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jueves, 20 de febrero de 2014

Motus in fine velocior
(el movimiento, cuando está terminando, es más rápido)


por Roberto de Mattei


http://www.robertodemattei.it/2014/02/12/motus-in-fine-velocior/
12 de febrero de 2014
Traducido del inglés por Roberto Hope


El 11 de febreo de 2013 es una fecha que ha pasado a la historia. Ese fue el día en que Benedicto XVI comunicó a una asamblea de azorados cardenales su decisión de renunciar al pontificado. El anuncio fue recibido “como un relámpago en cielo sereno,” según las palabras dirigidas al Papa por el cardenal decano Angelo Sodano, y la imagen del rayo que, ese mismo día, había caido sobre la Basílica de San Pedro, se difundió por todo el mundo.
La abdicación ocurrió el 28 de febrero, pero antes de eso, Benedicto XVI anunció que quería permanecer en el Vaticano como Papa emérito, algo que nunca antes había pasado y que fue mucho más sorprendente que la misma renuncia al pontificado. En el mes que transcurrió entre el anuncio de la abdicación y la apertura del cónclave el 12 de Marzo, se preparó la elección del nuevo pontífice, aun cuando para el mundo parecía algo inesperado. Más sorprendente que la identidad del elegido, Jorge Mario Bergoglio, de la Argentina, fue el nuevo nombre por él escogido, Francisco, casi como si para representar algo singular, y lo que impactó a la gente, más que nada, fue su primer discurso en el cual, luego de un coloquial “buenas tardes,” se presentó a sí mismo como el “obispo de Roma,” título que le pertenece al Papa, pero sólo después del de Vicario de Cristo y sucesor de Pedro, que se supone que constituyen una condición previa para aquél.
La fotografía de los dos papas rezando juntos el 23 de marzo en Castelgandolfo, dando la imagen de una nueva “diarquía” papal, aumentó la confusión de aquellos días. Pero eso fue sólo el comienzo. Luego ocurrió la entrevista en el vuelo de regreso desde Río de Janeiro el 28 de julio de 2013, con su “¿quién soy yo para juzgar?” destinado a ser utilizado para justificar toda clase de transgresiones. Siguieron después las entrevistas del Papa Francisco, primero con el director de “Civiltà Cattolica” en septiembre y luego con el fundador del diario “La Repubblica” en Octubre, la cual tuvo un mayor impacto en los medios masivos que su primera encíclica Lumen Fidei. Se afirma que aquéllas no contituían actos magisteriales, pero todo lo que ha pasado en la Iglesia desde esos días se deriva, sobre todo, de aquellas entrevistas, que adquirieron un carácter magisterial en la realidad, aunque no en principio.
El encuentro entre el Cardenal {electo] Ludwig Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y el Cardenal Arzobispo de Tegucigalpa, Oscar Rodríguez Maradiaga, coordinador de los consejeros para las reformas del Papa Francisco, llevó la confusión al culmen. La doctrina tradicional, según Maradiaga, no es suficiente para ofrecer “respuestas para el mundo de ahora.” Se mantendrá, pero hay “retos pastorales” adaptados a ciertas épocas a las que uno no puede responder “mediante autoritarismo y moralismo” porque ésta “no es la nueva evangelización.”
Las declaraciones del Cardenal Maradiaga fueron seguidas de los resultados de la encuesta sobre los retos pastorales de la familia promovida por el Papa para el Sínodo de Obispos del 9 al 15 de octubre. El Servicio de Información Religiosa [agencia de noticias de la Conferencia Episcopal Italiana] ha dado a conocer un resumen de las primeras respuestas que han llegado de la Europa Central:  Para los obispos belgas, suizos, luxemburgueses y alemanes, la fe católica es demasiado rígida y no corresponde a las necesidades de los fieles. La Iglesia debería aceptar la cohabitación premarital, reconocer el matrimonio homosexual, aceptar el control de la natalidad y la anti-concepción, bendecir los segundos matrimonios de divorciados y permitirles recibir los sacramentos. Si esta es la ruta que se quiere seguir, es el momento de decir que estamos hablando de un camino que conduce al cisma y a la herejía, pues negaría la ley divina y la ley natural, cuyos mandamientos no sólo afirman la indisolubilidad del matrimonio, sino también prohiben los actos sexuales fuera de él y aún más si son contra-natura. La iglesia acoge a todos aquéllos que se arrepienten de sus pecados y que se proponen romper con el desorden moral en que se hallan, pero de ninguna manera puede ella justificar el estado del pecador. Sería inútil afirmar que tal cambio sólo se referiría a la praxis pastoral y no a la doctrina. Si falta correspondencia entre la doctrina y la praxis, esto quiere decir que la praxis es la que forma la doctrina, como ha venido sucediendo, desafortunadamente, desde el Concilio Vaticano II hasta ahora
¿Debe la Iglesia dar respuestas que son nuevas y que “van con los tiempos”? Muy diferentemente actuaron los grandes reformadores en la historia de la Iglesia, como San Pedro Damián y San Gregorio el Grande, quienes en el siglo 11 hubieran tenido que justificar la simonía y el nicolaísmo de los sacerdotes a fin de no aislar a la Iglesia de la realidad de su tiempo. En vez de ello, denunciaron estas heridas con palabras de fuego, comenzando la reforma de las costumbres y la restauración de la sana doctrina.
