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sábado, 13 de enero de 2018

 ¿Tierra de los Hombres Libres? 

Una Perpectiva Católica sobre la Historia Norteamericana


Por Charles A. Coulombe


Tomado de la introduction al libro 'Puritan's Empire',  por Charles Coulombe
Traducido del inglés por Roberto Hope


 Parte 2 

Europa

La Europa de 1492 era un continente en pleno cambio. En Occidente, el Catolicismo reinaba supremo desde Islandia hasa Rusia. De muchas maneras, los ideales de la Cristiandad Medieval permanecían, aunque sacudidos por el Gran Cisma (con el escándalo de tres papas reinando al mismo tiempo) y el Renacimiento (con su redescubrimiento de la literatura y de la moral paganas). La Edad Media estaba impregnada de catolicismo de una manera que el mundo jamás vio — antes o después. Esto no significa que fueran perfectos o que los hombres fueran menos pecadores de lo que son ahora. Lo que sí significa es que tenían más claros sus objetivos que lo que lo tuvieron sus ancestros o sus descendientes: Como lo observa Kenelm Digby, en Mores Catholici. “el objetivo declarado de todos los gobiernos en épocas de fe era el de alcanzar la gloria de Dios y la paz en la tierra a los hombres de buena voluntad." La religión católica no admitía otros objetivos.
Todo el estado estaba fundado en el tipo pacífico del mejor reinado. El carácter pacífico de la majestad real era una idea religiosa que emanaba de lo que se creía que eran los tronos y dominaciones celestiales, pues era un ejercicio devocional de reparación de los pecados de ira, pasión y venganza, para ofrecer a Dios la benevolencia y tranquilidad de los tronos: La religión cristiana había puesto todo en su lugar, de manera que la jerarquía de los hombres era tan completa como la de los ángeles, en el orden mostrado por Dionisio. Como en éste, los tronos van después de los serafines y de los querubines; así también en el estado, a la fuerza física se le consideraba después del amor y de la ciencia. En la antigua escultura cristiana, las dominaciones que comandan a los ángeles, y los principados que mandan sobre los hombres, están representados con coronas y cetros, pero las potestades que rigen a la raza satánica se representan con una lanza y un escudo, pues el demonio sólo cede ante la fuerza. Por lo tanto, la corona y el cetro eran símbolos del poder real, y la máxima era “Es más de reyes conseguir la paz que forzar condiciones mediante la coacción”
Por esta razón, el rey tenía tres papeles; en cierto sentido, tenía un carácter semi sacerdotal, conferido en su coronación. Él era en primer lugar el defensor de la Iglesia en su reino. Era suyo un tipo de carácter sub-diaconal, y varios reyes eran con frecuencia tradicionalmente canónigos de una o varias de sus ciudades catedralicias Los reyes muchas veces desempeñaban papeles litúrgicos, como el del lavado de pies el Jueves Santo, ocupaban un lugar de honor en la procesión de Corpus Christi, y otras; y en la Misa se decían oraciones especiales por ellos. En unos cuantos casos se creía que poseían poderes milagrosos. Así, los reyes de Inglaterra y de Francia curaron la escrófula (llamada “el mal de los reyes”); el rey de Dinamarca curó la epilepsia, el rey de Hungría, la ictericia, y del Emperador del Sacro Imperio Romano, sucesor de Carlomagno, se decía que tenía cierto control sobre el clima (por ello en Alemania, al clima cálido agradable se le llama Kaiserwetter). A los ancestros de Isabel de España, los reyes de Castilla, se recurría por los poseídos para su exorcismo, como podemos leerlo en la obra de Álvarez Pelayo de 1340 Speculum regum escrita para el Rey Alfonso XI.
Se dice que los reyes de Francia y de Inglaterra poseen un poder sanador; así mismo, los reyes más piadosos de España, de los cuales ustedes descienden, poseen un poder que actúa sobre los endemoníados y sobre ciertas personas enfermas que sufren de males diversos. Cuando era un niño pequeño, yo mismo vi a tu abuelo, el Rey Sancho, [Sancho II, 1284 – 1295], quien me crió, poner su pie  sobre la garganta de una endemoniada, quien procedió a lanzarle insultos, y luego, leyendo unas palabras tomadas de un librito, expulsar a los demonios de esta mujer y dejarla perfectamente curada. (citado en The Royal Touch por Marc Bloch, p 88).
El segundo papel de su Majestad era el de juez supremo. La Magistratura de la Corte de la Reina es una reliquia que queda en los países miembros de la Comunidad Británica — de hecho, nuestra misma palabra Corte da reconocimiento a la época en que el rey se sentaba a juzgar casos, con todos sus principales hombres sentados alrededor suyo. Sin embargo, no podía ser arbitrario, cada una de sus provincias debía ser gobernada de acuerdo con sus propias leyes — o el Derecho Romano si era aceptado ahí. La ley era considerada algo inmutable, que podía ser descubierta pero nunca creada. Esto era tan cierto que los Assises de Jerusalén, el código legal del Reino Latino de Jerusalén, fueron declarados que constituían una recuperación de leyes anteriores más que una nueva creación para un reino nuevo. Tampoco estaba el Rey por encima de la Ley, leyes tales como la Magna Carta o las Bulas de Oro no eran consideradas nuevas limitaciones del poder del rey, sino más bien el retorno a un equilibrio que había existido previamente. Ya que el Rey tenía poco poder bajo su mando, debía ya sea escuchar casos en su propia residencia o enviar jueces a las distintas provincias de su reino, investir con poder judicial a varios de los notables locales La falta de un verdadero ejército permanente generalmente reducía su capacidad de disciplinar a los nobles ofensores a la de declararlos fuera de la ley que facultada a cualquier otro noble que fuera lo suficientemente fuerte a atacarlo.

