domingo, 7 de junio de 2015

Algunas Ideas sobre la Reforma Protestante.

Algunas Ideas sobre la Reforma Protestante.


por Gilbert K. Chesterton.

Traducido del inglés por Roberto Hope

"Estoy firmemente convencido de que la Reforma del siglo XVI fue lo más próximo a un mal sin mezcla de bien que cualquier mortal puede alcanzar.

Hasta las partes de ella que pudieran parecer plausibles y asequibles desde un punto de vista puramente secular han acabado siendo corruptas y reaccionarias, también desde un punto de vista puramente secular.

Al sustituir la Biblia por el sacramento, creó una casta pedante de aquéllos que sabían leer, identificados de manera supersticiosa con aquéllos que podían pensar.

Al destruir a los monjes, quitó el trabajo social de los filántropos pobres que optaban por negarse a sí mismos, y lo pasó a los filántropos ricos que optaban por reivindicarse.

Al pregonar el individualismo al tiempo que preservaba la desigualdad, produjo el moderno capitalismo.

Destruyó la única liga de las naciones que alguna vez tuvo oportunidad de tener éxito.

Produjo las peores guerras entre naciones que jamás haya habido.

Produjo la forma más eficiente de protestantismo, que es Prusia.

Y está produciendo la peor parte del paganismo, que es la esclavitud"

lunes, 2 de marzo de 2015

Batalla entre Cristo y el Anticristo

El Próximo Sínodo será una Batalla entre Cristo y el Anticristo  – ¿De qué lado está Usted?


Tomado de: http://rorate-caeli.blogspot.com/2015/02/the-next-synod-is-battle-between-christ.html

Traducido al español por Roberto Hope, 
partiendo de la traducción del italiano al inglés hecha por Rorate Caeli

Allessandro Gnocchi sigue siendo uno de los mejores comentaristas sobre el estado actual de la Iglesia.  El siguiente extracto, tomado de la columna que publica en La Riscossa Cristiana es un ejemplo de su determinación de ver las cosas como son.  Gnocchi utiliza palabras fuertes que lo llevan a uno a pensar.

[Aquel] múndo católico al que comúnmente se le llama “no de izquierda” o “no progresista”, está formado, salvo por raras excepciones que pueden funcionar de una manera que verdaderamente va contra la corriente, de intelectuales que no convencen, sedientos de legitimación, pobres personajes en busca de algún autor que los ponga en el escenario y que los haga recitar cualquier guion que se les ponga enfrente. Entretanto, mientras los títeres saltan y bailan, el teatrito vira siempre hacia la izquierda hasta que la mutación haya concluido por completo. El lenguaje, los temas y aun los principios que hasta el anterior pontificado eran considerados no negociables, se adaptan a un público que siempre quiere más y mejor: de la colaboración política a las concesiones doctrinales, el paso es demasiado corto, especialmente si existe el incentivo de recibir los aplausos del mundo.

[Hay aquéllos que] se escandalizan del hecho de que quienquiera que trate de expresar una objeción ante la situación actual es rápidamente tildado de “persona divisiva.” La táctica de acusar a los disidentes de ser “gente que divide” es utilizada usualmente por aquéllos que tienen el poder o por aquéllos faltos de carácter que casualmente tienen una palanca de poder a su alcance.  Siempre que hay alguien que desee debatir cuestiones a las que se oponen, quienes tienen el poder evitan el debate reservándose sus propias convicciones y su verdadera postura, mientras que los faltos de carácter evitan el debate porque carecen de convicciones y, si las tienen, carecen del valor para defenderlas. Nada es más fácil que ridiculizar ante el público a cualquiera que se atreva a rascarle al barniz de unidad, deslegitimizándolo a priori. Si amenaza la unidad, se le niega el permiso de hablar. La Verdad con V mayúscula sucumbe ante la conveniencia.  Pilatos, que prefiere ser amigo del César, nunca deja de buscar compañeros de viaje.

La iglesia en las últimas décadas ha funcionado, mal, aferrándose a una determinación de hacerse amiga del César.  Ha sido débil al punto de perder sangre en el terreno de la doctrina y de la moralidad. Se ha mostrado agresiva y sin miramientos en su represión y negación de toda opinión legítima que tenga la intención de reafirmar verdades morales y doctrinales.  El resultado ha sido el silenciar a aquéllos cuya intención es defenderla y en cambio dar rienda suelta a aquéllos cuya intención es la de destruirla.  Esta metodología es grandemente elogiada y se pone en práctica desde lo más alto de la jerarquía hata lo más bajo del nivel de la parroquia.

