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miércoles, 31 de diciembre de 2014

Carta Pastoral de Navidad 

del Arzobispo Patrick Joseph Hayes (1921)

Esta carta pastoral fue escrita en 1921 por quien fuera entonces Arzobispo de Nueva York, tres años después de que termi­nara la Primera Guerra Mundial. Tan aplicable era entonces para el pueblo y el ambiente norteamericano de aquella época como lo es ahora para nosotros en las circunstancias en que vivimos.

Traducida del inglés por Roberto Hope

Amados fieles y miembros del Clero:

Llega de nuevo la Navidad para bendecirnos con gracia celestial e iluminar con esperanza eterna nues­tro recorrido por este valle de lágrimas. El valle en muchos aspectos jamás fue tan desalentador como ahora ni las lágrimas menos amargas. El progreso material del mundo, rico en poder y prome­sa hace unos cuantos años, lamentablemente no ha podido, en la hora de necesidad suprema, resis­tir la presión de la terrible aflicción de la guerra. Andamos buscando a tientas contra la pared, como lo dice el Profeta Isaías, -- y "como ciegos hemos tropezado, como si no tuviéramos ojos; al mediodía como si fuera de noche" (Is. 59:10). La luz y la fuerza divinas han estado siempre a nuestro lado, pero el hombre nada quiere de eso. Siendo ley y guía de sí mismo, ha estado tambaleándose en vano en busca de paz y de una solución para los terribles problemas mundiales. Aunque Dios ha castigado a los hijos de los hombres con un flagelo de su propia hechura, Él aún nos quiere con amor infinito y nos confortaría con una compasión que lo perdona todo y que lo sana todo.

Sobre las cenizas de la guerra, sobre los sufrimientos de la humanidad, sobre la aflicción de las na­ciones, aparece en el horizonte del mundo, con su excelsa Madre y su humilde Padre Adoptivo, el Niño Divino de los tiempos de la profecía y de la consumación -- la "Llave de David y Cetro de la Ca­sa de Israel, que abre y nadie puede cerrar, cierra y nadie puede abrir, que viene a librar a los cauti­vos que viven en tinieblas y en sombras de muerte!". Jesús, María y José traen a Belén --cielo estre­llado y montes dormidos; los pastores y las ovejas; las vigilias pacientes y el silencio sobrecogedor de la noche; la obscuridad de la tierra y la luz del Cielo; el canto de los Ángeles y la estrella de los Reyes Magos; la posada tibia y acogedora y el incómodo e inhóspito establo; el buey y el burro; la paja del pesebre y el piso tosco y frío de la cueva; y el oro, incienso y mirra de Saba con los dromedarios de Madian y Epha.

En todo el panorama de Belén que así se desplegaba, lo único que había sido hecho por la mano del hombre y no por Dios, era la posada que se rehusó a abrigar al Niño. La cueva-establo ha sido teni­da en honor bendito desde entonces; la posada, en condenación perenne. Nadie sabe ahora dónde estaba la posada ni cómo se llamaba el mezquino posadero. Sin embargo, en esa noche celestial, fueron los muchos quienes anduvieron el camino a la posada para lograr una comodidad corporal y un placer pasajero; sólo los pocos, guiados por ángeles e inspirados por la gracia, buscaron el esta­blo, y contemplaron la maravillosa revelación de Emmanuel, Dios con nosotros, Señor de los Seño­res, Príncipe de la Paz; el Salvador de la humanidad.

Nada malo tiene el bello mundo hecho por Dios -- el universo creado y formado con Sus manos. Sólo el mundo de orgullo, lujuria y egoísmo creado por el hombre y extraño a Dios, ha sido juzgado y halla­do deficiente tanto por el Cielo como por la tierra. Para redimirnos de la esclavitud del pecado, nues­tro Padre Celestial nos envía, no las plagas de Egipto para afligirnos, sino a su propio Hijo Amado, el Niño de Belén, "para la caída y resurrección de muchos en Israel y por una señal que será contradi­cha" (San Lucas, II,34).