Esto último nos lleva al tercer papel del Rey; el de caudillo militar. Era el jefe de cualquier soldadesca que pudiera tener a la mano: si deseaba irse a la guerra con una nación vecina o ir a una cruzada, tenía que convocar a sus principales nobles con sus estipendios o contratar mercenarios. Estas dos eran con frecuencia proposiciones peligrosas. Así fue que hasta la Guerra de los Cien Años, vemos poco de guerras  importantes entre reyes cristianos, aun cuando había mucho de guerras locales entre barones.

El papel del Rey era como el de un director de orquesta: Un rey bueno como San Luis pudo beneficiar a sus súbditos en gran medida por la fuerza de su personalidad; un mal rey era generalmente incapaz de hacer más que hacerles desagradable la vida a sus cortesanos. ¡Lo mismo podría decirse de los ejecutivos en jefe de hoy en día! Los reyes reunían cortes a su alrededor. Éstas consistían de los amigos y servidores del gobernante y de los grandes hombres de su reino. Uno piensa de inmediato en la Mesa Redonda del Rey Arturo, los Paladines de Carlomagno, y los guerreros agrupados alrededor de Hrothgar en Beowulf, Pero los muy atenuados descendientes de esos grupos pueden hallarse en estos días en instituciones tales como el Consejo Británico de Asesores Privados del Monarca y el Concejo de Estado de Dinamarca. Dentro de estas bandas amorfas, el Rey desempeñaba sus principales funciones: observando los ritos de la Iglesia, decidiendo casos judiciales que se le llevaban, y ocasionalmente decidiendo sobre acciones militares.

Conforme avanzaba el tiempo, estas funciones particulares se volvieron más especializadas y con el tiempo se desarrollaron en forma de quasi-departamentos o ministerios de estado. De este simple inicio se han derivado las grandes administraciones centrales que ahora conocemos. Con el tiempo éstas acabaron con los Reyes. Hoy en día sólo la mayormente ceremonial casa real británica y la pragmática Curia Romana sobreviven en algo parecido a su forma original.