Pero permítaseme ahora ofrecer algunas consideraciones sobre el tema de una de las tonadillas silbadas con frecuencia por aquéllos católicos que dicen querer oponerse a la corriente de liberalismo pero que en realidad nada hacen, excepto correr tras ella, manteniéndose siempre un paso más atrás.  Me limitaré a hablar de esta sola tonadilla, que es la siguiente: “siempre es mejor hacer algo, aunque no sea perfecto, que no hacer nada.” Estos católicos que, más precisamente, pudieran ser llamados catoliquillos [cattolichetti] por la tonada que siempre van silbando, han perdido de vista la postura que un católico debe siempre tomar ante las confrontaciones con el mundo. De esa manera, persistiendo en coludirse y cooperar con el mundo, han debilitado su sentido espiritual, al punto de que no son capaces de comprender la gravedad de los tiempos que estamos viviendo.

Se complacen con planes políticos de acción, cuando lo que realmente está ocurriendo es una guerra entre Cristo y el Anticristo a una escala que nunca antes se había visto, en la que la supervivencia de la fe católica está en juego. Repito: estamos en una guerra por preservar la fe católica y todas las batallas se están peleando en varios frentes, hasta aquéllas que son tan importantes como la verdad moral, son sólo el campo de confrontación en una guerra que es mucho más profunda, que entraña metafísica y religión. Pero o la fe se preserva entera e intacta o se pierde. No pueden preservarse sólo partes de ella a gusto o a conveniencia.

Las opciones que se eligen con respecto a elementos cruciales de la enseñanza moral que tocan a la misma naturaleza humana son la señal que indicará si la fe va a resistir o a ceder. Pues toda condescendencia, aun alguna que se conciba para el bien o quizás utilizando el apolillado concepto de “menos malo,” representa un amoldamiento de la fe: una traición a Cristo en favor del Anticristo. El mundo de ahora no necesita una ley que sea un poco menos mala que otra por, como dice el catoliquillo, “es mejor hacer algo, aun cuando no sea perfecto, que no hacer nada.° No estamos luchando una batalla por darle algo menos malo al mundo, sino para permanecer fieles a Cristo y su enseñanza, y sólo Él puede salvar al mundo.

Esto es lo que el Sínodo de la Familia recientemente concluido ha convertido en un evento tan dramático y hará aún más dramático el próximo. Lo que ocurrió y volverá a ocurrir; no será un enfrentamiento entre dos escuelas de pensamiento distintas, sino un enfrentamiento entre aquéllos que tratan de preservar entera la fe católica y aquéllos que quieren cambiarla.  En pocas palabras, aun cuando estamos hablando de obispos, cardenales y del mismo Papa, y que mis palabras pudieran parecerle a Usted ásperas, aun allí estamos hablando de la batalla entre Cristo y el Anticristo. Sólo nos queda a nosotros elegir de qué lado estamos.


lunes, 26 de enero de 2015

Sinning against the Holy Ghost

Sinning (in the feminine) against the Holy Ghost

Taken from: http://exorbe.blogspot.mx/2015/01/pecando-en-femenino-contra-el-espiritu.html

Translated from the Spanish by Roberto Hope

To us Catholics, this aberration (see http://www.abc.es/sociedad/20150126/abci-iglesia-inglaterra-primera-obispa-201501261657.html) affects us by a contagion of proximity and confusion, product all this of the disgraceful second-vaticanist ecumenicism, which very soon degenerated into exaggerated benignity and gullibility the size of the Roman Cloaca Maxima, capable not only of hobnobbing and getting friendly with what is most traditionally anti-catholic but also of propitiating and engendering the monstrous interreligious cohabitations in Assisi.

That is how we can witness so unimaginable scenes as watching the Pope greeting with a profusion of fondness a female wearing a clerical attire, who is the president of I know not what, of heretics of I know not where.  The photo accompanying the article is of yesterday's, in San Paulo Fouri le Mura, where they were praying together for unity.

Yesterday evening the Pope was praying for the unity of Christians in Saint Paul Outside the Walls; today a sacrilegious attempt has taken place against such spectral unity.  It looks like an aberrant, irreverent parody, but at last, the original Anglicans, those born out of that unsatisfied swine Henry VIII Tudor, have consummated the horrendous sin of ordaining a female bishopess, an ambitious female with an irrepressible craving for clerical power. May God save us from the Queen and her female bishopesses.