En esa noche santa en Belén una nueva norma espiritual y sublime de vida, pensamiento y acción fue dada a los hombres para guiarlos hasta el fin de los tiempos. La Sagrada Familia se volvió el ideal, la ley y la copia de la infancia, de la femineidad, del deber de los padres, del cuidado del hogar y de la dignidad del trabajo. La inocencia en los niños, la pureza en las mujeres, la castidad en los hombres, la pobreza, el trabajo honesto, el estado humilde, la obediencia y la paciencia fueron abrazados, san­tificados y enseñados por Dios Mismo como algo precioso y esencial para nuestro bien aquí y en la vida futura. Las riquezas, el honor mundano, la posición exaltada, el amplio conocimiento y el éxito, --laudables cuando son buscados, logrados y usados con recta razón -- son todos secundarios, inne­cesarios y con frecuencia peligrosos en el plan de Dios, para seguir a Cristo y salvar nuestras almas inmortales.

Consideremos primero al Niño. Cristo, el Hijo de Dios, llegando al mundo como un bebé, le ha dado al nacimiento humano una sacralidad que impulsa a los ángeles a darle reverencia. En el Cielo Él te­nía a su padre eterno pero no una madre; en la tierra tendría una madre pero no un padre carnal. El Cristo Niño no detuvo Su venida a esta vida mortal, por su madre ser pobre y faltarle techo y provisio­nes para el día de mañana. Sabía que su Padre Celestial, que cuida de los lirios del campo y de las aves del cielo, ama a los hijos de los hombres más que a aquéllos. Los niños vienen del Cielo porque Dios así lo quiere. Él solo tiene el derecho de detener su venida en tanto que bendice algunos hoga­res con muchos hijos y a otros con pocos o con ninguno. Vienen de la manera única que ordena Su sabiduría. Pobres de aquéllos que degradan, pervierten o violentan la ley de la naturaleza como la fijó por decreto eterno el Mismo Dios. Aun cuando algún angelito de carne y hueso, por deforma­ción moral, física o mental de los padres, puede a los ojos humanos parecer horrendo, contrahe­cho, una mancha para la sociedad civilizada, no debemos perder de vista este pensamiento cristiano de que debajo y dentro de esta malformación visible vive un alma inmortal que debe ser salvada y glorificada por toda la eternidad entre los Benditos del Cielo.

Atroz es el pecado cometido contra el acto creador de Dios, quien por medio del contrato de matrimo­nio invita a hombre y mujer a cooperar con Él en la propagación de la familia humana. Tomar una vida después de que se ha iniciado es un crimen horrible; pero prevenir una vida humana que el Creador está por darle existencia es satánico. En el primer caso el cuerpo es muerto, mientras que el alma subsiste; en el último, no sólo a un cuerpo sino a un alma inmortal se le niega la existencia en el tiem­po y en la eternidad. Ha quedado reservado a nuestra época el ver que desvergonzadamente se abogue por la legalización de cosa tan diabólica (En 1965, la Suprema Corte de los Estados Unidos declaró inconstitucio­nal una ley del Estado de Connecticut que prohibía el uso de anticonceptivos, y en 1973 las leyes que penalizaban el aborto. N del T.)

En el nombre del Niño de Belén, cuya ley ustedes padres y madres aman y obedecen, cierren sus oí­dos a esa filosofía pagana, merecedora de un Herodes, la cual, desconociendo la revelación y aun la sabiduría humana se coloca por encima de la ley y de los antiguos profetas en la Antigua y en la Nue­va Alianza, de la cual el Niño Jesús es el principio, la unión y el fin. Mantengan alejados del santuario de sus hogares cristianos, como lo harían con un espíritu maligno, la literatura que trate de esta obs­cena abominación. No pequen ustedes contra los niños quienes, después de todo, son el más noble estímulo y protección del afecto y fidelidad marital, y de la continencia.