Es importante recordar que, así como la Cristiandad era un cuerpo único en materia religiosa, también lo era así en asuntos temporales. Esto fue resumido admirablemente por James, Visconde de Bryce, en su obra The Holy Roman Empire (pp. 102-105)
La filosofía realista, y las necesidades de una época cuando la única noción de orden religioso y civil era el sometimiento a la autoridad, requería que el Estado Mundial fuera una monarquía: la tradición, así como la existencia continuada de una parte de las antiguas instituciones, daba al monarca el nombre de Emperador Romano. Un rey no podía ser un soberano universal, pues había muchos reyes: el Emperador debía ser universal pues nunca había habido más de un emperador: En tiempos más antiguos y más luminosos había sido el verdadero señor del mundo civilizado: la sede de su poder estaba colocada a un lado de la del autócrata espiritual de la Cristiandad. Sus funciones se verán más claramente si las deducimos a partir del principio rector de la mitología [como la califican los ignorantes] medieval, la correspondencia exacta de la tierra con el cielo. Como Dios, dentro de la jerarquía celestial gobierna a los benditos espíritus en el Paraíso, así el Papa, Su vicario, elevado por encima de los sacerdotes, obispos, y metropolitanos, reina sobre las almas de los hombres mortales aquí abajo. Pero como Dios es Señor de la tierra así como del cielo, así también debe Él (el imperator celestis)  ser representado por un virrey terrenal, el Emperador (Imperator terrenus) cuya autoridad debe ser de y para la vida presente. Y como en este mundo presente el alma no puede actuar salvo por medio del cuerpo, cuando sin embargo el cuerpo no es más que un instrumento y medio para la manifestación del alma, debe entonces haber un gobierno y un cuidado de los cuerpos de los hombres como lo hay de sus almas,.pero subordinado siempre al bienestar de aquel elemento que es el más puro y más duradero. Es bajo el emblema de cuerpo y alma que la relación del poder papal e imperial se nos presenta a lo largo de la Edad Media.
El Papa, como vicario en asuntos espirituales, ha de conducir a los hombres a la vida eterna; el Emperador, en asuntos temporales, debe controlarlos en sus tratos unos con otros, a modo de que puedan desarrollar sin molestias su vida espiritual, y de esa manera lograr el mismo fin supremo y común de felicidad perdurable. A la luz de este objetivo, su deber principal es mantener paz en el mundo, mientras que ante la Iglesia, su puesto es el de Abogado o Patrón, título tomado prestado de la práctica adoptada por iglesias y monasterios de elegir a algún barón poderoso para proteger sus tierras y dirigir en la guerra a sus aparceros. Las funciones de Abogado son dobles: una, doméstica, de hacer a los cristianos obedientes al sacerdocio y ejecutar los decretos sacerdotales sobre los herejes y los pecadores; la otra, foránea, de propagar la fe entre los paganos, sin escatimar el uso de armas carnales. Así el Emperador responde en cada punto a su anti-tipo, el Papa, pero su poder es de jerarquía menor, creado en analogía con el poder papal. Así pues, la Santa Iglesia Católica y el Sacro imperio Romano son una y la misma cosa, vistos desde ángulos distintos; igualmente, el catolicismo, el principio de la sociedad cristiana universal es también Romanismo.

Esto tiene una referencia específica  a nuestro propio Continente. Gary Potter lo define admirablemente en términos modernos
Las palabras expresan ideas y algunas de las que ahora se citan probablemente serán enteramente ajenas a cualquiera que no esté familiarizado con la historia anterior a hace unas cuantas décadas: “emperador del mundo”, “oficina imperial”... no es aquí el lugar para exponer toda la historia que debe conocerse para comprender las nociones completamente. Sin embargo, la principal fue presagiada por Nuestro Señor mismo en la última orden que recibieron de Él sus seguidores: hacer discípulos de todas las naciones. En una palabra, la idea de una comunidad cristiana universal es de lo que estamos hablando.
Hasta la fecha, nunca ha existido. Hoy en día ni siquiera hay un gobierno cristiano en parte alguna del Orbe. Sin embargo, desde la conversión de Constantino hasta agosto de 1806 — con una interrupción (en Occidente) desde Rómulo Augústulo en 475 hasta Carlomagno en 800 — existió el Imperio. Fue el corazón de lo que en un tiempo se conocía como la Cristiandad. Bajo su eje se iniciaron serios asentamientos en el Hemisferio Occidental y los nativos americanos fueron bautizados por primera vez, lo cual es la razón de que el penacho de Moctezuma esté en un museo en Viena.
La primera vez que la Cristiandad había emprendido la colonización de un territorio fuera de la Europa Occidental fue durante el curso de la primera cruzada en 1099. En esa época aun cuando las nacionalidades modernas de Europa ya existían, sus miembros se reconocían, por lo menos teóricamente, subordinados a su obediencia común al Sacro Imperio Romano, la Res Pública Christiana. Aun cuando varios de los ejércitos de la Primera Cruzada fueron dirigidos por lorenos, franceses, normandos ingleses, y normandos italianos, y en días posteriores por gobernantes alemanes, franceses e ingleses conducirían  a multitudes de cruzados multinacionales a Tierra Santa, nunca se planteó la cuestión de anexar las nuevas tierras a alguno de los reinos constituyentes del Imperio. En lugar de eso, las tierras liberadas del dominio turco se organizaron en forma de estados cruzados independientes; el Reino de Jerusalén y sus condados vasallos de Edessa, Trípoli y Antioquía.

