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domingo, 27 de abril de 2014

Breves comentarios morales sobre la economía

Las reflexiones siguientes nos sirvan para juzgar moralmente la situación económica actual del mundo y para distinguir entre el deseo natural de satisfacer las necesidades corporales y el deseo desordenado de riqueza.

Extraido del libro The Kingship of Christ According to the Principles of St. Thomas Aquinas (El Reinado de Cristo de Acuerdo don los Principios de Santo Tomás de Aquino) por el padre Denis Fahey

Traducido por Roberto Hope

En su tratado sobre el gobierno civil (De Regimine Principum) Santo Tomás de Aquino señala que “dos cosas son necesarias para una vida buena. El requisito principal es el actuar virtuo­so... El otro requisito, que es secundario y casi instrumental en su carácter, es contar con una suficien­cia de bienes materiales cuya utilización es necesaria para un actuar virtuoso.” El hombre está compuesto de cuerpo y alma. Consecuentemente, a fin de que la multitud de los hom­bres o, dicho de otra forma, el hombre promedio, pueda vivir una vida virtuosa sin verse obli­gado a ser heróico, deben proveerse las necesidades del cuerpo de una manera adecuada.

Ahora bien “la riqueza natural es aquélla que sirve al hombre como remedio para sus necesi­dades naturales: tales como alimento, bebida, vestido, transporte y vivienda y otras semejan­tes. La riqueza artificial es aquélla que no constituye un auxilio directo a la natu­raleza: como, por ejemplo, el dinero. Éste último ha sido inventado por el arte del hom­bre para facilitar el intercambio y como una medida para las cosas que pueden ser vendi­das” El dinero, por lo tanto, como un medio de cambio tiene el propósito de facilitar el que los hom­bres puedan obte­ner los bienes materiales suficientes, o sea la riqueza natural, para satisfa­cer las necesi­da­des del cuerpo, a fin de que el alma quede libre para la contemplación. Es claro, por lo tanto, que la manipulación del dinero o riqueza simbólica puede volverse un terri­ble instru­mento en las manos de los adversarios del Mesías sobrenatural y de la vida sobre­natural que Él confie­re, obstaculizando en vez de facilitar el intercambio. “El deseo de riquezas naturales es limi­tado, pues para la naturaleza bastan en una cierta medida; pero el deseo de riqueza artifi­cial es ilimitado, pues ésta es servidora de la concupiscencia desor­denada.” El deseo de poder y de controlar, gracias al dominio de la riqueza artificial es esa concupiscencia des­orde­nada.


Deben hacerse esfuerzos, por lo tanto, para lograr una organización de la sociedad en la que la vida de la gente no quede subordinada a, ni a merced de, las operaciones en la bolsa de valores o de los golpes financieros de unos pocos. Ya en la gran Encíclica Rerum Novarum, del 15 de mayo de 1891, el Papa León XIII había aludido a los estragos que causa la usura: “Pues los antiguos gremios de artesanos fueron abolidos en el siglo pasado y ninguna orga­nización tomó su lugar. Las instituciones públicas y las mismas leyes han hecho a un lado a la religión ancestral. Así, gradualmente, ha sucedido que los trabajadores han sido entrega­dos, aislados y desamparados, a la dureza de corazón de los patronos y a la codicia de la competencia sin control. El daño se ha aumentado por la rapaz usura, la cual, aun cuando ha sido condenada por la Iglesia más de una vez, sigue no obstante practicándose, aunque bajo una forma diferente pero con la misma injusticia, por hombres avaros y codiciosos. A esto debe agregársele.... la concentración de tantas ramas del comercio en manos de unos pocos individuos, de manera que un pequeño número de hombres muy ricos han podido uncir sobre las masas multitudinarias de los pobres trabajadores un yugo poco mejor que el de la misma esclavitud”

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