El niño de Belén viene a restaurar la reverencia por los padres -- tan necesitada hoy en día como la reverencia por la infancia. Si la autoridad paternal está rápidamente desapareciendo es porque los padres han fallado en su reverencia a, y orientación de los niños de acuerdo con normas espirituales. Sus propios hijos se han vuelto contra ellos en castigo. Descuidando la ley de Dios por sus vidas irre­ligiosas o indulgentes, los padres han perdido en un grado alarmante, la autoridad dada por Dios, so­bre su prole, quienes en párvulos y en el colegio, en los deportes y en la sociedad, en la literatura y en el arte, ven, oyen, hablan y, con demasiada frecuencia, viven una libertad de pensamiento y acción que no conoce las convenciones ni las restricciones morales de una sociedad cristiana. Para que los padres gobiernen con sabiduría, deben ellos obedecer reverentemente la superior ley de Dios y con el ejemplo y por precepto enseñar a sus hijos cuán elemental es en la vida el deber de obedecer a la autoridad, Divina y humana, civil y doméstica. No sólo la Iglesia, sino hombres y mujeres juiciosos, líderes en muchos ámbitos de la vida, están lamentando el espíritu deplorable y rebelde de nuestra juventud contra las restricciones del hogar y de la vida familiar. No está en el poder del temor humano ni del propio interés egoísta el lograr la obediencia, excepto que sea un servilismo en el que no puede confiarse para construir el carácter. El único motivo elevado que hay para inspirar reverencia y obe­diencia es la propia obediencia de Cristo a María y a José: a ellos, criaturas de su propia Mano, el Creador y Señor del Universo se sujetaba voluntariamente en Belén y en Nazareth.

Nuestro Santo Padre, el Papa Benedicto XV, en el Motu Proprio sobre San José, toca una nota so­lemne: "La santidad de la fidelidad conyugal y el respeto a la autoridad paterna han sido gravemente transgredidos por muchos durante la guerra; la lejanía entre los esposos ha servido para relajar el vínculo de unión que uno le debe al otro, y la ausencia del ojo vigilante dio lugar a una conducta más libre y más indulgente, más particularmente entre los miembros más jóvenes del sexo femenino." La Navidad es un llamado Divino para las mujeres. La Virgen Madre es puesta por Dios ante todas las mujeres como un ejemplo de pureza, devoción y deber. Todo su ser está consagrado al excelso oficio de la maternidad. Cristo no solamente habría de ser un niño, sino que habría de tener una madre -- y una madre inmaculada, para que el hombre pudiera conocer el designio que Dios tiene con relación al lu­gar de la mujer en el mundo. La Providencia ordenó que la propia Madre de Dios, carente de rique­za, fama y prestigio social, no tuviera distracciones en su maternidad, excepto el templo y el hogar. La sublime simplicidad de la misión de la mujer ya pasó de moda. Las eternas cotidianidades de for­mar un hogar meciendo la cuna, preparando la comida, cosiendo, haciendo alegre el hogar, enseñan­do a los niños a orar reverentemente y a vivir la vida justa son más vitales para el bien permanente de la sociedad y de la nación que la más sabia legislación concebible para contrarrestar los peligros de la nueva libertad e incierta aventura de la mujer, que puede dejar una estela de cunas vacías y de co­munidades sin hogares.

Otra lección cristiana que el mundo necesita aprender es la ley de Dios contra el divorcio, El evange­lio cuenta de la dura prueba de María cuando José, su esposo, siendo un hombre justo, había resuel­to repudiarla en privado, pero a él se le apareció en sus sueños un ángel del Señor, quien diciéndole que lo engendrado en María era obra del Espíritu Santo, previno que lo llevara a cabo (Mateo 1,19 y 20). El divorcio se ha convertido en un flagelo nacional y el mal está propagándose. Verdaderamente es un trastorno mortal de nuestro ente político, sin mencionar el daño moral y espiritual que producen los hogares deshechos, los corazones rotos, las almas desgarradas, los hijos abandonados y las uniones ilícitas.

Desastrosa más allá de lo que es posible describir es la condición en que las mujeres miden su vida, no por el número de su prole sino por su número de maridos. La Roma pagana, en la cúspide de su poderío imperial, con un mundo conquistado que pagaba tributo a los Césares, selló de una manera lenta pero segura su propia ruina. Ningún enemigo probó ser tan terrible como su corrupción interna. El divorcio extendido desacralizó el santuario de la familia con la consecuente degradación de la mu­jer. Las fuerzas edificantes del imperio fueron debilitadas por la ponzoña moral que la sociedad Ro­mana absorbió en sus partes más vitales y no tomó medidas para expulsar. Cuando esto pasa en el cuerpo humano lo que sigue es la muerte.