Siendo la propiedad común de la Cristiandad, el Reino de Jerusalén fue organizado como un estado feudal  prototípico. Por todo eso, el Rey fue coronado en la Basílica de La Natividad en Belén, sus poderes eran limitados. Sus tres funcionarios principales, el senescal, el mariscal y el encargado del orden, cada uno esgrimía un poder considerable. Los señores de los feudos que lo constituían, reunidos en la corte superior, constituían un fuerte control de la voluntad del rey,  como lo era la corte de los Burgueses a la cual pertenecían ciudadanos de distintos poblados. El Patriarca de Jerusalén, y los Grandes Maestres de las tres órdenes militares (los caballeros templarios, los caballeros hospitalarios y los caballeros teutones) eran colocados de manera semejante. En resumen el historiador debe concordar con la descripción que Donald Atwater hace de la administración del reino como “un buen ejemplo, sabio, justo y moderado.”

Pero este primer intento de colonización habría de fracasar. La desunión interna podría quizás haber podido remediarse. Pero la creciente desunión nacional de los estados de la Cristiandad, cuyo esfuerzo común era esencial para la supervivencia del Reino, lo arruinó. Para 1291, las últimas ciudades ocupadas por los cruzados habían caído. Con la excepción del Mandato Británico de 1918-1948, Tierra Santa ha estado fuera de manos cristianas desde entonces.

Esta desunión continuó: llevó a la fratricida Guerra de los 100 Años entre Inglaterra y Francia, la Guerra de las Rosas en aquélla, luchas constantes entre Güelfos (partidarios del Papa) y Gibelinos (partidarios del Imperio) en Alemania e Italia, y al fin al Gran Cisma en el propio papado. La misma fricción entre las naciones centralizantes emergentes llevaron directamente a la caída de Constantinopla ante los turcos en 1453 y permitió a éstos ocupar toda Europa al sur del Río Danubio.

Pero para 1492 muchas de estas diferencias ya habían sido acalladas: el muy calumniado Papa Borgia ocupaba el trono de Pedro; Federico III, el último de los emperadores en haber sido coronado en Roma, reinaba en Viena. Carlos VIII de Francia se había casado con Ana de Bretaña, uniendo su territorio — el último gran feudo independiente — al trono francés. En Inglaterra, Enrique VII, primero de los Tudores, estaba imponiendo unidad en el imperio, luego de haber derrotado y muerto al legítimo rey Ricardo III en 1485. Mientras todos estos hombres trataban de consolidar sus respectivos reinos. centralizando el poder bajo las administraciones reales que acabamos de comentar, Fernando e Isabel de España, habiendo unido a Castilla y Aragón con su matrimonio, estaban terminando la antigua lucha contra los moros, El año de 1492, vio la caída del último baluarte moro, Granada, ante los españoles. Las Islas Canarias, Azores y Madeira, para ese año ya habían sido descubiertas y colonizadas parcialmente. Un marinero italiano, Cristóbal Colón deseaba ir más lejos en esa dirección y abrir nuevas rutas comerciales con el Lejano Oriente; éstas reemplazarían a las que estaban ocupadas por los turcos, y permitirían expandir la Fe a regiones hasta entonces desconocidas. Librados del problema moro, Fernando e Isabel tuvieron ls disposición de apoyarlo.

Los portugueses, en el curso de los años 1400, habían estado ocupados explorando. Bajo el patronazgo del hermano del rey, el Príncipe Enrique el Navegante (1349-1460), las Azores, Madeira y Cabo Verde fueron descubiertas como ya lo mencionamos. Marineros portugueses siguieron el viaje hacia el sur a lo largo de la costa africana, hasta que en 1486, Bartolomé Díaz descubrió el Cabo de Buena Esperanza. El Oriente estaba esperando. Pero debe observarse que el Príncipe Enrique no estaba interesado solamente en el comercio con el Lejano Oriente. Como Gran Maestre de la Orden de Cristo (la rama portuguesa de los Templarios que sobrevivió cuando esa orden fue suprimida), puso sus naves y marinos a investigar la fortaleza del Islam en las regiones donde exploraran, a tratar de establecer contacto con aliados cristianos (si los había) y a propagar la fe entre los paganos. Así fue que sus carabelas llevaban la cruz roja de los Cruzados, ya que sus viajes de descubrimiento se consideraban una continuación de ese conflicto.


(Continuará)
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