The problem is one of faith, of loss of the Catholic, Apostolic faith. The problem is an ecclesiological, theological one.

It needs no mentioning that if I pray for the union, I pray first for the conversion and repentance and the spiritual healing of heretics and schismatics.  Even though I see it more and more impossible, given their false will, demonstrated in the perversions such as that which I comment in this article.

Anglicans attempt against the priesthood with full irreverence because they don't know what is what they have never had: A priestly hierarchy.

We Catholics remain silent... or approve, consent or dissimulate because we are ceasing to believe in the Sacrament of Holy Orders, its effects, and its consequences.  That is why there are already dis-Catholics who find it all right to ordain women, we also have degenerate nuns which claim it as a 'right', there are even not-so-Catholic bishops who are 'open' to this sacrilegious idea.

To put it in context, I must say that not being a church and not having the faculty of conferring the Sacrament of Holy Orders, what they have done in York this morning is an improper, clericaloid, heretical, blunder, even though they have clothed it with all of Great Britain's pomp and circumstance. But a sin there is, indeed, because, in addition to subsisting in the original heresy of the murky foundation of that Anglican confession, the participants, the woman, and her complacent co-hierarchs are neither ignorant nor innocent.  What the opinion is of the supreme visible head of the Anglicans, which is the Queen, nothing is known.  We intuit that as long as the Crown is not put at risk, the Queen will sign anything, wherever she has to sign and will stamp her royal seal, without getting into further complications.  If only one dissenting cleric has raised his voice against, and the rest of those attending have approved and the public has applauded, the Queen will graciously consent and turn the page, since the surviving thrones are not in a condition to suffer religious scruples. Doctors, besides, there are many in Oxford and Cambridge which may be able to discern. Oh no! But what does it matter if the rite turns out to be politically, feministically correct, in accordance with the fashion?

I am among those who believe and hope and do not swallow the poisonous pill, no matter how much they edulcorate it with the sweet syrup of ecumenism.

I am among those who still hope that, like that Anglican cleric who raised his protest, some Catholic bishop who, conscious of his sacred episcopal-hierarchical munus, will distance himself from the silent episcopal herd and condemn and declare that aberration of the pseudo ordinations of Anglican females, to be a sin against the Holy Ghost. A pastor who, not more, not less, will spot the wolf and strip it off of its deceiving ecumenical lambskin.

domingo, 18 de enero de 2015

Terrorism of the Anti Christ

Terrorism of the Anti Christ

On the Attack in Paris


By Alberto Elías
Taken from: http://www.guionreal.com/terrorismo-del-anticristo--sobre-el-atentado-de-paris/
Translated from the Spanish by Roberto Hope

At this moment in history, certain terrorist acts always have hidden intentions, very well thought out by their intellectual authors. Those are savage acts, the executors of which are often mere instruments of others. The latter are well hidden, physically far from the site of the tragedy, but taking good note of the popular reactions. It is because these massacres form part of the device which serves them to manipulate consciences, guide public opinion, and drive societies in the direction the world´s jailkeepers have thought out.

What do those who have conceived, programmed, and directed from afar the Paris attack against the Charlie Hebdo weekly pursue?

Very simple. What they intend to do is to keep deforming consciences so that any protest against blasphemies or against anything sacrilegious becomes associated with terrorist acts in the minds of the masses.

The collective conscience, by dint of shocks, ends up not being able to distinguish the saints from the assassins.

The man in the street, horrified by the criminal brutality of the Paris massacre, finds himself, without noticing it, driven to accept, more and more every day, a “liberty of expression” which includes the power to mock all sacred things. To offend grossly the religious beliefs of others is turned into a right; this one, of course, really sacred. To smear sacrilegiously the divine persons, the Mother of God or the saints becomes an exercise protected by law. And those who dare raise their voices against these mockeries even if done with the utmost respect will find themselves assimilated with the most dangerous of terrorism.

What is intended is to discredit, sprinkle with blood, and in the end proscribe, is the attitude defending the sacred, while profanations become generalized. The mere deference to God — not even adoration — will end up being persecuted in our societies.

The carnage in Paris has all the appearance of having been programmed to erode the image of the most committed Catholicism before public opinion.  Peaceful resistance, such as that of Argentinian youth against the profanation of the temples, or the street prayer and protest vigils of French Catholics on their knees, with lit candles, are intended to be tagged as suspect, and not well seen by a manipulated public opinion.

