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domingo, 4 de mayo de 2014

El Rito Auténtico, la Educación, la Conversión

Editorial de Radicati nella fede, Mayo 2014, hoja de noticias de la comunidad católica de Domodossola y Vocogno, de la diócesis de Novara, Italia
http://radicatinellafede.blogspot.mx/

Tomado de la traducción al inglés hecha por Francesca Romana, publicada en 
http://rorate-caeli.blogspot.com/2014/05/the-authentic-rite-education-and.html
Traducido del inglés por Roberto Hope

Nada hay que esté meramente fuera de nosotros que pueda garantizar la renovación de la Iglesia y el renacimiento de la vida cristiana.

Cuando hablamos de la crisis de la fe en los tiempos modernos, cuando deseamos un reflorecimiento de la vida cristiana para nuestro pueblo, debemos estar muy conscientes de que no es posible poner nuestra fe en nada que ocurra fuera de nosotros que obre automáticamente en forma garantizada: el renacimiento siempre comenzará con nuestra vuelta a nacer por medio de la gracia de Dios.  Sí, es en nuestra conversión personal como podemos esperar el reflorecimiento de la Iglesia.

La idea de propagar el cristianismo al son de algunas reformas partió precisamente de un error de perspectiva. Creemos que este fue el error de los años conciliares. Trataremos de explicarnos:

¿Había una necesidad de renovar la vida cristiana en los años 50s y 60s? Ciertamente que la había. ¿Había necesidad de mayor fidelidad en la vida sacerdotal, en los conventos, en las asociaciones de laicos, en los colegios católicos, en las familias?  No nos es difícil admitirlo: un cierto formalismo estaba poniendo en peligro la vida de la fe ... había una necesidad de mayor frescura.

Sin embargo, fue un grave error imaginar que una frescura auténtica en la vida cristiana habría de encontrarse en toda una serie de reformas que cambiaron radicalmente, si no es que distorsionaron, la faz de la Iglesia.  De éstas no vino renovación alguna ni una primavera, sino un largo otoño que ahora ha traído un invierno para la fe, un invierno que ha matado la vida de la gracia en nuestros naciones y en las tierras de la Cristiandad histórica.

Comenzamos por alterar todo, modernizando la misa y, con ello, todos los demás aspectos de la vida Católica, pensando que esto podría parar la huida de los templos, con los resultados que están a la vista de todos: que los templos acabaron vaciándose, que la gente que se quedó y asiste a los templos no es más auténticamente católica que la gente del pasado.

Un ejemplo abrumador es precisamente la reforma de la misa: la cambiaron para hacerla menos difícil y menos pesada para la gente. ¿Trajo renovación? No, no la trajo: en vez de eso trajo un empobrecimiento y un vaciado en su contenido: es como que el “esquelético” nuevo rito de la misa ya ha dejado de educar, dando paso a todas nuestras pequeñas y grandes herejías.

La forma en que debía haberse hecho era otra, la de trabajar todos los días fervorosamente en educar las almas a vivir la misa, y ayudarlas a entender su inestimable valor e inconmensurable belleza. Se necesitaban sacerdotes inteligentes y fervorosos, capaces en la oración, el estudio y el sacrificio; se necesitaban almas movidas profundamente.

En vez de eso pusimos nuestra confianza en el medio engañoso de una reforma externa que facilitara los ritos para los sacerdotes y los fieles... bajo la ilusión de que, cambiando cosas externas, las almas se convertirían. Y todo se vino abajo en forma de un empobrecimiento espantoso: la misa fue banalizada para atraer a los fieles que habían perdido su fervor, y reducida casi a un rito digno de una religión meramente natural.

En vez de eso lo que la Iglesia necesitaba era santidad, y la santidad nace de la conversión personal.  El rito no tiene que ser cambiado; nuestro corazón sí. El rito debe ser la roca estable sobre la cual pongamos nuestra vida entera. Es por esta razón que volvimos a la Tradición; es por esta razón que preservamos la misa de todos los tiempos. El rito debe preservar la fe verdadera y la verdadera oración católica. Debe ponernos en la postura correcta ante Dios; es sólo así como la gracia podrá forjar nuestra conversión.

Los santos, apasionados por la obra de Dios, son quienes renuevan la Iglesia y la vida cristiana. No los retozos humanos ni los cambios continuos.  Aquél que quiere cambios constantes es simplemente un hombre que se aburre, y con hombres aburridos en busca de novedades exteriores, aun cuando sean religiosas, no se erige una iglesia de santidad.

El verdadero movimiento litúrgico, refiriéndonos con esto al de Gueranguer y San Pío X, se hizo para favorecer la autenticidad de la oración de los sacerdotes y de los fieles. Se hizo para que las almas se empaparan de la Santa Liturgia, orando verdaderamente con la Iglesia, de manera que esto diera a luz una vida cristiana más auténtica e inteligente. En vez de eso en el nuevo movimiento litúrgico hubo un ejercicio de traición, llevado a cabo por quienes pensaban que facilitar era lo mismo que ayudar en la oración. No ocurrió así, como cualquiera que tenga ojos puede ver el desastre... Son raros en estos días los cristianos que saben cómo rezar.

Nada externo hay que pueda sustituir nuestra conversión a una sincera devoción personal, a un auténtico amor a Cristo. Nuestra conversión, sin embargo, labrada por la gracia, surgirá de la oración de la Iglesia que la Tradición nos ha dado y que es la oración del mismo Cristo.

De manera que para nosotros es necesario que:

  1.  haya un retorno a la liturgia correcta conforme a la tradición, para que el tesoro que es la “revelación orada” no se pierda, 
  2. los sacerdotes y los fieles, inteligentemente motivados, se vuelvan auténticos misioneros y enseñantes de la oración, de acuerdo con el corazón de la Iglesia.

Si el segundo punto no nos aplicase a nosotros caeríamos en el mismo error trágico de los reformadores del Concilio que creían que bastaba con volver a algo externo (aun quizás a la Misa Tradicional) para que se reviviera la vida de la fe.

Que la Virgen nos ayude a ser fieles a esta tarea.

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