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sábado, 3 de enero de 2015

Nuestro Deber en Tiempos de Persecución Religiosa


Por Reverendo Padre Pierre de Clorivière

tomado de: http://www.sspxseminary.org/publications/rectors-letters-separator/rectors-letter/537.html

Traducido por Roberto Hope

Suponemos que algún día va a haber alguna interrupción de los males de esta revolución (suposición basada en el estudio de las Sagradas Escrituras). Pero debido a que el mal ha crecido a un punto tal que, sin una intervención maravillosa de Dios -- tan maravillosa que no hay ejemplo anterior de ella -- nuestro País nunca podría nuevamente levantarse, y debido a que esta interrupción no parece que vaya a suceder pronto, sino que habrá de ser concedida a tiempo para la conversión de los judíos y de los infieles, no hablaremos de esta interrupción como de algo incuestionable. Antes de proponer opinión alguna sobre este asunto, expondremos lo que parece ser apropiado para el caso de que no se restablezca un orden de cosas que sea favorable para la religión.

En tiempos de persecución menos violenta, pero durante los cuales la religión y quienes la profesan permanecen no obstante en un estado de opresión y sufrimiento, varias cosas son especialmente necesarias.

Para mantener entre el pueblo Cristiano el orden y la pureza de la fe y la uniformidad de comportamiento, y para lograr auxilio y consolación para los fieles, debe mantenerse el orden jerárquico. Este orden permite el apoyo y la propagación de la religión en un país, y es la principal contribución para restablecer el reino de Dios y la preservación de la fe de muchos. El celo de nuestros obispos les hará, de ser necesario, desdeñar el peligro y las inconveniencias de una vida de pobreza como la de los primeros discípulos de Jesucristo. Por su parte, los fieles por su amor a la religión y aun a riesgo de sus vidas, reconocerán su propia obligación de proveer para el sustento de la jerarquía con todo lo que sea necesario para el ejercicio de su ministerio pastoral.

Otro cuidado importante será el de proveer a esta infeliz nación con un número suficiente de sacerdotes, y no hay trabajo más esencial que el de dar a los candidatos al sacerdocio los medios para que se preparen perfectamente. Será necesario hacer todo lo posible por mantener el interés por la salvación de las almas, no sólo entre los clérigos sino también entre los fieles. Los cristianos, y especialmente los sacerdotes, deben estar preparados para sacrificarse por el bien espiritual de sus hermanos, especialmente cuando la necesidad es más urgente. Si no tienen el valor para hacer el sacrificio, se harán responsables ante Dios por la sucesión de males que, con un poco de interés, habrían atajado. Que todos los que se sientan más fuertemente atraídos a Dios se apresuren a mostrar este celo, pues los primeros en dar el ejemplo merecen una corona más gloriosa. Pero deben aspirar sólo a la gloria de Dios y estar preparados para sufrir. Su valor debe aumentar conforme los obstáculos se multipliquen, y deben encontrar su fuerza en el abandono total en la manos de Dios. Aquéllos que propondrían objetivos puramente humanos y que buscarían descansar no están aptos para la obra de Dios. Lo que se necesita son trabajadores que cuenten solamente con Dios y que, sin preocuparse de las cosas visibles, tengan sus ojos puestos constantemente en las cosas eternas. La empresa es muy grande y, tenga el éxito que tenga, podrá ser muy feliz sólo para aquéllos que se dediquen a ella. Y no basta trabajar para la generación presente, es también necesario pensar en las generaciones futuras para preparar los medios para la salvación de ellas.

Debemos insistentemente recomendar a los fieles que tengan cuidado constante en la educación de sus hijos. La preservación del depósito de fe depende de este cuidado, y sin él todos los demás cuidados serán inútiles. Este cuidado debe extenderse a todos los niños, de ambos sexos, desde una edad temprana hasta que estén enteramente formados.