Indeed, the way of the Impious Man, the Son of Perdition, the Adversary who rises himself above anything that carries the name of God or is the object of cult (Cfr. 2 Tes 2, 3-4) is being prepared. And the acolytes of this tyrant disguised as a humanitarian pacifist are in a hurry to criminalize believers before the eyes of the masses because the only “belief” that very soon will be proposed to the peoples is the unhealthy and seductive falsification of man and of love.

Fortunately, this eagerness and these sanguinary attacks are indications of the anger that governs the sectarian leadership which has been unable to make its desired public presentation of that deceiving character. Christian resistance is much stronger than what they had expected. Especially in France, Catholic people have been exhibiting wisdom as much as courage at the time of publicly defending their religious convictions.

The most radical Muslim groups are, on the contrary, an instrument that is easy to manipulate.  Easy to be induced to violence, so that seeing their barbarous acts, the conscience of the people be shaken and become  better disposed to accept “the intrinsic malice of all religious attitude.”

That is why the satirical media, disseminated around the world, financed by the same as always and even with Catholic appearance, as is the case of several Spanish ones — in reality, buffoons at the service of evil — at their time interjected mockery against Mohammed. But their provocations are growingly directed against the persons and symbols that we Christians love. The Virgin Mary is the object of their constant aggression,  They take care of offending Islam gravely but they rail with fury against that which we Christians most respect and venerate.

They know well that the religion of love will not fall into provocation, but at the moment they are happy with seeding the streets against anything religious,

domingo, 4 de enero de 2015

Mater dolorosa

Mater dolorosa 

Prayer

by Manuel María Flores, Mexican poet, 1840-1895

Translated from the Spanish by Roberto Hope

To my sister Marina

Virgin of the misfortune, sorrowful Mother mine
seeking your consolation I kneel before your shrine
My spirit is so troubled, my life became so somber
my soul's been overwhelmed by waves of deep regret.

I feel I´ve been abandoned, have no one to accept me
there are times in my living of barbarous affliction
and lonesome... always lonesome, I have no one to gather
the very secret tears that from my sad heart flow.

It's true that from the world in the corrupted current,
fell stripped off of their leaves the roses of my faith
while in pursuing the ghosts of my juvenile folly
running insanely, Lady, all about you I forgot.

That man's satanic pride did blind me in my folly
and in my troubled soul, I let the doubt set in,
my lips failed to remember to say your name so holy
and from my foolish mind, your image was erased.

All this is true..., but listen...! As a child I adored you
to the foot of your altars, my mother showed the way
Where on her knees and weeping, the story she would tell me
of the tremendous Golgotha where Jesus His life gave.

And on your face, I noticed the anguish and the loss
which on your forehead casted the shadow of a cross
your tears rolled down your face, your cape's color was black
the light, from a pale candle, under the gloomy light.

I was then just a child. Could not your sorrow grasp,
but loved, you oh my Lady, you know that love you, I did!
how sweet and how immaculate would towards Heaven rise.
the infantile child's accent of my quite simple faith.

For that innocent faith, for that ardorous prayer
which, knelt beside my mother with her I would repeat,
Virgin of the misfortune, when at your feet I kneel
Virgin of the misfortune, please have mercy on me!

You see, august queen, the path along the which we transit
a hundred generations sprinkled it with their tears
and we in our turn now water it with our very own weeping
and those to come will also sprinkle it with theirs as well

And in our path we march, leaving ripped on its thistles
the palpitating fragments of our broken heart
and we walk... and walk further... and our eyes cannot find
some respite in the journey, nor in the affliction truce.

But you are the hope, the light, and our consolation
and with your eyes turned up, supplicate to the Lord
your hands are put together pointing up  towards heaven
you are praying for us, oh dear Mother of Sorrows!

Searching for consolation, I come up to your shrine
my soul so badly saddened and my embittered heart
and lay before your eyes, holy Lady, my sorrows
and with my tears gets soaked in my prayer my voice.