Agradezcamos al Padre Celestial las valientes mujeres que todos conocemos --y son legión-- quienes con los ideales más elevados de maternidad y de fidelidad conyugal llevan adelante heróicamente el honor de la familia. Ni lo alto ni lo bajo, ni la tristeza ni el dolor, ni el pecado del marido ni la ingratitud de los hijos, ni las privaciones ni los quebrantos, ni la oportunidad del confort ni la atracción del placer pueden tentar a estas nobles mujeres a eludir su deber o desbaratar su hogar. Silenciosamente, pa­cientemente, alegremente, y santamente se consumen y son consumidas por el bien temporal y espi­ritual de sus hijos, cuerpo de su cuerpo y sangre de su sangre. María, la Madre de Cristo, fortalece con la gracia y fortitud del Cielo a estas admirables mujeres, que son una de las más sagradas bendi­ciones de esta tierra.

Como Nuestro Salvador, el hijo único del Padre Eterno, se dignó a ser llamado el "Hijo del Carpinte­ro," y como María, la Madre de Cristo, se regocijaba de que se le conociera como la "Esposa del Car­pintero," podemos fácilmente comprender la dignidad de la persona y oficio de José en la Sagrada Familia. Dios evidentemente enseñaría a través de José que la dignidad suprema del hombre no descansa en un cimiento temporal y humano, sino esencialmente en nuestra relación con Cristo, el Dios-Hombre. La encarnación elevó a la naturaleza humana al orden sobrenatural, en que el hombre debe vivir, moverse y tener su ser, si nuestra naturaleza humana ha de alcanzar su propósito y expre­sión más alta y más noble de conformidad con la Voluntad Divina.

San José, un carpintero pobre y desconocido a los ojos del mundo, fue elevado a los ojos de Dios y de los ángeles a una dignidad con la que nadie de origen terreno puede ser comparada. Sin embar­go, José no era más que el fiel jefe de la Sagrada Familia; ni profeta ni sacerdote ni apóstol ni maes­tro. Tampoco presentó la figura heróica del José del viejo Egipto, ni de David, el Rey pastor de Israel. Por la labor de sus manos, cuidó de Jesús y de María en la pobreza. Los condujo en las circunstan­cias más hostiles a Belén, a Nazareth, y por las arenas del desierto a Egipto y de regreso. Su hogar humilde y su pequeña familia fueron su universo de amor y de servicio. En comparación con el Niño y la Madre, a través de quiénes manifestó Dios su infinito amor y misericordia, la gloria imperial de los Césares, el enjoyado palacio de Herodes, los espléndidos jardines de los faraones y la inmortal fama simbolizada por las Pirámides no eran más que fruto de mar muerto para la mente de José. Su ejem­plo señala los valores verdaderos de la vida humana. Padre y esposo, gobernante y súbdito, patrón y empleado, rico y pobre --todos deben moldear sus vidas y desempeñar sus deberes en el espíritu de este hombre justo. Esta justicia significa reverencia a la religión; obediencia a la autoridad legal; trato justo por parte del capital; trabajo honesto por parte del trabajador; purificación de la riqueza; santifi­cación de la pobreza.

Pongo esta pastoral de Navidad de la manera más humilde en las manos de San José, a quien el cle­ro, los religiosos y los fieles están honrando en nuestras iglesias y capillas el día de hoy, en la misma hora en que estoy escribiendo las palabras finales de este mensaje a mis amados hijos en Cristo.

Pidiéndole al Niño Salvador que bendiga de la manera más abundante con toda gracia de Navidad a toda la feligresía, soy fielmente el Pastor de ustedes.

Patricio José, Arzobispo de Nueva York


En conmemoración del aniversario número 50 de la proclamación de San José como Patrón de la Iglesia Universal.

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