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domingo, 4 de septiembre de 2016

Revisitando “Personajes de la Reforma”, de Hilaire Belloc


Por K. V. Turley
Tomado de: http://www.catholicworldreport.com/Blog/4927/revisiting_bellocs_characters_of_the_reformation.aspx July 16, 2016 12:00 EST

Traducido del inglés por Roberto Hope

Este estudio, publicado hace 80 años, demuestra cómo la historia toma forma y es marcada por el carácter de hombres y mujeres.

En estos días de confusión, cuando el bien es atacado y el mal es elogiado, se está re-escribiendo el pasado. En ningún lugar se nota más que en la inversión reciente de la historia de la Reforma en Inglaterra, ahora con Tomás Moro como villano y Tomas Cromwell como héroe.

Confrontados con esto, y cumpliéndose el año próximo el quinto centenario de las Noventaycinco Tésis de Lutero, nos parece oportuno tomar y leer Personajes de la Reforma de Hilaire Belloc.

Belloc pudiera requerir poco de presentación para nuestros lectores. Sólo la amplitud de los temas que abarcó puede equipararse con su prodigiosa producción. Al igual que su contemporáneo y amigo, G.K. Chesterton, Belloc produjo,  año tras año, poesía, prosa, novelas, ensayos, biografías, historias, polémicas; con temas que van de política a teoría económica; de viajes a pie a cruceros en alta mar; de historia de la Iglesia a detalladas historias militares. Éste fue un escritor católico tan activo creativamente como involucrado en los debates y controversias de su época.

Innecesario es decirlo, Belloc fue un escritor dotado, algo que sus críticos tuvieron que admitir. Tenía un modo de escribir que parecía tan natural como convincente. En lo mejor  escrito uno encuentra una mente y una personalidad; en el caso de Belloc, uno encuentra inteligencia y fuerza, ritmo y mordacidad.

Personajes de la Reforma fue publicado hace 80 años, en 1936 (también, el pasado 16 de julio fue el aniversario de la muerte de Belloc, y el 27 de julio fue el 146° aniversario de su nacimiento [y, casualmente, el 80° de mi nacimiento – nota de éste su poco discreto traductor]) La obra consiste en 23 retratos y un ensayo introductorio. De Enrique VIII a Luis XIV, los personajes abarcan desde el ocaso del siglo XV hasta la cruda nueva realidad del XVIII. Al principio del libro, Europa — excepto partes del Este, ortodoxas o bajo la cimitarra del Turco — estaba unida en una sola fe, a su cabeza el Obispo de Roma. Como sabemos demasiado bien, esta unidad habría de fracturarse. Para cuando murió Luis XIV en 1715, Europa todavía era predominantemente católica, pero estaba dividida, con una cierta estabilidad luego de casi doscientos años de derramamientos de sangre a lo largo y ancho de las tierras cristianas.

De entonces en adelante, la que había sido más débil —política, militar y numéricamente — Europa protestante, habría de expanderse de una manera que no podía haberse previsto: principalmente mediante el poderío marítimo de algunas de las naciones, y los imperios y riquezas subsiguientes que fluían de y hacia ellas. Belloc fue muy hábil para hacer referencia a esos grandes movimientos de la historia y, al hacerlo, deja al lector sintiendo que esos mismos movimientos siguen siendo muy relevantes para el siglo XX.

El genio de este libro no radica, sin embargo, en ese análisis. Más bien en el uso que hace de la historia personal de estos 23 hombres y mujeres — vidas que, para bien o para mal, fueron arrastradas a la vorágine de los tiempos en que vivieron. De manera significativa, Belloc ve la historia como algo que fluye del carácter. Es de esta fuente que se hacen decisiones que, dados los tiempos y la prominencia de los caracteres de este libro, resultan en consecuencias profundas. Si a Usted le gusta la historia contada a través de los personajes que la moldearon, entonces no busque más. No simplemente historiador, Belloc es también un juez experto del carácter. Ve derecho a través de las diversas maquinaciones para alcanzar al autoengaño que yace detrás de ellas. A las vidas de estos 23 personajes de la Reforma, él une muchas otras vidas y formas de vivir, antes de abrir la narrativa entera a la gran corriente de la historia. En este proceso, ve uno cómo las cosas pequeñas, algunas con frecuencia intensamente personales, tienen repercusiones que siguen afectándonos en nuestros días.

En este libro están los usuales personajes que uno esperaría encontrar: Tudores y Estuardos, reyes y reinas, la Reina Catalina de Aragón y Ana Bolena, Cromwell, y más, pero hay otros menos conocidos para el lector general. Y algunos de ellos son los verdaderos arquitectos de la Reforma en Inglaterra, Cecil, el más notable, así como Cramner y Laud, en tanto que otros son los manipuladores del poder que utilizaron la Reforma como excusa para moldear a Europa para fines tanto políticos como religiosos. En este aspecto, Richelieu sale mal librado, poniendo a Francia por encima de la fe; Jaime I, sorprendentemente, un poco menos, Hay otras sorpresas. Descartes y Pascal aparecen también. No son tanto personajes de la Reforma, sin embargo, aparecen como figuras que representan lo que surgió de ella. El lienzo de Belloc es vasto. Comenzando con los Tudor, acabamos con la llegada de Guillermo de Orange — alguien a quien Belloc particularmente aborrecía, casi tanto como a Oliverio Cromwell.