See not that by forgetting your image and your standing
to the winds of this world my beliefs I tossed out.
Please remember the small child, but the man disregard ...
my forehead´s on the dust...please forgive me... I sinned

Oh! for my faith when child, for the fervorous prayers
which, knelt beside my mother with her I would repeat,
Oh Virgin of the Sorrows, when at your feet I kneel
Oh Virgin of the Sorrows, please have mercy on me!

sábado, 3 de enero de 2015

De una Iglesia Laxa a una Iglesia Agnóstica

De una Iglesia Laxa a una Iglesia Agnóstica

Reinventando a Dios


Editorial de Radicati nella fede, Hoja de noticias de la comunidad católica de Vocogno, diócesis de Novara, Italia.  Diciembre 2014

Tomado de: rorate-caeli.blogspot.com/2014/12/editorial-reinventing-god.html

Traducido del inglés por Roberto Hope

Un Dios que ya no exige nada del hombre es uno que no existe.  Sin embargo ésta ha sido la trágica consecuencia de la Iglesia Post-Conciliar, la cual al promover una visión secular de la misericordia ha llegado a un agnosticismo en la práctica. Si es cierto que existe el ateísmo práctico, o sea aquéllos que viven como si Dios no existiera aun cuando no nieguen su existencia, también existe un agnosticismo práctico, o sea aquéllos que hablan de un dios desconocido que no habla claramente a los hombres, de quien el hombre obtiene lo que quiere de acuerdo con las circunstancias; un dios que esencialmente está ahí sólo para validar, sin pedir mucho a cambio.

Ésta parece ser típicamente la situación de una gran parte del catolicismo de hoy en día, vivido concretamente por la mayoría de los bautizados.

Se proclama un dios de puro perdón, un dios consolador que no pide la conversión personal ni un cambio en la forma de vida. Un dios listo para aceptar nuevos cambios en la sociedad, listo para declarar que una inmoralidad, cuando se vive con un corazón sincero, no es, en esencia, realmente inmoral. Los debates con respecto al reciente Sínodo han dado amplia evidencia de esto. Al matrimonio ya no se le tiene consideración en nuestro Occidente en decadencia, por lo tanto apresurémonos a decir que Dios no está pidiendo su absoluta indisolubilidad. La gente ya no se casa, apresurémonos entonces a decir que, si hay amor sincero entre una pareja que cohabita, esto de alguna manera compensa la falta del sacramento.  Este tipo de actitudes no se relaciona solamente  con el matrimonio, pues podríamos citar muchos otros ejemplos.

A final de cuentas, podemos decir que estamos siendo testigos de una nueva forma de hablar acerca de Dios, un dios que nada le pide al hombre, un dios que nada prohíbe. En la época de las protestas el lema era “prohibido prohibir”.  Hoy en día esta consigna mora en la nueva Iglesia, la Iglesia del Post-Concilio: “Prohibido hablar de un Dios que prohibe”. Ésta parece ser la divisa utilizada para re-programar a los católicos comprometidos, pero sobre todo al clero. Se busca tener un clero acogedor que no le recuerde a nadie de la urgencia de convertirse.  Hablar del castigo, de la penitencia y del temor de Dios están prohibidos. Dicen que la gente necesita de consolación para recuperar su confianza en la Iglesia, así que: ¡no prohiban nada!  Ése es el tedioso estribillo.

De una sola tajada se ha borrado la Sagrada Escritura en su totalidad. o sea todos los Evangelios y el Viejo Testamento.  Se habla de un dios que no encontramos en ninguna parte de la Revelación; de un dios tomado prestado del secularismo masónico, pero que no tiene parecido con pasaje alguno de los evangelios. Un dios que no indica al hombre el camino de la vida alejándose del pecado; sino un dios que tiene prisa por validar lo que los hombres hacen cuando están intoxicados por el pecado.

Además, los esfuerzos de la jerarquía parecen a veces querer controlar sólo a aquella parte de la Iglesia que se toma su tiempo proclamando a un Dios que aborrece y castiga el pecado para que el hombre corrija su camino y vuelva a una vida santa. El “prohibido hablar de un Dios que prohibe” se convierte en “Ya no queremos una Iglesia que prohíba.” En efecto ¿queda aún algo que se prohíba en nuestras parroquias e iglesias?

Debiéramos preguntarnos en qué estarán pensando los fieles y los sacerdotes cuando se proclama la Palabra de Dios en la Misa, cuando oyen a los profetas anunciar castigos de Dios e invitaciones a la conversión, cuando se menciona el fin de los tiempos en los Evangelios, el juicio final y el Glorioso retorno de Cristo.

Es precisamente en estos tiempos, en que ha habido tanta discusión en la iglesia sobre el diálogo con los judíos, que el Viejo Testamento ha sido de hecho enteramente censurado. Es un dios moderno el que está al centro de muchas iglesias, un dios burgués que bendice las preferencias licenciosas con tal de estar con los tiempos, un dios que ya no le pide a uno nada.