Deben ser instruidos cabalmente acerca de las verdades y la evidencia de la religión cristiana, y no quedarse satisfechos con una instrucción rutinaria y superficial, como suele hacerse con demasiada frecuencia. Es necesario que los niños, de acuerdo con las capacidades de su edad y de su espíritu, sientan algo de la belleza, de lo sublime, de la admirable coherencia, y de la excelencia de todas las verdades cristianas, y que conciban lo deplorable que es la ceguera y la desventura de aquéllos que rechazan estas verdades para acoger mentiras. Todos aquéllos que, entre los fieles, tienen algún talento, no hallarán una mejor manera de emplearlo para el bien de la Religión y el agrado de DIos, que poniéndolo al servicio de la instrucción de los jóvenes, para inspirarlos con sentimientos cristianos que los preserven de la corrupción e incredulidad de nuestros tiempos.

Sería muy deseable que todos nosotros tuviéramos la misma forma de ver, hablar y comportarnos. Eso sería posible si todos permaneciéramos constantemente unidos a principios verdaderos, que no varían y son iguales para todo tipo de gente. Pero ¿cómo podemos esperar tal cosa, si desde los comienzos de la Iglesia San Pablo se quejaba de que aun entre los ministros del Evangelio, había muchos que se le oponían, que preferían sus propios intereses por encima de los de Jesucristo, y que adulteraban la palabra de Dios?

La debilidad, los sentimientos humanos, una falsa compasión, el ejemplo y el peso de la autoridad de personas que han caído en el error ellos mismos -- todos estos factores alejan a gran número de personas de los principios verdaderos y los conducen a desviaciones de las cuales les cuesta mucho trabajo apartarse.

Aquéllos que están de lleno en el camino de la verdad deben aguantar pacientemente a aquéllos que son engañados a fin de evitar romper la unidad, mientras la Iglesia no los haya condenado y su error no sea tal que lleve obviamente a las almas al abismo. Pero la condescendencia de los que siguen la verdad no puede llegar hasta transigir con doctrinas erróneas y perniciosas; deben tratar de apartar de ellas al mayor número posible de almas. Deben esparcir la luz verdadera, oponerse a mentiras y engaños, y todo esto en un espíritu de gentileza y caridad, con cuidado de exculpar al prójimo y de ser indulgente hacia aquéllos que muestren un deseo de volver a la verdad.

Los verdaderos principios son aquéllos que fueron enseñados siempre en la Iglesia Católica, aquéllos que se conforman con las doctrinas del Sumo Pontífice, aquéllos que están basados en razones sólidas y luminosas.

Aquéllos que no sostienen los principios verdaderos se dejan gobernar por sus propias debilidades, sus temores, o por ejemplos o decisiones acordes con sus inclinaciones naturales. El mal que resulta de ello es incalculable; son seducidos a hacer lo que es pernicioso y, sin quererlo, cooperan con los enemigos de la religión. Una conducta firme y valiente hubiera atajado el contagio, por lo menos parcialmente. La mayoría ha errado más por debilidad que por malicia. Recemos por que puedan admitir su error. Quisiéramos exculparlos tanto como fuera posible, y sería con gran alegría con que los viéramos reconsiderar sus pasos y les ayudáramos a reparar el daño que se han hecho a sí mismos y a los fieles por haberse alejado de la rectitud evangélica.

Que el pasado nos enseñe; el enemigo no cesará de ponernos trampas, uniendo el engaño a la violencia, a fin de turbar por seducción a aquéllos a quienes él perdió la expectativa de dominar por miedo. Convenzámonos de que el único medio de preservarnos de estos obstáculos es hacer una profesión abierta y valiente de nuestro apego a la religión, aceptando por adelantado todo el sufrimiento que esta profesión pudiera traernos, y hasta considerándolo un gran bien.

