domingo, 5 de junio de 2016

¿Es usted marxista?

¿Es usted marxista?

Por Joseph Sobran (1946-2010)
(Columna publicada originalmente por United Press Syndicate el 28 de abril de 1998)
Traducido del inglés por Roberto Hope

Para mi horror, consternación y pena, un prominente erudito shakespearano se refirió recientemente a los “neo-marxistas” que abundan en los departamentos de letras inglesas de nuestras universidades. No estaba criticando a esos letrados; por el contrario, los llamó “hombres y mujeres de la más alta independencia de criterio”

Es curioso cómo puede eximirse uno mismo de los crímenes del marxismo, simplemente agregando el prefijo “neo”. A un neo-nazi no se le considera generalmente que lleve una forma de vida más elevada que la de un nazi común y corriente de los de antes, pero un neo-marxista supuestamente no tiene relación alguna con los personajes que dieron al mundo el gulag, los campos de re-educación, y los extensos cementerios clandestinos de Siberia, China y Camboya,

Lo que es peor, al Marx original se le está honrando con una elegante nueva edición del Manifiesto Comunista, que ya ha cumplido 150 años. De manera que Marx es bueno y los neo-marxistas también. Fueron sólo aquéllos que gobernaron países en nombre de Marx los que fueron malos ¿ve usted?  Lenin, Stalin, Mao, Castro, Pol Pot y el resto de esos bárbaros “traicionaron” a Marx.

¿Habrá algo en las ideas de Marx que las hace especialmente susceptibles a “traición”? Esta es la pregunta que se supone que usted no debe hacer, pues la respuesta es tan obvia. Cuando una idea es “traicionada” cada vez que es puesta en práctica, la falla no está solamente en quienes la ponen en práctica.

Nunca ha habido un régimen comunista que sea humano.

El marxismo es inheretemente totalitario. No le reconoce límites morales al estado. Es la ideología más conveniente para quienes aspiran a ser tiranos; también conserva su atractivo ante los intelectuales, que han probado ser igualmente hábiles para racionalizar los abusos de poder y exculparse a sí mismos.

Si los tiranos hubieran realmente “traicionado” a Marx, habría usted esperado que los marxistas de hueso colorado hubieran estado velando nerviosamente contra los déspotas pseudo-marxistas. Pero nunca lo están. Siempre están dispuestos a dar su confianza a todo nuevo gobernante que obre en el santo nombre del marxismo.

La ideología que tuvo más éxito en el siglo XX niega todo elemento divino en el hombre y en el universo, que amerite modestia por parte del estado. Eso significó que se acabó la vida privada. La gente era castigada por sus pensamientos ― aun por pensamientos que todavía no manifestaban, pero que los gobernantes marxistas podían predecir que esa gente iría a tener en virtud de la clase social a la que pertenecían. (El socialismo “científico” no necesitaba esperar a que realmente hubieran cometido esos “crímenes”, ni siquiera los “crímenes” de pensamiento,)

Ya quedan pocos marxistas de corazón, y no muchos “neo-marxistas”. Pero el estilo marxista ha dejado su huella en la política liberal de Occidente, especialmente en el campo de los “derechos civiles”. La peculiaridad de los “derechos civiles” y su legislación respectiva (por ejemplo aquélla contra los “crímenes de odio”) es que criminalizan los motivos en vez de los actos.

Lo peculiar de estas leyes radica en esto: Usted gozará de los derechos tradicionales de propiedad y de asociación, siempre y cuando no los ejerza con motivos prohibidos. Usted puede emplear o rehusarse a emplear a quien usted quiera, siempre y cuando la raza o el sexo del candidato a empleo no sean su consideración principal.

Pero ya que quienes “discriminan” en las formas vedadas nunca van a admitir sus motivos verdaderos, el estado sólo puede juzgar sus motivos por los resultados que observe, o  sea por patrones estadísticos. De la misma manera, la única forma que uno puede evitar ser acusado de “discriminación” es asegurándose de emplear un número suficiente de “mujeres y minorías”, aun cuando tenga uno que pasar por alto a algunos varones blancos que uno considere más adecuados por sus méritos.

En otras palabras, la única forma de evitar ser acusado de discriminar es discriminando.

Los conservadores que aún piensan que se pueden tener “derechos civiles” sin que el gobierno establezca cuotas se engañan a sí mismos. Esos “derechos civiles” son esencialmente diferentes de los derechos civiles como se les concebía antiguamente, pues lejos de constituir límites sobre lo que puede hacer el estado, autorizan nuevas potestades de intrusión al estado.

Tarde o temprano, ambos, el ciudadano y el estado, deben apoyarse en cuotas como evidencia de cumplimiento, o prescribirlas como “remedio”.

Le debemos a Marx la suposición general de que todo es asunto del estado, y que aun la privacidad es algo que puede existir sólo por gracia del permiso un tanto sospechoso del estado.

Puede decirse que una idea ha triunfado cuando la gente ya deja de percatarse de que existe una alternativa a ella. Como el personaje de Moliere, que descubre haber estado hablando en prosa, sin saberlo, durante 40 años, muchos de nuestros políticos han estado practicando el marxismo toda su vida sin darse cuenta de ello.

1 comentario:

  1. Evidencia del resabio de marxismo que subsiste en nuestro país, vapuleado por la revolución marxista secretamente impulsada por Trotzky, financiada por la banca internacional y apoyada poco discretamente por los Estados Unidos, es la iniciativa enviada por Peña Nieto, de modificar nuestra constitución para que reconozca el "derecho humano" al "matrimonio" homosexual como uno protegido por la ley. De aprobarse, las consecuencias serán las mismas que observa Sobran: El estado mexicano interferirá aun más en la vida privada de los ciudadanos, hará obligatoria la educación con perspectiva de género y destruirá aun más lo poco que nos queda de civilización cristiana.

    Debemos oponernos enérgicamente a esta perniciosa iniciativa.

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