Sin embargo, toda esta falsedad ya ha sido castigada. Sí, porque un dios que no te pide nada es un dios que de hecho no existe.  Esto es cierto en las experiencias de vida de la gente ¿qué caso tiene un dios que le dice al hombre que siempre está bien?

Hemos cavado nuestras propias tumbas. El catolicismo modernizado ha cavado su propia tumba predicando un dios que es pura indulgencia; se ha transformado en un catolicismo agnóstico, el cual aun sin negar la existencia de Dios vive separado de Él, pues para la Iglesia Moderna Dios no se conoce. Si Dios me dice que siempre estoy bien, si Él bendice a priori lo que yo elija, si Dios coincide conmigo y con mi voluntad, entonces Él desaparece de mi vida. Ésa es la tragedia de la Iglesia Post Conciliar: que se está volviendo agnóstica.

Y ésta es la razón por la que en la Iglesia se oye hablar tanto del mundo y casi nunca de Dios.

Al experimentar la Navidad, recordémonos a nosotros mismos, en cambio, que Dios vino al mundo, se hizo hombre y nos ha mostrado su cara. Él ha hablado a lo largo de los siglos en el Nuevo y en el Viejo testamento y nos ha pedido que le obedezcamos. Por consiguiente, debemos hacerle caso.

La iglesia debe simplemente ser el eco fiel del Señor que nos habla.

Nuestro Deber en Tiempos de Persecución Religiosa

Nuestro Deber en Tiempos de Persecución Religiosa


Por Reverendo Padre Pierre de Clorivière

tomado de: http://www.sspxseminary.org/publications/rectors-letters-separator/rectors-letter/537.html

Traducido por Roberto Hope

Suponemos que algún día va a haber alguna interrupción de los males de esta revolución (suposición basada en el estudio de las Sagradas Escrituras). Pero debido a que el mal ha crecido a un punto tal que, sin una intervención maravillosa de Dios -- tan maravillosa que no hay ejemplo anterior de ella -- nuestro País nunca podría nuevamente levantarse, y debido a que esta interrupción no parece que vaya a suceder pronto, sino que habrá de ser concedida a tiempo para la conversión de los judíos y de los infieles, no hablaremos de esta interrupción como de algo incuestionable. Antes de proponer opinión alguna sobre este asunto, expondremos lo que parece ser apropiado para el caso de que no se restablezca un orden de cosas que sea favorable para la religión.

En tiempos de persecución menos violenta, pero durante los cuales la religión y quienes la profesan permanecen no obstante en un estado de opresión y sufrimiento, varias cosas son especialmente necesarias.

Para mantener entre el pueblo Cristiano el orden y la pureza de la fe y la uniformidad de comportamiento, y para lograr auxilio y consolación para los fieles, debe mantenerse el orden jerárquico. Este orden permite el apoyo y la propagación de la religión en un país, y es la principal contribución para restablecer el reino de Dios y la preservación de la fe de muchos. El celo de nuestros obispos les hará, de ser necesario, desdeñar el peligro y las inconveniencias de una vida de pobreza como la de los primeros discípulos de Jesucristo. Por su parte, los fieles por su amor a la religión y aun a riesgo de sus vidas, reconocerán su propia obligación de proveer para el sustento de la jerarquía con todo lo que sea necesario para el ejercicio de su ministerio pastoral.

Otro cuidado importante será el de proveer a esta infeliz nación con un número suficiente de sacerdotes, y no hay trabajo más esencial que el de dar a los candidatos al sacerdocio los medios para que se preparen perfectamente. Será necesario hacer todo lo posible por mantener el interés por la salvación de las almas, no sólo entre los clérigos sino también entre los fieles. Los cristianos, y especialmente los sacerdotes, deben estar preparados para sacrificarse por el bien espiritual de sus hermanos, especialmente cuando la necesidad es más urgente. Si no tienen el valor para hacer el sacrificio, se harán responsables ante Dios por la sucesión de males que, con un poco de interés, habrían atajado. Que todos los que se sientan más fuertemente atraídos a Dios se apresuren a mostrar este celo, pues los primeros en dar el ejemplo merecen una corona más gloriosa. Pero deben aspirar sólo a la gloria de Dios y estar preparados para sufrir. Su valor debe aumentar conforme los obstáculos se multipliquen, y deben encontrar su fuerza en el abandono total en la manos de Dios. Aquéllos que propondrían objetivos puramente humanos y que buscarían descansar no están aptos para la obra de Dios. Lo que se necesita son trabajadores que cuenten solamente con Dios y que, sin preocuparse de las cosas visibles, tengan sus ojos puestos constantemente en las cosas eternas. La empresa es muy grande y, tenga el éxito que tenga, podrá ser muy feliz sólo para aquéllos que se dediquen a ella. Y no basta trabajar para la generación presente, es también necesario pensar en las generaciones futuras para preparar los medios para la salvación de ellas.