Virtudes necesarias en tiempos revueltos.
En una época en que la Iglesia no está menos confrontada por la furia de sus enemigos que en sus primeros años, se requiere una gran virtud en sus hijos, Una virtud mediocre no puede bastar para seguir siendo discípulos de Jesucristo; se necesitan de mayores gracias, mayores luces, en proporción a la multiplicación de los enemigos visibles e invisibles contra los cuales debe defenderse en todas partes. Como el objetivo que esos enemigos buscan es siempre perverso, estarían muy débiles para la conquista si no se armaran de mentiras. Hijos de la vieja serpiente, se enrollan en palabras que parecen inofensivas, y atrapan a los imprudentes en redes de ambigüedades. Aun así, se necesita gran discernimiento para reconocer, de entre aquéllos que gozan de alguna reputación de ciencia y de piedad, a aquéllos que deben ser consultados, qué grado de confianza merecen, y qué tan lejos podemos ir siguiendo su consejo. Por no haber hecho esto, muchos que han seguido ciegamente a guías ciegos han caído con ellos. Aun con relación a cosas que son abiertamente malas o falsas, podemos ser llevados al engaño por la autoridad personal de aquéllos que los apoyan o defienden, por el ejemplo de la mayoría o por miedo de hacernos demasiado notorios. Comenzamos por dudar: lo que antes nos parecía una verdad incuestionable ahora nos parece más problemática, acabamos adoptando lo que inicialmente nos horrorizaba.

Sólo la luz divina y una gran iluminación, una ayuda muy poderosa, puede protegernos contra esos peligros. Qué deberíamos hacer para obtener esa gran iluminación, esas fuertes y abundantes gracias? En épocas en que se clama la Justicia Divina por una magnitud desbordante de crímenes, debemos, conforme a las reglas de equidad, hacer nuestra parte por satisfacer su Justicia Divina, y no podemos esperar que Dios nos distinga por los efectos particulares de su misericordia, si no nos distinguimos por una fidelidad más generosa en servicio Suyo.

Debemos excitarnos por la gloria de Dios y la caridad hacia el prójimo. Tener una virtud que sólo sea común pudiera bastar para salvarnos a nosotros mismos, pero no salvaremos a otros. Es necesario adquirir mayor mérito ante Dios mediante una vida más santa, por el peso que el entusiasmo y la confianza darán a nuestras oraciones, y atraer la misericordia de Dios por medio de un desdeño generoso del tipo de vida y de todo lo que el mundo busca. Un acto de ardor de Phineas obtuvo el perdón para su pueblo; Aaron, con incensario en mano, detuvo la venganza divina; cinco hombres justos habrían salvado a Sodoma.

Ciertas virtudes son necesarias más particularmente en tiempos de persecución, para vivirlos sin debilitarnos. Primera de todas es la pobreza de espíritu tan recomendada por los Santos Evangelios. Aun cuando desprenderse de corazón de las cosas de este mundo es requerido de todos los cristianos, hay circunstancias en que se hace necesaria la renuncia. Esto era muy frecuente en los primeros tiempos de la Iglesia, cuando se amenazaba a los fieles con perder sus bienes y ser reducidos a la indigencia si no adoraban a los ídolos. Vivimos en una época en que el espíritu de pobreza será más necesario de lo que ha sido en muchos siglos. La razón es obvia, ya hemos visto el comienzo de los sacrificios necesarios. Pero, por otra parte ¿cuántos llamados cristianos han seguido la bandera de la impiedad por temor a pérdidas temporales, por el amor a sus bienes que reina en sus corazones? Es por lo tanto muy necesario mantener un desprecio sincero por estos bienes que no hacen a un hombre más grande; poseer estos bienes sin apego, que requiere que nos ejercitemos en privarnos de ellos; usar estos bienes con sobriedad y sin hacernos esclavos de la comodidad que nos proporcionan; saber cómo cuidarlos con esmero pero sin ansiedad, y estar preparados para separarnos de ellos sin lamentarlo. Estos bienes son como la lana del borrego, de la cual es bueno que se le descargue cuando se hace demasiado pesada. Para el cristiano que entiende y acepta el tesoro de la pobreza evangélica el mundo no posee los mismos peligros y, cuando es tentado, obtendrá victorias gloriosas.

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