismo no fue secuestrado por déspotas; el marxismo exige déspotas. Sólo un iluso no se daría cuenta al instante, intuitivamente, que llevar a efecto esta visión, necesariamente habría de generar masivos derramemientos de sangre. Esto es por lo que, me imagino, la mayoría de los profesores marxistas no se atreven a encargar a sus alumnos a que lean el "Manifiesto Comunista." Sus estudiantes me dicen siempre “El Manifiesto Comunista es realmente un libro bastante bueno, con buenas ideas si simplemente se toma uno el tiempo de leerlo.” Mi respuesta: "¿De veras? ¿lo has leído? pues yo sí.” Esa respuesta siempre produce una mirada perdida.

Pero regresemos al tema del matrimonio y la familia. Nótese que varios de estos diez puntos del plan de Marx y Engels impactaría directamente a la familia. Vea los puntos uno, dos, tres nueve y diez. Resaltemos y comentemos algunos de ellos:

Cómo destruye el comunismo las familias
Nótese el llamado del punto tres a extinguir “todo derecho a herencia.” Marx y Engels vieron la herencia como una amenaza que perpetuaba el papel de la familia tadicional. ¿Cómo podía una sociedad sin clases garantizar la igualdad del ingreso cuando a algunas personas por su nacimiento se les daba mayor ingreso de sus padres que a otras?

Esto es irónico, dado que tanto Marx como Engels existían y operaban a costa de la herencia de Engels, que subsidiaba su trabajo, especialmente después de que Marx absorbió tanto dinero como pudo de sus propios padres, financieramente exhaustos, que quedaron amargados por la manera como él los explotó. La relación de Marx con sus padres era de plano parasítica. La madre de Marx abiertamente expresaba el deseo de que Marx dejara de escribir sobre el capital y comenzara a acumular un poco para él y su familia. No obstante ello, hicieron su recomendación de abolir todo derecho a herencia.

Por supuesto, el derecho a la herencia es parte del derecho a la propiedad privada, que Marx y Engels despreciaban. De hecho, el objetivo central del "Manifiesto Comunista” es precisamente ése. Los autores lo resumieron así: “.. la teoría de los Comunistas puede resumirse en uns sola oración: Abolición de la propiedad privada.”

El punto nueve del plan de diez puntos de Marx y Engels llamaba a “una gradual abolición de toda distinción entre ciudad y campo mediante una distribución más equitativa de la población en el campo.” Esto obvia y dolorosamente afectaba a las familias. Para los regímenes comunistas en naciones como Cambodia, esta "abolición gradual" tomó la forma de deportaciones masivas, inmediatas, de un día para otro, a punta de rifles automáticos, una acción drástica nauseabunda captada vivamente en la película The Killing Fields (Los Gritos del Silencio) de 1984.

Separar a los niños de sus padres
Otro que llevó este consejo al extremo fue Leonid Sabsovich, el principal planificador urbano bajo Lenin y Stalin. En una serie de influyentes escritos publicados por el Kremlin a finales de los años 1920s, Sabsovich abogaba por la total separación de los niños de sus padres, comenzando en los años más tiernos del desarrollo del infante. Sabsovich excoriaba a aquéllos que no estaban de acuerdo con esto: Aquéllos que veían su sugerencia de una separación total de los hijos de sus padres como algo anti-natural e indeseado eran unos cretinos anti-progresistas 'empapados en prejuicios de pequeña burguesía como los de la intelligentsia'; fanáticos intolerantes. Igualmente, como se esperaría de un izquierdista recalcitrante, abogaba por un poder absoluto del estado para aplastar a todo el que se pusiera en su camino.

Sabsovich insistía que debido a que el niño debía ser y era propiedad del estado, y no de la familia, el estado tenía el poder de obligar a los padres a pasar a sus críos a 'pueblos de niños' especialmente diseñados. Esos pueblos debían ser construidos 'a distancia de la familia.' Tales propuestas extremas para la familia de este comunista urbano se incorporarían a sus planes para crear la 'ciudad socialista ideal.'

Finalmente, y de manera breve, veamos el punto diez del gran plan de Marx y Engels: Proponían la 'educación gratuita' para todo niño en 'escuelas públicas.' Ya no más de lo que denunciaban como la 'sacrosanta correlación de padre e hijo' y 'las burradas burguesas acerca de la familia y la educación.' Sobre todo, decían Marx y Engels, “La revolución comunista es la ruptura más radical con las relaciones tradicionales; no es de extrañarse que su desarrollo implique la ruptura más radical con las ideas tradicionales.” Efectivamente, no es de extrañarse.

Entre esas ideas, en su epicentro, estaba la ruptura con el matrimonio y la familia natural, tradicional y bíblica. Tenía que ser puesta en la mira. ¡Ay! Hasta ahora, dos siglos más tarde la familia está siendo redefinida. En lo que quizás sea la ruptura más radical de todas, aquéllos que están propugnando por la redefinición no son excéntricos filósofos ateos alemanes, sentados en cafés europeos, sino americanos normales de todos los días, el Sr. y la Sra. Convencional.

Lo que no sólo están proponiendo, sino vigorosamente y con frecuencia militantemente propugnando, es la peor ruptura radical de todas —tan radical, que Marx y Engels quedarían estupefactos del mero pensamiento acerca de dónde se encuentran los Estados Unidos y Occidente hoy en día, en lo referente al matrimonio del mismo sexo. Estamos penetrando un territorio enteramente nuevo en el largo, larguísimo trayecto de la historia humana, y los irruptores actúan como si no fuera para nada la gran cosa, por el contrario, pintan a aquéllos que se oponen al matrimonio homosexual como los extremistas y, por supuesto, como azusadores al odio.

Éste es un tiempo especialmente excitante para los izquierdistas extremos. Sin duda están extasiados con su éxito, y aún mas, por sus inesperados aliados en la cultura convencional. Están genuinamente transformando la naturaleza humana. Y lo están haciendo con el apoyo inconsciente de un enorme segmento de ciudadanos que no se dan cuenta de lo que está pasando. Esto ha estado acercándose desde hace mucho tiempo.