Debemos insistentemente recomendar a los fieles que tengan cuidado constante en la educación de sus hijos. La preservación del depósito de fe depende de este cuidado, y sin él todos los demás cuidados serán inútiles. Este cuidado debe extenderse a todos los niños, de ambos sexos, desde una edad temprana hasta que estén enteramente formados.

Deben ser instruidos cabalmente acerca de las verdades y la evidencia de la religión cristiana, y no quedarse satisfechos con una instrucción rutinaria y superficial, como suele hacerse con demasiada frecuencia. Es necesario que los niños, de acuerdo con las capacidades de su edad y de su espíritu, sientan algo de la belleza, de lo sublime, de la admirable coherencia, y de la excelencia de todas las verdades cristianas, y que conciban lo deplorable que es la ceguera y la desventura de aquéllos que rechazan estas verdades para acoger mentiras. Todos aquéllos que, entre los fieles, tienen algún talento, no hallarán una mejor manera de emplearlo para el bien de la Religión y el agrado de DIos, que poniéndolo al servicio de la instrucción de los jóvenes, para inspirarlos con sentimientos cristianos que los preserven de la corrupción e incredulidad de nuestros tiempos.

Sería muy deseable que todos nosotros tuviéramos la misma forma de ver, hablar y comportarnos. Eso sería posible si todos permaneciéramos constantemente unidos a principios verdaderos, que no varían y son iguales para todo tipo de gente. Pero ¿cómo podemos esperar tal cosa, si desde los comienzos de la Iglesia San Pablo se quejaba de que aun entre los ministros del Evangelio, había muchos que se le oponían, que preferían sus propios intereses por encima de los de Jesucristo, y que adulteraban la palabra de Dios?

La debilidad, los sentimientos humanos, una falsa compasión, el ejemplo y el peso de la autoridad de personas que han caído en el error ellos mismos -- todos estos factores alejan a gran número de personas de los principios verdaderos y los conducen a desviaciones de las cuales les cuesta mucho trabajo apartarse.

Aquéllos que están de lleno en el camino de la verdad deben aguantar pacientemente a aquéllos que son engañados a fin de evitar romper la unidad, mientras la Iglesia no los haya condenado y su error no sea tal que lleve obviamente a las almas al abismo. Pero la condescendencia de los que siguen la verdad no puede llegar hasta transigir con doctrinas erróneas y perniciosas; deben tratar de apartar de ellas al mayor número posible de almas. Deben esparcir la luz verdadera, oponerse a mentiras y engaños, y todo esto en un espíritu de gentileza y caridad, con cuidado de exculpar al prójimo y de ser indulgente hacia aquéllos que muestren un deseo de volver a la verdad.

Los verdaderos principios son aquéllos que fueron enseñados siempre en la Iglesia Católica, aquéllos que se conforman con las doctrinas del Sumo Pontífice, aquéllos que están basados en razones sólidas y luminosas.

Aquéllos que no sostienen los principios verdaderos se dejan gobernar por sus propias debilidades, sus temores, o por ejemplos o decisiones acordes con sus inclinaciones naturales. El mal que resulta de ello es incalculable; son seducidos a hacer lo que es pernicioso y, sin quererlo, cooperan con los enemigos de la religión. Una conducta firme y valiente hubiera atajado el contagio, por lo menos parcialmente. La mayoría ha errado más por debilidad que por malicia. Recemos por que puedan admitir su error. Quisiéramos exculparlos tanto como fuera posible, y sería con gran alegría con que los viéramos reconsiderar sus pasos y les ayudáramos a reparar el daño que se han hecho a sí mismos y a los fieles por haberse alejado de la rectitud evangélica.

Que el pasado nos enseñe; el enemigo no cesará de ponernos trampas, uniendo el engaño a la violencia, a fin de turbar por seducción a aquéllos a quienes él perdió la expectativa de dominar por miedo. Convenzámonos de que el único medio de preservarnos de estos obstáculos es hacer una profesión abierta y valiente de nuestro apego a la religión, aceptando por adelantado todo el sufrimiento que esta profesión pudiera traernos, y hasta considerándolo un gran bien.