Es el espíritu, intransigente y sin concesiones, de los Santos lo que está dramáticamente ausente en nuestros días. Se necesita una línea de batalla y un ejército listo para la batalla que, tomando las armas del Evangelio, anuncie palabras de vida al mundo moderno que fenece, en vez de abrazar su cadáver. En el período entre el Concilio de Trento y la Revolución Francesa los jesuitas ofrecieron este núcleo de combatientes por el bien de la Iglesia. Hoy en día, todas las órdenes religiosas están en decadencia, y si entre ellas aparece alguna rica en promesas, es suprimida inexplicablemente. El caso de los Franciscanos de la Inmaculada, que estalló en julio, ha dado a la luz una evidente contradicción entre los continuos llamados del Papa Francisco a la misericordia, y el garrote asignado al comisionado, Vicenzo Volpi, para aniquilar uno de los pocos institutos religiosos que aún florecen hoy en día
La paradoja no termina ahí. Nunca antes había la Iglesia renunciado a uno de sus atributos, el de la justicia, como lo ha hecho en el primer año del pontificado del Papa Francisco para presentarse al mundo como misericordiosa y bendecidora y, sin embargo, nunca antes como en este año, ha sido la Iglesia objeto de ataques tan violentos del mismo mundo al que le tiende su mano.
El matrimonio homosexual, por el que claman todas las grandes organizaciones internacionales y casi todos los gobiernos occidentales, contradice frontalmente, no sólo la fe de la Iglesia, sino la misma ley natural y divina escritas en el corazón de todo hombre ¿Qué son esas grandes movilizaciones que han ocurrido, principalmente en Francia con el Manif pour tous, si no la reacción de la conciencia de un pueblo a una legislación que es tanto opuesta a la naturaleza como injusta?  Pero los inmorales grupos de presión no se satisfacen con esto. Lo que les importa no es tanto la afirmación de los derechos que ellos presuponen de los homosexuales, sino la negación de los derechos de los humanos y de los cristianos. Christianos esse non licet, el grito blasfemo lanzado por Nerón y Voltaire, vuelve como un eco al mundo de ahora, en tanto que Jorge Mario Bergoglio es elegido como hombre del año por las revistas mundanas.
Los hechos se suceden uno tras otro más rápidamente. La expresión latina motus in fine velocior se utiliza comúnmente para indicar el paso más rápido del tiempo al final de un período histórico. La multiplicación de eventos de hecho hace más corto el curso del tiempo, que en sí mismo no existe fuera de las cosas que fluyen.  El tiempo, dice Aristóteles, es la medida del movimiento (Física IV, 219b). Más precisamente lo definimos como la duración de las cosas cambiantes. Dios es eterno precisamente porque es inmutable: todo momento tiene su causa en Él, pero nada cambia en Él. Mientras más se distancia uno de Dios más aumenta el caos producido por el cambio.
El 11 de febrero marcó el comienzo de una aceleración del tiempo, que es consecuencia de un movimiento que se está volviendo vertiginoso. Estamos viviendo una hora histórica que no necesariamente es el fin de los tiempos, pero sí es ciertamente, el fin de una civilización y la terminación de una época en la vida de la Iglesia. Si al final de esta época el clero y los laicos católicos no asumen su responsabilidad muy seriamente, inevitablemente va a realizarse el infortunio que la vidente de Fátima vio develarse ante sus propios ojos.
“Y vimos en una luz inmensa que es Dios ' algo semejante a como la gente aparece en un espejo cuando pasa frente a él' un obispo vestido de blanco 'tuvimos la impresión de que era el Santo Padre.' Otros obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, subían una empinada montaña, en cuya cima había una gran Cruz de troncos toscamente labrados, como de un de alcornoque con su corteza; antes de llegar ahí, el Santo Padre atravesó una gran ciudad medio en ruinas, temblando, con paso vacilante, acongojado de dolor y pena; rezaba por las almas de los cadáveres que encontraba en el camino; habiendo llegado a la cima de la montaña, de rodillas, al pie de la gran Cruz era muerto por un grupo de soldados que le disparaban balas y flechas, y de la misma manera iban muriendo, uno tras otro. los demás obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, y algunos laicos de diversos rangos y posiciones sociales. Debajo de los dos brazos de la Cruz había dos ángeles, cada uno de ellos con un hisopo de cristal en la mano, con el cual juntaban sangre de los mártires y con él rociaban las almas que avanzaban camino a Dios.”

La visión dramática del 13 de mayo debería ser más que suficiente para urgirnos a meditar, orar y actuar. La ciudad ya está en ruinas y los soldados del enemigo ya franquearon las puertas. Aquél que ame a la Iglesia, que la defienda, para apresurar el triunfo del Corazón Inmaculado de María.

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