Esto nos lleva al antepasado de ese personaje, Tomás Cromwell, Dado que recientemente se ha estado re-escribiendo quién y qué fue el primer Cromwell, uno se preguntaría ¿qué escribió Belloc de él? Es interesante observar que él concordaría con los revisionistas en una conclusión importante: específicamente que Cromwell era un hombre de genio. Belloc lo pinta como un hombre sin pasado pero determinado a arrebatar el futuro, movido únicamente por una sagacidad nativa, aguzada con la lectura de Maquiavelo. Belloc le toma la medida. Él piensa que el papel de Cromwell está subestimado en los libros de historia de entonces, Uno se preguntaría ¿qué pensaría Belloc de la moda actual de ensalzar a Tomás Cromwell?

Esa búsqueda de la verdad histórica exige simplificación. Belloc tiene un modo de desenmarañar hasta las historias más complicadas, las dinásticas en particular, y, de esa manera las hace no solamente narrativas comprensibles sino convincentemente diferentes de aquéllas que sus contemporámeos habían sido hechos creer.

Tomen, por ejemplo, la casa de Orange y su tan cacareado “protestantismo”. De hecho, su religión tenía más que ver con los piratas ingleses que abordaban los navíos españoles cargados de tesoros que venían del Nuevo Mundo y, haciéndolo, precipitaron una crisis económica dentro del Imperio Español. Esto tuvo como resultado que se impusieran tributos en el Flandes español, lo que, a su vez, dio combustible, y resguardo, a la guerra que se llevaba entre los Reformadores nativos y sus gobernantes católicos, alterando el curso de la nación holandesa y, con el tiempo, también de las Islas Británicas.  Ésta es una versión más miserable de la historia, admito yo,  una basada en la economía y el poder — o dicho más sencillamente, de avaricia y orgullo — más que de teología. Belloc no tiene tiempo para versión alguna de lo que entonces era la 'historia recibida': la versión político-liberal de la historia. Ésta era la historia nacional inventada por la oligarquía inglesa que había triunfado. En vez de ella, narra los hechos, y son éstos por sí solos los que exoneran o condenan.

El asociar la revolución protestante del siglo XVI con la acumulación de riqueza personal es una de las más notables características del libro. Belloc pone de cabeza el mito entonces aceptado de un distanciamiento popular de Roma. La Reforma en Inglaterra para muchos, si no para todos, no fue una disputa teológica con principios. En lugar de ello, fue para los poderosos y los ya ennoblecidos un medio de volverse todavía más poderosos, tanto política como económicamente. Esto se hizo a costa de la mayoría del populacho y de su fe de siglos, que ya se habia vuelto una inconveniencia que tenía que desecharse mediante mentiras patrocinadas por el Estado y por la fuerza de ser necesario.

En la Inglaterra de 1930, el pensamiento de Belloc sobre los hechos del siglo XVI estaba lejos de ser la opinión aceptada. Si no una 'herejía' formal para la clase dirigente de entonces, por lo menos la de Belloc era una interpretación que hubieran preferido no ver propagada. No obstante, a lo largo del texto, Belloc es como un hábil cazador que constantemente tiene a la historia político-liberal en la mira.

En su campaña de 1906 para ser elegido Miembro del Parlamento, representando a Salford South, Belloc fue abucheado por ser 'papista'. Sacando su rosario del bolsillo respondió: “Señor, tanto como me es posible, oigo misa todos los días y cada noche me pongo de rodillas y rezo con estas cuentas. Si eso le ofende, entonces ruego a Dios que me libre de la indignidad de representarlo a Usted en el Parlamento.” Fue elegido. Su desilusión posterior con la política — habría de abandonar el Parlamento luego de un único período — habría de dejar por lo menos un resultado positivo: le dió más tiempo para su carrera literaria.

De esa salida tan pronta, debemos estar agradecidos, no en menor grado por sus libros tales como Personajes de la Reforma. En éste y sus otros escritos, Belloc empuñó la espada de la verdad, abriéndose paso entre un breñal de mentiras que en los siglos que pasaron  habían sido eregidas alrededor de esos hechos históricos tempranos. De esa manera, ayudó a que se diera una auténtica revisión de todo ese período. Los revisionistas de hoy en día harían bien en recordar que, no importando qué tan ampliamente se hayan dicho mentiras, al final solamente conjuran la irrealidad. Con Hilaire Belloc, tenemos no sólo un compañero valiente, sino a un hombre honesto.

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