Virtudes necesarias en tiempos revueltos.
En una época en que la Iglesia no está menos confrontada por la furia de sus enemigos que en sus primeros años, se requiere una gran virtud en sus hijos, Una virtud mediocre no puede bastar para seguir siendo discípulos de Jesucristo; se necesitan de mayores gracias, mayores luces, en proporción a la multiplicación de los enemigos visibles e invisibles contra los cuales debe defenderse en todas partes. Como el objetivo que esos enemigos buscan es siempre perverso, estarían muy débiles para la conquista si no se armaran de mentiras. Hijos de la vieja serpiente, se enrollan en palabras que parecen inofensivas, y atrapan a los imprudentes en redes de ambigüedades. Aun así, se necesita gran discernimiento para reconocer, de entre aquéllos que gozan de alguna reputación de ciencia y de piedad, a aquéllos que deben ser consultados, qué grado de confianza merecen, y qué tan lejos podemos ir siguiendo su consejo. Por no haber hecho esto, muchos que han seguido ciegamente a guías ciegos han caído con ellos. Aun con relación a cosas que son abiertamente malas o falsas, podemos ser llevados al engaño por la autoridad personal de aquéllos que los apoyan o defienden, por el ejemplo de la mayoría o por miedo de hacernos demasiado notorios. Comenzamos por dudar: lo que antes nos parecía una verdad incuestionable ahora nos parece más problemática, acabamos adoptando lo que inicialmente nos horrorizaba.

Sólo la luz divina y una gran iluminación, una ayuda muy poderosa, puede protegernos contra esos peligros. Qué deberíamos hacer para obtener esa gran iluminación, esas fuertes y abundantes gracias? En épocas en que se clama la Justicia Divina por una magnitud desbordante de crímenes, debemos, conforme a las reglas de equidad, hacer nuestra parte por satisfacer su Justicia Divina, y no podemos esperar que Dios nos distinga por los efectos particulares de su misericordia, si no nos distinguimos por una fidelidad más generosa en servicio Suyo.

Debemos excitarnos por la gloria de Dios y la caridad hacia el prójimo. Tener una virtud que sólo sea común pudiera bastar para salvarnos a nosotros mismos, pero no salvaremos a otros. Es necesario adquirir mayor mérito ante Dios mediante una vida más santa, por el peso que el entusiasmo y la confianza darán a nuestras oraciones, y atraer la misericordia de Dios por medio de un desdeño generoso del tipo de vida y de todo lo que el mundo busca. Un acto de ardor de Phineas obtuvo el perdón para su pueblo; Aaron, con incensario en mano, detuvo la venganza divina; cinco hombres justos habrían salvado a Sodoma.

Ciertas virtudes son necesarias más particularmente en tiempos de persecución, para vivirlos sin debilitarnos. Primera de todas es la pobreza de espíritu tan recomendada por los Santos Evangelios. Aun cuando desprenderse de corazón de las cosas de este mundo es requerido de todos los cristianos, hay circunstancias en que se hace necesaria la renuncia. Esto era muy frecuente en los primeros tiempos de la Iglesia, cuando se amenazaba a los fieles con perder sus bienes y ser reducidos a la indigencia si no adoraban a los ídolos. Vivimos en una época en que el espíritu de pobreza será más necesario de lo que ha sido en muchos siglos. La razón es obvia, ya hemos visto el comienzo de los sacrificios necesarios. Pero, por otra parte ¿cuántos llamados cristianos han seguido la bandera de la impiedad por temor a pérdidas temporales, por el amor a sus bienes que reina en sus corazones? Es por lo tanto muy necesario mantener un desprecio sincero por estos bienes que no hacen a un hombre más grande; poseer estos bienes sin apego, que requiere que nos ejercitemos en privarnos de ellos; usar estos bienes con sobriedad y sin hacernos esclavos de la comodidad que nos proporcionan; saber cómo cuidarlos con esmero pero sin ansiedad, y estar preparados para separarnos de ellos sin lamentarlo. Estos bienes son como la lana del borrego, de la cual es bueno que se le descargue cuando se hace demasiado pesada. Para el cristiano que entiende y acepta el tesoro de la pobreza evangélica el mundo no posee los mismos peligros y, cuando es tentado, obtendrá victorias gloriosas.